Maggie ve la luz

Marian Keyes · Capítulo 33 de 49

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Maggie ve la luz

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Capítulo 33

Abrí la puerta de casa. Emily estaba en el diván, inclinada sobre su ordenador, trabajando con ahínco.

—Hola —dije con cautela.

—Hola —respondió ella con igual cautela—. ¿Lo has pasado bien?

—Sí. ¿Y tú?

—También.

—¿Qué tal con Troy y Shay?

—Bien. Útiles. Los dos te envían un saludo.

Asentí al ordenador.

—¿Y cómo va Chip el perro?

—Una pesadilla. Me están dando calambres en el estómago de escribir esta porquería. ¿Saliste con ella?

Una pausa.

—Sí, lo siento.

—No tienes por qué. Estás en tu derecho. ¿Y cómo fue?

—Fue... diferente.

—¿Os...?

—Era la primera cita —dije—. ¿Por quién me has tomado?

—Dios —susurró débilmente—. ¿Y qué hicisteis? —

Emily se golpeó la frente—. ¡Joder, no me refería a eso!

—Fuimos al cine. Voy a ducharme y a descansar un poco.

—Claro, debes de estar agotada. Perdona, no pretendía... Oh, Dios. Hasta luego.

Entré en mi habitación, cerré la puerta, me senté frente al escritorio de Emily y hojeé sus guiones no vendidos en busca de distracción.

No estaba agotada, sino aterrorizada. No entendía absolutamente nada. La historia con Lara... ¿En qué estaba pensando?

Yo no era lesbiana. Sospechaba que ni siquiera era bisexual.

La noche había sido un desastre, empezando con que Lara apareció radiante, con el pelo impecable y un vestido de punto ajustado. Ningún problema, hasta que me di cuenta de que se había acicalado para mí. Se había acicalado para mí. Por un momento me sentí halagada, luego aluciné.

Fuimos a ver una película a Santa Mónica cuya trama ninguna de las dos comprendió, y al salir confesamos que ambas habíamos confiado en que la otra pudiera explicarla.

Lo interpreté como un mal presagio y tuve el impulso de preguntar a Lara qué sabía acerca de los cambios de moneda, pero temí descubrir que ella estuviera tan pez como yo.

—¿Que hacemos ahora? —pregunté—. ¿Vamos a tomar una copa?

Estábamos rodeadas de cientos de bares y restaurantes agradables, pero Lara meneó firmemente la cabeza y dijo con una sonrisa llena de significado:

—Ah, ah. Mi casa.

Sentí un violento cosquilleo en el estómago. Nervios, me dije. Pavor no, nervios. Debido a mi timidez e inexperiencia, claro. Pero Lara llevaría las riendas y me facilitaría las cosas.

Así que fuimos a su casa, donde abrió una botella de vino, puso música de jazz suave y encendió velas aromáticas. Fueron las velas aromáticas las que me hicieron comprender el alcance de mi error. Eran demasiado románticas. Estaba claro que Lara iba a por todas.

Una pelota de plomo echó a un lado el cosquilleo y ya no tuve dudas acerca de cómo me sentía. Quería irme a casa, quería huir, pero en lugar de eso tuve que acurrucarme en el sofá, beber chardonnay e intercambiar miradas picaras a la luz de las velas.

Haciendo acopio de valor, lo intenté. Conseguí esbozar una sonrisa forzada cada vez que Lara me miraba con ternura, aunque cuanto más se arrimaba a mí, mayor era mi pánico.

Traté desesperadamente de seguir hablando, pero estaba tan tensa que parecía que estuviera entrevistándola para un trabajo.

—¿En cuántas pantallas se estrenará Doves? ¿Te divierte organizar la fiesta del estreno? ¿Es una pesadilla?

Vaya por Dios.

Ansiaba marcharme pero no sabía cómo. Las palabras que podían liberarme pugnaban por salir, pero permanecían atascadas en mi garganta. Lo que me frenaba era que me había metido en esto voluntariamente. La primera vez que Lara se me insinuó podría haberla enviado al cuerno, pero en cambio le di la impresión de que me gustaba porque en aquel momento así era. Ahora, no obstante, había cambiado de parecer, aunque creía que no tenía derecho a decírselo.

