Las arenas de Saqqara
Capítulo 3
3
La residencia del embajador norteamericano estaba a rebosar de dignatarios internacionales, la flor y nata de la sociedad egipcia y de los expatriados europeos. Estaba todo el mundo, desde estrellas de cine a diplomáticos, militares de alta graduación o autoridades académicas. La fiesta estaba en pleno auge, los invitados estaban muy animados, y Weaver fue atravesando la multitud de la pista de baile y estrechando las manos de los otros miembros del equipo que se despedían. La prensa también estaba invitada, en el salón de entrada había una mesa de caballetes con dos policías egipcios que vigilaban algunas de las joyas descubiertas en la excavación: collares de piedras preciosas, escarabeos, amuletos de oro y cartuchos de piedra. Weaver agradecía cortésmente los buenos deseos de las despedidas, otros lo apretujaban, y de pronto sintió una absoluta necesidad de estar solo.
—¿Me perdonas, por favor? Necesito tomar el aire.
Se abrió paso entre el gentío hasta la puerta de un balcón y salió a una terraza. Fuera hacía fresco, los lotos y las buganvillas perfumaban el aire de la noche, los arriates de las ventanas estaban llenos de flores. Los jardines de la residencia eran esplendorosos, en el prado había una pérgola de madera iluminada con luces de colores y detrás de los muros fluía el Nilo, majestuoso. Pero aquella noche la ciudad parecía envuelta en una increíble quietud, y el ruido habitual del tráfico era un leve susurro.
Estaba allí de pie, disfrutando de la soledad y del aire perfumado, cuando se abrió la puerta y apareció Rachel, con un sencillo traje negro que ceñía su figura. Tras ella venía Jack Halder que llevaba traje de hilo, con una botella de champán helado y tres vasos en la mano. Le tendió uno con una sonrisa:
—Toda una señora fiesta, ¿eh? Tienes cara de estar harto de baile por esta noche, Harry. Pensamos que te encontraríamos en algún sitio tranquilo. Tómate otra copa.
—¿Por qué no? —Weaver cogió el champán, y cuando a Rachel le dieron su copa la puso sobre la barandilla, sin tocarla, con una repentina expresión de agotamiento en la cara.
—¿Cansada? —preguntó Weaver.
Ella sonrió.
—Me temo que entre Jack y tú habéis acabado con mis pies.
—Por cierto —dijo Halder—, antes de que me olvide, hay una gente importante que quiere conocerte, Rachel.
—¿Quiénes son?
—El embajador quiere presentarte sus respetos, y un tal Kemal Assan, el hijo de un egipcio importante que es un conocido de mi padre. También hay un profesor visitante del Museo Británico que ha bebido mucho más de la cuenta y habla así. —Halder se cogió la nariz con los dedos en gesto de burla e imitó perfectamente el acento de las clases altas inglesas—. Son una gente aburridísima, querida, de modo que les he dicho a esos pesados que estás agotada y que no te retengan demasiado. ¿Te los traigo aquí?
—Gracias, Jack —dijo Rachel entre risas.
—Así que esta es nuestra última noche juntos, Harry —dijo Rachel cuando Halder salió—. Te echaré de menos.
—¿Lo dices en serio?
—Por supuesto. —Lo miró a la cara y añadió, de pronto—: ¿Sabes lo que es raro? Lo poco que sé de tu pasado. Jack es un libro abierto: una madre americana y un padre prusiano y rico que es un conocido coleccionista de objetos egipcios. Idiomas y Clásicas en Heidelberg y, en medio, un año en Oxford —se rio—. Desde luego, ese acento tan gracioso de inglés estirado lo imita de maravilla. Pero tú nunca hablas mucho de tu pasado, salvo las pocas cosas que me has contado. Estudiaste Ingeniería en Nueva York, y eres amigo de Jack desde la infancia —sonrió—. Tiene que haber muchas cosas más, a no ser que las guardes en secreto. Cuéntame cómo os conocisteis. Me encantaría saberlo.
Weaver tomó un trago de champán y miró más allá de la terraza.
