Los demonios
XIII - El puchero
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
completo. Sin embargo, a nosotros nos parece que esas cosas son propias de
locos, pobres desgraciados, seres escindidos en el curso de una misteriosa
enfermedad que ha removido el fondo de su personalidad, y allí, bajo los
guijarros, aparecen herencias de las que surgen burbujas pintorescas que no
tardan en estallar. Cuando uno goza de plena salud —¡el único principio
que parece tener validez general!— es ajeno a esas fantasías. Y es que la
fantasía ya no se manifiesta en nuestro civilizado mundo más que como una
hinchazón que deforma inmediatamente al hombre entero —en el fondo, lo
hace más original— o como consecuencia de una enfermedad mental que lo
escinde. En nuestra época, una persona sana y equilibrada que se dejara
llevar por la fantasía sería considerada como un monstruo… En cambio,
para aquellos tiempos era absolutamente «normal».
—Sería bueno que nos diera un ejemplo concreto —comentó Lasch
detrás del cigarro, sólo lo apartó de la boca lo justo para poder hablar.
—Tengo uno preparado —dijo Stangeler; parecía evidente que aquella
tarde gozaba de un equilibrio perfecto que ni siquiera los pequeños ataques
de Grete por el flanco le habrían hecho perder—, y creo que será muy
esclarecedor.
Se trataba de un ejemplo muy bien traído, pero lo que le hacía más
fecundo y convincente era el tono general en el que se había desarrollado
hasta ahora la conversación, el orden con que le venían las palabras a la
boca, de modo que podía decir lo que opinaba y defenderlo con inteligencia
ante unas personas a las que, salvo esa misma inteligencia, no podía
presuponerles nada. En otras ocasiones, la propia impaciencia y la
confusión que se seguía de ella habían bastado para echar por tierra el orden
de su exposición y, por consiguiente, cualquier posibilidad de justificar su
punto de vista.
Sí, había dos idiomas en la boca de Stangeler. Uno prácticamente no
merecía este nombre, no era ni expresión ni comunicación, no era más que
un instrumento convulso para producir en el auditorio la impresión deseada.
En cambio, cuando no tenía ningún interés personal y se concentraba
exclusivamente en el tema que quería exponer, lograba guardar el
equilibrio, encontrar el justo medio y mantener en todo momento la
distancia correcta con su discurso.
(«Aunque al principio le planteara aquellas estúpidas objeciones, a
medida que iba hablando sentía desbordarse mi amor por él», éstas fueron
las palabras literales de Grete Siebenschein al describir aquella tarde).
Stangeler se dio media vuelta y se dirigió a Géza von Orkay, atrayendo
hacia él la atención general. Hasta ahora, el magiar había estado muy
silencioso, escuchando. Miraba absorto, con expresión sombría.
—Oye, Géza —dijo René—, ¿te acuerdas de nuestra conversación sobre
aquel hecho tan curioso que se produjo una vez: el robo de la santa corona
de los reyes de Hungría? —Orkay asintió con la cabeza para responder—.
El robo habría sido cometido por una dama de la burguesía vienesa, en la
noche del 20 al 21 de febrero del año 1440, por encargo de la viuda del
emperador alemán Alberto II. Ésta esperaba el nacimiento de un hijo y
confiaba en tener un varón, para coronarlo inmediatamente como legítimo
rey de Hungría y, en efecto, así fue. Sabemos de la espeluznante aventura de
aquella mujer vienesa por su propio testimonio, que fue anotado al dictado,
con toda exactitud, en un pequeño cuaderno, que hoy se encuentra en la
Biblioteca Nacional. Se trata de un manuscrito de diecisiete hojas, es decir,
una detallada exposición con todos los precedentes y los avatares que se
sucedieron hasta la coronación del pequeño rey. Formalmente es una
narración muy viva en primera persona, algo muy poco común en la Edad
Media. En el informe destaca de forma especial un aspecto. La señora
Kotanner, que así se llamaba, era una persona sobria, a la que nunca le
temblaba la mano, con un estricto sentido de la realidad; además existen
otros detalles que nos permiten deducir que se trataba de una persona
físicamente robusta y todavía joven. Al referir los sobresaltos y los terribles
sucesos de aquella noche en el castillo de Visegrád a orillas del Danubio,
donde se custodiaba la corona bajo una fuerte vigilancia, asegura que fue asaltada dos veces por el diablo. La primera vez se encontraba en el oscuro
corredor que conducía hasta la cámara de la corona, cuando le pareció oír la
llegada de la guardia, en medio de un gran tumulto y con fuerte estrépito de
armas. La Kotanner creyó que todo estaba perdido y ella también, pero no
pasó nada. Avanzó deslizándose por el corredor y se convenció de que todo
estaba en orden. La segunda vez, sin embargo, escuchó tal estruendo que ya
no pudo pensar que se estuviera engañando como la primera vez. Aquello le
asustó mucho más: «Así que de miedo empecé a temblar y a sudar toda»,
dice ella misma. La primera vez que oyó el ruido supuso que habría sido un
fantasma; ahora tuvo la certeza de que era el diablo, que quería hacer
fracasar su empresa. Fue un alivio, porque al maligno se le combate orando.
Nosotros lo explicaríamos diciendo que tuvo una alucinación auditiva, pero,
en el fondo, sólo estaríamos dándole otro nombre. Lo cierto es que, por
unos instantes, vivió una experiencia que tuvo un efecto más que real en sus
nervios, en su pulso, en su respiración y que determinó su forma de actuar:
se deslizó por el corredor, observó y descubrió «que había sido un fantasma
o el diablo». ¿Quién se atrevería a discutir la realidad de esta vivencia? Una
mujer de hoy en día no sólo sería incapaz de aprovechar esta fuerza
creativa, sino que acabaría con una «crisis nerviosa» y «gritos convulsivos e
histéricos». ¡Y, desde luego, ésta no era la mejor opción que tenía la
Kotanner! No, la persona sana y capaz de actuar (y la Kotanner demostró
que lo era, pues no perdió los nervios en ningún momento) aceptaba como
posible lo que hoy llamamos «alucinación», algo que para nosotros ya huele
a patología y sanatorio. Entonces, sin embargo, se encontraba dentro de lo
normal, incluso se le otorgaba cierta validez…, y si era válido, ¡¿por qué no
habría de servir para la vida?! Ésta es la base que nos permite comprender
los procesos contra brujas de los que hablábamos antes, de otro modo uno
se queda en meras consignas como «superstición» e «histeria», que
seguramente dicen mucho de nuestra época, pero nada de aquélla.
