Las arenas de Saqqara

Glenn Meade · Capítulo 19 de 75

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Las arenas de Saqqara

Capítulo 18

18

 

El Cairo

17 de noviembre, 23:45 h

Weaver estudió el rostro de los dos árabes que tenía de pie ante él. Los había cogido esa tarde la policía egipcia y los había entregado en la Comandancia de Policía Militar, en el cuartel de Kasr-el-Nil. Uno de ellos iba bien afeitado, el otro llevaba una barba descuidada, y ambos tenían un aspecto patético, allí, esposados. Finalmente, Weaver se volvió hacia Sanson y negó con la cabeza.

—¿Está seguro?

—Sí.

Sanson hizo un gesto con la cabeza a los dos sargentos que esperaban en la puerta.

—Bien, de momento, llévenselos afuera.

Weaver había sabido tan pronto como los sospechosos fueron introducidos en la sala que ninguno de ellos era el hombre que lo había apuñalado. En sus caras no había ninguna señal de golpes, pero los había observado cuidadosamente a los dos, especialmente al de la barba, para estar completamente seguro. Cuando los sargentos sacaron a ambos hombres de la habitación, Sanson se sentó con un suspiro, se quitó la gorra y abrió la carpeta que tenía en la mano.

—Por lo que respecta a los otros cuatro sospechosos que señaló en las listas de simpatizantes, la policía dice que uno de ellos, el hombre de negocios turco, se volvió a Estambul hace casi un año, otro está cumpliendo condena por robo en Luxor, y un tercero tiene una coartada a prueba de bomba.

—¿Qué clase de coartada?

—Está muerto y enterrado. Fue apuñalado hace tres meses en una pelea con un infante de marina británico.

—¿Y qué hay del último?

—No contenga el aliento. —Sanson observó la carpeta antes de levantar la vista—. La policía lleva, por lo menos, cinco meses intentando detenerlo. Es un extremista de la Hermandad Musulmana, buscado por intento de asesinato y por incendio, disparó contra un oficial de guardias y apuñaló a otro, prendió fuego a un par de camiones militares, y desde entonces no se sabe mucho más. La policía tiene vigilada su casa y saben que nosotros también lo buscamos, pero suponen que se oculta por el sur, en Asiut o Luxor. Pueden estar equivocados, desde luego, podría seguir en algún lugar de El Cairo.

—¿Hay alguna posibilidad de que sea nuestro hombre?

—Es difícil de decir. Desde luego, es simpatizante nazi y le gusta usar el cuchillo, pero los de la Sección Especial de El Cairo dudan bastante de que pueda ser espía alemán.

—De modo que volvemos a estar como al principio —dijo Weaver, dejándose caer en una silla.

—Eso parece —dijo Sanson, desanimado, y dejó la carpeta sobre la mesa de un golpe.

Weaver estaba empezando a desesperar. Habían pasado tres días sin que apareciera pista alguna, se sentía agotado y el cuello le dolía un horror. Intentaba ignorar el dolor, porque tenía que mantenerse alerta, pero se daba cuenta de que estaban llegando a un callejón sin salida.

Habían interrogado al casero, que les había contado que el inquilino que alquiló el piso había dicho que se llamaba Farid Gabar, y que había entrado casi nueve meses antes. Siempre pagaba el alquiler a tiempo, pero la única información que había dado sobre sí mismo era que trabajaba para un comerciante de algodón conocido de la ciudad vieja, y que procedía de Luxor, pero el casero opinaba que tenía acento cairota. Cuando le preguntaron, el comerciante y sus empleados dijeron que nunca habían oído hablar de Farid Gabar. Estaban vigilando estrechamente sus locales por si hacía aparición, y la policía había visitado a todos los comerciantes de algodón de la ciudad, además de pasar a las autoridades de Luxor todos los detalles sobre Gabar con la esperanza de encontrar algo.

—No me parece que haya muchas esperanzas —había admitido Sanson —. Probablemente, el nombre sea falso y no creo que haya dicho la verdad con respecto a que procedía de Luxor.

Habían analizado las declaraciones de todos los vecinos de Gabar. Los pocos que admitieron que lo habían visto alguna vez decían que era muy reservado y nunca había hablado con ellos. Ninguno recordaba el número de matrícula de la moto. Y tampoco se había descubierto nada más en el resto de los papeles alemanes, pero sí habían hecho una conexión importante. El árabe se había mudado al piso seis días después de la fecha de la nota alemana.

