Maggie ve la luz
Prólogo. 4
up
Prólogo
«En breves momentos aterrizaremos en el aeropuerto internacional de Los Ángeles. Por favor, asegúrese de que su asiento está en posición vertical, que pesa menos de cuarenta y cinco kilos y que tiene una dentadura perfecta.»
up
Capítulo 1
Yo siempre había llevado una vida bastante intachable.
Antes de dejar a mi marido y huir a Hollywood, apenas había roto un plato (por lo menos ninguno del que se hubiera enterado mucha gente). Por tanto, cuando de pronto todo se desintegró como papel mojado, no pude librarme de la sospecha de que estaba cantado desde hacía tiempo. Tanta vida impecable era, sencillamente, antinatural.
Por supuesto, no desperté una mañana y decidí abandonar alegremente el país, dejando a mi pobre marido preguntándose qué era ese sobre que había en su almohada. Estoy exagerando para que parezca más dramático de lo que en realidad fue, lo cual me sorprende porque nunca he tenido debilidad por el drama. Y, ya puestos, tampoco por palabras como «debilidad».
El caso es que desde el asunto de los conejos, y yo diría que incluso antes, la situación con Garv se había vuelto incómoda y extraña. Luego sufrimos un par de lo que optamos por llamar «reveses». No obstante, en lugar de fortalecer nuestro matrimonio —como solía suceder a los afortunados protagonistas de las revistas femeninas de mi madre—, nuestra marca particular de reveses tuvo exactamente el efecto anunciado: lo volvieron todo del revés. Se aposentaron entre Garv y yo y nos distanciaron.
Aunque nunca lo dijo, sé que Garv me echaba la culpa.
Y no se lo recriminé, porque yo también me culpaba.
En realidad se llama Paul Garvan, pero cuando le conocí éramos unos adolescentes y entonces nadie llamaba a nadie por su nombre. Micko, Macker, Toolser y Pedazo de Capullo eran algunos de los apelativos por los que conocíamos a nuestros colegas. Él era Garv, siempre le
conocí por ese nombre, y solo le llamo Paul cuando estoy muy cabreada con él. Mi nombre es Margaret, pero Garv me llama Maggie salvo cuando le cojo el coche y se lo rayo con la columna del aparcamiento (algo que sucede con más frecuencia de lo que imaginas).
Yo tenía veinticuatro años y él veinticinco cuando nos casamos. Había sido mi primer novio, como mi pobre madre no se harta de contar a la gente. Cree que con eso demuestra que yo era una buena chica que no iba por ahí acostándose con todo bicho viviente. (Siendo la única de sus cinco hijas que no lo hacía, ¿cómo iba a culparla por alardear de mi sospechosa virtud?) Lo que mi madre se olvida convenientemente de mencionar es que Garv fue mi primer novio, pero no el único.
En fin.
Llevábamos nueve años casados y no sé decir exactamente cuándo empecé a pensar en el fin de nuestra relación. No porque lo deseara, sino porque creía que si imaginaba lo peor en cierto modo garantizaba que no ocurriera. Sin embargo, garantizó todo lo contrario.
El final llegó con una brusquedad apabullante. De la noche a la mañana mi matrimonio pasó de ser una realidad viviente —aunque yo estuviera haciendo cosas extrañas, como beberme las lentillas— a dejar de existir. Me pilló totalmente desprevenida, pues siempre pensé que era preciso pasar por un período de lanzamiento de platos e intercambio de insultos antes de agitar la bandera blanca.
En mi caso todo se vino abajo sin cruzar una sola palabra, y yo, sencillamente no estaba preparada.
Dios sabe, no obstante, que debería haberlo estado.
Unos días antes me había despertado por la noche muy inquieta. Me ocurría a menudo, generalmente por culpa del trabajo y el dinero. Ya sabes, lo de siempre: mucho de lo primero y poco de lo segundo. Pero últimamente —o quizá desde hacía tiempo— estaba preocupada por Garv y por mí.
