Maggie ve la luz
Capítulo 4. 26
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Capítulo 4
Temía mi primera noche sin Garv (y todas las noches subsiguientes). Estaba convencida de que no podría dormir.
¿No era eso lo que le pasa a la gente que sufre? Mis temores, no obstante, eran infundados. Dormí como un tronco y desperté en una cama y una habitación que no reconocía. ¿Dónde estoy? Por un momento mi curiosidad fue casi agradable, hasta que la realidad se me echó encima.
Ese fue uno de los días más descoyuntados de mi vida.
Sin un trabajo al que acudir, pasé la mayor parte del tiempo en mi cuarto para no tropezar con mamá. Aunque ella no paraba de repetirme que solo era un bache y que muy pronto volvería con Garv, mi popularidad se hallaba en su punto más bajo.
Helen, por su parte, me trataba como un fenómeno extraño y antes de ir a trabajar pasó por mi habitación para atormentarme.
Anna
también
entró,
dispuesta
a
protegerme.
—Vaya, sigues aquí —se maravilló Helen tras irrumpir en la habitación—. De modo que le has dejado de verdad.
Debes de estar muy enferma, Maggie. Tú no haces esa clase de cosas.
Recordé una conversación que había tenido con mis hermanas la última Navidad. Estábamos atrapadas en casa sin ni siquiera una película de Harrison Ford con la que distraer la mente y nos dio por preguntarnos qué seríamos si fuéramos comida. Decidimos que Claire sería curry verde porque quemaba. Luego Helen decretó que Rachel era un osito de gominola y Rachel se puso muy contenta.
«¿Porque soy dulce?»
«Porque me gustaría arrancarte la cabeza de un bocado.»
Anna —«demasiado fácil», dijo Helen— era un queso de cabra. Y yo un «yogur desnatado a temperatura ambiente».
Yo sabía que estaba lejos de parecer un After Eight («fino y sofisticado») o una galleta de jengibre («dura e interesante»), pero no veía por qué no podía ser un tiramisú («con fondos ocultos»). En lugar de eso era lo más soso que uno podía llevarse a la boca: un yogur desnatado a temperatura ambiente. Aquello me ofendió, y aunque luego Claire dijo que Helen era un durian porque era una fruta ofensiva y estaba prohibida en algunos países, no consiguió animarme.
De vuelta al presente, Helen seguía burlándose de mí.
—No eres la clase de chica que abandona a su marido.
—Tienes razón. Romper un matrimonio no es la clase de cosas que haría un yogur desnatado a temperatura ambiente.
—¿Qué? —Helen estaba confusa.
—He dicho que romper un matrimonio no es la clase de cosas que haría un yogur desnatado a temperatura ambiente.
Me miró con curiosidad, musitó algo sobre damas de honor que parecían el hombre elefante y qué se suponía que debía hacer ella, y se marchó. Anna se metió en la cama conmigo y unió su brazo al mío.
—El yogur desnatado puede ser delicioso —dijo con voz queda—. Al curry le va de perlas. Y... —Tras una larga pausa, añadió—: Y dicen que va muy bien para la vaginitis.
Fui languideciendo en la casa sin saber muy bien qué hacía allí. Dejé que los programas de la tele me envolvieran: Fumar crack no mola tanto como dicen; El culo de mi novia es más grande que mi coche. Cada vez que terminaba uno, me descubría mirando alrededor, extrañada de no encontrarme todavía en los barrios bajos de Chicago, sino en una casa de las afueras de Dublín con cortinas
floreadas y figuritas. Y no cualquier casa de las afueras de Dublín con cortinas floreadas y figuritas. ¿Cómo he venido a parar otra vez aquí? ¿Qué ha pasado?
