La obra
7 Liza
–¡MA, soy yo, llegué! ¡Un desastre! No fue como nos habían prometido. Casi ni la pudimos ver a Estrellita, además no nos dieron el set de productos y solo estuvimos dos horas; encima cuando llegamos nos mandaron a la sala de control y no pudimos ver la grabación en directo y entonces Silvia se superenojó...
–Pará, pará, contame de a poco, tranquilizate. Vení, ¿te preparo una chocolatada?
–Bueno. Y entonces Silvia les dijo que no podía ser...
–Empezá desde el principio, despacio. Fuiste desde el colegio, con Silvia, la maestra de Lengua...
–Sí, fuimos recién a las dos de la tarde. ¿Te acordás de que era para «pasar el día»? En realidad fue pasar la tarde. O más bien dos horas, que fue el tiempo que estuvimos, porque a las cuatro ya volvimos al colegio.
–Bueno, ¿y cómo fue? ¿Qué hiciste? ¿Llegaron y...?
–Mirá, una vez que pudimos entrar (porque fue un lío bárbaro, nadie sabía del concurso, hubo que explicar lo mismo en cada ventanilla del canal), una vez que pudimos entrar, decía, nos mandaron a una sala donde estaba el director. Bueno, en realidad no era la del director, sino una de al lado, en donde pasaban lo que se estaba grabando por un montón de televisores. Ahí estuvimos un rato hasta que un hombre pasó y nos preguntó qué hacíamos ahí, y entonces nos acompañó a la sala del director. Eso estuvo bien, había un montón de gente...
–Pero ¿y Estrellita?
–Pará... Bueno, ahí había un montón de gente y el director, desde el control, les iba diciendo a los actores lo que quería, y ellos, que estaban en el «piso», que es el estudio de grabación, hacían la escena. Primero estuvo bien verlos desde ahí, pero después se hizo medio plomo... Yo ya me estaba aburriendo, preguntándome cuándo vería a Estrellita, y en eso el asistente del director, un chico muy amable, nos llevó a ver la grabación al estudio. ¡Era rarísimo! Yo me imaginaba algo más grande; todas las «habitaciones» de la novela estaban juntas: la cocina de la casa de Estrellita, al lado de la casa de Dardo, por ejemplo; todas las paredes eran como de cartón. Y ahí vi a un montón de actores. Estaba Dardo (bueno, Nicolás Cansino, el que hace de Dardo); también estaba Juan, el que hacía de camionero en Escalera al cielo. Después apareció Gina Martelli, ¡es reflaquita!; luego, la que hace de Tina, que fue la única que nos saludó de lejos. También estaban Nadia Slipak, que está toda teñida de rojo, y el que hace del padre de Estrellita...
–¿No estaba Guido Moreno?
–Sí, pero llegó un poco después. Entonces se escuchó la voz del director que preguntaba dónde estaba Estrellita, porque había que hacer una escena con ella y no aparecía. Nosotros estábamos atrás, en el decorado de la pieza del hermano de Estrellita, que no se usaba. El director parecía medio enojado. Los actores empezaron a cuchichear. Yo estaba tratando de entender qué pasaba y en eso la vi llegar... No sabés, mamá. ¡Es hermosa! Pero parecía triste. Entró y todos se callaron. Ella solo dijo: «Estoy lista». El director gritó: «¡Vamos!», y empezaron a grabar.
–¿Viste toda la escena?
–Sí, fue una escena corta, con el que hace de padre de ella. Ni bien terminó, Estrellita se fue al camarín. Ahí vino una asistente y dijo que nos teníamos que ir.
–¿Adónde?
–Que nos teníamos que ir, que había terminado la visita.
–¿Qué?
–Sí, así como lo oís. Por supuesto, Silvia y yo empezamos a protestar. Viste que ella es muy correcta, pero cuando se enoja, ¡agarrate, Catalina! Que no, que no puede ser, que el concurso decía «pasar el día», que yo ni siquiera había estado con Estrellita, que no pueden jugar así con la ilusión de los chicos, que son unos irresponsables, que es una vergüenza y no sé cuántas cosas más. Hasta nos hicieron salir del estudio porque estábamos levantando la voz.
–Me parece muy bien, hay que protestar. No es lo que les habían prometido.
–Entonces Silvia pidió hablar con el productor. Al rato vino un tipo bien canchero y me felicitó por haber ganado el concurso. Ahí Silvia le repitió todo lo que había dicho antes y el hombre dijo que iba a ver qué hacía, que no nos preocupáramos.
–Por lo menos, saludar a Estrellita.
–¡Obvio! Aparte yo tenía la obra preparada para dársela. Quería conocerla, que me conociera, hablar con ella... Bueno, al rato volvió el productor y dijo que lo disculpáramos, que Estrellita no se sentía bien, pero que igual iba a venir a saludarnos. Añadió que el set de productos nos lo iban a enviar a casa y que, por el olvido, nos iban a dar dos sets en vez de uno; anotó mi dirección y nos llevó a un camarín que estaba vacío. Ahí estuvimos, no te miento, quince minutos, hasta que apareció Estrellita.