¿Mejorarían algún día las cosas? ¿Habían mejorado ya y no era capaz de verlo?
La mayoría de las noches no llegaba a ninguna conclusión y caía de nuevo en un sueño intranquilo. Pero esta vez me asaltó una desagradable visión. Como en una radiografía, contemplé la rutina diaria, el lenguaje íntimo y el pasado compartido, y pude penetrar en mí y en Garv, en todo lo que había sucedido en los últimos tiempos. Todo se me mostró sin tapujos y me asaltó un pensamiento claro y espantoso: Tenemos un grave problema.
Eso me dejó literalmente helada. Se me erizó el vello y entre mis costillas se instaló un escalofrío. Aterrorizada, traté de animarme pensando en el montón de trabajo que me esperaba al día siguiente, pero fue inútil. Luego, a fin de asustarme, me recordé que mis padres se estaban haciendo mayores y que me tocaría cuidar de ellos.
Al rato volví a dormirme, me rasqué el brazo derecho hasta levantarme la piel, rechiné los dientes con deleite, desperté con la sensación familiar de una boca bañada en arenilla y seguí tirando como siempre.
Iba a recordar que «Tenemos un grave problema»
cuando quedó claro que así era.
La noche en cuestión habíamos quedado para salir a cenar con Elaine y Liam, unos amigos de Garv. Y quién sabe, si el nuevo televisor extraplano de Liam no se hubiera desprendido de la pared para caerle en el pie y romperle el dedo pulgar, obligándonos de ese modo a salir a cenar en lugar de quedarnos en casa, quizá Garv y yo no nos habríamos separado.
El caso es que yo había rezado para que Elaine y Liam cancelaran la cena. Las probabilidades eran muchas: las últimas tres veces que habíamos quedado no habían cuajado. La primera vez Garv y yo anulamos la cita porque debían traernos la mesa de la cocina. (No, claro que no
llegó.) La segunda vez, Elaine —que es un pez gordo en pensiones— tenía que ir en coche a Sligo para despedir a un montón de gente. («El nuevo Jag llegó justo a tiempo.») La tercera vez ideé una excusa que Garv apoyó con una rapidez sospechosa. Hoy les tocaba a ellos.
No es que Liam y Elaine no me cayeran bien. Bueno, lo cierto es que no me caían bien. Como he dicho, ella es un pez gordo en pensiones y él corredor de bolsa. Son guapos, les sale el dinero por las orejas y tratan mal a los camareros. Son de esa clase de personas que parece que siempre anden comprándose coches y yéndose de vacaciones.
Todos los amigos de Garv eran encantadores, con la clara excepción de Liam. El problema era que Garv era de esos tipos que se empeñaban en ver solo lo bueno de las personas, o por lo menos de la mayoría de ellas. En teoría es una gran cualidad, y yo no tenía inconveniente en que él viera lo bueno de las personas que me caían bien, pero cuando insistía en hacer lo mismo con la gente que no me gustaba, ya no me hacía tanta gracia. Él y Liam se habían hecho amigos en el instituto, cuando Liam era un muchacho mucho más simpático que ahora, y aunque para complacerle Garv había intentado desprenderse del afecto que le tenía, no lo había conseguido.
No obstante, hasta Garv admitía que Elaine era insoportable.
Hablabamuydeprisa.
Disparabapreguntascomounaametralladora.
¿Quétaleltrabajo?
¿Cuándopiensanascenderte?
Su
encantador dinamismo me provocaba una parálisis tartamuda. Para cuando conseguía chapurrear una respuesta, ella ya había perdido el interés y pasaba a otro tema.
Pero aunque Liam y Elaine me hubieran caído bien, aquella noche en concreto yo no tenía ganas de salir. Poner buena cara y fingir buen humor es mucho más difícil cuando tienes público delante. Además, en casa me
esperaba un montón de aterradores sobres marrones que requerían mí atención (más dos series de televisión impacientes por atender mis necesidades y un sofá irresistible que me llamaba a gritos). El tiempo era demasiado valioso para perder toda una noche divirtiéndome fuera de casa.
