Las arenas de Saqqara
Capítulo 57
57
Berlín
22 de noviembre, 19:00 h
El chófer deslizó el Mercedes hasta detenerlo en el patio cerrado detrás del edificio de la cancillería y Schellenberg descendió. Un olor acre lo invadió de inmediato y se cubrió la boca y la nariz con la mano. No había dejado de ver un par de grandes cráteres de bomba humeantes en los terrenos de la cancillería, ni las docenas de penachos espesos, negros y grasientos que se elevaban al oeste de la ciudad, y aún podía oír a lo lejos el tañido de las campanas de los coches de bomberos. Berlín estaba cubierta por un manto de humo sofocante, y después de otro ataque aéreo devastador al final de aquella tarde, el cielo estaba tan oscuro que parecía como si el mundo fuera a acabarse.
Dos guardias de la división Liebstandarte de las SS, la guardia privada de Hitler, de inmaculados uniformes negros y guantes blancos, se pusieron firmes cuando Schellenberg pasó a su lado para entrar en el vestíbulo del búnker, donde un ayudante que lo esperaba recogió su abrigo y lo condujo directamente por los dos tramos de escalera que llevaban al despacho privado subterráneo del Führer.
Schellenberg fue introducido en la austera sala de hormigón visto, y encontró a Hitler ansioso, retorciéndose las manos y paseando arriba y abajo.
—¿Y bien?
—He estado esperando personalmente en la sala de cifra del cuartel general de las SS desde primera hora de la tarde, y regresaré allí inmediatamente, pero aún no hay nada, mein Führer. De todos modos, como ya he explicado, no esperamos que Deacon transmita hasta por la noche.
Hitler pareció seriamente contrariado.
—¿Y Skorzeny y sus hombres?
—En alerta, preparados y a la espera. El coronel me informa de que pueden despegar y estar camino de El Cairo a los cinco minutos de recibir nuestras órdenes.
—Esta tarde, los bombarderos aliados han destruido una docena de fábricas más, por no hablar de los impactos directos en dos estaciones de ferrocarril.
—Sí, lo he oído, mein Führer. Un mal asunto.
—¿Malo? ¡Catastrófico! —La cara de Hitler se puso morada, las venas del cuello y la frente, hinchadas—. Docenas de vagones destruidos, cientos de bajas civiles y militares, interrupción total de nuestros envíos de armamento por ferrocarril al frente ruso, la producción de cuatro de nuestras factorías de tanques y armas ligeras parada. Todo empeora, Walter. Cada día se pone peor. Si esto continúa así, a nuestros ejércitos solo les quedarán palos y piedras para luchar.
—Estoy convencido de que el ministro de la Producción Speer hará lo imposible para arreglar el asunto rápidamente.
—Si no lo hace, lo colgaré por el cuello de una soga. —Hitler se dejó caer en un sillón de cuero, su cuerpo encogido de desesperación—. Así pues, ¿sigues pensando que Halder puede continuar y llevar a cabo su misión?
—Estoy convencido de ello.
Hitler miró a Schellenberg con frialdad.
—Tu optimismo es envidiable como siempre, Walter. Pero si Esfinge falla, y acuérdate de mis palabras, rodarán cabezas. Quizá también la tuya. Cada día que pasa se hace más y más imprescindible que aniquilemos a nuestros dos enemigos mortales, Roosevelt y Churchill. Dos bombas han caído en los terrenos de la cancillería esta tarde. ¿Puedes creerlo? Tratan de matarme a mí, Walter. ¡A mí! Tenemos que destruirlos a ellos primero, antes de que ellos nos destruyan a todos nosotros.
—Estoy completamente de acuerdo, mein Führer.
—En el mismo instante, en el mismo, en que recibas un mensaje de Deacon, llámame personalmente. Ahora puedes retirarte.
El Cairo, 20:00 h
Weaver subió por la escalera y pasó junto a los dragomanes uniformados a la entrada del Shepheard’s. Encontró un sitio vacío bajo las palmeras de la terraza de delante. Era noche de viernes y las calles estaban atestadas. Pidió un whisky escocés largo y se quedó allí sentado, notando apenas el tráfico que pasaba por delante del hotel.
Había telefoneado a Clayton por lo menos media docena de veces, pero el general no se ponía al aparato. Se sentía rabioso y frustrado: Y tenía una extraña sensación de la que era consciente, ahora que había superado el shock de ver a Rachel viva. El hecho de que estuviera con Jack Halder lo había puesto celoso; era una sensación tan fuerte que casi le hizo desear la muerte de Halder. Era como si lo hubieran herido, un dolor que se extendía por todo su cuerpo.
