La nueva esposa

Laura A. Lopez · Capítulo 4 de 32

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La nueva esposa

Capítulo 4

—La propiedad comparte un arroyo con el vecino, siempre estarán ahí para beber agua. Te hace falta un perro para la cacería, aunque... si te casas con la vecina, no necesitarás nada, ni comprar alimentos.

Philip arrugó el ceño. ¿Qué tenía la vecina que era tan especial? Algo no andaba bien. O encajarían a la perfección o serían sol y luna, tan distintos, aunque no diferentes.

—Ya quiero conocer a esa vecina. Se me hace interesante. Tiene una gran ventaja sobre la competencia.

—Esperemos que tu figura —señaló—, esos ojos azules y tu cabello rubio hagan algo por ti. Eres guapo y supongo que le gustarás.

—A las mujeres les atrae más el dinero. Iré a tu cena vestido como un pavo real mostrando mi dinero. Así atraeré sin dudas a la hembra.

Capítulo 4

Heather salía cada día a pasear por la propiedad de su padre. Existía un lugar que le fascinaba y le ayudaba a superar sus momentos de debilidad en los que recordaba su desgracia.

En el arroyo, cerca de Clarence Manor, la propiedad que lindaba con la de su padre, podía apreciar la diversidad de paisajes y animales que se acercaban a beber agua, y no lograba decir más de los campos de lavanda que aromatizaban el ambiente.

Ella se sentía lista para afrontar su vida con soledad. En esos años se había preparado para sobrevivir sin que nadie le proporcionara alimentos.

Se sentía avergonzada de que lord Midleton estafara a su padre y que por eso él tuviera una crisis en sus finanzas de las cuales pudo salir gracias a un préstamo y a lo que quedó de su dote. Durante dos años las tierras productivas de la familia se vieron afectadas por las desgracias naturales desde inundaciones hasta sequía. Su progenitor se había visto obligado a buscar otras tierras para iniciar nuevamente con su producción para sostenerse y lo estaban logrando.

Deseaba pedirle a su padre que la dejara vivir cerca del arroyo en una cabaña que ella misma mandaría a construir con el poco dinero que tenía.

Con sus habilidades para cazar y plantar, ya no necesitaba molestar a sus progenitores ni ser una carga para su pequeño hermano. Pensaba incluso en vender cosas en el pueblo. Si le sobraban hortalizas o animales, podría hacerlo.

Cuando regresó de su jornada de cacería que en esa ocasión era la pesca, estaba sucia y mojada. Lady Bridgwater la vio entrar a la residencia y masculló una sonora maldición.

—¡Heather, no puedes andar así! Le diré a tu padre que ya no tienes prendas decentes para vestir.

—Madre, no necesito de buenas prendas si no salgo de casa. ¿Qué interés puedo tener en vestirme para gastar? No quiero ser un problema. Le he dado muchos quebrantos...

—Querida, ya no hay que temer. La situación económica de tu padre está mejor que nunca. Todavía no alcanza para completar una dote tan alta como la anterior, pero te ayudará.

—¿A qué puede ayudar? ¡Ja! ¿Para que otro nos estafe? No, madre.

—Quiero que te cases, Heather, y tu padre también. Deja que junte más dinero para hacerlo.

—No deseo dar más molestias, pero tampoco me voy a casar. Mis oportunidades se perdieron para siempre. ¿Quién querrá a una lady estafada y abandonada? Nadie, absolutamente nadie. Ni yo me quiero, madre.

Prefiero vivir lejos de todo y de todos. Iré a por mis elementos para el jardín y después andaré a recoger huevos del gallinero —dijo la joven alejándose de su madre.

Heather no fue a buscar ninguna de las cosas que dijo, sino que fue al despacho de su padre. Golpeó la puerta y esperó una respuesta que no tardó

en oír.

—¿Puedo pasar, padre? —interpeló.

—Sí, Heather, pasa —replicó su padre, sonriente, aunque después vio sus prendas y tragó un poco de saliva.

—No se preocupe que no me sentaré ni me pararé en la alfombra.

—Necesitas prendas nuevas, no puedes continuar así. Además, tenemos criados que pueden hacer la cacería.

—No, padre. De eso me encargo yo. Déjeme retribuir su esfuerzo.

