La noche de Ángeles
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La Intendencia era una pequeña pieza en penumbra con un sofá y sillones de
piel, sillas en desorden, una mesa de mármol y un gran espejo que presidía y
parecía eternizar cuanto ahí sucedía. Una de las puertas daba a un depósito de
trastajos, sin ventilación, que servía de comedor a los cautivos, y la otra, con
un centinela inconmovible, como de piedra, y una bayoneta que atrapaba
rayos de sol, se abría al patio de Palacio.
Improvisaron camas con las sillas y la primera noche la pasó con ellos el
embajador cubano Manuel Márquez Sterling para protegerlos con su
presencia, en la medida de lo posible, de una agresión nocturna. Al día
siguiente estuvieron a visitarlos familiares de Madero y Pino Suárez y Pedro
Lascuráin, ministro de Relaciones Exteriores, quien incomprensiblemente
convenció al presidente y al vicepresidente de que presentaran sus renuncias
para salvar sus vidas. El comentario de Madero delataba su estado de ánimo:
—Con renuncia o sin renuncia nos van a matar.
Pero lo que de veras derrumbó al presidente fue el asesinato de su
hermano Gustavo, narrado por su hermana Ángela. Desconsolado, cayó de
rodillas, tomó las manos de su hermana entre las suyas y pidió perdón,
declarándose culpable de cuanto había sucedido. En algún momento
preguntó:
—¿Por qué Gustavo y no yo?
La noche siguiente, Ángeles lo vio ensombrecido acostarse desde
temprano en el catre que le llevó algún familiar, envolverse en una sábana,
como en un sudario, que tenía bordadas las iniciales de Gustavo Madero,
volverse de cara a la pared y llorar con un llanto ahogado, apenas audible.
Qué largo trayecto hacia la muerte.
¿Ése era su presidente, general, por el que usted iba a dar la vida?
Ése.
Sólo por la mañana del tercer día pudieron conversar algunos minutos,
mientras Pino Suárez escribía una carta a Serapio Rendón. Ángeles miraba
abstraído por la única ventana de la pieza. En el patio de Palacio había grupos de soldados conversando, adormilados, sentados en el suelo, sacando brillo a
los botones, aceitando los rifles, boleando las botas, remendando las mantas o
inclinados apetentes sobre una olla de barro que se mecía sobre unos palos
cruzados, mientras las mujeres, enrebozadas, aplaudían con la masa de maíz.
Madero se acercó y pasó un brazo por el hombro de Ángeles: muestra física
de afecto que nunca había tenido. Parecía hasta jubiloso y Ángeles se
desconcertó.
—Extraño lugar, ¿no le parece, general? Si los sitios guardan de alguna
manera el recuerdo de cuanto sucedió en ellos, imagínese las voces que
podríamos escuchar aquí. ¿Sabía que a fines de 1700 los comerciantes de la
Plaza Mayor convirtieron este patio en infame burdel y madriguera de
jugadores y borrachos? Pero podríamos escuchar también los gritos de
alabanza a virreyes españoles, a dos emperadores y a varios presidentes.
—Entre ellos, los gritos de alabanza a usted y al Partido
Antirreleccionista, señor.
Madero hizo una mueca que no llegó a cuajar en sonrisa.
—También. Y muy pronto los gritos de alabanza a Huerta. ¿Y después a
quiénes más? Qué fugaz y banal es el poder, general. Cuánto envidio a
quienes evitan caer en sus redes y dedican sus vidas a una labor desinteresada,
que valga por sí misma.
—No fue otro el sentido que usted dio a su trabajo en este Palacio, señor.
—Es tan difícil no dejarse engañar por las falsas caravanas, tan
halagüeñas. Evitar a quienes nos murmuran al oído los malos consejos y en
cambio atender a quienes sí quieren ayudarnos. La otra noche le comentaba a
nuestro querido embajador cubano que un presidente electo por cinco años,
derrocado a los quince meses, sólo debe quejarse de sí mismo. La causa es
simple: no supo sostenerse.
—Vivía usted un momento particularmente difícil de nuestra historia.
—Le agradezco su intento por encontrar palabras de consuelo, general.
Pero los dos sabemos que fueron mis dudas y las decisiones equivocadas las
que provocaron el desastre. No tiene usted idea de cuánto he reflexionado y
cómo he cambiado con estas tres noches pasadas aquí. Estoy seguro de que
otra cosa hubiera sucedido si me rodeo de verdaderos amigos de la
Revolución. Vea usted el caso de Zapata, quien a pesar de los conflictos tan
graves que tuvimos con él, el día anterior a que nos apresaran envió un
mensaje poniendo a mi disposición dos mil de sus hombres y ofreciéndome
refugio por sus rumbos.
Madero bajó el brazo del hombro de Ángeles y lo llevó doblado sobre el
corazón, mientras en el otro puño apoyaba la barbilla y dejaba que la mirada
se le perdiera en el vasto espacio que tenía enfrente.
¿Recuerda? Algo se diluye sin remedio en esa operación comparativa y
melancólica del recuerdo ante la realidad. Pero bueno, aun con ese pobre
recuerdo petrificado, visto y revisto, vuelve a contemplar los movimientos
lentos del presidente en la ventana, ensimismándose, dejando que la mirada se
le extraviara, extasiada.
