Las arenas de Saqqara
El presente
74
El Cairo
Eran casi las tres de la mañana cuando Weaver terminó de hablar. El salón del hotel estaba vacío y el personal del bar se había ido a casa. Hacía horas que el jamsín había dejado de soplar sobre la ciudad, se había instalado una bruma espesa que la cubría con un velo fantasmal y por el Nilo una sirena avisaba de la niebla. Se apagó, y Weaver dejó su vaso.
—Bueno, Carney, aquí tienes tu cuento.
Lo miré, asombrado.
—Es casi increíble.
—Casi, sin duda, pero es la verdad de lo que sucedió, la auténtica verdad. Supongo que mantendrás la promesa que me hiciste de no publicar nada hasta que me haya muerto. Es decir, si es que sigues queriendo escribirlo.
—Por supuesto, tiene usted mi palabra. Solo me pregunto si habrá alguien que se pueda creer semejante historia. —Dudé un momento—. ¿Puedo preguntarle una cosa?
—Adelante.
—¿Cómo se enteró de lo del cadáver en el depósito? ¿Y qué le hizo sospechar que Halder podía seguir vivo después de tantos años?
—Tengo un amigo abogado en El Cairo, ya es un hombre viejo, lo contraté hace muchos años para que me ayudase a buscar a Jack. Leyó la nota del periódico, igual que tú, y me avisó inmediatamente. El nombre y la edad del muerto, y su nacionalidad alemana, parecían demasiada coincidencia para no investigar un poco. Así que me metí en el primer vuelo que pude y llegué ayer por la tarde. Y tuve suerte, por cierto. El viento hizo que cerraran el aeropuerto menos de diez minutos después de que aterrizásemos.
—¿Y no tenían pruebas más contundentes que esas?
—Alguna, pero de hace mucho tiempo.
—¿Cuánto?
—Unos años después de la guerra descubrí que la finca de la familia Halder en Nueva York había sido vendida a través de los abogados de un banco suizo, en Zurich. Como los padres de Jack habían muerto, me pregunté, como es lógico, quién habría autorizado la venta. Me puse en contacto con el banco pero se negaron a darme información. Ya conoces a los suizos, son unos paranoicos en eso del secreto y la protección de los intereses de sus clientes, de manera que mis investigaciones no me llevaron a ninguna parte, a pesar de la ayuda de algunos antiguos contactos en los servicios de inteligencia. Después, unos meses más tarde, recibí una postal de Casablanca, como caída del cielo. Decía simplemente. «Todo va bien. Jack».
—Así que escapó y sobrevivió.
Weaver asintió con la cabeza.
—Intenté dar con él durante años, pero me resultó imposible. Franz Halder había sido un hombre muy respetado y querido, tenía montones de contactos importantes en el Próximo Oriente, gente que habría ayudado a su hijo con mucho gusto. Jack podía moverse fácilmente por toda la región. Además, su padre era rico. Estoy seguro de que tendría ahorros en una cuenta bancaria en algún lugar del mundo, y con eso y la venta de la finca le bastaría para conservar el anonimato durante el resto de su vida.
—¿Cree usted que Jack Halder supo la verdad de lo que le había pasado a su hijo?
—No me cabe la menor duda. Hace muchos años fui a visitar la tumba de Pauli en Berlín. Está enterrado junto a su madre. —Weaver hizo una pausa—. ¿Sabes lo más extraño? Que había dos lirios frescos sobre la lápida, uno para cada uno. Al parecer, un florista de Berlín ponía las flores una vez al mes. Lirios blancos, exactamente los mismos que mi padre cultivaba para la madre de Halder. Acabé descubriendo que la orden venía del mismo banco de Zurich, lo que me dejó igual que antes. La última vez que visité las tumbas fue hace cinco años. Y allí estaban las flores frescas, igual que siempre. Otro dato que me hizo sospechar que Jack seguía vivo.
Fui a rellenar mi vaso pero la botella que teníamos delante estaba vacía. Volví a dejarla.
—Y los demás, ¿qué fue de ellos?