—Oh, Heather, no me hagas sentir más miserable. Si hemos perdido dinero ha sido mi entera culpa. No debí confiar en ese...

La muchacha pareció taparse los oídos ante lo que su padre no llegó a pronunciar. El nombre de aquel sinvergüenza estaba prohibido mencionar frente a ella. Porque todavía le causaba dolor a su corazón.

El conde se abstuvo de decir lo prohibido y eso hizo que Heather recuperara su postura segura.

—Quiero vivir sola —anunció Heather. Ella notó que su padre abrió los ojos como si fuera que se saldrían de sus cuencas.

—No, y no está en discusión —resolvió Harold con autoridad.

—No le haré gastar nada.

—Qué empeño tienes en desobedecer mis designios. Ni si gasto, ni si no gasto, te seguirás quedando aquí hasta que alguien quiera responsabilizarse por ti.

—¿Espera un esposo para mí? Pues acomódese en su asiento, padre.

Tal vez sea más fácil encontrar un caballo de oro que un hombre que desee casarse con alguien sin una dote.

—Puedo hace un préstamo con lord Scarbrough. Ya he terminado el otro.

—¿Involucrarse con un prestamista otra vez? No, padre. Ya le he traído muchos problemas. Si usted se involucra de nuevo con ese delincuente, me iré de aquí y no volverá a saber de mí. No importa todo lo que tenga que afrontar, pero juré no darle un quebranto nunca más.

—Me estás dando uno ahora mismo.

—En verdad me conmueve que usted y mi madre piensen que todavía tengo una oportunidad de que mi vida continúe. Soy la persona más reacia a ese pensamiento porque la realidad es muy distinta. Sabe lo que ocurre con las mujeres que son abandonadas. Pierden su credibilidad y reputación. Yo no solo he perdido eso, sino que también mi dote. En resumidas cuentas, no valgo nada. Solo tengo valor sentimental para ustedes.

—Yo creo que puedes casarte aún y eso nadie lo sacará de mí cabeza.

Primero empezarás por comprarte unos vestidos del pueblo. Y te advierto que esas prendas nuevas no las quiero ver en el gallinero o pintadas con sangre y entrañas de animales. Son para salir para que conozcas personas.

Ningún varón caerá del cielo, debes salir y mirar el mundo como antes.

Recuerdo que bailabas muy bien.

—Ya no recuerdo cómo bailar ni tampoco cómo tocar el pianoforte, son habilidades que ya no me sirven. Prefiero esto que soy ahora.

—¿Una salvaje? ¿Lady Salvaje como te dicen algunos criados y arrendatarios de la región?

—Me gusta lady Salvaje, siento que es invencible. Si alguien no me cae bien, le daré un disparo o un flechazo al corazón. Las posibilidades de que la maldad se acerque a mí son pocas. Un hombre sería como algo que amenaza mi tranquilidad. Puedo vivir sola y alimentarme por mi cuenta, no necesito de un caballero gallardo que me cuide y me sostenga, ya no me hace falta. Quien debía cuidarme me defraudó, ¿para qué volver a confiar?

No pudo convencer a su padre de que la ayudara en lo que deseaba con respecto a una pequeña cabaña, entonces tendría que encargarse sola sin que nadie lo supiera. No contaba con el apoyo de otros.

Después de salir del despacho, fue a buscar sus herramientas para plantar semillas en macetas de barro que los criados hacían para que ella los tuviera listos para usar. Lograban tener hortalizas del trabajo que Heather hacía.

Había aprendido mucho del jardinero fallecido.

Cualquiera diría que se dedicaba a muchas cosas durante el día, pero era su manera de mantener su mente y su cuerpo bien ocupados. Así evitaba pensar en lo fue, en lo que pudo ser, en lo que era y en lo que no sería. Se limitaba a vivir cada día sin esperar nada. La paz era lo más importante y valorable. Si bien extrañaba un poco los salones, nunca más podría asistir a uno por la vergüenza y la humillación a la que había sido sometida por un cretino sinvergüenza, alguien de quien no volvieron a saber. Esperaba que estuviera muerto.

—Heather, prepárate para salir —avisó la condesa que estaba lista para un paseo.

La muchacha levantó la mirada y suspiró.

—¿A dónde me quiere llevar?

