Maggie ve la luz
Capítulo 35. 217
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Capítulo 35
Después del segundo aborto, lloré durante cuatro días seguidos. Sé que la gente dice cosas como «lloré durante una semana» cuando en realidad quieren decir que lloraron intermitentemente durante unos días. Yo, sin embargo, lloré sin parar cuatro días enteros. Lloraba incluso mientras dormía. Era vagamente consciente de la gente que entraba, rodeaba mí cama y susurraba a Garv: «¿Cómo está hoy?».
Para cuando dejé de llorar tenía los ojos tan hinchados que parecía que me hubieran apaleado, y mi cara estaba blanca y agrietada como esos lagos salados resecos que ves en el desierto.
En el pasado, cuando me enteraba de que una mujer había abortado, era incapaz de imaginar su tristeza porque no entendía que alguien pudiera extrañar algo que no ha tenido. Por otro lado, sí era capaz de identificarme con otras pérdidas. Por ejemplo, si a una amiga la dejaba el novio, me sentía sola, rechazada y humillada como ella. O si a un amigo se le moría un ser querido, comprendía su conmoción, su dolor y su extrañeza ante la muerte, a pesar de que mis abuelos eran los únicos seres queridos que había perdido.
Con todo, no fui capaz de imaginar el dolor que representaba perder un bebé hasta que me sucedió a mí, hasta que me sucedió dos veces.
Y lo curioso es que, en algunos aspectos, se parece al dolor de las demás pérdidas. Me sentía tan sola, rechazada y humillada como si mi pareja me hubiera dejado. Sola por la persona que nunca llegaría a conocer, rechazada porque no quería estar en mi cuerpo y humillada por mi imperfección. Sí, sentía conmoción, dolor y extrañeza, como si alguien hubiera muerto.
Mi tristeza, sin embargo, tenía una dimensión mayor, algo que alcanzaba mi esencia como ser humano. Había deseado un hijo y ese anhelo era tan visceral e inexplicable como el hambre.
De tanto que me aislé, durante ese período sentí como si un muro de cristal me separara del resto de la especie humana. Intuía que casi nadie comprendía la naturaleza exacta de mi dolor. Podían entenderme quienes habían abortado —aunque no conocía a nadie—, quienes estaban intentando en vano tener un bebé y quizá también aquellos que ya habían tenido hijos, pero el resto de la gente era incapaz de entenderlo. Lo intuía porque durante mucho tiempo yo había estado entre ellos.
La persona que realmente compartía mi dolor era justamente aquella a la que apenas podía mirar a los ojos: Garv. Tener que pasar por todo esto con él se me hacía aún más duro y no entendí por qué hasta que caí en la cuenta de que no podía dejar de pensar en algo que había ocurrido cuando yo tenía veinte años: un niño del barrio había echado a correr entre dos coches aparcados para cruzar la calle y fue atropellado y muerto por un automovilista que no pudo frenar a tiempo. Los padres del niño estaban destrozados, pero la gente también se compadeció del conductor. Algunas personas decían: «Me da mucha pena el conductor. El pobre hombre debe de estar pasándolo muy mal».
Pues bien, yo me sentía como el conductor. Yo era responsable del dolor de Garv, yo tenía la culpa, y vivir con ella se me hacía casi insoportable.
Garv, en cambio, afrontó la situación mucho mejor que yo. Durante las dos semanas que siguieron al aborto llevó la casa, controló las visitas, sustituyó las revistas de Madre e hijo por Vanity Fair y se aseguró de que yo comiera. Yo erraba por la casa, incapaz de recuperar la normalidad, y me negaba a hablar de lo ocurrido. Ni siquiera podía pronunciar la palabra «aborto». Cuando alguien la
mencionaba, le interrumpía y la sustituía por «revés». Y
cuando esa persona decía «Vale, revés» y seguía con el tema, yo decía «No quiero hablar de eso». Era tal mi resistencia, que hasta los amigos más fieles tiraron la toalla.