Me sentía tan fracasada que temía salir de casa. Y
pensaba en Garv y la chica, pensaba mucho. Tanto que había tenido que recurrir de nuevo a la odiada crema de esteroides para mi escocido brazo. Me atormentaba su identidad. ¿Quién era? ¿Cuánto tiempo llevaban liados? Y, Dios no lo quiera, ¿era algo serio? Las preguntas se escurrían incesantemente. Hasta cuando veía a dos muchachas obesas darse puñetazos mientras Jerry Springer fingía sorpresa, una parte de mi cerebro seguía escudriñando los últimos meses con una lupa, buscando pistas sin encontrar ninguna.
Aun así, creía que no tenía derecho a preocuparme por la chica y que, en cualquier caso, eso no cambiaba las cosas. Con o sin ella, el juego había terminado.
Llevaba en casa de mis padres veinticuatro horas cuando
empezó
la
reacción.
Estaba
viendo
desganadamente la tele cuando la temperatura de mi cuerpo cayó en picado. Aunque en la sala hacía calor (demasiado calor), la piel de mis brazos se había contraído como se contrae el plástico de cocina con el calor y parecía de gallina aterrorizada. Pestañeé y descubrí que me dolían los ojos. Entonces noté que tenía la cabeza a punto de estallar, que me dolían los huesos y que no disponía de energía ni para levantar el mando a distancia. Medio atontada, vi Hospital de animales mientras deseaba poder hacer algo para poner fin a mi estado, fuera lo que fuese.
¿Qué me estaba pasando?
—¿Que te pasa? —Mamá había entrado en la sala—.
¡Virgen santa! ¿Qué le están haciendo a ese pobre pastor alemán?
—Tiene almorranas. —Mi lengua pertenecía a otra persona, alguien con una boca mucho más grande—. Y creo que yo tengo la gripe.
—¿Estás segura?
—Tengo frío y me duele todo el cuerpo. —Yo, Maggie la dura, la que nunca se ponía enferma.
—No sabía que los perros podían tener almorranas. —
Mamá seguía pegada a la pantalla.
—Quizá va estreñido. Creo que tengo la gripe —repetí, esta vez más alto.
Por fin obtuve su atención.
—No tienes muy buen aspecto. —Mamá parecía preocupada. Casi tanto como por el pastor alemán. Me puso una mano en la frente—. Me pregunto si tienes fiebre.
—Claro que tengo fiebre —gruñí—. Tengo la gripe.
Localizó el termómetro y lo sacudió con esa violencia con que la gente lo sacude antes de tomarle la temperatura a alguien. Es un zarandeo enérgico, como si fueran a lanzar la varilla al otro extremo de la habitación pero cambiaran de parecer en el último momento. Pese al seguimiento fiel del protocolo por parte de mamá, no tenía fiebre.
—Aunque es difícil saberlo —añadió mamá, mientras miraba el termómetro con resentimiento—. Hace treinta años que lo tenemos y nunca ha funcionado.
Me fui a la cama a las nueve y media y no desperté hasta las dos de la tarde del día siguiente. Me hallaba exactamente en la misma postura en que me había dormido, como si no me hubiera movido una sola vez en todo ese tiempo. En lugar de sentirme mejor me sentía peor, letárgica e inútil. Y además, seguía sintiéndome desgraciada.
Nunca había creído que fuera posible enfermar de tristeza. Pensaba que era un concepto absurdo limitado a las novelas victorianas. Durante la semana comprendí que no tenía nada, al menos físico. Mi temperatura era normal.
Además, ¿cómo podía ser que nadie más hubiera contraído la gripe?
Fuera lo que fuese, era emocional. La enfermedad del duelo. Mi cuerpo estaba luchando contra mí separación de Garv como si esta fuera un organismo hostil.
No podía dejar de dormir. Tenía sueños profundos de los que nunca despertaba del todo. Y cuando por fin lo hacía, apenas conseguía manejar los asuntos más nimios.
Sabía que debía seguir adelante con mi vida, buscar otro trabajo, atar los cabos sueltos de mi antigua existencia, organizar la nueva. Pero tenía la sensación de estar caminando bajo el agua, avanzando muy lentamente por un mundo enredado.