Yo «trabajaba» en un bufete de abogados que tenía muchos tratos con Estados Unidos. Su especialidad era concretamente el derecho de espectáculos. (Después de casarnos, Garv, por ser un chico excelente, fue destinado cinco años a la sede que tenía su compañía en Chicago. Yo trabajé para uno de los grandes bufetes de abogados de la ciudad, de modo que cuando tres años atrás regresamos a Irlanda, juré que conocía en profundidad el derecho de espectáculos estadounidense. Lo malo era que aunque había asistido a clases nocturnas y obtenido algunos diplomas en Chicago, no era una abogada en toda regla.
Eso significaba que recibía un montón de trabajo, casi todo el abuso y una parte mínima de la pasta. En realidad, hacía de intérprete. Una cláusula que significaba una cosa en Irlanda podía significar otra en Estados Unidos, por lo que me dedicaba a traducir los contratos estadounidenses al derecho irlandés y redactaba convenios que fueran válidos en ambas jurisdicciones.)
Vivía presa de un miedo leve pero constante. A veces soñaba que me había dejado una cláusula esencial y que mi bufete era demandado por cuatro trillones de dólares, dinero que deducían de mi salario a razón de siete libras y media por semana, obligándome con ello a trabajar allí el resto de la eternidad para poder devolverlo. Otras veces soñaba que estaba sentada en la oficina y de pronto me daba cuenta de que estaba desnuda pero necesitaba levantarme para utilizar la fotocopiadora.
El caso es que el día que el globo estalló yo estaba de trabajo hasta las cejas, tanto que mi nuevo programa de fitness se fue al garete. Últimamente había caído en la cuenta de que morderme las uñas era el único ejercicio que hacía en todo el día, así que ideé un astuto plan: en lugar de pedir a Sandra, mi ayudante, que viniera a recoger las cintas del dictáfono, andaría los veinte metros que me separaban de su despacho y se las entregaría en mano.
Pero ese día en concreto no disponía de tiempo para caprichos. Estaba a punto de fracasar un acuerdo con un estudio de cine y si no terminaba el contrato esa misma semana, el actor abandonaría el proyecto.
(Sé que por un breve instante mi trabajo te ha parecido fascinante. Créeme, era tan fascinante como una úlcera. Ni siquiera las esporádicas comidas en restaurantes caros lo eran. Nunca conseguía relajarme, pues el cliente siempre hacía alguna pregunta que exigía una respuesta larga y detallada justo cuando acababa de llevarme el tenedor a la boca.)
El guionista —mi cliente— estaba ansioso por cerrar el trato para así recibir sus honorarios y alimentar a su familia (y para que su padre pudiera finalmente estar orgulloso de él, pero me estoy yendo por las ramas). Los abogados de Estados Unidos habían empezado a trabajar a las tres de la madrugada, hora estadounidense, para intentar llegar a un acuerdo, y el día fue un ir y venir de e-mails y llamadas telefónicas. Al final del día pusimos el punto a la última i y cruzamos la última t, y aunque estaba molida, me sentía ligera y contenta.
Entonces recordé que habíamos quedado con Liam y Elaine y una nube pasó por encima de mi cabeza. No es tan horrible, me dije para consolarme, al menos cenaré bien. A Liam y Elaine les encantaban los restaurantes selectos.
Pero estaba exhausta. ¡Ojalá nos tocara a nosotros cancelar la cita!
Justo cuando había perdido toda esperanza, sonó el teléfono.
—Liam se ha roto un dedo del pie —dijo Garv—. Se le cayó encima el televisor extraplano que acaban de comprarse. —Liam y Elaine tenían todos los artículos no perecederos conocidos por el hombre, e insisto en lo de hombre. Yo, mujer, con un móvil y un rizador de pelo estoy más que satisfecha. Pero Garv, como buen hombre, se pirraba por lo digital y lo Bang & Olufsen—. Por tanto, se aplaza la cena.