—No hay mucho que contar. Cuando tenía cinco años, mi padre entró de casero para cuidar la finca de la familia de la madre de Jack. Es una casa grande, antigua, en el estado de Nueva York. No habla más niños, los dos éramos hijos únicos, así que creo que es natural que nos hiciéramos amigos o rivales. Pero nos hicimos amigos ya desde el primer momento. En cuanto nos juntábamos, nos pasábamos el tiempo haciendo travesuras por la finca. Su padre nos llamaba «los dos pilluelos». Su familia era rica, claro, y nosotros éramos gente corriente, pero Franz Halder siempre nos trató con respeto, por mucho que viniésemos de diferentes lados de la vía. Nunca fue un esnob y se preocupó también de que su hijo no lo fuera. Incluso de chiquillo, Jack siempre fue un gran compañero y era divertido estar con él. No tiene ni un gramo de presunción en el cuerpo.
—¿Qué te trajo a Egipto?
—El año pasado, al terminar la carrera, empecé a trabajar en una empresa de ingeniería civil de Nueva York. Pero, si te digo la verdad, al cabo de un par de meses empecé a aburrirme. Al padre de Jack le gustaba guardar una parte de su colección en la finca, así que ya de niños habíamos visto esas cosas exóticas que solo se ven en los libros o en los museos, cosas como escarabeos y joyas antiguas, y nos parecían tan maravillosas que nos pasábamos horas mirándolas. Cuando Jack me escribió diciéndome que iba a ir a Egipto a participar en la excavación, me preguntó si me gustaría acompañarlo. Casi no nos habíamos visto en los últimos seis meses, él estaba muy ocupado ayudando a su padre en los negocios de la familia en Alemania y, además, yo estaba deseando alejarme de aquella agobiante oficina de Manhattan. Parecía esa oportunidad que solo sale una vez en la vida, así que decidí rebañar todos los dólares que tenía ahorrados, dejar el trabajo y aceptar el ofrecimiento.
—¿No dejaste atrás alguna novia?
—Ninguna de la que merezca la pena hablar.
—¿Y te arrepientes de lo que hiciste?
—En absoluto. El único problema es que ahora me he malcriado. No creo que sea capaz de volver al tipo de trabajo que tenía antes. Por lo menos hasta que se me acabe el dinero. Ha sido mucho más divertido usar mis conocimientos de ingeniero trabajando en esta excavación que construyendo carreteras en Nueva York.
—¿Sabes qué me sorprende? Que Jack no se hiciera arqueólogo.
—Me parece que es demasiado inquieto para dedicarse solo a una cosa. Dice que siempre será un amateur apasionado, igual que su padre. Ya de niño lo traía aquí de visita, pero seguro que eso ya lo sabías. Y desde que lo conozco ha estado enamorado de este país, fascinado por él, y no solo por su historia, sino por todo lo de aquí: la cultura, la gente. Seguro que a mí se me pegó algo de esa fascinación.
—Te gusta mucho Jack, ¿verdad?
—Siempre ha sido mi mejor amigo —respondió sinceramente Weaver—. Es como el hermano que nunca he tenido. Y doy gracias por su amistad. Además, si no hubiera sido por su padre, probablemente yo nunca hubiera ido a la universidad.
—¿Qué quieres decir?
—Franz Halder me pagó los estudios. Mi padre nunca hubiera podido costearlos, y lo único que tuvo que hacer a cambio fue garantizar que el jardín estuviera siempre lleno de lirios blancos, las flores que más le gustaban a la madre de Jack.
—Por eso —Rachel titubeó—, ¿por eso no hablabas de tu pasado? ¿Te sentías en deuda con la familia de Jack?
—En absoluto —dijo Weaver con convicción—. Simplemente eran buenas personas que quisieron ayudarme a tener unos buenos estudios. Y siempre les estaré agradecido. Pero el padre de Jack no es de esos que te hacen sentirte obligado. Y ninguna cosa así estropearía la amistad entre Jack y yo, de eso estoy seguro. De hecho, nunca ha habido nada que la estropease. Siempre nos hemos llevado divinamente.
—¿Nunca os habéis enfadado?
—Nunca. Supongo que es algo notable. Hemos tenido pequeñas diferencias, claro, pero nada en lo que no pudiéramos ponernos de acuerdo para estar en desacuerdo. Rachel lo miró y dijo con franqueza:
—¿Sabes una cosa? Creo que los dos tenéis suerte. Por haberos conocido, por haberos hecho tan buenos amigos. Lo pensé desde el principio, desde que os conocí. Es algo muy poco frecuente. Algo para cuidar. Y espero que nunca se interponga nada entre vosotros. —Luego sonrió, lo miró a los ojos con una mirada de tristeza en los suyos y, como por un impulso, cogió una flor de uno de los arriates de la ventana y se la puso a él en la solapa, se inclinó hacia él y lo besó suavemente en los labios—. Un pequeño regalo de mi parte. Mucho menos que unos estudios universitarios, pero dado con sinceridad. Estoy tan contenta de que vinieras a trabajar en la excavación, Harry… No puedo imaginarme cómo habría sido sin Jack y sin ti.