Entonces a alguien se le ocurrió que Garv y yo necesitábamos unas vacaciones. De pronto todo el mundo coincidió en que unas vacaciones eran lo mejor para nosotros, y allí donde miraba veía una cara fantasmal salmodiando: «¡Os sentará de maravilla!». O:«Unos días tumbada junto a una piscina con una novela barata te dejarán como nueva». Era como una película de miedo. «Tú fuiste concebida durante unas vacaciones, Margaret», decía mi madre, acompañando la información con un guiño y una inquietante mirada de soslayo.
—Por lo que más quieras, mamá, no nos lo cuentes —
suplicaba Helen.
Al final Garv y yo tuvimos la impresión de que no había elección. Yo carecía de energía para luchar contra la insistencia de la gente, y la idea de aplazar el regreso a la vida real una semana más parecía demasiado tentadora.
Así pues, pusimos rumbo a un hotel de Santa Lucía —
atraídos por la imagen de palmeras plateadas, una arena blanca y fina, un sol caliente y amarillo y cócteles grandes como peceras— para descubrir, nada más llegar, que tres días antes había habido un huracán —pese a no ser la estación de los huracanes— y la playa se había hundido en el mar junto con la mayoría de las palmeras. No solo eso, sino que mi maleta, repleta de maravillosos artículos de playa para estrenar, no apareció en la cinta del aeropuerto.
Para más inri, cada mañana a las siete los obreros se ponían a reconstruir la playa frente a nuestra ventana. Y la guinda la puso la lluvia incansable, y no, por supuesto no era la estación de las lluvias.
Sin embargo, el colmo fue la actitud del personal del hotel en lo referente a mi maleta. Por mucho que insistía en
que quería recuperarla cuanto antes, parecía traerles sin cuidado. Cada mañana y cada noche Garv y yo pedíamos información sobre su paradero, pero nadie sabía nada.
—La gente de aquí es muy tranquila —protesté.
—¿Tranquila? —farfulló Garv—. A su lado los irlandeses parecen tan trabajadores y eficientes como los japoneses.
La situación alcanzó su cénit al quinto día. Aunque cada mañana en recepción habíamos repasado con Floyd todo lo ocurrido con la maleta desaparecida, ese día Garv tuvo que explicárselo de nuevo.
De manera poco convincente, Floyd pulsó un par de teclas y miró la pantalla. Yo estiré el cuello para echarle un vistazo, ya que sospechaba que el ordenador ni siquiera estaba encendido.
—Llegará mañana—aseguró.
—Lo mismo dijo ayer —repuse con la mandíbula apretada— y anteayer.
Me imaginé a Garv teniendo que lavar una vez, más mi camiseta y mis pantalones cortos en el cuarto de baño y a mí teniendo que ponérmelos húmedos por la mañana para regocijo de las demás chicas. Luego pensé en mi maleta repleta de biquinis de vivos colores, vestidos floreados y, lo peor de todo, mis sandalias nuevas, y me puse un poco histérica.
Cuando pienso en aquellas sandalias, todavía se me encoge el estómago de dolor. No porque sea una adicta a los zapatos —mi gran amor siempre han sido los bolsos—, sino por el trabajo que se había tomado Garv para conseguirlas. Yo las había visto en una tienda del centro una semana antes de irnos de viaje y hasta me las había probado. Me disponía a comprarlas cuando en la tienda entró una mujer con un bebé. Era un recién nacido de párpados soñolientos y manitas cerradas en un puño.
Tuve que salir —no exagero—, tuve que marcharme antes de echarme a llorar, porque cuando empezaba me costaba mucho parar.
Una vez en casa, me derrumbé sobre Garv.
—No es solo por el bebé —le dije—. Sé que parece una tontería, pero también es por las sandalias. Eran perfectas, me habrían ido bien con todo, y las dejé... —Flotaba al borde de un torrente de lágrimas.
—Iré a buscarlas —dijo Garv, y un músculo tembló rítmicamente en su mandíbula—. ¿Dónde estaban?
—Déjalo, no tiene importancia. —Además, no recordaba el nombre de la zapatería, solo sabía que estaba en la calle Grafton. Garv me puso delante una libreta.
—Dibújalas —dijo—. Anota el color, el número y todo lo que se te ocurra.