—Realmente, no podemos asegurar que se trate del mismo hombre, pero este tal Fénix es una posibilidad —comentó Sanson—. He pasado una solicitud urgente a la sección Y para ver si pueden conseguir una identificación adecuada si nuestro amigo vuelve a transmitir. Están vigilando las frecuencias que ha empleado hasta ahora durante las veinticuatro horas del día.

Se oyó llamar a la puerta, y un teniente asomó la cabeza y le dijo a Sanson:

—Lo llaman por teléfono, mi teniente coronel.

Weaver se acercó a la ventana cuando Sanson salió y se quedó allí durante varios minutos, contemplando un pelotón que marcaba el paso por las verjas del cuartel. Había una gran actividad. El cuartel de Kasr-el-Nil y el campamento Huckstep, la base norteamericana, bullían de efectivos de refuerzo, trasladados para reforzar la seguridad de la conferencia. Weaver sabía que su única esperanza era ya que Besheeba transmitiera de nuevo y les diera tiempo de localizar el emisor. Pero eso dependía de que la transmisión durase el tiempo suficiente, y a juzgar por sus actuaciones pasadas, era poco probable.

Echó una mirada al reloj de pared. Eran las doce.

Se frotó los ojos. Apenas había visto a Helen desde hacía dos días, solo al pasar a su lado fugazmente en él despacho. Ella le había pedido que volviera a su piso esa noche, y a pesar del agotamiento que lo invadía, y el dolor que continuaba inundando su cerebro, esperaba ansioso poder estar de nuevo con ella. Buscó el frasco de píldoras, y estaba a punto de meterse una en la boca, cuando regresó Sanson, con cara de satisfacción.

—Por una vez, hay una buena noticia. Me parece qué hemos encontrado al autor de la nota. De acuerdo con las listas de prisioneros de guerra, un tal Hauptmann Manfred Berger de la inteligencia militar alemana fue capturado hace seis meses en Túnez.

—¿Y dónde está ahora?

—En Lagos Amargos. Acabo de telefonear, y lo tienen allí según el comandante del campo.

Lagos Amargos estaba a dos horas de coche al sureste de El Cairo. Eran un conjunto de lagos salados, cerca de Suez, una verdadera hoya de calor y mosquitos. Allí estaban internados miles de ciudadanos del Eje, italianos y alemanes, junto con prisioneros de guerra.

Weaver se despejó por completo, se puso firme e intentó olvidar el dolor.

—¿Cuándo podremos hablar con él?

Sanson cogió su gorra.

—En cuanto lleguemos allí.

 

El Calvo Reed estaba borracho. No tan borracho como para no poder volver al cuartel andando desde el burdel que acababa de visitar, pero sí para no descubrir el coche verde oliva que lo seguía hasta que se subió al bordillo y un individuo corpulento de uniforme se bajó de un salto.

—Reggie quiere decirte algo.

Reed tragó saliva y subió al asiento trasero del automóvil. Allí estaba Salter, disfrazado de militar con una guerrera de comandante inglés echada sobre los hombros. El coche arrancó.

—Calvo, colega, perdona el teatro, pero ha surgido algo urgente y necesito que me ayudes.

—Por un jodido instante pensé que me raptaban —dijo Reed, limpiándose el sudor de la cara.

—A ti no, colega —se rio Salter—. Eres demasiado precavido. Aquí hay quinientos papeles, a cuenta —dijo, y le alargó un fajo de billetes—. Y otros quinientos cuando se termine el trabajo.

—¿Qué trabajo? —preguntó Reed, frunciendo el ceño. Cuando Salter le explicó lo que necesitaba, Reed se puso pálido, se le quitó la borrachera de repente, y quiso devolverle el dinero.

—Por Dios, Reggie. ¿Vehículos militares, armas y uniformes? En menudo agujero me metería con una cosa así, de verdad…

—Hazlo como yo te diga, colega —le replicó Salter—. Y quiero todo el lote en cuarenta y ocho horas.

—Reggie, ten piedad…

El coche se detuvo, Salter embutió el dinero en la sahariana de Reed, le dio un golpecito en la mejilla y le indicó la puerta.

—Es un negocio importante, compañero. Así que haz lo que te pido. Si no, tus cojones acabarán colgando del rosario de algún árabe.