Weaver la miró de nuevo, miró sus sugestivos ojos azules y su bonito rostro.
—Yo también te echaré de menos, Rachel.
—¿Lo dices de verdad?
—Completamente. Pero estoy preocupado.
—¿Por qué?
—Todo eso que se dice de lo que está pasando en Alemania con los judíos. Si vuelves allí… —y dejó la frase en el aire.
—No hay ninguna posibilidad de que mis padres y yo volvamos a Alemania —dijo Rachel con tranquilidad—. Por lo menos hasta que se disipe el peligro de esta guerra y los nazis ya no estén en el poder. De momento nuestro hogar será Estambul, y es un sitio seguro. Mi padre tiene muchos contactos allí y seguro que puede conseguir un puesto de profesor más permanente. Pero, para serte sincera, quien más me preocupa es Jack.
—¿Qué quieres decir?
—Va a volver a Alemania, así que es probable que lo movilicen. Pero él es optimista en cuanto al tiempo que durará la guerra. Parece que cree que todo se habrá terminado para Navidad, una vez que Hitler se salga con la suya y se anexione Polonia.
—¿Ha dicho eso?
—Lo oí mencionarlo esta noche. Y supongo que es lo mismo que debe de decir mucha gente. Sobre todo los optimistas. Pero yo no estoy tan segura. Creo que si sigue adelante, puede ser verdaderamente horrible. —Cambió de tema, como para aligerar el ánimo—: En fin, por lo menos hemos pasado este tiempo juntos. Lo recordaré siempre.
Sus miradas se encontraron y algo pasó entre ellos, Weaver estaba seguro y la miró largo rato antes de intentar hablar, quería decirle lo que sentía de verdad, pero entonces vio que ella apartaba la mirada hacia la fiesta y, de repente, la notó incómoda.
—¿Qué sucede?
—No…, nada.
Weaver se volvió a mirar, y a través de la puerta abierta de la terraza descubrió un egipcio de rostro delgado y nariz ganchuda, con un traje de hilo claro, que fumaba un cigarrillo apoyado contra una columna de mármol. Tenía la piel marcada de viruelas, un aire ligeramente siniestro, y les dirigía una mirada penetrante. Pero cuando se dio cuenta de que Weaver lo estaba mirando, desapareció entre la gente. Weaver miró de nuevo a Rachel.
—¿Ese hombre te molestaba?
—Me parece que me ha estado observando toda la noche —dijo estremeciéndose.
—Tal vez sea mejor que averigüe quién es.
Ella le puso una mano en el brazo.
—No, no te preocupes, probablemente sea inofensivo. Solo es que me ha hecho sentir un poco incómoda. Pero ya se ha ido.
Justo entonces dos hombres salieron por la puerta conducidos por Halder; uno era el embajador norteamericano, alto y distinguido; el otro, un joven egipcio de aspecto serio, veintipocos años, vestido con una chilaba tradicional ribeteada con hilo de oro y plata. Halder se adelantó, sonriendo:
—Me temo que al profesor británico están tratando de despabilarlo. Está completamente curda. Pero voy a presentaros al embajador, y a Kemal Assan.
—Es un placer, señorita Stern —dijo el embajador, estrechándole la mano calurosamente—. Soy un gran admirador del trabajo de su padre. Y Kemal lleva toda la noche con la esperanza de conocerla. Tiene un gran interés por las excavaciones, cosa nada sorprendente si consideramos que su padre es uno de los funcionarios más importantes del Ministerio de Antigüedades, aparte de un buen amigo del rey Faruk.
Kemal Assan hizo el saludo árabe, llevándose la mano al corazón y de allí a la cabeza.
—Es un enorme placer conocerla, señorita Stern. Mi país ha contraído una gran deuda con usted y con el equipo de su padre. Han hecho un trabajo maravilloso. Estoy convencido de que el rey Faruk y el gobierno querrán agradecerles a usted y a su familia los esfuerzos realizados, y siempre serán ya huéspedes de honor en Egipto.
