La nueva esposa
Capítulo 1
Epílogo
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Capítulo 1
Lady Heather Wells, hija del conde de Bridgwater, gozaba de muy buena reputación entre la sociedad londinense. Ella había logrado comprometerse
en su primera temporada con el escurridizo lord Midleton.
Nadie lo había creído hasta que el hombre solicitó su mano al conde.
Ella había caído perdidamente enamorada del más galante caballero que nadie había visto jamás. Su porte atlético, un típico dandy en su vestimenta y sus facciones parecían talladas por los dioses. Su cabello rubio era como el sol, tan brillante, sedosa y ondulada, y sus ojos azules como el cielo, eran imposibles de pasar por alto. Todas deseaban ser la elegida.
Heather se enorgullecía de ser esa mujer a la que todos envidiaban.
Heather también era hermosa, encajaba a la perfección con la belleza de su prometido. Eran dos personas que lograron encantar a los demás con solo observarlos.
No podía evitar sentirse afortunada en lo que había conseguido. Sus nupcias se acercaban y ella tenía casi todo listo para mudarse a la casa de su prometido. Para iniciar con las refacciones de su residencia, aquel había solicitado al conde de Bridgwater que le adelantara una parte de la dote de Heather y ellos no vieron inconvenientes en eso, porque estaban a pocos días de casarse y deseaban que su hija tuviera las mejores comodidades.
Los padres vieron recompensados todos los esfuerzos y gastos para que su hija fuera bien casada. Estaban orgullosos de lo que había logrado en poco tiempo.
No solo ella llenaba de orgullo a sus progenitores, sino que también Heather se felicitaba por su buen comportamiento. Era impecable en sus formas, lo que cualquiera podía calificar con facilidad como una perfecta señorita. Eso hacía que su ego estuviera por las nubes. Nunca perdió su educación, era correcta, amable y no ambicionaba demasiado, buscaba lo que le correspondía como una futura esposa.
Su amiga, Isobel, era hija de un adinerado comerciante y, pese a ser hermosa e inteligente, todavía no había conseguido un candidato. Heather suponía que era porque la muchacha acostumbraba a salir del molde, a
beber más de la cuenta, a bailar con mucho entusiasmo y a hacer comentarios que una dama no haría. Aquella le hacía reír mucho y a ella no le importaba que su madre dijera que la joven era una mala influencia, al final ella se casaría e Isobel seguiría en la búsqueda. Estaba muy comprometida con la idea de casar a su inquieta amiga una vez que se convirtiera en vizcondesa.
Imaginaba que sería una mujer reputada, bien vestida y que su esposo la presumiría frente a todos. Harry Bruskbank, vizconde de Midleton, era educado y también gozaba de una gran reputación entre los demás nobles.
Era amigo de todos, agradable, alegre e inteligente. Aquellos felicitaban a Heather por haber logrado lo que ninguna pudo en mucho tiempo.
—¡El vestido es hermoso, Heather! —exclamó Isobel que apreciaba con sus brillantes ojos marrones a lo que su amiga vestiría el mejor día de su vida.
Aquella era la tarde antes de su matrimonio. Heather acariciaba la suave muselina que luciría al día siguiente y se la enseñaba a Isobel.
Acababa de retirar el vestido y no podía dejar de compartir con su preciada compañera.
—Cuando sea vizcondesa, prometo que te conseguiré un buen esposo con la ayuda de milord —dijo Heather que miraba con cariño a Isobel.
—Si no me casaré con lord Snowdon, no quiero nada —replicó su amiga.
—Supongo que entonces no puedo influir demasiado —espetó molesta—.
Me ha perseguido para hablar mal de mi prometido. Es malo y envidioso.
—Tal vez sí envidie la suerte de lord Midleton, pero eso no le quita lo gallardo. Oh, cómo me gusta ese caballero. Si podía me arrojaría a sus pies para pedirle matrimonio.
—Apenas voltea a verte.
—Me ha invitado una vez a bailar, pero tú estabas distraída y no me viste danzando con él. Tiene pasos ligeros y es todo lo que una mujer puede
desear.
—Todo, menos agradable. Él no me gusta.
