Las arenas de Saqqara
Capítulo 21
21
Berlín
Aquel mismo día, a tres mil kilómetros de El Cairo y justo después de dar las ocho de la tarde, el almirante Wilhelm Canaris continuaba luchando con su conciencia al bajar al sótano donde estaba la Bierkeller.
Era un local lleno de humo, atestado de soldados de permiso y berlineses de cara hosca, una banda de música sonando en un estrado y todos con aire de hombres condenados, cosa nada sorprendente. Los bombardeos les habían afectado, como a todo el mundo, y las marchas arrogantes que tocaban para un público indiferente no reflejaban el ánimo decaído de la ciudad en peligro.
Canaris se metió en un compartimiento vacío y pidió una jarra de cerveza. Miró su reflejo en el espejo de la pared que tenía al lado. Se vio ansioso, agotado, apenas si había dormido los últimos cinco días, desde su reunión con Schellenberg. Oh, qué complicada telaraña tejemos, cuando empezamos a aprender a engañar. No era raro que estuviese nervioso. Había guardado su secreto durante muchos años, y era un secreto peligroso. Era un traidor a su país, uno de los conspiradores contra Hitler, una osadía que muy pronto le costaría la vida, ahorcado con una cuerda de piano de un gancho de carnicero en el campo de concentración de Flossenburg.
Pero ese era un hecho que aquella tarde aún ignoraba, un destino para el que todavía faltaban meses. Llevaba ropa de paisano descuidada, sombrero y abrigo, y como buen maestro de espías, no tuvo problemas para despistar a los hombres de la Gestapo que lo seguían desde que había salido de su casa a dar un paseo después de cenar.
Tomó un buen trago de la cerveza tibia de la jarra que tenía delante y miró el reloj. La mujer joven que dos minutos después entró en la Bierkeller era esbelta y rubia, de un rostro bellamente modelado y un cuerpo aún más hermoso, todo ello enmascarado hábilmente con maquillaje excesivo y ropa desaliñada y amplia que ocultaba sus encantos a propósito. Vio a Canaris, que había dejado el sombrero al borde de la mesa como señal de que el encuentro era seguro. La chica se deslizó en el asiento de enfrente y sonrió.
—Wilhelm.
—Mi querida Silvia —dijo Canaris con afecto. Si no hubiera estado fielmente casado, muy bien hubiera podido enamorarse de aquel ángel divino que tenía enfrente. La condesa Silvia Konigsberg estaba casada con un diplomático sueco y era una vieja amiga—. ¿Has tenido problemas para llegar?
—Ninguno —dijo, y en sus ojos brilló la malicia—. Despisté a la Gestapo en el metro. El pobre hombre debe de estar pasándolo mal en estos momentos.
Canaris pidió una cerveza para ella y esperó a que la camarera se marchase.
—Así que te vas esta noche en avión a Estocolmo.
—A las doce. En el avión correo. ¿Querías verme por algo importante?
Canaris se aclaró la garganta. Era impensable pasarle cualquier mensaje por escrito, pues serían pruebas que podrían utilizarse en su contra. Silvia, por otra parte, tenía inmunidad diplomática y amigos poderosos, de la talla del mismísimo rey de Suecia. Si la cogían, no la torturarían para que confesara, pero eso no quería decir que no arriesgase la vida. La Gestapo era muy hábil organizando accidentes fatales.
—Querida Silvia, tengo que confiarte un mensaje urgente, y vital. Tan crucial, que podría decidir el resultado de la guerra. ¿Estás preparada para guardártelo en la memoria?
Silvia no parpadeó. Una mujer valiente, pensó Canaris, con esa capacidad nórdica tan notable de parecer tranquilos en las circunstancias más adversas.
—Adelante —dijo ella simplemente.
Canaris titubeó. Sabía que con aquel acto estaba condenando a Halder y a la mujer al fracaso, incluso a la muerte, y era un gran peso sobre su conciencia que lo atosigaba desde hacía cinco días. Pero la alternativa era demasiado horrible hasta para imaginarla siquiera.
—Schellenberg y Himmler han preparado un plan para matar al presidente norteamericano y al primer ministro británico. Saben que Roosevelt llegará a El Cairo para reunirse con Churchill en algún momento del día 22, dentro de tres días, tienen la intención de asesinarlos a los dos.
El ángel sueco palideció y abrió la boca para inspirar profundamente.
—Es necesario que pases este mensaje a tu contacto habitual —dijo Canaris—. Si este plan de locos llega a salir bien, los dos sabemos cuáles serán sus consecuencias.
—¿Cómo… cómo será?
