La nueva esposa

Laura A. Lopez · Capítulo 12 de 32

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La nueva esposa

Capítulo 12

—Usted es tan generoso, padre. Él me ha hablado de su pequeña hija, y cuando lo escuchaba, lo recordé a usted. Pese a todo no ha dejado de amarme y aún me trata como si fuera su pequeña niña.

—Lo eres, Heather, y también lo serás por siempre. Para un padre, las niñas nunca crecen.

—Soy su vieja solterona, no lo olvide. Estoy más que crecida.

—Tonterías...

La generosidad de su padre era única. Ella estuvo presente cuando ordenó a los sirvientes ir a Clarence Manor a ponerse al servicio de lord Chamberlin.

Su querido progenitor entregaba lo que el vecindario le había dado. En esos años que llevaban ahí, muchos lo habían ayudado no solo con los inconvenientes económicos, sino que también para sentirse en su hogar.

Esperaba que lord Chamberlin pudiera sentirse tan bienvenido como lo era.

Tanto sus padres como sus amistades estaban felices por tenerlo en Kent y ese entusiasmo comenzaba a propagarse hacia la misma Heather.

¿Cuándo volvería a ver al conde? Él no tenía razones para ir a su residencia porque su padre ya había enviado ayuda. ¿Lo vería en alguna fiesta?

¿Cuándo? Los vecinos no tenían nada pensado, quizá los que estaban más lejos, pero eso solo ocurría en contadas ocasiones. Ir a su propiedad esperando verlo sería una terrible tontería. Dejaría todo en manos del destino.

Capítulo 12

Mientras Philip se proponía hacer lo que cualquiera en su lugar haría ante la falta de sirvientes: hacerlo él mismo, su niñera lo interrumpió. Él se había remangado la camisa hasta los codos para poder probar sus habilidades de araña subiendo al techo para solucionar sus problemas.

—Lord Chamberlin, disculpe la interrupción, pero han venido tres sirvientes que fueron enviados desde Autumn Cottage. Considero que no

subirá al techo —comentó al verlo listo para eso.

Una sonrisa adornó el rostro de Philip y el alivio comenzó a recorrerlo.

—Dile al mayordomo que venga, le daré órdenes precisas antes de hablar con los mozos que han venido.

—Sí, milord.

La mujer se apresuró a cumplir la orden. Era un hombre afortunado, tenía tres hombres que ya se habían presentado y todavía le faltaban dos que debían llegar desde la casa de Snowdon. Tan rápido como la ayuda había llegado, él también quería comportarse a la altura y no abusar de la generosidad de las personas que estaban a su alrededor. También debía intentar sobrevivir solo. Nunca tuvo que remodelar una casa, ni criar a una hija y menos se le había ocurrido buscar una segunda esposa. Su vida había cambiado en pocos meses. De ser tranquila, monótona y aburrida, pasó a ser una terrible bola de fuego: viudo, padre soltero y agobiado, en búsqueda de una mujer que le enseñara a su hija a cómo debería ser una dama y que le diera un heredero.

No parecían ser requisitos difíciles de conseguir, pero en su caso sí lo eran porque sus ojos se habían posado en la mujer más inadecuada y prohibida que podría existir. La antigua prometida de Harry no traería más que problemas y él necesitaba soluciones. Todavía estaba a tiempo de olvidar, pues era una simple atracción. Cuando estuviera listo buscaría a otra mujer que cumpliera con lo que se requería. Con lady Heather Wells lo único que tendría sería una amistad de vecinos.

—Permiso, milord, ¿ha solicitado mi presencia? —preguntó el mayordomo que se presentó frente a Philip.

—Sí, necesito que vayas al condado más cercano a buscar personas.

Quiero que traigas a cinco varones jóvenes para trabajos de refacción y para las caballerizas. También una doncella para la casa. La nodriza y la niñera

tienen una función con mi hija y no pueden desatenderla, tampoco tú y la cocinera pueden hacer todo lo que requiere este caserón.

—Sí, milord. Me retiraré para cumplir con lo que me ha pedido. ¿Algo más que se le ofrezca?

—No, es todo.

El hombre del servicio se retiró y Philip lo hizo detrás de él, puesto que debía conversar con los sirvientes de lord Bridgwater.

Una vez que estuvo con ellos, les mostró todo lo que necesitaban hacer y preguntó si tenían experiencia en ese tipo de trabajos. Para su buena fortuna, aquellos se notaban preparados.

Philip no podía estar más agradecido por la buena predisposición del conde.

Debía agradecerle de alguna manera.

