La nueva esposa
Capítulo 31
Quien a hierro mata, a hierro muere.
—Entonces, ¿estás de acuerdo en llevarla de regreso a Clarence Manor?
—Solo con la condición de que ella pague.
—Pagará como ustedes decidan… Por ahora te diré el plan. Lo que tienes que hacer es decirle que Heather está agonizando y que probablemente esté muerta, pero eso será de regreso a Clarence Manor, así ella creerá que irá a bailar sobre la tumba de lady Chamberlin y estará a un lado de ser la próxima condesa. Eres capaz de levantar las pasiones más extrañas en las mujeres. La verdad que no envidio tu suerte —resaltó Piers.
—Lo haremos a tu modo. No prometo que no estrangularé a esa mujer si llegamos a estar solos. Lo intentaré, pero no juro lealtad por alguien que fue capaz de tantas atrocidades. Pobre Kathleen, ella merecía más de lo que yo pude ofrecerle tan pobremente. No tuve los mismos sentimientos con ella que los que tengo con Heather.
Por fin Philip encontraba un poco de paz dentro de sus preocupaciones, pero le tocaba fingir muchas cosas. No sabía qué castigo podría darle.
Matarla sería la manera justa de cobrar la deuda, pero no era lícito.
Capítulo 31
Piers pasó la noche en la misma habitación que Philip. Ambos pudieron descansar un poco para emprender el regreso. Lo que harían sería mentir para poder llevar a Anne de vuelta a Clarence Manor y ahí encarar sus actos. Fingiría que Piers había llegado minutos atrás y que Heather había sido encontrada agonizando en la propiedad. La idea era casi dejar muerta a la condesa para que Anne se confiara.
Anne salió de la habitación de la posada con la sorpresa de ver ahí a lord Snowdon. De buenas a primeras quiso adivinar las razones por las que estaba ahí saliendo con Philip.
—Anne, apresúrese. Debemos regresar a Clarence Manor —anunció Philip con el rostro serio.
—¿Ha ocurrido algo? —curioseó con un tono que denotaba preocupación.
—Han encontrado a mi esposa y está moribunda si es que ya no ha muerto
—alegó Philip deseando ver el rostro de Anne. Anhelaba saber si se retorciera de placer antes esa noticia o sería más cauta—. Puede usted regresar a Londres si quiere, pero desde mi residencia, ahora necesito el carruaje con urgencia…
«Condenación» pensó Anne al saber que habían encontrado a Heather.
Aquella se aferraba a la vida de manera en que era imposible matarla. Si tuviera una oportunidad de terminar el trabajo lo haría. Si sobrevivía no podía delatarla. Debía evitar a toda costa que eso ocurriera.
—Por supuesto que los acompañaré… —pronunció Anne.
Philip esperaba que la mente de Anne fuera muy creativa para justificar la desaparición de las prendas de su esposa. Aquella muchacha era un verdadero demonio. Estaba dispuesta a lo que fuera por obtener lo que deseaba. Él nunca se había dado cuenta que era el objeto de los afectos y aberraciones más profundas de ella.
El cochero alistó el carruaje para el regreso. Para buena fortuna de ellos, no se encontraban tan lejos y la nevada había cesado. Debían aprovechar cuando el invierno daba tregua para realizar todas las actividades necesarias.
Philip y Anne fueron dentro del carruaje, mientras Piers los escoltaba sobre su caballo que ya estaba más recuperado del intenso frío de la noche.
Él prefería no compartir el mismo espacio con la malvada lady Anne.
—¿Dónde han encontrado a su esposa? —preguntó Anne.
—No tengo claras las cosas. Lo único que me interesa ahora es verla.
No sé si aún estará a mi lado cuando llegue a Clarence Manor —respondió Philip.
La muchacha extendió su mano para coger la de él.
—Tranquilo, lord Chamberlin. Todo saldrá bien. Le debo una disculpa a lady Chamberlin por creer que ha escapado con su anterior prometido.
—Y tal vez yo le deba una disculpa a Harry, una que nunca se la daré.
Estoy deseoso de llegar y esperar a que pueda verme…
Las palabras de Philip eran articuladas con la intención de que a Anne le diera un poco de temor, mas ella parecía inmune a todo lo que se gestaba alrededor. Él deseaba sacar esa garra que estaba sobre la suya. Eran las manos de una asesina.