—¡Bien! —exclamé. Luego recuperé el decoro—. No lo digo por él ni por su dedo, pero he tenido un día agotador y...
—No te preocupes —me interrumpió Garv—, a mí tampoco me apetecía. Estaba a punto de llamarles para contarles que nuestra casa se había incendiado.
—Genial. Bueno, nos vemos en el rancho.
—¿Qué hacemos con la cena? ¿Quieres que compre algo?
—No, ya la compraste ayer. Hoy me toca a mí.
Me hallaba apagando aparatos como una posesa cuando una voz me preguntó:
—¿Te marchas, Maggie?
Era Frances, mi jefa, y aunque el «¿ya?» fue mudo, yo lo oí.
—Sí —contesté para evitar malentendidos—. Me marcho. —Educada pero firme, procurando mantener mi voz propensa-al-tembleque libre de indicios que delataran mis temores.
—¿Está listo el contrato para la reunión de mañana por la mañana?
—Sí—respondí. Era mentira. Frances se refería a otro contrato, uno que ni siquiera había comenzado. No tenía sentido contarle que me había pasado el día rematando frenéticamente
un
gran
acuerdo.
Ella
era
una
superarribista camino de convertirse en socia y había
hecho del trabajo férreo un arte. Raras veces salía del despacho y, según la opinión popular (no es que ella fuera precisamente popular), dormía debajo del escritorio y se aseaba en los lavabos del personal, como una mendiga.
—¿Puedo echarle un vistazo?
—Todavía no lo he pulido del todo —repuse con tirantez
—. Preferiría terminarlo antes de enseñártelo.
Francés me clavó una mirada suspicaz demasiado larga.
—Lo quiero en mi despacho antes de las nueve y media.
—Claro.
El buen humor generado por la cancelación de la cena se había desvanecido. Mientras Frances regresaba a su despacho martilleando el suelo con sus tacones, contemplé el ordenador que acababa de apagar. ¿Debía quedarme a trabajar un par de horas en el contrato? No podía. Estaba vacía. De entusiasmo, de ética laboral, de todo. Vendría al despacho temprano por la mañana.
Apenas había comido. A la hora del almuerzo, en lugar de tomarme un descanso había buscado en el cajón de mi mesa media barra de Mars que recordaba vagamente haber dejado allí unos días antes. Para mi deleite, la encontré. Le arranqué la pelusa y los clips, y debo confesar que estaba deliciosa.
Así pues, cuando salí del trabajo estaba hambrienta, y sabía que no había nada en casa. La comida representaba un problema para Garv y para mí. Sobrevivíamos como la mayoría de la gente queconocíamos, con comida para microondas, comida para llevar y comida de restaurante.
De vez en cuando —por lo menos antes de que las cosas entre nosotros se torcieran—, tras hacer limpieza de nuestras preocupaciones ordinarias, dedicábamos un rato a preocuparnos de nuestro bajo consumo de vitaminas.
Entonces nos decidíamos a adoptar hábitos más sanos y comprábamos un frasco de multivitaminas que dejábamos arrinconado al segundo día. O nos entraba la locura en el
supermercado y nuestros brazos escorbúticos llenaban el carro de cabezas de brécol, zanahorias de un naranja sospechoso y suficientes manzanas para alimentar a una familia de ocho durante una semana.
«Nuestra salud es nuestra riqueza», decíamos con alegría, porque parecía que el simple hecho de comprar alimentos crudos ya tuviera, de por sí, un efecto positivo. El verdadero problema surgía cuando se hacía evidente que teníamos que comérnoslos.
Llegado ese momento, los acontecimientos parecían conspirar para echar por tierra nuestros planes culinarios: cuando no teníamos que trabajar hasta tarde, teníamos que asistir a una cena de cumpleaños. Nos pasábamos la semana tratando en vano de no pensar en toda la fruta y la verdura fresca que suplicaban a voces nuestra atención.
Entrar en la cocina nos resultaba casi insoportable.
