La nueva esposa

Laura A. Lopez · Capítulo 5 de 32

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La nueva esposa

Capítulo 5

Heather no daba crédito a sus oídos y a la sordera y poco entendimiento de su madre.

—Ya no discutiré con usted —masculló Heather, enfadada.

—Si quieres pelear conmigo no lo harás. Estoy de buen ánimo por haber comprado cosas.

—Madre, se ha limpiado las orejas de un lado al otro con lo que le dije.

—Hago lo mismo que tú haces todos los días. Te digo: cásate, Heather, y tú, solo guardas silencio o hablas de otra cosa. A ley pareja nadie se queja. A mí me importa gastar, lo mismo que te importa casarte —

respondió su madre.

—Ay, madre...

—Lo único que quiero es que parezcas una dama apetecible para nuestro nuevo vecino.

—A mí el nuevo vecino me da igual que cualquier otro vecino.

—Éste es especial, querida. Es el amigo de lord Snowdon y es muy apreciado por Isobel.

Heather resopló, cansada. Aquella mujer no dejaría de repetir el nombre de Isobel para mantenerla en un límite. Solo por su amiga se había sacrificado ese día.

Capítulo 5

Philip había llegado al pueblo con intenciones de encontrar personas para contratar en su propiedad. Llevaba un par de días en Kent y no había tenido mucho éxito. El personal que tenía en su finca era el mismo que llevó desde Londres y no era suficiente. Necesitaba más mano de obra para las reparaciones. La paga no era un problema, mas sí la gente que deseaba trabajar. Necesitaba doncellas, mozos para las caballerizas, un jardinero y personas para reparar y pintar la propiedad.

Piers y su esposa habían hecho mucho por él, pero todavía le faltaba más para sentirse cómodo en ese condado.

Él se anunció en todos los pequeños comercios, incluso entró a la modista y le dijo que necesitaba sirvientes en su propiedad. Nunca había trabajado tanto para encontrar a personas para que le sirvieran.

Sus comienzos estaban siendo difíciles, pero no serían un inconveniente a largo plazo. Pensaba que pronto encontraría personas en las cuales recostar los trabajos que él estaba llevando a cabo.

Al regresar a su propiedad, lo primero que hizo fue cruzar la puerta y ser recibido con un llanto incesante de su pequeña hija. Eso pareció darle un dolor de cabeza instantáneo.

—¿Qué le ocurre a la niña? —le preguntó a la niñera.

—No lo sé, milord. Ella solo llora. Está limpia y bien alimentada por la nodriza.

Philip apretó sus ojos con los dedos y tomó asiento en el salón.

—Paséala por el jardín, tal vez requiera de un poco de sol.

—Sí, milord.

La niñera colocó a Caroline en la carriola para sacarla.

Estaba muy atormentado por encontrarse solo, con una casa completamente desordenada y sin las comodidades suficientes para albergarlo. Él debería estar ocupándose de asuntos importantes como su dinero y sus propiedades.

En Londres no había tenido que preocuparse, porque Kathleen cumplía a la perfección con sus obligaciones de esposa. Su casa siempre se hallaba ordenada y reluciente, con el menú de la semana bien proporcionado y las compras dispuestas en tiempo y forma. Al menos sus empleados llegarían ese día para poder sostenerlo ya que sentía que pronto desfallecería.

—Milord... —El mayordomo se acercó a él y le entregó una invitación.

—La invitación debe ser de Snowdon, ¿no es así?

—Sí, milord. Supongo que le quiere recordar que se presente en su casa.

—Ya casi lo estaba olvidando, con tantas cosas en mi cabeza. Creo que fue precipitado venir aquí, pero en Londres me sentía agobiado, aunque más cómodo que en este lugar.

—Todos sus criados están aquí. Lo abastecemos hasta que los nuevos lleguen, no tiene nada de qué preocuparse.

—Tengo muchas cosas de las cuales preocuparme. Poseo una niña que llora como si no conociera otra cosa y me falta una esposa que ordene mi vida.

Es caótico. ¿Cómo sobrevivía en casa?

—Supongo que nunca se dio cuenta de lo mucho que se ausentaba.

Usted solo cenaba en su casa hasta que se casó con milady.

El conde lo meditó por un instante, y era cierto. Llegaba durante la madrugada y dormía todo el día para volver a salir de noche. ¿Cómo había sobrevivido? Quizá el exceso de juventud era parte de su problema. En ese tiempo se sentía más responsable o tal vez más envejecido.

—Tienes razón...

