Maggie ve la luz

Marian Keyes · Capítulo 22 de 49

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Maggie ve la luz

Capítulo 22. 141

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Capítulo 22

El Freeman era nuevo, el hotel más elegante en una ciudad repleta de hoteles elegantes. A duras penas conseguimos entrar en el ensordecedor vestíbulo, atestado como estaba de gente reuniéndose para una copa, esperando para cenar o tropezando con las esculturas.

Todo el mundo, en su mayoría personal del hotel, era increíblemente atractivo. Tardamos mucho tiempo en conseguir que nos hicieran caso —como murmuró Troy, el personal no había sido contratado por su competencia—, pero finalmente nos condujeron a un ascensor especial custodiado por dos matones que nos registraron en busca de cámaras y grabadoras.

El ascensor nos llevó directamente a la última planta haciendo estragos en mi estómago ya revuelto. Cuando las puertas se abrieron directamente al ático, nos recibió un resplandor que casi me dejó ciega. Todo era blanco.

Paredes blancas, moqueta blanca, mesas blancas y enormes sofás blancos de cuero. Se me erizaron los pelos cuando vi una cabeza rubia sin cuerpo florando por encima de un sofá, hasta que comprendí que era una chica con un mono de cuero blanco que se había fundido con el cuero blanco del sofá.

Troy y yo salimos del ascensor con recelo e intercambiamos una mirada nerviosa.

—¿Dónde está Cameron? —murmuró.

Miré en derredor. No había más de doce personas, pero jamás había visto tanta belleza junta. Era como entrar en un episodio de Beverly Hills 90210, Sensación de vivir. Las chicas mostraban mucha carne tersa y bronceada y los chicos lucían dientes perfectos y pelo bien recortado. Todos sonreían y sostenían copas de martini. ¿Qué demonios hago aquí?

Mi impresión se acentuó cuando nuestro recorrido por la sala aterrizó en Cameron Myers. Y he de decir que, pese a tener a medio gas la capacidad de entusiasmarme, sentí cierto vértigo, como si un avión hubiese pasado a tres centímetros de mi cabeza. Cameron estaba de rodillas delante de un agujero blanco cavado en la pared, una chimenea muy moderna.

—¡Hola! —saludó, levantándose al ver a Troy. Tengo que admitir que era mucho más bajo de lo que parecía en pantalla—. ¡Has venido!

—Feliz cumpleaños. Gracias por invitarnos. Esta es Maggie.

—Hola. —Mi cara se hallaba casi a la misma altura que el rostro perfecto y simétrico de Cameron Myers, el pelo rubio platino, los ojos azules y la piel tersa y uniformemente bronceada. Me resultaba casi tan familiar como cualquier miembro de mi familia, sin embargo...

Verás cuando lo cuente en casa. No me creerán.

Tras percatarme de que le estaba mirando fijamente, le planté delante cuatro orquídeas naranjas.

—Son para ti.

Cameron parecía sinceramente conmovido.

—¡Me has traído flores!

—Es tu cumpleaños. —Señalé la estancia—. Lamento que no sean blancas.

Sonrió con dulzura y tuve el deseo apremiante de metérmelo debajo del brazo, echar a correr y no detenerme hasta tenerlo bien guardado bajo llave en una jaula. Era monísimo, como un cachorrito.

—Hay bebidas en la cocina. Servíos lo que queráis.

—Yo iré a buscarlas —se ofreció Troy, y me dejó sola con Cameron Myers.

—Oye, ¿sabes cómo va esto? —Señaló con impotencia los troncos sintéticos que descansaban a sus pies.

—Pues... sí, es fácil.

—Me encanta el fuego, es muy acogedor. ¿Me ayudas?

¿Qué podía decir? Era julio. Estábamos en Los Ángeles.

Fuera estábamos a veintisiete grados.

Pero era Cameron Myers y quería un fuego.

—Vale.

