Maggie ve la luz

Marian Keyes · Capítulo 27 de 49

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Maggie ve la luz

Capítulo 27. 168

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Capítulo 27

Me desperté y encontré a una mujer de metro cincuenta azotando un plumero por mi cuarto. Conchita, supuse.

—Lamento despertarla. —Sonrió.

—No se preocupe, ya estaba despierta —mentí mientras cogía mi ropa.

Emily estaba en la cocina, calzándose presurosamente las sandalias.

—Olvidé comprarle el desayuno a Conchita. Tengo que ir corriendo a Starbucks. Se niega a tocar el cuarto de baño si no le doy su dosis de azúcar.

—Yo iré —me ofrecí, todavía ansiosa por mantenerme activa.

—¿Estás segura? Gracias. ¡Oye! —exclamó cuando ya me iba—, no le compres nada que tenga plátano o arándanos.

Fuera se presentaba otro hermoso día para su inspección. Teniendo en cuenta que era un lunes por la mañana, el mundo estaba bañado de una luz amarilla triunfal y todo tenía la perfección de una postal: las preciosas casitas, las parcelas de césped de uniforme verdor, los pétalos aterciopelados de las flores.

En Starbucks compré un bollo de chocolate para cada una, aunque sabía que Emily iba a desmenuzarlo para luego afirmar que estaba llena. De regreso a casa pasé por delante del salón de Reza. Estaba dentro, tirando ferozmente del pelo de alguien. La saludé con una mano y ella me miró airadamente. ¡Como debía ser! Dios estaba en su cielo y el mundo seguía su debido curso.

No obstante, en cuanto entré en casa supe que algo malo había ocurrido. Emily estaba sentada en el borde del sofá, temblando, mientras Conchita la atendía.

—Han pasado —anunció Emily.

Por un instante pensé que hablaba de un examen o de una prueba de conducir. En mi país, «pasar» es una palabra positiva, lo contrario de «suspender».

—¿Quién ha pasado qué?

—Mort Russell, Hothouse, ha pasado de mi guión. David acaba de llamar.

Me quedé atónita. No podía ser. ¿Y lo de Julia y Cameron? ¿Y lo de las tres mil pantallas? Necesité unos segundos para comprender que nada de eso iba a hacerse realidad. ¡Cabrones embusteros!

Emily trataba de hiperventilarse respirando hondo y aunque temblaba como si llorara, tenía los ojos secos.

—¿Qué voy a hacer? Estoy jodida, estoy totalmente jodida. No tengo ni un centavo. ¡Dios mío, Dios mío!

Conchita extrajo un frasco del bolsillo de su delantal y dijo:

—Xanax, para calmarla.

Le indiqué con ambas manos que adelante, que no-hay-nada-como-el-presente.

—¿Puedo tomarme dos? —preguntó Emily.

—Claro.

Pero cuando Conchita volcó el frasco en la palma de su mano, se produjo una pequeña confusión y antes de que me diera cuenta Emily había agarrado no dos, sino cuatro Xanax.

—Lo siento —farfulló, después de tragárselos.

Conchita y yo nos miramos. ¿Quiénes éramos nosotras para impedírselo?

Me asaltó de nuevo la incredulidad.

—Pero estaban tan entusiasmados —dije—. Parecía un trato hecho.

—Así funcionan todos.

—¿Te han dicho por qué han pasado?

—Dijeron que no era lo que estaban buscando en este momento —explicó Emily—, pero desconozco la verdad.

Probablemente no les gustaba.

—Chis —siseó Conchita, llevándose a Emily al pecho y acariciándole el pelo.

—Aun así... —empecé de nuevo mientras un montón de preguntas se agolpaban en mi mente, pero Conchita meneó firmemente la cabeza.

Las tres permanecimos sentadas en silencio mientras el día pasaba sin esperanza. Me sentía muy confusa. Todo había girado en torno al éxito de este proyecto, y aunque había tenido mis dudas, nunca consideré realmente la posibilidad de que no saliera adelante. ¿Qué iba a hacer Emily ahora? ¿Regresar a Irlanda conmigo? Yo no quería volver a casa y aún menos ahora. Ahora que Troy... Fue entonces cuando caí en la cuenta de que todavía no me había llamado. A menos que lo hubiera hecho mientras yo estaba comprando los bollos, y de ser así no era el momento de preguntarlo...

—Deberías acostarte —sugirió Conchita. Emily asintió, obediente. Conchita se volvió hacia mí—. Con cuatro Xanax dormirá hasta el miércoles.

