Las arenas de Saqqara

Glenn Meade · Capítulo 2 de 75

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Las arenas de Saqqara

El presente

1

 

El Cairo

Era abril y soplaba el jamsín, el viento del desierto que aúlla y azota las calles con fuertes ráfagas de arena.

Cuando el taxi se detuvo ante el depósito de cadáveres y me bajé de él volví a preguntarme qué me había empujado a ir hasta allí en semejante noche de perros sin más pruebas que el cadáver empapado de un anciano a la orilla del Nilo.

—¿Quiere que lo espere, señor?

El taxista era un joven con barba y los dientes estropeados.

—¿Por qué no?

Definitivamente, no era una noche muy adecuada para andar buscando otro taxi.

El depósito era uno de esos grandiosos edificios antiguos de piedra maciza que tanto se ven en Egipto, una reliquia del pasado colonial, pero que ahora aparecía sombrío y arruinado, con el granito ennegrecido por años de contaminación y de incuria. En un costado vi un callejón cochambroso, lleno de desperdicios que el viento hacía volar. En el medio, un farol alumbraba una puerta con una reja pintada de azul. Entré por el callejón y llamé al timbre. Lo oí zumbar por algún sitio, en el interior, y al cabo de unos momentos se abrió la reja y apareció la cara de un hombre sin afeitar.

—¿Ismail?

El hombre asintió.

—He venido a ver el cuerpo del viejo —dije en árabe—. El que sacaron del Nilo. El capitán Halim de la policía de El Cairo me dijo que preguntase por usted.

El hombre pareció sorprendido de que hablase su idioma pero abrió la puerta entre un cascabeleo de cerrojos y se hizo a un lado para dejarme pasar. Entré para quedarme a cubierto del incómodo viento, me sacudí la arena de la ropa y pasé al vestíbulo. Noté una extraña emoción en mi interior. Allí estaba yo, un hombre ya en la cincuentena que se sentía excitado como un colegial, con la esperanza de que al menos pudiera encontrar respuestas a aquel extraño misterio que llevaba rondándome tantos años.

Dentro se estaba muy fresco, y me recibió un olor casi insoportable, una mezcla de fragancias perfumadas y carne putrefacta. Vi una arcada de madera que conducía al depósito propiamente dicho, la parte de atrás pobremente iluminada con una bombilla pequeña y un par de velas aromáticas llenas de churretes. Alrededor de la sala había varias mesas de metal, cubiertas con sábanas blancas arrugadas sobre los cadáveres que tapaban, y encastradas en las paredes de granito había, al menos, una docena de nichos con puertas de acero llenas de arañazos y abolladuras.

Ismail me miró poniendo una expresión de dolor más que ensayada.

—¿Es usted pariente del difunto?

—Soy periodista.

La expresión de dolor desapareció de inmediato.

—No comprendo. —Y frunció el ceño—. ¿Qué ha venido a hacer aquí?

Saqué la billetera, extraje un puñado generoso de billetes y se los tendí.

—Por las molestias.

—¿Perdón?

—Por hacerle perder su tiempo. Pero no será mucho. Solo quisiera ver el cuerpo de ese anciano. ¿Es posible? Puede que saque una historia de ahí, ¿comprende?

Era evidente que sí. El dinero desterró toda discusión y se guardó los billetes en el bolsillo con una sonrisa.

—Por supuesto, como usted desee. Siempre me gusta atender a los señores de la prensa. ¿Es usted americano?

—Así es.

—Eso pensé. Venga por aquí.

 

Me condujo al depósito. Dentro hacía mucho frío. Las paredes desconchadas estaban pintadas de azul y la delicada marquetería de arcos y puertas era una obra de arte en sí misma, pero la estancia, en general, estaba bastante deteriorada y necesitaba una restauración.

Ismail señaló lo que parecía una pequeña sala, cerrada con una tupida cortina de cuentas.

—El cuerpo está allí. Precisamente estaba trabajando en él cuando llamó usted. No es una experiencia muy agradable cuando un cuerpo ha estado varios días en el agua. ¿Aún quiere verlo?

—Para eso estoy aquí.

Ismail apartó la cortina y yo fui tras él. Las llamas de un par de velas aromáticas temblaban junto a una plancha de mármol sobre la que había el cuerpo de un hombre desnudo, y al lado había una mesita metálica donde se veían las piezas de un sencillo instrumental forense: hilo de sutura, algodón en rama, unos cuencos de agua. El decorado de la muerte no cambia demasiado, estés donde estés, ya sea en Kansas o en El Cairo.

