Las arenas de Saqqara
Capítulo 36
36
Berchtesgaden
21 de noviembre, 16:30 h
Aquella tarde, a tres mil kilómetros de allí, en medio del boscoso esplendor de los Alpes austríacos, en el Nido del Águila, el refugio de montaña de Hitler, tenía lugar una acalorada reunión a la que asistían media docena de mariscales de la Wehrmacht, dos almirantes de la Kriegsmarine, y Hermann Goering, jefe de la Luftwaffe. Todos habían llegado desde Berlín y tenían la desagradable tarea de aportar malas noticias.
Estaban en la gran sala forrada de madera que se utilizaba para esas reuniones. Fuera, el panorama del Tirol era hermoso, cielo claro, un día de otoño vivido, pero nadie tenía el pensamiento puesto en la espléndida vista. El mariscal Gerd von Rundstedt, comandante en jefe del ejército alemán del oeste, había sido el último en hablar, y al resumir los informes de la Wehrmacht había evitado deliberadamente mirar a Hitler.
—Para subrayar los puntos principales: nuestros ejércitos están librando una vigorosa operación de contención en el frente oriental, al oeste del río Dnieper, y también al sur de Roma —dijo, señalando con un puntero en los mapas extendidos sobre el gran tapete verde de la mesa—. También puedo comunicar que la actividad partisana en Francia, Noruega, Holanda y los Balcanes está planteando problemas crecientes. —Miró a través de la mesa, la cara de Hitler era el más puro reflejo del disgusto—. Naturalmente, podremos superar todas estas dificultades, mein Führer —se apresuró a añadir Von Rundstedt—. Pero, realmente, se trata de una cuestión de efectivos y suministros. Los aliados destrozan nuestras líneas de aprovisionamiento con regularidad creciente, por tierra y por mar. Nuestros recursos están siendo exprimidos al máximo.
—Ha dicho usted operación de contención cuando está hablando de retirada, nuestros ejércitos se retiran.
Von Rundstedt vio la mirada implacable de Hitler y se amilanó.
—Bueno… es cierto, mein Führer, pero…
Hitler levantó una mano para hacerlo callar, antes de dirigir la mirada a los almirantes de la Kriegsmarine con voz acusadora:
—Sesenta submarinos perdidos en los últimos cuatro meses. Me parece que es todo un récord, ¿no es así?
—También es cuestión de efectivos y suministros, mein Führer — respondió, nervioso, uno de los almirantes—. Sencillamente, desde que los americanos entraron en la guerra estamos siendo superados en número. Hasta los buques que tenemos en reparación son bombardeados en los astilleros.
Hitler se puso de pie, con los brazos cruzados, y una profunda expresión de desprecio en el rostro. Miró a Goering y le dijo:
—¿Y qué tiene que decirnos de todo esto el mariscal del aire? ¿Dónde están aquellas valientes incursiones sobre la Gran Bretaña? ¿El anillo de acero que nos prometió para cerrar los cielos de Alemania? ¿O es que la Luftwaffe ni siquiera se molesta en volar estos días?
Goering, con su figura oronda, no poco ridícula, embutida en su uniforme blanco, se aclaró la garganta:
—Ponemos todo nuestro empeño, mein Führer. Pero el almirante tiene razón. Las fuerzas oponentes resultan abrumadoras. Nuestros recursos se están reduciendo tan estrechamente, que no podemos aspirar al dominio del aire. —Intentó desesperadamente poner una nota de optimismo en la voz—: Pero pronto tendremos los nuevos cohetes V-1 y los cazas a reacción, y estoy convencido de que eso nos permitirá tomar la delantera.
—Ahora estamos preocupados por el presente, no a seis meses vista — replicó Hitler, sarcástico, barriendo a un lado la respuesta de Goering con un movimiento despectivo de la mano—. Excusas. Lo único que me dan ustedes son excusas. Dicen que se esfuerzan todo lo posible, pero ese todo no basta. —Su tono de voz se elevó histéricamente, escupiendo las palabras con veneno —. ¡Imbéciles! Con semejante incompetencia, ¿qué esperanzas podemos tener si los aliados lanzan una invasión por el oeste? La próxima vez que vengan ustedes aquí, no quiero respuestas timoratas, quiero soluciones, ¿está bien claro? Y ahora, ¡retírense! ¡Váyanse todos!
Cuando los humillados altos mandos salieron, cabizbajos, de la sala, Hitler se dejó caer, malhumorado, en un butacón de cuero. Instantes después apareció su ayudante de las SS, entró, se puso firme, dio un taconazo y anunció:
—El Reichsführer Himmler y el general Schellenberg están aquí y desean verlo urgentemente, mein Führer.