—Estoy seguro de que ya sabes lo que le pasó a Canaris. Poco después de que Esfinge fracasara, la Abwehr fue disuelta y el SD se hizo cargo de sus funciones. Canaris fue detenido por formar parte del grupo que conspiró contra Hitler, y luego ahorcado. Acabó por saberse que había estado facilitando información importante a los aliados durante años, a través de la inteligencia británica. Schellenberg, fiel a sí mismo, continuó elaborando planes demenciales. Una semana después de la Operación Esfinge intentó una cosa muy parecida, esta vez en Teherán, donde estaban reunidos Roosevelt, Churchill y Stalin. Estuvo a punto de salirle bien otra vez, pero acabó fracasando de nuevo. Fue capturado por los aliados y condenado en Nuremberg, en 1949. Escapó de la horca pero estuvo preso por criminal de guerra, fue liberado a los dos años por mala salud y murió poco después de un cáncer de pulmón. Himmler también fue capturado cuando intentaba escapar disfrazado de recluta, pero se suicidó antes de llegar al juicio, tomando una ampolla de cianuro que llevaba escondida en la boca. Y en cuanto al resto, Reggie Salter sobrevivió a sus heridas, lo creas o no, pero seis meses más tarde un tribunal militar lo declaró culpable de deserción y asesinato y fue fusilado. Harvey Deacon tuvo el mismo destino, por delito de espionaje.
—¿Y qué fue de Sanson y Helen Kane?
—Sanson estaba en lo cierto desde el principio, es evidente. Y tengo que admitir que era un buen soldado, a pesar de nuestras diferencias. Era uno de esos ingleses a los que quieres tener a tu lado en una batalla difícil: impetuoso, implacable, decidido a no dar cuartel al enemigo. Siguió destinado en El Cairo hasta que terminó la guerra y luego volvió a Inglaterra. Sorprendentemente, llevó con mucho éxito un negocio de relaciones públicas durante años, hasta que se jubiló. Falleció hace diez años, en Londres. — Weaver titubeó, los ojos se le enturbiaron—. Y en cuanto a Helen Kane, supo que su novio estaba prisionero en un campo alemán en Grecia. Después de la liberación de Atenas volvieron a reunirse, se casaron y acabaron instalándose en Inglaterra. Dios sabe si estará viva todavía. Pero me acuerdo de ella a menudo. Era una mujer excepcional.
—¿Sabe lo que me intriga? Que una historia así haya podido permanecer ignorada tanto tiempo. Resulta increíble.
—En estos años han aparecido un par de alusiones veladas en algunos libros de historia, pero admito que nunca se ha publicado nada sustancial, y desde luego, la verdad completa, no. No tendría que sorprenderte que se haya mantenido en secreto, si lo piensas bien. En un momento tan crítico de la guerra, americanos e ingleses se hubieran sentido totalmente desmoralizados sabiendo que los nazis habían estado tan peligrosamente cerca de matar a sus líderes, por no hablar del efecto que hubiera producido entre las tropas. Washington y Londres le echaron al asunto un buen cerrojo de seguridad, el más fuerte que yo haya visto. Tampoco Berlín se sintió muy inclinado a admitir el fracaso. A finales de 1943, los nazis empezaban a verse entre la espada y la pared, y necesitaban victorias, no derrotas. Aquella humillación no hubiera sido precisamente una inyección de moral para sus fuerzas armadas, de modo que Hitler dio instrucciones de que se destruyeran todos los papeles en torno a Esfinge, y todo el personal que estaba al corriente se juramentó para guardar el secreto. Además, en aquellos días circulaban un montón de historias, algunas verdaderas y otras increíbles. Que los aliados planeaban asesinar a Hitler, o secuestrar a Rommel, que Hitler iba a pillar a Roosevelt o a Churchill, o a cualquier otro alto jefe aliado. Era difícil distinguir la realidad de la ficción. Cuando terminó la guerra, me imagino que lo de Esfinge se perdió entre el montón.
—¿Y usted qué hizo?
Una sonrisilla irónica jugueteó en los labios de Weaver.