Al lado de la mesa había ropa limpia cuidadosamente doblada, un traje viejo de hilo, una camisa y una corbata, calcetines y zapatos, como preparados para amortajar el cadáver.

El anciano que estaba sobre el mármol debía de haber cumplido setenta y muchos y era alto, al menos uno ochenta bien largo. Tenía los ojos abiertos, vidriosos, el cabello gris y escaso y retirado de la frente. La piel era blanca y arrugada de estar en el agua, la expresión, tensa y horriblemente retorcida. Pero en medio del pecho no tenía ninguna cicatriz que evidenciase la sutura posterior a la autopsia. En los países musulmanes entierran rápidamente a sus muertos, en general antes de la puesta de sol, si mueren por la mañana, y si no al otro día, y los muertos se consideran sagrados y apenas se los toca. Incluso a las víctimas de asesinato suele hacérseles solo una necropsia, es decir, una inspección visual de los restos que ayude a establecer la causa de la muerte.

Noté que un escalofrío me recorría el cuerpo, porque el olor de las velas no ocultaba el hedor de la descomposición, y señalé el cuerpo con la cabeza.

—¿Qué me puede decir de él?

El funerario se encogió de hombros, como si una muerte más en medio de una ciudad caótica de quince millones de almas no importase gran cosa.

—Lo trajeron ayer. La policía lo encontró en el agua, cerca del puente del tren del Nilo. La documentación que llevaba en la cartera dice que se llamaba Johann Halder, alemán, y vivía en un piso del barrio de Imbaba.

Pero eso ya lo sabía yo.

—¿Alguien ha reclamado el cadáver?

—Todavía no. Conservamos el cuerpo por algún tiempo, mientras buscan a los parientes. Pero hasta ahora no han encontrado ninguno. Al parecer vivía solo.

—Tengo entendido que no era musulmán.

—Cristiano, cree la policía.

—¿Murió ahogado?

Ismail asintió.

—Eso cree el forense. Como puede usted ver, el cuerpo no tiene heridas. El forense opina que tal vez el viejo cayese al río por accidente, como pasa muchas veces. O quizás se suicidara desde algún puente. —Se frotó la barba —. Pero es imposible saberlo seguro.

—¿Puede decirme algo más?

—Me temo que no. Tendrá que preguntárselo a la policía.

—Por lo que he oído, han descubierto que nuestro difunto amigo tenía otra documentación completa escondida en su piso. Eran unos papeles muy antiguos a nombre de Hans Meyer.

Ismail se encogió de hombros.

—Yo no soy más que un empleado de pompas fúnebres. No sé nada de esas cosas. Pero sé que en El Cairo hay muchos extranjeros que viven aquí, también alemanes. ¿Es usted de un periódico norteamericano?

—Soy el corresponsal en Próximo Oriente.

—Interesante.

—Pero ni la mitad de interesante de lo que podría ser este viejo.

—¿Lo conocía usted? —preguntó Ismail, sorprendido.

—Digamos que si es quien yo creo que es, puede que esté usted contemplando los restos mortales de un hombre verdaderamente increíble, teniendo en cuenta que se le suponía muerto desde hace más de cincuenta años.

—¿Cómo dice?

—Es una larga historia. Pero si es él, esta noche estará usted en compañía de un cadáver muy importante.

Ismail lanzó un silbido.

—Entonces no me extraña que aquel señor mayor tuviera tanto interés.

—¿Qué señor?

—Estuvo aquí no hace ni media hora. Vino a inspeccionar el cadáver. Un americano mayor, acostumbrado a salirse con la suya, como la mayoría de ellos. Se metió aquí y pidió ver el cuerpo. —Ismail sonrió y dio unos golpecitos sobre el bolsillo de su chilaba—. Por desgracia, no era tan generoso como otros compatriotas suyos. Cuando le pedí una pequeña bakshish me amenazó con cortarme la mano.

—¿Quién era?

Ismail se rascó la cabeza.

—Harry Weaver, creo que dijo.

Sentí que un cosquilleo raro me recorría el espinazo.

—¿Harry Weaver? ¿Está seguro de que se llamaba así?

—Creo que sí.

—Descríbamelo.

—Muy alto. Sesenta y muchos, puede que aún más viejo, pero parecía que se conservaba en una excelente condición física. Un hombre con aspecto competente. —Ismail pareció sorprenderse al ver mi reacción de asombro—. ¿Conoce usted a ese tal señor Weaver?

—Personalmente no, pero he oído hablar de él.

—Parecía alguien importante. Acostumbrado a dar órdenes, estilo militar.

