La obra
Dedicatoria
A mis padres, por haberme leído.
A mis hijos, por permitirme que les leyera.
A Ariel, por leer conmigo.
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1 Liza
TENGO tantas ganas de actuar que voy a escribir la obra yo sola. Nada de esperar a que alguien me convoque y reconozca que soy una talentosa joven actriz.
Nada de pegarme un tiro
ni enredarme en maldiciones
ni apedrear con suspiros
los vidrios de tus balcones.
¿Que te has casao? Buena suerte, vive cien años contenta.
Y a la hora de la muerte,
Dios no te lo tenga en cuenta.
Que si al pie de los altares
mi nombre se te borró,
por la gloria de mi mare
que no te guardo rencor.
No me acuerdo de quién lo escribió. Mamá me lo leía cuando era chica y a mí me gustaba. ¿Qué tiene que ver? Nada, pero quizá me venga bien para la obra. Sí, decididamente lo voy a incorporar. Me gusta. Entonces será la historia de una mujer (porque no pienso representar a un hombre. No es que no pueda. Una actriz es capaz de interpretar cualquier cosa, pero para mi debut quiero ser una mujer, una heroína que sufre mucho, así demostraré mis capacidades). La historia de una mujer enojada, enojadísima con uno que se casó con otra y la dejó. Por eso le dice: «¿Que te has casao? Buena suerte, vive cien años contenta». Ah, no, «contento» tendría que ser. ¿No es una mujer la que habla? ¿Estará enamorada de otra mujer? No, no... El que habla es un hombre, qué tonta soy. Esto mejor no se lo digo a nadie. A ver si piensan que me cuesta entender un texto. Una actriz es ante todo inteligente y, después, sensible. En mi obra, entonces, voy a cambiar los roles. La que habla es la mujer. Una mujer que le dice a un hombre que no le afecta en nada que él se haya casado con otra pero, obviamente, es mentira. Si le diera igual, en primer lugar, no habría escrito nada, y en segundo lugar, no hubiera puesto tanta pasión en negar que algo le pasa. Voy bien, ¿verdad? Creo que sí. «Y a la hora de la muerte...». Lo de la muerte es bien trágico, me gusta. Para el tipo de obra que quiero hacer...
–¡¡¡A comer!!! ¡¡¡Liza, Esteban, Martín, a la mesa!!!
–¡Voy!
–¡Si no vienen ya, no comen!
–¡Ya voy! ¿Por qué me cortan siempre la inspiración? ¡Así no voy a poder!
–Liza, ¿terminaste los deberes?
–Creo que no tengo nada.
–¿Cómo creo? ¿No sabés?
–No, me tengo que fijar. Ma, ¿te acordás de la poesía que me leías, la de «… vive cien años contenta, y a la hora de la muerte...»?
–Sí, es de Rafael de León. La leíamos con la tía Ileana...
–Sí, esa. Es obvio que ella está muerta con él, ¿no? Pero no lo quiere demostrar...
–¿Cómo que ella está muerta con él? No, ella se casó con otro y por eso él le dice a ella que no le guarda rencor.
–¡Ah! No, claro. Lo que pasa es que en mi obra es al revés. La mujer es el hombre y el hombre es la mujer.
–¿Estás escribiendo una obra?
–Sí, va bastante avanzada. Yo voy a ser la protagonista femenina.
–¿Y dónde la van a dar? ¿En el colegio?
–No, no. El colegio no tiene nada que ver. La estoy escribiendo por mi cuenta. Cuando la tenga lista, voy a convocar a los demás actores. Y no sé, tal vez podríamos estrenarla en algún teatro. Esa es mi idea...
–Bueno, no creo que sea tan fácil. No me parece que en un teatro vayan a aceptar una obra de una nena de doce años.
–¿Y vos qué sabés? ¿O acaso hay una ley que diga que no? Si la obra es buena, quizá...
–Bueno, Liza... No todo es tan simple en la vida. Pero si querés yo te ayudo. ¿Me mostrás la obra?
–No, todavía no la tengo escrita.
–¿No iba bastante avanzada?
–Sí, en mi cabeza. Primero hay que tener las cosas claras para después poder escribirlas.
–Bueno, ahora sentate a comer, que después se hace tarde y terminás acostándote a cualquier hora. ¡Esteban, Martín! ¡No los llamo más! ¡A comer!
–¿Quién te entiende? ¡Decís «no los llamo más» y lo primero que hacés es llamarnos!
–¿Qué? ¡Vamos a comer, por favor! ¡No se lo digo más! ¡Llamá a papá y a tu hermano y siéntense!
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