—Un equipo de especialistas para organizar la operación saldrá hacia Egipto por aire en las próximas cuarenta y ocho horas. Tal vez antes, incluso.
En ese momento, ambos oyeron el aullido de una sirena de alarma antiaérea. La orquesta dejó de tocar, la gente fue presa del pánico, sillas derribadas y el personal del bar empezando a dirigir a los clientes a las bodegas del sótano.
—¡Dios mío, otra vez! —dijo Canaris, pálido—. Este país quedará completamente destruido. —Puso una mano sobre la de Silvia, animándola—. ¿Estás segura de que llegarás al avión de esta noche?
—Mi marido tiene asuntos diplomáticos importantes en Estocolmo —dijo asintiendo con la cabeza—. Tenemos una escolta para cruzar el pasillo, como de costumbre.
Era absurdo, Canaris lo sabía. En medio de la peor guerra de la historia de la humanidad, entre los aliados y Alemania se había acordado tácitamente mantener un pasillo aéreo báltico para que pudiesen pasar a salvo los aviones de la Suecia neutral. Fuera, comenzaron a caer las bombas; el techo temblaba, se caía la escayola, las luces se apagaron.
—Será mejor que me vaya —dijo Silvia levantándose, nerviosa—. Si me quedo aquí atrapada puedo perder el vuelo.
—Que Dios te acompañe, Silvia —dijo Canaris, infundiéndole ánimo—. Y por lo que más quieras, ten cuidado cuando salgas y no me falles, por favor.
Estalló otra bomba por alguna de las calles cercanas, y los soldados y los camareros de la Bierkeller gritaban a la gente que bajasen de prisa al refugio.
—Hay algo más que nuestro amigo de Estocolmo tendría que saber — añadió Canaris rápidamente.
—No hay tiempo, Wilhelm —dijo Silvia, que ya avanzaba hacia la puerta.
—Pero es que tengo que darte algunos detalles…
Tomó a Silvia del brazo y cuando la acompañaba hacia la salida, una potente explosión hizo temblar el edificio y casi los tiró al suelo. Un corpulento Feldwebel corrió a su lado.
—¿Están sordos, ustedes dos? ¡Abajo, de prisa! Antes de que los hagan pedazos.
El Feldwebel empezó a empujarlos hacia el sótano pero, sin decir una palabra, Silvia Konigsberg se escabulló a toda prisa, cruzó la puerta y subió los escalones.
—¡Eh, tú, zorra estúpida! ¿Estás loca? —bramó el soldado y salió tras ella.
Canaris lo cogió del brazo.
—No. ¡Déjela!
—Que se las apañe, abuelo, pero si usted quiere vivir para cobrar su jodida pensión, será mejor que mueva el culo y baje por esa escalera inmediatamente. ¡Andando!
Canaris vio cómo Silvia desaparecía escaleras arriba mientras una nube de polvo envolvía la Bierkeller y el edificio temblaba de nuevo. Se tapó la boca con el brazo para no toser. Dios mío. ¿Y si la mataban en el bombardeo y no lograba llegar? Había intentado desesperadamente darle más detalles, asegurarse de que su contacto del servicio de inteligencia británico en Estocolmo se enteraba de que Halder y la mujer eran peones inocentes de un juego mortal, pero era demasiado tarde. Silvia se había marchado y el soldado lo empujaba hacia las bodegas.
A dos kilómetros de allí, también en Berlín y en ese mismo momento, el general Walter Schellenberg era conducido a otra clase de bodegas. Visitar la prisión de los sótanos del cuartel general de la Gestapo siempre lo deprimía. Era un lugar miserable, que apestaba a miedo y se llenaba de los gritos de las víctimas de las torturas, pero al caer aquella tarde, mientras el fornido carcelero de las SS lo guiaba escaleras abajo, se sentía de un humor excelente.
Caminaron hasta el final de un pasillo frío y escasamente iluminado, dejando a ambos lados hileras de puertas de hierro. El carcelero se detuvo ante una de las últimas e insertó la llave. Schellenberg encendió un cigarrillo.
—¿Cómo está?
—Mejor que la mayor parte de los otros. Tres buenas comidas al día y ni torturas ni palizas. Pero sigo creyendo que no tiene la cabeza bien. Apenas responde.
—¿Ha mencionado a su hija?
—No, que yo sepa, mi general. Simplemente, llora mucho. La verdad es que apenas para.
Justo en ese momento, Schellenberg oyó sollozos y miró a una de las otras celdas del otro lado del pasillo, de donde provenía el sonido.
—Espere un momento.