—Muy bien —dijo Lasch para sí mismo, como si hubiera disfrutado de
una especie de actuación artística.
—Y, sin embargo, los hechos son los hechos —objetó Grete, aunque su
voz ya no tenía aquel tono militante de antes; lo dijo casi como una queja, mientras miraba a Stangeler con una expresión de absoluto desamparo,
elevando sus ojos hacia él.
—Seguro que lo son… —dijo él, y dedicó a su Grete una mirada tan
conciliadora como la de ella—. Aunque incluso eso se puede poner en
cuestión. Ahí tenemos a los ingleses, a los que seguramente nadie les podrá
discutir su riguroso sentido de la realidad. En el siglo XVIII, algunos de sus
filósofos intentaron construir una imagen del mundo en función de la pura
experiencia, sin dar nada por supuesto, sin ningún prejuicio. Llevaron su
trabajo hasta las últimas consecuencias y acabaron por reconocer que todos
los «hechos», sin excepción, son cuestionables. Si fueron tan escrupulosos
en su trabajo, creo que podemos fiarnos de ellos. Yo ni quito ni pongo rey,
pero hay suficientes indicios para poder cuestionar las percepciones,
indicios que nos ha ofrecido recientemente una disciplina científica a
caballo entre la medicina y las ciencias naturales: me refiero a la psicología.
—Eso es interesante —dijo Lasch—. Le ruego que nos lo explique.
Miró con cierto orgullo a… Renacuajo (fue Schlaggenberg quien
observó esta curiosa mirada); se había dado cuenta de que ella no le podía
seguir por más que lo intentase, ya se había perdido con todo lo que llevaba
dicho hasta el momento. ¡Y ahora llegaban más novedades! No lo
alcanzaría ni aunque fuera a cuatro pies.
—Los estudios que realizó este grupo revelaron —siguió diciendo
Stangeler— que en cada percepción, incluso en la más sencilla, se esconde
un momento productivo, kotannérico lo podríamos llamar, que la elabora.
Para llegar a esta conclusión realizaron diversos experimentos, en los que la
vida se simplifica hasta que queda irreconocible, se reduce a un esqueleto, y
se imponen determinadas condiciones, tan generales como sea posible,
vigentes en todas las circunstancias. Estos experimentos son tan aburridos
como antipáticos, pero, por lo menos, arrojaron resultados. Se escogió a un
grupo de personas sanas, informadores fiables, para someterlos a un
experimento en el que se les mostraba una serie de figuras cuadradas en
rápida sucesión, cada una de las cuales se «exponía» durante un
determinado lapso de tiempo, escrupulosamente medido, y luego volvía a
desaparecer. Más tarde, las personas sometidas al experimento refirieron lo
que habían visto: coincidieron en decir que eran tantas y tantas figuras geométricas cuadradas y cerradas, cuando, en realidad, buena parte de
aquellas figuras no estaban completas, no se habían acabado de dibujar,
aparecían abiertas por un lado, tenían sólo tres esquinas o tres lados, faltaba
el último trazo. Daba igual, todos las habían visto como figuras perfectas.
La idea preconcebida demostró ser más fuerte que la percepción y que el
fenómeno. Todos estaban convencidos de haber visto figuras cuadradas. Y
es que la realidad es estrictamente lo que opera en nuestra vida. La realidad
es que todas las figuras eran cuadradas, aunque dentro del aparato que las
proyectaba no lo fueran en absoluto. Lo que faltaba se suplía. Y un ensayo
como éste es a la vida lo mismo que un átomo de albúmina suelto al hombre
completo… Lo que quiero decir es que si en un escenario tan limitado y
controlado se dan situaciones tan complejas, si se entrecruzan tantas
percepciones e implicaciones…, bueno, ¡imagínense! Como es natural, los
científicos han llevado estos experimentos hasta el extremo, tabulando los
resultados, introduciendo tiempos de exposición, permutaciones en las
secuencias, porcentajes, etc.
Calló.
—Sí, pero… ¡¿adónde nos conduce todo esto?! —dijo Angelika—. Si
es así, el hombre cae en el vacío…
—Para las tareas que cumple el hombre en su vida práctica esta forma
de ver las cosas carece de toda utilidad —opinó Lasch.
—¡A mí me parece que la santa sede de la objetividad se tambalea! —
intervino Schlaggenberg, y Körger empezó a reírse a carcajadas.
Tal vez fuera esta risa, una risa franca y, en cierto modo, desvergonzada,
la que movilizó a Grete Siebenschein para dar una nueva batalla.
—Permítame, señor doctor —se giró directamente hacia él, en lugar de
hacia Schlaggenberg, que era quien había hablado; pero las carcajadas de
Körger tenían un efecto tan demoledor, eran una forma tan burda de
aprobación, que le invitaron a plantear una objeción general contra todo lo
que había escuchado hasta el momento—, por mucho que uno admire otras
épocas, como aquellas de las que ha hablado René…, ¿cuál ha sido el
resultado al final? ¡Algo tan espantoso como los procesos por brujería, una
atrocidad colosal! ¿Y qué había en el fondo? ¡Engaños y más engaños! ¿Por qué se ríe usted de la objetividad? Causa menos daño a los hombres. Tal vez
sea el mayor de nuestros adelantos, un progreso decisivo.
—Por lo que veo, cree usted en el progreso —dijo Körger, manteniendo
a medias la sonrisa, aunque Grete estaba profundamente irritada, a punto de
chillar.