Estaba a punto de pedirle un par de pastillas para mí cuando sonó el teléfono. Enseguida pensé en Troy, pero cuando contesté sonó la voz de una mujer.

—Llamada de David Crowe para Emily O'Keeffe.

—Ahora mismo no puede ponerse. —Sufre una crisis nerviosa—. Soy su ayudante. ¿Puedo ayudarla en algo?

Pero la mujer ya no estaba y al cabo de unos instantes oí la voz de David.

—¡Hola, Emily!

—Soy Maggie. Emily está algo disgustada.

—Lo sé, pero tengo buenas noticias para ella. Larry Savage, de los estudios Empire, echó un vistazo al guión.

Quiere ver a Emily.

—Eso es estupendo. ¿Cuándo?

—Ahora mismo.

—Oh, qué lástima —repuse—. Ahora mismo no puede ser. Se ha tomado cuatro Xanax.

Una pausa. Una pausa poco cordial.

—Escúchame bien —dijo David sin un ápice de su habitual afabilidad—. Tiene que recuperarse de inmediato e ir al Empire. No podemos aplazar esta reunión. Ha de hacerse hoy, antes de que Larry descubra que Hothouse ha pasado, con o sin el Xanax de los cojones. Café, cocaína, me trae sin cuidado, pero que despierte. Y si ella no puede hacerlo, tendrás que hacerlo tú. Me estoy jugando el cuello.

La humedad había abandonado mi boca. La tenía tan seca como una moqueta. ¿Qué había sido de David Crowe, el príncipe encantador? Me dio miedo, verdadero miedo.

Sonaba peligroso y vengativo. Enseguida comprendí qué estaba

ocurriendo.

Mediante

alguna

maquinación

maquiavélica, David había hecho creer a Larry Savage que Mort Russell todavía estaba interesado en el guión. Aún existía una pequeña esperanza antes de que Larry descubriera que Mort había pasado. Si lo descubría, David estaba perdido. Y la última oportunidad de Emily se habría esfumado.

Por tanto, la presentación del guión debía hacerse hoy.

Me asomé al dormitorio de Emily. Estaba tumbada en la cama con los ojos cerrados y Conchita le acariciaba la frente. Era inútil preguntarle qué debíamos hacer. Y yo no tenía la más remota idea. Pensé en Lara. Quizá ella pudiera ayudarnos, aunque estuviera hasta las cejas de trabajo organizando el lanzamiento de una película titulada Doves.

¿Y Troy?

—¿Puedes darnos un par de horas? —Miré mi reloj.

Eran las diez y veinte—. ¿Digamos que hasta las doce? —De ese modo Troy o Lara tendrían tiempo de llegar y hacerse cargo de la situación. Ellos sabrían qué hacer.

—No puedo daros ni cinco jodidos minutos —me espetó

—. El tiempo pasa y en esta ciudad las noticias vuelan. Esta mañana o nunca. A mediodía todo habrá terminado.

Desesperada, traté de concentrarme y pensar inteligentemente. ¡Dios mío!

—Vale, vale... ¿Qué puedes decirme de Larry Savage?

—Larry, Larry, Larry... ¿Qué puedo decirte de Larry? —

Oí un martilleo, como si David estuviera golpeándose los dientes con un bolígrafo—. Se rumorea que practica el sexo con animales. ¡Pero... es solo un rumor!

Reprimiendo la creciente frustración, pregunté:

—¿Alguna información sobre su carrera?

—Hace un par de años hizo Fred. ¿La recuerdas? ¿La del perro pastor inglés que impide el cierre de un circo?

La recordaba.

—¿La has visto?

—No. Ya tenía más de cinco años cuando salió.

—Qué graciosa. Pues miente, dile que te encantó.

—Vale. ¿Puedes indicarme cómo llegar al Empire?

Irritado, David me dio instrucciones y, por si acaso existía la posibilidad de que me tranquilizara, terminó la conversación diciendo:

—Esta es la última oportunidad de Emily. Asegúrate de que no la joda.

—Entendido. —Con el corazón en un puño, colgué y corrí junto a Emily, que, flotando en una nube rosa de Xanax, restó importancia al asunto.

— Idé mañana —dijo con voz soñolienta.

—Mañana será demasiado tarde. —Le expliqué la situación con voz nerviosa.

Por suerte, Conchita dio muestras de conocer los entresijos de Hollywood.