Se acercó allí, y descorrió la mirilla de metal que había en la puerta de hierro. Vio a dos muchachos, uno de unos veinte años y el otro de no más de catorce, con las caras amoratadas, acurrucados juntos en un rincón de la celda, como buscando consuelo, el más joven sollozaba incontroladamente. Parpadeando bajo la cruda luz, parecían unos animalitos asustados, acongojados.
—¿Y estos dos? —le preguntó al carcelero.
—Dos hermanos traidores, conspiraban contra el Führer, Herr general. Todavía no han confesado, pero confesarán, puede estar seguro. Y al final se llevarán lo que se tienen que llevar.
Schellenberg se estremeció al oír un grito de mujer que procedía de algún lugar en las profundidades de la prisión. Cerró la mirilla, se volvió hacia el carcelero y señaló con la cabeza la otra celda.
—Ya puede abrir la puerta.
El carcelero obedeció, encendió la luz desde fuera. Schellenberg penetró en el espacio maloliente. Apenas si había sitio para dos personas, un camastro de metal con mantas grises sucias, un cubo abollado, una luz inclemente brillando en el techo. Un hombre de pelo gris, de aspecto en otro tiempo distinguido, se acurrucaba en un rincón, tapándose la cara y la cabeza con las manos, gimiendo como un niño, balanceándose atrás y adelante.
—¿Lo tratan a usted bien? —preguntó suavemente Schellenberg.
El hombre no respondió ni intentó levantar la mirada, y el guardia gritó:
—¡Contesta al general cuando te habla!
—¡Fuera! ¡Déjenos solos! —ordenó Schellenberg, restallando los dedos, airado.
El guardia dio un taconazo y obedeció al instante. Schellenberg dio una calada al cigarrillo y miró otra vez al prisionero.
—Lo siento, me temo que tendrá que perdonar a esa gente. Hay algunos que son peores que cualquier bestia. Pero le traigo buenas noticias para levantarle la moral. Su hija ha aceptado mi propuesta. Si hace lo que se espera de ella, y sobrevive, esta desagradable situación terminará muy pronto. Bien, ¿qué me dice?
El hombre gimió, se quitó nerviosamente las manos de la cabeza. Tenía la cara barbuda, llena de contusiones, fuertes moretones donde se habían cerrado ya otras heridas. Alzó una mirada de demente asustado, tenía los ojos enajenados, y empezó a llorar, volvió a taparse la cara y a balancearse atrás y adelante.
Schellenberg suspiró con desesperación, tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la suela.
—Tengo la terrible sensación de que para usted ya no hay solución, amigo mío. Esos muchachotes le han revuelto los sesos.
Salió al pasillo y dijo al carcelero:
—Traigan a un médico. No a uno de esos matasanos de plantilla en los sótanos. Un doctor de verdad. Y quiero ver el informe.
—Sí, Herr general.
La puerta de la celda se cerró con un golpe metálico y Schellenberg recorrió de vuelta el pasillo.
El Cairo, 18 de noviembre
Reggie Salter estaba de mal humor aquel jueves por la tarde, y tenía buenas razones para estarlo. Uno de sus almacenes había sido asaltado la noche anterior, no por la policía, sino por una banda de ladrones árabes bien organizada. Habían degollado a uno de sus vigilantes y se habían largado con más de cinco mil libras de los productos más preciados por Salter.
Sus hombres ya habían enterrado el cuerpo del centinela en el desierto, y dentro de no mucho tiempo unos cuantos cabrones avariciosos tendrían que cavar sus propias tumbas para hacerle compañía. Quienquiera que robase su almacén lo pagaría caro, pero conociendo como conocía a las bandas de delincuentes árabes, era poco probable que volviera a ver la mercancía.
Todavía echaba chispas al pensar que había perdido cinco billetes grandes cuando Costas subió por la escalera del almacén de abajo, secándose las manos con un trapo grasiento.
—Reggie, Deacon acaba de llegar, está abajo. ¿Quieres que te lo mande?
—No, ya bajo yo. ¿Qué pasa con ese jodido jeep?
—Está en el patio. Los chicos lo están revisando.
—Muy bien. Ahora veamos qué color tiene la tela de Deacon. —Salter bajó por la escalera del almacén, seguido de Costas, y vieron a Deacon y al árabe esperando en la planta baja junto a unas jaulas de embalaje.
—Harvey, amiguito. Me alegro de verte.
—¿Tienes el jeep y los uniformes?
—Directos al grano, hoy, ¿eh? Ya te dije que no te fallaría, y no te he fallado. Los he conseguido incluso antes de lo que esperaba. Ven conmigo.
Salter lo condujo a través del almacén hasta llegar a un patio cubierto en la parte de atrás. Dos de sus hombres faenaban bajo el capó de un jeep norteamericano mientras otro se ocupaba de quitar el polvo de los indicativos de policía militar de los lados.
