La nueva esposa

Laura A. Lopez · Capítulo 2 de 32

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La nueva esposa

Capítulo 2

Su fiel amiga Isobel había quitado de la cama el vestido que había mandado a confeccionar para aquel día que creyó especial. Todos sus sueños se esfumaron y por eso percibía que ya no valía la pena despertar un día más.

No podía cargar con tanta vergüenza.

Capítulo 2

El dolor en el pecho de Heather era tan grande que no había parado de llorar. Era como una herida profusa que no dejaba de sangrar. La compañía de Isobel la había consolado mientras estaba despierta, pero no lo hacía cuando se hallaba dormida. Su amiga estaba durmiendo, y a Heather sus pensamientos la estaban matando, pues no encontraba regocijo en nada.

Quería desaparecer. No podría enfrentar la vergüenza en la que ese hombre la había dejado. ¿Cómo explicarle a la sociedad que su prometido la había abandonado un día antes? Solo sería la comidilla y no volvería a conseguir otro matrimonio. Ni siquiera deseaba volver a intentarlo.

Se sentó en la cama en medio de la noche y observó que a su lado Isobel dormía plácidamente. Luego de mirarla unos minutos, ella abandonó su lecho y se dirigió a la salida de la habitación.

Su casa se hallaba en un sepulcral silencio, por lo que no cerraría la puerta.

Caminaba sin un rumbo fijo, acariciándose ambos brazos como si buscara darse calor. Cuando llegó a la planta baja, miró hacia ambos lados.

De un lado tenía la puerta y del otro, los pasillos que llevaban a otras dependencias de la casa. ¿Qué haría en la calle? Nada.

Entonces, decidió tomar uno de los pasillos. Debía encontrar algo que le diera paz. Pensó que sería mejor buscar algo en lo cual perderse. Entró a la biblioteca y vio los estantes llenos de libros que en ese momento no le llamaban a leer, prefería que le cayeran encima para no seguir sufriendo como lo hacía.

En la habitación de Heather, Isobel se había despertado, y al moverse buscó a su amiga que debería estar dormida junto a ella y no se encontraba.

En su mente se habían encendido todas las alertas posibles, pues ella no se encontraba bien de ánimo. Los nervios seguidos por la falta de sueño podrían ser malos para ella.

Se apresuró a levantarse y corrió por los pasillos oscuros. Se acercó a la puerta de salida y aquella contaba con seguro. Continuó por las demás partes de la casa: comedor, cocina, área de la servidumbre, salón del té, sala de música, el despacho del conde y al terminar todos se encontraba la biblioteca. Esa puerta era la única que estaba abierta e Isobel no dudó en entrar a la estancia. Se quedó petrificada al ver la imagen de Heather con el arma de su padre apuntándose en el corazón.

Isobel no sabía qué hacer. Estaba muy asustada y quizá podía dar un movimiento en falso. Heather tenía los ojos cerrados, eso lo podía notar por la tenue luz de la luna que se colaba por un espacio de la cortina. La aterrorizada joven prefirió actuar de una manera arriesgada.

Se movió con lentitud hasta donde se encontraba Heather a lo mejor meditando sobre matarse o no. Con la respiración agitada, tomó la mano derecha de la muchacha y forcejeó con ella para arrebatarle el arma que terminó disparándose al techo.

—¡Qué haces, Heather! ¡Maldición qué haces! —espetó Isobel que la estrujó contra su pecho.

—¡No lo sé! ¡No lo sé! —replicó mientras lloraba y hacía llorar a su amiga.

—No hagas esto, no lo vuelvas a hacer. Me quedaré contigo, no quiero que mueras...

—Pero si yo ya estoy muerta, tal vez no de cuerpo, pero mi alma está tan rota que requiere de un descanso.

—No hables así. Es solo un momento, ya pasará.

Los padres de Heather habían escuchado el disparo y por eso se precipitaron hacia el lugar en donde oyeron el sonido. Al llegar hasta ahí,

vieron a Heather e Isobel llorando a mares. También se habían acercado los criados de la residencia.

Todos se dieron cuenta de que la vida de Heather pendía de un hilo muy fino y lo mejor era que no permaneciera en ese lugar.