—No me hicieron consejo de guerra, si eso es lo que quieres saber. Y eso fue lo más raro. Por alguna razón que solo él sabía, Sanson no me denunció. Se planteó la cuestión de la desaparición de Halder, naturalmente, pero no se investigó ni se discutió más el asunto. Puede que, en el fondo, Sanson supiese realmente lo que yo tenía que sufrir con aquel conflicto entre el deber, el amor y la amistad. Después de aquello, me convertí sin querer en un experto en seguridad presidencial. ¿Qué podía decir? ¿Que la vida de Roosevelt la había salvado en parte un agente alemán al que habían enviado para matarlo y al que yo ayudé a escapar? Eso hubiera levantado preguntas no deseadas sobre lo que realmente había pasado con Jack. Así que me imagino que preferí no remover el asunto.
—¿Cómo se enteró de todos los datos de la verdadera identidad de Rachel Stern?
—Algunos de los archivos personales del SD cayeron en manos aliadas en el 45. El suyo estaba entre ellos y conseguí hacerme con una copia. También tuve la suerte de poder entrevistarme con Schellenberg cuando estaba preso. Él fue quien me puso al corriente del resto de la historia.
Estudié el rostro de Weaver y le pregunté:
—¿Cree que realmente estaba enamorada de ustedes dos?
Permaneció un momento en silencio, con una mirada añorante en los ojos, un atisbo de tristeza infinita.
—¿Sabes?, me imagino que nunca podré saber la respuesta a esa pregunta. Tendré que llevármela a la tumba. Pero quizá es como tiene que ser. Hay preguntas que están mejor sin contestar. Aunque, si quieres que te sea sincero, siempre me gustó pensar que era así.
—¿Y qué sucedió con su cuerpo?
—Fue enterrada en una tumba sin lápida, en el desierto, cerca de Saqqara. No hubo verdadera ceremonia religiosa, fue un entierro militar, con un pequeño destacamento, y un sargento leyó un breve pasaje de las Escrituras, el que a él le pareció más apropiado para las circunstancias. —Weaver movió la cabeza—. Yo no asistí. Supongo que no me sentía con fuerzas. Pero después me fui hasta la tumba y recé una oración en su memoria.
—¿Y su familia?
—Himmler nunca fue hombre de cumplir sus promesas, por supuesto. A pesar de que Schellenberg rogase clemencia, su padre fue ejecutado con los otros conspiradores contra Hitler, lo mismo que sus dos hermanos menores, a los que quería tanto, unos inocentes que no tenían absolutamente nada que ver con la conspiración. Solo se salvó la madre, pero falleció poco después, la pobre mujer.
—¿Y por qué cree usted que Halder nunca trató de verlo otra vez? —le pregunté mirándolo fijamente—. ¿Por qué había de permanecer escondido todos estos años? Dijo usted que en Estados Unidos lo hubieran ahorcado por traidor. Pero eso seguramente era una posibilidad remota. Era un soldado, no un criminal de guerra. ¿Y por qué el secreto?
Weaver tomó aire y suspiró profundamente.
—Probablemente tienes razón. Dios sabe que he pensado en eso muchas veces, pero solo se me ocurren un par de razones para explicar por qué se mantuvo oculto y nunca más se puso en contacto conmigo, y las dos están relacionadas. Una, que era un hombre muy orgulloso. Creo que de algún modo consideraba que había abandonado la patria de su madre al colaborar con los nazis, eso en primer lugar. Pero lo cierto es que no tenía elección. Como tantos buenos alemanes, había sido arrastrado por la corriente. Y solo aceptó participar en el plan de Schellenberg a causa de su hijo. Pero también tienes que recordar que procedía de una fuerte tradición prusiana. El honor cuenta. Esa palabra alemana, pflicht, a la que Jack se adhería. Puede traducirse por deber, pero he sabido que significa mucho, muchísimo más que eso. Significa que no puedes deshonrar a quienes están más cerca de ti. Y creo que en cierto modo él tema la sensación de haber deshonrado nuestra amistad, y creía que no podría mirarme a la cara nunca más. ¿Quién sabe?
Hizo una pausa y continuó.