Cuando metía la cabeza debajo de la ducha, sentía el agua en la piel como una descarga de grava afilada. La casa era demasiado ruidosa; cada vez que alguien daba un portazo mi corazón se aceleraba. Cuando a papá se le cayó un cazo al suelo, me asusté tanto que los ojos se me llenaron de lágrimas. Experimentaba una opresión constante, como si alguien hubiera clavado un cielo sucio y gris a tres centímetros de mi cabeza.
Mi conducta seguía siendo inadecuada en los sondeos de opinión. Mamá todavía vacilaba entre «más que la mordedura de una serpiente duele tener una hija ingrata», frialdad y «por qué no intentas que se te pase y regresas con tu marido». De papá no recibía las mismas quejas, pero yo siempre he sido su ojito derecho. Desde que en una ocasión fui con él a la final de snooker, casi ha logrado convencerse de que soy su hijo.
Exceptuando a mi familia más inmediata, no hablaba con nadie. La gente, en cambio, se empeñaba en hablar conmigo. No hay nada como una tragedia para que el teléfono no pare de sonar. Me telefonearon amigas íntimas como Donna y Sinead, pero yo murmuraba un «dile que ya la llamaré» y no lo hacía. También me llamaron cazadoras de ataúdes como Elaine (a mamá le pareció «una chica
encantadora»). Claire telefoneó desde Londres y me rogó que fuera a verla. Rachel llamó desde Nueva York y la conversación fue similar, si bien las probabilidades de ir a ver a mis hermanas eran nulas, pues caminar desde la tele a la tetera era el único viaje que me veía capaz de hacer.
No llamé a Garv, y para gran decepción y desconcierto de mis padres, él tampoco me llamó a mí. En cierto modo fue un alivio, pero un alivio que se las arreglaba para resultar desagradable.
Anna también pasaba mucho tiempo en casa, destrozada por su ruptura con Shane. Teníamos que hablar a escondidas porque cuando mamá nos veía juntas, torcía la boca como el culo de un gato y decía: «Parece que regente una casa de acogida para mujeres descarriadas».
Como mejor podíamos, hablábamos de nuestras respectivas rupturas. El problema de Anna era que Shane había montado un negocio informático para hacer música on-line y de la noche a la mañana se había vuelto ambicioso.
—Se cortó el pelo. En una peluquería. Fue entonces cuando supe que todo había terminado. Supongo —suspiró
— que él quiere crecer y yo no. ¿Qué pasa contigo y con Garv?
—Bueno, ya sabes... —No podía contarle lo de la mujer trufa. Sencillamente carecía de la energía necesaria para arrancar esas palabras de mis entrañas y expulsarlas por la boca—. Ahora mismo no siento nada —alcancé a decir—. Es una nada horrible, una nada que no puede ser buena. ¿No crees que debería estar berreando?
¿No debería estar colándome en casa de la mujer trufa y plantándole hierba en la moqueta y camarones en las barras de las cortinas? ¿No debería estar planeando cortar las mangas y las perneras de todas las camisas y los pantalones de Garv?
—Ni siquiera he llamado a Garv para decirle que le echo de menos —A pesar de que un espasmo de deseo por
él me acuchillaba aproximadamente una vez por hora—. Mi vida es una ruina y no siento nada. —Mi futuro era como una superficie acordonada. Conseguía echar fugaces vistazos a la tristeza, pero esta enseguida desaparecía. Era como si la puerta de una habitación ruidosa se abriera y de inmediato volviera a cerrarse.
—Estás deprimida —dijo Anna—. Estás muy deprimida.
¿Te sorprende después de todo lo que has pasado?
No fue un consuelo.
—No soy una mujer con tendencia a la depresión. —Lo sé porque hice el test de Cosmopolitan.
—Pero ahora estás deprimida. Y probablemente Garv también lo esté.
Había dicho algo interesante, puede que incluso importante, pero no podía pensar en ello, estaba demasiado cansada.