—Sí, ¡¿cómo no?! ¡Es absolutamente ridículo! ¡La vida de hoy es
radicalmente distinta de la de épocas anteriores!
—¿Puede indicarme usted un aspecto en el que se aprecie esa
diferencia? —preguntó Körger.
—Bueno, ¿el primero que se me ocurra? —replicó Grete, y miró irritada
alrededor—. Por ejemplo, ¡la seguridad con que el hombre de hoy
contempla su existencia! ¡En eso ninguna otra época se puede comparar con
la nuestra!
—Bueno, espero que no se lleve una decepción con su «seguridad»…
Yo en su lugar no me confiaría tan alegremente —repuso el doctor Körger.
Sin embargo, sus últimas palabras apenas llegaron a oírse, ya que, en
ese momento, se produjeron dos hechos que tuvieron un efecto
sorprendente, uno de los cuales no habría de caer jamás en el olvido en el
círculo de «los nuestros».
De repente, después de que Grete Siebenschein hubiera pronunciado la
palabra «seguridad», se oyó un sonoro quejido, exactamente igual que el
gruñido de un gran cerdo. Aquel sonido, cuyo significado reprobatorio
estaba absolutamente claro, había partido del maestre de caballería.
Pero entonces sucedió algo completamente insólito: el señor Von Orkay
empezó a reírse estruendosamente, sin poder contenerse, resollando; le
costó mucho trabajo calmarse.
En su delirio, la palabra «seguridad» debió de causarle una
profundísima impresión al maestre de caballería. Sí, tuvo que penetrar
como un aguijón en su tierna ebriedad, tuvo que dejar una especie de
cicatriz o una marca, porque, mucho tiempo después, cuando estaba
totalmente bebido y algo no le cuadraba, solía mascullar:
—¿Sabes lo que ti digo? Qu’esto e lo mismo que lo de la «seguridá»…,
justo lo qui nos faltaba.
Pero la conversación no tardó en recuperar su tono serio.
—Sí, ¡¿qué sentido tendría entonces la vida?! —se oyó decir a Angelika
Trapp.
Rápido, al galope, hemos dejado atrás la objetividad del mundo de los
hechos, todo es cuestionable, ya no sabemos a qué atenernos; a lo sumo,
haremos como el arquero que decide poner fin a sus tiros fallidos, deja el
arco a un lado, va directamente a la diana y clava su flecha en medio del
blanco.
Tengo descripciones muy precisas, que, como se pueden imaginar, he
recogido de distintas fuentes. Éstas son las que me han permitido reproducir
con tanta fidelidad el curso que siguió aquella reunión hasta estos
momentos. Sólo queda por responder a una pregunta que parece justo
plantear: ¿dónde estaba yo?, ¿por qué no había acudido?
Aquel sábado de lluvia me quedé en casa y no salí, hasta la tarde. Ya
hacía más de ocho días que me había llegado la invitación de la señora
Siebenschein; se lo había agradecido mucho, pero la había rechazado, ya
que, por desgracia, ese 14 de mayo tenía que acudir a una reunión donde se
trataría cierto tema del que me había encargado yo durante mi época de
funcionario, más tarde había quedado en suspenso y ahora se había vuelto a
retomar (un expediente tiene una vida dura y azarosa). El colega que había
ocupado mi puesto en el ministerio me había pedido que le echara una
mano, y yo, quisiera o no, tenía que facilitarle algunos detalles para que
pudiera ponerse al corriente del caso.
Como pueden imaginar, me lo había inventado todo, con lo que admito
que nunca tuve intención de participar en el té de las cinco con tenis de
mesa en la casa de los Siebenschein. Sin embargo, le había prometido a la
señora Irma que, cuando hubiera cumplido con mis obligaciones y si me
quedaba algo de tiempo antes de ir a la Ópera, intentaría pasarme un
momento…, pues (esta vez ajustándome a la verdad) le había dicho que me
habían invitado a la Ópera el sábado por la noche.
Sí, aquel sábado fresco, de lluvia, me quedé en casa y no salí hasta la
tarde. La calma, jalonada por el lejano rumor de un coche o por el timbre
del tranvía, como si fueran mojones en un campo abierto, por el zumbido de una cañería de agua o por los pasos que se escuchaban en el piso de arriba,
parecía que resaltaba todavía más, realzada desde dentro, desde el interior
de mi propio cuerpo, que casi se igualaba con la casa… Esta calma me
barrenaba como un minero que excava un túnel en la piedra. Me sentía
excitado y tenso. No hubiera estado cómodo en un «plenum» de «los
nuestros» —como prometía serlo este té con tenis de mesa—, me había
dado cuenta de que sería un error asistir en ese momento a una de nuestras
asambleas plenarias. Intenté rechazar esta idea, aunque hacía mucho que era
consciente de que no tenía nada que ver con el «gusto por los cotilleos» o
con «una excesiva implicación» en el grupo, sino, por decirlo clara y
directamente, con la irrefutable convicción de que no me movía en un
círculo de gente extraña o de trogloditas provincianos o en una compañía
marginal, sino que, en nuestra ciudad y en todas partes, imperaba el mismo
tipo de personas más o menos.
Mientras recorría la habitación de un lado a otro, arrastrando mis dudas
—me seguían como una jauría de perros silenciosos—, el sol rompió las
nubes por el lado del mediodía. Su resplandor se posó por un instante sobre
los prados que se veían desde mi ventana y luego atravesó en diagonal mi
habitación. Un tranvía amarillo y rojo se deslizaba a lo lejos, detrás de los
árboles, recorriendo la larga calle que había delante de mi casa; por un
momento, vi la mancha de color a través del verde claro de la copa de un
árbol, posado sobre ella «como uno de esos huevos de Pascua que solemos
esconder», pensé.
Los silenciosos perros me abandonaron. Por unos segundos, me
concentré en sentir la claridad que me envolvía, que flotaba sobre mí como
un anónimo presagio del futuro.