Nadie en esa casa pudo conciliar el sueño. El conde no podía estar tranquilo con la situación que se le estaba sabiendo de las manos. Lo más importante no era tomar venganza o buscar al sinvergüenza, sino atender a Heather que se hallaba vulnerable ante la situación. Debía protegerla de las habladurías.

—Neil —llamó el hombre a su sirviente que se desempeñaba como mayordomo y ayuda de cámara.

Neil que se encontraba en la puerta de la habitación de Heather, vigilando, se acercó al hombre.

—Diga, milord.

—Quiero que preparen el carruaje para partir a Kent.

—Sí, milord.

—Tú otras con mi esposa. Yo me quedaré a enfrentar la situación con el obispo.

—Como usted diga.

—Habla con el señor Berkley, el vicario de la capilla de la propiedad.

Quiero que visite a Heather. Yo los alcanzaré apenas acabe con mis compromisos aquí. Te pido que no te despegues de ella. Está muy trastornada por lo que ha ocurrido con su prometido.

—Milady estará en las mejores manos, milord. No se preocupe.

Harold asintió y procedió a tomar algo que lo dejara con la mente pensante, pues no podía quedarse dormido. Si Heather despertaba podía ocurrir cualquier cosa.

Por la mañana, en la casa se gestaba una gran movilización. Dos carruajes estaban listos para salir. Solo faltaban las personas que irían en ellos.

A Isobel le informaron que Heather partiría hacia Kent con su madre, la doncella y el mayordomo. La amiga de la joven no quería dejarla ir porque estaba muy preocupada, pero pensaba en hablar con sus padres para poder alcanzar a Heather en ese condado. No podía abandonarla cuando más la necesitaba.

—Padre —dijo Heather, mirando a los ojos azules de su progenitor. Él se veía preocupado y cansado—, perdóneme...

—No hay nada que perdonar. Ve con tu madre y sé obediente. Sabes que te amamos demasiado. No hagas tonterías.

Heather asintió. Después miró a su amiga y se abrazó otra vez a ella.

Isobel la había devuelto a la vida, aunque ella ya no quería estar viva.

—Te alcanzaré en Kent, te lo prometo...

—¿Y tus oportunidades de casarte? —preguntó Heather, atribulada.

—¿De cuáles me hablas? No tengo ninguna. Lord Snowdon no se fijará en mi por más que desfile sin ropa frente a él. Hay que ser sinceras —

resolvió Isobel entre sonrisas y lágrimas. Quería animar a su amiga, pero no podía contener su dolor.

El buen humor de Isobel logró que al menos tuviera un atisbo de sonrisa en el rostro. Esperaba que lejos de Londres pudiera sanar sus heridas.

Cinco años después...

Heather había sobrevivido a la etapa más difícil de su vida. Con mucho esfuerzo pudo superar el abandono de lord Midleton. Muchos médicos fueron a verla al igual que el clérigo de Autumn Cottage, pero quien más la había ayudado fue su fiel Isobel que había cumplido con alcanzarla al abandonar Londres.

Sus padres también habían cambiado sus vidas con la llegada de un hermano para ella. Harold había sido como una explosión de emociones para Heather. El futuro conde de Bridgwater ya estaba por cumplir sus cuatro años y más que un hermano, ella lo veía como el hijo que nunca tendría. Llevaba años encerrada en la propiedad rural de su padre, y no porque él se lo exigiera, sino porque ella misma no estaba dispuesta a ser la bula de nadie. Regresar a Londres era algo impensable.

Se había dedicado por mucho tiempo a salir adelante con dedicación, esfuerzo y valentía. Nunca debió intentar el camino de la cobardía. Con el tiempo el dolor mermó, aunque las consecuencias quedaron para siempre.

Ella estaba arruinada. Con veintitrés años prefirió enfocarse en los deportes como la arquería y la cacería. Todo lo que se comía en esa casa ella lo cazaba. Ya no le tenía pavor a una pistola porque la utilizaba en lo correcto.

Esa tarde había cazado un pato para la cena. Cuando dejó su caballo en las caballerizas, vio al carruaje de su amiga. Sabía que un pato no sería suficiente, por lo que regresó a por su animal y fue a cazar otro.

En la residencia, Isobel se había presentado en compañía de su esposo y de su hijo. Los sueños de la joven se habían cumplido. Ella había estado equivocada sobre lord Snowdon, aquel sí estaba enamorado de ella, y ante su prolongada ausencia en los salones, fue a por la mujer que él deseaba que fuera su esposa.