Anna, a diferencia de mí, no conseguía dormir, por lo menos en su cama, de modo que se pasaba las noches saltando de lecho en lecho. Solía tumbarse a mi lado, pero para cuando me despertaba ya se había ido, dejando el vago residuo de una criatura espectral que suspiraba mucho y olía a cubatas de Bacardí enlatados. Tenía la impresión de que me rondaba un fantasma bueno.
Otra veces seguía allí cuando yo despertaba. Una mañana, al abrir los ojos, me encontré con un pie suyo sobre la oreja y el otro en la boca. Por razones que solo ella conocía, había decidido meterse en la cama al revés.
Otra noche desperté sintiéndome increíblemente feliz: caliente, segura, querida. Con la sensación de precipitarme en un pozo sin fondo, comprendí el motivo: Anna estaba apretujada contra mí, acariciándome con el hocico y maullando «Oh, Shane». Profundamente dormida, rodeada por su brazo, había creído que era Garv.
A veces Anna y yo nos consolábamos mutuamente, sobre todo cuando ella desarrolló la teoría de que nuestras vidas eran un espanto porque nuestros ángeles de la
guarda se habían tomado un período sabático y actualmente estábamos bajo el cuidado de suplentes que no se tomaban en serio su trabajo.
—Intentan hacer lo mínimo. Como mucho, evitarían que nos pilláramos los dedos en una picadora de carne.
—¿Cómo se llama mi ángel verdadero?
—Basil
—¿Basil?
—Bueno, Henry.
—¿Henry?
—¿Qué te parece Clive?
—¿Es un ángel varón?
—Oh, no. Los ángeles no tienen sexo.
—¿Qué aspecto tiene?
—Es rosa y huele a algodón de azúcar,
—¿Rosa?
—Con topos verdes.
—Me tomas el pelo.
—Lo siento. ¿Cómo se llama el mío?
—Penelope.
—¿Comida predilecta?
—Puré de zanahorias y chirivías.
—¿Lo mejor de ser un ángel de la guarda?
—Ayudar a la gente a encontrar el vestido y los zapatos adecuados para la fiesta de Navidad. ¿Cuál es el fuerte de Clive?
—Encontrar pendientes extraviados.
Y
otras
veces
no
conseguíamos
consolarnos
mutuamente.
Por ejemplo, una mañana se acostó a mi lado y permanecimos tumbadas mirando tristemente el techo. Al cabo de un rato Anna dijo:
—Creo que nos hacemos más mal que bien.
—Estoy de acuerdo.
—Me vuelvo a mi cama, ¿vale?
—Vale.
A diferencia de mí, Anna salía a veces de casa, aunque solo fuera por petición de Shane.
—Dice que quiere que hablemos.
—¿Y qué tiene eso de malo?
—Que en realidad quiere sexo. Fue lo que ocurrió las tres últimas veces que nos vimos. Eso me crea esperanzas y luego me deja aún peor.
—Quizá no deberías acostarte con él nunca más —
sugerí.
—Quizá —dijo Anna sin convicción.
—Quizá ni siquiera deberías verle.
Pero cuando Shane telefoneó y dijo que quería verla, Anna aceptó.
—No te preocupes —me prometió—. No me acostaré con él.
Sin embargo, Anna todavía no había vuelto cuando me fui a la cama. Claro que solo eran las nueve y cuarto y llevaba fuera menos de media hora.
Esa noche desperté en medio de la oscuridad. Me pregunté qué me había despertado y entonces escuché un ruido que recordaba de mis años de adolescencia: rasgaduras en la puerta principal. Una de mis hermanas —
en este caso Anna— tenía problemas para introducir la llave en la cerradura. Llevaba tanto rato intentándolo que decidí levantarme para dejarla entrar. En ese momento la puerta cedió y oí el estrépito tranquilizador de Anna al tropezar con la mesa del vestíbulo, seguido, minutos después, del repugnante olor a judías blancas con tomate calentándose en un cazo. Como en los viejos tiempos, pensé mientras volvía a conciliar el sueño.
