Las arenas de Saqqara

Glenn Meade · Capítulo 28 de 75

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Las arenas de Saqqara

Cuarta parte. 21 de noviembre de 1943

CUARTA PARTE.

21 de noviembre de 1943

27

 

Abu Sammar, 21 de noviembre

Achmed Farnad se despertó en la oscuridad, renegando.

Alargó la mano y acalló la fuente de su irritación —un antiguo despertador fabricado en Inglaterra—, después se frotó los ojos y miró la hora.

Las tres de la mañana.

Se sentó en la cama, se rascó y miró a su mujer, que roncaba. Esa zorra haragana dormiría aunque hubiera un terremoto. Hizo un esfuerzo, salió de las mantas tibias y pisó con un estremecimiento el suelo helado, notando en los huesos el mordisco del frío del desierto en el cuarto. Sabía que su tarea de esa mañana era extremadamente peligrosa, y notó un calambre en el estómago. También sabía que a una hora tan temprana, toda la población de Abu Sammar —apenas doscientas almas— dormía profundamente, pero cuando oyó aullar a un perro solitario se acercó ansioso hasta la ventana y escudriñó entre las desvencijadas persianas de madera.

El pueblo estaba a oscuras, sobre la luna corrían jirones de nubes negras. El viento gemía, las ráfagas arrastraban espinos y arena por las calles vacías. No era un tiempo exactamente propicio para hacer el importante trabajo que tenía que hacer. El perro dejó de aullar y el silencio regresó al pueblo, excepto por el ruido espectral del viento. Achmed se vistió rápidamente y bajó la escalera con creciente excitación.

El hotel Seti era una fonda en decadencia de seis habitaciones, pero era un palacio comparado con el resto de las viviendas de adobe del pueblo, frecuentado en otros tiempos por los mercaderes árabes que hacían la ruta comercial de las caravanas de Túnez a Egipto. Ahora, el único visitante que Achmed veía era algún comerciante ocasional que pasaba camino de El Cairo. Pero cuando los alemanes estuvieron a punto de conquistar Alejandría, la historia había sido diferente. Entonces, el hotel había albergado toda una sucesión de oficiales británicos e incluso había servido de puesto de mando en una ocasión. Achmed había hecho todo lo posible por agradar a los oficiales adulándolos con una fidelidad perruna, y los muy tontos habían confundido su entusiasmo con la lealtad. Le hacían confidencias, le contaban sus éxitos y sus fracasos, y Achmed había sabido muchas cosas sobre sus tácticas y su moral de combate. Lo que los oficiales no sabían es que tenía una radio y una pistola Luger ocultas en el cobertizo que había detrás del hotel.

Los alemanes le pagaban bien aquella información, pero habría hecho el trabajo gratis de muy buen grado. Odiaba a los ingleses, y cuanto antes los echaran de Egipto a patadas, tanto mejor. Al pasar junto al destartalado mostrador de recepción, Achmed se detuvo a coger una saca de lona que había detrás. «Hora de ponerse a trabajar».

 

El corral cerrado y el cobertizo de planchas onduladas, ya con óxido, que estaba detrás del hotel, servían de almacén general, e incluían un gallinero, un chamizo para las cabras y el garaje de la camioneta Fiat. Un capitán británico agradecido había recompensado su hospitalidad con aquel vehículo capturado a los italianos, y Achmed lo cuidaba con esmero desde entonces, manteniéndolo en perfectas condiciones.

Antes de subirse a la cabina abrió la saca de lona. Tenía todo lo que necesitaba: linternas y baterías de repuesto. Comprobó la rueda de recambio del camión y se aseguró de que llevaba el bidón de repuesto de combustible. Satisfecho, atravesó el patio y abrió los portones.

Una ráfaga feroz de viento se metió en el recinto, alborotando a las gallinas y cabras del cobertizo. ¿Era su imaginación, o es que el tiempo seguía empeorando? La tarde anterior había oído que el tiempo iba a empeorar, pero no creía que tanto. Se sentó al volante, encendió el motor y el Fiat se animó con un gruñido. El viento ahogaría el ruido del motor, pero, sin duda, alguno de sus vecinos lo oiría. Eso era algo que Achmed no podía evitar, y asomó el Fiat a la calle de tierra, se paró y se bajó otra vez para cerrar las verjas, y después condujo la camioneta hasta la carretera principal que salía del pueblo. Condujo a través del desierto en dirección a Alejandría, a más de treinta kilómetros de distancia, pero cuando llevaba recorridos ocho kilómetros torció hacia el sur por una pista pequeña y desolada.