—Eso es lo que es —le aclaré—. Y puede usted dar gracias a Alá por no haber perdido la vida, ya que no la mano. Harry Weaver no es la persona más indicada para pedirle propinas. Es un modelo de autoridad. Fue consejero de seguridad de la presidencia de los Estados Unidos durante casi cuarenta años.

Ismail extendió las manos en un gesto de inocencia.

—Pero la bakshish es costumbre en nuestro mundo —dijo.

—Si lo sabré yo. —Me subí el cuello del abrigo y empecé a irme.

—¿Usted cree que este cuerpo es el del alemán que usted decía? — preguntó Ismail.

Miré el cadáver.

—Quién sabe. El pobre hombre está en tan mal estado que es difícil saber si está boca arriba o boca abajo. ¿Sabe adónde se iba el señor Weaver?

—A la casa donde vivía el alemán. Lo oí hablar con el taxista que lo estaba esperando fuera.

—Esto se pone interesante. ¿Sabe usted la dirección?

—Naturalmente. Ayer fui allí a buscar algo de ropa para enterrarlo, según instrucciones de la policía.

Ismail apuntó la dirección en una hoja de papel que yo le di.

—Vivía en el último piso.

—¿La policía ha precintado el apartamento?

—No. No hacía mucha falta, el pobre viejo no tenía muchas posesiones dignas de mención. Pero sí se molestaron en cerrar la puerta con llave; las tiene el portero.

Cuando me guardaba el papel en el bolsillo, Ismail preguntó:

—¿Alguna otra cosa más?

Eché una última mirada al cadáver del anciano antes de girarme hacia la salida.

—No, gracias. Me ha sido usted de gran ayuda.

Imbaba es un barrio obrero formado por casuchas desvencijadas de madera y edificios de cemento, cerca de la ribera del Nilo. Las calles están enfangadas por los desagües abiertos, y las casas, apiñadas como para protegerse entre sí de la pobreza y la miseria del entorno. El taxista encontró la dirección sin el menor problema.

La casa había sido construida al estilo árabe, y era un edificio grande, viejo, todo de madera antigua y muy deteriorado, con las ventanas tapadas por postigos de rejilla ajados, descoloridos, y un mirador de madera tallada medio podrida que sobresalía del primer piso. Afuera no había ningún otro taxi, pero la puerta estaba abierta, golpeando por el viento, y detrás se veía un vestíbulo oscuro.

—Espéreme aquí —dije al taxista, y bajé del coche.

 

El vestíbulo apestaba a orines y a comida rancia. Al subir la escalera, la madera crujía. Se oía llorar a un niño y a una pareja que discutía en alguna parte de abajo, en la oscuridad de la casa. Al llegar al rellano vi que una de las puertas de salida estaba abierta y entré. La habitación en la que me encontré era típicamente egipcia, pero muy descuidada y en completo desorden. Los cajones estaban abiertos, y todo su contenido, desparramado, como si alguien hubiera estado registrando el lugar. Papeles viejos y correspondencia, ropa y objetos personales, un par de anteojos desvencijados aplastados en el suelo. Un par de puertas daban a las otras habitaciones y había una ventana con vistas al Nilo, en la oscuridad. Hojeé la correspondencia y los papeles, pero no había nada realmente interesante. Al cerrar un cajón tropecé con una lámpara de mesa, cayó al suelo con estrépito y entonces, de repente, se abrió una de las otras puertas.

Al volverme vi que un hombre alto, ya mayor, entraba en la sala con unas gafas de leer en la mano. El dormitorio del que salía estaba en desorden, a su espalda, y había papeles desparramados por todas partes. Llevaba una trinchera clara, tenía el cabello plateado nevado de arena y una mirada ligeramente asustada en el rostro tostado. Yo sabía que al menos tenía ochenta y pocos años, aunque se conservaba bastante bien, con un aire de frescura que le hacía parecer diez años más joven. Y seguía manteniendo un porte militar: más de uno ochenta y rasgos finamente cincelados, aunque sus hombros se inclinaban un poco y sus penetrantes ojos grises se veían acuosos por la edad.

—¿Quién demonios es usted? —preguntó con un inconfundible acento americano.

—Yo podría hacerle la misma pregunta, si no supiera ya la respuesta, coronel Weaver.

Pareció sorprendido.

—¿Me conoce?

—Personalmente no, pero ¿qué americano no ha oído hablar de Harry Weaver? Una leyenda viva. Casi cuarenta años de consejero de seguridad de los presidentes de los Estados Unidos.

—¿Quién es usted? —bufó Weaver.

—Me llamo Frank Carney.

No pareció impresionarse, pero luego algo destelló en sus ojos y frunció el ceño.

