Maggie ve la luz

Marian Keyes · Capítulo 3 de 49

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Maggie ve la luz

Capítulo 3. 19

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Capítulo 3

Disfuncional. Así me gustaría describir a mi familia, los Walsh. En realidad no me gustaría describir así a mi familia. Me gustaría describir a mi familia como el prototipo para el clan Brady. Me gustaría describir a mi familia como los Walton de Los Walton. Pero, por desgracia, disfuncional es lo mejor que puedo decir de ella.

Tengo cuatro hermanas y la certeza de que las cuatro viven bajo el lema: Cuantos Más Dramones Mejor. (Ahí va un ejemplo. Claire fue abandonada por su marido el día que había dado a luz a su primer hijo; Rachel es una adicta —

rehabilitada—; Anna no tiene los pies en la tierra; y Helen, la menor, en fin, a Helen es difícil describirla...) A mí, sin embargo, nunca me ha gustado el caos y no alcanzaba a comprender por qué era tan distinta de ellas. En mis momentos de soledad imaginaba que era adoptada, pero nunca acababa de creérmelo del todo porque, por mi aspecto, estaba claro que era una de ellas.

Mis hermanas y yo llegamos en dos versiones; el modelo A y el modelo B. Las A son altas y de aspecto sano, y si nadie las controla tienen tendencia a la robustez. Yo soy una A de los pies a la cabeza. Mi hermana mayor, Claire, y la que va detrás de mí, Rachel, también lo son.

Las B, por el contrario, son una monada. Menudas, de larga melena oscura, ojos verdes y rasgados y piernas esbeltas, mis dos hermanas menores, Anna y Helen, constituyen una muestra inequívoca del género. Aunque Anna es casi tres años mayor que Helen, parecen casi gemelas. A veces hasta mi madre las confunde, si bien, ahora que lo pienso, probablemente se deba a su resistencia a utilizar gafas. Para facilitar las cosas, Anna —

una neohippy— viste como si hubiera estado revolviendo el baúl de los disfraces, mientras que Helen es la que tiene el aire de psicosis.

Las del modelo A son altas y fuertes. No necesariamente gordas. No necesariamente. De hecho, las A han tenido épocas de esbeltez; cuando están sumidas en la anorexia, algo no tan improbable. Ha ocurrido, aunque por desgracia no a mí. Yo nunca he sufrido trastornos alimenticios. Al parecer, y según Helen, me faltaba imaginación.

Pese a no sufrir trastornos alimenticios, sospechaba que padecía una clase de bulimia: la bulimia consumista.

Tenía la sensación de que me pasaba los días comprando cosas e intentando devolverlas. Esa tendencia había provocado recientemente una acalorada discusión en mi familia. Helen se estaba lamentando de lo difícil que era sobrevivir con un sueldo de maquilladora cuando de repente me miró y dijo con tono acusador:

—Tú eres prudente con el dinero.

Aquello era constante: se referían a mí como la chica de vida irreprochable y deportista —pese a no haber practicado deporte desde mi regreso de Chicago—, conservando una visión caducada desde hacía años e incluso décadas. Mis padres estaban encantados con esa imagen color sepia, pero mis hermanas menores —aunque con cariño— se burlaban de mí. Casi siempre les seguía la corriente, pero ese día me negué —con cariño, naturalmente— a que me describieran como un auténtico muermo.

—¿A qué te refieres con eso de que soy prudente con el dinero?

—Que no gastas más de lo que tienes, que antes de comprar algo te lo piensas dos veces, esas cosas —

respondió mordazmente Helen—. Ni debes ni te deben, ja, ja, ja.

—Yo no soy prudente con el dinero —objeté.

—¡Sí lo eres! —exclamaron al unísono mis padres y Helen, los primeros con admiración, la segunda con desprecio.

—No lo es —intervino Garv.

—Gracias —dije, volviéndome un momento hacia él.

—¡Sí lo eres! Apuesto lo que quieras a que tienes un montón de pasta guardada en una lata de galletas debajo de la cama —dijo Helen.

—Maggie no guardaría el dinero en una lata de galletas

—me defendió papá—. Las latas de galletas no dan intereses. Ella tiene sus ahorros en una cuenta a un alto interés.

—¿Qué ahorros? ¡Yo no tengo ahorros!

—Pero tienes un plan de pensiones, ¿no? —preguntó papá con preocupación.