Pidió otro whisky largo a un camarero que pasaba por delante de él. El alcohol se le subía rápidamente a la cabeza con el aire cálido del atardecer, pero no le importaba.
—Hola, Harry.
Vio a Helen Kane de pie a su lado.
—¿Te importa si me quedo contigo?
Quedó sorprendido de verla, y se sintió ligeramente incómodo.
—No, desde luego que no. ¿Cómo has sabido que estaba aquí?
Helen acercó una silla.
—No lo sabía. Fui a la villa, pero allí no había nadie. Y cuando pasaba de vuelta a la oficina te vi en la terraza. —Lo miró con simpatía—. Ya he sabido lo que pasó con Sanson. Pensé que te vendría bien un poco de compañía. Y también quería pedirte disculpas.
—¿Por qué?
—Por mi comportamiento de esta tarde. Era muy egoísta eso de jugar a la mujer ofendida y pensar solo en mí misma. Tú eres una buena persona, Harry Weaver. Y, con toda sinceridad, te creo cuando dices que Rachel Stern es inocente.
Weaver puso una mano sobre las de ella, y esta vez no las apartó.
—Siento mucho lo sucedido, Helen. Solo es que…
—No tienes que darme explicaciones, de verdad.
Weaver sintió una terrible punzada de culpa, y cambió de tema rápidamente.
—¿Te importa que te pregunte si Sanson ha hecho algún progreso?
Helen se ruborizó, apartó la mano poco a poco.
—Me imagino que no debería contártelo, pero hubo una llamada de un tal sargento Morris de la comandancia de policía militar. Era en relación con lo que Sanson les había pedido sobre vehículos robados. La semana pasada hubo exactamente cuatro robos, todos ellos en los últimos cinco días, todos ellos militares y todos del mismo parque de automóviles en El Cairo.
—¿Qué clase de vehículos?
—Un jeep y tres camiones. El sargento parecía pensar que era raro que los cuatro los hubieran robado casi simultáneamente. Y otra cosa. Cogieron tres uniformes de un almacén de ropa más o menos al mismo tiempo que el jeep, lo que le hizo sospechar de que pudiera haber algo más detrás de todo eso.
—¿Uniformes?
—De la policía militar. Uno de oficial, dos de suboficial. El sargento insinuó que podía haber alguna información sobre los robos.
—¿Qué clase de información?
—No lo dijo.
Weaver aguzó la mirada.
—¿Y qué va a hacer Sanson?
—Está en camino de vuelta de Alejandría. No creo que haya sacado mucho del interrogatorio del agente árabe que cogió Myers.
—¿Cuánto tiempo falta hasta que esté de vuelta?
—Una hora, tal vez más.
Saltó una chispa en la cara de Weaver, y Helen Kane dijo, seria:
—Si estás pensando lo que creo que piensas, ni se te ocurra, Harry. Si Sanson descubriera que has actuado a sus espaldas te llevaría a un consejo de guerra. —Se levantó y añadió—: Será mejor que me vaya. Tiene a todo el mundo trabajando las veinticuatro horas. ¿Te importa que te diga una cosa? Confío por tu bien en que Rachel Stern no salga mal parada de todo esto, y lo digo de verdad. —Sonrió con coraje, aún levemente nerviosa—. Pórtate bien, Harry.
—Espera, Helen…
Pero ella se giró, bajó a toda prisa los escalones de la terraza y se marchó.
Deacon detuvo el Packard junto a la cara oeste de la pirámide de Keops. Bañado por la pálida luz plateada de la luna, el antiguo monumento funerario resultaba verdaderamente impresionante, su silueta gigantesca llenaba el cielo de la noche. En las proximidades había toda una serie de tumbas en ruinas dispersas, todas ellas hechas de cubos macizos de piedra caliza, docenas en torno a las pirámides. La mayor parte de los bloques estaban en completo desorden, como si la fuerza de un terremoto los hubiera desperdigado por allí.
Cuando se bajaron del coche en medio de la oscuridad y las sombras, Halder le dijo a Rachel:
—Lo mejor es que nos muestres el camino. —Se giró hacia Kleist y Deacon—: Traeremos las cosas del coche, pero no enciendan las lámparas de aceite todavía.
Recogieron del maletero un par de palas, un pico, varias lámparas de aceite, un pie de cabra grande, unos rollos de bramante y dos cantimploras de agua, y, tropezando con las piedras, fueron dando tumbos en la oscuridad unos cincuenta metros hasta que Rachel dijo:
—Es por allí abajo. Estoy segura.