Una copa y media de chardonnay y Lara se inclinó de repente sobre mí. Ya estamos... Me encogí instintivamente y sentí un gran alivio cuando me di cuenta de que solo quería volver a llenarme la copa. Con mano temblorosa, la levanté y casi la apuré de un trago.

—Oye, no te emborraches demasiado a costa mía —me regañó dulcemente.

—¿Eh? No, no. —Y la ansiedad volvió a dominarme.

Recé y le propuse a Dios un trato: si me sacaba de allí, nunca volvería a correr riesgos. No obstante, Dios debía de estar hablando por la otra línea, porque Lara se había acercado un poco más y me estaba apartando el pelo de la cara. Luego me besó, lo cual no estuvo demasiado mal, introdujo las manos por debajo de mi camiseta y me acarició el pecho, lo cual tampoco estuvo demasiado mal.

Llegado este punto pensé que me tocaba a mí actuar y le bajé el tirante del hombro para mostrar mi buena

disposición, pero lo que no esperaba era que Lara se bajara el vestido hasta la cintura, se quitara el sujetador y se recogiera los senos con las manos. Nada más tocarse, los pezones se le endurecieron, algo queen otras circunstancias me habría parecido erótico, pero que ahora me paralizaba.

—No seas gallina —dijo.

Respiré hondo y empecé a acariciarle los senos con recato, en parte para devolverle el favor, pero también porque tenía curiosidad por palpar unos implantes. Sin embargo, dado que nunca había tocado otros senos que los míos, tampoco podía hacer comparaciones.

Seguimos acariciándonos y quitándonos la ropa. Lara era hermosa, de eso no había duda. Su piel era suave y desprendía un olor dulce. Con todo, cuando nuestras entrepiernas se juntaron, sentí que algo fallaba. Las dos éramos demasiado planas. Me di cuenta de lo mucho que me gustaban los cuerpos de los hombres.

Lo que había propulsado mi primera respuesta a Lara, ya fuera el alarde, la curiosidad o la necesidad, había desaparecido. Comprendí que había abarcado más de la cuenta.

Dicen que solo una mujer puede saber realmente lo que otra mujer quiere, y no hay duda de que Lara se esmeró.

Yo, sin embargo, era incapaz de separar mi cuerpo de mi mente, dejarme ir y entregarme a los placeres que esta experiencia me ofrecía. Me sentía una impostora y, peor aún, me sentía ridícula.

Por suerte, Lara pareció disfrutar y restó importancia a mis inhibiciones diciendo:

—Oye, es tu primera vez.

—Gracias —contesté humildemente.

—Muy pronto —dijo— te tendremos atada a un consolador de treinta centímetros.

¡Dios mío!

Apenas pegué ojo en toda la noche y Lara me dejó en casa por la mañana, camino de su clase de yoguilates. Los Tambores del Ritmo de la Vida llegaban en ese momento y algunos me saludaron, acostumbrados ya a verme llegar a casa los sábados por la mañana con la ropa de la noche anterior.

—Te llamaré mañana —dijo Lara antes de marcharse—.

Saldremos por ahí. Saluda a Emily de mi parte.

Y aquí estaba ahora, hojeando viejos guiones de Emily, incapaz de concentrarme en nada. ¿Qué debía hacer? No podía romper con Lara. No solo parecía gustarle mucho, sino que tendría que confesarle que era una simple turista sexual. Después de lo mucho que Nadia la había defraudado, no podía hacerlo.

En cualquier caso, había pasado tanto tiempo desde la última vez que había roto con alguien que ya no recordaba cómo se hacía. ¿Qué dice la gente? ¿«Lo nuestro no funciona»? ¿«Necesito mi propio espacio»? ¿«Podemos ser amigos»?

Pero si no rompía con ella...

El futuro se desplegó ante mis ojos. Iba a tener que quedarme en Los Ángeles para siempre y ser lesbiana. No veía otra salida.