—Es muy amable, Kemal. —Rachel miró las luces y la ciudad, consciente de aquella intensa quietud—. Nunca he visto El Cairo tan tranquilo. Es como si estuviera a punto de desencadenarse una tormenta.
—Hay una mala atmósfera en el aire, me temo —dijo Assan, encogiéndose de hombros—. Parece que la ciudad entera esté esperando a ver qué nuevas noticias desagradables nos traerá la guerra.
Jack Halder miró su reloj y dijo diplomáticamente:
—Ahora, caballeros, me temo que debo llevármelos. Rachel tiene que tomar un tren en Port Said mañana temprano y necesita dormir para seguir tan hermosa.
—Espero que muy pronto la veamos de nuevo en Egipto, señorita Stern —dijo Kemal Assan.
El embajador estrechó las manos de todos.
—Hasta la próxima. Y gracias. Ustedes los jóvenes han hecho un trabajo realmente estupendo.
El embajador y Assan se marcharon. Jack Halder tomó un sorbo de champán, dejó el vaso y contempló El Cairo.
—Tienes razón, todo aquello está tan tranquilo como una tumba.
Rachel estaba cansada y miró su reloj.
—Siento mucho estropear la fiesta, pero estoy a punto de derrumbarme. Y mis padres van a marcharse. Los dos están agotados. Siempre pasa lo mismo después de una excavación, especialmente con este clima. Supongo que ponen toda su alma en ello y acaban extenuados.
—No me extraña, ambos trabajaban las veinticuatro horas. —Halder sonrió insinuante—. Incluso cuando todos los demás dormíamos. El otro día por la mañana los vi arrastrarse a su tienda con pinta de haberse pasado media noche excavando. ¿En qué anda metido el profesor, Rachel? ¿Ha descubierto algo que quiere mantener en secreto?
—No creo. —Rachel le devolvió la sonrisa—. Pero ya sabes que mi padre cree que nunca hace lo suficiente. Este trabajo lo es todo para él.
Halder le guiñó un ojo a Weaver, con aire de conspirador.
—Bien, Harry, ¿se lo has preguntado?
Weaver dijo que no con la cabeza, ligeramente incómodo, y Halder dijo:
—Yo tampoco.
—¿De qué estáis hablando? —inquirió Rachel—. ¿Preguntar qué?
Halder le dio un trago largo al champán, como para armarse de valor, y tomó aliento.
—Esto puede resultar embarazoso. Pero, qué diablos, ha llegado el momento. Hay algo que Harry y yo hemos estado meditando, y no hemos tenido el valor de preguntar. Pero dado que te marchas mañana a Port Said, y que Estambul te llama, hemos pensado que haríamos mejor en echarle valor y plantear la cuestión.
—¿Qué cuestión?
—¿Existe la más ligera posibilidad de que estés enamorada de alguno de nosotros dos?
Rachel se ruborizó. Se mordió el labio y por un momento pareció inquieta.
—¿Por qué… por qué no haceros una promesa? Os escribiré a los dos y vosotros me contestaréis. Eso nos dará tiempo a todos para conocernos mejor. Y después partiremos de ahí.
Halder pareció desinflarse.
—Me parece que te estás poniendo muy diplomática.
—No, Jack, solo sincera. Están pasando tantas cosas en mi vida en estos momentos… Marcharnos de Egipto, el traslado a Estambul…
—¿Te hemos puesto en un aprieto? —preguntó Weaver.
—No, Harry.
—Entonces, ¿por qué me siento incómodo? —dijo Halder.
—No tienes por qué. Ninguno de los dos tiene por qué sentirse incómodo. Ya sabéis que os tengo mucho cariño.
—¿Solo cariño?
—Por favor, Jack. Ahora no es el momento.
—Siento que hayamos sacado el tema, Rachel —dijo Weaver y la tomó del brazo—. Ya comprendo que estás cansada. Iré a ver si hay algún coche de la embajada que pueda llevarte al hotel y nosotros te acompañaremos.
—No, odio las despedidas. Quedaos los dos y pasadlo bien, os lo habéis ganado —titubeó, y sus labios temblaban de emoción al mirarlos—. ¿Puedo deciros algo? Ha sido la mejor época de mi vida. Lo digo de verdad. Hasta que volvamos a encontrarnos, adiós.
Fue todo muy rápido, tenía lágrimas en los ojos cuando los besó y los abrazó a los dos y, de pronto, ya se había ido.