El rostro de Hitler se puso ceniciento de furia.
—Y seguro que con más malas noticias. —Se levantó y se limpió la saliva de los labios—. Muy bien, hágalos pasar.
Entró Himmler seguido de Schellenberg. Los dos hicieron el saludo nazi y Hitler les indicó con un gesto que se sentasen.
—Ya veo que sigues con esa sonrisa en la cara, Walter —comentó Hitler —. Nunca logro saber cuándo traes buenas o malas noticias.
—Un defecto terrible, mein Führer. —A Schellenberg se le ensanchó la sonrisa, a su pesar—. Pero, al parecer, a las señoras les gusta.
A Hitler no pareció hacerle gracia el comentario; seguía de mal humor al dirigir su atención a Himmler.
—Bueno, ¿qué es lo que me querías comentar?
—Mein Führer, tenemos noticias de la Operación Esfinge.
Hitler se alegró un poco, las nubes negras desaparecieron por el momento.
—Nuestra única esperanza en todo este desastre. Bueno, ¿y traen buenas noticias o vienen con malos presagios como mis generales? Os advierto que no estoy de humor para estos últimos.
Himmler se ajustó con delicadeza sus quevedos en el puente de la nariz.
—El avión que transportaba a nuestros agentes fue interceptado y atacado por un caza aliado antes de estrellarse en suelo egipcio esta mañana temprano.
A Hitler se le ensombreció la cara, pero Himmler continuó rápidamente, ansioso por disipar el nubarrón.
—Sin embargo, cuando nos preparábamos para salir de Berlín para traer la noticia, recibimos otro mensaje de nuestro agente en Abu Sammar. Parece ser que los tripulantes del vuelo murieron, pero Halder y los otros sobrevivieron y consiguieron establecer el contacto.
Hitler se puso de pie con brusquedad y empezó a ir de arriba abajo de la sala, con creciente enfado.
—¡Más desastres! ¿Es que nunca se acaban?
—Quizá no sea un desastre completo, mein Führer —le sugirió Himmler —. Parece ser que Halder está decidido a continuar con la operación.
—¿Y qué pasa con los aliados? —replicó Hitler, volviéndose hacia él—. No son idiotas. Una vez hayan descubierto lo sucedido, no hay duda de que harán cuanto puedan por cazar a nuestros hombres.
—Incluso en ese caso —señaló Himmler, conciliador—, habría que asumir que se darían cuenta inmediatamente de cuáles son exactamente nuestras intenciones, cosa de lo más improbable. Utilizamos un Dakota norteamericano, lo que podría hacer más confuso el asunto durante algún tiempo, no es un caso insólito que los aliados derriben uno de sus propios aviones por error, lo mismo que nos pasa a nosotros. Y si Halder está decidido a continuar, es evidente que está seguro de que todavía tiene posibilidades de llegar a El Cairo.
Hitler suspiró y se aproximó a la ventana panorámica.
—No me gusta este asunto. ¿Habéis informado a Canaris?
—Está al tanto de la pérdida del aparato, pero no de las últimas noticias. Walter se las comunicará cuando volvamos a Berlín.
—No confío en ese hombre —dijo Hitler con la cara torcida por el desprecio—. Estoy convencido de que anda propagando a mis espaldas rumores de que la guerra está perdida y que yo estoy loco. Si eso es así, lo pagará caro. —Miró a Schellenberg y añadió—: De todos modos, ese hombre suyo, Halder, parece un individuo competente.
—Uno de los mejores de la Abwehr, una elección de primera para nuestros fines. Si hay alguien que pueda realizar lo que planeamos, ese es Halder.
—¿Y qué noticias hay del judío, Roosevelt?
—Se espera que llegue a El Cairo en las próximas veinticuatro horas. Nuestro agente en Orán ha informado de que el Iowa fondeó junto a la costa argelina justo después de las, hum…, siete cero cero de la mañana de ayer.
—Y sin embargo, nuestros U-boats no lograron destruir el buque en route —replicó Hitler, amargamente.
Himmler ya le había dado la noticia de ese fracaso específico la noche anterior.
—Nuestros lobos intentaron repetidamente interceptar al Iowa, mein Führer. Pero el convoy estaba tan poderosamente armado y cambiaba de rumbo con tanta frecuencia que resultó imposible acercarse lo suficiente al acorazado.
Hitler continuó unos momentos ante el ventanal, contemplando las montañas con las manos cruzadas detrás de la espalda, balanceándose arriba y abajo sobre los dedos de los pies, mientras consideraba la situación. Al cabo de un rato se volvió hacia Himmler.