***
En Clarence Manor, Heather descansaba. Se sentía fatigada por todo lo que había ocurrido el día anterior. Recién en ese momento pensaba en que estuvo a punto de morir, y no solo ella, sino que también su pequeño en camino. Debía sacar fuerzas de donde no las tenía para enfrentar a lady Anne, aquella culebra resentida y codiciosa que no comprendía que un hombre ajeno jamás sería algo bueno.Esas horas en que la debilidad la mantenía en su cama, comenzaba a recorrer su vida desde que quiso convertirse en esposa de alguien por primera vez. Lord Midleton había sido su primera y gran ilusión, al igual que la más grande de sus desilusiones. Creyó que no había dolor más terrible que perderlo, pero había conocido uno peor: morir y dejar desamparados a sus seres queridos.
Mientras estuvo flotando en el agua helada en un estado de aturdimiento, abrió los ojos y miró al cielo rogando para que las miles de agujas que la aquejaban y el dolor en el pecho pararan. Por unos minutos logró dejar de sentir dolor y se movió para salvar su vida. Cada pataleo hasta la orilla era un segundo más que se aferraba a la vida. Todavía le quedaba mucho por vivir. Comenzaba a ser madre y esposa, y no quería perderse de la felicidad que le daba su casa y su reciente familia. El amor
por ellos la había arrebatado del valle de la muerte en que Anne la había llevado.
—He vuelto, Heather, ¿cómo estás? —preguntó Isobel, que había ido a su casa para ver a su hijo.
—Cansada. No he descansado nada.
—Para tener fuerzas solo debes pensar en sangre…
—¿En sangre?
—Sí, en la sangre de esa ramera. Lamento estos vocabularios tan poco dignos de una condesa, pero a las cosas hay que llamarlas por su nombre.
Una cortesana sin escrúpulos y vividora. Si yo la hubiese tenido en mi casa, a estas alturas estaría más que muerta.
—¿Cuál es la instancia después de la muerte? —curioseó Heather con humor.
—La putrefacción, querida. Ya quiero ver la cara de esa ponzoñosa. Si tú no tienes fuerzas, yo me encargaré por ti.
—Qué amable, pero quiero tomar la justicia por mi propia mano, pero no sé cómo. ¿Crees que debemos retenerla para que sea juzgada por la muerte de su hermana?
—Pues eso sería condenarla a muerte y lo sabes. Matar a otro noble es también sinónimo de morir, pero es lo que merece.
—El infortunio de la madre de Caroline hoy es mi felicidad. Si lady Anne no acababa con su hermana, yo seguiría siendo solterona. A esta hora tomaría un té junto a la chimenea y esperaría que la vida pasara frente a mis ojos.
—Es probable. Así fueron tus últimos cinco años en el invierno, pero ahora estás mejor —dijo Isobel—, aunque no tan bien. Todo mejorará.
—Oh, Isobel, mi vida sería un infierno sin ti. Algo debí hacer bien para tenerte de amiga.
—Lo único que hiciste bien fue escogerme pese a no ser aristócrata…
Un par de horas más tarde, Isobel que custodiaba la ventana, vio que su esposo regresaba en el caballo.
—¡Es Piers! Iré a por él —expresó Isobel antes de dejar a su amiga con la palabra en la boca.
Heather no pudo decir nada porque Isobel no le había dado tiempo.
Era tan atarantada que la había dejado sin posibilidades de pronunciar algo.
Una vez que Isobel llegó a la puerta de la residencia y se arrojó a los brazos de su esposo, esperó a ver que éste estuviera perfectamente.
—No tienes ningún colmillo de esa serpiente, querido… —bromeó.
—Pues ellos están cerca. Yo tomé un poco de ventaja. Lo primero que haremos será hacer pasar a Philip y a esa muchacha para que la vean, cerraremos la puerta y la capturaremos —sugirió Snowdon.
—Eso es si Philip no la mata una vez que estén aquí.
—Anda, ve a preparar a Heather, que no parezca moribunda.
—Sí, mi querido Snowdon —musitó suspirando.
—¡Ya, mujer, no te quedes mirando mi atractivo!
Isobel regresó a la habitación y le quitó las mantas de encima a Heather.
—¿Qué estás haciendo, Isobel?
—¿Quieres parecer demacrada ante tu enemiga? No le des el gusto de que disfrute de verte como cadáver. Te arreglaré ese estropajo que tienes en el
cabello. Con la ropa no puedo hacer mucho, pues no queda nada en tu armario, pero ese camisón es decente.
—¿Ellos están viniendo?
—¡Están cerca! ¡Ya deja la cama!
Pese a las molestias de la herida, Heather se levantó como un resorte.