Se detuvo delante de un par de verjas de hierro y tela metálica, con un cierre de alambre de espino extendiéndose a cada lado. Los granos de arena golpeaban contra el parabrisas, pero podía ver la pista de aterrizaje al otro lado de las verjas. Como la guerra en el desierto se había acabado, estaba abandonada; la media docena de casamatas y los dos hangares alzaban sus tejados de chapa ondulada como monumentos oxidados y ya olvidados entre la oscuridad de la tormenta. Ya nadie iba por allí, salvo alguna tribu beduina que pasaba para rebuscar entre los bidones de petróleo abollados y la chatarra militar abandonada. Achmed bajó de la camioneta, abrió las verjas, que no tenían cerrojos, condujo hacia una de las casamatas y se paró delante.

Apagó el motor, se cubrió la cara para protegerse de la arena del viento, bajó del vehículo y entró. Allí dentro apestaba a madera podrida y a excrementos, y las paredes estaban pintadas con tiza. «Corre, Rommel, corre», «Bert estuvo aquí». Achmed oyó un ruido difuso en la oscuridad, y exclamó:

—¿Mafuz? ¿Estás ahí?

Entre las sombras apareció un niño de doce años que se frotaba los ojos de cansancio.

—Sí, padre.

Achmed podía adivinar la manta en un rincón, el pequeño paquete de comida que había dado a su hijo. Media docena de las cabras de Achmed estaban tumbadas junto al muchacho, protegiéndose del viento. Balaron y se agitaron, pero no se movieron de donde estaban.

—¿Ha venido alguien?

—No, padre. No he visto a nadie.

—Buen trabajo, Mafuz.

Achmed, resplandeciente, dio una palmada a su hijo en la cabeza. Lo había dejado en el aeródromo la noche antes, simulando apacentar las cabras. Necesitaba estar seguro de que ningún beduino había merodeado por allí y se había refugiado en las casetas, como hacían algunas veces con el mal tiempo, porque eso hubiera trastornado sus planes. Mafuz era digno de toda confianza y un chico inteligente; razones por las cuales, Achmed había delegado en él esa labor.

—Ayúdame con las luces.

Se colocó en el suelo de cemento sucio, abrió la bolsa y sacó las cuatro linternas eléctricas. Mafuz lo ayudó a comprobarlas otra vez; funcionaban todas. Achmed emplearía una de ellas para indicar al avión que el campo estaba libre y se podía aterrizar con seguridad. Las otras tres eran para colocarlas en la pista haciendo una L sobre unas estacas de madera que traía en la caja del camión y servirían para marcar el ancho y el largo exactos de la pista de aterrizaje.

Una vez el aparato le devolviera la señal, encendería las otras luces para que pudiera tomar tierra, pero no antes. Achmed miró su reloj: las cuatro de la madrugada. En apenas una hora, si todo iba bien, llegarían los alemanes. No sabía por qué venían —eso no era asunto suyo—, pero estaba convencido de que tenía que ser por algo importante. No operarían tan dentro de las líneas enemigas sin una buena razón. Quiso confiar en que el viento habría cesado para entonces, porque, si no, las cosas serían difíciles. Una racha de viento hizo crepitar las planchas del techo, y Mafuz lo miró con cara de emoción.

—¿Vendrá de verdad el aeroplano, padre?

—Si es la voluntad de Alá, hijo mío.

También Achmed sentía emoción, aunque acompañada de un toque de miedo. Una vez había sido testigo de cómo un bombardero Wellington se estrellaba durante un jamsín, en aquella misma pista. En el último momento antes de aterrizar, una tremenda racha había levantado el aparato en el aire, y entonces un ala se torció y tocó, y el avión cayó en semicírculo y explotó en una tormenta de llamas en la que la tripulación murió instantáneamente. Aquello no era jamsín, pero por el ruido del viento que rugía fuera podía cocerse una mala tormenta.

Achmed oyó cómo el viento volvía a hacer entrechocar las planchas del techo, tomó entre los dedos su rosario de cuentas y calculó las posibilidades del avión que esperaba.

—Esperemos que vosotros tengáis mejor suerte, amigos.