El rayo que cruzaba mi habitación se apagó. Hoy creo firmemente que
fue un fragmento anticipado de esta misma luz que ahora me ilumina con su
brillo mientras reviso y redacto las páginas de este informe, en el «último
atelier» de Schlaggenberg, bajo las vigas inclinadas y el tragaluz que me
cubre con su claridad, permitiéndome ver el cielo vacío.
Hay muchos que están muertos y muchos que ya no están en el país.
Cuando el sol se apagó, los perros comenzaron a rondarme de nuevo, de
modo que saqué una botella de ginebra de detrás de la librería. De pronto apareció mi casera —ya le había dicho que deseaba comer en casa— y con
ella el almuerzo.
Hacia las cinco y media empecé a cambiarme para acudir a la Opera,
necesitaba ir de etiqueta. La idea de presentarme así de elegante, con la
camisa tiesa, en casa de los Siebenschein, me resultaba verdaderamente
antipática, pues un hombre con esmoquin en medio de gente vestida de
calle llama poderosamente la atención o causa el efecto de un camarero. Sin
embargo, no me quedaba más remedio.
Miré por la ventana hacia esa parte de la ciudad que desciende hasta el
Danubio, hundida en la niebla, que cada vez era más espesa. La lluvia había
cesado.
Entré en el cuarto de baño y comencé a revolver con el jabón de afeitar,
el cepillo y el peine.
El fresco aroma del agua de lavanda, tan sutil que parecía de otro
mundo, abrió una puerta al pasado, una larga sucesión de habitaciones al
final de las cuales, o más bien al principio, se encontraba una gran sala de
juegos con muebles lacados en blanco, en la que pude distinguir la silueta
de la niñera iluminada por el brillo de la lámpara de mesa. También vi una
casa a orillas de uno de los lagos de Salzkammergut y a aquella cocinera —
con el cabello muy claro y encrespado— que siempre volvía los ojos
cuando sacrificaba las aves, de modo que, al final, se cortó la mano… Por
unos segundos, todo aquello me resultó mucho más íntimo, mucho más
próximo a mi campo visual y a mi propio cuerpo, que la loza, la estufa de
porcelana, los grifos del agua caliente o la bandeja de cristal que tenía
delante con el jabón y la brocha de afeitar. En esa sucesión de habitaciones,
una línea recta —como un cordón, un eje, sin doblez o pliegue—, también
había unas cuantas trincheras y un cuartel más o menos a la mitad. Sí,
llegué a ver un escuadrón a caballo («en fila de a cuatro», ¡y bastante largo
además!) que marchaba orgulloso. Al frente de él cabalgaba un excelente
militar, el sargento primero Alois Gach, al que siempre me gustó tener cerca
cuando era un joven oficial en la reserva: irradiaba valor, y no era ese valor
nervioso, excitado por la guerra, sino un valor firme, sereno, con el que seguramente afrontaba la vida en general. Todo convergía en el mismo
punto, en una síntesis evidente: ahora, nueve años después de la Gran
Guerra, doblaría por primera vez aquella esquina, definitiva e
irrevocablemente, perdería esta perspectiva para ganar otra totalmente
distinta. Sentí, con más claridad que nunca, que aquella campaña no había
marcado un verdadero corte en mi vida, como tampoco había supuesto la
quiebra del antiguo Imperio.
Era ahora, sin el ruido de las piezas de artillería y sin los gritos
revolucionarios retumbando por las calles, cuando dentro de mí se cerraba
una puerta y luego se abría otra en absoluto silencio.
Una perla rodó por encima del cristal. Se me había caído de la mano
cuando había ido a fijarla en la pechera blanca de mi camisa. Ahí estaba
brillando pálida. Había pasado mucho tiempo de pie inmóvil. Había tenido
mi vida sobre la palma de la mano. Ahora me despedí de aquella pequeña
habitación infantil tan agradable, que estaba al comienzo de la serie de
habitaciones. Todo se había desarrollado como debía: obediencia en la casa
paterna, satisfacción de las obligaciones en mi puesto de funcionario y
cumplimiento del deber como soldado; me sometía a unas leyes que yo no
había hecho, ni tampoco reformado. El aroma original de un mundo más
sano se había conservado dentro de mí, en las estancias frescas y amplias de
un pequeño palacio en el barrio señorial del centro de nuestra ciudad, su
aroma, que todavía perduraba en muchos de los objetos que yo poseía,
metido en carteras de cuero, colgando de un silla de montar, prácticamente
imperceptible; sin embargo, presente en cada mueble, ese aroma se elevó
una vez más para apartarse de mí, detrás de una grieta que me separaba de
él. La línea recta de las habitaciones se había quebrado.
Recogí la perla y la sujeté a la tela dura.
En cierto modo, sabía que me había convertido en un señor mayor. No
había marcha atrás. Contaba con un nuevo pasado, no tenía ni medio año de
edad.
Cuando salí a la calle, apenas había comenzado el crepúsculo. Tenía
tiempo, me había arreglado demasiado pronto. Tal vez me pasara por casa
de los Siebenschein, aunque sólo fuera para echar un vistazo. La visita a la
Ópera que tenía prevista para más tarde me llenaba de una extraña melancolía. En las calles de la periferia cundía la agitación, una agitación
relajada, la mezcla turbulenta del sábado por la tarde cuando todo el mundo
tiene algo que comprar. La gente se apiñaba en las tiendas de comestibles
que aún quedaban abiertas e iluminadas. La mayoría de los clientes eran
mujeres que mostraban una expresión de angustia en la cara, porque no se
les había ocurrido pensar en lo que necesitaban hasta llegar al
establecimiento, y ahora se dedicaban a entretener al vendedor y a los
demás compradores eligiendo esto y lo otro, dudando entre varios
productos, un auténtico espanto para el soltero que tiene claro lo que quiere
desde que entra por la puerta y saca del bolsillo el papelito donde lo lleva
todo anotado para acabar cuanto antes y, sin embargo, tiene que esperar una
eternidad entre nabos y rabanitos a que la dama se decida. Me dejé llevar,
preferí no subir aún al tranvía y continué mi camino a pie.