—Eso es diferente. No son ahorros y no te lo dan hasta que cumples los sesenta. Y me paso el día comprando cosas que no necesito.

—Y que luego devuelves.

—Pero no siempre me reembolsan el dinero. A veces me dan vales, que es lo mismo que gastarse el dinero. —El volumen de mi voz iba en aumento—. Y a veces hasta me caducan.

—¡No! —exclamó mamá, atónita.

—Seguro que cada mes liquidas tu tarjeta de crédito —

insistió Helcn.

—NO liquido mi tarjeta de crédito cada mes. —

Asombrados por mi inesperada vehemencia, todos me miraron—. ¡Solo ALGUNOS MESES!

—Claro.

Sabía que era un poco extraño tener una discusión como esa. Sabía que las personas discutían sobre dinero, pero generalmente porque las acusaban de gastar demasiado y ellas aseguraban que no. Yo estaba tan alterada que finalmente mamá ordenó a Helen que me pidiera perdón. Luego me susurró:

—No tiene nada de malo ahorrar.

Entonces Garv me obligó a marcharme, furioso porque mi familia me hubiera hecho enfadar. (¿Recuerdas que Garv

siempre ve el lado bueno de las personas? Pues con mi familia hace una excepción.)

En el coche, de vuelta a casa, dije acongojada:

—Sé que todo es relativo y que tengo poco en común con ellas, pero soy una neurótica, ¿verdad? No soy una chica enteramente anodina y bien adaptada, ¿verdad?

—Por supuesto que eres una neurótica —respondió enérgicamente Garv—. ¡No les hagas caso!

Si me explayo con mi familia de este modo no es para dar colorido a la historia. Lo hago porque estoy a punto de volver a vivir con ella.

Podría haberme instalado en casa de Donna, pero esta acababa de conseguir que Robbie, el imbécil de su novio, se fuera a vivir con ella y no creo que hubiera apreciado la presencia de una tercera persona. Podría habérselo pedido a Sinead, si no fuera porque Dave acababa de largarla y actualmente estaba más desamparada que yo. Y finalmente podría haber probado con Emily, mi mejor amiga, que tiene un montón de espacio. El único problema es que vive en Los Ángeles.

Así pues, humildemente no me quedaba más remedio que regresar al redil familiar. Pero primero tenía que explicarles por que, y me entraban temblores solo de pensarlo.

Aunque nunca es fácil desilusionar a unos padres, en mi caso todavía lo es menos. Yo soy la que se casó con su primer novio, y mis padres siempre han estado orgullosos de mí por haber marcado casi todas las casillas de la lista: matrimonio, casa, coche, trabajo, plan de pensiones y salud mental.

«Nunca nos has dado motivos de preocupación —solían decir—. La única de todas tus hermanas.» Luego lanzaban una mirada lúgubre a la hija que estuviera haciéndoles sufrir en ese momento. Ahora, después de haberlas evitado todos estos años, me había llegado el turno de tales miradas.

Me detuve frente al portal. Necesitaba un momento. Un momento repleto de un deseo feroz de huir, abandonar el país, evitar enfrentarme a mi atroz fracaso. Dando un suspiro, metí la llave en la cerradura. No podía huir. Soy una chica responsable y concienzuda. En una familia donde varias ovejas negras compiten por el primer puesto, ser la única oveja blanca no es ningún chollo.

Del salón llegaba ruido y deduje que todos los domiciliados en la casa —mamá, papá, Helen y Anna— se hallaban presentes. Helen, a los veinticinco años, seguía viviendo en casa debido a su relación inconstante con el trabajo remunerado. Ha cambiado muchas veces de carrera. Pasó dos o tres años en la universidad y, tras un período en el paro, intentó convertirse en azafata de vuelo, pero no logró ser lo bastante amable. («Deje de llamar al puto timbre, ya le oí la primera vez» fue, creo, el comentario que puso fin a su carrera de altos vuelos.) Más paro. Luego hizo un curso carísimo de maquilladora, pero había confiado en trabajar en el teatro y el cine y terminó haciendo una boda tras otra, en su mayoría de las hijas de los amigos de mis padres. Helen no apreciaba los esfuerzos de mamá por conseguirle trabajo y un día, muy indignada, mamá me dijo que Helen le había jurado que si tenía que maquillar a otra enana de seis años con diadema de flores le arrancaría los ojos con el lápiz (no estaba claro si se refería a los de mamá o a los de la niña).