—No será Carney, el reportero del New York Times.

—Me temo que sí.

Weaver se relajó un momento.

—Solía leer sus columnas, aunque no estaba de acuerdo con todo lo que escribía usted, como se imaginará.

—Pero con algo estaría de acuerdo, supongo —propuso—. De novato estuve en Dallas de reportero suplente, cuando mataron a Kennedy, Usted era uno de sus asesores de seguridad y le dijo que no fuera allí, ¿recuerda?

—Demasiados puntos débiles. La maldita seguridad local estaba llena de agujeros. Y en aquel coche descapotado era como un pato de reclamo, por mucho que el Servicio Secreto asegurase que podían protegerlo.

—Si Jack Kennedy lo hubiera escuchado, tal vez hoy seguiría vivo. Dije todo eso cuando escribí sobre ello después.

Weaver movió la cabeza, pensativo.

—Ahora es demasiado tarde. Pero pensándolo bien, me parece que recuerdo su artículo. Era una valoración imparcial y veraz de los hechos.

—Es que había hecho los deberes. Leí todo lo que encontré sobre usted. Su lema particular era: no te fíes de nadie y pon en duda cada uno de los datos. Con una carrera tan larga como la suya, parecía que era usted un hombre cuyos consejos merecía la pena escuchar.

—Cuestión de experiencia. Los años te endurecen. —Weaver volvió a mirarme, otra vez con aire de sospecha—. Pero nada de eso explica qué demonios hace usted aquí. Esto es una propiedad privada.

—Yo puedo volver a preguntarle lo mismo. ¿Le dejó entrar el propietario?

—¿Y a usted qué demonios le importa si me dejó entrar o no? Limítese a contestar a mi maldita pregunta.

—Oh, creo que puede usted imaginárselo. Los dos fuimos al depósito por la misma razón: Johann Halder. Indiscutiblemente, uno de los mayores enigmas de la segunda guerra mundial.

Weaver se enderezó.

—¿Ha estado en el depósito de cadáveres?

—Por lo visto no coincidimos por poco. Y por cierto, el empleado no estaba muy contento con eso de que no le diera propina.

Los ojos de Weaver se entrecerraron.

—¿De qué conoce usted a Johann Halder?

—Resulta que la egiptología me interesa desde siempre, por eso he pasado estos cinco últimos años de corresponsal en El Cairo. Hace ya bastante tiempo estuve investigando para un artículo sobre un tal Franz Halder, un alemán muy rico, coleccionista de objetos egipcios. Tenía pensado escribir un libro sobre algunos de los valiosísimos tesoros egipcios que desaparecieron de museos y colecciones privadas de toda Europa durante la guerra, muchos de los cuales todavía no se han encontrado.

Weaver mostró interés:

—¿Y entonces?

—Antes de la guerra, Halder tenía una de las mejores colecciones privadas de Alemania, la mayoría de piezas insustituibles, y era benefactor del Museo Egipcio. Murió cuando los aliados destruyeron Hamburgo, durante un bombardeo aéreo masivo en 1943. Algún tiempo después desapareció su colección completa. Intenté ahondar un poco más, descubrir si tenía parientes vivos, alguien que pudiera saber qué había pasado con la colección. Así que le pedí a un amigo mío periodista que estaba en Berlín que lo comprobase. No quedaban parientes vivos, por lo menos ninguno que pudiera contarme algo que valiera la pena, pero resultó que Halder tenía un hijo, Johann, que fue soldado en la guerra. Los archivos militares alemanes lo daban por muerto en acción en 1943, en alguna misión rara, pero no mencionaban cuál, ni dónde. Aunque mi amigo descubrió que Halder había sido reclutado en 1940 por la Abwehr, el servicio de inteligencia militar alemán durante la guerra.

—Ya sé lo que era la Abwehr, Carney. Siga usted.

—De chico, Johann Halder se educó en América hasta la trágica muerte de su madre al dar a luz al segundo hijo. Después de eso, el padre se lo llevó de vuelta a Berlín, aunque parece ser que durante muchos años volvían a los Estados Unidos todos los veranos. La familia de su madre era propietaria de una gran finca en el estado de Nueva York. Fui a verla hace algunos años, pero ya hacía mucho que había cambiado de manos, habían derribado la casa y no quedaba nadie en toda la vecindad que se acordase de los Halder.

—No me sorprende en absoluto. Está usted hablando de hace mucho tiempo.

—Además, Johann Halder hablaba varios idiomas correctamente, árabe incluido, y durante la guerra llegó a comandante, aunque nunca se afilió al partido nazi. En el resto de su material militar, aparte de una faena corta en el norte de África, hay muchas lagunas, y no había detalles de la misión en la que se supone que murió.

