La nueva esposa
Capítulo 11
Fueron felices hasta el último día. Ellos le habían dado el ejemplo de lo que debería ser una convivencia, aunque eso no había resultado con Kathleen.
Ella vivía desesperada por atenderlo y por agradarle. Nadie de su familia había ido a visitarla en el tiempo que llevaban casados. Solo Anne había aparecido en el día del fallecimiento de Kathleen.
Él recordaba que Kathleen le había dicho que ser condesa era lo mejor que le había ocurrido en la vida, porque pudo salir de su casa. Después de eso, nunca volvió a mencionar nada similar. Ella se limitaba a vivir en silencio, leer unos libros, cumplir con sus deberes de esposa, todos, incluso los maritales. Su esposa fue una mujer bella y deseable; sin embargo, era cerrada con Philip y por eso no pudieron llegar a entenderse. Quizá si hubieran compartido más años las cosas serían diferentes.
Una vez que acabó con su cometido en la residencia, partió rumbo a la casa de Piers. De ese lugar no saldría hasta que supiera los secretos de Heather.
Durante el día el camino a la casa de Snowdon era más grácil, agradable y hasta poético por las bellezas naturales que lo rodeaban. Las verdes praderas, los senderos cuidados y las vistas hacia las casas de los arrendatarios era una visión tranquilizadora de la vida, que hablaba de la abundancia y Piers tenía todo en abundancia. Su tierra era igual a él: afortunado.
Capítulo 11
Philip llegó hasta la propiedad de su amigo al que veía correr detrás de su hijo. Aquella imagen le parecía conmovedora y hasta deseaba que Caroline comenzara a caminar, aunque para eso faltaba mucho tiempo.
Piers levantó la mirada y vio a Philip al lomo de su caballo, haciendo una venia con su sombrero.
—Philip —habló cogiendo a su hijo en brazos, pero éste prefiero soltarse y seguir corriendo solo alrededor de la casa—, ¿cómo has amanecido?
Él descendió de su caballo y lo mantuvo sujeto de las riendas.
—Muy bien, Piers, ¿y tú?
—Un día agotador junto a William es un pequeño muy inquieto. Deja tu caballo, se encargarán mis sirvientes —dijo Piers que se acercó a él.
Después le hizo un gesto con la mano a una mujer que estaba parada a una distancia lejana para que mirara a su pequeño.
—¿Y lady Snowdon?
—Fue a visitar a su querida amiga. A veces siento que en mi matrimonio somos tres y no me refiero a mi hijo.
—Supongo que seremos cuatro dentro de poco. Venía a averiguar más cosas sobre lady Heather.
Piers dio unos pasos para indicarle a su amigo que fueran por un sendero para caminar.
—No me gusta hacer cotilleo de la vida ajena, pero supongo que, si ella se casa, tendré a mi mujer en mi morada por más tiempo... —Piers rio como si anhelara eso.
—¿Acaso lady Heather te la ha robado?
—Te contaré lo que ha pasado. Durante un año estuve buscando a la que hoy es mi esposa. No sabía qué había pasado con la burguesa que había captado mi atención en los salones. Antes de eso, Heather estaba comprometida...
—Oh... —Fue lo único que pudo articular Philip, ya que comenzaba a unir los puntos que no comprendía. Ahí estaba la razón por la ella pensaba como lo hacía.
—Comprometida con un sinvergüenza que me estafó tiempo antes —
continuó—. Traté de advertirle a ella por medio de Isobel, en ese tiempo yo no la soportaba, porque era burguesa, una nueva rica, pues sus padres tenían un comercio fructífero. Le faltaba clase a mi parecer, pero, en fin, mis gustos son culposos y hoy no imagino mi vida sin Isobel. Heather ha estado en nuestra vida durante todo este tiempo.
—¿Y qué pasó con su prometido?
—Él le dejó una cruel carta abandonándola un día antes de su boda.
