La nueva esposa
Capítulo 7
—Es la primera cosa más absurda sin contar todas las otras tonterías que me has dicho. De todas, esta es la peor.
Heather notó la sonrisa maliciosa en el rostro de Isobel. Nada bueno podía llevarle eso. Mientras más se negaba a hacer lo que ellos le pedían, más insistirían en tomarla por tonta. Repeler no era la técnica correcta para ahuyentar a tan delicado espécimen masculino. Tal vez debería espantarlo con alguna cosa y tenía muchas en su haber como por ejemplo invitarlo a su residencia y que la viera con unos patos al hombro, ropa ensangrentada y las greñas sudorosas. Oh, esa imagen incluso le asustaba a ella. Eso lo usaría en caso de que él demostrara algún tipo de interés, por el momento le parecía similar a cualquier otro caballero, pero con una aplastante belleza.
Philip conversaba con los padres de la muchacha, o más bien, respondía a la lluvia de preguntas que le hacían. Él no podía dejar de mirar a lady Heather Wells. Esa era la mujer más bella que había visto en su vida y también se había convertido en la primera candidata a esposa del condado.
Capítulo 7
Las miradas por parte de Philip hacia Heather no cesaban. Para él era una mujer exquisita que lo había llevado al interés más inusitado jamás sentido.
Si bien muchas mujeres le habían llamado la atención, y él mismo había escogido a su esposa de la cual se decepcionó al escogerla solo por su belleza, esa muchacha tenía más que un bello rostro. Era esquiva, no se había acercado con el ánimo de dejarse conquistar, por el contrario, no parecía desear su atención, mas un par de miradas de soslayo, le hacían pensar que ella desconfiaba de él.
Después de un par de conversaciones, todos pasaron al comedor para que se sirviera la cena. La algarabía continuaba en la mesa, mientras comentaban lo que harían. Philip era el que más interés generaba. Los asistentes no dudaban en hacerlo hablar de todo lo que podían. Era el recién llegado de Londres, debía tener muchos cotilleos y novedades.
Heather no levantaba la mirada con frecuencia. Prefería sentir que vivía en una burbuja, aunque bien se servía de todo lo que escuchaba sobre el conde de Chamberlin. Debía admitir que le daba miedo observar al resto porque
sentía que ella tenía encima la mirada de él. En su mente suponía que alguien le dijo que ella era presa fácil. No sabía qué mentira le habían dicho para que él se interesara, tanto que, no la dejaba de devorar con sus ojos azules. La joven se atrevió a confirmar sus sospechas, subiendo su visión hacia el conde que estaba frente a Heather. Y sí, se la estaba comiendo, incluso este levantó su copa hacia ella para que brindaran. ¡Dios!
¿Qué debía hacer?
Como respuesta apresurada levantó su copa de vino e insinuó brindar con él. Después de beber un poco, se reprochó haber hecho eso, pues aquel podría interpretar de manera errónea su cortesía.
—Porque Philip es nuevo en Kent, le ofreceremos nuestra cortesía.
Isobel nos dará una preciosa interpretación en el piano para agasajar —dijo Piers, sonriente.
—Qué honor me han concedido al integrarme a ustedes y sus amistades.
Kent me ha recibido con los brazos abiertos. Les agradezco su hospitalidad y brindo por todos los que están aquí esta noche. —Luego de decir esas palabras, Philip levantó su copa—. ¡Salud!
Todos hicieron lo mismo que él y comenzaron a golpear con ligereza las copas entre sí, solo a los costados derecho e izquierdo, para los más alejados se realizaba un gesto con el cristal.
A nadie le pasó desapercibido que el nuevo conde no le quitaba la mirada de encima a Heather.
—Considero que nuestra hospitalidad puede ser mayor. Mi mejor amiga Heather, puede cantar para usted con mi acompañamiento al piano —
habló Isobel.
El rostro de Heather era uno que no creía lo que escuchaba. Isobel estaba dispuesta a venderla a cualquier precio.
—Isobel, yo...
—Estaría complacido con que milady le hiciera compañía a lady Snowdon
—interrumpió Philip. No le daría tiempo de negarse a la muchacha. Quería escuchar su voz por más tiempo. Lo poco que había escuchado era de su agrado. Un tono de voz suave, aunque con cierta fortaleza.