El problema de Helen es que carga con una inteligencia alta unida a un margen de concentración estrecho y todavía ha de encontrar su verdadera vocación.

No como Anna, que todavía ha de encontrar una vocación, verdadera o falsa. Ha rechazado todo estímulo para estudiar una carrera y va tirando sirviendo mesas y echando el tarot, pero nunca durante mucho tiempo seguido. Probablemente su currículo sea tan largo como Guerra y paz.

Antes de que ella y su novio Shane rompieran, ambos llevaban una existencia al día, despreocupada. Pertenecían a esa clase de personas que salen de casa a comprar un Kit Kat y luego te enteras de que están en Estambul trabajando en una curtiduría.

Su lema era «Dios proveerá», y si Dios no proveía, lo haría el subsidio de desempleo.

Yo había envidiado esa existencia desenfadada.

Mentira. En realidad, la habría detestado. Habría detestado la inseguridad, el ignorar si iba a tener para comer, para la crema exfoliante, esas cosas.

Lo que le pasa a Anna es que puede ser tremendamente perceptiva y, por otra parte, un desastre en las cuestiones prácticas de la vida (como acordarse de vestirse antes de salir de casa). Durante una época creímos que su aire dulce y ausente se debía a su afición por las drogas, pero ya hacía cuatro años que había abandonado ese hábito, casi al mismo tiempo que Rachel. Y aunque quizá sea algo más lúcida que antes, tampoco pondría la mano en el fuego.

Anna había regresado a casa de mis padres unos meses antes que yo, después de romper con Shane, pero no había recibido la misma clase de quejas que yo esperaba recibir.

En primer lugar, porque no estaba casada y, en segundo lugar, porque mis padres esperaban de ella que fuera una irresponsable.

Abrí lentamente la puerta del salón. Estaban apretujados en el sofá viendo ¿Quiere ser millonario? y dejando verdes a los participantes.

—Cualquier idiota lo sabría —espetó Helen a la pantalla.

—¿Cuál es la respuesta? —preguntó Anna.

—No lo sé. Pero yo no tengo que saberlo. No estoy a punto de perder noventa y tres mil libras. Eso, llama a tu amigo... De lo que te va a servir como sea tan burro como tú.

¿Por qué tenían que estar todos? ¿Por qué no podía estar solo Anna, por ejemplo? Podría habérselo contado a ella para luego escurrirme en mi habitación como una cobarde, dejando que ella diera la noticia al resto.

En ese momento mamá reparó en mí.

—¡Margaret! —Llevo años diciéndole que mi nombre es Maggie, pero se niega a aceptarlo—. Entra y siéntate.

Tómate un helado. —Propinó un codazo a papá—. Tráele un helado.

—¿Chocolate? ¿Fresa, o...? —Papá hizo una pausa antes de anunciar triunfalmente el plato principal—. ¿Uno con M&M's? ¡Son nuevos!

La casa de mis padres siempre está provista de un maravilloso surtido de dulces. No obstante, a diferencia de la mayoría de los hogares, este surtido no existe como complemento de los alimentos habituales, sino en lugar de ellos. No porque a mi madre no le gustara cocinar platos, sino porque a nosotros no nos gustaba comérnoslos. En algún momento de principios de los ochenta mamá abandonó por completo la cocina.

«¿Para qué si vosotros, panda de desagradecidos, nunca os coméis lo que preparo?»

«Yo sí», baló papá.

Pero no la convenció. En mi casa empezó a entrar comida precocinada y eso me entristecía. Siempre había soñado con una familia a la italiana reunida cada noche alrededor de la mesa de pino para cenar, pasando bandejas y cuencos rebosantes de comida casera mientras la fornida mamma les miraba radiante desde el fogón.

No obstante, el abastecimiento constante de helado no era nada despreciable. Acepté un cucurucho (de M&M's, por supuesto), le quité el envoltorio y vi el final del programa. Tampoco tenía otra opción, pues no habría conseguido que me hicieran caso hasta que terminara.

Además, me convenía retrasar el instante en que tuviera que decir «Garv y yo nos hemos separado». Temía que el

hecho de pronunciarlo en voz alta significara que había sucedido de verdad.

Finalmente llegó el momento.

Suspiré y sofoqué las náuseas.

—Tengo algo que deciros.

—¡Estupendo! —Mamá adoptó la expresión de voy-aser-abuela-otra-vez.