—De manera que, tal y como están las cosas, Esfinge es nuestra única esperanza.
—En cualquier caso, una misión como esa suele estar plagada de dificultades. Y los problemas con que nos hemos encontrado no mejoran la situación. Pero estoy convencido de que seguimos teniendo una posibilidad razonable de que Halder logre su objetivo.
Hitler se dio un fuerte puñetazo en la palma de la mano y levantó la voz hasta chillar:
—Una posibilidad razonable no basta. Si los aliados se ponen de acuerdo para la invasión, la guerra está perdida. La muerte de Roosevelt daría a Alemania la ventaja más valiosa de todas: tiempo. Nuestra industria ganaría un año entero. Con ese año podemos ganar la guerra. Por eso esta misión no puede fallar de ninguna de las maneras. De ahora en adelante quiero noticias inmediatas de cualquier información que haga referencia a los avances de Esfinge, quiero ser informado instantáneamente.
—Con todos mis respetos, mein Führer —lo interrumpió con serenidad Schellenberg—, aun cuando Halder nos fallase, todavía tendríamos otro as en la manga.
Hitler se limpió la saliva de los labios y, mirándolo fijamente, replicó:
—Pues será mejor que ruegues a Dios que ese as tuyo gane la partida. Podéis retiraros.
El Hauwariya
30 km al oeste de Alejandría, 11:25 h
Halder detuvo el jeep fuera de la blanca estación del tren. No habían encontrado ningún control en los cincuenta minutos de recorrido por el desierto, y al entrar en El Hauwariya nadie pareció prestarles mucha atención. El paisaje de los alrededores era llano, desierto interminable por tres lados, el Mediterráneo turquesa al fondo, en la distancia. El pueblo era mayor y más bullicioso que Abu Sammar, pero igual de destartalado, con calles mal pavimentadas y un par de hotelitos decrépitos, y había un mercado de camellos muy animado en la atestada plaza mayor. La estación parecía bastante tranquila, pero cuando se detuvo, Halder descubrió un jeep de la policía militar estacionado más adelante, junto al bordillo.
—No es muy alentador. Será mejor que esperes aquí mientras echo una ojeada.
—¿No puedo ir contigo?
—Mejor que no, por si hay problemas. Además, un oficial del ejército solo no atraerá mucho la atención, pero con una chica guapa del brazo, la gente se fijará —dijo, sonriendo. Se bajó del coche y se ajustó la correa de la pistolera—. Procura no parecer demasiado preocupada. Y si alguien te pregunta, dile que tu novio está dentro.
La estación estaba animada, docenas de personas esperaban por el andén, la mayoría campesinos árabes con chilabas viejas, pero, cuando Halder empezaba a acercarse a la ventanilla de los billetes, vio a dos policías militares británicos armados, con sus gorras de banda roja y leguis blancos, haciendo guardia a un lado. Uno de ellos, el cabo, llevaba una metralleta Sten. El sargento que estaba con él iba observando a los pasajeros según pasaban por la barrera de los billetes. Halder fingió estudiar el horario que había colgado en la pared, pero antes de que tuviera ocasión de marcharse, el sargento se le acercó y lo saludó:
—Buenos días, mi capitán. ¿Puedo preguntarle si va a viajar usted?
Halder frunció el ceño, devolvió el saludo e imitó con toda perfección el acento de la clase alta inglesa.
—¿Por qué, sargento? ¿Qué sucede? —El hombre lo miró por arriba y por abajo, reticente a darle una explicación—. Bien, sargento, le he hecho a usted una pregunta.
—Ha habido un incidente no lejos de aquí, mi capitán —le dijo el sargento—. Dos militares británicos han sido asesinados por agentes enemigos.
—Cielo santo. —Halder vio que el otro policía militar miraba hacia ellos, mientras revisaba los papeles de una pareja árabe que pasaba la barrera.
—Mucho me temo que sigue sin haber contestado a mi pregunta, mi capitán —insistió el sargento—. ¿Va usted de viaje?
—Pues no —dijo Halder moviendo la cabeza—. Vengo a esperar a alguien. Pero me parece que me he confundido con estos malditos horarios. Es el próximo tren.
—Le pido disculpas, mi capitán, pero aun así tengo que rogarle que me enseñe sus papeles.
—Por supuesto, lo entiendo perfectamente —Halder rebuscó en los bolsillos, pretendiendo buscar su documentación, pero en realidad intentando calcular si podría lograr abatir a los dos policías militares si era preciso—. ¿Sabe usted los nombres de esos chicos que han matado? Tal vez los conociera.