—Es cuestión de ignorar que diga que tu prometido es un aprovechado.
Lord Snowdon no goza de la misma popularidad y tampoco es tan guapo como él.
—Por eso creo que se trata de envidia. Quiere que lo deje y no para casarme con él, sino para buscar a otro. Ese caballero actúa de manera sospechosa y por eso me desagrada.
Unos toques en la puerta interrumpieron a las muchachas.
—Disculpen, milady, señorita Wilburg —habló Julia, la doncella de su madre que también se encargaba de atender a Heather—. Traigo una carta para usted.
Heather cogió lo que la doncella se acercó para entregarle.
—¡Es de lord Midleton! —contó emocionada.
—Se casan mañana, ¿qué puede desear decirte? Es posible que te hable de romance como siempre lo hace. Qué fastidioso —opinó Isobel.
—Solo son cortesías —replicó Heather, sonrojada.
Su prometido, llevaba un par de días sin visitarla, pero comprendía que era a causa de sus variados negocios en los condados. Acostumbraba a viajar mucho y ella estaba al pendiente de que llegara pronto.
Rompió el sello que tenía la carta y vio que no era tan extensa. Eran unas cortas líneas que se disponía a leer sin darle demasiada importancia, porque se encontrarían en un par de horas en uno de los matrimonios más esperados por la sociedad.
Cuando empezó a leer, la expresión de su rostro iba cambiando y también su cuerpo comenzaba a tambalearse y a sentirse enfermo. No podía creer lo que sus ojos estaban leyendo. Aquello debía ser una mentira, una maldad,
un invento desafortunado de alguien que deseaba su ruina o que odiaba que ellos se casaran, pero cuando vio la firma al final, comprendió que había sido escrita de puño y letra de ese hombre.
Soltó la carta y se quedó tensa.
—¿Qué dice, Heather? ¿Por qué estás tan pálida? —preguntó Isobel, pero aquella no llegó a responder porque se desplomó sobre la cama—. ¡Ay, Dios! ¡Heather!
Isobel zarandeó a su amiga y le dio pequeños golpecitos en la cara.
—¡Julia, haz algo! —pidió Isobel, desesperada.
La doncella salió a las corridas de la habitación.
La amiga de Heather intentaba que despertara, pero no había logrado nada.
Lo único que quedaba era esperar a que la doncella regresara con una mezcla de sales. Con la intriga carcomiendo sus entrañas, Isobel cogió la carta que Heather había dejado caer y decía lo siguiente: Queridísima lady Heather Wells
La saludo con esta carta que tal vez le resulte un tanto ingrata, pero soy un caballero y como le debo una explicación por mi abandono en estos últimos días, me temo que me odiará por toda la eternidad.
He conocido a otra dama que se ha llevado mi interés por completo y por eso he decidido casarme con ella en Gretna Green. Llevo casado un par de días y por eso no podré cumplir con mi palabra, esa que le había dado a su padre. Deseo para usted la mejor de las suertes.
Espero que comprenda que esta carta es por su reputación, para que no vaya a la abadía y se encuentre sin el contrayente masculino. Otra vez le pido disculpas por mi comportamiento, pero en los asuntos del corazón y del dinero, no tengo potestad sobre mí.
Mis respetos.
Lord Midleton.
Isobel se sentó junto a la otra muchacha, dejando caer su propio cuerpo después de leer lo que aquel patán había escrito. Lord Snowdon siempre había tenido razón con respecto a aquel sinvergüenza. La joven cogió la mano de la inocente Heather y la apretó con fuerza. Sabía que ella tendría que sufrir mucho. La humillación que le habían hecho significaba algo malo para una dama. Si Heather no se recuperaba, aquello podía ser realmente una desgracia.
—¡Heather, Heather! —exclamó la madre la muchacha que entró a la habitación como una tromba.
La condesa de Bridgwater, estaba asustada por lo que la doncella le había dicho cuando llegó a la planta baja.
—Heather se desmayó al leer la carta de lord Midleton —contó Isobel a la condesa.
—¿Qué pudo haberle dicho? —preguntó lady Bridgwater.
