Las arenas de Saqqara

Glenn Meade · Capítulo 3 de 75

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Las arenas de Saqqara

El pasado

 

PRIMERA PARTE.

Septiembre de 1939

2

 

El Cairo

Hubo un día en que todos estuvieron juntos.

Eran jóvenes, y el lugar se llamaba Saqqara. Un equipo de arqueólogos había descubierto la entrada secreta de una cámara funeraria junto a la pirámide escalonada del faraón Zoser, cerca del emplazamiento de la antigua ciudad de Menfis, a casi treinta kilómetros al sur de El Cairo. El grupo internacional que había llegado a comienzos de la primavera para colaborar en la excavación estaba formado mayoritariamente por jóvenes veinteañeros de Francia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos. Eran casi un centenar. Había arqueólogos y egiptólogos, otros eran ingenieros o aventureros, y todos ellos trabajaban duro bajo el ardiente sol del desierto, felices y dedicados a su trabajo y determinados a pasarlo bien, a pesar de los crecientes vientos de guerra.

Para dos de los jóvenes, Harry Weaver y Jack Halder, el campo de Saqqara constituía un encuentro preparado. Jack Halder era aventurero por naturaleza, hijo de una belleza de la alta sociedad neoyorquina y de un rico prusiano apasionado del antiguo Egipto.

Tenía veinticuatro años, uno más que Weaver, que había cogido al vuelo aquella primera oportunidad de viajar al extranjero. Su padre había sido el casero de la finca que tenía la familia de la madre de Jack Halder y, a pesar de su distinto origen social, los dos chicos se habían hecho amigos inmediatamente, una amistad nacida en la primera infancia y que se había mantenido desde entonces. Incluso después de la muerte de la madre de Jack Halder, habían pasado juntos los veranos, cuando Franz Halder iba cada año a instalarse en Nueva York. Pero en Saqqara había un problema. Ambos se habían enamorado de la misma mujer.

Rachel Stern era una joven arqueóloga de veintitrés años, recién salida de la universidad, de padre alemán católico y de madre judía. Era rubia y tenía los ojos azules, y parecía haber heredado la inteligencia y la apostura de sus padres. Ambos eran arqueólogos de renombre, y su padre, catedrático, era el director de la excavación. A Rachel Stern le gustaban mucho los dos jóvenes, pero al parecer no podía decidir a cuál de los dos amar, de manera que estaba contenta de que los tres anduviesen siempre juntos.

Aquel verano organizaron viajes a El Cairo y a Luxor, exploraron los bazares y mercados, el Valle de los Reyes y el de las Reinas y las ruinas del templo de Karnak. Convirtieron en costumbre ir a bailar los fines de semana al Shepheard’s, o asistir a fiestas en el hotel Mena House, a la sombra de las pirámides de Gizeh, y cenar en los pequeños restaurantes íntimos y las salas de fiestas flotantes que florecían a lo largo del Nilo.

Una vez Harry Weaver hizo que les sacaran una foto a los tres juntos, posando entre las tumbas del abrasador desierto de Saqqara con la pirámide escalonada de fondo, los tres muy bronceados y sonriendo a la cámara, Rachel entre los dos, abrazándolos por la cintura. Y aunque ninguno lo dijo nunca, los tres sabían que eran tiempos de felicidad, quizás los tiempos más felices de sus jóvenes vidas.

Pero el verano tenía que terminar. Ninguno de ellos recordaba la fecha exacta de su primer encuentro, pero todos recordarían con exactitud cuándo las sombras se echaron sobre su camino: setiembre de 1939. Ese fue el mes en que se declaró la guerra en Europa, Hitler había invadido Polonia, y sus vidas, como las de muchos otros, estaban a punto de cambiar para siempre.

 

Aquella tarde, el calor reverberaba sobre el vasto desierto, más allá de las pirámides, cuando el jeep cubierto se detuvo y Harry Weaver se bajó de él. Se secó la frente con el dorso de la mano y recogió un baqueteado macuto de cuero del asiento de atrás antes de dirigirse a la serie de grandes tiendas de lona que se habían plantado en torno al yacimiento de Saqqara. Docenas de miembros del equipo se afanaban en despejar de material de trabajo la excavación y lo iban cargando en un par de camiones Bedford, y mientras Weaver caminaba hacia la zona de actividad, un hombre de pelo gris y aspecto distinguido, con una camisa caqui de safari mojada de sudor, salió de una de las tiendas. El profesor David Stern tenía cara de estudioso, pero no desprovista de humor, y cuando vio a Weaver se quitó las gafas, las frotó vigorosamente con un pañuelo y sonrió.