La orquesta tocaba un vals. Halder cogió su copa de champán.
—Parecía bastante alterada. Pero en realidad no ha contestado a nuestra pregunta, ¿verdad? Yo, la verdad, me siento un poco decepcionado.
Weaver meditó unos instantes.
—Puedo equivocarme, pero me parece que la promesa de escribirnos solo puede significar una de estas tres cosas.
—¿Cuáles?
—Una, no quiere verse comprometida con ninguno de los dos, y esa es la salida más fácil. Dos, le gusta uno de nosotros, pero la pusimos en una situación incómoda al estar los dos presentes, porque así no podía hablar con franqueza por miedo a decepcionar al otro.
—¿Y tres?
—Le gustamos los dos por igual y necesita un poco de tiempo para decidirse.
—¿Tú crees que es eso?
—No es más que una sensación —respondió Weaver, encogiéndose de hombros—. Tal vez lo que haya que hacer es aceptar sus palabras. Están pasando muchas cosas en su vida. Su familia no puede regresar a Alemania, y Estambul es todo un mundo nuevo al que adaptarse. Y esta noche estaba agotada. Creo que todo ese gran esfuerzo que ha estado haciendo se le ha venido encima.
—Te has puesto muy indiferente, de pronto.
—Prefiero pensar que era sincera, Jack. No es del tipo de mujeres que salta sobre la primera oportunidad. Necesita tiempo. Así que por qué no dejamos ya el tema.
—Pero estás decepcionado porque no nos ha dado una respuesta directa, te lo noto.
—Por supuesto. Es una prolongación de la tortura. Pero por qué no esperar a ver qué pasa e intentar no ahondar más en ello.
—Eso lo dice el ingeniero que hay en ti —dijo Halder, forzando una sonrisa—. Hasta cuando estás inquieto por amor, el lado práctico se impone. Y puede que tengas razón. Me gustaría poder ser así, pero ¡Dios!, la echo de menos. Han sido unos meses tan fantásticos, es una pena que ya se haya acabado todo. Nunca en la vida lo había pasado tan bien como con ella.
Weaver cogió la botella de champán y rellenó las copas.
—Cambiemos de tema. ¿Cuándo te marchas de El Cairo?
—El martes. Vuelvo a casa en avión. No tengo elección, me han movilizado.
Weaver se quedó pasmado.
—¿Así que eso decía la carta?
—Así es. —Halder se encogió de hombros—. Ya sabes que la familia de mi padre viene de una larga estirpe de oficiales prusianos, algunos de ellos fundadores de la academia militar. Se revolverían en sus tumbas si no hiciera caso del llamamiento.
Weaver puso una mano sobre el hombro de Halder.
—Tendrías que habérmelo dicho, Jack. Todo es tan repentino… Estaré preocupado por ti.
—Para serte sincero, no quería estropear los dos últimos días hablando de eso. Y he procurado olvidarme de ello cuanto he podido. Pero no estés preocupado por mí; con mi historial, lo más probable es que vaya a parar a un aburrido puesto de oficinas.
—¿De veras crees que todo se habrá acabado para Navidad, Jack? Rachel dijo que pensabas eso.
—Creo que sí —dijo Halder, moviendo la cabeza—. Los ciudadanos alemanes no quieren otra guerra. Hay demasiados que recuerdan lo mala que fue la última. Estoy casi seguro de que al final prevalecerá el sentido común. ¿Y tú, qué? ¿Qué piensas hacer?
—Ahora mismo estoy algo despistado. El profesor Stern dio a entender que todavía queda algo que limpiar en Saqqara antes de entregar el yacimiento a los egipcios, así que me presenté voluntario con otro par de chicos para hacerlo. Esta noche también me han ofrecido unirme a una expedición por el desierto, de modo que es muy probable que me quede una temporada e incluso que trate de aprender un poco más del idioma. Además, Estados Unidos se ha declarado neutral, así que yo no estoy metido en esta guerra.
—Menuda suerte. Ojalá todo se tranquilice pronto. La verdadera cuestión es que el mundo entero se ha vuelto loco.
—¿Qué quieres decir?
—La guerra ya ha empezado a introducirse por aquí. Corren rumores de que los británicos han desenterrado un transmisor de radio alemán que estaba escondido en un terreno, en la carretera de las Pirámides. Parece ser que ya hay espías trabajando en El Cairo.
Weaver asintió:
—Sí, ya he oído ese rumor. Pero ¿eso qué tiene que ver?