Al rato volvía despertarme. La alarma contraincendios estaba aullando mientras papá daba saltos de pánico por el rellano.
—¿Cómo se apaga esta cosa?
Por el pasillo avanzaba una nube de humo gris. Las judías y el cazo estaban calcinados y Anna se había
desplomado sobre la mesa de la cocina, sobando a pierna suelta.
La acostamos, pero poco después se metió en mi cama apestando tanto a alcohol que, de haber estado despierta, me habría desmayado. De hecho, su aliento incendiario tuvo el efecto de las sales aromáticas y finalmente me despertó.
Más tarde un golpe seco, como si el techo se hubiera venido abajo, despabiló de nuevo a toda la casa. Una investigación minuciosa reveló que el golpe se debía a algo mucho menos emocionante. AI parecer Anna había intentado meterse en la cama de Helen, pero esta, negándose a dormir con una «destiladora humana», la había empujado al suelo.
—Por lo menos no me acosté con él —dijo Anna al día siguiente mientras se examinaba los moratones—. Sé que bebí hasta perder el conocimiento y estuve a punto de prender fuego a la casa, pero por lo menos no me acosté con él.
—Ya es algo —convine.
En un momento dado de la espantosa segunda semana necesité algo, pero disponía de muy pocas opciones.
—Sal a dar un paseo —sugirió papá—. Necesitas que te dé el aire.
Nunca he entendido el concepto de Dar un Paseo. Ni en mi época más deportista me atrajo la idea de Dar un Paseo por los barrios residenciales. Con todo, me sentía lo bastante mal para intentarlo.
—Llévate un abrigo —me aconsejó papá—. Por si llueve.
—Estamos en junio.
—Estamos en Irlanda.
—No tengo abrigo. —Bueno, sí lo tenía, pero en mi casa, en casa de Garv, ya sabes de qué casa hablo. No quería ir porque temía que la chica se hubiera instalado.
Quizá fuera una idea disparatada, pero mi instinto me decía que todo era posible.
—Coge el mío. —El anorak de papá era rojo, de nailon, un espanto, pero estaba hambrienta de cariño y dejé que me ayudara a ponérmelo.
Y emprendí mi paseo. Nada muy ambicioso. Caminé doscientos metros hasta el parque, me senté en un muro bajo y observé a unos adolescentes hacer lo que los adolescentes hacen en los parques: fumar a escondidas e intercambiar información imprecisa sobre sexo.
Me sentía morir. El cielo, de un gris plomizo, estaba embotado incluso en las zonas que no tenía directamente sobre mi cabeza. Tras comprobar que mí estado no mejoraba, decidí regresar a casa. Pronto darían alguna versión de «Querida, no eres tan guay como crees». No había motivos para perdérsela.
Bajaba por la calle cuando alguien se cruzó en mi campo de visión y me sobresalté. Afilé la vista. Era un hombre, a unos cincuenta metros de mí, que estaba sacando cosas del maletero de un coche. Dios mío... Shay Delaney. Por un momento pensé que era él, luego me dije que no. Algo en ese hombre me recordaba vagamente a Shay y eso bastó para ponerme nerviosa.
Cuando lo tuve más cerca advertí, con un sentimiento de vértigo, que sí era él. Diferente, pero él. La diferencia era que había envejecido, de lo cual me alegré hasta que comprendí que si él había envejecido, yo también.
Estaba sacando cosas del maletero de un coche y apilándolas junto a la verja de la casa de su madre. ¿Por qué no había comprendido desde el principio que era él?
Estaba delante de su casa. Bueno, de la casa donde había vivido hasta que se marchó al college quince años atrás.
Quince años. ¿Cómo era posible? Ahora soy joven y en aquel entonces me hallaba en período de crecimiento, no hay cabida para quince años. Otra vez el vértigo.