—Garv y yo nos hemos separado.

—¡Oh, vaya! —Mi padre desapareció prestamente detrás del periódico.

Anna se abalanzó sobre mí —hasta Helen parecía sorprendida—, pero mi pobre madre... Se diría que un ladrillo volador le había dado en la cabeza. Estaba atónita, pasmada, conmocionada.

—Dentro de un minuto me dirás que es una broma —

susurró.

—No lo haré —repuse con firmeza. Odiaba hacerle esto, sobre todo porque era la segunda de sus hijas que fracasaba en su matrimonio, pero no debía engañarla. Peor era la falsa esperanza que la ausencia de esperanza.

—Pero... —farfulló, luchando por respirar—, pero tú siempre has sido la buena. Di algo —instó irritada a mi padre.

Vacilante, papá asomó la cabeza por encima del periódico. Tenía los ojos como petrificados.

— La tentación vive arriba —susurró.

— Los caballeros las prefieren rubias —replicó Helen, y dio un codazo a Anna.

— Vidas rebeldes.

—Te estás retratando —respondió sarcásticamente Helen, y miró el muro de periódico frunciendo los labios—.

¿Lo ves, papá? Todos podemos mencionar las películas de Marilyn Monroe, pero ¿de qué nos sirve?

—En realidad llevó nueve años casada y no siete como el tipo de La tentación vive arriba —dije al periódico. La intención de papá era buena.

—Qué disgusto —gimió mamá.

—Teniendo en cuenta lo mal que Garv os cae a todos, pensé que os alegraríais.

—Lo sé, pero... —Mamá enseguida recuperó el dominio de sí misma—. No digas tonterías, no nos cae mal a todos.

A todos salvo a Claire, que había llegado a conocerlo mejor cuando, de adolescente, se lió con el hermano mayor de Garv (también conocido como Garv). Ella siempre pensó que mi Garv era un encanto, sobre todo desde que le arregló el aparato de música (aunque no te gustaría oírla hablar del Garv mayor).

Pese a la aprobación de Claire, mi Garv se había ganado

—bien que no por su culpa— la fama de tacaño.

Dicho alegato asomó su fea cabeza la primera noche que invité oficialmente a Garv a salir con mi familia.

Llevábamos tiempo tonteando, pero me había dado cuenta de que con él iba en serio y de que había llegado la hora de que conociera a los míos. Con espíritu de celebración, fuimos a Phelan's, el pub local, y el acontecimiento más destacado es que Garv no pagó su ronda.

No Pagar Tu Ronda es un pecado mortal en mi familia, que siempre está compitiendo por superar en generosidad y jovialidad a los demás. A veces, en su lucha por ser el primero en llegar a la barra, casi llegan a las manos.

Aquella noche en cuestión Garv deseaba invitar a mi familia, pero estaba nervioso y era demasiado educado para imponerse por la fuerza. En cuanto el vaso de alguien bajaba por debajo de la mitad, saltaba del taburete, se metía la mano en el bolsillo y preguntaba: «¿Lo mismo?».

Pero en cada ocasión la mesa rugía como el parquet de la bolsa y todos gritaban que se sentara y se guardara el dinero, que nos estaba insultando. Hasta yo me sumé a las voces, arrastrada por el calor del momento. Agobiado por la lluvia de insistencias, Garv volvía a sentarse a regañadientes en el taburete.

El balance neto de la noche fue que papá pagó una ronda, Rachel pagó una ronda, yo pagué una ronda, Anna pagó una ronda, papá pagó entonces otra ronda y Garv se ganó la reputación de tacaño.

Estaba aún candente ese error judicial cuando se produjo el incidente del polo. Una historia que comienza felizmente y termina en tragedia. Un sábado por la tarde Garv y yo estábamos paseando por el centro, entrando y saliendo de las tiendas de ropa con escaso entusiasmo.

Como Garv acababa de comprarse un coche íbamos justos de dinero y buscábamos gangas. Gratis, a ser posible. Por pura casualidad encontramos un polo en el fondo de una mesa de saldos. Para nuestra sorpresa, el polo carecía de las características que normalmente asociarías a las prendas de una mesa de saldos, como tres mangas, el cuello cosido y manchas indelebles de color bilioso. De hecho, era perfecto: la talla ideal, el precio ideal y un color celeste que hacía que sus ojos grises parecieran azules.