Imágenes de coliflores y uvas flotaban en un rincón de nuestra conciencia, impidiendo que nos sintiéramos en paz con nosotros mismos. Poco a poco, día a día, a medida que los alimentos se iban estropeando los tirábamos a escondidas, sin confesar al otro lo que estábamos haciendo.
Y cuando el último kiwi rebotaba en el cubo de la basura, finalmente el nubarrón se diluía y podíamos relajarnos de nuevo.
Siempre preferiré una pizza congelada, es mucho menos estresante. Y es justamente lo que compré para la cena de esa noche. Entré corriendo en el supermercado y eché en la cesta un par de piezas y cereales para el desayuno.
Fue entonces cuando el destino intervino.
Puedo pasar sin chocolate varias semanas seguidas.
Vale, varios días. Pero en cuanto le pego un mordisco quiero más, y ese mediodía la barra de Mars había despertado a la bestia. Por eso cuando vi las cajas de trufas artesanas en la sección de congelados decida en un ataque de «qué diablos», comprarme una.
A saber qué habría ocurrido si no la hubiera comprado.
¿Es posible que algo tan benigno como una caja de trufas alterara por completo el rumbo de mi vida?
Garv ya estaba en casa y nos saludamos con cierto recelo. No habíamos previsto pasar la noche solos.
Habíamos contado con Liam y Elaine para diluir el ambiente enrarecido entre nosotros.
—Acabo de hablar con Donna —dijo—. Te llamará mañana al trabajo.
—¿Qué ha pasado ahora? —Donna tenía una vida amorosa complicada y, en calidad de una de sus mejores amigas, era mi deber aconsejarla. Aun así, también le gustaba hablar con Garv para obtener lo que denominaba el «punto de vista masculino», y Garv le daba consejos tan sabios que Donna lo había rebautizado como doctor Amor.
—Robbie quiere que deje de afeitarse las axilas. Lo encuentra muy sexy, pero Donna tiene miedo de parecer un gorila.
—¿Qué le aconsejaste?
—Que no hay nada malo en que las mujeres tengan pelo...
—Bien dicho.
—... pero que si no quiere, debe decirle a Robbie que ella dejará de afeitarse las axilas el día que él lleve bragas.
Lo que es bueno para uno ha de serlo para el otro y todo eso.
—Eres un genio.
—Gracias.
Garv se quitó la corbata, la arrojó sobre el respaldo de una silla y se mesó el pelo para sacudirse los últimos vestigios de su ser laboral. En la oficina llevaba el cabello peinado hacia atrás, pero fuera del trabajo dejaba que el flequillo le cayera sobre la frente. Algunos hombres son tan guapos que en el momento de conocerlos sientes como sí te
dieran con un mazo en la cabeza. Garv no es uno de ellos.
Él, más bien, es de esa clase de hombre que ves diariamente durante veinte años y de repente una mañana te despiertas pensando: Caray, qué agraciado. ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta antes?
Su atractivo más evidente era la estatura. Pero como yo también soy alta, nunca iba por ahí diciendo «¡Oooh, mira cómo me pasa!». No obstante, con él podía llevar tacones, lo cual era de agradecer. Mi hermana Claire había tenido un marido de la misma estatura que ella y debía ir siempre plana para no violentarle. Y mi hermana adora los tacones.
Luego el marido tuvo un lío y la dejó. Supongo que no hay mal que por bien no venga.
—¿Qué tal el trabajo? —me preguntó Garv.
—Fatal. ¿Y tú?
—También. Gocé de diez agradables minutos libres entre las cuatro y cuarto y las cuatro y veinticinco, cuando estuve en la salida de incendios fingiendo que todavía fumaba.
Garv es actuario, lo que le convierte en blanco fácil a la hora de acusarle de aburrido, y en el momento de conocerle es posible confundir su tranquilidad por sosería.