No podía saludarle. Ahora no, con toda esta vergüenza encima. Con la de veces que podría haber jugado al juego de ¿Qué Ha Sido De Tu Vida?, ¿por qué no me lo había encontrado cuando tenía un matrimonio del que me sentía orgullosa, cuando era feliz?
Por supuesto, no tenía por qué contarle lo mal que me iban ahora las cosas, pero seguro que lo adivinaba. ¿Acaso no lo llevaba escrito en la cara?
Las
piernas
seguían
llevándome
calle
abajo,
directamente hacia él.
Durante años había fantaseado con la posibilidad de volver a encontrarlo. Concebía planes meticulosos donde yo aparecía delgada, guapa, vestida a la moda y llena de energía, serena y segura de mí misma.
Él, en cambio, había perdido todo su atractivo. No sé cómo pero se había encogido hasta medir un metro sesenta y cinco, había perdido su hermoso cabello rubio y estaba gordo como un tonel. Pero por lo que alcanzaba ver todavía conservaba el pelo y la estatura, y si había engordado había sido, desafortunadamente, para bien.
En cambio, mírame a mí, los pantalones de chándal, el aspecto de fracasada, la forma en que mi cara se había tornado extraña, como inerte. Estaba casi ridícula. El único punto a mi favor eran las mechas del pelo. Cuando el peluquero me las aconsejó, tuve mis dudas, pero ahora las veía como una bendición.
Me acerqué un poco más. Y un poco más. En ningún momento se fijó en mí. Me dije que aún podía huir con mi cara pálida, el anorak de papá y la desolación de mi reciente separación. Entonces me encontré a su lado, pasando frente a él, que seguía sin mirarme. Con una extraña sensación de desafío, decidí que si él no tenía intención de hablar, lo haría yo.
—¿Shay?
Pareció, todo hay que decirlo, agradablemente sorprendido.
—¿Maggie? —Se detuvo en el momento en que sacaba algo del maletero. Luego se incorporó—. ¿Maggie Walsh?
—Garvan —le corregí tímidamente—. Ahora soy Maggie Garvan.
—Claro —dijo él afectuosamente—. Oí que te habías casado. ¿Cómo está Garv?
—Bien —dije algo a la defensiva.
Silencio, un silencio violento. Entonces Shay puso los ojos en blanco para expresar sorpresa.
—Vaya, Maggie Walsh, cuánto tiempo. Y dime... —Supe lo que iba a preguntarme antes de que lo hiciera—. ¿Tienes hijos?
—No. ¿Y tu?
—Tres. Tres monos. —Hizo una mueca.
—Ya. Ja, ja, ja.
—¡Estás fantástica! —exclamó. Una de dos, o estaba ciego o estaba loco, pero lo dijo con tanto cariño que casi me indujo a creerle—. ¿Cómo está tu madre? —preguntó como si le interesara de veras—. ¿Cómo le va la cocina?
—Ah, la dejó.
—Qué mujer—musitó con admiración—. ¿Y tu padre?
¿Todavía le vuelven loco sus hijas?
—Desde luego.
—¿Y a qué te dedicas?
—Asuntos paralegales.
—¿De veras? Me alegro.
—Sí, yo también. ¿Y tú?
—Trabajo para Dark Star Productions.
—He oído hablar de ellos. —Había leído algo en el periódico, pero no recordaba exactamente qué, así que añadí otro «Me alegro».
Entonces él dijo:
—Bueno, me alegro de verte. —Y me tendió una mano.
Por un momento la miré sin comprender. Shay estaba esperando que la estrechara, como si fuéramos compañeros de trabajo. Al frotar mi palma contra la suya
recordé que él solía taparme la boca con esa mano. Para ahogar mis aullidos. Cuando copulábamos.
Quéextraña es la vida.
Había empezado a alejarse.
—Saluda a tus padres de mi parte.
—¿Y a Garv? —No pude evitarlo.
—Claro, también a Garv.