 

04:20 h

Hacía frío en el Dakota, y Halder se despertó de un breve sueño. Quedó sorprendido al ver a Rachel dormida, y se fue hacia la cabina, donde encontró a Falconi y a Remer, el copiloto, a oscuras, tomando café de un termo.

—¿No puedes descansar? —preguntó Falconi en voz muy alta para superar el ruido de los motores.

—Me parece que no. Nervios operativos, lo confieso.

—Nos pasa a todos. Anda, tómate un café.

Aceptó la taza de metal que le daba Falconi y se sentó en el asiento del radio, que estaba vacío. Miró hacia afuera, el cielo nocturno con una luna en cuarto que daba justo la luz suficiente para ver algo. Jirones de nubes negras corrían de tanto en tanto y golpes de lluvia azotaban el parabrisas de la carlinga, mientras en la negrura parpadeaban estrellas brillantes.

—¿Dónde estamos?

Remer le mostró el mapa de ruta que tenía sobre las rodillas.

—Justo pasada la mitad de camino entre Sicilia y Egipto, por la costa oeste de Creta. En menos de una hora dejaremos Alejandría a la izquierda. De momento, todo parece muy tranquilo, no hay ninguna actividad de radio por allí.

—Esperemos que siga así. ¿Y qué pasa con el tiempo, Vito?

Falconi señaló en el horizonte un espeso banco de nubes negras con muy mal aspecto, y Halder vio las siluetas dibujadas de los rayos que relucían en sus profundidades, iluminando el cielo de la noche.

—Jesús, eso tiene mala pinta.

—Muy mala. Intentaremos esquivar la parte peor, pero puede que bailemos un poco. Lamento decir que no podemos hacer nada mejor.

Halder les ofreció cigarrillos y, mientras encendía el de Falconi, dijo:

—Creía que, a estas alturas, tú ya habrías acabado tu parte en esta maldita guerra. No me dirás que le has cogido gusto.

—En absoluto —dijo Falconi con una sonrisa—. Pero o vuelo para la Luftwaffe o me meten en un campo de prisioneros hasta que me muera. O todavía peor, en un batallón de castigo en el frente ruso.

—Siempre puedes intentar tomar tierra en Sicilia en el vuelo de regreso y entregarte.

—No diré que no lo haya pensado —dijo Falconi entre risas—. Solo que aquí, Remer, podría quejarse. Y tengo un hermano prisionero en un campo alemán en Milán desde que Italia se rindió hace dos meses. Dudo que Schellenberg fuese muy amable con él si yo deserto.

—Al parecer, Walter nos tiene a todos bien pillados.

—¿A ti también?

—Me temo que sí.

—Ese maldito cabrón. —En la cara de Falconi apareció una expresión de simpatía—. Me ha hablado de tu padre y de tu hijo, Jack. Un asunto terrible. Lo lamento de veras, amigo.

Halder asintió con la cabeza, apretando los dientes, y luego se volvió hacia la puerta de la cabina.

—Iré a ver qué hacen los otros.

—Hay más café en el termo, si tu amiga quiere un poco.

—Gracias. —Halder volvió hacia la cabina—. No te olvides de mantener los ojos bien abiertos por si hay aviación enemiga.

—Es un viaje de placer, Jack —sonrió Falconi, tranquilizador—. Con este tiempo, el cielo está más tranquilo que una tumba. De todos modos, lo que más me preocupa son las condiciones en tierra; crucemos los dedos hasta ver si podemos aterrizar sanos y salvos y después elevarnos otra vez.

 

04:35 h

El teniente de vuelo Chuck Carlton, de Dallas, estaba cantando La Rosa amarilla de Texas, sentado a oscuras en la carlinga del Bristol Beaufighter, tratando de mantenerse despierto. En el asiento del navegante, detrás de él, el sargento Bert Higgins no podía soportarlo más. Era la única canción que cantaba Carlton y, por si fuera poco, el tejano tenía una voz que parecía una sierra cortando metal.

—¿No sabe ninguna canción más, mi teniente? —preguntó por el intercomunicador.

—Esta es la mejor que se ha escrito, muchacho —contestó Carlton, sonriente—. Demonios, vosotros los ingleses no distinguís la buena música ni cuando la oís.

—Con todos mis respetos, mi teniente, ya se la he oído un centenar de veces esta noche.

