La noche de Ángeles
Los seis meses en la Penitenciaría transcurrieron…
Los seis meses en la Penitenciaría transcurrieron como dentro de un largo —
pero a la vez tan breve— paréntesis, sin más consuelo que la soledad misma.
Pero también esos seis meses le sirvieron para hacerse a la idea de que viviría
sin remedio, que si Huerta no lo mató con Madero o a los pocos días de matar
a Madero ya no iba a hacerlo. «Su prestigio, general.» Que tarde o temprano
iban a soltarlo y a exiliarlo porque dentro del país era una carga insufrible
para Huerta, y entonces, ya libre, habría que empezar de nuevo. «Con
hombres como Zapata, como Villa o como usted…»
Todo era locura, general. Locura de la que se contagiaba.
Ángeles fue desterrado a Francia el veintinueve de agosto. En París se
instaló en un pequeño departamento en Les Marais con su esposa Clara y sus
cuatro hijos: Alberto, Isabel, Julio y Felipe. Los primeros días se entregó de
lleno a la vida familiar, tan abandonada. En su diario anotaba, junto a
reflexiones sueltas, una lista de gastos reducidos a que estaban sujetos por el
poco dinero con que contaban. Pero algo quedaba para un paseo semanal o
para un libro. «Casi leí todas las novelas de Victor Hugo en francés.» Por las
noches, después de acostar a los niños, cenaba con Clara, conversaban y
bebían vino, con la ventana abierta a una calle estrecha de edificios
herrumbrosos.
Ángeles parecía salvado por la costumbre, por los gestos mecánicos: todo
alisado, planchado, guardado, numerado. En Clara, en cambio, nació una
cierta inquietud. No había más que mirarle las manos, el parpadeo nervioso
que a veces terminaba en una especie de tic: el párpado que continuaba
saltando por su cuenta; ya en una ocasión en un banco de Saint Denis, notó
ese tic que siempre coincidía con una desazón o un silencio.
Beber una copa de vino por la noche les hacía bien, se miraban como
extrañados de esa tregua (y en París) y de todo lo que la había precedido;
cambiaban palabras sueltas, sonreían, bebían el vino distraídos, como se
beben los filtros de amor que atan para siempre. De política sólo vagas palabras masculladas. Clara lo alentaba con el futuro y una mirada vivaz y
forzada:
—Imagínate la educación de los niños aquí. ¿No has dicho que la
educación determina el destino? Trabajo no ha de faltarte, hablas y lees
perfectamente el francés. Tenemos salud y estamos unidos, con un montón de
cosas por vivir. Sería pecado pedir más.
¿No será también eso? A lo mejor de veras fue pecado dejar a su familia
apenas a los dos meses de haber llegado a París. Y además casi sin dinero.
Una mañana llegó al departamento de la familia Ángeles en París el
capitán Federico Cervantes, amigo y futuro biógrafo del general. Clara lo
abrazó con afecto y lo invitó a tomar un café en lo que regresaba su esposo.
Se sentaron a la mesa del comedor y ella le habló de la vida que llevaban ahí,
más plena que en México a pesar de las penurias económicas, los niños en la
escuela, el general Ángeles devoraba libros en francés y hasta le ofrecieron
trabajo como profesor y traductor en un instituto militar muy prestigiado.
—No sabe qué gusto me da, Clarita —dijo el capitán Cervantes—.
Después de lo que vivió el general al lado del presidente Madero, y de los
meses en la Penitenciaría, merecía esta felicidad al lado de usted. Olvidar la
política, que es como un veneno. Por eso ha de sospechar de mi presencia
aquí. Pero quiero advertirle que vengo en plan pacífico. Los militares
mexicanos exiliados aquí (y somos bastantes, se lo aseguro) hemos formado
una especie de club que se reúne los fines de semana a conversar, a jugar
dominó y a tomar una copa. Queríamos invitar al general Ángeles a
acompañarnos. Le hará bien.
Incomprensiblemente el general tardaba más de lo previsto, ella iba por
los niños a la escuela, que los llamara por teléfono o los buscara unos días
después, cuánto gusto volverse a ver.
Al despedirse, el capitán Cervantes bajó la cabeza y apretó los labios,
como en un último intento de frenar las palabras:
—A usted no la puedo engañar, Clarita. Ahora que la he oído hablar de la
vida que llevan aquí, me he sentido un canalla ocultándole la verdadera
intención de mi visita. Quizá ni usted misma creyó lo del club que se reúne
semanalmente a tomar una copa, conversar y jugar dominó. ¿Imagina al
general en un club así? Será mejor que yo no me aparezca más y los deje en
paz con su nueva vida. Porque se me encomendó buscar al general para que
nos ayude a regresar a México a incorporarnos a la Revolución. Necesitamos
un jefe que nos encabece y él ha sido maestro de todos nosotros.
Clara palideció súbitamente y apoyó una mano en la jamba de la puerta.
Las comisuras de su boca se distendieron en una mueca sarcástica, pero los
ojos se le habían enrojecido.
—Ya se fue, capitán. Yo tampoco puedo engañarlo. ¿Esperaba usted otra
cosa de nuestro amado general? Un tal Díaz Lombardo, representante de la
Revolución Mexicana en Francia (vea nomás qué membrete) le arregló el
regreso. Me pidió que no se lo dijera a nadie, ni siquiera a los amigos y a los
niños… Pero lo del trabajo que le ofrecieron es cierto, de veras.
—No lo dudo, el general Ángeles es un hombre con tan amplios
conocimientos que, estoy seguro, aquí mismo en Francia podría hacer carrera.
—Pues ya ve, capitán, prefirió regresar a luchar contra Huerta, quien, por
cierto, acababa de darle la libertad. Se lo dije antes de irse y se puso furioso.
Me siento tan culpable por haber ensombrecido nuestra despedida. Me
contestó que Huerta le dio la libertad pero también fue el asesino del
presidente Madero; que no se trataba de su libertad ni de su vida ni de su
felicidad, sino del rescate de la dignidad de México. Todavía agregué (pero
para qué agregué nada) que su vida, su libertad y su felicidad y la de su
familia eran parte inseparable de la dignidad de México o de cualquier otro
país, y ya no me dijo nada y sólo lloramos juntos. Perdóneme, capitán.
—Clarita, yo…
Pero Cervantes se limitó a hacer una reverencia y a besar la mano de la
mujer, quien le sonrió con los ojos dentro de una nube.