Maggie ve la luz
Capítulo 29. 182
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Capítulo 29
Me aferré al sueño como al borde de un precipicio. Poco a poco navegué hacia la conciencia hasta que ya solo me cubría un fino velo de modorra, pero aun así me negaba a despertar del todo. Fue el sonido del teléfono lo que finalmente me obligó a rendirme y enfrentarme al día.
Dios, cómo lo lamenté. Mi primer pensamiento fue para Troy y su humillante rechazo. Luego me dije que con la visita de mi familia estaba atrapada en Los Ángeles.
A menos... a menos que se hubieran hecho un lío con las reservas por internet. Cuantas más vueltas le daba más convencida estaba de que las posibilidades de que a) obtuvieran plazas en un vuelo que realmente existiera o b) reservaran plazas en un vuelo a Los Ángeles en lugar de, digamos, a Phnom Penh o Tierra del Fuego, eran ciertamente mínimas.
Empecé a animarme y cuando Emily llamó suavemente a mi puerta fui capaz de sonreírle. Hasta que me pasó el teléfono y susurró:
—Mamá Walsh.
Instantes después mis peores temores se confirmaban.
Era un vuelo de American Airlines de Dublín totalmente honrado, y pensaban subirse a él.
—Me lo han confirmado esta mañana —dijo mamá, muy contenta. Hasta tenía un número de vuelo. De hecho, incluso había reservado los asientos y una comida vegetariana para Anna. Fue entonces cuando supe que Anna venía.
—¿Cuánto tiempo pensáis quedaros?
—Helen tiene que regresar para el maquillaje de la boda de Marie Fítzsimon, o sea, siete damas de honor, tres niñas con flores, la novia, la madre de la novia y la madre del novio, de modo que no podremos quedarnos las dos semanas enteras.
—¡Dos semanas! —Iba a tener que quedarme aquí y enfrentarme a Troy otras dos semanas. ¡Por los clavos de Cristo!
—Así que estaremos doce días. Espera, te paso a tu padre. Quiere saber si debe traerse las bermudas.
En cuanto colgué, la situación empeoró aún más. Emily quería tener una pequeña «charla» conmigo.
—Como ya sabes —comenzó con tirantez—, todavía no sé nada de Larry Savage y no tengo muchas esperanzas.
Lara sugirió la otra noche... —enseguida supe por dónde iban los tiros— que buscara trabajo como pulidora de guiones.
No pude soportarlo más.
—Llámale —dije.
—Me aconsejó algunas personas, entre ellas... ¡Oh!, ¿lo dices en serio? ¿No te importa que llame a Shay Delaney?
—¿Por qué iba a importarme? —Ciertamente, ¿qué motivos tenía?
—Maggie, te lo ruego, sé sincera conmigo. Solo tienes que decirme que no y no me acercaré a él.
—Adelante.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—Gracias,
gracias.
Necesito
el
trabajo
desesperadamente y sé que lo vuestro fue hace mucho tiempo, pero la primera ruptura es la más dura, dicen, así que temía que te enfadaras conmigo y...
—No pasa nada —la interrumpí con excesiva brusquedad—. No pasa nada.
—No le llamaré —decidió de pronto Emily—. Siento habértelo preguntado, no debí hacerlo.
—¡Llámale, no me IMPORTA! —El grito quedó flotando en el aire, dejándonos perplejas a las dos. Respiré hondo y adopté un tono más razonable—. No me importa, te lo prometo. No me obligues a repetirlo.
—Pero...
—Basta.
—¿Estás segura?
—Sí.
—De acuerdo.
Esperaba que tardara unos días, pero le llamó al instante, así que me fui ami habitación para escuchar ávidamente sin ser observada. No pudo hablar con él, pero le oí preguntar:
—¿Entonces está en la ciudad? —Observé que mis dedos empezaban a temblar, pero nada como el día que vi a Shay y después no puede abrirme la cremallera del anorak de papá. Emily deletreó su nombre a la persona con la que estaba hablando—. O'Keeffe. O-K-E-E-F-F-E, exacto, O'Keeffe. Es irlandés. Le agradecería que le dijera que me llame. Adiós.
