Las arenas de Saqqara
Capítulo 24
24
El Cairo
20 de noviembre, 16:00 h
Weaver iba sentado en el asiento delantero del jeep que Helen Kane conducía camino de Gizeh.
—¿Ha dicho Sanson de qué se trataba?
—Solo que el general Clayton y él querían verte urgentemente en el Mena House.
Habían cruzado el puente Inglés, y la ciudad dejaba paso a pueblos de adobe y campos de caña de azúcar que llegaban hasta el límite del desierto. Pronto estuvieron a quince kilómetros al oeste de El Cairo, por la carretera polvorienta de intenso tráfico militar británico y norteamericano, con los enlaces motoristas adelantando veloces en ambas direcciones.
Weaver se sentía culpable de no haberla visto apenas durante los últimos tres días, y tenía la sensación acuciante de haberse pasado de la raya al acostarse con ella.
—Oye, siento mucho lo que pasó la otra noche, Helen.
—Pues yo no.
—¿Lo dices en serio?
—Naturalmente. Lo que me gustaría es que no parecieras tan incómodo solo por eso —y lo miró a la cara—. Pobre Harry. ¿He perturbado el orden de tu organizada existencia?
—Algo así.
—Ya tendrías que saber que las mujeres son el demonio —dijo ella con una sonrisa juguetona.
—¿No crees que eso podría complicar las cosas? —Solo si tú lo permites. Somos humanos, estamos en guerra, y es algo que pasa habitualmente, digan lo que digan las ordenanzas militares. Me parece que podemos cumplir con nuestro deber y seguir viendo las cosas como son, ¿no crees?
—Eres una chica estupenda, ¿sabes? —Se inclinó y la besó en la mejilla.
—Ten cuidado —le dijo sonriendo—. No sea que tenga la tentación de ir más lejos. Si puedes encontrar tiempo, podríamos cenar juntos esta noche.
—Es la mejor propuesta que me han hecho últimamente, pero será mejor que esperemos a ver qué nos tiene reservado el general Clayton. Después de lo que sucedió en el Imperial, tengo la vaga impresión de que no debe de estar de muy buen humor.
Las chabolas de adobe de los pobres dejaron paso a las lujosas villas de campo de los cairotas ricos, hasta que por fin llegaron a una aldea polvorienta, Nazlat as-Saman, al pie de la esfinge y de las tres pirámides de Gizeh. Subiendo por la carretera desde el pueblo, al final de una amplia avenida bordeada de palmeras, había un suntuoso edificio pintado de blanco rodeado de alojamientos individuales e instalado en medio de sus jardines particulares.
En un principio, durante el siglo pasado había sido una residencia de caza otomana, y luego un matrimonio inglés compró el Mena House y lo transformó en un hotel de lujo mundialmente famoso, refugio favorito de ricos y príncipes, dotado de terrazas con vistas a las pirámides, piscinas y jardines frondosos, todo ello de un estilo colonial fastuoso.
—¿Qué tiene que hacer una chica para ganarse un fin de semana aquí?
—Seguro que a mí se me ocurre algo.
—Estoy segura de que a los dos —dijo ella entre risas.
—Bien, vamos a ver si la seguridad de aquí es realmente buena. Mejor si tienes preparado el pase especial.
Hizo guiar el jeep hacia el hotel. La larga avenida que llevaba hasta allí tenía dos puntos de control de seguridad con fuerte dotación, uno a cada extremo del camino, separados unos cien metros. La carretera propiamente dicha la bloqueaban unas barreras pintadas de rojo y blanco, y había alambradas de espino y varios emplazamientos de ametralladoras a ambos lados del asfalto. Un cartel advertía: «Prohibido el paso».
En el primer control apareció un corpulento capitán del ejército norteamericano y les dijo que apagasen el motor. Examinó de arriba abajo sus papeles, incluyendo los pases especiales al recinto que el general había hecho que les expidiesen en el cuartel general, y después entró en la caseta de vigilancia para llamar por teléfono, mientras media docena de soldados armados registraban el jeep a fondo, empleando un espejo con un mango largo para estudiar los bajos del vehículo.
El oficial regresó por fin, les devolvió los papeles y saludó.