—Le dijo que no se casaría con ella porque se casó con otra.
La madre de Heather le hizo compañía a su hija en el mar de la inconsciencia.
Cuando la doncella regresó con las sales, tenía a dos mujeres desmayadas.
—¿Qué ha ocurrido, señorita? —interpeló Julia, asustada.
—Mejor es que huelan las sales primero y después te lo diré, porque de lo contrario, les harás compañía. Yo tengo el estómago fuerte y por eso no he caído muerta de la impresión —respondió Isobel.
Julia pasó las sales primero por la nariz de Heather y no dejó de hacerlo hasta que aquella abrió los ojos. Después se dirigió a la condesa.
—Heather —llamó Isobel para que ella reaccionara.
—¿Qué ha ocurrido? —inquirió Heather, confundida.
Isobel deseaba contarle, pero no se atrevió a decir nada, solo dirigió su mirada hacia el papel que había causado tanto revuelo. Sin embargo, Heather recordó lo que había pasado y aulló de dolor.
Lady Bridgwater ya no se hallaba sin conocimiento, se estaba recuperando de lo que le había dicho Isobel. Con la ayuda de las sales, se sintió mejor para acompañar a su hija.
El conde de Bridgwater había escuchado el fuerte sollozo de su hija y corrió escaleras arriba hasta llegar a la habitación de Heather. Vio a su esposa que tenía a la muchacha entre los brazos, estrechándola contra su pecho.
—¿Qué son esos gritos? —interrogó el conde.
—La carta, Harold, la carta —respondió su esposa.
Isobel se la entregó al hombre y retrocedió unos pasos por temor a su reacción. Un señor de su altura podría aplastarla si le llegara a caer encima.
A medida que el padre de Heather leía la nota, su rostro cambiaba. El conde se caracterizaba por ser un caballero jovial y entretenido. Le resultaba sencillo rodearse de otros nobles y personas con muchos recursos, porque deseaban codearse con el buen sentido de humor de aquel, aunque en ese momento no parecía ser el de siempre.
—Desgraciado —masculló arrugando la carta.
Heather no dejaba de llorar. Imaginaba la desgracia en la que caería su existencia por las crueles palabras que le dedicó su prometido. Le había destrozado el corazón y no contento con eso, la había humillado como nadie merecía. ¿Qué mal le había hecho? Solo se había enamorado de alguien que prometió matrimonio, estaban a un día de hacerlo. ¿Cómo podría curar ese dolor tan terrible?
—¿Es cierto lo que dijo Isobel? ¿Lord Midleton se ha casado con otra? —
indagó la condesa.
—Es lo que dice aquí. Isobel...
—No diré nada, milord. De mi boca no saldrá una sola palabra —se apresuró a contestar la joven.
—Gracias, querida. Iré a comprobar lo que dice esta carta —habló Harold
—. Calma, Heather, encontraremos una solución.
—¿Una solución? ¡Una solución! La solución es que todos me vean humillada. ¿Qué le diremos a los invitados de la boda, padre? ¡Falta tan poco! ¡No quiero estar aquí! —exclamó Heather, nerviosa.
—Cálmate, deja que tu padre se encargue —interrumpió su madre.
—Sí, Heather. Avisaré a mis padres que me quedaré a hacerte compañía —
musitó Isobel acercándose para consolar a su amiga.
—No perderé más tiempo e iré a por respuestas —masculló el conde, enfurecido.
Las mujeres que quedaron en la habitación no sabían qué hacer. No había consuelo que pudiera aminorar su pena. ¿Qué palabras podrían decir?
Nada estaba bien. Le podían hablar sobre las acciones que el conde quizá llevara a cabo, mas no sabían qué ocurriría con el pasar de las horas. La incertidumbre era muy grande.
Harold había regresado después de un par de horas, pero no estaba listo para decirle a su hija que el vizconde había vaciado su residencia y se había ido a vivir a donde solo el diablo sabía, aquello sería matarla de la pena.
Ni siquiera los tés para calmarla habían surtido efecto. Heather tenía palpitaciones, náuseas y las manos le temblaban. Sentía que ese era el final de su vida.