En definitiva, no dejaría que nadie se alimentara de sus enfermedades.
Ella dejó que Isobel se encargara de hacerla ver como una dama herida, pero dama al fin.
Fuera de la residencia, Philip y Anne habían regresado. Se hallaban descendiendo del carruaje.
Él fue a largas zancadas hacia la entrada y pasó como si fuera un viento fuerte por los pasillos hasta casi tirar la puerta de la habitación de Heather.
Heather e Isobel se asustaron ante aquella entrada tan apresurada.
—Heather… —habló con la voz casi cortada por la angustia. Siguió su camino hacia ella que estaba sentada en el tocador siendo arreglada por Isobel.
A Heather se le escaparon las lágrimas al ver a su esposo desesperado.
—Philip…
—¡Dios, pensé que te perdería! ¡Oh, Heather, eres tan cruel conmigo!
—exclamó arrodillándose ante ella.
—Sabes que si yo llegara a abandonarte será solo porque la muerte me ha llamado y no porque yo lo desee. Te amo tanto, Philip, que mi egoísmo no dejaría que fueras libre —alegó acariciando el cabello rubio de su amado.
—No se te ocurra dejarme jamás…
—Nunca, querido mío, nunca…
Anne subía con lentitud las escaleras, mientras Piers custodiaba la entrada de la habitación de Heather. Él estaba esperando que aquella entrara para cerrar la puerta a su espalda y dejarla a merced de los leones.
Cuando la muchacha cruzó el umbral, Piers se colocó tras ella como si también fuera a quedarse en la estancia.
Los ojos de Anne se posaron en una respuesta mujer agonizante.
Al escuchar los sonidos en la puerta Heather y Philip levantaron la mirada.
—Nos volvemos a encontrar, lady Anne, y ahora no es tan poderosa sin su arma, ¿no es así? —increpó Heather que alejó un poco a su esposo para poder enfrentarla.
—Me alegra verla repuesta —musitó sin perder la cordura. Ella estaba más que viva.
—¿Le dirá a mi esposo lo mismo que me confesó antes de dispararme?
—No sé de qué me habla, lady Chamberlin. Es normal salir de cacería y darse un balazo accidental.
—Me sorprende que no pueda responsabilizarse de sus culpas… —
Heather se levantó y dio unos pasos sin importarle las molestias.
Sin darse cuenta, Anne retrocedió un poco.
Philip también se movió hacia la joven, pero él porque ya no soportaba verla, deseaba ahorcarla.
—¿Cómo pudo asesinar a su propia hermana e intentar hacer lo mismo con mi hija? Nunca pensé que fuera de esa manera, Anne. La odio, la desprecio y la aborrezco perpetuamente. Sus sucias intenciones fallaron gracias a Dios y por eso jamás me tendrá. Puede también matar a todas las mujeres, pero usted será la última en la que me fijaría, prefiero la muerte —
dijo Philip que se acercó a la muchacha.
—Usted es el único que no sabe lo que pierde, lord Chamberlin. Soy la mujer que lo hará feliz —masculló humillada.
—Se equivoca, Anne. Usted es la única a la que desprecio como no tiene idea…
—Ha llegado el momento en que debe pagar por sus crímenes —
advirtió Heather—. Se quedará aquí hasta que traigamos a las autoridades, lady Anne. Lo más probable es que encuentre la muerte antes que las rejas.
La respiración de Anne se agitó. Su único pensamiento en ese momento era el de huir. Había sido pillada en su fechoría. Giró sobre sus talones para correr, pero terminó chocando de frente con el pecho de Piers.
—No se irá a ninguna parte —aseguró Piers que le había cerrado el camino.
Ella no se dio por vencida y pateó a Piers en el pie para darse a la fuga.
—¡Maldición! ¡Muchacha del infierno! —espetó Piers al sentir el puntapié.
—¡Iré a por ella! —vociferó Philip que salió también corriendo para alcanzarla.
Anne miraba a su espalda para que no la alcanzaran, mas no vio a Gretha que iba distraída con unas sábanas, tarareando una canción. Cuando Anne se dio cuenta ya había colisionado con la sirvienta y se desestabilizó, lo que hizo que cayera de bruces por la larga escalera de Clarence Manor.
Gretha quedó horrorizada al ver como Anne caía sin poder parar.
También Philip la veía caer después de escuchar el grito de la muchacha.
Una vez que acabó el recorrido del cuerpo, él bajó para advertir cómo estaba Anne. Aquella tenía la mirada perdida y su respiración se agitaba porque su cuello estaba torcido.