—La segunda razón me parece la más plausible. Después de tantos sufrimientos como había pasado, de la pérdida de su mujer y su hijo, y la muerte de su padre, por no hablar de lo sucedido en Egipto durante su misión, tal vez lo único que quería era dejarlo todo atrás, empezar una nueva vida y procurar borrar el tormento del pasado. Eso a veces sucede, ¿sabes? No es raro que las personas que han pasado por trances insoportables corten totalmente lo que les une a su vida anterior y traten de empezar de cero. Tomar una nueva salida, desnudos, con una nueva identidad, familia nueva, nueva profesión, y tachar cualquier cosa asociada a su pasado. Una especie de limpieza del alma, me imagino. Seguro que los sicólogos explican esto con más detalle, pero a mí me parece que tiene bastante sentido. Y tengo la sensación de que podría ser eso lo que Jack pretendió. Puede decir que nunca iba a olvidarse de su mujer y su hijo, y que nunca rompió completamente sus lazos con ellos, puesto que hacía que pusieran flores regularmente en sus tumbas, pero también supongo que si has perdido a una familia que querías intensamente, tampoco vas a olvidar del todo su recuerdo.
Se oyó un ruido detrás de nosotros. Entraban un par de miembros del personal de limpieza del hotel en turno de noche. Parecieron sorprenderse de que todavía hubiera alguien en el bar, pero enseguida hicieron caso omiso y se pusieron a trabajar, limpiando mesas y sillas. Weaver miró el reloj.
—Me parece que estamos excediéndonos en la bienvenida. Bueno, tengo que dormir un poco, Carney —dijo, levantándose de la silla—. Mañana tengo que cerrar mi vuelo de vuelta a Estados Unidos.
Me dio un firme apretón de manos y lo acompañé hasta el ascensor.
—Tengo una pregunta más —le dije.
—¿Ah sí? ¿Y cuál es?
—¿Está seguro de que el cuerpo que vimos en el depósito no era el de Halder?
—Jack tenía una cicatriz muy visible en la pierna izquierda, de una vieja herida de la infancia, de cuando jugábamos juntos en los campos de la finca de su madre. El pobre viejo del depósito no la tenía. Así que probablemente nunca sepamos quién era realmente.
—Pero parece una coincidencia muy rara. Tenía más o menos la misma edad y el mismo nombre que Halder.
—Y también tenía papeles a nombre de Hans Meyer, me parece.
Asentí con la cabeza.
—Tengo un contacto en la policía de El Cairo que me ha dicho que encontraron documentos de identidad antiguos a ese nombre escondidos en el piso.
—Supongo que has oído decir que después de la guerra vinieron a Egipto muchos alemanes. Algunos eran nazis reclamados, otros eran jóvenes científicos contratados para trabajar en el programa secreto de cohetes de la NASA en Helwan, en el desierto. Todavía están vivos unos cuantos, según tengo entendido. Ya son ancianos, demasiado viejos para volver a casa, y viven sus últimos días anónimamente, en pisos austeros de barrios como Imbaba. En muchos casos, cuando vinieron a Egipto adoptaron alias o nuevas identidades, para intentar borrar sus rastros. Creo que cuando por fin se conozcan los datos, descubrirás que el viejo del depósito era uno de esos, y que el nombre Johann Halder era un alias. Es un nombre que no tiene nada de particular, es bastante corriente en Alemania, igual que Hans Meyer. Apostaría algo a que probablemente esas dos identidades eran tapaderas que ese muerto llevaba años utilizando.
Weaver hizo una pausa.
—Parece que todavía tienes dudas, Carney.
Me encogí de hombros.
—Me imagino que es porque soy periodista, pero no me gustan las historias sin final. Me hubiera gustado saber de una vez por todas si Halder seguía vivo.
—¿Te refieres a que te gustaría descubrir qué pasó con la colección de su padre?
—Si he de ser sincero, y aunque parezca raro, me parece que lo que más me intriga es el propio Jack Halder.
—Por lo que yo sé, puede que haya muerto ya hace tiempo —dijo Weaver, moviendo la cabeza a los lados—. Ya no quedamos muchos viejos supervivientes por el mundo. Las flores sobre las tumbas de su mujer y su hijo una vez al mes es una cosa fácil de mantener en marcha después de muerto. Es el típico detalle que se podría esperar de Jack. Pero sería una lástima que estuviera muerto. Me hubiera gustado verlo otra vez, por lo menos una vez más. —Había un pesar auténtico en la voz de Weaver, una tristeza casi tangible—. Pero de todo lo que pasó hace ya tanto tiempo… ¿Cómo es lo que dijo aquel escritor? «Cuanto más viejo me hago, más parece que poco a poco me voy alejando de las orillas de mi pasado, hasta que se convierten en un lejano recuerdo muy distante». Desde luego tengo esa sensación.
