La nueva esposa

Laura A. Lopez · Capítulo 3 de 32

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La nueva esposa

Capítulo 3

—Qué amable. Qué gesto tan impecable, como siempre. Agradezco que no sea un venado.

—Si lo hubiera sabido antes, tal vez te lo dejaría en hombros —

resolvió Heather. Después miró que su vestido estaba sucio y ensangrentado

—. Iré a cambiarme para acompañarlos. Hay que celebrar que están aquí.

A todos ellos les entusiasmaba ver tan mejorada a Heather, tanto que deseaban que fuera completamente feliz y que dejara la dura coraza que mantenía para personas ajenas a su familia y amistades. Entrar al círculo de esa joven era algo muy difícil y tal vez la idea de que lord Chamberlin la pretendiera fuera algo demasiado ambicioso.

Capítulo 3

Londres...

Philip Case, conde de Chamberlin, había decidido que criar a una pequeña niña en Londres sería un gran error. En verdad todo había sido un gran error, desde el matrimonio hasta el nacimiento de Caroline.

Primero se había casado por las razones equivocadas, por la presión social que sentía de llegar a sus treinta años sin absolutamente nada bueno en su haber. También creyó que un matrimonio sería algo sencillo de llevar, pero en esos meses en los que vivió con su esposa, podía decir que, lo que había disfrutado eran las locas noches que compartieron en la cama. El resto era muy incómodo. Se miraban y no se hablaban, no había algo en común que los uniera. Kathleen había sido hermosa, pero demasiado metida en el papel de buena esposa, armoniosa y complaciente. Él no notaba retos en esa casa, parecía perfecto, pero se sentía agobiado.

Se suponía que se había casado con alguien que era distinto a él, mas su sorpresa se hizo enorme cuando ella comenzaba a asentir ante todo lo que Philip decía, como si quisiera consentirlo. Kathleen vivía anulada.

Basaba su existencia en complacerlo.

Ella falleció hacía un par de semanas por complicaciones de salud después del parto. Se había debilitado y una triste pulmonía acabó con el matrimonio de un año que compartieron. Cada vez que miraba a Caroline sabía que ella necesitaría de una madre que la cuidara y la quisiera. Eso lo obligaba a buscar a otra mujer que le pudiera dar eso que su hija precisaba.

Ya no podría ser el libertino que muchas personas conocieron. Era un viudo con una niña recién nacida que exigía mucha atención. Caroline se había robado su corazón por más que la considerara un error.

—Todo está listo para partir, milord —comunicó la nodriza de Caroline.

—Está bien. Me despediré de la familia de Kathleen —avisó Philip.

Él se acercó al salón de su casa y vio a los padres de Kathleen y a la hermana de ésta.

—¿No quiere dejar a Caroline con nosotros? —preguntó lady Danbury que no deseaba que se llevaran a su nieta tan lejos.

—Mi hija irá a donde yo me encuentre. Pueden ir a visitarla en Kent.

Mi casa siempre estará abierta para ustedes.

—¿Puedo pasar una temporada con mi querida sobrina, milord? —

inquirió Anne, la hermana de la fallecida.

—Por supuesto, Anne. Puede usted ir cuando lo desee.

—Esperemos que también nos haga una visita con la niña cuando venga a Londres, lord Chamberlin. Es lo único que nos queda de Kathleen

—dijo lord Danbury.

—Así será. También son familia de Caroline. Con permiso...

Los parientes de la fallecida esposa de lord Chamberlin no querían que él se fuera, y están decididos a hacerlo retornar. Ellos subieron al carruaje que los llevaría a su casa y desaparecieron sus sonrisas al tomar asiento.

—Estoy segura de que lord Chamberlin me hubiera escogido a mí por encima de Kathleen sí contaba con la edad suficiente —masculló Anne, molesta—. Ella era demasiado tonta para un hombre tan guapo e inteligente como él. Este matrimonio ha sido un desperdicio para alguien como milord.

—Estoy de acuerdo, Kathleen era demasiado débil y enfermiza, pero él la había solicitado como esposa y mi obligación es ubicar a mis hijas en los más altos peldaños. Ahora que tú debutarás, Anne, mi obligación es que tengas un excelente matrimonio —pronunció su padre que siempre había tenido a su favorita: Anne.