–¿Y...?
–¡Ay, mamá! ¡Es mucho más linda de lo que aparece en la tele! La vi entrar y se me cortó la respiración. Es... no sé cómo explicarlo... imponente... Yo me puse renerviosa, le pedí un autógrafo y le di la cámara a Silvia para que nos sacara una foto...
–¿Y ella estuvo simpática?
–No. Pero tampoco antipática. Estaba como... ausente. Tenía una cara muy triste. Era como... Su cuerpo estaba ahí, pero ella no... ¿Entendés?
–Y bueno, debería de estar cansada...
–Sí, pero no era solo cansancio. Se la veía mal. Estuve a punto de no hablarle de mi obra, pero después me dije que ese era el motivo principal por el que yo había ido (además de conocerla, claro) y me animé y le conté.
–¿Qué le dijiste?
– … Y le dije que había escrito una obra, bueno, en realidad que no estaba terminada, pero casi, y que me gustaría que ella la leyera...
–¡Ay, Liza, Liza!
–¿Qué? Me dijo que bueno, que si tenía una copia se la dejara. Pero la verdad es que mucho entusiasmo no demostró. Estaba igual que antes, parecía... un robot...
–Bueno, Liza, pensá en la cantidad de cosas que tiene. Era lógico que no te diera bola. Yo te dije que eso iba a pasar.
–¿Ves, mamá? ¡Ya empezás! ¿Qué sabés lo que pensaba ella? ¡Quizás se mostraba así porque estaba mal, no porque no me quería dar bola! ¡Vos siempre tirándome abajo!
–¡Basta, Liza! ¡Yo no te tiro abajo! Te dije solo que la chica tiene cosas que para ella son más importantes que tu obrita.
–¿Por qué «obrita»? Lo decís despectivamente. ¿Sabés qué? Tal vez para vos sea «una obrita», y tal vez para Estrellita no sea importante, pero para mí sí es importante, aunque no sea buena, y aunque nunca la pueda representar, porque es algo que yo hice...
–Está bien, Liza, tenés razón. Lo que pasa es que no quiero verte mal. Y cuando vos te embalás mucho con algo, no hay quien te lo saque de la cabeza... Y si después no sale como planeaste, vas a sufrir...
–¿Entonces qué, mamá? ¿Tengo que dejar de hacer algo por miedo a que no me salga? Bueno, bárbaro. No hago nada entonces. La rompo. ¡Chau, obra! ¿Estás contenta?
–¡Yo no dije eso! Y a mí no me grites.
–¡Entonces vos no me grites a mí!
–¡Yo soy tu mamá!
–¡Qué novedad! ¡Y yo soy tu hija! ¡Mirá vos!
–A mí no me hablás así, ¿eh? ¡Te vas inmediatamente a tu habitación! ¡Y no salís hasta la hora de comer!
–¡Obvio que me voy! ¿Para qué quiero estar con alguien que me dice que todo lo que hago está mal?
–¡Yo no dije eso! ¡A tu cuarto! ¡Ni una palabra más!
«¡Ni una palabra más!». Siempre dice lo mismo y después sigue hablando. ¡Qué odio! ¿Por qué constantemente me tiene que tirar abajo? Es verdad que Estrellita mucha bola no me dio, pero me di cuenta de que no estaba nada bien. Tenía los ojos llorosos... ¡Qué día! ¡Cuántas emociones, por Dios! Es un buen momento para ponerme a trabajar. Dicen que el artista tiene que escribir en momentos de emoción. De hecho, las mejores obras fueron hechas en momentos de crisis personales de los escritores. ¡Bah! ¡Digo yo! Pero creo que sí, porque uno se siente más vulnerable, tiene las emociones a flor de piel.
Bueno, voy a seguir con mi obra, entonces. Estábamos en que Florencia entrega a Eduardo –su amado que la ha dejado– a la Muerte, porque prefiere que él esté muerto antes de que se vaya con otra.
Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.
Miguel Hernández. (¡Si lo habré escuchado cantado por Serrat en ese casete viejo que ponía mamá!) Y así es en esta obra: primero la herida de la vida, después la del amor y finalmente la de la muerte. Y resulta fatal, pero tiene que ocurrir: es como un destino trágico que les espera. Florencia elige la muerte de su amado y de esa manera ella también muere un poco. La escena en la que fallece Eduardo es clave, pero no la voy a hacer muy sangrienta, porque no quiero recargar demasiado. Va a morir mientras duerme. Su nueva esposa –pongámosle Sofía– lo va a despertar y lo encuentra sin vida. Con el grito de ella termina el acto. Cae el telón.
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