Traté de disuadirle, pero insistió y eso hizo que me sintiera aún peor. Era una señal de lo mal que iban las cosas, de lo cerca que estábamos de caer por el precipicio si Garv tenía que tomar medidas tan extremas para intentar hacerme feliz.
Como un detective privado, se pateó las calles del centro de Dublín armado únicamente con mi dibujo, y fue de zapatería en zapatería con el papelito preguntando a la gente: «¿Ha visto estos zapatos?».
Probó en Zerep, que no los tenía pero pensó que Fitzpatricks quizá sí. Fitzpatricks no los había visto e intentó enviarlo a Clarks, pero Garv dijo que yo no habría entrado en Clarks, que sus zapatos eran demasiado cómodos, y le sugirieron que mirara en Jezzie, donde intentaron colarle unas sandalias que eran demasiado planas y no tenían la suela rizada. Garv probó por su cuenta en Korkys, y aunque el personal no pudo ayudarle, una clienta —adicta a los zapatos— le oyó y dijo que las sandalias estaban en Cari Scarpa. Y tenía razón.
—Espero que te entren —dijo Garv cuando llegó a casa y abrió la bolsa.
—Me entrarán. —Estaba decidida a cortarme los dedos si hacía falta. Me tenía tan perpleja el trabajo que se había
tomado Garv que no habría sido capaz de admitir fallo alguno.
Los sacó de la bolsa.
—¿Son estos?
Asentí con la cabeza.
—Pues
ya
tienes
tus
zapatillas
rojas
—dijo,
tendiéndomelas.
Y aunque no eran rojas —sino turquesas— ni eran zapatillas, me las puse, golpeé los tacones tres veces y comenté:
—No hay nada como el hogar.
Nos abrazamos con fuerza y durante un rato pensé que lo conseguiríamos. ¿No es extraño que a veces el recuerdo de un acto amable sea más doloroso que los actos crueles?
Entretanto, a Floyd le traía sin cuidado que la maleta que contenía mis sandalias y todo lo demás apareciera o no.
—¿Dónde está? —imploré—. Lleva perdida casi una semana.
Floyd me obsequió con una sonrisa de oreja a oreja.
—Tranquilícese, señora.
Y puede que en otras circunstancias me hubiera tranquilizado. Quizá si durante el último mes hubiera dormido bien alguna noche, si no hubiera tenido los nervios a flor de piel, si no hubiera puesto todas mis esperanzas en estas vacaciones. Por tanto, me oí gritar:
—¡No me da la gana de tranquilizarme!
Garv me agarró por los hombros y me llevó con firmeza hasta un banco.
—Quédate aquí —ordenó. Resentida, permanecí sentada mientras él se inclinaba sobre el mostrador de Floyd—. Y ahora escúcheme bien —le amenazó—. Esa de ahí es mi mujer. No se encuentra bien y ha venido aquí para recuperarse. No hay playa y el tiempo es una mierda.
Lo menos que podría hacer es encontrar la maldita maleta.
Pese a su viril intervención, la maleta no apareció hasta el último día, y nuestro buen humor no llegó con ella.
En el aeropuerto, de vuelta a casa, el manto de depresión que nos cubría casi podía fotografiarse.
Habíamos pensado que las vacaciones nos curarían, pero solo habían acentuado las divisiones. Además, no solo no estaba embarazada, sino que Garv y yo estábamos más distanciados que nunca.
Mientras pensaba en todas las cosas terribles que habían ocurrido —el mal tiempo, el extravío de la bolsa y la intoxicación (ah, sí, dos barrigas revueltas, un cuarto de baño en constante uso, en fin, dejémoslo ahí)—, me pregunté si Garv y yo éramos gafes. De pronto me asaltó un inesperado pavor, pues comprendí que los desastres habían sido, de hecho, lo mejor de las vacaciones, porque gracias a ellos Garv y yo habíamos tenido algo de que hablar. Las únicas ocasiones en que habíamos estado animados o de acuerdo se habían producido cuando nos desahogábamos o planeábamos las torturas que íbamos a infligir a Floyd y al cocinero que nos había dado el pez espada en mal estado.
Que yo recordara, por primera vez en nuestra relación Garv y yo apenas teníamos nada que decirnos.