Carlton se rio. Era un piloto veterano, con quince años de experiencia, un hombre corpulento de treinta y pocos años, de ojos azules inquietos que parecían llenos de impaciencia, como si la vida fuera algo demasiado lento para él. Había ganado sus alas con solo diecisiete años, volando para una compañía privada de servicio postal, cruzando los Estados Unidos de un extremo al otro bajo cualquier condición meteorológica que la madre naturaleza le proporcionase. Después, se había pasado dos años pilotando un aparato de fumigación en Atlanta, y otro, de lo más divertido, actuando en un circo aéreo, actividades todas que no permitían explicar por qué continuaba vivo y volando en el Grupo 201 de la RAF en Alejandría; solo que, cuando estalló la guerra, y como muchos de sus compatriotas norteamericanos que se habían presentado voluntarios para luchar por Inglaterra, Carlton consideró que eso era lo que había que hacer, además de que había anhelado vivir un poco de acción.

—Bien, nuestro tiempo está casi cumplido. —Movió la palanca hacia adelante y tiró suavemente del gas para iniciar el descenso desde cuatro mil ochocientos metros—. Dame una marcación y luego llevaremos este aparatito a casa; así, esos desagradecidos oídos británicos tuyos podrán descansar.

El Beaufighter estaba cubriendo la patrulla costera nocturna, a trescientos kilómetros de velocidad de crucero, entre nubes. Higgins comprobó el compás y tomó una referencia sobre Alejandría. Estaban al noroeste del puerto egipcio, y estimó que estarían en tierra y en casa al cabo de media hora. Miró afuera, el feo macizo de nubes tormentosas que tenía a la izquierda, las luces de Alejandría que eran apenas un racimo entre veladuras. Abajo, en tierra firme, soplaba una tormenta de arena, y se veían remolinos marrones y anaranjados, aunque estaban a cien kilómetros de la costa. La Unidad de Previsión Meteorológica del Mando Costero les había advertido de la inminencia del mal tiempo, pero Higgins había ido comprobándolo con la torre de control de Alejandría cada media hora. La tormenta de arena no había llegado aún a la ciudad, y las condiciones en la pista estaban todavía dentro de los mínimos de aterrizaje. Cuando terminó de tomar la marcación, el Beaufighter salió de entre las nubes a cuatro mil metros. Miró hacia abajo y se sobresaltó al descubrir la silueta oscura de un avión como a kilómetro y medio del ala de estribor.

—¡Objetivo a las dos en punto abajo!

Carlton se inquietó y atisbo hacia abajo, barriendo el cielo oscuro. La luz de la luna no era fantástica, apenas si había un ligero resplandor del amanecer al fondo del horizonte, pero sus ojos estaban habituados a la oscuridad después de casi tres horas de vuelo nocturno y percibió el aparato delante de ellos, volando a unos tres mil quinientos metros.

—Tienes razón, chico. Bien, bajemos a echar una ojeada.

Carlton apretó la palanca abajo y a la derecha, y al mismo tiempo empujó el gas hacia adelante, dando un golpe de potencia. El morro picó hacia abajo y el aparato empezó a acelerar. A Carlton le encantaba el Beaufighter; un biplaza que era un verdadero placer pilotar, y uno de los más rápidos de su categoría. Y justo ahora, sabía que tenía todas las ventajas; el objetivo estaba por delante de él y más abajo, y probablemente no lo vería acercarse. Dos minutos después estaba a menos de quinientos metros de él, y reconoció la inconfundible silueta de un Dakota C-47 con camuflaje de desierto, las barras y estrellas en las alas y la cola y las siglas USAAC. Se relajó un poco.

—Es un Dakota, uno de los nuestros —dijo por el interfono.

—Ya lo veo, mi teniente.

—La cuestión es qué demonios está haciendo aquí arriba. —Carlton había pedido a la torre la última relación de tráfico hacía solo diez minutos, y no le habían informado de que hubiera ningún aparato en las proximidades.

—Bien, vamos a llamarlos. —Movió el mando de la radio para transmitir —. C-47, aquí patrulla costera por su popa, cinco en punto arriba, identifíquese. Roger y cambio.

No hubo respuesta. Carlton volvió a intentarlo.

—C-47, identifíquese, por favor. Estoy detrás de usted, arriba, a las cinco en punto. Roger y cambio.

Como seguía sin respuesta, Carlton hizo un rápido control de los otros tres canales de comunicaciones: uno era para la torre y la base, y los otros dos, frecuencias de emergencia, y solamente se empleaban en casos extremos, cuando el avión estaba en dificultades. Los repasó todos, por si acaso el C-47 intentaba transmitir. Pero todas las ondas estaban mudas.