—Todo en orden, mi teniente coronel. Los esperan. Haré que uno de mis hombres los acompañe hasta el hotel.
—No es necesario, capitán.
—Lo siento, son las normas —dijo el oficial con una sonrisa de suficiencia—. Si no lleva escolta, los hombres del siguiente control pueden volarles la cabeza sin preguntar antes.
Continuaron hasta el segundo control con un sargento sentado en el asiento de atrás enarbolando una ametralladora M3. Se repitió el mismo filtro de seguridad y con idéntica precisión, antes de poder detenerse a la entrada del hotel y estacionar en el aparcamiento de visitantes especiales frente a la puerta principal.
Cerca de la fachada había media docena de tanques Sherman y blindados, en el tejado y en los terrenos que rodeaban el hotel había emplazamientos de ametralladora y baterías antiaéreas rodeadas de sacos terreros. Aquello era una colmena, pura actividad, mensajeros yendo y viniendo. Otro control de seguridad estaba montado en la zona de recepción del hotel. Todo muy organizado y rebosante de policía militar norteamericana e inglesa, y cerca de la parte delantera del hotel, un pequeño destacamento de ingenieros y de carpinteros militares probaba afanosamente una rampa móvil, un artefacto de madera y metal sobre ruedas que Weaver supuso que era para hacer que la silla de ruedas de Roosevelt subiera y bajara rápidamente los escalones.
—Todo muy impresionante —le dijo al sargento cuando se bajó—. Desde luego no es el sitio en el que uno querría colarse a las cuatro de la madrugada sin que lo viera el conserje.
—Y no ha visto usted ni la mitad, mi teniente coronel. Hemos puesto un verdadero anillo de acero alrededor; infranqueable es decir poco.
El general Clayton bajó rápidamente la escalinata del hotel con cara de circunstancias. Sanson venía tras él, acompañado por un comandante inglés con bigote y aire cansado. Weaver saludó y dijo:
—¿Quería verme, mi general?
—Vuelva al jeep, Harry. Tenemos que hablar —gruñó Clayton, y subió al asiento de atrás. Sanson y el comandante se apretaron a su lado. El general le presentó—: Te presento al comandante Blake. Está en el SIS.
—Es un placer conocerlo, mi teniente coronel —dijo Blake, tendiéndole la mano a Weaver.
—Quizás sea hora de que te hagamos una visita guiada, Weaver —dijo Sanson, con brusquedad—. Podemos hablar mientras tanto. —Hizo un gesto con la cabeza a Helen Kane—. Siga adelante, Helen. Y tenga cuidado por dónde conduce. Por aquí hay zonas minadas.
Tardaron treinta minutos en recorrer el recinto de seguridad.
Weaver vio que todo el hotel y casi medio kilómetro cuadrado del espacio de desierto que lo rodeaba estaba cercado con una valla de alambre de espino, salpicada de emplazamientos de ametralladora y recorrida por patrullas de centinelas armados. Los ingenieros militares continuaban levantando tiendas en los terrenos del Mena House para acomodar el gran número de efectivos. Justo pasada la protección de ese campamento, la esfinge y las pirámides se alzaban como un majestuoso telón de fondo.
—Tenemos más de un millar de hombres defendiendo el área —explicó Clayton—. Cuando llegue el presidente, este lugar estará tan fortificado como el mismo Fort Knox. Cada delegado tendrá sus propios aposentos, además de personal de seguridad adicional, según su importancia y graduación. Por añadidura, habrá veinte hombres del Servicio Secreto para proteger al presidente en turnos que cubrirán las veinticuatro horas. Y nadie, pero nadie, entrará en esta zona sin sus correspondientes papeles. Desde esta mañana, hay una zona de exclusión aérea de veinticinco kilómetros cuadrados, que patrullan la RAF y nuestros chicos de la base de aquí, de El Cairo, y suficientes baterías antiaéreas para liquidar a media Luftwaffe. Si alguien osa entrar en esa zona, los derribarán sin hacer más preguntas.
—¿Puedo preguntarle dónde se alojará el presidente, mi general?