Me alejé sintiéndome bien. No podía creerlo.
Finalmente lo había visto, le había hablado y me sentía bien. Todos estos años preguntándome cómo me sentiría al verlo y me sentía bien. Bien. Envuelta en una nube, seguí mi camino.
Nada más entrar en casa empecé a temblar. Tanto que mis dedos no pudieron bajar la cremallera del anorak.
Recordé, demasiado tarde que no debí mostrarme amable con él. Debí mostrarme fría y desagradable, después del modo en que me había tratado.
Mamá apareció en el vestíbulo.
—¿Has visto a alguien? —preguntó mientras su antipatía hacia mí forcejeaba con su curiosidad.
—No.
—¿A nadie?
—No.
Mamá adoraba a Shay Delaney. De aspecto varonil, con mandíbula cubierta de vello dorado cuando los demás
«jóvenes» todavía estaban verdes e informes, había sido el sueño de todas las madres. Mamá atribuía esa madurez a que el padre de Shay habíaabandonado a su familia y él tuvo que convertirse en el hombre de la casa.
Los otros chavales del grupo —Micko, Macker, Toolser y Garv— eran hoscos con los adultos e incapaces de mirar a los ojos a alguien que les llevara más de un año. En cambio Shay, el único de sus coetáneos que era llamado por su verdadero nombre, siempre estaba de buen humor. A veces incluso flirteaba. Claire, dos años mayor que él, solía decir
con ironía: «Soy Shay Delaney y siempre consigo lo que quiero».
Yo tenía demasiadas cosas que hacer para soportar los ávidos interrogatorios de mamá. («¿Tiene un coche grande?», «¿Es cierto que su esposa es tan atractiva como dicen?», «¿Dejó el padre a aquella zorra y volvió a casa?») Necesitaba tumbarme en la cama, temblar y pensar en Shay.
Había ido a la misma clase que Micko, Macker, Toolser y Garv, pero no estaba enteramente integrado en la pandilla. Por decisión de él, no de ellos, pues les habría encantado ser sus mejores amigos. Shay deambulaba entre diferentes facciones y en todas lo recibían con los brazos abiertos. Era una de esas personas con carisma, aunque en aquellos tiempos yo desconocía esa palabra. Claire lo describía así: «Si Shay Delaney cayera en un foso de mierda, saldría oliendo a Chanel Número Cinco».
No solo era extraordinariamente guapo, sino que tenía la decencia de no frotárselo a la gente en la cara, de modo que además tenía fama de persona agradable. Y el hecho de que su padre hubiera abandonado a la familia le granjeaba la compasión de todos.
Como aparentaba más edad y poseía el encanto y la seguridad en sí mismo necesarios para camelarse a los porteros, iba a lugares que nosotros desconocíamos y vivía en mundos diferentes del nuestro. Aun así, siempre elegía volver a nuestro lado y contarnos, sin resultar jactancioso, que había bebido pepermint en un dormitorio de enfermeras o acudido en Meath a la fiesta de una chica rica que cumplía veintiún años. Naturalmente, siempre tuvo muchas novias, por lo general chicas que habían dejado la escuela y, o bien trabajaban o iban al college, lo cual impresionaba a los demás chicos.
Yo llevaba seis meses saliendo con Garv y era muy feliz con él. Un día Shay Delaney empezó a fijarse en mí, a obsequiarme con sonrisas afectuosas y conversaciones tan
quedas que excluían a todos los demás. Yo tenía la sensación de que siempre estaba observándome. Por ejemplo, si estábamos todos apoyados en un muro fumando y dándonos empujones —la tontería de siempre—, al levantar la vista tropezaba con su mirada. Si hubiera sido otro, habría dado por sentado que estaba coqueteando conmigo, pero se trataba de Shay Delaney y estaba muy lejos de mis posibilidades.
