La nueva esposa

Laura A. Lopez · Capítulo 8 de 32

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La nueva esposa

Capítulo 8

Los asistentes esperaban a que iniciara. Tenían su atención dirigida a ella, y Heather no se sentía segura de hacerlo bien. Si se avergonzaba, sería su propia culpa por acceder al pedido de un caballero.

Se equivocó con los primeros acordes, pero como buena concertista que fue, continuó. Se sentía tan avergonzada por más que después pudo redimirse un poco. Ejecutar el pianoforte la llevaba a momentos antiguos en los que buscaba atraer, conquistar y deleitar. El tiempo de su vida que había sido más feliz. Recordaba la ilusión del matrimonio y la enorme felicidad que eso le había dado, pero la desilusión y las miserias fueron mayores.

Nunca olvidaría el momento en que pensó que ya no había alternativa, mas Isobel tuvo razón, todo pasaría. No estaba disconforme con su vida, pero no era lo que ella había deseado.

Capítulo 8

Heather no era la mejor concertista que él había escuchado, pero estaba muy acorde con lo que ella dijo. No se habla desalentado por sus trompicones, debía existir alguna razón para que aquella no tuviera las mismas habilidades que lady Snowdon.

Cuando ella acabó su pieza, él la alentó con sus aplausos y asintió apenas notó que la joven lo miró. También, se acercó antes de que se alejara para regresar a su función principal: esquivarlo.

—Milady... —pronunció Philip, entusiasmado.

—Fue mejor que no hubiera accedido a su petición —dijo Heather a la defensiva.

—Lo ha hecho estupendamente.

—No me trate de tonta, lord Chamberlin. Le agradezco que mienta como un buen caballero lo haría.

Ella lo reverenció para retirarse, pero él cogió la mano de Heather y dejó un beso al dorso.

—Le agradezco su predisposición. Lady Heather, me gustaría volver a verla...

Esas palabras dichas con rapidez e impulso, sorprendieron a Heather que no sabía cómo responder. Ese beso que él le había dado, no la dejaba pensar con claridad. No tenía potestad sobre su voluntad.

—Puede ir cuando quiera a Autumn Cottage, somos vecinos... —

respondió sin pensarlo demasiado.

—Será un placer presentarme en su propiedad, milady.

Ella asintió y continuó con su camino. Miró la mano que él le había besado y cerró los ojos con fuerza, reprochándose su tontería.

—Debiste decir: «no estoy interesada en la visita de nadie», pero

«puede ir cuando quiera, somos vecinos» sonaba mejor. Eres una tonta, Heather, una verdadera ilusa que no ha aprendido nada de la vida —

farfulló, mientras iba junto a sus padres.

La noche continuó con las damas separadas de los caballeros, charlando de frivolidades y algunas que otras novedades del campo.

Tampoco se hicieron esperar las insinuaciones de que el nuevo conde se sentía intrigado por Heather.

Rezar para no volver a ver a su nuevo vecino era lo único que ella podía hacer. Deseaba que la noche terminara. Necesitaba acabar con las especulaciones de los demás y las propias. Con todo lo que escuchó del hombre, ya sentía que lo conocía de toda la vida. Lamentaba ser tan curiosa y no poder dejar de escuchar los cotilleos tanto de las damas como de los caballeros.

Para su buena fortuna, la noche llegaba a su fin, y lord Chamberlin se había retirado con el resto de los asistentes. Ella pudo respirar un poco y sentir que todo había sido algo casual y que no volvería a ver a ese hombre.

Heather y sus padres se despidieron de Isobel y Piers para regresar a su residencia. Ella emitió un suspiro de cansancio.

—He pasado una gran vergüenza por culpa de Isobel —comentó avergonzada.

—No es culpa de Isobel, es tuya por no practicar algo tan básico para una dama. Tienes los dedos duros, Heather. Pensé que espantarías a lord Chamberlin —alegó su madre.

—Mi intención no era incomodar a nadie, pero tengo que rogarles recato.

Es un hombre viudo y no concibo que las personas intenten emparejarlo con alguien a pocas semanas de su viudez —musitó Heather.

—Ya su esposa está bajo tierra y él encima. Es un hombre libre que puede escoger a una mujer para que sea su nueva esposa. Todavía le falta un heredero para su título. ¿Crees que un hombre de su estatus quedará sin una compañera? —replicó el padre de Heather.