—En una de las suite del hotel. Si tenemos que trasladarlo por razones de seguridad, irá a la villa privada del embajador, a kilómetro y medio de aquí. Estará tan bien guardada como este recinto, pero solo por nuestros chicos. En cuanto al hotel todos los empleados han sido temporalmente sustituidos por personal militar, a excepción del director. A todo el personal árabe se le ha dado vacaciones pagadas. Incluso hemos tenido que trasladar temporalmente a varias familias beduinas que tenían sus tierras por aquí. Lo que nos lleva a nuestro amigo el árabe. —Al general se le puso cara de enfado, era evidente que estaba muy disgustado—. Lo que ha sucedido es un desastre. De ahora en adelante tendrá que estar más atento, Harry.
Terminaron el recorrido y Helen Kane se detuvo de nuevo en el aparcamiento del hotel. Weaver vio que los ingenieros acababan de terminar su trabajo en la rampa para la silla de ruedas y que dos de ellos la empujaban hacia un lado.
—Ha sucedido otra cosa —dijo Clayton con un suspiro y bajándose del jeep—. Creo que seré mejor que se lo explique usted, comandante Blake.
—Anoche, tarde —dijo el comandante dirigiéndose a Weaver—, uno de nuestros hombres de inteligencia en Estocolmo recibió un mensaje importante, que pasó una intermediaria sueca, de una fuente alemana de alto rango. La información decía claramente que los alemanes pretenden matar al presidente de Estados Unidos y al primer ministro británico.
—¿Cómo? —Weaver frunció el ceño, preocupado.
—Los detalles son muy escasos, pero al parecer su inteligencia sabe con seguridad que ambos llegarán a El Cairo en algún momento antes del día 22, y han diseñado un plan para matarlos. Un equipo de especialistas alemanes tenía que ser enviado a Egipto en cuarenta y ocho horas para poner en marcha la operación. Nuestro contacto sueco recibió la información ayer por la noche. Así que eso significa que puede ser en cualquier momento desde entonces hasta mañana por la noche. —Blake hizo una pausa y luego añadió—: Eso es todo lo que sabemos, mi teniente coronel.
—Entiendo —dijo Weaver, que había palidecido de pronto.
—Me parece que esto nos da una nueva perspectiva de la situación —dijo Clayton—. Creo que estaba en lo cierto con respecto a ese árabe. Hemos puesto más patrullas costeras en el aire desde esta mañana, y también en la zona de exclusión. Se espera muy mal tiempo al norte del Mediterráneo durante las dos próximas noches, lo cual ya es un obstáculo, pero nunca se tiene suficiente cuidado. Los boches están desesperados y tienen muy pocos escrúpulos, pueden intentar cualquier cosa.
—Y no hay que tratarlos con guante de seda —comentó Sanson—. ¿No está de acuerdo, Weaver? Weaver no contestó y Clayton dijo:
—Tienes toda la cara de estar pensando algo, muchacho. Suéltalo de una vez.
—No es nada, mi general —replicó Weaver.
Clayton dijo a los otros:
—Teniente, caballeros, ¿nos perdonan? Vamos a dar un paseo, Harry. — Se llevó a Weaver un corto trecho hacia los jardines—. No quiero meterme donde no me llaman, hijo, pero tengo la sensación de que Sanson y tú no sintonizáis demasiado bien.
—¿Cómo?
—Me ha contado lo que pasó con Berger. Pegar a un prisionero no es precisamente el juego limpio que nos gusta, pero estamos en guerra, Harry, y todos estamos más que cansados de ella. Como te dije, Sanson tiene mucha experiencia en estas cuestiones. Y buenos resultados. Así que, de ahora en adelante, tendrás que aceptar sus juicios. Él conduce el coche. ¿Entendido?
—Sí, mi general.
—Si los alemanes intentan algo, apuesto un dólar a que será muy, muy pronto. Ese Gabar, o como demonios se llame de verdad, tiene que estar involucrado de algún modo, de manera que quiero que Sanson y tú le sigáis el rastro para detener este asunto de una vez. Cualquier material que necesitéis, lo tendréis. Si no nos quitan del medio a ese comando alemán en el aire primero, quiero que todo este asunto me lo dejes amortajado, metido en una caja y enterrado. —Entendido, mi general.
—Eso espero, Harry. El presidente llega dentro de treinta y seis horas. Quiero ver progresos. Encuentra a nuestro amigo el árabe, y encuéntralo rápidamente.