—¿Qué más ha logrado saber? —preguntó Weaver suavemente.

—Aquí es donde la cosa empieza a ponerse realmente interesante. No había vuelto a pensar en ello hasta hace poco, al entrevistar a uno de los antiguos directivos del Museo Egipcio, Kemal Assan, poco antes de que muriera. Mencioné a Franz Halder de pasada y Assan me dijo que en 1939 había conocido a su hijo Johann, que participaba en una excavación arqueológica en Saqqara. La verdad es que también me dijo que lo había visto en El Cairo después de la guerra. Teniendo en cuenta que se suponía que Halder estaba muerto, ese dato me pareció bastante increíble.

De pronto, Weaver pareció muy interesado:

—¿Y qué le dijo exactamente el tal Assan?

—Diez años antes, estaba sentado en un café de El Cairo pensando en sus cosas cuando se fijó en un hombre que estaba en la mesa de al lado. Assan pensó que la cara le resultaba extrañamente familiar. Cuando le preguntó si lo conocía, el hombre se limitó a sonreír y le dijo en alemán: «Nos conocimos hace mucho, en otra vida». Después se levantó y se fue. Assan hablaba algo de alemán, y estaba completamente seguro de que aquel hombre era Johann Halder.

A Weaver le brillaban los ojos.

—¿Intentó seguirlo?

—Lo intentó, pero lo perdió de vista en el mercado. Weaver pareció decepcionarse.

—Ya. Así que ¿usted cree que puede ser que Halder todavía esté vivo?

—Esa idea me ronda por la cabeza desde entonces. La verdad es que no sabía qué pensar, todo aquello era un jeroglífico, pero no tenía duda de que allí podía haber una historia. Si Halder seguía vivo, existía la posibilidad de que supiera qué había pasado con la colección de su padre. Entonces, en la Egyptian Gazette de ayer me tropecé con una gacetilla que decía que habían rescatado del Nilo el cadáver de un anciano alemán. Al parecer, sus documentos lo identificaban como Johann Halder, y la policía solicitaba que se presentase cualquiera que tuviera información sobre él. Cuando oí el nombre sumé dos y dos y tuve la esperanza de que fueran cuatro.

Miré a Weaver, que seguía allí de pie, escuchándolo todo, pero no dijo ni una palabra más.

—Ahora la cuestión es: ¿qué hace usted aquí, coronel? Mis últimas noticias sobre usted era que estaba viviendo en Washington. Pero, pensándolo bien, si mal no recuerdo, usted ha estado interesado por Egipto toda la vida. Tiene acreditadas varias excavaciones arqueológicas, y estuvo aquí con el servicio de inteligencia durante la guerra. Así que es obvio que lo único que puedo deducir es que la verdadera razón por la que está usted aquí es que conocía a Halder.

Weaver pareció haberse quedado mudo, atrapado en su propia trampa. Lanzó un suspiro, se dejó caer en una de las sillas y no dijo ni una palabra.

—¿Era Johann Halder, el de allí, el del depósito?

Weaver no respondió.

—Entonces, dígame por lo menos por qué está usted aquí. Y de qué conocía a Halder. Después de todo, no me encuentro todos los días con una historia de un hombre al que se ha considerado muerto y que sin embargo pudiera estar vivo cincuenta años después.

Weaver seguía sin responder. Lo miré.

—Tengo la sensación de estar hablando con una pared, coronel.

Continuó allí sentado, inmóvil.

—Al menos, dígame por qué está aquí. Solo eso. ¿Es demasiado pedir?

Weaver perdió la paciencia.

—Por Dios, Carney, parece un perro tras un hueso. Ya estoy harto de tantas malditas preguntas.

Se puso en pie, como para marcharse, y dijo con firmeza:

—Usted es un desconocido y yo no hablo de mis asuntos personales con desconocidos.

—Muy bien, coronel, como usted quiera. Pero me gustaría decirle algo; tal vez lo viera de otro modo.

Weaver pareció exasperarse.

—Cállese, Carney, no estoy de humor.

—Pensé que igual quería oír lo que tengo que decir.

—Lo dudo.

—Escúcheme solo un minuto. En el momento en que oí el nombre de usted en el depósito, un escalofrío me recorrió el espinazo. Y me gusta pensar que fue el destino…, mi destino y el de usted, ese tipo de cosas que tanto les gusta creer a los «Socios».

Los ojos de Weaver se entrecerraron.

—¿De qué demonios está usted hablando?