—Kent no es el lugar correcto para hallar una esposa a medida para un conde. Supongo que primero piensa en que su hija crezca un poco antes de imponer una madrastra —razonó Heather.

—En Kent hay una mujer muy hermosa que está disponible para un matrimonio —comentó lady Bridgwater con picardía.

La muchacha se carcajeó un poco y luego trató de calmarse.

—Madre, tengo veintitrés años, no soy una opción para nadie. Sé que lo ha dicho por mí, puesto que Isobel también ha querido meter esa idea en mi cabeza. Ya soy una solterona, deberíamos respetar eso.

—Siempre hay tiempo, querida, siempre —concluyó Harold que deseaba ver a su hija bien casada.

Al llegar a su casa, cada uno de ellos se dirigió a sus habitaciones.

Julia atendía primero a la condesa y por último a Heather. Mientras esperaba a que la doncella fuera a cambiarla, ella se quedó a mirar la

pintura que no había terminado y que llevaba un par de semanas por falta de inspiración, de ánimo y de otras cosas. Prefería algo dinámico como la cacería. Las cosas que eran tan estáticas y que necesitaban más de concentración que una habilidad física, no quería realizarlas porque siempre pensaba demasiado y terminaba entristecida. Esas eran las desventajas de su vida. Cinco años que habían dejado una huella imborrable en su espíritu.

Lord Chamberlin era un caballero guapo y deseable como lo había sido lord Midleton, pero ella ya no podía confiar, y menos con su edad. A ella solo le quedaba apreciar el atractivo de los varones que desfilaban cerca de sus ojos.

Le intrigaba la razón por la que lord Chamberlin deseaba seguir viéndola si había fallado en lo más básico que podía hacer una dama. Quizá pensara que era una mujer que no diera muchos problemas para ser una amante de turno. Esa idea hizo que su mente se alarmara. ¿Qué más podría querer un viudo lejos de Londres? Por supuesto, echarse una cana al aire, algo que la próxima condesa no debería saber.

Heather tenía lo necesario para ser una candidata a amante. Era una solterona sin viento que le soplara. No tardaría en quizá insinuarse de esa manera ante ella, pero ella no estaba dispuesta a que la trataran como una tonta. Se prepararía para no caer en esos juegos. Que fuera solterona no significaba que debían tratarla sin respeto y que ella debiera someterse a cualquier tipo de tratamiento para conseguir atención.

Si lord Chamberlin se presentaba en la propiedad, haría que le temiera con todo lo que podía hacer. Nada de demostrar que era una dama fina. Ella ya no dejaría que un hombre malograra su futuro de ninguna manera.

***

Al pasar la puerta de su residencia, Philip no oyó el llanto de Caroline y eso le dio un alivio momentáneo. Él había vivido en un sueño dentro de la residencia de su amigo, el conde de Snowdon, desde su llegada, recorrer su propiedad y sentirse como si no fuera un forastero hasta conocer a la mujer más hermosa que habían contemplado sus ojos. Ella lo había autorizado a visitarla en su residencia y eso suponía una pequeña victoria para conocerla.

No se arrojaría a las fauces del matrimonio otra vez sin conocer más de la mujer. Sabía que no era muy buena con el pianoforte, que era soltera sin dote y virgen. Eso no le daba mucha información sobre cómo era ella, mas sus evasivas hablaban mucho.

Tenía en su mente formas en las que podía acercarse a ella y las llevaría a cabo. Tenía pensado pasar por las tierras de la joven para llegar hasta su residencia. Piers le había dicho que compartían un arroyo y que cerca se hallaba el campo de lavanda. Ir por ese lugar era la mejor idea.

Se cambió de ropa y se recostó en la cama. Confiaba en que dormiría largo y tendido, porque tenía a una bella dama con la cual deleitarse en sueños.

La realidad era distinta a lo que él había creído, no podía conciliar el sueño.

La muchacha estaba demasiado viva en su mente como para darle un descanso. Recordaba su cabellera, su rostro perfecto, sus ojos tan grandes y profundos, esa voz suave, aunque desafiante... De esa manera le resultaba difícil dormir si ella casi podía manifestarse en su habitación de tanto que la pensaba.

Por la mañana, él se levantó somnoliento, pero con un objetivo en mente: llegar hasta la puerta de lady Heather Wells.

—Buen día, lord Chamberlin —saludó la niñera que tenía a Caroline en brazos.