Luego vino a buscarme.
—¿Maggie? No estaba.
—¿No estaba? —pregunté con naturalidad, como si no hubiera estado detrás de la puerta, amoratándome de tanto contener la respiración para poder oír bien.
—No, no estaba. ¿Qué te gustaría hacer hoy? —
preguntó solícita—. Podríamos ir a la playa o dar un paseo en coche. ¿Qué te parece si comemos fuera?
—Tienes que trabajar.
—Puedo pasar.
No pude evitar sonreír.
—Estoy bien.
—Pero...
—¡Basta!
Era evidente que Emily no quería dejar el tema, pero por lo menos esta vez no me discutió.
—Trabaja —dije.
—De acuerdo.
Conectó su ordenador portátil y se puso a escribir. Yo encendí la tele con la esperanza de encontrar una válvula de escape similar y así comenzó otro día sin que alguien
comprara el guión de Emily. Empecé a tener la sensación de hallarme en una suerte de obra beckettiana y que iba a pasar el resto de mi vida atrapada en esta casa con Emily, esperando buenas noticias que nunca llegaban.
Al cabo de treinta minutos de zapping improductivo tenía los nervios a punto de estallar, así que decidí que necesitábamos comida y fui al supermercado.
El hombre harapiento estaba allí, como de costumbre, esta vez gritando algo sobre un tiroteo de la policía y héroes heridos. Yo debía de estar emitiendo señales que parecían sugerir «acaba conmigo» o algo así, porque en cuanto salí del coche, su rostro se iluminó, cruzó corriendo el aparcamiento y gritó «¡Bum!» en toda mi cara.
El corazón me dio un vuelco. Aunque Emily había dicho que era inofensivo, parecía fuera de control. Rodeándole a él, a sus ojos de maníaco y a su apestoso olor, eché a andar deprisa por el aparcamiento, tratando de evitar la afrenta de una carrera en toda regla. Para cuando alcancé el paraíso del supermercado refrigerado, estaba al borde de las lágrimas.
Luego me preocupó cómo regresar al coche sin que el hombre me abordara, así que cuando terminé de comprar, avergonzada de mi cobardía, pedí a un mozo que me acompañara. Y menos mal que lo hice, porque en cuanto cruzamos las puertas correderas el hombre harapiento me gritó, indignado:
—¡Creía que estabas sola!
—Es inofensivo —trató de tranquilizarme el chico, mientras agachábamos la cabeza y empujábamos el carro a toda pastilla por el aparcamiento.
—Ya. —Pero ya no me preocupaba mi integridad física, sino lo que el hombre había dicho: «Creía que estabas sola». Parecía casi premonitorio y me deprimió profundamente.
—Tenemos una visita —dijo Emily cuando entré en casa cargada de bolsas.
Supuse que era Ethan. Desde la noche que había dormido en el sofá era un huésped habitual bajo la impresión de ser bienvenido. Le gustaba presentarse en casa y ponerse a ver la tele.
Pero no era Ethan, era Mike y su vara purgadora.
—Hola, Maggie —me saludó—. Estoy limpiando un poco más de energía tóxica.
—Buen chico —dijo Emily—. Acaba con toda para que me lleguen buenas noticias del estudio.
—La cosa no funciona así. —Mike resopló por el esfuerzo—. Lo que significa es que ocurrirá lo que sea conveniente.
—Y lo conveniente es que compren mi guión por un millón de dólares.
—Ya te he dicho que tengas cuidado con lo que deseas
—advirtió Mike con una sonrisa.
Cuando dejó el baile para descansar un poco, se volvió hacia mí.
—¿Y tú cómo estás, Maggie?
—Bien —dije con poco entusiasmo.
—¿Seguro?
—Mmmm.
Esbozó una amplia sonrisa y dijo:
—Cuando estás en un agujero oscuro, ¿sabes qué tienes que hacer?
Encogí los hombros.
—¿Qué?
—Alzar la cara a la luz.
Ignoraba qué quería decir con eso —no me va esa palabrería mística—, pero por segunda vez ese día tuve ganas de llorar.
—Sé bondadosa contigo misma—añadió.
—¿Cómo?