—Yo no quiero a otro que no sea lord Chamberlin. Es tan atractivo, atento y carismático que ninguna mujer más que yo podría merecerlo.

Además, soy la tía de Caroline. Estaría mejor conmigo que con nadie, por supuesto, hasta que llegaran mis propios hijos y lo convenciera de enviar a esa niña con ustedes.

—¡Oh! ¡Qué hermosa idea has tenido, Anne! —la felicitó su madre—.

Es mejor que todo quede en familia.

—Pues yo no estoy de acuerdo. Prefiero que Anne busque algo mejor que ese hombre tan desagradable. Nunca me ha gustado por su pésima reputación, pero como Kathleen quería casarse con él y aquel con ella, no pude negarme. Era una oportunidad de oro para deshacerme de un problema. Cada hija es un problema y ahora esa nieta es peor. Ya lord Chamberlin tendrá que pagar sus propias culpas con Caroline. Tener una niña no es tan maravilloso como cree.

—Si no quieren a la niña, mejor para mí. La convenceré de dejarla en algún lugar lejano. Quiero a lord Chamberlin y haré lo posible por ser su próxima esposa.

***

Ajeno a lo que su familia política pensaba sobre él, Philip partió rumbo a Kent en compañía de sus criados. Tenía una niñera y una nodriza.

No podía dejar de darle comodidades a la pequeña niña. Durante el viaje se turnarían para llevar a la pequeña.

Consideraba que en Kent podría ordenar sus ideas. Había hecho amistad con lord Snowdon, un caballero que un principio le pareció áspero, pero que con el tiempo entendió que era desconfiado por obvias razones.

Comenzarían juntos y consideraba que el hijo que él tenía podía ser de compañía para Caroline en el futuro.

Al llegar a ese lugar mantendría la mente fija en un objetivo: un comienzo para su familia. La nueva esposa quizá pudiera esperar un año o dos, mientras él superaba el mal trago de haber vivido con una dama a la que no amó. Ese sería un gran detalle a tener en cuenta. Si se casaba otra vez debía ser con una mujer que lo enamorara no solo por su belleza, sino que también por su personalidad. La beldad no representaba ni la mitad de lo que se requería para sostener un matrimonio.

No sé negaría a conocer a nadie, pero cogería a la mujer que más le agradara y que fuera de su interés. En esa ocasión se enfocaría más en conocer a la dama que sería su próxima esposa. No sabía en donde se hallaba ni si la encontraría, tampoco moría por hallarla, pero sabía que la necesitaba en varios aspectos. No quería regresar a su vida de libertino, y menos teniendo una hija a cuestas.

No solo Philip había tenido un viaje difícil a Kent, sino también sus criadas.

La niña lloraba y nada la componía. Tuvieron que haber varias paradas en el camino. Un corto viaje se había convertido en una pesadilla.

Se reprochaba la idea de no estar listo para ser padre. Caroline no merecía que él la mirara como un problema, pero debía admitir que estaba cansado.

Desde que ella nació no pudo conciliar el sueño como antes. Su llanto era incesante. Él estaría muerto si no fuera por la servidumbre que lo salvaba.

Trataba de tener confianza en Kent. Él no tenía propiedades en ese condado hasta que se decidió a comprar una por una gran oferta. Era una finca rural y le había solicitado a lord Snowdon que fuera a verificarla para saber si era en realidad como la habían descrito.

Quedó satisfecho con la respuesta de su socio. Debían arreglar un par de cosas, y Philip no tenía inconveniente de encargarse de las pequeñeces.

Lo único que importaba era su paz y tranquilidad y eso la conseguiría lejos del ruido, al menos hasta que asimilara mejor que era padre y que se encontraba sin una esposa en esa labor.

Su cochero había llegado sin problemas hasta donde le indicaron que quedaba la propiedad. Ellos llegaban descansados después de quedarse en una posada durante la noche. Philip también pudo ver el carruaje de su amigo, el conde de Snowdon, que debió esperar demasiado tiempo porque llevaban un día de retraso.