Él se acercó para mirar a su hija.

—Buen día, ¿cómo amaneció la niña? —preguntó.

—Ha dormido muy bien durante toda la noche. Creo que ha pasado lo peor.

Siempre dicen que el primer mes es el más duro con la pequeños.

—Y sí que lo fue. Ha logrado levantar mi buen ánimo, señorita Cunningham —admitió sonriente al coger la mano de su hija para llevarla hasta sus labios—. Kent comienza a ser un buen lugar. ¿Sabe si ha venido alguna persona en busca de trabajo?

—No, milord, aún no se ha presentado nadie.

—Me urge solucionar los problemas del techo antes de que nos caiga una gran tormenta. También el asunto de los caballos y las personas para la siembra... —habló menos despejado que hacía unos segundos atrás.

—Tendremos novedades, milord, correrá la voz muy pronto. Quizá las personas que necesitan un oficio no estén muy cerca, y por eso tardan en presentarse.

—Tiene razón. Iré a desayunar. Saque a Caroline a dar un par de vueltas, señorita Cunningham, quiero que le dé un poco de sol.

—Por supuesto, milord.

Philip trataba de mantenerse con la mente positiva para conseguir sirvientes de la región, de lo contrario, tendría que regresar a Londres a por un par de ellos.

Al acabar de desayunar, le pidió al mayordomo que le acercara su arma y una canasta para colocarla por su caballo. Tendría un par de excusas para ir a la propiedad vecina, o al menos para pasarla. Le gustaba la cacería y sabía que era temporada de aves, y pensaba aprovechar su estancia en el arroyo no solo para cazar algún ave para la cena sino también para intentar coger un pez.

Desde pequeño había aprendido a cazar y en mucho de su aprendizaje lo habían ayudado los hijos de los criados de sus padres. Recordaba que tuvo una infancia muy grata, rodeado de mucho cariño, paciencia y también demasiada opulencia para su gusto. Al ser hijo único, lo habían tenido como si fuera lo más importante. Era placentero ser el centro de todo, aunque en otras ocasiones no. Cuando sus padres murieron y quedó él, se sintió solo.

Quizá eso lo había impulsado a buscar compañía.

La soledad más las insinuaciones sobre su edad hicieron mella en su interior para conseguir una esposa. Así lo hizo, pero al poco tiempo se dio cuenta de que era un error del cual no podía arrepentirse. No había conocido bien a la

muchacha y no llegaban a entenderse del todo. Tampoco él quiso intentar más porque por ella solo sentía una atracción física que se había desvanecido al poseerla. Podía caer en el mismo error con lady Heather, mas estaba dispuesto a intentar que no fuera así. Deseaba a alguien que fuera un desafío para él, que charlara y diera su opinión. No quería alguien que asintiera a todo lo que él decía como si fuera palabra mayor. Él deseaba un buen debate, inteligencia y diversión, porque Philip era un hombre divertido que amaba hacer de todo. No le temía a nada.

Abandonó su residencia una vez que los pocos criados que tenían hicieron lo que pidió y le ensillaron un caballo. Él salió disparado hacia las praderas para conocer mejor su propiedad y aventurarse a los límites con sus vecinos de Autumn Cottage, lugar en donde él deseaba ir con insistencia.

Cabalgó con el viento quemando sus mejillas. Era un día en donde el sol había amanecido con ganas de cocinar a los más intrépidos que se atrevían a estar fuera de una tupida sombra.

Él no tenía idea del lugar al que estaba yendo, solo sabía que deseaba ver a alguien y eso era suficiente para que el destino lo llevara hasta ahí.

Para su buena forma, llegó hasta el arroyo y vio a una parvada de patos metiendo sus cabezas al agua para después sumergir sus cuerpos completos y salir secos. Era un excelente espectáculo natural que él aprovecharía antes de ir en dirección a la residencia de lady Heather. Al menos sabía que ese era el camino.

Desmontó su caballo y con sigilo fue a esconderse detrás de un gran árbol caído. Su sorpresa fue muy grande al ver a una dama con su vestido, apuntar hacia donde estaban los patos.

Una sonrisa invadió el rostro de Philip al darse cuenta de que esa mujer era nada más y nada menos que Heather, que no se había percatado de su presencia.

—¿Necesita que le ayude a cazar, milady? —indagó Philip, sobresaltando a la muchacha.