Maggie ve la luz
Capítulo 36. 221
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Capítulo 36
La sección de llegadas del aeropuerto estaba abarrotada de gente. Además del avión de Dublín, acababa de aterrizar un vuelo de Manila y otro de Bogotá, y miles de familiares se habían personado en salida para recibir a los pasajeros. Yo llevaba cuarenta minutos de pie, estirando el cuello y recibiendo empujones del gentío envasado al vacío.
Cada vez que las cristaleras se abrían para dar paso a otra familia, en algún lugar estallaban aullidos de alegría y otro desplazamiento lateral me hacía tropezar con mis vecinos, mientras la gente intentaba llegar hasta sus visitantes.
Cuanto más tiempo transcurría sin tener noticias de mi familia, mayor era mi optimismo. Quizá habían perdido el avión. Genial. Eso significaba que podía volver a Irlanda hoy mismo. Lástima que no me hubiera traído mis cosas.
Justo cuando había llegado a la conclusión de que no venían, mi alegría se desvaneció. Aunque no podía verles, supe que estaban a punto de aparecer, y no gracias a un sexto sentido, sino a que les oí discutir.
Finalmente
asomaron.
Mamá
con
la
cara
misteriosamente anaranjada, misterio que comprendí más tarde, cuando me percaté de que también tenía la palma de las manos del mismo color. Había vuelto a utilizar el autobronceador. Por mucho que le dijéramos que no lo usaba correctamente, por un oído le entraba y por el otro le salía.
Entonces divisé un trocito de papá, casi invisible detrás de un carro cargado de equipaje hasta arriba. Vestía unos pantalones cortos de color caqui acompañados de varices, calcetines de rombos y zapatos negros de cordones. Detrás iba Anna, y me llevé una sorpresa —de hecho un sobresalto
— cuando la vi. Se había hecho un corte de pelo moderno.
Le quedaba muy bien. Y finalmente apareció Helen, con su melena oscura larga y brillante, sus radiantes ojos verdes y
la boca curvada en una sonrisa de desdén mientras observaba a la multitud. Pese a la distancia que nos separaba, leí en sus labios lo que estaba diciendo: «¿Dónde coño está?». Con un suspiro, abrí los codos, como si me dispusiera a bailar la canción de los pajaritos, y avancé a empujones.
¿El motivo del retraso? Una de las maletas de Anna no había aparecido, y solo después de llenar los formularios la encontraron paseándose en la cinta de Bogotá. El carro tampoco era de gran ayuda. Caprichoso e imprevisible, había despellejado tobillos y magullado pantorrillas. Dicho de otro modo, de haber sido un perro le habrías puesto el bozal.
No obstante, me alegré de verlos más de lo que esperaba y por un momento me sentí protegida; mamá y papá estaban aquí y cuidarían de mí. Pero algo relacionado con las piernas enclenques de papá, blancas y azules, me indicó que no era justo esperar que ellos me cuidaran.
Puesto que yo ya llevaba tres semanas en Los Ángeles, yo cuidaría de ellos aun cuando apenas me sentía capaz de cuidar de mí misma.
Despellejándome los nudillos, conseguí introducir el equipaje en el bloque de pisos de Emily y, bajo un cielo azul, muy azul, puse rumbo a Santa Mónica mientras mi familia discutía mi nuevo aspecto.
—Nunca habías llevado el pelo tan corto —comentó Anna.
—Tuvo que tenerlo corto cuando nació —replicó Helen.
—No, no lo tenía tan corto.
—¿Cómo lo sabes? No estabas allí. Tengo que decir, Maggie —añadió pensativamente Helen— que te queda muy bien. El pelo corto te favorece y tienes un bronceado muy bonito.
Aguardé la coletilla sarcástica, mas no era para mí, sino para mamá.
—Un bronceado muy bonito —repitió Helen—, casi tanto como el de mamá. ¿No tiene un color estupendo? —
preguntó.
—Sí, estupendo.
—Estuve sentada en el jardín de casa —explicó mamá.
—Sí, entre diluvio y diluvio —presionó Helen.
—El sol irlandés a veces es muy fuerte —insistió mamá.
—Debe de serlo si puedes conseguir ese color mientras llueve a cántaros.
El forcejeo continuó hasta que llegamos al Ocean View Hotel, a solo seis manzanas de la casa de Emily. Para mi sorpresa, el nombre del hotel no mentía, podía verse el mar. Lo único que lo separaba de la vasta extensión de Pacífico era una carretera, una hilera de palmeras y un carril de bicicletas.
—Mira —dijo Anna, emocionada, cuando dos rubias de un metro ochenta con coleta y piel bronceada pasaron patinando—. Bienvenidos a California.
El hotel era agradable y luminoso y tenía la piscina y las sombrillas anunciadas en los folletos, pero mamá parecía nerviosa y distraída y se puso a deambular por la habitación, abriendo cajones y tocándolo todo. Solo se relajó cuando descubrió que no habían pasado el aspirador por debajo de la cama. Es una mala ama de casa y detesta que alguien la supere en limpieza.