—Ah, Harry, ya estás de vuelta. Y a tiempo. Estaba empezando a pensar que tendríamos que mandar una patrulla a buscarte.

—Lo siento, profesor. Me paré en el Shepheard’s al pasar para ver si había alguna noticia.

—¿Y qué se dice por el principal abrevadero de El Cairo?

—Varsovia sigue en llamas. Los Stuka alemanes la están arrasando con sus bombas. Nadie cree que los polacos puedan resistir mucho más.

—Ese idiota de Hitler —dijo Stern con los dientes apretados—. Antes de que nos enteremos, Europa estará en ruinas. Pero ¿qué se puede esperar de ese loco peligroso? —Cambió rápidamente de tema, como si ese asunto fuera demasiado irritante, y miró un poco más lejos, a un generador diésel que roncaba bajo el calor abrasador. Unos cables eléctricos serpenteaban hacia el interior de un gran agujero abierto en el suelo con un sólido entibado de seguridad alrededor y una escalera que bajaba al pozo—. Estamos avanzando bien. Solo nos falta sacar el último material del túnel para poder concentrarnos en adecentarle la cara al yacimiento. ¿Has recogido el correo?

—Aquí está. —Y Weaver alzó el macuto—. La última entrega. Y me aseguré de que el Ministerio de Antigüedades tuviera la lista de direcciones del equipo que usted me dio, para remitir el correo si llega alguno después de habernos ido.

—Excelente. —Stern se puso las manos en las caderas, y paseó la mirada por el yacimiento guiñando los ojos bajo la intensa luz del sol—. Así que nuestros días en Saqqara se están acabando. ¿Qué tal te sienta eso, Harry?

—Si le digo la verdad, no es algo que estuviera deseando. —Weaver parecía triste—. No todos los días tiene uno la oportunidad de visitar Egipto y participar en algo como esto. Tengo la sensación de que esta aventura puede ser el punto culminante de mi vida.

Stern sonrió y le dio una palmada en el hombro.

—Tonterías. Aún eres joven. ¿Qué edad tienes, Harry? La misma que la mayoría del resto del equipo, ¿veintitrés o veinticuatro?

—Veintitrés, profesor.

—Entonces lo tienes todo por delante. Tendrás un montón de aventuras mucho más interesantes, estoy seguro.

—¿Y usted, profesor? ¿Sigue pensando en irse a Estambul?

Stern asintió:

—Dentro de cuatro días. He decidido aceptar ese puesto de profesor invitado que me ha caído del cielo, y como Estambul es una ciudad maravillosa, estoy seguro de que mi mujer y Rachel la encontrarán interesante. En resumen, que esto me tendrá ocupado una temporada. —Se enjugó el sudor de la frente, tendió la mano para coger el macuto del correo y luego señaló con la cabeza la entrada del túnel—. Rachel y Jack, y unos cuantos más, están todavía abajo. El calor es insoportable, así que ¿por qué no bajas y los ayudas a recoger mientras yo reparto las cartas a la gente?

 

Weaver bajó la escalera del pozo. En algunas zonas era de roca maciza, más de quince metros de profundidad, y cuando llegó al fondo vio varios pasadizos estrechos que salían en distintas direcciones.

Los techos y paredes de arcilla ocre estaban recorridos por soportes de madera e iluminados con hileras de bombillas alimentadas por el generador de arriba. Los pasadizos conducían a las tres tumbas individuales que habían descubierto, y en algunos sitios el techo era tan bajo que había que agachar los hombros para poder andar. Comparado con la temperatura abrasadora de la superficie, el aire del túnel estaba agradablemente fresco, casi frío, y había una atmósfera vagamente espectral a la que Weaver ya se había acostumbrado, de modo que avanzó alegremente por una de las galerías hasta que llegó al final y oyó voces.