Señaló las ruinas de una de las tumbas. Era poco más de una depresión hundida en la tierra, un cuadrado de unos cuatro metros de lado y dos metros de profundidad, rodeada de un amasijo de enormes bloques de caliza. Algunos, rotos y agrietados, se habían caído sobre la abertura.
—Mi padre dejó hecha una señal, encima de la entrada, en un bloque de piedra.
—¿Qué clase de señal?
—Dos líneas paralelas cinceladas en la piedra.
Descendieron por la abertura, pero era imposible ver nada con claridad a la luz de la luna.
—Encendamos alguna luz —dijo Halder.
Encendieron un par de lámparas de aceite y fueron buscando por las paredes hasta que Kleist dijo de pronto:
—¿Es esto lo que busca, comandante?
Halder y los otros se acercaron a él. Había una pila de viejos despojos, pedazos de tierra y roca amontonados cerca de la esquina derecha del fondo de la tumba. Sobre ese montón, en uno de los bloques de piedra que formaban las paredes, se veía un inconfundible par de líneas rectas.
—Sí, esto es —dijo Rachel—. La entrada tiene que estar debajo de esa pila, tapada con una losa de roca.
Halder cogió el pie de cabra y fue apartando los escombros Debajo había una gran piedra redonda, de poco más de medió metro de diámetro, plana, sobre la tierra. Con la palanca intentó levantarla hacia atrás, pero no se movía.
—No se puede, pesa muchísimo y está muy encajada. —Se quitó la camisa y la arrojó lejos, sudando a mares con aquel calor agobiante—. Écheme una mano, Kleist.
El SS se unió a él y juntos colocaron la palanca y la empujaron con todas sus fuerzas, gimiendo por el esfuerzo pero, aun así, la losa no se movió.
—Traiga el resto de las herramientas y ayúdenos un poco —gritó Halder a Deacon.
Los tres fueron trabajando en torno al borde con el pie de cabra, el pico y la pala, sudando en la oscuridad, liberando la losa y haciendo fuerza juntos hasta que empezó a moverse un poco. Cuando por fin consiguieron levantarla, la losa cayó hacia atrás con estruendo, y un soplo repentino de polvo y aire viciado se alzó hacia ellos.
Se taparon la boca hasta que el aire se aclaró y Halder levantó la lámpara. Había un pequeño cerco de roca que rodeaba un agujero redondo, negro, que descendía hacia la oscuridad, dejando sitio apenas para que un hombre reptase por él.
—Me parece que estamos en el sitio adecuado.
Con excitación creciente, Halder fue desenrollando el hilo de uno de los rollos de bramante y lo ató a una losa.
—Iré yo primero. Deacon, es mejor que usted se quede aquí y vigile. Si viene alguien, tire fuertemente de aquí un par de veces. ¿Lo ha entendido?
—Lo que usted diga, comandante.
Halder cogió la lámpara de aceite, puso una rodilla en tierra, dispuesto a entrar por el agujero, y miró a Rachel y a Kleist.
—Ha llegado el momento de la verdad. Si no hay peligro, daré un tirón a la cuerda y ustedes me seguirán hacia el interior.
Avanzó unos cinco metros; era un recorrido claustrofóbico, y el aire estaba estancado. El suelo estaba cubierto de esquirlas sueltas de caliza áspera, y cuando llegó al final del pasadizo se encontró en una estrecha bóveda vertical. Hacía un frescor agradable. Se puso de pie, se sacudió el polvo y cogió la lámpara.
Estaba en una cámara, oscura y fantasmal, de casi unos tres metros de ancho, tocando el techo con la cabeza. En el centro había un sarcófago grande de piedra, cubierto por una espesa capa de polvo marrón. Pasó los dedos sobre la tapa mugrienta del antiguo ataúd, dejando a la vista la superficie bien pulimentada de debajo, con jeroglíficos grabados en algunas partes. Levantó la lámpara y giró lentamente, haciendo una circunferencia.
Las paredes de la cámara estaban decoradas con jeroglíficos aún más maravillosos, los colores, a pesar de los siglos que habían transcurrido, continuaban vividos y frescos, y durante unos momentos se maravilló del fantástico esplendor de todo aquello, hasta que de repente se sobresaltó al descubrir dos restos de esqueleto que yacían amontonados en el fondo de la pared de la izquierda, las órbitas de los cráneos lo contemplaban como espectros. Halder se estremeció.