Pasaron un par de días y los hombres de Piers se habían unido a los que le había prestado el conde de Bridgwater. No había podido salir de su residencia por indicar lo que se debía hacer y también por ayudar. Su esposa debería estar dando las órdenes, pero como no tenía ninguna, le quedaba resignarse.

Cuando pudo despejarse de los trabajos, se dirigió a la residencia de lord Bridgwater para agradecer la gran ayuda que le había prestado.

Ese día lady Heather no se hallaba en el arroyo, pues quizá ya había cazado algo o prefirió comer otra cosa. Mientras se acercaba a la residencia, apreció los bellos paisajes de la propiedad del padre de la joven. Suspiraba cada vez que recordaba que ella no era apta para ser su esposa. En verdad le entristecía pensar que una dama tan bella y con tanta originalidad no se casara con él. En ese tiempo no había dejado de pensar en ella durante la noche.

Cuando estaba cerca de la casa distinguió el bello jardín del que le había hablado la muchacha. Sí que tenía buena mano para adornar algo.

Clarence Manor necesitaba algo semejante para realzar su brío.

Dentro de la morada del conde, éste se encontraba en su despacho, mientras la condesa y Julia observaban la belleza de la tarde.

La condesa de Bridgwater distinguió a lo lejos la figura de un caballero montado a lomo de un caballo blanco.

—Julia, ve a decirle a mi marido que viene el conde de Chamberlin y que haga lo que le dije que tiene que hacer en estos casos —dijo lady Bridgwater.

—¿Y si él no se acuerda?

—Entonces le dirás que se esconda en las caballerizas, porque no queremos que el hombre se distraiga con el padre y que olvide a la muchacha. Quiero que ese caballero se case con Heather y venderé el alma de quien sea para conseguirlo. Necesitan pasar tiempo juntos para que eso ocurra. Yo subiré a la habitación, tú irás junto a mi esposo y luego regresarás aquí y le dirás a Heather que un hombre ha venido.

—Sí, milady.

La doncella acató el pedido y la condesa bostezó de manera sonora.

—Oh, necesito descansar un poco —dijo para que Heather la escuchara.

Aquella se encontraba sentada en un sillón leyendo un libro.

—Hágalo, madre. Atenderé la casa por usted —replicó burlona.

—Espero estar despierta para la hora del té, no empieces sin mí.

Heather asintió y se quedó en el salón para continuar con su lectura.

En el despacho, el conde se había quedado dormido, ya no estaba tan lúcido para algunas cosas. Su pequeño hijo, llamado igual que él, dormía en el suelo después de haber jugado con un par de objetos del sitio. Cuando Julia abrió la puerta al no recibir respuesta a sus golpes, entendió las razones.

Ella se acercó a su patrón y lo despertó.

—¿Qué ocurre? —inquirió Harold.

—Milady me dijo que le comunicara que lord Chamberlin está cerca.

—Ah, sí, sí. Tengo que esconderme, ¿puedo quedarme a dormir aquí?

—Milady dijo que debe irse a las caballerizas.

—Bien, tocará la paja. Lleva al niño a su alcoba para que lo mire la niñera.

—Sí, milord.

Julia cogió al pequeño niño en brazos para llevarlo a su habitación, mientras el conde iba hacia las caballerizas pasando por la cocina.

Los ojos de Heather se fijaron en lo que Julia llevaba en brazos.

—¿Se ha quedado dormido otra vez? —curioseó. Dejó su libro a un lado y se acercó a ver a su hermano. Le acarició sus rozagantes mejillas y dejó un beso en su frente. Cómo amaba a su pequeño hermano, más que eso, era como un hijo, el hijo que nunca tuvo ni tendría.

—Sí, milady. Lo llevaré a su habitación.

Después de que Heather despidiera a su hermano, se acercó a la ventana en la que estaba su madre antes de retirarse. Ahí distinguió a lord Chamberlin.

Su corazón parecía querer escapar de su pecho y su estómago había dado un vuelco estrepitoso.

Llevaba un par de días sin verlo y sin saber nada de él, salvo sobre los hombres que su padre había enviado al lugar.

Ella llamó al mayordomo para que éste se presentara.

—Avisa a mi padre de que lord Chamberlin ha venido —ordenó Heather cuando el sirviente se presentó.

—Milord ha ido hacia las caballerizas hace rato. Creo que fue a cabalgar.

—¿Mi padre salió a cabalgar a esta hora? Esto es inaudito y desafortunado.

Tiene visitas.

Se oyeron unos golpes que venían de la puerta. El mayordomo hizo una reverencia a la joven y fue para abrir el portal.