—El artículo que escribí sobre usted después de lo de Dallas. No me ha preguntado cómo es que sabía tanto de su historia personal, teniendo en cuenta que en los archivos públicos no había mucha información.

Weaver frunció el ceño, y asintió con la cabeza.

—Me parece recordar vagamente que allí se daban todos los datos, en efecto. ¿Y qué?

—¿Le dice algo el nombre de Tom Carney?

Weaver se quedó totalmente atónito, como si le hubieran dado un puñetazo:

—¿El capitán Tom Carney?

—El mismo. Era mi viejo. Estuvieron ustedes juntos en los servicios de inteligencia militar y desembarcaron en África del Norte durante la Operación Antorcha, en 1943. Un mortero cayó en su unidad de reconocimiento a las afueras de Argel y a usted le hirió la metralla. Él lo llevó de vuelta a las líneas americanas bajo un fuerte fuego enemigo. Le dieron una medalla, por recomendación de usted. También a él lo hirieron dos veces, y lo mandaron a casa.

De la cara de Weaver desapareció todo signo de dureza, desapareció la agresividad, y me observó con detenimiento.

—Bueno, que me ahorquen. Así que es el hijo de Tom Carney.

—Mi viejo me habló mucho de usted a lo largo de los años. La sensación que tuve es que en una época fueron buenos camaradas.

Weaver asintió y los ojos se le humedecieron, como si recordase.

—Era un hombre bueno, valiente, íntegro. Uno de los mejores con los que serví. Solo lamento que no siguiésemos en contacto. Aunque me enteré de que había muerto hace, cuánto, ¿diez años quizás?

—Doce. Y todavía no pasa un día sin que lo eche de menos. —Miré fijamente a Weaver—. Me gusta creer que hay veces en que las vidas se cruzan, aunque sea por un instante, por toda clase de razones que los mortales no podemos ni siquiera llegar a intuir. Tal vez esté escrito en nuestras estrellas. Como usted y mi viejo. Es curioso, sabe, pero mi padre solía hablar mucho del destino. Y, tal vez si él no hubiera estado con usted la vez que lo hirieron, las cosas podrían haber resultado muy distintas, para ambos. El destino es una cosa rara, coronel. Y cuando oí que mencionaban su nombre allí en el depósito, me figuré que el destino quería echarme una mano. Que, por alguna razón, los hados nos ayudaban a encontrarnos. Este asunto de Halder lleva un buen montón de años rondándome la cabeza, es un enigma que no quiere desaparecer, y me gustaría llegar hasta el fondo del tema. Así que, si puede usted ayudarme de alguna forma, le estaré muy agradecido. No le estoy pidiendo ningún favor de familia, coronel, créame. Pero entiendo que mi padre era un hombre en el que podía usted confiar. Y yo le pido simplemente que se fíe usted de mí.

Weaver no decía nada.

—¿Cree tal vez que le estoy pidiendo demasiado? Solo dos sencillas preguntas. Por qué está usted aquí y cómo conoció a Halder.

Weaver lanzó un suspiro, un suspiro largo y fuerte que sonó como si quisiera expulsar algún tipo de dolor de lo más profundo de su ser.

—Sí, conocí a Johann Halder —admitió finalmente—. Hace muchísimo tiempo.

—Ahora me deja usted sorprendido. Yo sé por qué estoy yo aquí. Pero ¿y usted? ¿Cuál es su motivo?

Weaver se inclinó hacia adelante en la silla y, al encorvarse, me pareció más anciano, como si mi persistencia hubiera terminado por doblegarlo y hacer aparecer en su cara un semblante triste, cansado.

—Oh, hay muchísimos motivos, Carney. Muchísimos, se lo aseguro… — Estaba a punto de decir algo más, pero justo entonces pareció cambiar de idea —. Así que pensó que de todo esto podía sacar una historia…

—Tenía más o menos esa esperanza. Y aunque no la hubiera, por lo menos conseguiría calmar la curiosidad.

Weaver titubeó, como si tratase de decidir algo, y después pareció haberlo decidido.

—Creo que puede decirse que hay una historia, efectivamente, pero dudo que yo pueda ayudarle a descubrir qué pasó con la colección de Franz Halder. Probablemente acabó en manos de los rusos después de la toma de Berlín. Casi todo cuanto había de valor acabó así.

—Ya pensé que esa era una posibilidad. Pero ¿qué hay de Johann Halder? A mí me parece que en todo este misterio es el único eslabón que queda. ¿Qué puede contarme de él?

Weaver estaba incómodo, como si el dolor que intentaba expulsar le hubiera vuelto. Miró a su alrededor.

—¿Hay algo de beber por aquí?