Isobel miró a Heather como el gesto de: «he ganado». Su amiga la escucharía al acabar la velada. Solo faltaba que la colocara en bandeja de plata para que el conde de Chamberlin se la llevara. No sabía las verdaderas intenciones de ese caballero y con sinceridad no confiaba en él, porque tenía muchos rasgos que la hacían desconfiar. Su insistencia, su mirada, su atractivo... Todo con lo que lord Midleton logró cautivarla, pero ella ya no tenía dieciocho años. Había perdido la bondad y la inocencia de una muchacha creyente en el enamoramiento y el matrimonio. Solo quedaba una mujer despechada y un tanto irreverente.
—Esto lo pagarás, Isobel —murmuró hacia su amiga solo moviendo sus labios
—Lo sé... —respondió Isobel de la misma manera y con mucha picardía.
Al fin de cuentas, Isobel logró arrebatarle a Heather una sonrisa luego de que la había metido en un aprieto. Sin embargo, su amiga necesitaba un empujón y ella se encargaría de que fuera uno que la llevara hasta las puertas de una iglesia para contraer matrimonio, tener una familia y ser feliz.
Después de acabar la cena, fueron hacia el salón para cumplir con lo que habían dicho en la mesa. Philip se apresuró para abordar a Heather antes de que ella decidiera colocar distancias.
—Milady... —habló Philip que con esa palabra detuvo la caminata de Heather.
El corazón de la muchacha se paralizó. Tampoco podía respirar muy bien, pues todo parecía estar relacionado. Pensar también se le dificultaba mucho, por lo cual no pudo decir una sola palabra.
—Disculpe que la moleste, pero quería animarla a que ejecutara algún instrumento después de cantar —musitó para conversar con ella.
—Llevo mucho tiempo sin cantar y sin tocar instrumentos. No puedo prometerle nada.
—Le ruego que me complazca. Estoy seguro de que no ha perdido ninguna habilidad.
—No me conoce, milord, y no puede asegurar eso. Con permiso. —
Heather lo reverenció y caminó hacia Isobel.
Philip supo que esa muchacha más que una simple rosa, era una que tenía muchas espinas, mas él no tenía miedo de ninguna. Para que la flor fuese más bella, solo había que quitarle lo único que hacía daño.
Heather cogió a Isobel del brazo como si fuera que irían a dar un paseo.
—Isobel Madeleine...
—Oh, temo por mi vida cuando dices mi segundo nombre, Heather.
—Madeleine... Me has metido en un problema. No sé si todavía puedo cantar como un gorrión o si quedaré como un buitre atascado con un pedazo de carroña. Esto es tan trágico. Me pondrás en vergüenza frente a nuestras amistades y también a un recién llegado.
—Es para que no sientas pena. Lord Chamberlin es un caballero amable que no se burlará de ti si lo haces mal.
—¡No es eso lo que quiero escuchar! Escóndeme, sálvame, haz algo.
—Lo lamento, lord Chamberlin me agrada para ti.
—Estás dispuesta a lo que sea por deshacerte de mí, ingrata.
—Sí, y no lo negaré. Un viudo tan apetecible con una hija... Debería avergonzarte no estar conversando con él para conocerlo.
—No soy de esa manera. No me interesa.
—Vi que se acercó a ti, ¿qué te ha dicho?
—Que me avergüence más, que me anima a ejecutar algún instrumento. No recuerdo cómo mover los dedos ni la lengua.
—¿No es una ternura? Lo consentiremos.
—¡Isobel! —masculló para despertar a su amiga de su idílica sordera.
En el salón, Heather intentaba evitar todo contacto con lord Chamberlin.
Ese caballero comenzaba a perturbarla sin desearlo, ella lo buscaba con la mirada, como si sintiera un llamado. Su mente le decía:
«mira, tú quieres saber qué hace, si te mira o no. Te ahogarás en la falsa modestia y el resto es historia». Y ciertamente, lo descubría viéndola.
Aguamarina y azules se encontraban observándose sin decir nada con las palabras, pero esos encuentros de sus ojos, decían más. Ambos manifestaban un interés que no podía ser nada bueno para la mente de Heather.
Ella rezaba para que él no se acercara a confundirla. Le costaba seguir las conversaciones con otras damas, porque estaba distraída con el recién llegado, aunque eso no la alejaba de la bandeja de las bebidas que pasaba insistente frente a ella para que se achispara. No bebía en demasía, mas esa noche, intentaba precisar si se había bebido la quinta o la sexta copa.