—A comprar prendas para ti.

—Todavía tengo que recoger los huevos del gallinero.

—Julia ya lo ha hecho. No tienes excusa para no ir.

Ella se quitó los guantes y se sacudió la tierra de las rodillas y los codos.

—¿Para qué comprar vestidos si no los necesito? Tengo muchos...

—¡De hace cinco años, ajados, manchados y maltratados por tus actividades poco femeninas! —reprochó lady Bridgwater.

—Pero si todavía me quedan bien, les avisaré si me falta algo.

—Tu padre y yo estamos de acuerdo en algo: eres la hija de un conde sin problemas económicos. No debes seguir con austeridad. El pasado pisado, hija. Además, con esas fachas no podrás conocer al nuevo vecino y socio de Piers.

—No tengo interés en conocer a las amistades de Snowdon. A él lo aprecio por ser el esposo de Isobel y porque la hace feliz. Ella se merece todo lo mejor del mundo.

—Entonces deberías hacerlo por Isobel, porque ella habla muy bien de ese caballero. Lo tiene en alta estima. No querrás desairarla, ¿no es así?

—No, madre.

—Entonces corre a ponerte lo mejor que tengas. No gastaremos demasiado, lo prometo.

No pudo continuar negándose, tuvo que acceder al pedido de su madre, puesto que la había chantajeando con dejar mal parada a Isobel.

Quería demasiado a su amiga. Estaba en su pedestal de personas dignas de imitar y también sentía un poco de envidia, pero no una mala, sino que deseaba la felicidad que ella irradiaba.

Isobel era una mujer completa, con un esposo maravilloso y un hijo perfecto. Todo lo que ella alguna vez soñó. De sus sueños solo quedaban recuerdos y ninguno era grato. Lord Midleton entró a su vida como un buen caballero que resultó ser un cruel bandido que la dejó en la calle, sin dinero, sin oportunidades y sin corazón.

Sus buenos sentimientos los dedicaba al cariño de los que estaban con ella, de quienes la sostuvieron en sus horas más oscuras. A veces eran irremediablemente insistentes con que buscara un caballero, pero Heather no tenía muchas ganas de ver a nadie, de entregar su alma y volver a ser defraudada.

Una vez que estuvieron listas partieron rumbo al pueblo para ir a la tienda donde vendían las prendas y accesorios. Cuando llegaron al sitio, Heather

se dio cuenta de que sus ropas estaban atrasadas en la tendencia.

Lo que estaba en los escaparates no se parecía mucho a lo que ella tenía. Se sonrojó por la vergüenza, pero continuó firme en la idea de no gastar mucho. Sin embargo, la mente de la condesa estaba muy lejos de tener la misma idea que su hija.

La dama hizo que Heather se probara un par de vestidos y la joven solo había escogido uno, pero ella le había pedido otros cuatro a la modista.

Heather estaba al borde de la locura con todo lo que su madre gastaría en ella. Ropas, sombreros, guantes, zapatos y listones. Se sentía mareada y culpable por todo.

—Madre, debería parar con eso. Solo quiero llevar un vestido —dijo entre dientes.

—También quiero una sombrilla...

Ella mejor tapó su rostro y se alejó para mirar por el cristal de una ventana.

Prefería obviar lo que su progenitora estaba haciendo al ignorar su pedido.

Cuando observaba en la calle, sus ojos se posaron en un elegante caballero que desmontó su caballo y entró a la panadería. Lo único que pudo notar era el color rubio de sus cabellos y eso hizo que recordara a lord Midleton. Su cabellera rubia y perfecta nunca se borraría de su mente. Tal vez el atractivo de ese sinvergüenza permanecería por siempre en su cabeza, torturándola sin piedad. ¿Alguna vez olvidaría a ese villano? No me merecía ni siquiera ser recordado.

Su madre decidió dejar de avergonzarla y le dijo que era momento de que se retiraran. Ella se sintió aliviada. No quería volver a salir de la propiedad de su padre. Ni para comprar nada ni para ver gente nueva.

Durante el camino no pudo evitar descargar sus opiniones en contra de su progenitora por ignorarla. A lady Bridgwater nada parecía hacerla entrar en razón. Seguía hablando sobre las maravillosas compras que realizaron.