—Costas me ha dicho que el motor es de primera, casi nuevo —explicó Salter—. No medio quemado como la mayoría de los que te encuentras, que están hechos trizas de tanto correr por el puto desierto.
—¿De dónde lo has sacado? —preguntó Deacon, observando el vehículo.
—Cuanto menos sepas, mejor para ti —dijo Salter con una sonrisa y dándose golpecitos en la nariz.
—¿Pero estás seguro de que los papeles son auténticos y no podrán seguirle la pista hasta aquí?
—Danos un respiro, Harvey —dijo Salter, riendo—. Pues claro que estoy seguro. Si llevase mi negocio de otra manera, hace tiempo que estaría metido en un ataúd.
Deacon pasó la mano por la pintura y Salter dijo:
—Puedes revisar la mercancía todo lo que quieras. Tú eres el cliente.
Deacon se sentó en el jeep y maniobró el arranque. El motor roncó con suavidad. Se bajó y miró debajo del capó con ayuda de Hassan. Se quitó el polvo de las manos y declaró:
—Tiene buena pinta.
—¿Acaso pensabas que te engañaría? —Salter le alargó los papeles del vehículo—. Todo en orden.
—Parece que están bien —dijo Deacon, examinando los papeles—, bastante bien. ¿Y los uniformes?
Salter llamó con un chasquido de dedos a uno de sus hombres.
—Trae el otro material de dentro, Joey.
El hombre entró en el almacén y regresó cargando al hombro un par de voluminosos petates militares. Salter abrió uno y volcó el contenido en el suelo. Un uniforme de capitán norteamericano, un uniforme de sargento de la policía militar, ambos con todos sus complementos, incluido un par de pistolas Colt 45 con sus fundas y dos ametralladoras M3 americanas con peines de munición de repuesto para todos.
—Todo lo que pediste. Pero es mejor que lo compruebes, para estar seguros.
Deacon examinó el contenido de cada uno de los petates y Salter preguntó:
—¿Contento?
—Todo parece bueno.
—Otros quinientos billetes, creo que dijimos.
—Quiero que se entreguen los uniformes y las armas esta noche en el club. Que usen la entrada de proveedores y, por todos los santos, mucha discreción.
—Descuida, esa es mi especialidad.
—¿Seguro que no hay problema en dejar el jeep aquí un par de días, hasta que lo necesite?
—Ninguno, mientras pagues el precio que acordamos por guardarlo.
Deacon se sacó un sobre del bolsillo y se lo dio a Salter, que repasó los billetes con los dedos y se lo guardó en un bolsillo.
—Es un placer hacer negocios contigo, Harvey.
—Todavía no hemos terminado. ¿Qué hay de los camiones?
—Me temo —dijo Salter, tras encender una breva y rascarse la barbilla— que con esos tenemos algunas dificultades pasajeras, ¿verdad, Costas?
—Al parecer —dijo el griego, encogiéndose de hombros—, en estos momentos el ejército está echando mano de todos los vehículos que puede, Harvey. Dios sabe por qué, pero hay escasez de camiones. Pero no te preocupes, haremos todo lo que podamos.
—Lo que podáis no es suficiente —dijo Deacon, preocupado—. Tengo que tener la seguridad de que tendré esos camiones en mi poder antes de dos días.
En su voz había un punto de desesperación que a Salter no le pasó desapercibido, y le dijo, para tranquilizarlo:
—Yo me ocuparé personalmente de esto, Harvey, no sufras. Por estas que estarán aquí y a tiempo, aunque tenga que afanarlos yo mismo. Prometido.
—Bien. —Deacon pareció aliviado, le hizo un gesto con la cabeza a Hassan y se volvió para marcharse—. ¿Me avisarás?
—En cuanto sepa algo, amiguito.
Salter los observó hasta que salieron del patio y cuando se hubieron ido llamó a dos de sus hombres.
—Ya sabéis lo que hay que hacer. Quiero saber cada sitio al que vaya Deacon, a todo el mundo que vea. No me jodáis y procurad que no os descubra porque os pondré de cebo para cocodrilos, ¿entendido?
—Claro, Reggie.
Los hombres se marcharon. Costas se acercó, sigiloso. Puso una sonrisa torcida y le dijo a Salter:
—¿Crees que la cosa marchará?
Salter se hizo restallar los nudillos.
—Más vale que sí, colega. Anoche, esos jodidos gitanos árabes nos llevaron cinco billetes y tengo toda la intención de recuperar la pérdida. Sea lo que sea lo que se trae entre manos, vamos a llevarnos una buena tajada, les guste o no les guste a Deacon y a sus socios.