En un nicho de la pared del fondo había un gran sarcófago que había sido la tumba de una princesa relativamente desconocida de la dinastía Zoser. Los restos momificados habían sido trasladados después de su descubrimiento. La tapa de piedra del ataúd, con la superficie llena de jeroglíficos bellamente tallados, estaba apoyada en la pared, y varios de los miembros del equipo andaban recogiendo herramientas y cables eléctricos a su alrededor. Weaver vio a Jack Halder y Rachel Stern trabajando activamente con la ropa cubierta de fino polvo. En ese instante, Rachel se giró y lo vio.

Llevaba el pelo rubio atado detrás, acentuando los altos pómulos, y su frente y su cuello morenos se cubrían de minúsculas gotas de sudor. A pesar de que llevaba pantalones y una amplia camisa caqui de faena, su figura resultaba evidente, y estaba tan llamativamente guapa como siempre. Rachel le lanzó una sonrisa tan perfecta a Weaver, que este quedó afectado al instante.

—Precisamente estábamos hablando de ti, Harry.

—Espero que no fuera nada malo.

—Claro que no. Solo nos preguntábamos qué te habría hecho tardar tanto. —Se acercó a él y lo besó en la mejilla, y le manchó la cara de polvo—. Vaya, mira lo que he hecho ahora.

Le limpió el polvo, entre risas, y al sentir el roce de su mano, Weaver notó que un impulso eléctrico le recorría todo el cuerpo. Cada vez que miraba a Rachel Stern o sentía su contacto notaba una intensa atracción, y luchaba con fuerza por controlarla.

—Me paré en el Shepheard’s. Las noticias no son buenas: Varsovia sigue ardiendo, y se dice que Polonia tendrá que rendirse muy pronto.

—Es todo tan terrible… —dijo Rachel, preocupada de verdad—. ¿Verdad, Jack?

Jack Halder era guapo, de rostro inquieto con ojos azules claros y una leve sonrisa permanente, una sonrisa que sugería que encontraba la vida infinitamente más interesante de lo que esperaba. Pero la sonrisa desapareció cuando dijo, moviendo la cabeza:

—Es terrible. En estos momentos, casi me siento avergonzado de ser alemán.

Weaver puso una mano sobre el hombro de su amigo.

—Me parece que a todos nos sienta mal lo que está pasando, Jack. Pero ni tú ni ninguno de los alemanes de la excavación habéis empezado el conflicto. Ha sido Hitler.

—Supongo que tienes razón. —Halder miró con temor el sarcófago abierto un instante y luego pasó la mano sobre la superficie de la losa—. Me da pena decir adiós al último lugar de reposo de nuestra princesa. ¿No te parece increíble?

—¿Qué?

—Ha permanecido aquí, sola, durante miles de años, hasta que la encontramos. Probablemente, en algún momento debió de ser el objeto de deseo de muchos hombres. Y ahora sus restos momificados yacen en las catacumbas del Museo Egipcio, esperando a que los estudien y diseccionen como los demás que hemos descubierto. Y todas esas preguntas importantes que quisieras hacer y a las que probablemente nunca encontraremos respuesta. ¿Qué aspecto tenía? ¿Qué clase de vida llevaba? ¿A quién amó? Dudo que alguien pueda contestar estas preguntas algún día. Al menos sí logró una especie de inmortalidad.

—Jack, eres un romántico soñador —dijo Rachel, sonriendo.

—Esperemos que nuestra princesa no lleve adjunto ningún maleficio, no sea que todos tengamos problemas —dijo Weaver con sarcasmo.

—Tú no crees en maleficios, ¿verdad, Harry? —le preguntó Rachel, incrédula.

—Hazme esa pregunta dentro de un par de años, cuando estemos todos cubiertos de ronchas rojas y nos muramos de alguna enfermedad incurable y desconocida.

Se echaron a reír, se oyó un ruido en algún punto por detrás de ellos, crujidos de pisadas en los peldaños de la escalera de madera, y el profesor Stern apareció por la galería.

—Parece que lo estáis pasando bien, y siento mucho tener que aguaros la fiesta, pero he repartido el correo que trajo Harry de El Cairo y la mayoría son malas noticias, por lo que he podido entender. Al menos una docena de chicos han sido movilizados y la opinión generalizada es que no se han alegrado demasiado.

—Harry nos ha dicho lo de Varsovia —comentó Halder.