La niebla ya empezaba a hacerse notar; la oscuridad caía antes que otras
tardes.
Cuando al fin monté, el viaje me llevó a esa parte de la ciudad que
desciende hasta el Danubio, hundida en la niebla que cada vez era más
espesa; en la plaza que se abre delante de la estación de ferrocarril era tan
densa que las grandes bolas de cristal opalino que iluminaban la calzada o
pendían de la fachada de un café parecían flotar suspendidas en el aire.
A pesar de todo, pude reconocer a un hombre muy alto que cruzó la
plaza justo por delante de mí; se trataba, sin duda alguna, del director
médico Schedik, el suegro de Kajetan. Intenté alcanzarlo, pero cuando
estaba a punto de llegar a su lado, enfiló hacia la puerta de los Sietesuelas y
desapareció dentro.
Nos encontramos delante del ascensor. Resultó que íbamos al mismo
sitio.
«¡Estamos buenos! —pensé yo—. ¡¿Cómo es posible?!».
Al llegar arriba, bajamos y cerramos la puerta de rejas.
La doncella nos abrió. Precisamente entonces, el doctor Ferry y su
mujer estaban en el vestíbulo. El saludo fue cordial, pero, cuando la señora
Irma vio al viejo Schedik, se notó el esfuerzo que tuvo que hacer para
ocultar su estupefacción detrás de una pantalla de amabilidad tan burda y
recargada que no dejaba lugar a dudas: no esperaba ver entre los invitados al director médico. El viejo Schedik se unió a la fiesta de muy buen humor;
yo, en cambio, me demoré algo más por mis complementos, llevaba un
pañuelo de seda blanca bajo el paleto para proteger mi esmoquin y primero
tenía que guardarlo. Así fue como pude oír —la aparición del suegro de
Kajetan parecía haber sacado de sus casillas a la señora Irma, que se olvidó
por completo mi presencia—, la siguiente conversación conyugal desde la
puerta de entrada:
—¡¿Lo has invitado tú?! A ti te falta un tornillo… ¡Pero ¿cómo se te
ocurre?!
—¡¿Por qué?! Sólo quería que la reunión fuera más amena… Es un
hombre muy simpático.
—Si eso ya lo sé, pero ¡¿es que estás tonto?! ¡¿Qué pasa ahora con
Schlaggenberg…?!
—Bueno…, no se van a morder uno a otro.
Pasé a saludar a la señora Markbreiter, al consejero áulico Tlopatsch, a
Höpfner, a Siegfried Markbreiter, a Gyurkicz y al doctor Draxler…, a todos,
pues estaban mezclados sin orden ni concierto. Ésa fue la impresión que me
dio al entrar, desde el primer momento, la de una mezcla desordenada. La
Wiesinger sonreía amablemente, aunque su carita se hundía detrás de las
gafas. Atravesé la habitación donde estaban abandonadas las mesas verdes
para jugar al pimpón, llegué a la vitrina de vidrio emplomado y me detuve
en la puerta, cuyas hojas estaban abiertas.
Vi que estaban ocurriendo cosas verdaderamente curiosas. Se había
formado un círculo alrededor de Stangeler, que estaba muy tieso, moviendo
los brazos y diciendo en voz alta lo siguiente:
—Sí, si la vida tiene algún «sentido», no se encuentra desde luego en la
existencia del ser como tal, es decir, no se encuentra en… los hechos, por
los que estáis tan preocupados, no está fuera, sino dentro —se golpeó
ligeramente en el pecho—, si la vida tiene algún «sentido»…, éste consiste
en cumplir con el propio destino, prefigurado en cada uno desde un
principio…, completarla figura que nos han encomendado… sin perderse,
sin vacilar, sin coquetear con lo accesorio, para no tener que escuchar la voz
que nos dice: «¡Qué se hunda!», «¡Ya no sirve de nada!», «¡Al hoyo con
él!»… No al abismo sin fondo.
Estas últimas palabras las había pronunciado elevando llamativamente
el tono de su voz, una voz de falsete que dejaba muy claro que, con
intención o sin ella, estaba imitando a alguien.
Vi a Schlaggenberg. Estaba justo enfrente de la puerta junto a la que yo
me encontraba. Me sonrió lanzándome una mirada muy expresiva. Lasch,
que estaba sentado dándome la espalda, observó este juego de ojos y se giró
en el acto. Él me vio a mí y yo a él, fue un instante, sólo unos segundos en
los cuales nos clavamos los dientes con la mirada.
Desde entonces supe que lo tendría como enemigo en una guerra… Una
guerra en la que Lasch conocía perfectamente las posiciones, mientras que a
mí me quedaba mucho por aprender…
Una guerra en la que caí como Poncio Pilato en el credo.
No había vuelta de hoja… a partir de ese momento había comenzado mi
implicación en los hechos. Lo supe en cuanto Cornel Lasch y yo cruzamos
nuestras miradas.
Para entonces, el resto de los invitados había advertido mi presencia y el
intercambio de saludos sofocó el acontecimiento esencial de esta velada.
Lasch y yo fuimos los primeros en saludarnos; se levantó, se inclinó
ligeramente, nos tendimos la mano. Luego vino Renacuajo, a la que di un
fuerte apretón de manos —fuerte incluso para alguien sano— en cuanto
observé su guante del que sobresalía un poco el vendaje. Ella se rió y
también el maestre de caballería, que dejó el brazo en el cabestrillo y me
tendió la mano izquierda. No pregunté ni a uno ni a otro qué les había
pasado. No, no lo hice… Hoy ya no recuerdo si estaba al corriente de sus
«manejos» o no. Aunque no lo hubiera sabido, me habría figurado lo que
estaba pasando en cuanto los vi. No hacía falta ser muy listo. Bastaba con
conocer el pecado original, la confusión, el error, la mentira piadosa…
Siempre ocurría lo mismo, éramos un círculo muy previsible.
