Las arenas de Saqqara
Capítulo 68
68
Maison Fleuve
23 de noviembre, 01:30 h
Weaver permanecía sentado; su rostro como tallado en piedra, tenso hasta el último músculo. La habitación estaba en un silencio absoluto, un silencio abrumador. Halder, completamente atónito, no dijo ni una palabra hasta que Rachel Stern terminó de hablar.
—He de admitir que me engañaste por completo —dijo muy bajo, todavía bajo los efectos del shock, con una voz que era casi un susurro—. La historia del campo de prisioneros, las razones por las que Schellenberg quería que formases parte de esto, tu hostilidad inicial. Todo parecía verdad. Pero ahora ya veo que estaba muy equivocado. Todo era una farsa.
Una expresión como de remordimiento cruzó la cara de Rachel.
—Nada de esto ha sido culpa mía, Jack. A mí, igual que a ti, me atraparon entre la espada y la pared, me obligaron a entrar en el juego de Schellenberg. —Se acercó lentamente desde la ventana—. Pareces desolado, Harry. ¿Tanto te he decepcionado?
Weaver se sentía completamente perdido. No encontraba palabras. Estaba hundido, como si hubiera recibido un puñetazo, pero consiguió susurrar roncamente:
—Más de lo que te puedas imaginar.
—Siento mucho que haya tenido que ser de este modo.
—Muy conmovedor —dijo Halder con amargura—, pero puedes seguir fingiendo angustia, no importa. Nunca has sentido nada de nada ni por Harry ni por mí, jamás, ¿verdad? Todo era un juego.
Rachel los miró a los dos fijamente, con una especie de lamento en los ojos.
—¿De verdad crees que es así, Jack?
—Lo que creo es que he sido un completo idiota… y todo lo demás no tiene ninguna importancia. Salvo lo que vaya a pasar ahora.
—Tú vendrás con Deacon y conmigo. Ya has logrado acercarte una vez a Roosevelt. Puedes hacerlo de nuevo. Pero esta vez te acompañaré yo. Y si por cualquier casualidad hay un después, nos iremos volando de aquí.
—¿Te importa decirme cómo?
—Por el medio que preparó Deacon para casos de emergencia. Su amigo el piloto egipcio nos recogerá en una pista del desierto cerca de Saqqara y nos llevará a una base aérea alemana de Creta.
—Te puedo asegurar que aunque alguno consiga subir a ese avión, lo derribarán rápidamente.
—Deacon no opina lo mismo. La ruta está bien planeada. Una vez que el avión esté al norte de Port Said, habrá unos cazas alemanes esperando para guiarlo con seguridad.
—¿Y quién va a hacer el trabajo sucio en el hotel?
—Yo. Ese era el plan, si tú fallabas o los hombres de Skorzeny no llegaban.
—¿Y cómo? —Halder movió la cabeza a ambos lados—. No tendrás ni una maldita posibilidad de acercarte a Roosevelt, y no digamos de matarlo y conseguir escapar.
—Me temo que tendré que jugar esa mano según vengan las cartas. Y en cuanto al cómo… —Rachel hizo aparecer la Luger de Deacon, dejó la ametralladora y se sacó algo del bolsillo. Halder reconoció al instante aquella forma oblonga de metal. Rachel la encajó en el extremo de la Luger—. Un nuevo silenciador que ha sacado el SD. El mejor que se haya hecho nunca. Si lo disparase a tu espalda, ni siquiera te enterarías.
Apuntó rápidamente a Halder con la pistola y apretó el gatillo. Se oyó un ruido apenas audible, como una tosecita ligera, y un proyectil zumbó junto a la oreja de Halder y se incrustó en el yeso de la pared, a su espalda. Disparó de nuevo, esta vez deliberadamente a la derecha, acertando a una de las máscaras mortuorias nubias de la pared, un tiro limpio entre los ojos.
—Impresionante —dijo Halder, observando los resultados—. Así que, ¿yo te conduzco a través del pasadizo y tú te juegas tu oportunidad?
—¿Hay alguna otra opción?
