La nueva esposa

Laura A. Lopez · Capítulo 6 de 32

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La nueva esposa

Capítulo 6

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Capítulo 6

Heather se hallaba ajena a los planes de sus padres y de su amiga. Ella estaba ahí por Isobel y el esposo de ésta.

Le resultaba tranquilo ver a personas conocidas en el lugar. Aquellos nunca supieron lo que había acontecido con ella en Londres. Con el tiempo se había acostumbrado a la presencia de ellos, ya que resultaban ser una gran contención para ella y su familia. Las amistades hacían falta al menos de vez en cuando.

Isobel hizo un gesto al sirviente para que se acercara y la gente pudiera coger las copas para beber.

—¿Dónde está mi esposo? Nunca se encuentra cuando lo necesito —

farfulló Isobel entre dientes. Quería saber en qué lugar Piers tenía escondido a Philip. Heather ya había llegado y ella estaba ansiosa por presentarlos.

—Pero si siempre está pegado a ti. No he visto a un hombre más encaramado a alguien que él. Parece una sanguijuela —opinó Heather para molestar a su amiga. Sabía que para Isobel no existía nadie más que el perfecto lord Snowdon.

Los padres de Heather fueron a conversar con los otros invitados, mientras que ella se quedó con Isobel.

—Dime que han cocinado los faisanes que traje por la mañana. Son un presente para ti —dijo Heather.

—Por supuesto, Heather. Sabía que tú me darías las aves. La comida sobrará, te lo aseguro. Veo que tienes prendas nuevas. Me hacía falta verte bien arreglada como lo estás ahora.

—Es solo por hoy. Mañana vestiré los mismos harapos pasados de temporada y bañados con sangre. ¿Recuerdas que te dije que quería vivir sola?

—Y yo te respondí que era una absoluta tontería. ¿Qué harás en medio del monte?

—Vivir, Isobel, ya no puedo ser una carga para mis padres. Los he hecho sufrir demasiado. Los he mantenido en vilo, entre desazón y deudas, después de que el innombrable le robara a mi padre y eso me dejara sin dote, me ha devastado...

—Heather, yo tengo la mejor solución.

—No, casarme no es una opción. A mi edad, sin dote. Es imposible.

Lo único que puedo aportar es comida que pueda cazar o sembrar. Además, no me siento bien, ni cómoda, ni lista al pensar en eso.

—Han pasado cinco años. Es tiempo de ver la vida de otra manera.

Mientras, tú lloras por la miseria, él sigue contento por la vida. Nadie merece tus lágrimas, solo una cortadura profunda o la muerte de alguien debería ser una razón para llorar.

—No lloro, solo siento rabia, resentimiento y mucho odio por los varones en particular.

—Pero admite que estabas equivocada con respecto a Piers...

—No, él debió advertirnos.

—No le hubieras hecho caso. Estabas muy enamorada.

—Nunca quiero volver a estar ciega. Ahora desconfío hasta de mi sombra.

Ellas siguieron hablando sobre lo que Heather tenía en mente. Con el viento en contra, Isobel deseaba convencerla de que no lo hiciera y tenía razones de sobra para eso.

Al terminar de recorrer la casa, Piers y Philip regresaban hacia el salón. El conde de Chamberlin había quedado satisfecho y feliz con el recorrido.

Aquella residencia era acogedora, lujosa y se sentía cálida, como si no fuese solo algo de cuatro paredes, sino que tenía más.

—Es una residencia estupenda, Piers. Déjame decirte que te envidio por todo. Una casa hermosa, una esposa preciosa y un heredero para todo lo que posees.

—Y no creerás que pierdo todo por un par de reglas... —rio al recordar lo que había tenido que pasar para casarse con la encantadora Isobel.

—Por lo que veo es bueno ignorar un par de reglas —opinó Philip, sonriente.