Una vez que la chimenea hubo prendido y Cameron se hubo marchado a pedir unos dulces, Troy me entregó un martini, murmuró «¿Qué te parece este lugar?» y me llevó de visita turística. Era enorme. La «sala de recibir» (como la llaman ellos) tenía por lo menos veinticinco metros de largo y había tres dormitorios enormes con tanto algodón blanco que hacía daño a los ojos. Había una cocina, un despacho, incontables cuartos de baño y, ¿puedes creerlo?, una sala de proyección. Todo eran colchas de cachemir blanco, cojines de ante blanco, jarrones de porcelana blancos. Probablemente era preferible que Emily no hubiera venido. Habría estado tentada de robar algo.

—¿Quién es toda esta gente? —susurré—. ¿Hay algún famoso?

—No creo. Todos son aspirantes, maloques...

— ¿Maloques?

—Modelo-actriz-loquesea. ¡Mira esto! —Troy abrió una puerta que daba a un jardín.

—Uau.

Salimos al bochorno de la noche —mucho más calurosa que en las estancias interiores, donde había aire acondicionado— y al aire denso que se mezclaba con el olor a flores. Una bañera caliente lanzaba su vapor al cielo. Pero lo más impresionante era la vista.

—Esta noche no hay smog —observó Troy mientras, admirados, nos apoyábamos en la barandilla de la terraza.

A nuestros pies había casas de estilo español, coches perfectamente aparcados, copas de palmeras y el intenso turquesa de las piscinas iluminadas. Las piscinas eran

como estrellas. Al principio solo vi una, luego reparé en otra y de repente, como brotando de la nada, había demasiadas

para

poder

contarlas.

Salpicaban

aleatoriamente el paisaje hasta perderse en la distancia.

Más allá de las calles circundantes, la megaciudad de Los Ángeles se desplegaba como una red de luces navideñas, una ciudad del futuro que se extendía a lo largo de kilómetros y kilómetros hasta diluirse en un horizonte eléctrico,

No alcanzaba a distinguir a ningún ser humano, pero estaban allí, incontables seres llenos de esperanzas atrapados en la red, como moscas en una telaraña infinita.

Infinitesimalmente, sentí el peso colectivo de todos los sueños de esa malla lumínica: las chicas guapas sirviendo mesas mientras esperaban su gran oportunidad; los aspirantes a actores, escritores y directores llegados a este desierto regenerado desde los cuatro puntos del globo; cientos de miles de individuos confiando en que algún día estarían entre los pocos que lo conseguían. Qué anhelo, qué tenaz determinación. Imaginé que casi podía verla elevándose en el cielo de la noche como el vapor.

—¿Alucinante? —preguntó Troy.

—Aterrador.

—Lo sé. ¿Quieres sentarte?

Había un amplio surtido de sillas de mimbre y tumbonas de última generación con veinte inclinaciones diferentes, pero:

—Este es el nuestro. —Troy contemplaba con regocijo un mullido sofá-balancín suspendido de unas cuerdas que estaban sujetas a una viga por encima de nuestras cabezas.

Temí que las cuerdas no soportaran nuestro peso (bueno, mi peso. ¿Te imaginas qué vergüenza si, al subirme, los ganchos de la viga cedieran y el trasto entero se viniera abajo?). Pero poco a poco le cogí el gusto. Nos acurrucamos cada uno en un extremo del sofá. Nuestros pies casi se tocaban.

Mírate, pensé sorprendida de mí misma, balanceándote en esta noche calurosa, en la cima de una ciudad, bebiendo un martini con un hombre sexy, sexy, sexy.

Sí, ahora hablemos del hombre «sexy, sexy, sexy». Dicen que no eres consciente de lo triste que has estado hasta que vuelves a estar contenta. Y que no te das cuenta de lo mucho que no te ha gustado nadie hasta que vuelve a gustarte alguien. La elegancia natural de Troy, esos ojos verdosos, su proximidad, provocaban algo en mí que solo se me ocurría describir como buena disposición.

—Esto podría acabar gustándome —murmuró. Por el tono de su voz y su mirada de soslayo comprendí que no estaba hablando únicamente del montaje vista/copas heladas/balancín. Puede que haya llevado siempre una vida muy protegida, pero no soy una completa desgraciada.

—Yo también. —Mantuve el tono neutro.

—¿Estás segura? ¿De veras estás bien? Lo digo por lo de las llamadas acerca de tu marido.

—Estoy bien. —Bueno, por lo menos en este momento.

Troy asintió.