—Puedes olvidarte de una vez por todas de este maldito asunto.
Ella lo miró, muy seria, y negó con la cabeza.
—No puedo hacer eso, Jack. ¿Y sabes por qué motivo?
—No puede ser que creas de verdad en todas esas estupideces nazis. El Reich de los mil años, un solo pueblo, un solo Führer.
Rachel titubeó y por su rostro cruzó una sombra que humedeció de emoción sus ojos.
—Lo que yo crea o deje de creer no tiene ninguna importancia. Excepto que tengo a mi familia pudriéndose en los sótanos de la Gestapo y que realmente no quiero que mueran allí. Y tengo un país que está siendo bombardeado noche y día. Si eso no se acaba pronto, no quedará nada para nadie, no habrá nada para la gente decente.
—Pobre estúpida. ¿No lo ves? Puede que a lo que jugamos aquí sea a un juego mortal, pero sigue siendo solo un juego. Nada de lo que tú puedas hacer cambiará nada. Los aliados ganarán la guerra de todas maneras.
Rachel no respondió, y mientras Weaver seguía allí sentado, escuchándolo todo con rostro impenetrable y totalmente confuso, miró a Halder y le dijo con voz ronca:
—Habéis mencionado un pasadizo. ¿A qué os referís?
—Me temo que vas muy atrás en esta carrera, Harry. Hay una quiebra fatal en las defensas de tu presidente.
Halder le explicó lo del túnel; Weaver no pudo controlar su ira y miró a Rachel y explotó, con la voz llena de emoción:
—Matar a Roosevelt no va a terminar con esta guerra, lo único que hará será empeorarla. No existe ni un solo soldado americano vivo que no se sintiera ultrajado y buscase venganza. Querrían ver a Alemania de rodillas. Y continuarían luchando tanto tiempo como fuera preciso, sin renunciar nunca. Hasta que el infierno se hiele.
—Me temo que nada de todo eso cambie nada, Harry —le dijo Rachel—. Sigo teniendo una misión que cumplir. En cuanto a tu amiga y a ti, no sufriréis daños si hacéis lo que se os dice. Os ataremos y os dejaremos en algún lugar donde no haya peligro de que os descubran hasta mucho después de que todo haya terminado. Y ahora, Jack, creo que es hora de que nos vayamos. Puede que Harry se tire un farol, pero si no, tendremos visitas muy pronto.
—Hay un pequeño problema.
—¿Cuál?
—Yo no voy contigo.
Rachel levantó la pistola. Halder dijo con resignación y la calma en el rostro:
—Mátame si tienes que hacerlo, pero sigo diciendo que no. Se ha terminado. Ya estoy más que harto de muerte y destrucción. He hecho mi papel y ya he llegado al final del recorrido.
—¿Y qué pasa con tu hijo?
Halder luchó por contener su emoción.
—Creo que en el momento en que acepté participar en esta locura, también acepté que no vería nunca más a Pauli. Y mi respuesta sigue siendo la misma —y en su rostro apareció una tremenda expresión de dolor al quedarse mirando a Rachel Stern.
Finalmente, derrotada, Rachel dijo:
—Muy bien, Jack. Como quieras.
Se abrió la puerta y apareció Deacon, seguido de Kleist.
—Han acusado recibo del mensaje.
—¿Y la mujer?
—En la bodega, bien atada —respondió Kleist. Llevaba al brazo el uniforme de Helen Kane—. He pensado que esto podría resultarnos útil —y con una amplia sonrisa mostró en alto la tarjeta militar de Helen, para horror de Weaver—. Nunca creerían lo que encontré en su bolsillo. Un pase especial para el recinto del Mena House.
Rachel examinó el pase y Deacon cruzó ansioso la habitación, revolvió en el bolsillo de la guerrera de Weaver y sacó la cartera con los carnets.
—Los dos llevaban pases especiales. Parece ser que, después de todo, la buena suerte está de nuestro lado.
Weaver se quedó completamente abatido. Halder le dijo a Deacon:
—Así que usted sabía la verdad todo el tiempo.