—No quiero ni pensar en ello —dijo el profesor Stern, abatido—. Ya me he deprimido bastante. —Y luego observó el área de trabajo—. Ya veo que has estado muy atareada, Rachel. Y tú también, Jack.

—Gajes del oficio, profesor —repuso Halder—. Si Harry nos echa una mano, en un par de horas más lo tendremos listo.

—Antes de que se me olvide, Jack, había una carta para ti en el correo. — El profesor le tendió un sobre—. De Alemania, creo.

Halder se puso junto a una de las bombillas, abrió la carta y leyó el contenido. El rostro se le ensombreció visiblemente y después dobló lentamente las hojas y se las metió en el bolsillo de la camisa.

—¿Algo va mal? ¿Malas noticias? —preguntó Rachel.

—En cierto modo —dijo Halder, forzando una sonrisa—. Es de mi padre.

No dijo más, como si fuera un tema privado. Stern volvía a estar animado, y dio una palmada sobre el hombro de Weaver.

—Bien —dijo—. Será mejor que volvamos al trabajo. Quiero tenerlo todo acabado antes de que oscurezca y así mañana por la noche podremos celebrar una gran fiesta.

—¿Qué fiesta? —preguntó Weaver, y todos miraron al profesor, que sonrió.

—Había guardado el secreto, pero ya es hora de que lo sepáis todos. ¿Recordáis que la semana pasada os dije que había estrujado nuestro presupuesto para pagar unas habitaciones baratas en El Cairo y una comida para todo el equipo cuando hubiésemos terminado de trabajar aquí? Bueno, pues será mucho mejor que eso. El trabajo que queda por hacer en Saqqara lo completará el Ministerio de Antigüedades, por supuesto, pero han considerado que nuestra excavación ha sido un éxito total y han organizado una fiesta para nosotros en la residencia del embajador norteamericano. Ya sabéis que está muy interesado por la arqueología y ha insistido en dar una recepción de gala en nuestro honor. Habrá un bufet espléndido para cenar, han invitado a mucha gente importante y, por lo que he oído, el embajador ha contratado hasta una orquesta de baile. Una gran amabilidad por su parte, me parece.

—¡Bien! ¡Estupendo!

—Son unas noticias magníficas, papá —dijo Rachel—. ¿No te parece, Harry?

—Las mejores que he oído desde hace mucho tiempo.

—Sabía que os alegraríais —dijo el profesor, y se arremangó la camisa—. Ahora vamos a sacar el material del pozo y a embalarlo, y después todos podremos descansar.

 

El sol iba descendiendo y proyectaba una luz anaranjada sobre el desierto. Los cocineros beduinos habían servido la cena kofta, arroz de azafrán y pan recién hecho, y como era su última noche bajo las lonas, el profesor Stern había sufragado a su costa una buena cantidad de vino y cerveza.

Estaban sentados alrededor del fuego de campamento, pero apenas se hablaba de la guerra, porque nadie en el equipo quería que la política se metiese por el medio. Uno de los franceses tocaba el acordeón acompañado a la guitarra por dos jóvenes ingleses, y todos participaban con esas ganas que solo la juventud consigue reunir. Cuando la charla y las canciones terminaron era casi medianoche, las brasas morían y la gente empezó a irse hacia sus tiendas.

Halder estaba ya un poco borracho cuando sacó tres botellas más de cerveza y con una mueca les tendió una a Rachel y otra a Weaver.

—Pensé que lo mejor era guardar unas para nosotros. ¿Qué os parece si vamos a darle las buenas noches a Zoser por última vez?

—¿Por qué no? —aceptó Rachel, y los tres echaron a andar hacia la pirámide escalonada de Zoser con el gran espíritu que les daba el alcohol consumido.

Weaver llevaba un quinqué para alumbrar el camino. Se sentaron en los bloques de piedra de la base, tal como habían venido haciendo casi cada noche del verano, todavía impresionados por la belleza y la enormidad de aquella tumba de cinco mil años de antigüedad.

—Así que se acabó —dijo Halder, y su tristeza era auténtica—. Nuestra última noche en Saqqara.

—Odio la idea de marcharnos. —Rachel estaba abatida—. Lo hemos pasado tan bien aquí, tan divertido. —Los miró a los dos—. Y todo gracias a ti, Jack, y a ti, Harry. Habéis hecho que esta haya sido la época más feliz de mi vida, y quiero daros las gracias por ello.