—Mímate. Sal a oler las flores o escuchar el mar.
—Ya.
—Tú sabrás qué necesitas. Quizá podrías meditar y escuchar tu propio silencio.
—Ah, vale.
—Chicas, si esta noche no tenéis ningún plan, ¿por qué no venís a casa? Hoy es una de nuestras noches para contar fábulas.
Emily y yo permanecimos mudas mientras buscábamos desesperadamente una excusa.
—¿Y en qué consisten esas noches? —pregunté. No se me ocurrió otra cosa.
—Gente hermosa viene a casa y contamos historias de nuestras diferentes culturas.
—Cuando hablas de gente hermosa —dijo Emily—, no te refieres a gente con gafas de sol de Gucci, pelo con mechas y una lancha en el puerto, ¿verdad?
Mike rió.
—Me refiero a gente hermosa por dentro.
—Eso me temía —repuso Emily—. En cualquier caso, invitarme a una noche de fábulas sería como invitar a un dentista a cenar y pedirle que hiciera un par de empastes entre plato y plato. Yo me paso el día contando historias, es mi trabajo.
Mike se encogió de hombros.
—Te entiendo.
Me calcé las babuchas.
—Me voy.
—¿Adonde?
—A alzar la cara a la luz y mirar tiendas. No entiendo cómo no se me ocurrió antes.
—¡Estupendo! —exclamó Emily—. Me alegro por ti.
Fui a Santa Mónica, donde pasé una tarde inesperadamente feliz paseando por la soleada Third Street Promenade, entrando y saliendo de las fabulosas tiendas de Aladino.
Había tanto movimiento que me alegré una vez más de estar en Los Ángeles. Un hombre me dio dos entradas para una proyección piloto de una película; vi a alguien que podría haber sido Sean Penn comprar un paquete de caramelos Live Savers; un hombre cubierto de pintura plateada de los pies a la cabeza hacía malabarismos con pelotas, también plateadas, mientras un pequeño equipo lo filmaba. El sol brillaba y en la tienda de la falda tejana que me hacía las rodillas raras me escucharon pacientemente.
—¿Por qué devuelve esta prenda? —preguntó la dependienta con el bolígrafo sobre un formulario (ah, sí, hay que llenar un formulario cuando devuelves cosas)—.
Hace... las rodillas... raras —repitió al tiempo que escribía.
Luego fue a consultar con su jefe si el que hiciera las rodillas raras era razón suficiente para un reembolso o solo para un vale. Finalmente el jefe opinó que la prenda no podía considerarse defectuosa y solo merecía un vale.
Durante el resto de la tarde ni siquiera llevé a cabo mi habitual hazaña de comprar un montón de artículos equivocados. El dinero cambió de manos una sola vez: cuando compré dos pequeñas camisetas con una frase en cada una. La de Emily rezaba: «Quiero, quiero, quiero», y la mía «Los chicos son malos». Sintiéndome mucho mejor, llegué a casa y Emily aseguró estar enamorada de su nueva camiseta.
—Me la pondré esta noche. ¿Te apetece salir a tomar una copa más tarde?
—¿Contigo y con Lou?
—¿Lou? —repuso Emily con desdén—. Que se pierda con sus flores y sus llamadas. ¿Me toma por una idiota?
—Entonces, ¿quién habrá esta noche?
—Yo y Troy.
Conseguí soltar un breve y amargo:
—¡Ja!
—No seas así, te lo ruego. Troy se acuesta con todas y sigue siendo amigo de ellas.
—Está claro que soy una anticuada —repliqué.
—Por favor, ven con nosotros. —Emily era un nudo de angustia.
—¿Quién me invita? ¿Tú o él? ¡Y sé sincera!
—Los dos.
—¿Me mencionó en algún momento?
—Pues...
—¡No mientas!
—No, la verdad es que no.
Pese a lo dolida que estaba, fui capaz de ver el lado bueno. Si Troy tenía planeado evitarme durante el resto de mi estancia en Los Ángeles, eso reducía las posibilidades de sentirme humillada.
—Sal tú y diviértete. Has trabajado todo el día. Y antes de que vuelvas a preguntármelo, estoy bien.
