Maggie ve la luz

Marian Keyes · Capítulo 20 de 49

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Maggie ve la luz

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Capítulo 20

Había olvidado incluir algo en la lista de cosas malas de Garv, pero ¿qué era? ¿Guardar en la nevera los cartones de zumo de naranja vacíos? ¿Decir «efestivamente» en lugar de «efectivamente»? No era ninguna de esas cosas, sino: 7. Querer tener hijos cuando a mí me aterraba la idea.

Claire había dado en la llaga cuando comentó que los conejos daban casi tanto trabajo como los hijos. Era evidente que el cariño que Garv profesaba a Saltarina y Jinete guardaba relación con su deseo de tener hijos. Hasta un psicólogo aficionado que hubiera suspendido todos los exámenes a psicólogo aficionado lo habría deducido. Y yo, en cierto modo, lo sabía, si bien hacía lo posible por no enterarme.

Antes de casarnos, Garv y yo habíamos hablado del tema y decidido que, aunque los dos deseábamos tener hijos, también queríamos algunos años para nosotros. Yo me alegré porque a los veinticuatro años me sentía demasiado joven para ser madre (aun cuando sabía que había chicas de veinticuatro años con montones de hijos; la única explicación que se me ocurría era que no estaba lo bastante madura).

El caso es que —y yo habría sido la primera en admitirlo— el proceso de tener un hijo me parecía aterrador. Y no solo a mí. Casi todas mis amigas pensaban lo mismo y pasábamos muchas horas, perplejas, ante la idea de un parto natural. De vez en cuando alguien contaba la historia espantosa de alguna chica —una prima lejana, una compañera de trabajo, nadie como nosotras, ya me entiendes— que había tenido recientemente un bebe sin anestesia. O casos de mujeres normales, simpáticas, que llevaban meses apuntadas en la lista de epidurales pero que llegaron al hospital demasiado tarde y tuvieron un

bebé de cuatro kilos sin una mísera aspirina infantil que les aliviara mínimamente el sufrimiento. Tales conversaciones solían acabar bruscamente cuando alguien suplicaba:

«¡Basta, voy a desmayarme!». Con todo, la tinta de mi certificado de matrimonio apenas se había secado cuando Garv y mis padres montaron una Vigilancia de Síntomas de Embarazo las veinticuatro horas del día. Los quesos sin pasteurizar desaparecían delante de mis narices. Si se me ocurría eructar (algo que jamás osaba hacer delante de los padres de Garv), provocaba una ola de complacidas cejas arqueadas. Si comía un mejillón en mal estado y me pasaba dos días tumbada en el suelo del cuarto de baño, prácticamente se ponían a tejer patucos. Sus expectativas me producían pavor y resentimiento. El simple hecho de que nunca me hubiera salido de la norma no significaba que, solo para complacerles, me pusiera a escupir bebés como si pelara guisantes.

—No pueden evitarlo —decía Garv—. Les pasa eso porque somos los primeros de ambas familias en pasar por la vicaría. Sígueles el rollo.

—¿Irá todo bien? —pregunté angustiada, asaltada por la imagen de mis suegros sujetándome contra el suelo e inseminándome con una jeringa para salsas.

—Todo irá bien —aseguró Garv.

—¿Todo?

—Todo.

—¿Todo, todo? —Ya sabes cómo una se pone a veces.

—Todo, todo.

Y le creí. Tenía la certeza de que los hijos eran una de esas cosas que pertenecían a un Momento Dado de Mi Futuro. Un cambio que se producía automáticamente con el paso del tiempo, como cuando de repente quieres sentarte en los pubs a pesar de que, durante años, haber permanecido de píe recibiendo empujones te había parecido aceptable e incluso divertido. A otra gente le había ocurrido. No veía por qué no debía ocurrirme a mí.

Llevábamos poco tiempo casados cuando nos mudamos a Chicago, y de pronto me vi estudiando por las noches y los dos trabajábamos un montón de horas para intentar subirnos al tren de nuestras respectivas profesiones. Tener hijos era entonces impensable. Apenas disponíamos de tiempo o energía para concebir a la pobre criatura y no digamos para criarla.

Entonces de Londres llegó una noticia sorprendente: Claire estaba embarazada. Por un lado lo vi como una bendición, ya que de ese modo mi madre tendría el tan deseado nieto y dejaría de presionarme. Pero por otro lo vi como una usurpación de mi puesto. Claire era la encargada de desesperar a mis padres; yo, la de complacerlos. De repente se pasaba los días vomitando y comiéndome el terreno de hija formal.

Claire había sido en nuestra época una juerguista empedernida. Por tanto, ¿qué le había inducido a querer tener un hijo? Se lo pregunté, esperando que confesara que James, su marido, había dicho que los hijos desgravaban (así era James). Sin embargo, solo alcanzó a decirme que

«sentía que era el momento». Aquello me gustó: si una loca como Claire había sentido que era el momento, también a mí me llegaría el día en que sintiera que era el momento.