—Me temo que aún no, mi capitán. Pero lo sabremos muy pronto, eso seguro.
Halder le enseñó su tarjeta de identidad, y, antes de que el sargento pudiera mirar con detenimiento la fotografía, alargó la mano para que se la devolviera. El hombre no mostró intención de devolverle el documento. Levantó la vista mirando con ojos inquisitivos el rostro de Halder bajo la gorra.
—Capitán Jameson, ¿no es así?
—Por supuesto.
—Hay un problema con este documento.
—¿Qué clase de problema? —dijo Halder, sintiendo que el corazón se le aceleraba.
—Está caducado, desde hace una semana. —El sargento esperaba una explicación.
Halder recuperó rápidamente la tarjeta y la examinó.
—Tiene usted toda la razón. Me temo que me ha pillado. Debo de haberme despistado. No sé qué decirle.
—¿Le importa que le pregunte dónde está destinado, capitán?
—En Amiriya —respondió Halder, irritado—. Óigame, ¿es necesario todo esto? Puedo entender que usted tenga que hacer su trabajo, y que mi tarjeta esté caducada, pero, por Dios santo, hombre, tendría que ser evidente que soy inglés y no un condenado agente enemigo. Llame usted a Amiriya si no tiene nada mejor que hacer. Pida que le pongan con el jefe de operaciones. Y si el viejo no está de demasiado mal humor, me avalará. Adelante, sargento, yo lo esperaré aquí con el cabo.
El sargento dudó, mordiéndose los labios de indecisión pero aquella propuesta descarada pareció bastarle.
—No será necesario, capitán. Pero si yo fuera usted, renovaría la tarjeta de identidad lo antes posible.
—Por supuesto. Una negligencia imperdonable por mi parte. —Halder volvió a guardársela en el bolsillo—. Mala suerte, esos dos chicos nuestros muertos. Piensas que estás a salvo de esa clase de cosas después de haber echado a los boches a patadas, y resulta que no. Todo eso suena bastante serio.
—Pues ni la mitad de serio que será cuando los pillemos.
—Estoy convencido de que tiene usted razón. —Halder miró el reloj y suspiró—. Bien, supongo que será mejor que encuentre algo que hacer hasta que llegue el tren. Le deseo suerte, sargento.
—Estoy seguro de que los encontraremos, capitán. Nos dieron la consigna hace solo diez minutos, cuando pasábamos por el pueblo, pero tengo entendido que están poniendo puestos de control en todas las carreteras que van a Alejandría. Esos miserables no tienen ni la más remota posibilidad de escapar.
Halder salió de la estación, sintiéndose profundamente desanimado, volvió al jeep y se sentó junto a Rachel. Se quitó la gorra y se enjugó el sudor de la frente.
—¿Hay problemas? —preguntó Rachel.
—Podríamos decir que sí. Parece que andan tras nosotros. —Le explicó la situación y después alargó la mano y le cogió la suya—. En menudo lío estamos metidos. Aunque te dejara que probases suerte tú sola, seguirías metida en un buen embrollo.
—No soy tan ingenua como para pensar que a mí me darán un trato más amable si me cogen. Prefiero jugarme mis probabilidades contigo. ¿Estás seguro de que no hay otra manera de llegar a Alejandría?
—No sé cómo. Habrá numerosos controles en las carreteras.
Estamos atrapados como ratas en una ratonera, vayamos por donde vayamos —dijo, haciendo un gesto en dirección al norte, hacia el mar—. Podríamos intentar dirigirnos hacia la costa y robar una barca en algún sitio, pero si se denuncia el robo no creo que tengamos demasiadas posibilidades de ir muy lejos. Y una vez en el agua, seremos como patitos de feria, si el ejército nos persigue.
—Tiene que haber algún modo de que podamos subir al tren. Si nos quedamos esperando aquí, nos cogerán.
—Como no vayamos detrás en el jeep y tratemos de subir en marcha… Pero eso también sería levantar la caza —dijo Halder moviendo la cabeza—. No se me ocurre nada más, a no ser que podamos librarnos de esos dos amigos que vigilan los billetes.
—¿Qué les dijiste que estabas haciendo en la estación?
Halder se lo explicó. En ese mismo momento oyeron el pitido de una máquina de vapor. A lo lejos, por las vías, un penacho de humo espeso se elevaba en el aire. El tren llegaría dentro de pocos minutos.
—¿Alguna sugerencia?
Rachel miró el jeep de la policía militar.
—Solo una. Pero no estoy muy segura de que resulte.