—Lo mismo que Kleist, evidentemente. Es muy triste que las cosas hayan llegado al punto de que un alemán no se pueda fiar de otro, pero así están las cosas, comandante.
—¿No cree que ya ha habido suficientes muertes, Deacon? Para Alemania, la guerra se ha acabado, eso lo saben hasta los perros del mercado. Están desperdiciando sus vidas si continúan con esto.
Deacon lo ignoró y se volvió hacia Rachel.
—¿Estamos listos?
—Me temo que el comandante no vendrá con nosotros. Seremos solo usted y yo.
Deacon tragó saliva, señaló la pistola que Rachel tenía en la mano.
—¿No puede hacerle cambiar de opinión?
—No tiene sentido. Tendremos que jugárnosla nosotros solos.
—Es una lástima que haya preferido ser un traidor —dijo Deacon a Halder mirándolo con desprecio—. Probablemente ha desperdiciado su oportunidad de formar parte de la historia —dijo, y volvió a mirar a Rachel—. ¿Qué quiere que haga con él?
—Él sigue teniendo sitio en el avión. Aunque nosotros no lleguemos.
Deacon no discutió.
—Muy bien, ¿y el otro?
Rachel lanzó una mirada morosa a Weaver.
—Tendrá que encerrarlo junto a la mujer fuera de la circulación durante un buen tiempo, después de que nos hayamos ido.
—Lo mejor es matarlos a todos, aquí y ahora —dijo Kleist con un destello sediento de sangre en los ojos.
Rachel se volvió hacia él, con fiereza.
—Ninguno de ellos tiene que sufrir daño. Es una orden. Haga exactamente lo que le digo. —Le tendió la pistola ametralladora M3 y le ordenó—: Coja esto. Y utilícelo solo si es imprescindible. Y lo digo totalmente en serio, Kleist.
Kleist se metió su pistola en la cintura y cogió la metralleta con expresión torva mientras Rachel lanzaba una mirada significativa a Weaver y Halder.
—Solo espero que los dos aprovechéis la oportunidad que os ofrezco. Comportaos como es debido y viviréis.
—Visto que el comandante nos ha abandonado —dijo Deacon—, propongo que cojamos la motocicleta, iremos más rápidos. Haremos un recorrido directo por el desierto hasta Nazlat as-Saman, como hicieron ustedes antes.
Weaver miró a Rachel con súbita vehemencia.
—Nunca podrás acercarte a Roosevelt. Estarás muerta antes de dar diez pasos por el jardín.
En la cara de ella apareció una expresión extraña, de dolor impreciso o remordimiento, y sus ojos se ablandaron por un momento.
—Me temo que esta vez ya he cruzado el río, Harry, y que es demasiado tarde para dar marcha atrás. Así que si no vuelves a verme, acuérdate alguna vez de mí. —Luego miró a Halder—. Tú también, Jack. ¿O es demasiado pedir?
Se produjo un largo silencio. Ninguno de los dos respondió y Rachel se volvió bruscamente a Deacon, como si no pudiera soportar un segundo más sus miradas acusatorias.
—Vámonos —dijo, y salió de la habitación. Cuando Deacon iba a seguirla le dijo a Kleist—: Coja la lancha con Hassan y vayan al sur hasta Menfis, y de allí a pie hasta la zona de aterrizaje. —Miró el reloj y añadió—: Dennos unas… tres horas y media como mucho, a esa hora tiene que aterrizar el avión del capitán Rahman.
—¿Y si no han aparecido para entonces?
—Márchense sin nosotros —contestó Deacon, sombrío—. Ya han oído lo que tienen que hacer con Weaver y su amiga. Y lo mismo con Halder.
—No se preocupe, están en buenas manos.
Deacon lanzó una mirada de inteligencia a Kleist y bajó la voz:
—Espero que no. Personalmente creo que esa mujer comete un grave error dejándolos vivos. Es una cuestión de sentimentalismo, estoy convencido.
Kleist le sonrió y meció la ametralladora entre los brazos.
—¿Usted hubiera dado una orden diferente?
—¿Y usted no?