De repente, Halder dijo:

—¿Te acuerdas de aquella fotografía que hizo Harry? ¿Esa en la que estamos los tres juntos?

—Claro. ¿Por qué?

Halder tomó un trago de su botella y puso una sonrisa malévola.

—Verás, he estado pensando. Hace falta algo más que una foto para conmemorar este verano juntos. Algo que dure siglos.

—¿A qué te refieres exactamente, Jack? —preguntó Weaver.

Halder se puso en pie, un tanto inseguro.

—Espera aquí.

Cogió el quinqué y, dando algunos tumbos, fue hasta una de las tiendas ocupadas por los trabajadores egipcios y volvió al cabo de un rato con un macuto de tela gastada.

—¿Qué demonios te propones, Jack? —dijo Weaver.

—Paciencia. No habléis, por favor. Ni una palabra, o me distraeréis. Y no miréis hasta que os lo diga.

Se alejó más allá de la base de piedra, dejó la lámpara en el suelo y extrajo un martillo y un cincel de la bolsa. Se sentó allí y trabajó concentrado a la luz del quinqué, golpeando una de las losas de roca hasta que terminó, se secó el sudor de la frente y sonrió.

—Muy bien. Ahora podéis mirar —alzó la lámpara y los otros dos se le acercaron.

Todos los planos escalonados de roca a lo largo de la base de la pirámide de Zoser tenían inscripciones, y en su primer día en Saqqara habían quedado maravillados ante ellas; cientos y cientos de iniciales y nombres grabados a lo largo de los siglos por innumerables visitantes. Aunque estaba prohibido, ninguna autoridad había sido capaz de impedirlo. Algunas de las inscripciones se remontaban incluso al tiempo de los romanos.

Y entre ellas, Jack Halder había marcado: RS, HW, JH, 1939.

—Jack —se rio Rachel—, no solo estás borracho, sino que además estás loco. Papá se horrorizaría si descubriese que has estropeado un monumento artístico.

—Puede ser, pero ahora somos inmortales. —Jack sonrió—. Igual que nuestra princesa. Durante años, la gente vendrá y quizás, solo quizás, se preguntarán quiénes seríamos. Ahora formamos parte del misterio de las pirámides.

Rachel le tocó cariñosamente el brazo.

—¿Sabes una cosa? Me alegro de que hayas grabado nuestras iniciales. Hemos pasado una temporada tan especial aquí que en cierta manera me parece correcto. ¿Tú no lo crees, Harry?

—Por lo menos habrá algo que nos recuerde después de que hayamos muerto. —Weaver alzó su cerveza—. Me gustaría proponer un brindis. Por nosotros. Y por Saqqara.

—Por nosotros. Y por Saqqara.

Corearon el brindis y se rieron, y después estuvieron un rato charlando y contemplando las luces de todo El Cairo que brillaban a lo lejos hasta que Rachel se puso en pie, se sacudió el polvo de los pantalones y dijo:

—Y ahora, será mejor que me vaya a la cama. Tengo tantas ganas de que llegue la fiesta de mañana… Y vosotros dos, ya podéis prometerme un baile. —Los besó a los dos en la mejilla con verdadera ternura—. Buenas noches, Jack. Buenas noches, Harry. Que durmáis bien, cariños.

—¿No quieres que te acompañemos con la lámpara?

—No, quedaos y terminad la cerveza. Iré bien, con la luz de la luna.

Se fue andando hacia las tiendas y durante mucho rato Weaver la fue mirando alejarse bajo la tenue luz plateada hasta que se esfumó como un fantasma, hasta que desvió la vista y vio que Halder también la contemplaba, casi en trance.

—¿Estás pensando lo mismo que yo?

—No lo sé, Jack. Dime qué.

—Que es la mujer más preciosa y maravillosa que tú y yo hemos conocido nunca.

—Me has leído el pensamiento, como siempre.

—Vamos a ser sinceros en esto, Harry. La verdad es que los dos estamos colados por Rachel. Así que ¿por qué no cortamos toda esa basura masculina de no manifestar nuestros sentimientos y decimos los dos lo que sentimos? Es algo de lo que hemos estado evitando hablar.

—¿Quieres que te diga sinceramente lo que siento?

—Sí. Las cartas sobre la mesa. Prometo que yo haré lo mismo.