—Se está bien aquí —reconoció al fin. Helen se mostró menos impresionada.
—Hemos estado a esto —alzó los dedos pulgar e índice
— de alojarnos en el Chateau Marmont.
—Me dijo que era un convento—replicó mamá, indignada—. De no ser por Nuala Freeman, que me explicó qué clase de lugar era en realidad...
—Elegante —le interrumpió Helen—. Lleno de estrellas del cine y el teatro. Habría estado genial.
Una razón por la que habían venido a Los Ángeles, por lo menos papá y mamá, era porque estaban preocupados por mí. No habían ni empezado a deshacer las maletas cuando me llamaron para que les hablara del estado de mi salud emocional. Mamá me acorraló en un rincón, acercó su cara atribulada (y naranja) a la mía y preguntó con voz queda:
—¿Cómo has pasado estas últimas semanas desde...? En fin, ya sabes... —De cerca tenía el cuello veteado, pero sus ojos eran bondadosos y me pregunté por dónde debía empezar. «Descubrí que mi marido tiene efectivamente una novia, luego tuve una ligera atadura con un hombre narigudo que no me llamó, volví a ver a Shay "La Primera Ruptura Es La Más Dura" Delaney, que hizo lo posible por mostrarse indiferente aun cuando siempre existirá un vínculo entre nosotros, al menos en mi cabeza, me enrollé con una mujer que tiene los pechos de silicona y también ella me rechazó. He estado en lugares muy oscuros y me he comportado de forma tan impropia de mí que me he asustado y sigo sin saber qué será de mí, de mi vida, mi futuro y mi pasado.» ¿Por dónde debía empezar? ¿El sexo lésbico? ¿El momento en que Troy me ato a la cama?
—Estoy bien, mamá—respondí débilmente.
Siguió mirándome con cariño y observé que se había dejado un trozo sin broncear debajo de la oreja. Por alguna razón eso me llenó de ternura.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Gracias a Dios —susurró—. Temía que fueras a volverte un poco... tarumba.
—¿Y cómo están las cosas por casa? —pregunté, deseosa de cambiar de tema.
—¿Te enteraste de que entraron a robarnos?
—¡No! ¿Cómo fue?
Acercando aún más su rostro naranja al mío, mamá me relató el suceso. Al parecer, una mañana que papá bajó a la
cocina a preparar una taza de té para mamá, se encontró a un joven desconocido que subía por la escalera.
«Buenos días», le saludó papá, pues un joven desconocido subiendo por la escalera no era, en sí, algo inusual. Con cinco hijas, las probabilidades de que se produjeran esa clase de encuentros eran muchas. Papá observó entonces que el joven tenía dos de sus trofeos de golf debajo del brazo. Y que el microondas estaba junto a la puerta principal. Y también la tele. «¿Qué haces con mis trofeos de golf?», preguntó.
«Joder!», espetó malhumorado el joven, tras lo cual tiró los trofeos al suelo, corrió escaleras abajo y salió a la calle.
Fue entonces cuando papá vio la llave dentro de la cerradura de la puerta —allí abandonada cuando Helen llegó a casa por la noche— y comprendió que el joven no era el cisne de ninguna de sus hijas, sino un caco oportunista y madrugador.
—Gracias a Dios que tu padre se levantó —continuó mamá—. De lo contrario nos habrían robado hasta la cama donde dormíamos. Y otra noche Anna llegó a casa achispada, puso a calentar unas judías y se durmió.
—Yo aún estaba allí cuando eso ocurrió.
—¿De veras? Podríamos haber ardido en nuestras camas. Aunque —añadió meditabunda— supongo que podemos considerarnos afortunados por tener camas que quemar, tal y como van las cosas. Y ahora dime —mamá cambió bruscamente de tema y su voz se redujo a un susurro—, ¿ me he pasado con mi cara?
—No, mamá, estás muy guapa.
—El color es falso. Me puse un poco de crema y como no ocurría nada, me puse un poco más, un buen puñado, y cuando esta mañana me miré al espejo, me encontré con esto.
—Ya sabes que el color tarda en aparecer, mamá. Te hemos dicho muchas veces que tienes que esperar.
—Lo sé, pero siempre temo no haberme puesto suficiente. En cualquier caso, creo que es maravilloso tener un poco de color, aunque Helen no para de meterse conmigo.
—Puede que esté celosa.
—¡Celosa! —De pronto mamá lo entendió todo—.
¡Claro! Por eso se comporta así. Pero tú estás bien,
¿verdad? Y vendrás pronto a casa, ¿verdad?
A renglón seguido, papá llevó a cabo la misma investigación sobre mi estado de ánimo, si bien, al ser un hombre y, peor aún, irlandés, lo hizo de forma más indirecta y sin mirarme a los ojos.
—Tienes buen... aspecto —dijo.