Fue al llegar a casa cuando reparamos en el pequeño logotipo encima del bolsillo, la silueta diminuta de un hombre blandiendo un palo de golf que, con la euforia de haber encontrado una prenda con solo dos mangas, no habíamos

visto.

Como

es

lógico

nos

quedamos

consternados, pero decidimos que el logo era tan pequeño que apenas se veía. Además, éramos demasiado pobres para permitir que Garv no se lo pusiera. Así que se lo puso, y lo primero que oigo después es que Garv lleva los mismos polos que papá. Luego empezó a correr el rumor de que jugaba al golf, lo cual no solo era mentira, sino muy, muy injusto.

Garv no era tonto y se daba cuenta de la antipatía que le tenía mi familia. En realidad, era difícil no darse cuenta si cada vez que aparecía en casa Helen bramaba: «¡Por todos los santos, no le dejéis entrar!».

Aunque él nunca respondía a tal exceso de mala educación con mala educación, tampoco se lanzó a una

ofensiva para tratar de ganarse a mi familia, lo cual le habría resultado fácil, pues era dulce y amable la mayor parte del tiempo. En cambio, se convirtió en mi protector frente a mi familia, que interpretó dicha actitud como reserva e incluso hostilidad pura y dura. Y respondió a su vez con reserva u hostilidad pura y dura. La cosa nunca fue fácil, sobre todo en las fechas navideñas.

—Tú y Garv estáis pasando por un bache —dijo valientemente mamá.

Meneé tristemente la cabeza. ¿Acaso pensaba que no se me había ocurrido? ¿Acaso pensaba que no me había aferrado a esa idea, que no había confiado en que solo fuera eso?

—¿Estaba...? —Era evidente que mi padre intentaba formular una pregunta delicada—. ¿Estaba metiendo la mecha donde no debía?

—No. —O quizá sí, pero ese no era el motivo. Tan solo era un síntoma del problema.

—Las cosas no han sido fáciles para vosotros —se lanzó de nuevo mi madre—. Habéis tenido dos...

—Reveses —me apresuré a puntualizar antes de que utilizara otra palabra.

—Reveses. Tal vez necesitáis unas vacaciones.

—Ya tuvimos unas vacaciones, ¿recuerdas? Y fueron un desastre. Nos hicieron más mal que bien.

—¿Por qué no buscáis asesoramiento?

—¿Asesoramiento? ¿Garv? —De haber tenido fuerzas para reírme, lo habría hecho—. Si no me habla ni a mí, dudo que le hable a un desconocido.

—Pero os queréis —dijo mamá con desesperación.

—Pero somos infelices.

—El amor lo puede todo —insistió mamá, como si yo tuviera cinco años.

—No. Es. Cierto —deletreé con un atisbo de histeria en la voz—. ¿Crees que haría algo tan terrible como dejarle si fuera tan fácil?

Eso la sumió en un silencio de esa-no-es-forma-de-hablar-a-tu-madre.

—¿Entonces no piensas contarnos qué está pasando? —

preguntó Helen.

—Ya lo sabéis todo. —Vale, no todo, pero la mujer trufa no era la causa, solo el resultado final.

Helen puso los ojos en blanco en un gesto de desdén.

—Es lo mismo que lo de tu examen de conducir.

Debería haber imaginado que alguien lo sacaría a relucir. El resentimiento seguía latente.

Cuando tenía veintiún años me apunté a clases de conducir, hice el examen y aprobé. Solo entonces se lo conté a los miembros de mí familia, quienes, en lugar de alegrarse por mí, se ofendieron. Se sintieron excluidos, estafados y privados de un drama, y no podían comprender que no les hubiera implicado en él.

«Podría haberte dado una medalla de san Cristóbal para el examen», protestó mamá.

«No la necesitaba. Aprobé sin ella.»

«Podría haberte llevado a practicar con mi coche —se lamentó papá—. Maurice Kilfeather lleva a Angela.»

«Podríamos haberte despedido desde el centro de pruebas», dijo Claire.

Que era exactamente lo que había querido evitar.

Examinarme de conducir era algo que había querido hacer sola. Pensaba que no era asunto de nadie salvo mío. Y si me empeñara en ser franca, tendría que reconocer la cuestión del fracaso: si hubiese suspendido el examen, me lo habrían recordado toda la vida.

Papá finalmente habló.

—¿Qué tal el trabajo?