—Si ese hombre descubre que el otro ha pasado, se enfadará mucho. —Aupó a una Emily, perpleja.

—Emily, tienes que obligarte a vomitar —dije.

—¿Qué?

—Metete los dedos hasta la garganta y vomita. Tienes que sacar las pastillas.

Pese al embotamiento, me miró asqueada.

—Lo siento —repuse—, pero a grandes males grandes remedios.

Entre Conchita y yo la llevamos hasta el cuarto de baño, donde, pese a algunas arcadas sorprendentemente inhumanas, no logró expulsar el Xanax.

—Nunca zeré una nena ulímica —declaró desplomada sobre la taza, la frente perlada de sudor por el esfuerzo.

—Un último intento —la animé—. Solo uno más.

—Ale.

Pero aunque apretó hasta enrojecer y echarse a llorar, no sacó nada. ¿Qué iba a hacer con ella? Conchita decidió tomar las riendas.

—Emily, entra en la ducha. Y tú —me señaló—, prepara café. ¡Bien cargado!

Después de la ducha, la vestimos y tratamos de peinarla.

—Tienes buen aspecto —la animó Conchita.

Emily meneó la cabeza y declaró con pesar:

—Todo me zale mal.

—¿Por qué lo dices?

—Mi traje eztá en la tontería, no me han hecho deiki, mi pelo ez un ezpecial Jackson Five.

—No importa —aseguró Conchita, mientras le vertía en la boca una taza de café cargado—. ¡Tienes que presentar el guión, señorita!

En el momento de salir Conchita extrajo una botella diminuta de agua bendita y nos roció generosamente con ella. Una gota salpicó el rostro de Emily, que me miró desconcertada.

—Maggie, ¿ezto eztá ocudiendo de verdad o lo eztoy soñando?

—Está ocurriendo —respondí mientras la arrastraba hasta mi coche y me preguntaba cómo demonios se llegaba al valle.

El viaje fue espantoso. El corazón me aporreaba las costillas y mis pulmones se negaban a respirar. No hay nada tan aterrador como las autopistas de Los Ángeles cuando no sabes adonde vas. Carriles y carriles de coches

agresivos por todos lados. Mi brazo derecho pedía a gritos ser rascado, pero ello implicaba el uso de ambas manos y, por tanto, dejar que el coche avanzara solo, de modo que tuve que contentarme con frotarlo contra el volante. Nada que ver. Para colmo, estaba intentando que Emily ensayara la presentación.

—La cámara enfoca un seno de pares...

—Bien —traté de animarla—. Bien. —Vi que se acercaba una salida y busqué algún letrero—. ¿Es esta nuestra salida? —¿Y cómo atravieso, los tres carriles de tráfico que me separan de ella?

Para cuando descubrí que en efecto era nuestra salida, Emily había dejado de hablar. Logré apartar los ojos de la carretera el tiempo suficiente para ver su mentón desplomado sobre el pecho y un fino hilo de baba camino del sur, hacia su segundo mejor traje. ¡Mierda! Justamente lo que necesitábamos, que se durmiera a media presentación.

La sacudí.

—Bebe café, por favor, intenta mantenerte despierta.

¡Te lo ruego!

—Dios mío, Maggie —farfulló—. Esto es una pesadilla.

Sentí mucha pena por Emily, pues sabía que comprendía la gravedad de la situación, pero simplemente no era capaz de controlarse.

—No puedo hacerlo —dijo.

—Sí puedes.

—No puedo. —De pronto intuí lo que se avecinaba—.

¿Lo harías tú?

—¿Qué? ¿La presentación?

—Sí.

¿Qué podía decir? Con temeraria resignación, contesté:

—Más vale que me refresques la memoria.

De pronto me hallé intentando recordar la presentación y al mismo tiempo concentrarme en la carretera. Tenía las

palmas tan húmedas que me resbalaban por el volante y todavía sentía que me faltaba el aire.

El día de hoy tendrá un fin, me dije. En algún momento este horrible día habrá terminado. Luego pasé a: algún día estaré muerta, en paz, y nada de esto importará.

Más por suerte que por buen criterio, finalmente llegamos a los estudios Empire. Era imposible no verlos.

Sobre ambos postes de la verja de entrada había dos Fred, el perro pastor, de cuatro metros de altura cada uno.

Bajé la ventanilla y di nuestros nombres al guarda, que comprobó si estábamos en la lista.

—Bienvenidos a los estudios Empire.