—Seguro que no.

—Maldición. —Se puso en pie y se acercó a la ventana. El viento azotaba las palmeras a lo largo del Nilo. Habló sin darse la vuelta, casi como ausente —. Durante la guerra, El Cairo era un sitio fantástico, ¿lo sabía usted? Se podría decir, incluso, que aquí se decidió el destino del mundo entero.

—¿De verdad? ¿Le importaría contarme eso?

Estuvo unos momentos sin responder, enfrascado en sus pensamientos, mirando el exterior por la ventana.

—Puedo contarle una historia, Carney. Y puede que sea la historia más extraña que haya oído usted en su vida. La verdadera cuestión es, ¿se la creerá usted?

—Pruébelo.

—Con una condición. —Se dio la vuelta y tenía una expresión tremendamente seria—. No debe publicar nada de lo que le diga hasta después de mi muerte.

Quedé sorprendido.

—Tiene usted un aspecto de lo más saludable, coronel. Me parece que va a ser una larga espera.

—Puede que no tan larga. Ya soy un hombre viejo, Carney, no puede quedarme mucho tiempo. Y supongo que en este punto la verdad ya no puede hacerle daño a nadie, después de tantos años. Pero ¿sabe qué es lo más extraño? Que nunca le he contado esta historia a nadie, ni a un alma. Podía haberlo hecho, lo deseé muchas veces, porque me perseguía, pero me la guardé para mí solo más de cincuenta años. Y tal vez haya llegado la hora de contársela a alguien antes de que sea demasiado tarde. —Me miró fijamente —. Puede que tenga razón en lo del destino, Carney. Los hados cumplen con su papel. Además, he leído sus trabajos, y por poco que se parezca a su padre, creo que será usted un hombre cabal y que respetará mis deseos.

Busqué su mirada y asentí:

—Tiene usted mi palabra.

Weaver recorrió la habitación con la vista, como si de repente estuviera inseguro de su alrededor.

—¿Le importa que nos vayamos de aquí?

—Fuera tengo un taxi esperando. Puedo llevarlo a algún lado.

—Con una noche como esta no le diré que no. Por cierto, me hospedo en el nuevo Shepheard’s. No se parece en nada al viejo hotel al que sustituye, pero por lo menos sirven un whisky muy decente.

—Eso es lo que quería oír.

Weaver se subió el cuello de la trinchera, salió al rellano y bajó de prisa la escalera. Yo eché un último vistazo por aquel piso destartalado y salí tras él.

 

El viaje hasta el Shepheard’s fue una verdadera prueba. Por alguna razón, Weaver apenas hablaba, y se limitaba a mirar por la ventanilla del taxi, perdido en su propio mundo. Yo tenía la terrible sensación de que podría estar reconsiderando su ofrecimiento de contarme la historia, pero cuando llegamos al hotel se sacudió la arena de la trinchera y al entrar en el vestíbulo me dijo:

—Lo veré en el bar dentro de diez minutos. Yo quiero un Dewars bien grande. Solo.

Entró en el ascensor y yo me fui al bar restaurante. El viejo hotel Shepheard’s tenía eso que a las guías de viaje les gusta llamar ambiente. Un cierto esplendor ajado que evocaba la belle époque, todo en madera oscura y altas columnas de mármol, gruesas alfombras y muebles antiguos. Había sido uno de los grandes hoteles construidos para albergar a los europeos ricos. En comparación, el nuevo Shepheard’s es una pálida imitación, aunque continúa atrayendo a los turistas. Pero aquella noche no había ninguno en el bar, solamente un par de hombres de negocios extranjeros charlando ante unas copas. Me senté al lado de la ventana y pedí al camarero que trajera la botella.

Weaver bajó a los diez minutos. Se había cambiado, llevaba jersey y pantalones de algodón y parecía más tranquilo mientras observaba el bar.

—Qué demonios, esto no se parece nada al sitio de antes.

—¿El Shepheard’s le trae recuerdos, coronel?

—Demasiados, me temo —replicó Weaver, casi melancólico—. Y deje ya eso de coronel. Llevo más de veinte años retirado. —Observó la sala—. ¿Sabía que Greta Garbo solía quedarse en el antiguo Shepheard’s? Por no hablar de Lawrence de Arabia, Winston Churchill y la mitad de los espías de la Gestapo en El Cairo de los tiempos de la guerra.

Rellené los vasos y puse la botella entre nosotros.

—Una vez leí en alguna parte que Rommel telefoneó a la conserjería para reservar una habitación después de la caída de Tobruk, pensando que llegaría a El Cairo en una semana. Si no me falla la memoria, el viejo Shepheard’s se quemó en los disturbios independentistas del año 52. Al parecer, muchos egipcios lo consideraban un símbolo intolerable del imperialismo británico.