—Tal vez tengan la radio rota —le dijo a Higgins.

—¿Y qué quiere hacer, mi teniente? ¿Enseñarle los colores del día?

Encastradas en el fuselaje del Beaufighter había tres luces cubiertas con cristales rojo, verde y blanco. Podían hacer señales con diferentes combinaciones de colores, mediante un código de identificación que se cambiaba cada día. No había modo de que un intruso enemigo pudiera conocer el código ni la respuesta correcta, y mediante un método tan simple los aviones aliados auténticos se podían identificar siempre entre sí, aun cuando sus canales de comunicación no funcionasen. Pero Carlton seguía sin fiarse. El C-47 podía tener algún problema técnico, y lo último que quería era destruir uno de sus propios aparatos. Pero las instrucciones antes del vuelo habían sido muy concretas. Un informe de inteligencia sugería que era probable que los alemanes intentasen romper las defensas aéreas aliadas a lo largo de la costa africana, y cualquier aparato encontrado durante la patrulla tenía que verificarse. Carlton pretendía hacer señales al C-47 con los colores del día, pero antes tenía que asegurarse de que no había tráfico desviado en la zona.

—Aguanta un poco los colores del día, de momento —le dijo a Higgins por el interfono—. Llama a la torre de Alejandría, rápido, y pregunta si hay algún C-47 en la zona.

Carlton oyó a Higgins llamar a la torre y un instante después oía la respuesta en sus cascos: «Alerce, torre de Alejandría a patrulla costera Beaufighter. Ningún C-47 aliado autorizado en su área». Hubo una pausa, y después la voz dijo: «Será mejor que lo hagan volver».

Carlton se incorporó, excitado. Durante los últimos tres meses no había teñido acción. Lo que había empezado como una simple patrulla de rutina se estaba animando. El C-47 puede que fuera auténtico, pero sabía que los alemanes podían utilizar material aliado capturado. En cualquier caso, iba a averiguarlo, y de inmediato. El C-47 era lento y no llevaba armas. El Beaufighter era rápido y llevaba cuatro cañones Hispano de 20 milímetros bajo el fuselaje, otras cuatro ametralladoras calibre 303 en el ala de estribor y dos más a babor. Carlton podía alcanzarlo y derribarlo fácilmente si era necesario.

Abrió la tapa roja de «fuego», que cubría la palanca que accionaba las ametralladoras.

—Bien, para estar bien seguros, vamos a enseñarles los colores a nuestros amigos. Si no hay respuesta, dispararé una ráfaga de aviso, y si tampoco, los quitaremos de en medio.

 

El Dakota entró en una zona de turbulencias, y luego volvió a estabilizarse. Rachel se despertó con la luz fría y amortiguada de la lámpara del techo. Miró a su alrededor y vio que los dos SS estaban dormidos y que Halder venía por la cabina con un termo de café.

He pensado que te vendría bien un poco de esto. Te hará entrar en calor.

Rachel aceptó el café sin comentarios, y Halder dijo:

—¿Realmente soy tan repulsivo?

—Quizás sea el uniforme que llevas. Sobre el hombre, todavía no estoy del todo segura.

—Eso, por lo menos, es un progreso —dijo Halder, sonriendo, y la vio estremecerse—. ¿Frío?

—Un poco.

—¿Tienes miedo, Rachel? —le dijo arrodillándose y arropándola bien con la manta.

—No sé lo que siento. Resulta raro que estemos juntos otra vez los dos en estas circunstancias. Yo apenas puedo creérmelo.

—Háblame de tu mujer —le dijo ella con voz tranquila—. ¿La querías mucho?

Por un instante, la cara de Halder reflejó el dolor. Rachel le tocó ligeramente en el brazo, lo acarició con la punta de los dedos.

—Cuando dije que lo sentía, Jack, lo decía de verdad.

De repente, se oyó el fuego de una ametralladora, una ráfaga larga, sostenida, y el avión se inclinó violentamente. Halder dijo:

—¿Qué demonios…?

Hubo otra ráfaga larga, el Dakota se balanceó otra vez y Halder salió despedido hacia adelante y aterrizó encima de Kleist y Doring, que se despertaron.

—¿Qué cojones…? —bramó Kleist.

—Quédense todos donde están, todos ahí quietos —ordenó Halder, y se puso de pie y se fue rápidamente hacia la cabina de los pilotos.