—Buenas tardes, ¿en qué puedo servirle? —indagó el mayordomo, servicial.

—Buenas tardes, ¿lord Bridgwater se encuentra disponible para recibirme?

—Philip le extendió una tarjeta de presentación.

—Si gusta esperarlo. Lord Bridgwater ha salido a cabalgar. No es de extenderse tanto en sus paseos.

—Lo esperaré... —resolvió.

El hombre del servicio lo hizo pasar al salón. Ahí se encontraba Heather más presentable que la última vez que la vio. Ella era tan hermosa que adornaba todo ese espacio con su presencia. Lamentaba profundamente su destino, puesto que le parecía demasiado valiosa para desperdiciarse.

—Buenas tardes, lady Heather —saludó Philip e hizo una inclinación de cabeza.

Heather se apresuró a efectuar una reverencia.

—Sea bienvenido a nuestra casa. Disculpe la ausencia de mi padre, no debe tardar en regresar —se excusó—. Por favor, siéntese.

Él accedió y tomó asiento frente a un sillón que luego ocupó Heather.

—Su jardín es muy hermoso, tal y como lo describió usted. También tuve la oportunidad de observar el que cuidó en casa de Piers. En verdad goza de gran talento para la jardinería.

Las mejillas de Heather se cubrieron con el rubor del halago. Él se lo había dicho de manera tan suave que parecía el susurro del viento en su ventana.

Su voz era varonil, pero tan encantadora porque hablaba con proporción, sin apuro, sin ganas de alardear, sino más bien, se ocupaba de conformarla.

—Mi padre no se encuentra, ¿le molestaría que le muestre mi invernadero y la huerta?

A Philip se le escapó una sonora y genuina sonrisa.

—Por supuesto, estaría encantado.

La joven se puso de pie y le concedió el paso para que vieran por donde salir. Después, ella tomó la delantera.

El conde la observaba caminando frente al él. Aquel contoneo de su vestido desteñido era tan agradable que prefería eso que observar el invernadero.

Luego ella se detuvo al igual que su diversión.

—Aquí está mi huerto —indicó con orgullo.

Ella infló el pecho como un jilguero. En verdad se sentía orgullosa de todo lo que había hecho para salir del hoyo en que la había dejado lord Midleton.

Aquella era una de las formas en que pudo enfrentar su dolor.

Frente a los ojos de Philip aparecían muchas hortalizas y verduras que él quizá hubiera visto alguna vez. Pasaba muy poco tiempo en la cocina de cualquiera de sus residencias, pero reconocía una gran mezcla de colores tan intensa como esa.

—Usted no deja de asombrarme, milady. No me queda más que rendirme ante sus habilidades. Deje que le suplique que se haga cargo de hermosear mi triste residencia.

—Sería un verdadero honor —musitó la muchacha.

Dentro de sí, Heather deseaba abofetearse por haber dicho eso. Debió rechazar el pedido, pero no podía, pues estaba hipnotizada por lord

Chamberlin, tan galante, correcto y franco, que era imposible negarse a cualquiera de sus pedidos.

—Quiero que empiece lo más pronto posible. Usted me ayuda y yo la ayudaré después.

—¿Ayudarme? ¿En qué? —interrogó Heather, confundida por las palabras del conde.

—Prometo ayudarla en la construcción de su cabaña. Me siento comprometido a hacerlo si usted me presta una mano con lo que me aqueja.

—Mi padre no desea que construya nada. Si me ayuda, tendrá una enemistad con él.

—Supongo que lord Bridgwater sabrá respetar una promesa hecha a una dama. Deje que yo enfrente ese asunto como mejor sea para ambos.

Usted me ha convencido de que está lista para ser una mujer independiente y yo la apoyaré, aunque para los demás eso sea una verdadera locura —

comentó tal vez más entusiasmado de lo que debería.

La mente de Philip se reprochaba por desear estar tan cerca de Heather. Ella gritaba la palabra «problemas» por todas partes. No obstante, eso sería si ella llegara a saber que tenía un poco de la sangre sinvergüenza del caballero que la había abandonado.

Pensar así era absurdo. ¿Por qué él debía limitarse a causa de las tonterías de Harry? Lo que aquel había hecho era una gansada mayúscula.

No solo fue abandono, sino que también tuvo la desfachatez de robarle dinero, eso último había sido más bien un error del padre que dejó desprotegida a su hija. Para Philip, la muchacha no tenía ningún defecto.

Todo lo que había visto hasta ese día era perfecto, tal vez ella no era la criatura más amable que había conocido, pero entendía su desconfianza, aunque no la compartía.