Eran grandes amigos de la familia de Heather y también de ella. El pequeño William, hijo de la pareja disfrutaba jugando con el hijo de los condes.

—¡Isobel! —exclamó la condesa al verla llegar. La había abrazado con mucha fuerza. Se hallaba contenta al ver que la amiga de su hija estaba de visita—. Sean bienvenidos... Piers, pasa por favor —solicitó al conde de Snowdon.

—Buenas tardes, hemos venido de imprevisto. Estábamos cerca y decidimos pasar a saludar —dijo el conde de Snowdon que bajó a su hijo para que corriera junto al otro niño.

—Ustedes viven muy cerca. ¿A dónde fueron? —preguntó Harold.

—Piers tiene un nuevo socio... —mencionó Isobel, sonriente.

El conde de Snowdon se sonrojó, porque sabía que Isobel diría alguna cosa.

—Y hemos venido a verificar una casa cercana. Quiere mudarse a unas millas de aquí, en una propiedad colindante con Autumn Cottage —

habló Piers.

—Eso es lo irrelevante el asunto, lo relevante es que ese hombre es un adinerado viudo que tiene una hija. He pensado que tal vez podríamos presentarle a Heather —alegó la muchacha.

—Ya quisiéramos que Heather se fijara al menos en un mozo, pero no quiere conocer a nadie como un futuro esposo. No está negada a conocer más personas comunes con las cuales comunicarse —comentó la madre de Heather.

—Nadie dice que le diremos que es un hombre que viene tras ella. Eso es algo incierto, pero a mí me encantaría saber quién es el caballero. Si me agrada le daré la mano de mi hija.

—Es una idea de Isobel. Creo que mi socio le resulta muy atractivo...

—insinuó mirando a su esposa.

—No es momento de celos, querido. Lo que importa es que podríamos unir a lord Chamberlin con Heather. Él es lo que a ella le hace falta. Le daría risas y una bella familia.

—¿Y por qué dices que Heather accederá? —interpeló su esposo.

—¿Qué mujer soltera no sentiría compasión de un joven y atractivo viudo y con una recién nacida? —hostigó Isobel—. Quiero ver feliz a Heather, como tú y yo lo somos, Piers. Ella merece un Piers en su vida, pero como eres mío, le conseguiré a alguien que creo que sería ideal.

—Isobel, ¿qué haríamos sin ustedes? Quieren mucho a Heather, tanto, que accedieron a casarse aquí para que ella no tuviera que ir a Londres.

Nunca terminaremos de agradecer todo lo que han hecho por ella, incluso mudarse a Kent —declaró lady Bridgwater. Aquella dama cogió la mano de Isobel con cariño. Esa muchacha a la que en el pasado considero un mal ejemplo había sido lo mejor que le ocurrió a Heather.

—No hay nada que agradecer. Con eso también lord Snowdon dejó de ser tan huraño —alegó Isobel, sonriente.

—Era de esa manera porque no podía contar que lord Midleton era un desgraciado que ya había hecho una maldad similar con un familiar y conmigo, pero antes de que pasara a mayores lo descubrimos. Me arrepiento de no haberlo dicho antes... —rememoró molestó consigo mismo.

—Ya no podemos hacer nada. Al menos tu primo lejano, el conde de Scarbrough, me ayudó a solucionar los inconvenientes con los que me dejó ese patán —repuso el conde.

—Sí. El préstamo de Robert ha sido una gran ayuda para levantar esta propiedad. Gracias a Dios ha terminado esa deuda. Antes no gozaba de tan buena reputación. Todos temían no cumplir con Robert Compton —musitó Piers.

—¡Isobel! —expresó, Heather que tenía ambas manos detrás de la espalda.

—¡Heather! —Isobel se acercó a abrazarla.

—Espero que se queden a cenar —pidió Heather.

—Por supuesto que sí —correspondió su amiga que retrocedió unos pasos para que saludara a lord Snowdon.

—Aquí tengo lo que cenaremos... —Heather le entregó a Piers los dos patos que había matado para agasajarlos.

Piers odiaba la cacería, aunque sí le gustaba comer el fruto de ella.