—Estupendo.

—Háblame de tu reunión de ayer.

Emily había insinuado que para Troy su trabajo era importante, así que quería conocerlo.

Me habló brevemente de los tres proyectos que estaba intentando realizar, de los reveses, de lo difícil que era encontrar financiación. Yo le animaba y compadecía en los momentos oportunos, pero era como si estuviéramos hablando en clave.

Ojalá me tocara. La piel de mi pierna casi se estremecía por el deseo de sentir su mano...

—¿Hay alguna Maggie por aquí? —Alguien había asomado la cabeza por la puerta—. Cameron te necesita. Se le ha apagado el fuego.

Roto el encanto, Troy puso cara de pena y dijo:

—Será mejor que entremos.

Una vez dentro comprobé que había llegado más gente, pero así y todo no éramos más de treinta. Cameron me hizo señas a través de la helada tundra y aulló:

—¡Ven, nena, light my fire!

—Señor —murmuré—, ¿qué nos hemos perdido?

Parecía que la juerga había subido de tono mientras estábamos en la terraza, pero en cuanto Troy y yo nos adueñamos de uno de los sofás blancos, me di cuenta de lo equivocada que estaba. El revuelo provocado por Cameron era lo más salvaje de la noche. Por lo que a fiestas se refería, esta era tremendamente comedida. Y por lo que a fiestas de estrellas de cine se refería, era una amarga decepción.

—Nadie ha sido abofeteado, no ha habido tomate en la bañera, nadie ha lanzado un televisor a la piscina —me lamenté. Y salvo por un par de porros enclenques que habían corrido por allí, no había un consumo de drogas obvio.

—¡Estás obsesionada, irlandesa!

Me encogí de hombros.

—Solo intento recuperar el tiempo perdido.

En torno a la chimenea, formando un nudo apretado, estaba la tripulación 90210 al completo. Todos parecían conocerse, y aunque fueron educados con Troy y conmigo, no se mostraron excesivamente simpáticos. Por una vez no me importó, pues Troy era la única persona con la que quería charlar. Terminó de hablarme de su trabajo mientras yo abría los ojos de par en par, me lamía los labios y miraba por debajo de mis pestañas. Entonces caí en la cuenta de que estaba bebiendo de un vaso vacío. Probablemente desde hacía un buen rato.

Troy se percató.

—¿Otro?

—Yo iré.

Atravesé la vasta explanada blanca hasta la cocina, pero justo al llegar me cerraron la puerta en las narices. Al

otro lado una chica susurró:

—¿Quieres que todo el mundo lo vea? ¿De dónde lo has sacado?

Mi mano se detuvo en el pomo cuando una voz masculina la tentó:

—¿Quieres un poco?

—¡No puedo! ¡Y tú tampoco deberías!

—Un poco no hace daño a nadie.

—Jesús, lo que hay que oír.

Me dio miedo entrar.

¿A qué alterador ilegal del ánimo se estaban entregando? ¿Cocaína? ¿Éxtasis? ¿Heroína? La curiosidad, no obstante, pudo más que yo. Abrí la puerta y encontré a la pareja inclinada furtivamente sobre una caja de helado de chocolate con doble crema. Levantaron la vista con cara de pasmo y la chica dijo:

—No es lo que parece.

Muerta de risa, regresé junto a Troy y, con la boca próxima a su oreja, le conté lo ocurrido.

—Increíble, ¿eh? —No podía dejar de sonreír. —Y quelo digas —sonrió él—. Esta fiesta es un poco rollo, ¿no crees?

Venga, apura esa copa. Te llevaré a casa.

Las palabras salieron de mi boca antes de intuir siquiera que iba a decirlas.

—¿A casa de quién?

De inmediato bajé la mirada. Estaba temblando de esperanza, de miedo, de sorpresa por mi propia audacia.

—Maaaggie... —susurró Troy, y volví a levantar la vista.

Su expresión era de desconcierto. Sin duda estaba preguntándose si había oído mal, y entonces comprendió que no. Soltó una risa extraña.

—Dios mío. —Sonó casi cansado.

Con el corazón latiéndome con fuerza a causa de los nervios, le observé mientras se levantaba y me ofrecía el brazo.

—Vamos.