Una semana después, habiendo aumentado la intensidad de sus sonrisas y conversaciones íntimas, se celebró una fiesta y un palpito en el estómago me dijo que algo iba a ocurrir. Dicho y hecho, cuando Garv fue enviado a comprar más cerveza, Shay me cortó el paso en el instante en que yo salía de la cocina y me metió en el armario de debajo de la escalera. Protesté enérgicamente, pero él se rió y cerró la puerta tras de sí. Después de decirme medio en broma lo loco que lo tenía, intentó besarme. Aplastada por su enormidad en el oscuro y limitado espacio, sabedora al fin de que su interés por mi no había sido imaginario, noté cómo acercaba su cara a la mía y fue como si todos mis sueños se hubieran hecho realidad.
—No puedo —dije, volviendo la cara.
—¿Por qué no?
—Por Garv.
—Si no estuvieras con Garv, ¿me dejarías?
No pude responder. ¿No era evidente?
—¿Por qué yo? —pregunté—. ¿Por que te molestas conmigo?
—Porque no puedo evitarlo —respondió, deslizando su dedo pulgar por mi boca y haciéndome perder el sentido.
Jamás llegué a saber por qué me deseaba. Yo no era, ni mucho menos, tan guapa como sus otras novias ni tan sofisticada. Solo se me ocurría que, puesto que su padre les había dejado y su vida familiar era un poco caótica, yo
representaba para él estabilidad. Mi normalidad era mi principal atractivo.
Así pues, como una frívola puerca, rompí con el pobre Garv. Fingimos que se trataba de un acuerdo mutuo y nos prometimos que seguiríamos siendo amigos y todas esas chorradas que se dicen en la adolescencia, pero lo cierto era que yo dejaba a Garv por Shay. Garv lo sabía tan bien como yo. Desde el momento en que Shay había decidido que me deseaba, Garv no había tenido la más mínima posibilidad.
Por la noche papá se escurrió en mi habitación con una bolsa de papel marrón bajo el brazo.
—¡McDonald's! —exclamó—. Tu favorito.
A los once años, pero agradecía la compañía.
—Barritas de pollo —anunció orgullosamente—. Con dos salsas.
—¿Qué celebramos?
—Que tienes que comer. Tu madre... —Hizo una pausa y suspiró con tristeza—. En fin, hace lo que puede.
Desde la noche que dejé a Garv, el mero hecho de pensar en la comida había sido un anatema. Más que náuseas, me provocaba asombro. Pero hoy tenía que intentar comer porque además de las barritas de pollo, papá me había traído una ración gigante de patatas fritas y una Coca-Cola (además de un menú completo para él que venía con un robot de regalo).
—Prueba una patata —me tentó.
Casi habría preferido comerme el robot, pero papá me dio pena y lo intenté. La patata se aposentó en mi boca como un cuerpo extraño. Bajo la mirada angustiada de papá, traté de engullirla por mi angosta garganta.
—¿Quieres algo de beber? —me preguntó—. ¿Brandy, vodka, sidra?
Le miré atónita. Era una de las preguntas más raras que me habían hecho en mi vida. Mis padres únicamente beben alcohol el día de Navidad, cuando la botella de Blue Nun caliente llega a la mesa, siempre y cuando ninguna de mis hermanas la haya descubierto la noche anterior y se la haya bebido. Además, en la casa no había —¿qué había dicho?— brandy, vodka ni sidra. Comprendí que papá no me estaba ofreciendo una copa sino que, devorado por la curiosidad, trataba de averiguar cuan delicado era mi estado.
Meneé la cabeza.
—No quiero beber. —Sería un terrible error. Cuando estaba deprimida el alcohol no me animaba. De hecho, me inducía a llorar y compadecerme de mí misma—. Si me emborracho, probablemente me suicidaré.
—Estupendo. Genial —De repente papá se puso contento como unas castañuelas. Comió con alivio y deleite, intentó jugar con su robot—. ¿Cómo funciona? —Y luego se marchó.
Al poco rato estaba de vuelta.
—Emily al teléfono.