Tendría que hacer toda clase de cosas propias de bolleras que resultaban atractivas en la imaginación pero no tanto en la vida real. Y el régimen de acicalamiento personal que Lara esperaría de mí sería agotador: mi cabello y mis cejas necesitarían mantenimiento dos veces por semana y volvería a sacar el tema de mis descuidadas uñas. Me obligaría a hacerme la cera brasileña y Dios sabe qué más.

¿Cómo me había metido en este lío? ¿Acostarme con una chica? Esta no era yo, esta no era la forma en que yo me comportaba. Alguien había tenido que llevarme por mal

camino. Pero por mucho que lo intentaba, no podía culpar a nadie salvo a mí.

Me obligué a afrontar una de las razones por las que había

flirteado

—sí,

flirteado—

con

Lara

tan

descaradamente: quería alardear delante de Troy y Shay.

Deseaba sorprenderles, herirles o lo que fuera, porque los dos, aunque de maneras muy diferentes, me habían herido a mí.

¿En qué me había convertido? Antes de Lara vino Troy, y aunque el sexo fue fantástico, la experiencia había hecho que me sintiera mal conmigo misma.

Al menos una cosa era evidente, pensé con ironía: estaba como pez fuera del agua. Antes solía pensar que era una pena que me hubiera casado a los veinticuatro, que me había perjudicado al renunciar al sexo anónimo con desconocidos misteriosos. En el fondo de mi corazón había creído que si se me presentara la oportunidad de sacar la chica salvaje que había en mí, sería capaz de hacer muchas locuras.

Pero me equivocaba. No estaba hecha para los rollos de una noche. A diferencia de las mujeres como Emily y Donna, en lugar de excitarme el sexo ocasional me deprimía. Dios, qué decepción descubrir que era como siempre me había comportado: una monógama de los pies a la cabeza.

Emily tenía razón, estaba fuera de control. Hacía bien al preocuparse por mí. Y eso no era todo. Dentro de tres días llegaría mí madre. ¿Cómo iba a ocultarle mi aventura lesbiana? Sin duda me mataría.

Desesperada, permanecí frente al escritorio durante un tiempo indefinido. Luego empecé a pensar en Emily y sus esfuerzos por meter a la fuerza siete meses de trabajo en una semana. Me levanté y salí a verla. Todavía estaba delante del portátil, tecleando furiosamente.

—Emily, ¿hay algo que pueda hacer para ayudarte?

Dejó de teclear. Tenía la cabeza hundida en los hombros y las ojeras le conferían el aspecto de un mapache.

—Podría prepararte algo de comer o frotarte el cuello.

Pero no en plan bollera —añadí para que no hubiera malentendidos.

Lentamente, Emily bajó los hombros.

—Hay algo que podrías hacer. Necesito salir unas horas esta noche. Me trae sin cuidado lo que hagamos siempre que hagamos algo. Decídelo tú.

—Vale. —Medité y enseguida supe qué quería hacer—.

Me gustaría salir con una pandilla de chicas, emborracharnos y bailar alrededor de nuestros bolsos el «I Will Survive».

—Estupendo —musitó Emily—. ¿Quién quieres que venga? Lara, naturalmente...

—¡No, está ocupada! Mmm, ¿qué me dices de Connie?

—¿Connie? Pensaba que no te caía bien.

—Ya ves —dije, encogiéndome de hombros.

—¿Es por los preparativos de la boda?

—Sí, pero ya no me importa tanto.

—Y has dejado de preguntarme si la gente está casada.

Maggie, finalmente creo que te estás recuperando. Pero si dejaras de acostarte con la gente...

—Lo haré, te lo prometo.

Connie aceptó y también su hermana Debbie. Nos pusimos minifaldas, tacones y maquillaje brillante y fuimos al Bilderberg Room —tan hortera que se había puesto de moda—,

donde

los

hombres

eran

agresivamente

impertinentes y vestían como Starsky y Hutch. Apenas habíamos alcanzado la puerta cuando uno me dijo:

—¡Ya estoy aquí! ¿Cuáles eran tus otros dos deseos?

Lo aparté de un empujón y poco después, cuando me estaba mesando el pelo, tropecé con una mano que no era

la mía. Pertenecía a un mocoso llamado Dexter, que luego me invitó a su casa.