Un sirviente pasaba con una copa en la bandeja y Philip la cogió. A través del cristal pudo notar la figura de una dama. En un primer momento creyó

que era lady Snowdon, pero después recordó que aquella no tenía puesto ese color de prendas. Descendió la copa hasta sus labios para beberla, mientras él buscaba con la mirada a la mujer que había visto como si fuera de humo.

Sus ojos se posaron en una dama rubia que conversaba con otros invitados.

Ella era lo más perfecto que habían visto sus cansados ojos en mucho tiempo. Rubia de ojos como el color del mar y una tez dorada. Era como una belleza exótica. No era blanca como porcelana, sino que tenía el color de los criados que siempre estaban bajo el sol.

Él no podía dejar de observarla. Era elegante y graciosa en sus formas, pues hablaba con total comodidad. Philip se fijó en que ella no tuviera algún anillo en ninguno de sus dedos.

—Piers, ¿quién es esa joven? —preguntó Philip a su amigo.

—¿Quién? —interpeló Piers que también había cogido una copa para beber.

—La del vestido rosa... —respondió.

—Ella es la dama con la que mi esposa desea presentarte.

—¿En verdad? Tu esposa tiene los mejores gustos, puedo confirmarlo.

Con el respeto que merece una dama, esta mujer es lo que cualquier hombre desearía. ¿Cómo se llama?

—Su nombre es lady Heather Wells, es hija del conde de Bridgwater, que es vecino de Autumn Cottage.

—¿Puedes presentarnos? Me interesa conocerla.

—Bien. Hay un par de cosas que debería decirte sobre ella.

—No me digas que es casada, solo eso podrá desalentarme.

—No, ella es soltera. Solo quería decirte que, en caso de que desees desposarla... Sé que suena apresurado, pero deseo advertirte que...

—Puedes decirme lo que sea. ¿No es virginal? Siempre y cuando no esté embarazada de otro no resultará un problema en caso de que mi interés se propague hasta esa instancia.

—Tampoco es eso. Heather no tiene dote.

Philip rio ante la tontería de Piers. Él ya estuvo casado y si bien había recibido una modesta dote por Kathleen, tampoco hacía grandes diferencias a sus arcas. Ni siquiera le había dado tiempo de gastar ese dinero. Se encontraba tan alborotado por la belleza de su vecina, que él sería capaz de pagarle con lo que tuviera para que se interesara en él.

—No importa la dote. Se ve graciosa y encantadora.

—Una cosa distinta es ser gracioso y otra distinta, parecerlo, Philip.

Te daré una advertencia más: ve despacio, como una babosa, porque ella es como los venados, ve a un hombre y corre.

A Philip no le importaba mucho lo que decía Piers. Primero que nada, pensaba que eran exageraciones más que otra cosa. Algo para que su entusiasmo no prosperara demasiado al pensar que una muchacha de tanta belleza pudiera ser comparada con un ogro.

—No importan los riesgos. Con los defectos que puedas seguir citando, deseo conocerla —resolvió Philip.

—A tu riesgo, queridísimo Philip. He cumplido. Andando...

Ambos caminaron hacia donde se encontraba Heather junto a sus padres, su amiga y algunos terratenientes de la zona.

Heather sorbió un poco de su bebida y vio que Snowdon se acercaba, pero que no lo hacía solo. Un atractivo caballero se hallaba a su lado. Ella desvió la mirada para no seguir escudriñando. Podía concluir que era un extraño, alguien que no pertenecía a la región. En lo poco que pudo ver del hombre, distinguió que sus ojos eran azules o grises, su nariz era puntiaguda y de fosas nasales armónicas, su boca era grande y de labios

finos. Era un conjunto integral e imaginaba que la sonrisa de ese varón ocuparía todo su rostro. Sobre su melena rubia, solo podía decir que le resultaba conocida, como si fuera una réplica de lord Midleton. Al encontrar una similitud por más que fuera tan diminuta, su cerebro le ordenaba que se replegara y tuviera el menor y más educado contacto con el forastero.