Después de eso, ella entró en una profunda crisis mental. Según me ha contado Isobel, muchos médicos la vieron para que pudiera superar sus malos momentos y también el clérigo. Isobel decidió quedarse con ella por un año. Dejó su vida de lado para que Heather se recuperara. Nos casamos en Autumn Cottage para que ella pudiera asistir. Todo fue muy difícil, por eso vivo aquí. Mi esposa no es capaz de abandonar a su amiga. Heather no ha salido del condado en los últimos años. No quiere saber nada de Londres. Haber sido abandonada horas antes de su boda no es grato ni un buen recuerdo. Las burlas y la humillación siempre quedarán en su vida.
En ese instante Philip se dio cuenta del alcance que tenía el daño que podía causar una persona en otra. Entendía a la perfección los miedos de Heather y su encierro en aquella propiedad en donde nadie vulneraría la poca paz que había conseguido. Ella pensaba que no tenía oportunidades, que ya no había nada más que la resignación y la continuación de la vida.
Una cabaña en la propiedad de su padre, la cacería y los bellos paisajes eran las ideas que la consolaban. ¿Con qué intenciones y con qué autoridad él podría hablarle de un matrimonio? A esa muchacha no podía proponerle casamiento sin tratarla, sin conocerla y sin ofrecerle algo bueno.
—Entonces creo que mi presencia en Kent no será algo grato para ella si pretendo desposarla —razonó Philip.
—Eres mi esperanza de que ella tenga su propia vida y yo deje de tener dos esposas. Es cuestión de mucha paciencia. Su sufrimiento casi la
lleva a la muerte. Lord Midleton no ha escatimado maldad para deshacerse de ella después de haberle robado parte de su dote. El conde de Bridgwater también atravesó momentos duros en sus propiedades y su fortuna se vio afectada, tuvieron que usar lo poco que quedó de la dote.
—¿A quién se le ocurre dar la dote antes de que estén casados? Es todo más complicado y, es más, hay algo peor en esto.
—¿Qué puede ser peor en esto?
—Lord Midleton es el sobrino de mi madre, es mi primo.
Piers se llevó una mano al rostro y se cubrió los ojos. Esa confesión complicaba el asunto. Heather ni siquiera lo tomaría en cuenta si sabía ese insignificante detalle.
—Haré que nunca he oído nada. Jamás lo repitas. Lord Midleton es el innombrable no solo en Autumn Cottage, sino también aquí. Tenía tantas esperanzas...
—Lamento no ser la solución a tus problemas ni a los de ella. No creas que eres el único decepcionado. Me había entusiasmado, porque no solo es hermosa y esquiva, también es fuerte y decidida. Ahora sé que sobrevivió a algo muy difícil y mi admiración se acrecentó, pero creo que mi parentesco con lord Midleton no es bueno para nadie.
—Y menos para mí. ¿Qué me hace pensar que no me estafarás?
—Piers, te di mi dinero... Soy quien debe hacer esa pregunta. Tengo años sin ver a Harry y siempre se ha caracterizado por ser un sinvergüenza.
Lamento que lady Heather cayera en sus garras.
—Al menos se ha salvado. ¿Quién debe ser la pobre con la que contrajo matrimonio? Debieron cogerlo y obligarlo. Fue una pena que no devolviera el dinero. Se lo ha tragado la tierra.
—Y espero que siga lejos de aquí.
—Seguiremos sin avanzar con Heather. Creo que ella es razonable y sabe que no puede controlar a mi esposa por eso no lucha contra sus visitas que son casi a diario.
—No dejo de halagar a tu esposa. ¿Cómo pudo fijarse en ti? Ella debería ser la reina de Inglaterra.
La mente de Philip era un cúmulo de pensamientos que no lo estaban llevando a ningún lugar. En lo que había pensado era en rendirse sin haber empezado.
Tenía un día de haber conocido a la mujer que entró por sus ojos y se alojó en su mente, pero ella tenía tantos inconvenientes que no estaba seguro de poder lidiar con ellos y más por el hecho de que su primo había causado ese mal que destruyó la vida de una ilusionada jovencita en las puertas del altar.
Eso era insuperable. Harry había pasado los límites de una canallada. No había forma de resarcir eso que había hecho.
Philip pensaba que era mejor quitarse de la cabeza a lady Heather Wells, era por su bien. Tendría que seguir buscando en otro lugar, a otras mujeres que cumplieran con los requerimientos que él tenía para la nueva esposa. Pese a que esa dama era quien ocupaba sus pensamientos, se daría tiempo de olvidarla al verla como una muchacha prohibida.