Sin embargo, nosotras cuatro habíamos venido a bailar, no a conocer hombres, y evitábamos a los gilipollas como Wonder Woman esquivaba las balas, lo cual nos hizo aún más populares. Nos invitaban continuamente a martinis complicados que nosotras bebíamos pero no agradecíamos.

Y aunque nuestros bolsos eran lo bastante pequeños para que colgaran de nuestros hombros sin herir a los mirones, en honor a la tradición los colocamos en el suelo, debajo de la bola de espejos —la alforja Dior de Emily, el Fendi anacarado de Connie, la cartera LV de Debbie y mi especial JP Tod— y bailamos alrededor de ellos.

Cuando Connie decidió que quería retocarse los labios, las cuatro cruzamos altivamente la pista —sin hacer caso de las invitaciones a bebidas y/o sexo fabuloso— y entramos en el tocador de señoras, que era un paisaje de baldosas de corcho marrón hasta en las paredes. Los espejos ahumados recordaban a Los últimos días del disco.

Muy elegantes, pero poco prácticos cuando quieres comprobar si tienes pintura de labios en los dientes.

Solo había otra mujer en el tocador y estaba tratando de retocarse el rímel delante del espejo. En el lavamanos, junto al bolso, descansaba algo extraño: unas asas de plástico duro que generalmente encuentras unidas a esas bolsas que dan en las tiendas caras. Pero lo raro no eran las asas, sino el hecho de que no tuvieran bolsa. La mujer guardó en su bolso el pulverizador para el aliento, se lo puso debajo del brazo y —creí que estaba alucinando—

recogió las asas y las balanceó como si de ellas colgara una bolsa invisible. La bolsa nueva del emperador.

La vimos marchar en silencio y, en cuanto la puerta se cerró, Emily, Connie y Debbie se pusieron a cotorrear.

—¿Verdad que lo era?

—¡Tiene que serlo!

—¿Quién? ¿Qué? —pregunté, comprendiendo que la mujer no era, como había pensado, una pobre alma perdida.

—¡Las asas de la doctora Hawk!

A juzgar por el destello de sus miradas, deduje que debía saber de qué estaban hablando. Negué lentamente con la cabeza y Emily me lo explicó.

—Ya sabes que todos arrastramos una carga del pasado.

Tuve que admitir que sí. De hecho, estaba empezando a comprender lo mucho que yo arrastraba.

—La doctora Lydia Hawk es una psiquiatra que ha desarrollado un enfoque pionero. Traduce la carga emocional en carga física. Durante el primer mes de consulta tienes que llevar una maleta entera.

—Y no puede tener ruedas —añadió Debbie—. Y ha de estar llena. La doctora Hawk la hace personalmente para que sea muy pesada y tengas que llevarla de verdad. A-todas-par-tes. A la farmacia, al trabajo, a las citas...

—Y a medida que mejoras, las bolsas se van reduciendo, hasta que estás lo bastante bien para recibir las asas de la doctora Hawk. Tienes que llevarlas durante un año como recordatorio.

—Y cuestan mil dólares.

—Diez mil —corrigió Connie.

—¡Pero eso es demencial! —exclamé—. No son más que unas asas de plástico. Podrías arrancarlas de cualquiera de esas bolsas que regalan en las tiendas.

Tres cabezas negaron al unísono.

—Tienen que ser las asas especiales de la doctora Hawk, si no no funcionan.

—Solo hay veinte en todo el mundo —se maravilló Connie—. Son superguays.

Unas veces pensaba que empezaba a entender cómo eran las cosas en Fantasilandia. Otras, como ahora, me sentía tan pez como el día que llegué.

En cualquier caso, volvimos a la pista para seguir bailando. Estaban poniendo música disco de los setenta sin reconstruir —«Mighty Real», «Disco Inferno» y otras piezas maravillosas que recordaba de mí infancia—, y el punto culminante fue cuando Emily tuvo una palabra con el pinchadiscos y, de repente, «I Will Survive» estaba sacudiendo las paredes de espejos. Uno de los tipos más decididos intentó entrar en nuestro círculo justo cuando la canción decía «¡Vete, vete ya!». Eso mismo le gritamos hasta que retrocedió, y bailamos como si no existiera el mañana.