—Hace más de una semana, cuando oímos por la radio la declaración de guerra, yo pude oír a uno de los ingleses de nuestro grupo que decía que Rachel y yo y todos los alemanes de la excavación éramos en realidad agentes enemigos y que no tramábamos nada bueno. ¿Habías oído en tu vida algo semejante? Quiero decir que, para empezar, su madre es judía, y al profesor Stern los nazis le dan asco.
—¿Y qué piensas tú de los nazis, Jack?
Era la primera vez en su vida que hablaban de política, y Halder se quedó ligeramente sorprendido.
—¿Yo? Yo amo a mi patria, pero supongo que a estas alturas ya habrás intuido que no puedo soportar a Hitler.
—¿Lo dices por lo de Polonia? ¿O por lo que les hacen a los judíos? ¿Todas esas leyes racistas y campos de prisioneros y deportaciones de las que hemos estado oyendo hablar?
—Ambas cosas. No se pueden tolerar esas actuaciones crueles, que no es cosa de tantos alemanes decentes. Somos amigos hace tiempo suficiente como para que sepas que no puedo aceptar el tipo de leyes que los nazis han promulgado contra los judíos, ni la manera en que Hitler ha barrido de Alemania a tantos de ellos. Pero no es solo eso. Hitler grita demasiado y no tiene ni una sola pizca de humor. Eso siempre es una mala combinación, sobre todo en un austríaco. —Halder sonrió ligeramente—. Me temo que es también un pelmazo arrogante. Y, lo más importante de todo: tiene todas las hechuras de un tirano. Y al final, todos los tiranos son unos cobardes. Por eso creo que dará marcha atrás antes de que la cosa vaya demasiado lejos.
—Ojalá tengas razón. ¿Pero tienes que volver allí necesariamente?
—Hay una palabra alemana, Pflicht, puede que se la hayas oído usar a mi padre. Significa deber, y algo más. Y es una palabra muy usada en el vocabulario de los Halder. Incluso está en el escudo de la familia. Así que, de algún modo, me siento obligado por mi honor a no manchar el nombre de la familia. Piense lo que piense mi padre de Hitler, creo realmente que no podría vivir teniendo un hijo que se hubiera convertido en el primer objetor de conciencia del clan.
—En ese caso, yo no me preocuparía de que los ingleses dijeran que eres un espía. Me han dicho que también hay alemanes en el equipo que acusan de lo mismo a los franceses e ingleses. Hasta ahora —dijo Weaver, sonriendo—, creo que soy el único del que no se ha dicho nada malo. Y eso me preocupa.
Halder se rio, y Weaver observó a la gente y dijo, más serio:
—Esta noche había un hombre que vigilaba a Rachel. Un egipcio. Delgado, de unos cuarenta años, aspecto algo siniestro, con traje de hilo. ¿Te fijaste en él?
—No. ¿Por qué?
Weaver se encogió de hombros.
—Probablemente no sea nada. A lo mejor tiene un admirador secreto. — Dudó un momento—. ¿Sabes qué se me acaba de ocurrir? ¿Y si Estados Unidos entra en la guerra y quedamos en bandos contrarios? ¿Cómo te sentaría eso?
—Espantoso. —Halder negó firmemente con la cabeza—. Pero nunca seríamos enemigos, Jack. Jamás. Al menos no enemigos personales, por muchas diferencias que tuvieran nuestros países.
—Imagino que no. —Weaver soltó la copa y sonrió—. ¿Pero crees que seguiríamos siendo amigos si hubiera la menor posibilidad de que Rachel eligiera a uno de los dos?
—Sí, siempre. Pase lo que pase. —Halder entrecerró los ojos—. Pero tengo que admitir que es una mujer tan deseable que casi siento tentaciones de pelearme contigo por ella si hace falta —sonrió con buen humor y levantó la copa—. Un último brindis, pues. Por la amistad y por un verano maravilloso.
—Por la amistad —dijo Weaver, levantando la copa—. Te echaré de menos, Jack. De veras. Así que procura tener cuidado. Solo espero que esta maldita guerra no se alargue demasiado.
—Yo también. —Halder guiñó un ojo—. Pero si hay realmente alguna oportunidad para cualquiera de los dos, que el mejor escritor de cartas se lleve la mano de la bella dama.