—¡Ya es tiempo, Heather! —expresó Isobel que la cogió del brazo para levantarla de la silla.
—Sería bueno disculparme con los presentes, Isobel. He bebido más de lo debido —dijo para intentar salvarse.
—Y yo también. Ahora estamos envalentonadas. No hay nadie que nos detenga. La vergüenza se ha ahogado en el vino.
Heather se tapó los ojos con ambas manos para no sentirse presa de la vergüenza. No había forma. Caería en una burla pública. Estaba achispada, con dudas sobre cuántas copas llevaba encima y también pensando si recordaba alguna canción del repertorio de canto. Cinco años sin mover la lengua era demasiado tiempo para que algo saliera bien.
—¡Damas y caballeros! Su atención, por favor. Mi queridísima Heather y yo, haremos un concierto especial para lord Chamberlin.
Queremos que se sienta bienvenido en la región. Una nueva persona, es símbolo de mayor progreso para todos. Deseamos que el conde se integre por completo y se sienta como si fuera su casa —habló Isobel.
A Heather le conmovían las palabras de su amiga. Isobel era una mujer desprendida que siempre buscaba el bien de los demás. Era imposible no quererla y admirarla. Cometería cualquier locura por ella. Un alma tan noble y desinteresada que había hecho por Heather algo que nadie más haría: abandonó su futuro por acompañarla en sus días más grises. Y lord Snowdon, pese a que en un principio le parecía el malo de la historia, resultó estar muerto de amor por Isobel, era comprensible, pero él tenía tantos reparos contra ella que no se había animado a mirarla más allá que como una burguesa inadecuada; sin embargo, el amor pudo más. Heather siempre deseó un amor como el de lord Snowdon, uno que abandonara todo para buscar a la mujer inapropiada.
Isobel se sentó en la banca del pianoforte y le mostró a Heather la partitura que interpretarían, así le haría más fácil el camino para que no tuvieran que pensar tanto.
Con todos los ojos puestos en las dos muchachas, Isobel dio los primeros acordes, mientras que, Heather estaba a punto de ser devorada por su ansiedad y por la mirada azul de cierto caballero al que agasajaban.
Philip tenía los mirada puesta en Heather. Esa mujer le fascinaba.
Descubrir que ella también lo miraba era una gran retribución a su ego masculino. Estaba deseoso de oírla y de que le cumpliera su pedido.
Cuándo escuchó la primera palabra de la canción, esta le había salido un poco extraña, pero al instante, pudo oír la suave y cultivadora letra que ella cantaba. Se había sonrojado, en los primeros momentos, porque no fue perfecto, aunque con el pasar de los minutos, Heather recuperaba la compostura. Verla ahí, parada y cantando, le permitía observar sin reparos, sin que nadie dijera que lo hacía con algún objetivo, sin juzgamientos.
Heather moría de pena por lo mal que había iniciado la canción.
Deseaba que se la tragara la tierra. Nadie la hizo sentir mal ni la avergonzó.
Lord Chamberlin no la perdía de vista, expectante, mientras ella intentaba no darle toda su atención a él. Pretendía mover su mirada hacia otros asistentes, no obstante, sus astros aguamarinos siempre regresaban hasta él.
Podía justificar eso con que ese conde era el agasajado, pero sabía que lo miraba con el rabillo del ojo por atracción, por una poderosa fuerza invisible e incitadora que vivía en su mente.
Una vez que Heather e Isobel acabaron, ellas dos reverenciaban al público en medio de una lluvia de aplausos.
—Ahora, a pedido de lord Chamberlin, Heather lo honrará con una sublime ejecución —anunció Isobel.
Cuando Heather vio que Isobel le indicaba con una ojeada que se sentara en el pianoforte, ella sintió un poco de pánico ya que no recordaba mucho.
Accedió a sentarse y buscó entre las partituras algo que pudiera acudir a su memoria. La falta de práctica era una mala compañía. No estaría en esa situación si al menos le dedicaba unos minutos al día a algunas de las cosas que había aprendido en sus tiernos años, aunque a su edad ya no veía el sentido de ejecutar el pianoforte si esas habilidades eran para atraer a un esposo y pues ella era una leyenda viviente de un abandono y de una vergüenza pública, no le servía mucho tocar un instrumento con maestría.