Weaver miró a lo lejos, hacia El Cairo a oscuras.

—Anoche no pude dormir pensando en ella, sobre todo porque sabía que eran los últimos días que pasaría en su compañía. Y desde que la conocí no ha pasado ni un solo día en que no pensara en ella, que no quisiera estar con ella. Aunque solo fuera ver su cara, oír su voz. Es la primera mujer de verdad de la que me he enamorado.

—Así que tanto, ¿eh? —Halder estaba muy serio.

—Creo que sí. Y no me parece que se me vaya a pasar.

—Pero nunca le has dicho lo que sientes, ni siquiera vagamente, ¿verdad?

—Ya sabes que no. Y eso es lo más absurdo de todo. Siempre había algo que me lo impedía. Miedo a ser rechazado, quizás, o a perder su amistad, si ella no sentía lo mismo que yo y mi declaración complicaba las cosas… — Weaver se encogió de hombros—. O puede que fuera otra cosa, realmente no estoy seguro. Y tú, ¿qué?

De pronto, por un instante, Halder pareció muy joven, como un muchachito incómodo al confesar un secreto, pero luego ese instante pasó.

—Me gustaría contarte algo antes. Algo que nunca le he contado a nadie. Cuando mi madre se estaba muriendo, no dejó que mi padre entrara a verla para darle el último adiós. No porque no le quisiese, sino por todo lo contrario. Le amaba tanto que decirse adiós hubiera sido demasiado doloroso, demasiado definitivo para los dos, y ella lo sabía. —Se volvió hacia Weaver —: El suyo era un gran amor, Harry. Y de alguna forma nosotros siempre hemos querido algo así. Verdaderamente profundo, lleno de auténtica pasión.

—¿Y qué sientes ahora por Rachel? Sé sincero.

—Algunas veces me siento, inquieto, imaginándome todas las cosas que me gustaría que pasasen entre ella y yo. Nos imagino juntos. Me la imagino embarazada de mi hijo, y feliz de ser mi mujer. Me imagino que hacemos el amor, pero no solo sexo, sino amor real, verdaderamente sincero. La clase de ternura que un hombre debe experimentar por la mujer que ama de verdad. Y he querido decírselo a ella muchas veces. —Halder miró a su amigo—. Ya sabes lo atolondrado e impetuoso que suelo ser, y no puedo decir que no haya sentido la tentación de decirle estas cosas. Pero, igual que tú, no podía.

—¿Por qué no?

—Probablemente por las mismas razones que tú. En el fondo no quería echarlo todo a rodar.

—¿Qué quieres decir?

—Existe otra clase de amor —dijo Halder, poniendo cariñosamente una mano sobre el hombro de Weaver—, no físico, sino fraternal, de amistad profunda, llámalo como quieras, y que es igual de importante. Tú siempre has sido el mejor amigo que he tenido. Puede que si uno de nosotros hubiera dado un primer paso, todo se hubiera estropeado. No me refiero solo a nosotros dos, porque pienso sinceramente que nuestra camaradería es más fuerte que eso, sino a la amistad que hemos disfrutado este verano. Y no quería que pasase eso.

—Creo que entiendo lo que quieres decir. Además, si lo sumas todo, los tres lo hemos pasado estupendamente. Y puede que eso sea lo verdaderamente importante.

—De todos modos, Harry, los dos lo tenemos mal. Y tiene que haber alguna solución práctica. —A Halder se le había pasado la borrachera de repente y se concedió una sonrisa juguetona—. Dejando aparte la amistad, ¿qué pasaría si hubiera al menos una remotísima posibilidad de que Rachel estuviera enamorada de uno de nosotros?

—¿Qué quieres decir?

—Si fuera así, ¿no sería una lástima que no dejáramos a la naturaleza seguir su curso? De otro modo, ambos, tú y yo, nos pasaríamos el resto de nuestras vidas lamentando no haberle dicho lo que sentimos por ella antes de que se marche. Por lo menos uno de los dos sería feliz. Y también Rachel. Sería lo justo para todos. ¿Qué opinas de esto?

—¿Crees realmente que puede estar enamorada de uno de nosotros? — preguntó Weaver.

Halder volvió a sonreír.

—En cualquier caso, mañana será nuestra última oportunidad de averiguarlo.