—También han llegado los caballos y la carreta con los muebles no tarda en estar aquí.

—Debo separar el dinero para pagar el transporte.

Al terminar de decir eso, se levantó y se alejó del sirviente para ir en la búsqueda del pago por la estiba. A cada paso que daba, echaba un suspiro de cansancio. Uno que, si bien no lo consumía en lo físico, lo hacía en lo mental. De llevar una vida sin contratiempos, se había complicado con una esposa y con una hija. Si hubiera enviudado sin consecuencias, nada de eso estaría pasando.

Ni siquiera debía pensar que estaba mejor sin Caroline, era su pequeña, la amaba, pero le desesperaba. Él estaba aprendiendo a ser padre de alguien que ni siquiera podría heredarlo. Con esa conclusión sus pesares crecieron aún más, porque también debía preocuparse por engendrar un heredero con alguna muchacha dispuesta.

Debía despejar su mente de todo lo que no le ayudaba a estar tranquilo.

Apartó las monedas para las cancelaciones pendientes y después se acercó a la ventana para observar el paisaje que no había podido mirar desde que llegó a la propiedad. Después vio a la niñera llevando a la niña.

Concluyó que estaba alejado de su hija y que no podía ser un padre tan malvado. Ella había quedado huérfana de madre, no debería hacer que sintiera que también lo era de padre.

Tomó la decisión de ir a pasear a su hija. Salió de la casa y llegó a largas zancadas hasta la criada.

—Yo pasearé a Caroline por un rato —decidió para sorpresa de la niñera.

—Sí, milord.

Aquella acató lo que dijo el conde, pero se quedó cerca para observarlo en cualquier cosa que necesitara.

—Soy alguien ocupado, Caroline, pero eso no significa que no te ame.

Es probable que sea un poco despistado. Entiende, me has convertido en padre... —habló entre risas, mientras miraba a su hija que parecía no tener cabellos por lo rubia que era, sus ojos eran grises y no parecían enfocarse en él—. ¿Te gusta la casa? La compré para vivir aquí, tú y yo... y quizá también en algún momento te consiga otra madre. Lamento mucho que no tengas a la tuya. Puedo decirte que Kathleen era una mujer hermosa, buena, compasiva y complaciente.

¿Qué más podría decirle a la niña? Debía hablarle bien de su madre.

No había alcanzado a mandarle hacer un retrato para recordarla. Su hija tendría que confiar en lo que él le decía.

Después de pasearla y desvariar un poco mientras lo hacía, devolvió a la pequeña con su niñera y él fue hacia las cabellerizas para encargarse de los animales que habían llegado para ocuparlos para el trabajo de siembra y también para salir a cabalgar. Con lentitud todo iba tomando forma.

Había llegado la noche de la cena en casa de Piers. Philip le había dejado un tierno beso en la cabeza a su hija antes de subir al carruaje y partir.

Conocería la propiedad de su amigo por primera vez. Con todas sus ocupaciones le era muy difícil salir e ir, pero en esa ocasión era de noche y podía ir para una agradable cena y para conocer a algunas personas del vecindario.

Le resultaba apetecible algo más pequeño que un gran banquete o un baile en Londres. Al quedar viudo no se sentía tan animoso para mucha celebración. Prefería algo íntimo y de pequeñas proporciones.

Desde lejos y por la ventanilla distinguió la gran residencia de Piers.

Ese hombre era afortunado, lo envidiaba bastante, ya que su esposa era encantadora e interesante con un gran instinto maternal. El día que llegó se había ocupado a la perfección de Caroline y le había dado un poco del cariño del que carecía su hija. Eso lo hacía pensar en que la niña necesitaba la imagen de una dama para crecer. Tarde o temprano la conseguiría, pero ya no se regirá por lo correcto o lo deseable, no solo quería una esposa, sino que también una compañía, pues la vería de mañana, de tarde y de noche.

No deseaba una bella mujer que no le hiciera conversación y cuyos momentos en la casa fueran tan incómodos que lo alentaran a escapar. Si bien Kathleen fue ejemplar, no era la joven idónea para él, quizá lo hubiera sido para otro, mas no para Philip. Necesitaba de alguien que lo hiciera sentir vivo y apasionado.

El carruaje se detuvo y Philip cogió su bastón y su sombrero antes de bajar, para completar su elegancia formal. Su pantalón beige, su levita verde, su casaca negra y sus botas, le daban un aire de gran señor, en verdad lo era, pero con su complexión física y su rostro atractivo, le daba un mayor valor.