—Pero lo recuerda usted muy bien.
Weaver dudó un momento, luego metió la mano lentamente en el bolsillo, sacó la cartera y me tendió algo.
—Eso es porque llevo esto que me lo recuerda.
Era una fotografía en blanco y negro muy antigua, ya borrosa, cuidadosamente conservada en una funda de plástico, con el papel arrugado y agrietado. Tres jóvenes aparecían de pie entre las tumbas inmediatas a la pirámide escalonada, con las caras tostadas por el sol y llenas de salud, cogiéndose entre ellos por la cintura y sonriendo a la cámara. Reconocí de inmediato a Harry Weaver de joven. A su lado había una mujer llamativa. Era muy guapa, de facciones finamente perfiladas y el cabello rubio aclarado por el sol. A su lado estaba un hombre guapo con una sonrisa dibujada en el rostro. Jack Halder y Rachel Stern.
Estuve mirando la fotografía un buen rato, estaba ante las imágenes auténticas, las caras que había que poner a la historia, y luego se la devolví en silencio, buscando algo que decir. La verdad era que no se me ocurría nada. Weaver volvió a meter la fotografía en la cartera.
—Me alegro de que hayamos hablado, Carney. Si alguna vez vuelves por Estados Unidos, ven a verme, me gusta mucho recibir visitas. Quedan ya tan pocos viejos amigos… la verdad es que se me van muriendo todos poco a poco.
—Iré.
—Bien, buenas noches, Carney. ¿O tendría que decir buenos días?
—Buenos días, coronel.
Entró en el ascensor, se cerraron las puertas, y desapareció.
Volví andando a mi apartamento pero no podía dormir. Por alguna razón, no dejaba de darle vueltas en la cabeza a la historia de Weaver. Me quedé allí sentado, inquieto, tomando café, viendo salir el sol y pensando en todo lo que Weaver me había contado, hasta que un poco más tarde me vestí, bajé a la calle y eché a andar hacia el puente desierto de Kasr-el-Nil. Por fin pasó un taxi solitario, lo llamé. El taxista pareció sorprendido de ver un cliente a una hora tan temprana.
—¿Adónde, señor?
—Saqqara.
No le sorprendió en absoluto que alguien quisiera ir a visitar aquel famoso lugar al amanecer, se limitó a encogerse de hombros cuando me subí. Fuimos por la carretera de las pirámides y luego torcimos hacia el sur, salimos a la verde campiña del Nilo y avanzamos siguiendo su curso, todos los pueblos miserables que cruzábamos estaban desiertos, no se veía ni un alma, y luego llegamos a las ruinas de la fabulosa ciudad de Menfis y finalmente vislumbramos al frente Saqqara, ese monumento asombroso a un rey muerto hace tanto tiempo.
El lugar era muy hermoso a aquella hora del amanecer, realmente glorioso, cielo y tierra tenían el mismo color de la arenisca rugosa, una luz anaranjada bañaba la pirámide más antigua de Egipto, donde la tierra más fértil del planeta, el feraz delta del Nilo, terminaba bruscamente y un espeso bosque de palmeras daba paso al más puro desierto. Había una garita de la policía turística que controlaba el tráfico de entrada, pero a aquellas horas todavía no había nadie y le dije al taxista que continuara subiendo por las empinadas curvas de la carretera hasta las pirámides. Cuando llegamos al aparcamiento de gravilla al pie de la entrada me bajé.
—Espere aquí, por favor.
Subí la cuesta. Todavía hacía fresco tras el frío helador de la noche en el desierto, y el lugar estaba solitario, ni hordas de turistas ni camelleros atosigándote, ni guías pesados ofreciendo sus servicios. Caminé entre las ruinas y me detuve a la pálida sombra del esplendor de la pirámide de Zoser. Casi al lado había un cartel que decía que había un equipo arqueológico internacional trabajando allí, otra excavación en marcha, pero no vi a nadie y fui a sentarme en uno de los bloques de piedra de la base.