Me quedé pensándolo un momento. Entonces llegó Schlaggenberg, me
arrastró a un lado, me trajo coñac y me dijo inmediatamente:
—Es curioso de qué manera tan hábil contribuye Stangeler a reafirmar
mi posición en la Alianza y, de paso, también la suya.
—Sí —dije yo—, está claro que tiene vista para lo que le conviene…
—Sí, la verdad es que no es ciego. Lo que ocurre es que mira
indirectamente, como los artilleros cuando apuntan en la guerra. En cierto
modo, tiene una mirada angular…, aunque muy precisa. Pero, dejando esto
a un lado, tengo algunas preguntas para usted, mi querido jefe de sección,
un pequeño interrogatorio, un torbellino o un remolino de dudas sobre su
muy preciada persona que la curiosidad ha hecho que se eleve en mí…
—¿Sí? ¿Sobre qué…? —dije mientras inclinaba mi vaso.
Escuchaba las palabras de Schlaggenberg sin perder de vista a mi
sobrino, el doctor Körger, que no estaba muy lejos de nosotros. Su
presencia me había sugerido una reflexión profunda y radical.
El círculo que se había congregado junto a la vitrina de vidrio
emplomado no había vuelto a sentarse ni a cerrarse desde que yo lo
interrumpí con mi aparición. Parecía que el debate había llegado a su punto
culminante y, por lo tanto, estaba agotado. Todos estaban de pie, charlando
en grupos de dos o de tres personas, aquí y allá, por todos los rincones,
igual que Schlaggenberg y yo. Herzka era el único que había vuelto a
sentarse en su sillón de cuero con las piernas estiradas. Algunos se
infiltraban en el comedor, atravesando la sala de las mesas verdes. Lasch
había sido el primero en iniciar la maniobra. Seguramente hubiera ido a ver
a su mujer. Me pareció muy buena idea, porque justo después de mi llegada
había podido comprobar que estaba completamente borracha.
Seguí observando al doctor Körger. Miraba desde atrás su seboso cuello
de toro y su cráneo pelado… Fue así como, paradójicamente, descubrí su
verdadera cara. Ese día aprendí que las personas llevan su rostro en distintas
partes del cuerpo y no siempre en la parte delantera de la cabeza. En el caso
de Körger, por ejemplo, el mejor momento para observarlo era mientras se
iba, mientras se alejaba (precisamente entonces estaba saliendo por la
puerta), pues, en realidad, su reverso era el auténtico frente de su ser, los
hombros redondeados, como si fueran salchichas, el cuello de toro en el que
unas tímidas arrugas anunciaban las futuras lorzas que las enterrarían… Sí,
era un hombre que lo sabía todo de antemano. Un conocimiento redondo
como las sumas de su talonario de cheques, el mismo que se sacaba cada
noche del bolsillo trasero del pantalón para lanzarlo sobre la mesilla que
había al lado de la cama; a éste le seguía tintineando el manojo de llaves y, después, los zapatos. Körger jugaba con ventaja cada vez que le
presentaban a alguien; ya podía estar hablando con cualquiera el tiempo que
fuese, que su interlocutor no vería su verdadera cara hasta que se hubiese
dicho la última palabra, en el mejor de los casos, cuando ya se daba la
vuelta para marcharse…, un recurso muy ingenioso.
De repente pensé en el doctor Trapp, al que, a decir verdad, jamás había
examinado con tanta atención…, pero se me ocurrió precisamente ahora,
justo entonces. Me estaba dando cuenta de que en el punto en que se había
quebrado aquella sucesión de habitaciones hoy por la tarde, tendrían que
cambiar muchas cosas, habría que reinventar una perspectiva al completo,
una perspectiva nueva, desde la cual la seguridad de Körger ya no parecía
tan deseable, ni siquiera reconfortante. Mis ojos buscaron por toda la
habitación…
Y cayeron sobre Stangeler. Estaba apoyado contra la pared de enfrente,
con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
Schlaggenberg hablaba sin cesar dirigiéndose a mí:
—En cierto sentido, me siento engañado por usted… Me mintió… Me
mintió el día de nuestro reencuentro, en otoño… Me habló usted de un café
donde se reunía a jugar al bridge con un grupo de hombres, los maridos de
estas señoras… De ahí salían los Altwolf, los Starkbreiter… Y ahora me
sale con ésas. «De todas maneras, aguaderas», como se dice en Alta
Austria… Y de este Starbreiter…, mejor ni me hable, ¡es un completo
inútil! No se merece el apellido que lleva…
—Es que no es así como se apellida —dije yo.
—Bueno, está bien, está bien. Pero, por favor, dígame si la señora
Steuermann viene de vez en cuando por aquí. Se lo ruego. ¡En el café no
hay otra igual! ¡Me he pasado la tarde entera creyendo que tal vez pudiera
verla, ya que la Starkbreiter había venido! Ahora lo comprendo, usted ha
conocido a todas estas mujeres aquí. ¿No es cierto? ¡¿Y, a lo mejor, hasta
sabe de otros círculos donde encontrarlas?! Dígame: ¡¿Suele pasarse la
señora Steuermann por aquí?! No quería preguntárselo a la Starbreiter, no
me parece bien ser tan directo… Pero, dígame, y sea sincero, ¿cómo es la
Steuermann? No será otra inútil, ¿verdad?
—Para serle sincero, Kajetan, le diré que no es ninguna inútil, por lo
menos en el sentido en que usted lo pregunta —respondí cansado—. Me
acusa usted de faltar a la verdad, pero no es así. No comprende que no hay
«otros círculos» y que jamás le he mentido… ¡porque todo acaba en lo
mismo! Debería saberlo hace mucho, pero se hace más tonto de lo que es, o
tal vez sea que esa terrible manía suya lo ha vuelto completamente estúpido.
—Eso también puede ser —dijo con toda calma—. Da igual. Llegaré
hasta donde haga falta… Por mí y también por nuestro libro… Pero diga
usted: ¿La señora Steuermann no viene nunca por aquí?