Emily se marchó y aunque yo tenía numerosas invitaciones —la noche de las fábulas en la casa contigua o una versión de La semilla del diablo retocada digitalmente en la casa del otro lado— me instalé delante de la tele luciendo desafiantemente mi camiseta de «Los chicos son malos». Para pasar el rato, planeé mordaces humillaciones a Troy, incapaz de decidirme entre mantener un silencio digno o regañarle por su moral de gato callejero. Estaba disfrutando de lo lindo.
Llegó el telediario con una noticia del proceso de paz en Irlanda y me llevé un susto de muerte. Por un momento pensé que a la tele se le había ido el color. Todo era gris, sobre todo la tez de los políticos irlandeses, como si nunca hubieran visto el sol. Y en cuanto a los dientes...
Oh, no, había cruzado la línea invisible: ahora pensaba que la piel bronceada y la odontología prohibitiva era lo normal. Con un suspiro, reanudé mis conversaciones imaginarias con Troy.
Poco después un coche derrapó delante de casa, se abrió una portezuela y unos tacones martillearon la acera.
Los seguí, preguntándome adonde iban, y los localicé justo
cuando irrumpían en la sala, transportando a una Lara despeinada y enloquecida.
—¿Dónde está Emily?
—Ha salido con Troy. ¿Qué ocurre?
—¡Oh, Dios!
—¿Una copa de vino? —sugerí.
Asintió y me siguió hasta la cocina.
—¿Qué ocurre? —pregunté de nuevo. ¿Le habían robado? ¿Había tenido un accidente?
—Es Nadia. Me llamó esta noche y en mi nuevo identificador telefónico su nombre apareció como «Señor y señora Hindel». ¿Puedes creerlo? ¡Señor y señora Hindel!
Está casada. ¡La muy zorra está casada!
Serví el vino más deprisa y dije:
—Podría ser un error. Puede que haya estado casada y ahora esté separada.
—Qué va, si lo ha confesado todo. —Lara se vio en el espejo y gimió—. Caray, parezco un camino de carro. —Lo cierto es que había tenido días mejores. Su hermoso bronceado tenía ahora el color del champiñón—. Fue totalmente clara. Era una turista sexual teniendo una aventura. —Tras un suspiro doloroso, añadió—: Me estaba utilizando. —Y se echó a llorar de una forma contenida que generó un nudo en mi propia garganta—. Me gustaba mucho. —Sollozó como las mujeres sollozan por los hombres—. Duele lo mismo cuando se trata de una chica.
—Lo sé, lo sé. —Bueno, ahora lo sabía, ¿no?
—Pensaba que era alguien especial.
—Conocerás a otra. —Le acaricié el pelo.
—¡No!
—Calla, por supuesto que sí. Eres muy guapa.
—Me siento fatal.
—Ahora te sientes mal, pero se te pasará. No era la persona para ti.
—Tienes razón. —Con una sonrisa, declaró—: Me daré una semana para obsesionarme por ella y luego lo
superaré.
—Así me gusta —la animé.
—Gracias.
Con nuestras frentes casi tocándose, compartimos una triste mirada de no-podemos-vivir-con-ellos-no-podemos-pegarles-un-tiro, y de repente Lara me estaba tomando la cara entre sus manos y besándome dulcemente en los labios. Pese a mi estupefacción, noté que no me resultaba desagradable.
Por supuesto, ese fue el momento que Emily eligió para llegar a casa. Vi su conmoción asomar por la ventana antes de verle la cara. Con más premura de la habitual, irrumpió en casa y nos miró de hito en hito.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó.
—No te lo vas a creer.
Lara comenzó su retahila de desgracias.
Emily y yo escuchamos atentamente, pero sin apenas cruzar nuestras miradas. De hecho, no las cruzamos ni una sola vez. Ni siquiera nos hablamos hasta que comenté:
—Me voy a acostar. Necesito mis catorce horas de sueño.
Cuando me iba, Emily dijo:
—Troy te manda un saludo.
—¿De veras? Buenas noches.
Me fui a la cama, cerré los ojos y por primera vez no pensé en Garv.
Ni siquiera pensé en Troy.
Pensé en Lara.