—Si usted sale vivo de esta aventura, general —dijo Madero—, le
aconsejo que luche por la Revolución desde su base, al lado del pueblo, de los
más humildes, de los que de veras nos apoyaron. Quienes detentan el poder
siempre nos confundirán y reclamarán más de lo que dan. Hoy tengo la
seguridad de que la Revolución sólo seguirá viva con hombres como Villa,
como Zapata, como usted. Yo mismo, en mi primera lucha, fui fiel a ese
espíritu. Pero ya ve lo que vino después.
—Por desgracia, señor presidente, creo que ninguno de nosotros
saldremos vivos de aquí. Y si salimos será sólo para que nos conduzcan al
sitio donde nos liquidarán.
—Al licenciado Pino Suárez y a mí es probable. Pero a usted quién sabe,
general. Tiene demasiado prestigio dentro del ejército y Huerta no va a
arriesgarse a la ola de protestas que provocaría su muerte. Recuerde, su fuerza
estriba en mantener unidos y reconciliados a los oficiales. En esa intención
usted jugará un papel determinante.
—Yo sólo le puedo asegurar que ninguna suerte mejor podría correr que
la de morir a su lado, señor.
—El honor es para mí, general, al haber contado con la fidelidad y la
entrega incondicional de un hombre de su talla. Pero nadie escapa a su
destino. Y finalmente ningún destino es mejor a otro si lo asumimos.
—Difícil reflexión para un escéptico como yo, a punto de morir.
—Verá que el tránsito no es tan doloroso y que abriremos los ojos en un
sitio mejor que éste.
Esa misma noche, como a las once, llegaron el mayor Cárdenas y un
piquete de soldados armados con carabinas. Un tal Chicarro les dirigió la
linterna hacia la cara como si se tratara del resplandor de un disparo, como si
los matara ya.
—Éste es el señor Madero, éste es el licenciado Pino Suárez y este otro el
general Felipe Ángeles.
—¿Qué sucede? —preguntó Ángeles con una mano como visera,
deteniendo la luz, lo inminente.
—Tengo órdenes de entregarlos a sus custodios —informó Chicarro, con
sequedad.
Alguien encendió el foco pelón que pendía del techo, y que abrió de cuajo
lo que iluminaba.
—¿A dónde nos llevan? —preguntó Madero mientras tomaba la ropa que
tenía a su lado, colgada cuidadosamente en una silla: la camisa dura, el
jacquet, el pantalón claro a rayas.
—A la Penitenciaría, allá estarán más seguros —dijo el mayor Cárdenas,
quien vestía un traje negro, de charro, y tenía toda la facha de ser quien los
ejecutaría.
Se vistieron con premura y en silencio. Al terminar, Madero empezó a
recoger sus ropas de cama —las sábanas bordadas con las iniciales de su
hermano Gustavo—, pero un gesto de Cárdenas, más que su voz, lo detuvo:
—No hace falta que se molesten en llevar nada. Después les trasladarán
cuanto necesiten a sus nuevos alojamientos.
—Yo voy a llevar mi portafolios —dijo Madero, tomándolo del asiento de
la silla.
—No hay necesidad, le repito…
—No lo voy a dejar —agregó sin una gota de duda.
Cárdenas suavizó el tono y se acercó unos pasos a él.
—¿Qué lleva?
—Papeles, papeles en los que estoy trabajando…
Cárdenas lo obligó a abrirlo. Recorrió los papeles como si fuera a
barajarlos y luego volvió a cerrar el portafolios. Los Comentarios al
Bhagavad Gita, pensó Ángeles. Madero no movía un músculo del rostro, con
una expresión congelada y las manos anudadas a la espalda. Los labios de
Cárdenas se curvaron en un mohín conciliatorio.
—Está bien.
Madero tomó el portafolios y le dio la espalda con una actitud
abiertamente despectiva. ¿Presentía que sería su asesino? Se dirigieron a la
puerta, pero al salir —como si a propósito se hubiera esperado hasta ese
momento—, Cárdenas se volvió y le puso una mano en el pecho a Ángeles en
señal de alto.
—Usted no va, general.
Ángeles se detuvo con los ojos del que sólo concibe la caída y es frenado
de golpe, a la fuerza.
—Pero, ¿por qué?
—Tengo órdenes de que usted se quede aquí y sólo sean trasladados a la
Penitenciaría los señores Madero y Pino Suárez.
¿Qué le sucedió exactamente en ese momento, general? ¿Por qué su
angustia creciente por no ir? Trate de recordarlo ahora que puede; la barca
apenas si ha logrado avanzar unos metros en un agua tan agitada y densa.
¿Qué otra cosa mejor podría hacer si de veras está tan oscuro a su alrededor?
Promover ese montón de imágenes obstinadas que cruzan como aves
centellantes detrás de los párpados.
Madero se regresó y dio la mano al general Ángeles ante las miradas de
cuchillo del mayor Cárdenas.
—Hasta luego, general.
—Hasta luego, señor presidente.
Pino Suárez, que ya estaba en la puerta, hizo una seña de despedida:
—General, adiós.
—Adiós, licenciado.
Cárdenas tomó del brazo a Madero con una fuerza innecesaria y lo
condujo de nuevo hacia la puerta.
—Vamos, vamos, tenemos prisa, señores.
Ángeles los vio salir, escuchó el motor del auto al encenderse, al perderse
a lo lejos. Permanecía medio encorvado dentro de su capote militar, en el
vacío compacto y negro que empezaba a invadirlo.