Unos días antes de que Claire saliera de cuentas pasé una noche en Londres por motivos de trabajo. Hacía meses que no nos veíamos porque yo entonces vivía en Chicago, y cuando me recogió en la estación de metro, apenas la reconocí. Estaba enorme. Era la embarazada más embarazada que había visto en mi vida, y estaba orgullosa, ilusionada y deseosa de implicarme en todo el proceso. En cuanto llegamos a casa exclamó: «¡Mírame, estoy ENORME!». Se quitó la camiseta y me ofreció una vista frontal.

Por un lado yo me sentía feliz de verla feliz, pero cuando contemplaba su gigantesca barriga marcada de venas, me provocaba cierto pavor pensar que allí dentro

había un ser humano. Y aún más pavor me daba pensar que tenía que salir por un orificio para el que era claramente demasiado grande.

Me descubrí preguntándome en qué había estado pensando la madre naturaleza. El proceso de la gestación y el alumbramiento era una pésima idea, el equivalente biológico de un callejón sin salida.

No obstante, una de las ventajas de estar con una mujer embarazada era que tenía el piso lleno de comida. De comida de antojo: una vieja lata de galletas se había convertido en una cueva de Aladino repleta de barras de chocolate diferentes, y el congelador estaba atiborrado de helados.

Nos instalamos delante de la lata de galletas y nos hartamos (aquello nos llevó un buen rato). Luego nos tumbamos en la cama de Claire a ver la tele, pero antes Claire se quitó la camiseta. ¿Y por qué no? Era su casa. ¿Y

por qué debería tener reparos en desnudarse delante de mí? Soy su hermana. Así y todo, mientras estiraba el cuello por encima de su hinchazón para poder ver la pantalla (dicho de otro modo, si hubiésemos estado viendo un programa con subtítulos, no habría entendido ni papa), trate de olvidar la colosal barriga que sobresalía de su cuerpo como el Ayers Rock. Deseé haber vivido en la época victoriana. El recato tenía su parte positiva.

—No debí comerme los dos últimos Bounty. La nena tiene hipo —dijo Claire con ternura.

Efectivamente, su barriga tenía pequeños espasmos ante mi atónita mirada.

—¿Quieres tocarla? —preguntó.

Si me hubiera preguntado si quería meter la mano en una trituradora, habría mostrado el mismo entusiasmo, o incluso más, pero no se me ocurría ninguna excusa para no hacerlo que no fuera ofensiva.

Alargué mi mano y dejé que Claire la guiara. Cuando la colocó sobre su estómago, sufrí una descarga en el brazo

que me alcanzó el pelo. Habría preferido sacarle los menudillos a un pavo.

Deslizó mi mano por encima de un bulto.

—¿Lo notas? Es la cabeza —explicó, y tuve que esforzarme para reprimir un gemido.

Luego, como si no tuviera suficiente, Claire anunció:

—Podría llegar en cualquier momento.

De mi frente empezaron a brotar gotas de sudor. «Esta noche no», recé. «Por favor, Dios, no dejes que llegue hoy.»

Claire siempre había jurado que si alguna vez tenía la

«mala suerte» (palabras textuales) de tener que parir, empezaría a chutarse heroína en cuanto rompiera aguas.

No obstante, cuando le pregunté qué medidas tenía preparadas para combatir los dolores de parto —¿petidina?,

¿epidural?, ¿heroína?—, meneó la cabeza y contestó:

—Ninguna. —El horror debió de reflejarse en mi cara, porque Claire soltó una carcajada—. Tener a esta niña es lo más emocionante que me ha pasado en la vida. Cuando dé a luz, quiero estar totalmente consciente.

Era evidente que Claire se había pasado al Lado Oscuro, lo que encontré extrañamente reconfortante. Si alguien como Claire podía pensar en un parto natural, había muchas esperanzas para una miedica como yo.

Sin embargo, al día siguiente ya me había levantado y vestido una hora antes de lo necesario, y ni siquiera el hechizo de la lata de galletas consiguió convencerme de que me quedara. Claire vagaba por el piso, dando bostezos y murmurando:

—Estoy a punto de reventar.

Finalmente me acompañó en coche hasta el metro y, al ver la estación, me embargó un profundo alivio. Antes de que el vehículo se detuviera, ya tenía la portezuela abierta y el tacón en la calzada echando chispas.

Mientras me apeaba de un salto, dije:

—Gracias por el chocolate y buena suerte con el dolor desgarrador de dar a luz. —No había querido decir eso.

Probé de nuevo—: Buena suerte con el parto.

Claire tuvo el bebé dos días después y por mucho que insistí, se negó a reconocer que le había dolido terriblemente. Fue en torno a esa época cuando me di cuenta de que había una suerte de conspiración en marcha.

Cada vez que intentaba sonsacar a una madre los detalles sobre sus dolores de parto, se negaba a cooperar.

Simplemente decía con voz dulce: «Supongo que duele un poco, pero después tienes un hijo. Un HIJO. Has creado una nueva vida. ¡Es milagroso!».

Confié en que el paso del tiempo acabara con mis miedos. Así pues, me dije que tendría un hijo a los treinta.

Sospecho que, en parte, porque pensaba que los treinta estaban tan lejos que nunca llegarían.