Como esposa no funcionaría, pero debía tratar mucho con ella por las amistades que compartían. El vecindario era pequeño y era mejor estar unidos. Las fechas especiales serían menos solitarias y Caroline tendría la oportunidad de crecer entre dos pequeños condes. Eso abría las puertas para un compromiso futuro para su pequeña hija. Además, eso sería unir el buen nombre de las familias y agrandar los lazos ya existentes. Quizá estuviera pensando muy lejos, pero en ese momento sopesar aquello hacía que su decepción no lo golpeara tanto.
Una vez que estuvo en su casa y almorzó, siguió pensando en sus problemas. Piers le prometió dos hombres para reformar sus caballerizas, pero seguía faltando personal. Tendría que pedirle aquello a lord Bridgwater y después enviar a su mayordomo a buscar sirvientes en otras regiones. Al
menos debía procurar suplir lo elemental para el correcto funcionamiento de la propiedad. En ese momento todo era deficiente.
***
En el feudo de lord Bridgwater, Isobel se había retirado, dejando a Heather sola otra vez. Se había quedado sentada frente al tablero de ajedrez, mirando aquello como si no hubiera algo más que hacer. Después miró hacia el pianoforte que estaba en el salón y cerró los ojos con fuerza.Recordaba su vergüenza frente a lord Chamberlin.
Lord Chamberlin no dejaba de transitar por su mente a cada instante.
Le había parecido tan amable y empático que no pudo evitar decirle que podría arreglar el jardín. ¡Vaya tontería! ¿Cómo pudo decir eso? Debió decir que conversaría con su padre o algo como eso. No sabía en qué pensaba cuando se ofreció de voluntaria. Fue cegada por el atractivo del conde, era evidente. Era una tonta. Ya había caído con eso una vez, pero no debía volver a lo mismo. Esperaba que pronto se casara y regresara a Londres para no tener que verlo y pensar en él.
Quizá con los días ella terminara de olvidarlo o verlo como lo que era: un vecino necesitado de gente que trabajara en su propiedad. Entre ellos podía existir una relación amistosa, ambos compartían el gusto por la cacería y eso le agradaba a Heather. Le resultaba encantador saber que alguien podría hacerle compañía en una tarde de caza.
—¿Se ha ido Isobel? —preguntó Harold que llegó al salón y encontró a su hija sin su amiga.
—Sí, debía ir a comer con su esposo.
—Si quieres algo así deberías buscarte un esposo.
—No envidio eso, padre. Se lo estoy contando a usted.
—No me desalientes cuando pienso que te está entrando el gusanillo del matrimonio.
—Otra vez... no. He tenido un buen aprendizaje y una lección de por vida.
¿Quiere que le recuerde que no puedo pisar Londres?
—La gente habrá olvidado eso, Heather.
—Tal vez la gente lo olvide, pero yo no. ¿Quién va a desear casarse con alguien de veintitrés años? Nadie, todos prefieren a las bellas debutantes.
—Es lo que tú crees, pero te aseguro que no es así. Hay hombres maduros, viudos...
Cuando escuchó la palabra viudos ella se sonrojó. Ella conocía a un solo viudo: el atractivo lord Chamberlin.
—Ya que ha mencionado a viudos, le cuento que lord Chamberlin me descubrió cazando en sus tierras.
—¡Qué insolencia de tu parte, Heather! Qué imagen debiste dejarle en la mente a ese hombre. Te he dicho que no regresaras a los campos de lavanda ni a ese lado del arroyo.
—Él tiene las mejores partes, padre.
—Eso no me interesa. Te prohíbo regresar ahí.
—Lord Chamberlin me ha dejado cazar ahí, así que... Puedo ir cuando lo desee. También me dijo que necesitaba personal para su propiedad.
—¡Lo había olvidado! Quedé con Piers en que le daría una mano.
Debo enviar a un par de hombres allá. Tendremos menos sirvientes por unos días hasta que lord Chamberlin pueda solucionar la falta de criados.
Lo ayudaré a conseguir un par.