Al extremo de la tumba había un agujero abierto en el suelo, que daba paso a la oscuridad. Se arrodilló y continuó adelante, reptando sobre el vientre. Esta vez, el pasadizo no medía mucho más de medio metro, y desembocaba en una gruta. Las paredes de roca tenían casi dos metros de ancho, y el techo formaba un ángulo apuntado medio metro por encima de su cabeza. Era evidente que aquella oquedad se había formado naturalmente, y se alargaba unos diez pasos antes de llegar a un arco en la roca. Se acercó allí, se agachó para pasar por la entrada de poca altura y vio que el pasadizo continuaba hacia la oscuridad.
Reptó nuevamente hacia la cámara de enterramiento, tiró con fuerza de la cuerda y gritó por el túnel:
—Ya pueden venir. Traigan alguna herramienta, las cantimploras y la bolsa.
Unos minutos después llegó Kleist, reptando y gruñendo, mientras empujaba delante de él las palas y la palanca, y después apareció Rachel con la bolsa de ropa y las cantimploras.
—¿Has encontrado el pasadizo? —le preguntó.
—Por allí —dijo, señalando la entrada, y luego movió la lámpara sobre los esqueletos.
—Los restos de los ladrones de tumbas de que te hablé —dijo Rachel.
Halder lanzó una mirada seca a Kleist.
—No es una compañía muy agradable, ¿verdad? Esperemos solamente que no sean un mal presagio. —Dejó la lámpara en el suelo y se arrodilló, dispuesto a entrar de nuevo en la gruta—. Muy bien, síganme, y veremos adónde conduce el pasadizo. Y tengan mucho cuidado al avanzar.
Después de los primeros diez pasos, el suelo de la gruta se inclinaba hacia abajo a lo largo de unos siete metros y luego volvía a ascender. Avanzaban con facilidad, las paredes se iban estrechando y ensanchando aquí y allá, pero se pasaba con bastante comodidad, y mientras Kleist llevaba la lámpara, Halder iba soltando con cuidado el hilo, procurando evitar que se enganchase en los bordes filosos de las rocas. Fue contando el número de pasos. Cuando habían dado unos doscientos, llegaron al final del túnel.
Una losa inmensa de piedra, de por lo menos cinco o seis toneladas, se cruzaba en su camino y se empinaba hacia el alto techo. Halder movió la lámpara, describiendo un arco, pero no pudo ver el modo de seguir adelante.
—A no ser que esté muy equivocado, aquí no hay salida —le dijo a Rachel, y su voz resonó por las paredes de la gruta.
Ella señaló a lo alto, donde la losa inclinada tocaba el techo.
—Tendrías que poder ver unas rocas cerca de lo más alto. Allí está la salida, creo.
Halder levantó la lámpara. En efecto, entre la parte superior de la enorme piedra y el techo había alojada una montañita de guijarros y escombros.
—Ayúdeme a subir —ordenó a Kleist.
El SS hizo estribo con las manos y lo empujó hacia arriba. Halder se mantuvo en equilibrio sobre la peña inclinada, aguantó un par de minutos, mientras sus botas arañaban la roca, y por fin consiguió sujetarse con firmeza.
—Ahora páseme una pala, y trate de alumbrarme un poco.
Kleist lo hizo, dirigiendo la luz de la lámpara hacia la oquedad, mientras Halder apartaba los escombros, con el cuerpo y el rostro bañados en sudor, la hoja de la pala lanzando destellos bajo la luz cuando él la movía febrilmente y quitaba de delante guijarros y arcilla. De pronto, una masa de residuos cayó en avalancha, y dejó el pasadizo inundado de polvo. Un ruido fantasmal llenó de susurros la gruta, y un hilo de aire fresco les lamió las caras e hizo temblar la llama de la lámpara. Cuando se aclaró el polvo, Halder miró para arriba y vio un pozo entre las rocas que llevaba hacia arriba con anchura más que suficiente para poder pasar por él. Se enjugó el sudor de la cara y dijo:
—Voy a ver adónde lleva. Esperen aquí.
Devolvió la pala a Kleist y trepó para pasar a través de la sombría abertura. Instantes después, estaba agarrado con firmeza a la roca, apoyando la espalda a un lado y los pies al otro, aferrándose con las manos a la piedra y haciendo fuerza desesperadamente para impulsarse hacia arriba. Al cabo de un par de metros llegó a lo más alto. Vio la luz de la luna, aspiró el aroma del tibio aire perfumado, y se izó a sí mismo sobre el borde, hasta el exterior.