—Qué perros tan bonitos —comenté, señalando los Fred con la cabeza.

—Ya —El hombre rió con picardía—. El tipo que los hizo odiaba el estudio. Cuando llueve, parece que estén meando.

—Nos despidió con una sonrisa mientras agitaba una mano.

Los estudios Empire eran muy diferentes de los estudios Hothouse. Hothouse era acero y cristaleras hasta el techo, mientras que este estudio parecía construido en los años treinta: hileras de edificios blancos de dos plantas y sin pretensiones. Me recordaba a un campamento de verano.

Eso no significaba que Empire fuera menos poderoso o importante que Hothouse, solo que llevaba en este negocio más tiempo. La zona de recepción se hallaba cubierta de carteles de películas de enorme éxito, como en Hothouse.

La única diferencia era que esta vez no me deslumbraron.

Todo me parecía una farsa, y aunque las rodillas volvían a flaquearme, en esta ocasión era de miedo, no de emoción.

—Siéntense —ofreció la hermosa recepcionista de rigor.

—¿Estás

bien?

—susurré

a

Emily

mientras

obedecíamos.

—Sí, aunque tengo la impresión de estar soñando.

—Trata de mantenerte despierta —le supliqué.

—Lo intentaré.

Minutos más tarde vino a nuestro encuentro la ayudante de Larry Savage, una mujer de aspecto agradable llamada Michelle.

—Me encantó su guión —nos dijo cálidamente—. Me gustó de verdad.

Tuve que esforzarme para reprimir una mueca de desprecio.

—Por aquí, por favor. —Nos condujo bajo el sol hasta el chalet de Larry Savage.

Había visto a Larry Savage (fugazmente) en el Club House, y era tal como lo recordaba: el directivo fotorrobot de Hollywood. Tenía el bronceado, la dentadura radiante, el traje ligero de buen corte y, cómo no, un convincente discurso de gilipolleces. Me había vuelto muy cínica en muy poco tiempo.

Estaba hablando por teléfono cuando entramos.

—¡Me trae sin cuidado! —vociferó—. Primero a la gran pantalla y, si nadie se lo traga, directa a vídeo. —Una pausa de irritación y otro grito—. ¡Tu madre! —Colgó y se volvió hacia nosotras—. Actores... —masculló con una sonrisa triste.

—Lo sé. —Puse servilmente los ojos en blanco e hice las presentaciones.

—Bien, he leído su guión—comenzó.

Estuve apunto de alzar un brazo para protegernos de la avalancha de falsos cumplidos. Divertido, incisivo, estupendos diálogos... ¿No habíamos estado ya aquí?

—¡Lo detesto! —exclamó.

Un momento, eso sí que no lo esperaba. Me pregunté si iba a ser uno de esos «lo detesto tanto que quiero pagarles tres millones de dólares».

Por desgracia, no lo era.

—Lo detesto —repitió Larry—. ¡A mí me gustan los animales!

—Eso hemos oído —balbució Emily sobre mi espalda. Le pellizqué el brazo.

— Fred, Babe, Beethoven... eso sí son películas... —

susurró Larry con aire nostálgico—. Pero el estudio está buscando algo ingenioso. —Abofeteó el guión ante mis narices—. Esto es muy ingenioso. —Consiguió decirlo con tristeza—. Es descarado, ágil, con ritmo. Pero se me ha ocurrido una idea. ¡No se la pierdan!

Asentimos con la cabeza. No porque hiciera falta, pues estaba decidido a contárnosla quisiéramos o no.

—Cuando las chicas de su película huyen, ¿qué les parece si su perrito se cuela en el maletero del coche y para cuando lo descubren ya es demasiado tarde para devolverlo a casa y, de hecho, se llevan una gran alegría?

Luego él las avisa cuando llegan los guardabosques. Ya saben, las despierta tirando de las sábanas con los dientes.

—De pronto, Larry se puso a hablar con voz de falsete—.

«¿Qué te pasa, Chip? ¿Has tenido una pesadilla? Vuelve a dormirte, muchacho. ¿No quieres? ¿Crees que vienen los guardabosques? ¡Despierta Jessie, despierta!» —Recuperó su voz normal—. El perrito las saca del apuro. ¿Tiene alguna objeción? —ladró a Emily.

Emily negó con la cabeza.

—¡Fantástico! —exclamó Larry. De repente era todo sonrisas—. Estoy impaciente por trabajar con ustedes. Mi gente se pondrá en contacto con su gente.

