La obra
8 Carla
CARLA llegó a su casa y le dijo a su mamá que no la molestara y que no le pasara ningún llamado. Fue a su cuarto, apagó la luz y se tiró en su cama. Eran las siete de la tarde. Tenía muchas cosas que hacer y nada de ganas. Intentó dormir, pero le resultó imposible. Se levantó, prendió la luz y agarró la novela de McEwan que tanto la había atrapado, pero no pudo leer ni siquiera media página. Se volvió a acostar y encendió la tele. Después de zapear por los ochenta y seis canales, eligió un documental sobre un experimento con monos en África, que trataba de demostrar que no podían vivir lejos de sus familias. A los cinco minutos, el programa terminó y Carla apagó la tele. Puso el CD de Caetano Veloso que le habían regalado, pero a la segunda canción lo sacó porque le dolía la cabeza. Apagó la luz de nuevo y volvió a acostarse. Sonó el teléfono y se levantó instintivamente para atender, pero en seguida decidió bajar la campanilla. Escuchó que su mamá le golpeaba la puerta y estaba a punto de decirle que le había avisado de que no le pasara ningún llamado, cuando ella se le adelantó:
–Es tu papá. Quiere hablar con vos.
–Hablé con papá. Me llamó por teléfono.
–¿Cómo te fue?
–No sé. La charla estuvo bien. Le dije que dentro de dos semanas lo llamaba para encontrarnos. Lo pateé para adelante.
–¿A quién?
–¿A quién qué?
–¿A quién pateaste?
–A «quién» no, a «qué». Al encuentro con papá. No tengo tiempo de verlo. Estoy a mil porque estamos adelantando capítulos de la novela. Las próximas dos semanas voy a estar grabando hasta cualquier hora. Además tengo las giras promocionales y voy a participar en unos programas como invitada. Y también están las clases de canto y los ensayos de los temas...
–Muchas cosas...
–Demasiadas. No doy más. No sé si voy a poder seguir con todo. A veces me pregunto qué sentido tiene. Quiero decir: desde que era chica, siempre quise esto, pero ahora que lo tengo, no lo quiero.
–¿Qué es lo que deseabas cuando eras chica?
–Actuar, actuar. Siempre quise ser actriz. Y lo sigo queriendo, pero no sé si esto tiene que ver con la actuación.
–¿Vos decís que lo que hacés no es actuación?
–Sí, es. O sea, a mí me gusta actuar, pero no siempre puedo hacerlo en la televisión. Muchas veces estoy tan cansada y tengo tan poco tiempo para meterme en el personaje... Nada más voy y digo mis líneas. No puedo actuar de verdad... Y todo lo que lo rodea me agobia: los reportajes, los autógrafos, las giras, la gente... Ayer, por ejemplo, vino una nena de un colegio a ver la grabación. Supuestamente había ganado un concurso para pasar el día conmigo, pero a mí nadie me había avisado. Yo me sentía pésimo, estaba muy mal, y vino Joaquín, el productor, a decirme que tenía que ir a sacarme fotos con ella. No tenía la menor gana...
–Pero fuiste.
–Sí, tuve que ir. Pobre, me dio pena. Parecía ilusionada. ¡Ah!...
–¿Qué?
–Ahora me acuerdo de que me dio una obra para que la leyera...
–¿Te regaló un libro?
–No, me dio una obra de teatro que ella había escrito. No sé dónde la metí...
–Entonces, te sentiste obligada a estar con esa nena, presionada para hacer algo que no querías...
–Sí, pero ¿dónde habré puesto la obra? ¿La habré metido en el bolso?
–¿Te interesa la obra, Carla?
–¿Cómo me va a interesar si ni siquiera la leí? Además la escribió una nena de doce años. ¿Sabés lo que debe de ser...?
–Pero te noto muy preocupada...
–Es que me molesta no saber dónde la puse.
–Pero si no te importa la obra, no debería preocuparte dónde la pusiste...
–¿La habré dejado en el canal?
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