En las capas escalonadas de la antigua roca de color pardo había grabadas iniciales borrosas, cientos y cientos de iniciales, cinceladas o arañadas por visitantes y vencedores a lo largo de innumerables siglos. Marcas primitivas de los legionarios romanos, cifras marcadas en la piedra corroída por los ejércitos conquistadores de Napoleón, y un interminable número de recuerdos olvidados a amantes muertos hace mucho tiempo. Estuve largo rato buscando, apartando arena, yendo de una piedra a otra, en algunos lugares la roca estaba tan erosionada que resultaba imposible leer algunas de las inscripciones, pero finalmente sentí un escalofrío al encontrar lo que estaba buscando, unas letras tan desgastadas ya que tuve que seguir su silueta borrosa con la yema del dedo.
Pero allí estaban: RS, HW, JH. 1939.
Pensé en aquel verano, cuando Harry Weaver había ido por primera vez a Saqqara. Pensé en Jack Halder y Rachel Stern, y en todos los nombres muertos del pasado, sus cuerpos convertidos en polvo desde hace mucho, con sus pasiones y dolores, odios e intrigas, y pensé que ya nada de todo aquello importaba. Pero, sobre todo, me pregunté si Jack Halder estaría todavía vivo. Sería ya un hombre muy viejo y, la verdad, no tenía sentido preguntármelo.
Como había dicho Weaver, poco a poco nos alejamos de las orillas del pasado hasta que se convierten en un recuerdo lejano. Todo lo que quedaba de la verdad era una vieja fotografía gastada, y aquellas iniciales olvidadas cinceladas en la piedra. Pero para mí era verdad suficiente.
Me levanté, me sacudí el polvo de las manos y empecé a bajar de la colina.
Nunca llegué a descubrir lo que sucedió con la colección de Franz Halder, y nunca volví a ver a Harry Weaver. Falleció casi cuatro meses más tarde en un hospital de Nueva York, a los pocos días de sufrir un derrame cerebral. Todos los periódicos importantes traían su necrológica. Iba a ser enterrado en el cementerio de la iglesia de su pueblo natal, donde Jack Halder y él habían pasado la infancia juntos.
Yo estaba en Nueva York de permiso en aquel momento y decidí alquilar un coche y hacer el largo camino hacia el norte del estado para darle mi último adiós. Hubo una tormenta muy fuerte, me retrasé y cuando llegué, el funeral ya se había terminado. Había docenas de asistentes y bastantes caras conocidas de la Casa Blanca. La lluvia barría el cementerio con fuerza y la gente no tardó mucho en dispersarse y volver a los coches mientras los truenos retumbaban sobre nosotros. Y me quedé solo.
Más allá de la iglesia de madera pintada de blanco, en un alto, veía a lo lejos lo que una vez había sido el emplazamiento de la residencia que pertenecía a la familia de Jack Halder. Ya hacía mucho tiempo que había desaparecido, y había sido sustituida por un centro comercial y un aparcamiento. Por algún motivo pensé en dos niños que una vez jugaron allí juntos y se hicieron amigos, hasta que las pasiones y las circunstancias los convirtieron en enemigos, y su amor por una mujer casi llegó a destruirlos a ambos.
Allí de pie, empapado por la lluvia, dejé que mis ojos se posasen sobre la tumba. Estaba cubierta de coronas y ramos de flores de todas clases. Había bastantes del Pentágono y también de las asociaciones de veteranos de guerra, e incluso había dos enviadas por expresidentes norteamericanos.
Pero entre las coronas y las flores descubrí un solitario lirio, blanco como la nieve, que yacía al pie de la losa de mármol negro. Sentí un escalofrío. Cogí el sobre y leí la tarjeta sin membrete que había dentro, escrita con una caligrafía frágil y temblorosa, pero cuyas palabras no dejaban lugar a dudas.
Decía: «Promesa cumplida. Jack».
Terminaste Las arenas de Saqqara
Glenn Meade
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