Estaba en una ligera hondonada del suelo, toda la zona circundante en total oscuridad y parcialmente protegida por un círculo de arbustos desordenados. A su alrededor se extendía un amplio prado muy bien cuidado. Al principio no veía más que la oscuridad, pero luego descubrió una valla que cercaba el perímetro a unos ochenta metros, vigilada por docenas de soldados de infantería norteamericanos y británicos, algunos con perros.
Detrás de él había un gran edificio, a unos cien pasos de distancia, quizá, que tenía delante unas praderas de césped salpicadas de macizos de flores y palmeras. Todas las ventanas ardían de luces. Reconoció el Mena House. Sobre el tejado asomaba el bulto de sacos de tierra de un emplazamiento de ametralladoras, y un poco detrás de él, los apéndices gemelos de una batería antiaérea apuntando al cielo. Varias de las ventanas situadas bajo el parapeto del tejado estaban encendidas, y pudo ver un par de tanques Sherman estacionados delante del hotel.
En ese preciso momento, dos soldados aparecieron entre las palmeras, con el fusil al hombro, hablando despreocupadamente mientras iban paseando hacia él por la hierba. Halder se aplastó contra el suelo, esperó a que los hombres hubieran pasado a corta distancia, y luego volvió a saltar al interior del túnel, con los pies por delante. Instantes después, bajaba poco a poco por la superficie de la roca gigante y regresaba al túnel.
—¿Qué? —preguntó Kleist con expectación.
—Me parece que podemos hacer algo.
El oficial de las SS resplandeció, con evidente excitación. Halder le dijo a Rachel:
—Coge una de las lámparas y vuelve a donde está Deacon. Espera allí hasta que volvamos.
—¿Ya no me necesitáis más?
—No. Tu trabajo ya está hecho —dijo Halder, le sonrió y le apretó el brazo, dándole ánimos—. Luego me reuniré con vosotros —añadió, y vio que tenía cara de preocupación.
—Hagas lo que hagas, ten mucho cuidado, Jack.
Cogió una de las lámparas de aceite y se fue hacia el pozo Halder quitó el tapón de una de las cantimploras, se puso un poco de agua en la palma de la mano y se limpió la cara; luego le dijo a Kleist:
—Páseme la bolsa con los uniformes, luego arréglese usted un poco. Vamos a subir a echar una ojeada como Dios manda.
—¿Le importaría decirme exactamente qué hay ahí arriba?
Halder se lo explicó, mientras peleaba por quitarse la camisa, se secó la cara con ella y empezó a ponerse el uniforme de capitán.
—El pozo lleva a los jardines del hotel, a unos cien pasos del edificio principal.
—Eso suena demasiado bonito para ser verdad —dijo el SS, resplandeciendo de nuevo.
—Por eso no tenemos que hablar antes de tiempo. Hay un montón de guardias, y recuerde: tenemos que confirmar si nuestros objetivos están ahí dentro. Y aunque lo estén, tenemos otra preocupación: habrá que ensanchar la entrada de la tumba, y este pozo de aquí. Docenas de paracaidistas con equipo de combate completo tendrán que pasar reptando por esos agujeros, por no hablar de que deberán volver por el mismo camino.
—Puede hacerse —Kleist asintió firmemente con la cabeza—, de eso puede estar bien seguro —añadió con excitación creciente.
—Ya veremos. —Halder terminó de ponerse el uniforme y se abrochó la guerrera, mientras Kleist empezaba a meterse en el suyo—. Será mejor que apague la lámpara antes de que subamos. No vaya a ser que alguien de allí arriba note aunque sea un mínimo resplandor aquí abajo. Si algo va mal y no lo consigo, intente regresar junto a los otros y aléjense de aquí tan de prisa como puedan. —Un destello de preocupación asomó en los ojos de Halder—. Y una cosa más, no le haga daño a esa mujer bajo ninguna circunstancia, ¿está bien claro, Kleist? Si yo no vuelvo, limítese a dejarla marchar, y quiero que eso me lo prometa ahora mismo. Ya ha cumplido con creces su trabajo en todo este asunto. No merece morir.
Una ligera sonrisa revoloteó por el rostro de Kleist, mientras terminaba de ajustarse el uniforme.
—Lo que usted diga, mi comandante. Pero estoy completamente seguro de que volverá usted. Según creo, tiene una prenda que recobrar.
Halder lo miró en silencio, después se caló la gorra de oficial.
—Deme un empujón para subir.
Kleist puso otra vez las manos en estribo. Halder trepó a la peña y luego ayudó a subir al hombre de las SS. Un momento después apagó la lámpara y la gruta quedó sumida en las tinieblas. Volvió a trepar por el pozo, hacia arriba. Kleist iba tras él.