—No. Por lo que yo sé, no se mueve por aquí. El caso de la señora
Markbreiter es diferente: ella es la hermana de la señora de la casa.
—Ya lo sé, ya lo sé.
—Por otra parte, Kajetan, me gustaría llamarle la atención sobre el
hecho de que su suegro ha llegado al mismo tiempo que yo.
—¿Ah, sí? —dijo él, pero esta revelación no pareció inquietarle—. El
viejo es estupendo… a su manera.
El doctor Körger salió de la habitación de juego y se acercó a nosotros:
—Bueno, ¿qué dices? —preguntó dirigiéndose a mí—. ¿A que nos ha
salido un potaje espléndido?
—Tengo que reconocer que sí —respondí yo, aunque noté que algo
amargo me subía de repente por la garganta—. Pero hay mucho por hacer,
queda por servir lo mejor —añadí con una perversa ambigüedad, que me
sorprendió a mí mismo.
Me di cuenta de que estaba mucho más cerca del límite de mi paciencia
de lo que había podido sospechar hasta entonces. Dejé plantado al doctor
Körger, atravesé la puerta, cuyas hojas seguían abiertas de par en par, y
entré, seguido por Schlaggenberg, en la habitación donde habían quedado
abandonadas las mesas verdes.
Ya no lo estaban. Una había sido ocupada por el doctor Siebenschein y
el director médico Schedik. Ambos se reían a carcajadas. Al parecer, el
anfitrión había querido explicar a su invitado cómo jugar al tenis de mesa.
El director médico estaba empeñado en poner movimiento la bolita blanca
golpeándola desde arriba y hacia un lado. ¿Lo haría en broma o
verdaderamente pensaba que la cosa iba así?
—¡Mi querido director médico —exclamaba el doctor Ferry, que apenas
podía hablar de la risa—, que esto no es el billar y la pala no es un taco! ¡Y
además me sale con tiros de massé, de los que están prohibidos en los cafés!
—añadió, pues su contrincante cogía la pala en vertical.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que Kajetan y yo estábamos allí.
El anciano señor Schedik y Schlaggenberg se saludaron con toda
naturalidad, incluso amablemente.
—¿Cómo te va? —preguntó el doctor Schedik.
El viejo Siebenschein se acercó y nos reunió a todos con su proverbial
cordialidad.
—Señores míos, vayamos con toda discreción a mi gabinete. Está ahí
detrás. Tomaremos los cuatro una copa. Tengo un oporto añejo que es
soberbio. Lo recibí ayer. Me lo regaló un cliente —nos iba diciendo—. ¡Ah!
¡Cuánto me alegro de que haya encontrado tiempo para pasarse por nuestra
casa, mi querido jefe de sección! —acompañó sus palabras con unas ligeras
palmadas en mi espalda—. Venga usted, mi estimado director médico,
venga usted, señor Von Schlaggenberg… Esfumémonos sin llamar la
atención…
Así fue como nuestro extraño cuarteto pasó rápida y airosamente un
vestíbulo y una gran antesala, como llevado por un conjuro, hasta llegar a
una habitación pequeña, muy confortable, donde había un escritorio sobre
el que se extendían voluminosos compendios jurídicos y los fallos del
Tribunal Supremo hasta el siglo pasado. El doctor Siebenschein sacó un
botella de detrás de estos libros y luego tomó cuatro copitas de una vitrina
de vidrio emplomado, igual que la que estaba colgada en la otra parte.
Encendimos unos cigarros y brindamos.
—¡Qué cómodos estamos aquí, querido colega! Lo digo porque, al fin y
al cabo, somos compañeros y vecinos de facultad —comentó el doctor
Schedik.
El anfitrión replicó «ad vestram» levantando su copa.
He de confesar que yo también me sentía muy a gusto allí. Por otra
parte, estábamos tomando un oporto de excelente calidad.
—¿Cómo te va con el trabajo? —preguntó entonces el viejo Schedik a
su ex yerno.
Kajetan le respondió con la misma parquedad con que liquidaba
siempre este tipo de preguntas:
—Bueno…, me va…
La puerta se abrió de golpe y la señora Irma se asomó un instante por la
rendija. Esta vez no se quedó callada, como había hecho antes al encontrar a
«los de Düsseldorf» reunidos en el vestíbulo. No, la cordialidad de nuestra
reunión masculina le abrió la boca de golpe. Aunque dijo muy poco:
—¡Ah…, vaya!
Y cerró de nuevo la puerta. Nosotros sonreímos, acabamos la bebida y
volvimos con el resto.
Además, se me había hecho la hora de marcharme.
Se oía música.
Habían apartado las mesas verdes, al fondo sonaba un gramófono y se
veía a algunas parejas bailando.
Entonces me di cuenta de que, mientras nosotros estábamos fuera,
habían ido llegando nuevos invitados; entre ellos, la hermana pequeña de la
señora Irma, la esbelta Minna Glaser, la directora. Flanqueando la puerta
que separaba la antesala y la habitación donde se había organizado el baile
estaban dos miembros de la alta nobleza austríaca, a los que conocía de mis
años de servicio en la Administración. Más tarde me enteré de que
pertenecían a la «grey» de Titi Lasch y Eulenfeld.
Schlaggenberg se dirigió hacia la señora Glaser, hizo una reverencia, la
invitó a bailar y salió flotando.
Esta escena, incomprensible en sí misma, fue lo último que vi.
Aproveché para despedirme discretamente del señor de la casa y de su
señora y marcharme sin interrumpir de nuevo la reunión. Una vez fuera,
cubrí mi esmoquin con el pañuelo de seda y el paleto, dejé una moneda de
plata para la doncella en la bandeja de las tarjetas de visita y descendí por la
escalera.
Al salir por la puerta de la casa me topé con la niebla como si hubiera dado
contra un muro.
Nunca había sentido tanta agitación dentro de mí.