—Disculpen la tardanza, lord y lady Bridgwater, Heather. Estaba enseñándole la casa a mi amigo y nuevo vecino de todos nosotros... —habló Piers para saludarlos.

Heather y sus padres reverenciaban a Piers para corresponder.

—Gente nueva en el vecindario siempre es bienvenida —comentó Harold.

—Les presentaré a Philip Case, conde de Chamberlin. Pueden llamarlo lord Chamberlin o amigo de Snowdon —dijo aquel para romper el hielo. Notó que los ojos de Heather no se dirigían a Philip.

Los padres de Heather saludaron al hombre e hicieron conversación por unos instantes hasta que Piers decidió que era suficiente de tanto parloteo.

Era tiempo de presentarle a la muchacha.

—Philip, ella es lady Heather Wells, la hija de los condes.

Philip buscaba los ojos de Heather, pero cuando ella hizo la reverencia para su saludo, la jovencita apenas le había dado una mirada que le permitió distinguir el color aguamarina de su mirada. Mientras más cerca estaba, más impactado quedaba. Kent comenzaba a ponerse interesante.

—Es un verdadero placer conocerla, milady —pronunció con amabilidad, aunque cierta cautela ante la esquiva mujer.

—El placer es mío, milord. Espero que se sienta a gusto en el vecindario —

replicó Heather. Eso era lo más amable que podía decir ante su inaudita timidez. Parecía ser que un ratón se había devorado su lengua.

—¿Cuánto tiempo piensa quedarse aquí? —indagó la condesa de Bridgwater.

—Todo el tiempo que sea posible. Tengo una hija a la cual criar y el campo me parece un lugar adecuado —respondió.

—¿Y su esposa no ha venido? —siguió preguntando la mujer. Ella ya sabía que era viudo, pero deseaba que eso lo escuchara Heather.

—Soy viudo... —contestó sonrojado.

Heather seguía oyendo más información del hombre. Escuchaba todo sin querer hacerlo. Llevaba su copa a sus labios, y para eso debía levantar la cara. En eso aprovechaba para ver al conde de Chamberlin que conversaba de manera amena con sus padres. No era su intención saber de la vida de nadie y menos del vecino más guapo del condado, pero se enteraba sin querer.

—¿Escuchaste lo que dijo? —preguntó Isobel que tocó el brazo de su amiga.

—Sí.

—Yo escuché que es soltero.

—No, es viudo.

—Es lo mismo. Significa que ese caballero no tiene dueña.

—No es un caballo, Isobel.

—Heather...

—No quiero insinuaciones absurdas. Él es el vecino y de ahí no pasa.

—Te ha mirado.

—De la misma forma en la que todos me miran. No hay nada raro.

—¿Quieres conocerlo mejor?

—Isobel, no quiero que hagas tonterías. Dejaré de ser tu amiga si haces una tontería...

—¿Qué tontería?

—Cualquiera de las muchas que máquina esa cabecita tuya todos los días.

Cualquier idea que insinúa que me case.

—Si él te llegara a solicitar matrimonio, dudo que te negaras a aceptar.

—Eso no pasa, ni pasará. Es un viudo con un problema y debe tener poco dinero. Clarence Manor es una pocilga.

—Ya no lo es. Piers y yo la arreglamos un poco. Ahora a él le queda el resto del trabajo. Lord Chamberlin tiene mucho dinero y, ¿sabes qué?

—Si lo sé quiero ignorarlo y si no lo sé, no quiero saberlo —farfulló Heather como si se tratara de una oración.

—Él necesita una esposa...

—¿Por qué la necesita? No la necesita.

—Tiene un título y una hija...

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Qué necesita un varón y para eso debe volver a casarse. ¿Tú conoces a una bella soltera en los alrededores?

—Soltera resignada, ocupada y con poco ánimo de darse a conocer a los demás...

—No, no, querida amiga. Él necesita una esposa y tú un esposo. ¿No es lo más idílico que oíste?