La obra

Daniela Acher · Capítulo 2 de 20

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La obra

2 Carla

 

CARLA apuró el paso para cruzar la calle antes de que cambiara el semáforo, pero calculó mal y una estampida de autos se le vino encima. Cerró los ojos y corrió con todas sus fuerzas. Tuvo la sensación de que sus piernas no le respondían y que no podía avanzar, como si una parálisis repentina le impidiera iniciar cualquier movimiento. Trató de concentrarse para que nada interfiriera entre el cerebro y sus piernas: la orden tenía que llegar. Con mucho esfuerzo, pudo dar dos grandes zancadas y alcanzar la acera. Antes de desmayarse, llegó a oír los bocinazos a su espalda.

– – Querida, ¿estás bien? una amable señora le sujetaba las manos.

– – Fue una bajada de presión. Vos hacé fuerza para arriba ordenó un hombre canoso mientras empujaba la cabeza de Carla hacia el suelo.

– – Ya estoy bien, no se preocupen dijo ella todavía un poco confusa.

– – ¿Te suele ocurrir esto? quiso saber la señora.

–Sí, a veces. No es nada, ya estoy bien.

– – ¿Querés que te pida un taxi? ¿Vivís lejos? le preguntó el señor mientras la ayudaba a incorporarse.

– – No, está bien, gracias. Vivo cerca, yo me arreglo contestó Carla, y alzó la vista para mirar la placa con el número 2366 en la pared de esa casa de la calle Honduras. Y entonces pensó que esa vez tampoco podría tocar el timbre.

– – Hola, ¿cómo estás? la licenciada abrió la puerta y se apartó para dejar pasar a Carla, quien ni bien entró se dejó caer en el sofá de cuero negro.

–Ahí estoy.

– – Te escucho dijo la terapeuta mientras tomaba asiento en la silla detrás del escritorio.

–No pude.

–¿Estás hablando de tu papá?

–Ajá.

–¿No pudiste verlo?

–No, no fui capaz. Ni siquiera llegué a tocar el timbre. No me animé. Fue como si todo mi cuerpo se paralizara y una fuerza me impidiera llegar.

–Pero esa fuerza no existe, Carla. Y vos lo sabés.

–¿Y de qué me sirve saberlo? Si igual no puedo.

–¿No podés?

–No puedo o no quiero, que para este caso es lo mismo.

–¿Te parece que es lo mismo?

–Sí, en este caso sí. Porque por más que siento que tengo que enfrentarme con él, una parte de mí no desea verlo.

–Eso quiere decir que hay una parte de vos que sí desea verlo.

–Puede ser. Pero tengo mucha bronca. ¿Por qué se fue? ¿Por qué no se ocupó de mí todo este tiempo? ¿Por qué ahora que decidió llamarme, después de doce años (¡doce años!), yo tengo que ir?

–Bueno, eso ya lo hablamos. No tenés que ir a ningún lado. Nadie te obliga. Ir o no ir depende de vos. Es tu decisión. Y quizá sea eso lo que te asusta.

–Es que se fue cuando yo solo tenía cuatro años. Y todo este tiempo, ni rastros.

–¿No dijiste que te llamaba?

–Sí, tres o cuatro veces al año. Para mi cumpleaños, en Navidad y en algún otro momento. De vez en cuando me mandaba algún regalo. ¿Eso es un papá? ¿Sabés lo que es ver a todos tus amigos tan felices con sus padres y yo siempre sola?

–¿Sola?

–Bueno, sola no. Está mi mamá. Pero ella no es un papá.

–No, definitivamente no lo es.

–Ni siquiera es lo mismo que los otros chicos que tienen padres separados. Los padres de Ana, por ejemplo, se divorciaron. Pero ella está con uno y con otro. Es más, desde que se separaron, ve mucho más al padre.

–Y ahora que podés, ¿vos no querés ver al tuyo?

–Sí. No. No sé. No me animo.

–¿De qué tenés miedo?

Carla abrió la boca para decir que no tenía miedo de nada, que no era temor lo que sentía, pero inmediatamente volvió a cerrar los labios. Pensó en todas las ganas que tenía de ver a su papá y se le hizo un nudo en el estómago. Un calor le inundó el pecho y los ojos se le llenaron de lágrimas. Entonces dijo:

–De que se vuelva a ir. No soportaría perderlo otra vez.

–Estás diciendo que es mejor no tenerlo que volver a perderlo.

– – Sí contestó Carla con un hilo de voz.

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