En la entrada, lacayos con elegantes e impolutas libreas lo guiaron hasta el salón.

—¡Ha llegado! —exclamó Isobel, que tomó del brazo a su esposo para mostrarle que lord Chamberlin se encontraba en el sitio.

—Si no estuvieras casada conmigo, pensaría que te interesa él —

masculló celoso de la excesiva emoción que su esposa mostraba ante su amigo.

—¿Sabes lo importante que es para mí que ese hombre se fije en Heather?

Todos seríamos amigos para siempre, ¿lo imaginas? Todos viviendo aquí, viendo a nuestros hijos crecer juntos. Además, ¿dime que no vas pensado en un matrimonio entre nuestro hijo y la hija de él?

—No lo he pensado. William es muy pequeño para eso y ni hablemos de la niña.

—Yo he pactado un matrimonio en mi mente y no dudaré en mover todo lo que esté a mi alcance para que eso ocurra. Anda, querido, ve a buscarlo. Ya quiero que llegue Heather.

Piers negó con la cabeza ante los delirios de su esposa. Fue a pasos moderados para recibir a su amigo. En la casa estaban ellos y otros conocidos de la región, un par de caballeros con sus esposas. Isobel no deseaba invitar a ninguna otra dama soltera que no fuera Heather. Ella era la única invitada que cumplía —a su criterio— con lo que el conde requería.

—Philip... —saludó Piers que se acercó hasta él.

—Tienes una preciosa casa —lo felicitó Philip que no dejaba de mirar a cada lado del salón.

—Podemos dar un paseo para que te la muestre. Tal vez te dé una idea de cómo decorar tu residencia.

—Estaría encantado, pero primero debo saludar a la esposa del anfitrión,

¿en dónde se encuentra la carismática lady Snowdon?

—Dando órdenes como siempre. ¿Qué más hacen las mujeres? —

inquirió Piers, burlón.

Ambos se carcajearon con eso que había dicho Piers y se acercaron a Isobel.

—Buenas noches, lady Snowdon, como siempre es grato poder saludarla —

habló Philip.

—Lord Chamberlin, usted siempre tan caballeroso.

—Debo felicitarla por sus gustos tan refinados en su residencia. He quedado sorprendido.

—Pronto su residencia estará de la misma manera. No me permito hacer los cambios en casa ajena, porque eso le corresponderá a la próxima condesa...

El rostro de Piers estaba rojo de la vergüenza, pues pensaba que Isobel quedaba como una casamentera insidiosa.

—Te presentaré con el resto de los invitados... —dijo Piers que le tocó el hombro a Philip para que caminaran.

Isobel solo esperaba que Heather apareciera pronto. La ansiedad por presentar a esos dos la carcomía.

Heather y su familia habían llegado a la lujosa mansión de su amiga.

Siempre le encantaba visitarla, era un lugar hermoso que lord Snowdon construyó para ella. Alguna vez imaginó realizar bellas recepciones en un hermosísimo lugar como este, pero sus sueños se esfumaron. No se había convertido en la vizcondesa. Cuando iba a los eventos en casa de Isobel, se sentía tan mal, tan inferior y miserable que no solía divertirse demasiado.

Todo lo que veía le recordaba lo que pudo y no fue. Por eso no era asidua de aceptar todas las invitaciones del condado, ni en bailes públicos ni privados.

Solo aceptaba cuando se trataba de su mejor amiga, confidente y compañera.

La servidumbre de la casa los conocía a ella y a sus padres, los hizo pasar con una amplia sonrisa en el rostro.

—¡Heather! ¡Oh, Heather! Te ves tan hermosa... —saludó Isobel, efusiva.

Incluso acarició la tela del vestido de la joven—. Ya desearía tener algo tan bello. Qué buen gusto tienes.

—Isobel, tú tienes cosas mejores. No puedes decir eso.

—Pero a mí no me queda tan bien el rosa. Mira, tu cabellera rubia, tus ojos aguamarina son tan bonitos... y después... mírame, carezco de toda gracia.

Las dos se abrazaron y sonrieron.

—Buenas noches, Isobel. Veo que están aquí nuestras amistades —

comentó lady Bridgwater.

—Están todos y también el nuevo vecino...

Las miradas cómplices entre los padres de Heather e Isobel no se hicieron esperar. Ellos esperaban comenzar algo importante esa noche.

Querían decirle adiós a la odiosa soltería de Heather y lo conseguirían de la mano de ese viudo de la manera que fuera.

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