Pensé en la mujer de Kajetan y en la manera como había descrito su ser
a Schlaggenberg. Bueno, a decir verdad, yo no sentía mi propio ser como la
señora Camy: un espacio vacío cerrado por todas partes, que conocía a la
perfección, del que era imposible que surgiera o le llegara algo impensado,
es decir, algo auténticamente nuevo. Si esto era así…, debía de existir una
separación, una quiebra incomprensible, una ausencia absoluta de virtudes y
cualidades…
Caminé rápidamente entre el algodón blanco que me envolvía. Pensé
que tardaría mucho tiempo en superar este aislamiento y ver el mundo y las
cosas igual que había visto mi vida aquella tarde sobre la palma de mi
mano. Entonces estas paredes blancas que ahora me rodeaban caerían por sí
mismas.
Sin embargo, la niebla retrocedió. Antes de que me diera cuenta estaba
bajando hacia el centro de Viena, alejándome del canal del Danubio.
Un taxi pasó a mi lado lentamente. Andaba escaso de tiempo. Hice una
señal al conductor.
Al entrar por la puerta de la Ópera alguien me saludó. Los batientes
acababan de cerrarse y no reconocí al señor Von Frigori hasta que atravesó
el vestíbulo inferior y me dijo:
—Mis respetos, señor jefe de sección… ¡Qué curiosa casualidad…!
Esta misma tarde hemos estado hablando de usted…
—¿Sí? No me diga. —Me sentía torpe, había perdido el contacto con la
realidad de aquí.
—Sí que le digo —dijo riéndose—. El consejero de la Cámara Levielle
mencionó por casualidad su nombre, y comentó que se conocían. —Fue en
la Estación de Ferrocarril del Oeste. Me encontré con él cuando volvía a
marcharse a París…
—¿Ah, sí…? —dije amablemente—. Me parece, querido barón, que es
hora de que ocupemos nuestros asientos —añadí, mientras miraba de reojo
el torrente de personas que iba llenando la sala—. ¡Buenas tardes y que se
divierta…!
En la escalera central encontré a algunos rezagados que subían hacia los
palcos y una vez arriba se dividían a izquierda y derecha. La suave
alfombra verde que cubría los peldaños amortiguaba nuestros pasos. Nada
rompía aquel imperturbable silencio en el que habíamos entrado de repente,
después de las prisas y el ajetreo de los vestíbulos de la planta baja, donde
todavía se podía oír el zumbido de los motores de los automóviles a través
de las puertas de entrada que no paraban de agitarse, abriéndose y
cerrándose continuamente… En medio del silencio sentí que la rabia se
apoderaba de mí, una rabia que ya había sentido en otra ocasión, pero que
esta tarde, aquí y ahora, era mucho más fuerte. ¡La señora Ruthmayr me
había invitado hoy asegurándome que estaríamos solos! Sabía
perfectamente que Levielle se marchaba de viaje aquel día y que no estaría
el sábado en el palco como era su costumbre. Lo sabía… como una esposa a
la que su marido le dice: «Vendré a las seis y media» o «El 14 de mayo me
marcho a París». Así que, en cierta media, estaba al tanto de las intenciones
de Levielle. ¡Como si fuese su mujer! Pensé en todo esto y, aunque fuera de
lo más natural, mis músculos se tensaron de rabia por unos segundos.
Primera galería a la izquierda, palco número doce… Un viejo lacayo
rasurado de la época imperial me anunció ceremoniosamente. Me parece
que incluso me reconoció. No deja de ser curioso que aquel hombre se
llamara Aquiles…
Llamé y escuché la voz de ella desde dentro.
—Bueno, señor jefe de sección, ha llegado la hora… —me dijo entre
risas cuando entré.
No obstante, la sala, un amplio anillo dorado y rojo al que uno podía
mirar a través de la cortina cerrada, estaba todavía completamente
iluminada. Besé su mano y me deslicé fuera del abrigo. Nos sentamos
delante. Nos envolvió la atmósfera mundana de los balcones del anfiteatro y
de las filas de asientos de la platea, una atmósfera hecha con el olor inerte
del terciopelo y el perfume que había quedado suspendido en el ambiente a
lo largo de cincuenta años. La sala se llenó, un torrente imparable atravesó
el pasillo central del patio de butacas inundando las filas…
Se hizo la oscuridad.
El preludio descargó de golpe sobre la sala.
Pensé que, aquí en lo alto, apoyado en aquella barandilla que caía tan
bruscamente, estaba a la vista de todos. No tenía, ni de lejos, la
predisposición que se necesita para escuchar música…
Entonces se levantó el telón y pudimos ver el salón dorado del palacio
del Belvedere, que, sin duda, había servido de modelo para los decorados
del primer acto de El caballero de la rosa. La orquesta fue matizando con
complejas tonalidades, totalmente inverosímiles, las voces que al principio
habían retumbado solitarias, como en un espacio vacío.
El repleto patio de butacas que teníamos por debajo bullía en la
oscuridad, alentado por una inquietud contenida.
Sin embargo, yo no oía nada. Miraba por encima del escenario, por
encima de la parte superior del telón. Me sentía —mucho más con la señora
Ruthmayr a mi lado— como el mascarón de proa de un galeón, de un
pesado navío, que se pone lentamente en movimiento, elevándose sobre la
sala, cortándola en diagonal, impulsándonos más allá de esta fastuosa
burbuja histórica, en la que no encajábamos, con la que contrastábamos de
una forma absolutamente ridícula, más allá de este salón dorado concebido
para el disfrute estético, no…
Respiré profundamente. Mi pecho se abombó tensando la tela de mi
camisa. Entonces se escuchó un pequeño chasquido apenas perceptible.
Una perlita rodó ante mí sobre el terciopelo rojo de la barandilla.
Levanté la vista y la dejé caer sobre la sala.
—Stangeler —susurré para mí, casi sin darme cuenta.
—¿Cómo? —preguntó la señora Ruthmayr en voz baja.
Yo me giré hacia ella, la miré atentamente y me callé. ¿Acaso podía
explicarle esto, o cualquier otra cosa, aquí y ahora?
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