En mi opinión, considerar el hecho de devorar números como sinónimo de aburrido es un error; uno de los hombres más aburridos que he conocido en mi vida era aquel estúpido novelista que Donna tenía por novio. Salimos una noche a cenar y nos soltó un ROLLO insufrible. Se embarcó en un monólogo acerca de otros escritores sobrepagados, cabrones de oropel, y después empezó a interrogarme sobre cómo me había sentido con respecto a esto y aquello, explorando e indagando con la intimidad de un ginecólogo.
«¿Cómo te sentiste? ¿Triste? ¿Puedes especificar un poco más? ¿Te partió el corazón? Ahora empezamos a progresar.» Luego se ocultaba en el servicio de caballeros y yo sabía que estaba escribiendo en una libreta todo lo que le había contado, para utilizarlo en su novela.
—No tienes por qué envidiar el televisor extraplano de Liam —dije a Garv, feliz de fingir que su desánimo se debía al hecho de que su amigo tuviera más artículos imperecederos que él—. ¿Dices que le atacó? Quizá deberían sacrificarlo.
—¡Ja! —Garv se encogió de hombros como suele hacer cuando tiene envidia—. No lo envidio.
(Tan dispuesto a hablar de los problemas de Donna, habrás reparado, no obstante, en su renuencia a hablar de sus propios sentimientos, aunque solo tengan que ver con un televisor.)
—¿Tienes idea de lo que ha pagado por él? —dejó escapar.
Por supuesto que la tenía. Cada vez que iba al centro con Garv teníamos que pasar por la sección de electrónica de Brown Thomas y detenernos delante del susodicho televisor para admirar sus doce mil libras de esplendor.
Aunque Garv tenía un buen sueldo, no ganaba ni de lejos la cifra telefónica de Liam. Y entre la hipoteca, el gasto de mantener dos coches, la adicción de Garv a los CD y mi adicción a los bolsos y las cremas faciales, el presupuesto no daba para televisores extraplanos.
—Anímate. Es probable que el televisor se rompiera al caer de la pared. Además, podrás permitirte uno muy pronto.
—¿Tú crees?
—Claro que sí. En cuanto terminemos de amueblar la casa.
Eso pareció dar resultado. Con el ánimo algo más alto, Garv me ayudó a vaciar las bolsas. Fue entonces cuando ocurrió.
Extrajo mi caja de trufas «qué diablos» y, con un destello en los ojos, exclamó:
—¡Eh, mira, otra vez esas trufas! ¡Parece que nos sigan!
Miré a Garv, miré la caja y mire de nuevo a Garv. No tenía la menor idea de qué estaba hablando.
—Ya sabes —insistió maliciosamente—. Las mismas que tomamos cuando...
Se interrumpió en seco. Arrugué la frente y le miré intrigada. Él también me miró y sucedieron varias cosas al mismo tiempo. El brillo travieso de sus ojos desapareció para ser reemplazado por el miedo. Pánico, diría yo. Y antes de que los pensamientos hubieran adquirido algún orden en mi conciencia, lo supe. Garv estaba hablando de otra persona, de un momento íntimo compartido con una mujer que no era yo. Y de un momento reciente.
Sentí que caía, que seguiría cayendo el resto de mi vida. Entonces me obligué a detenerme y supe algo más: supe que era incapaz de soportarlo. No podía soportar ver cómo la espiral descendente de mi matrimonio arrastraba a otras personas hacia su vórtice.
Inmóviles, la mirada clavada en el otro, le supliqué en silencio que dijera algo que lo explicara, que lo hiciera desaparecer. Garv, sin embargo, tenía el rostro paralizado por el miedo, el mismo miedo que sentía yo.
—Yo... —farfulló, pero la voz se le quebró.
El dolor me horadó la muela y, como si estuviera soñando, me descubrí saliendo de la habitación.
Garv no me siguió. Se quedó en la cocina. No oí ningún movimiento y supuse que seguía donde le había dejado, lo que interpreté como un reconocimiento de su culpa.
Todavía inmersa en mi pesadilla, cogí el mando a distancia y encendí la tele, esperando despertar pronto.