Cuando el coche se detuvo, Philip descendió para saludar no solo a su socio, sino que además a la agradable esposa de aquel. Detrás de un hombre siempre había una gran mujer, y aquella era la condesa de Snowdon, no solo por ser bella e inteligente. Ella irradiaba una gran energía que hacía sonreír al resto. A veces pensaba que era demasiado para la poca gracia que en ocasiones tenía Piers.

—Piers —saludó Philip que tendió su mano hacia aquel.

—Philip, es un placer verte —replicó su amigo.

—Lady Snowdon, es un placer verla otra vez después de tan triste acontecimiento.

—Buen día, lord Chamberlin. ¿Cómo está luego de la pérdida de su esposa?

¿Y la pequeña? —preguntó Isobel.

—Es costoso, pero podremos superarlo con el tiempo. Caroline está con la niñera y la nodriza.

—Nos hemos tomado el tiempo de acomodar algunas de las cosas más necesarias para usted y su pequeña. Sus muebles no estarán llegando en poco tiempo y por eso hemos colocado un par de los nuestros —dijo Isobel.

—Piers, tu esposa es la mujer más valiosa del mundo. No tengo cómo agradecer tanta generosidad... —alegó, mientras tomaba la mano de Isobel y la besaba.

Piers sabía cuánto valía su esposa y por eso no escatimaba en celarla demasiado, porque Isobel no siempre comprendía todos los límites, entregaba el corazón en cada cosa que hacía.

—No halagues tanto a mi esposa, soy yo quien debe convivir con su ego entre las cuatro paredes de nuestra casa.

Isobel acarició el brazo de su esposo y fue en búsqueda de la pequeña niña.

Los dos caballeros entraron a la gran residencia de piedras blancas que tenía una enredadera en la entrada, ese detalle Philip no lo había notado, Piers se lo había mostrado.

—La mayor parte de los problemas se encuentran en la segunda planta. Hay un par de goteras en el techo, pero todo es solucionable. Mis sirvientes no han podido resolverlo todo —comentó Piers.

—Salvas mi vida, Piers. Soy afortunado por conocerte. Todo es muy difícil.

No tanto por la muerte de Kathleen. Caroline acabará con mi paciencia.

—Los niños son así, después todo se vuelve más estable. Créeme que no he sido muy feliz en los primeros meses de vida de mi hijo, pero hoy no imagino la vida sin él. Además, es mi heredero, mi orgullo.

—No me recuerdes eso. Tengo que encargarme de buscar un heredero.

Necesito otra compañera y no quiero cualquier esposa. Deseo a una que sea opuesta a mí y que no quiera darme el gusto.

Cuando Piers escuchó esas palabras su mente pudo llevar la imagen de Heather hasta lo que sería la candidata perfecta. Sin embargo, Heather era extrema, no resultaba sencillo integrarse a ella siendo un caballero, no le tenía temor, mas sí prefería mantener distancias de todo lo que tuviera pantalones. Isobel tenía la firme idea de unir a su amiga con Philip, y por lo que escuchaba, aquello no resultaba tan descabellado.

—No creerás tu suerte, Philip. Mi esposa tiene una amiga muy especial, demasiado especial a la que quiere presentarte apenas te asientes.

Lo que puedo adelantarte sobre esta bella soltera, es que cumple a cabalidad con tu pedido y también que es del vecindario. Vive en Autumn Cottage.

—Esto ha sido rápido. No me negaré a conocerla, porque necesitaré una nueva mujer.

—¿No creerán que deseabas deshacerte de tu esposa si te casas tan pronto?

—Créeme que piensan en cualquier cosa menos en eso. No han faltado ofertas, pero ahora necesito despejar mi mente e ir despacio. Si la vecina es la indicada, lo sabré.

—La próxima semana organizaré una cena para presentarte con el vecindario. Espero que estés mejor para ese momento.

—Por supuesto que sí. Ya mi suerte ha empezado a cambiar. A partir de mañana comenzaré a buscar trabajadores. Hoy quiero ver todo lo que mi finca necesita para funcionar.

—Olvidé decirte que tienes un campo de lavanda que se extiende hacia Autumn Cottage.

—Ya sabemos de dónde recogeremos flores en esta primavera.

También espero que existan faisanes en la propiedad.