Luego, con los brazos sobre nuestros hombros, nos devolvió al sol cegador.

Mientras Emily llegaba al coche dando bandazos, farfulló:

—¿He soñado esa parte?

—¿La parte del perro que las salva de los guardabosques?

—No, la parte donde dijo que su gente se pondría en contacto con mi gente.

—Lo dijo, lo dijo.

—Pero nadie dice eso en la vida real.

—Esto no es la vida real.

No fue hasta que subimos al coche que caímos en la cuenta de que no habíamos tenido que hacer la presentación.

—Después de tanto ensayar... —Reí—. Probablemente haya sido lo mejor.

—¿Cómo crees que ha ido? —preguntó Emily, atontada

—. ¿Hay posibilidades de que me lo compre y me salve la vida?

Reflexioné sobre ello. No había dicho nada de luz verde, tres mil pantallas o grandes estrellas. Aunque Mort Russell sí lo había dicho y eso no había llevado a nada, de modo que a saber. Por otro lado, ¿estaba Emily dispuesta a reescribir su ingenioso y atractivo guión como Chip, el perro prodigioso?

Antes de que pudiera hablar, Emily ya se había dormido. Durmió durante todo el infernal trayecto a casa, por lo que nunca supo que tomé por error la Cuatrocientos cinco y recorrí medio camino a Tijuana, dejando atrás salidas a toda clase de barrios de alquileres bajos antes de conseguir dar la vuelta.

Una vez en Santa Mónica me fue imposible despertarla, de modo que tuve que ir a casa de las perillas y pedir a Ethan que me ayudara a meter a Emily en casa. Lo que fue casi igual de problemático porque me hizo cogerla por los brazos e insistió en agarrarla por los pies, y supe, simplemente lo supe, que era para mirar por debajo de la falda. Una vez que la arrojamos a la cama, Ethan sugirió esperanzado:

—Será mejor que le quitemos la ropa, no vaya a tener problemas para respirar.

—¡No! ¡Gracias, Ethan! ¡Adiós!

Quería deshacerme de él, ya que al entrar en casa había observado que el contestador contenía un mensaje.

Tenía que ser de Troy.

Efectivamente, tras pulsar el botón de escucha, una voz varonil dijo con ternura: «Hola, nena—». Respiré aliviada.

Un segundo más tarde mi alivio se tornó en amarga desilusión. No era Troy. Era Lou, el compromisófobo de Emily. ¿Por qué demonios la llamaba? Según había dicho Emily, nunca volvería a saber de él. Pero ahí estaba, llamándola «cara de muñeca» y proponiéndole ir al cine mañana por la noche.

De repente mis esperanzas se esfumaron corno el aire de una pelota de playa. Había estado hinchándome de fe, evitando las dudas, y ahora no tenía defensas. ¿Por qué no me había llamado Troy?

Era lunes por la tarde, casi por la noche. Le había visto por última vez el sábado por la mañana y había dicho que me llamaría. Bueno, le había pedido que me llamara y él no se había negado. Sin embargo, seguía sin saber de él. ¿Por qué?

Mis peores sospechas empezaron a multiplicarse como bacterias en una placa de petri. ¿Acaso tenía un cuerpo horrible? ¿Era aburrida? ¿No había sido buena en la cama?

Llevaba tanto tiempo sin practicar que quizá estuve fatal y no me había dado cuenta. No obstante, me pareció que Troy había disfrutado. Aunque también me había parecido que a Mort Russell le había encantado el guión de Emily y no era cierto. ¿Era esta ciudad un enorme salón de espejos donde nada era lo que parecía?

Paralizada por la desesperación, solo alcanzaba a ver ante mí un futuro vacío. Claro que después del día que había tenido, cualquier persona se sentiría desanimada. Me esforcé por generar un poco de optimismo. Probablemente Troy se hallaba muy ocupado. Emily había dicho que estaba muy entregado a su trabajo. Además, la noche que pasamos juntos tuve la impresión de que yo le gustaba de veras. Nos divertimos. Seguro que me llama.

Medio convencida, desvié la atención al televisor y pasé varias horas catatónicas frente a él, demasiado cansada

hasta para comer.

Alrededor de las once oí ruido en la habitación de Emily. Finalmente se había despertado. Cuando entré, estaba sentada en la cama como una princesa.

—¿Sabes qué, Maggie? —Su sonrisa era de inquietud—.

He tenido un sueño rarísimo.