—Se ve que se sabe usted la lección de historia, Carney.

—Por eso hay algo que me incomoda. Si todo lo que hemos sabido de Johann Halder es cierto, y si seguía vivo después de todo este tiempo, ¿por qué decidió desaparecer y ocultarse?

—Creo que podría haber varios motivos. Uno de ellos es que Estados Unidos tenía pruebas muy sólidas para condenarlo por traición. Probablemente hasta podrían haberlo ahorcado. Fruncí el ceño.

—¿Y por qué? No hay duda de que Halder era ciudadano alemán. ¿Cómo podía considerársele traidor?

—Era ciudadano alemán, cierto, pero había nacido en Estados Unidos. Su verdadero nombre era Johann, pero todo el mundo lo llamaba Jack. Y su desaparición tuvo que ver con la misión que usted mencionaba, esa en la que se supone que murió. Probablemente la más arriesgada que planearon nunca los nazis. Y tuvo lugar justamente aquí, en Egipto.

—No sé a qué se refiere.

—Halder dirigía un comando secreto para asesinar al presidente Roosevelt y al primer ministro Winston Churchill en El Cairo, por orden directa de Adolf Hitler.

Me quedé atónito.

—Ahora sí que me deja sorprendido. ¿Un hombre norteamericano enviado por Hitler para matar al presidente de Estados Unidos? Es difícil de creer.

—Y probablemente el mejor presidente americano que haya habido nunca. —Weaver dejó el whisky sobre la mesa—. La misión de Halder pretendía cambiar el rumbo de la guerra para los nazis. Y había mucho más en juego que cuando Kennedy sirvió de blanco en Dallas. El futuro de todo el mundo libre, nada menos. Y sucedió cuando Roosevelt y Churchill asistían a la Conferencia de El Cairo en noviembre de 1943, una de las reuniones de los aliados más vitales de toda la guerra. Entre otras cosas, el presidente y el primer ministro estaban en El Cairo para acordar los planes ultrasecretos de la Operación Overlord, la invasión de Europa. Si Hitler se hubiera salido con la suya, y si los hubieran asesinado a los dos, los aliados habrían quedado sumidos en el caos, la invasión no hubiera podido seguir adelante y Alemania habría ganado la guerra.

Weaver alzó el pulgar y el índice y los juntó hasta dejar una mínima separación entre ambos.

—Créame, Carney, la cosa estuvo así de cerca de salirles bien. Todavía me da miedo pensar en ello.

Me sentí desbordado:

—Está hablando en serio, ¿verdad? Eso pasó de veras.

—Oh, ya lo creo que pasó —dijo Weaver con firmeza—, no lo dude. Y mi trabajo era detener a Halder y matarlo. Pero no era algo que pudiera mencionarse ni de pasada en los libros de historia, era un asunto demasiado delicado para eso.

Lo miré, ansioso:

—Pero no lo comprendo. Incluso asumiendo que Halder sobreviviera, ¿por qué seguía usted teniendo interés en encontrarlo después de todos esos años? ¿Para que se le pudiera tildar de traidor? Ya es un poco tarde para eso, ¿no?

En sus ojos apareció una expresión muy triste. Miró hacia el Nilo antes de volverme a mirar.

—No, son motivos mucho más personales —dijo suavemente. Y entonces detecté en su voz una súbita, intensa emoción—. Pero no se equivoque en una cosa, Carney. Halder realmente ayudó a cambiar el curso de la historia del mundo.

—¿Le importaría decirme cómo?

Weaver debió de haber percibido confusión en mi rostro, pero no contestó. En vez de eso, su mirada se alargó más allá de la ventana, los ojos se le empañaron como si intentase contemplar el pasado. El ruido y la tormenta de arena ya casi habían desaparecido, levantando el velo que cubría la ciudad vieja, y ahora, de pronto, se podía ver el Nilo majestuoso, las casas flotantes del río, las vivaces callejuelas oscuras y los elevados minaretes, la silueta fantasmal de las pirámides de Gizeh en la lejanía. Era fácil imaginarse cómo debía de ser cincuenta años antes, una ciudad llena de intriga y de misterio.

Cuando Weaver regresó había en su rostro una expresión que era difícil de interpretar. Pena, quizás, o dolor… no sabría decir qué.

—Puede que sea mejor que empiece por el principio. Verá conocí a Jack Halder mucho antes de la guerra. Éramos amigos de la infancia. Incluso podría decirse que éramos como hermanos.