Jack Halder regresó a Alemania vía Roma en un vuelo regular italiano que salía de El Cairo. A la semana estaba enrolado en la Wehrmacht y era destinado a Berlín como aspirante a oficial. Aunque no admiraba a los nazis, demostraría ser un oficial valiente y aventurero, y su aguda inteligencia y sus conocimientos de idiomas pronto llamaron la atención de la Abwehr, la inteligencia militar alemana.
Fue reclutado personalmente por el almirante Wilhelm Canaris, asignado a la sección especial de operaciones que se ocupaba de los Balcanes y el Mediterráneo, y cuando comenzó con fuerza la guerra en el norte de África fue cedido temporalmente a la División de Próximo Oriente, para trabajar con el Afrika Korps de Rommel.
Al no tener noticias de Rachel Stern durante los seis primeros meses después de su vuelta a Alemania, conoció a Helga Ritter, hija de un médico de Hamburgo, y se enamoró de ella. Era algo que nunca hubiera podido imaginar, porque una parte de él seguía amando a Rachel, y eran muchas las veces que pensaba en ella. Pero su esposa resultaría ser una joven interesante, vivaz y cariñosa. A los diez meses de matrimonio dio a luz un hijo, Pauli.
Rachel Stern nunca escribió a ninguno de los dos muchachos. Tres días después de la fiesta del embajador, zarpó de Port Said con sus padres en el Izmir. Eran los únicos pasajeros de pago a bordo de aquel viejo carguero turco rumbo a Estambul. La segunda noche después de zarpar del puerto, Rachel estaba apoyada en la amura de estribor, pensando aún en aquel extraordinario verano, cuando la sala de máquinas reventó llena de fuego. En la explosión que hundió el Izmir murieron catorce personas, entre ellas su madre.
Los tripulantes que sobrevivieron abandonaron el barco mientras las llamas devoraban la cubierta. Rachel y su padre se las arreglaron para trepar a uno de los botes de salvamento junto a dos marineros turcos malheridos. El padre seguía aferrado a la cartera donde llevaba los valiosos mapas y notas de su excavación en Saqqara. En la oscuridad se alejaron de los otros botes salvavidas, y poco antes de medianoche se levantó una tormenta. Su minúscula embarcación era zarandeada por olas de tres metros y azotada por vientos furiosos. El tiempo mejoró al amanecer, pero para el mediodía los marineros habían muerto y Rachel y su padre estaban exhaustos, deshidratados y quemados por el ardiente sol mediterráneo.
Al ir cayendo la tarde se vislumbró en el horizonte una silueta gris que navegaba hacia ellos. Rachel pensó al principio que se trataba de un barco de la marina británica que buscaba supervivientes, pero cuando lo tuvo más cerca vio la esvástica roja y negra de la Kriegsmarine alemana. Su padre y ella quedaron retenidos a bordo del buque mientras atracaba en Nápoles para repostar combustible, y dos semanas después llegaban a Hamburgo, donde muy pronto los recibió la Gestapo.
Harry Weaver permaneció en Egipto mucho más tiempo del que había pensado, y trabajó con un grupo americano explorando el desierto en busca de restos arqueológicos hasta seis meses antes de que Rommel aterrizase en Trípoli, en febrero de 1941. Entonces tomó un avión a Lisboa y de allí a Londres, y regresó a Estados Unidos vía Southampton. Se presentó voluntario al día siguiente del ataque japonés a Pearl Harbor.
Había tenido noticias del naufragio del Izmir cuando aún estaba en Saqqara. Era poco más de medianoche cuando alguien llegó a su tienda con un periódico y le enseñó la noticia, que decía que los únicos supervivientes eran cuatro tripulantes turcos cuyo bote salvavidas había recogido un pesquero maltés.
Al leer la noticia a la luz del quinqué, lloró. Amaba profundamente a Rachel, y había deseado tanto decírselo aquella noche, en la terraza del embajador, y sin embargo no tuvo oportunidad, realmente, o no tuvo valor. Después hizo lo que cualquier joven embargado por la pena hubiera hecho en esas circunstancias. Dejó a un lado el periódico, sacó una botella de whisky de la mochila y se emborrachó.
Pero lo último de todo lo que hizo antes de acabar por dormirse fue contemplar aquella fotografía que guardaba como un tesoro, la de ellos tres juntos. Rachel, Jack y él. Tres chicos jóvenes, sonrientes, abrazados de pie en medio de las arenas del desierto de Saqqara. Fueron tiempos felices.