—Estoy bien, papá.
—¿Estás comiendo... como es debido?
—Sí, papá. Estoy bien y no tienes que preocuparte por lo que me dijiste acerca de Garv.
—¿Entonces era su prima? —preguntó.
—No, no lo era, pero no te preocupes, estoy bien. Ahora me iré a casa para que podáis descansar y nos veremos mañana.
Los lamentos me indicaron que mi comentario no había gustado.
—¡En Irlanda es medianoche! —protesté—. ¿Y el jet lag?
—La mejor forma de superar el jet lag es tratar de permanecer despierto y acostarse a la hora habitual —dijo mamá. La miré extrañada. ¿Desde cuándo se había convertido en una experta en viajes?—. Me lo dijo Nuala Freeman.
—Oh, entonces si Nuala Freeman lo dijo, tiene que ser verdad —repuso Helen con acidez. Y estuve de acuerdo con ella. Nuala Freeman debía de ser una plasta.
—Y tenemos que cenar —añadió mamá—. ¿Cómo vamos a acostarnos sin haber cenado? —Son criaturas de hábitos, mis padres.
—¿Es demasiado tarde para ir a Disneylandia? —
preguntó papá.
—Son casi las cuatro, atontado —contestó Helen.
—Por lo visto está abierto hasta medianoche —intervino mamá—. Me lo dijo Nuala Freeman.
Antes de que Helen pudiera reunir una multitud para linchar a Nuala Freeman, me apresuré a explicar a papá que Disneylandia estaba a dos horas de camino en coche y que sería mejor que fuéramos otro día. Les aconsejé que deshicieran el equipaje y disfrutaran de un rato en la piscina, y que luego podríamos salir a cenar.
—¿Y vosotras? —pregunté a Helen y Anna. Seguro que querrían salir por su cuenta, emborracharse y buscar dioses del surf, pero decidieron venir porque tenían que comer y pagaba papá.
—¿Y Emily? —preguntó mamá—. Le dije a la madre de Emily que pasaría por casa de su hija para asegurarme de que come bien y se cuida.
—Emily está muy ocupada —contesté, pero mamá puso esa cara que ya sabes—. De acuerdo —cedí—, pero será mejor que le devuelva el coche por si lo necesita. Le diré que iremos todos a verla más tarde.
—¿Y regresarás enseguida?
—Sí.
Llegué zumbando a casa, comuniqué a una Emily exhausta que mi familia pasaría a tomar una copa antes de ir a cenar, regresé al Ocean View y pasamos un par de horas agradables deshaciendo maletas y discutiendo.
A las seis salvamos a pie las seis manzanas que separaban el hotel de la casa de Emily. Aunque estábamos en Santa Mónica —donde de vez en cuando veías a alguien trasladarse de A a B sin ayuda rodada—, la imagen de cinco personas caminando con sus patas traseras causaba casi tanto asombro como el que debió de producir en la prehistoria que los moradores de los árboles bajaran a
tierra firme e intentaran andar. Los coches reducían la velocidad y nos miraban como si fuéramos bicéfalos.
—¿Qué les pasa? —preguntó mamá al enésimo bocinazo
—. Helen, ¿qué has estado haciendo?
—¡Nada! —Su voz no sonaba inocente, así que me relajé. Era precisamente cuando sonaba inocente cuando tenías que preocuparte.
Al llegar a la calle de Emily, Helen reparó en la tienda de equipos de vigilancia y nos obligó a entrar para interrogar al hombre sobre la finalidad de cada chisme.
—Básicamente son para uso doméstico —explicó—.
Tenemos cámaras ocultas y micrófonos diminutos en el caso de que sospeche que su marido tiene un lío y decida grabar sus... actividades.
El tono jocoso del hombre daba a entender que le parecía imposible que un marido de Helen tuviera alguna vez un lío y hubiera que grabarlo, pero de repente un velo cayó sobre nuestro pequeño grupo y todos evitaron mirarme.
—También facilito detectives privados.
—¡Detectives privados! —El rostro de Helen se iluminó aún más—. No me importaría ser detective privado.
—¡Hora de irse! —ordenó papá con voz temblorosa. No creo que pudiera soportar aún otro cambio de profesión por parte de Helen.
Cuando pasamos por delante de la casa de Mike y Charmaine, Mike se levantó y nos dio un repaso muy poco espiritual a través de la ventana. Y mientras Helen y Anna avanzaban por el caminito de la casa de Emily, la sábana sucia y raída que hacía de cortina en la ventana de las perillas sufrió unos tirones... Convulsivos.
Emily, la pobre, seguía trabajando en Chip el perro y estaba molida.
—Hola, señora Walsh. Vaya, qué buen color trae.
Mamá titubeó y acabó por alardear.
—Me pongo morena muy fácilmente.
Entramos en la sala, donde encontramos a Justin y Desiree. Habían venido para ayudar a Emily con las partes más perras del guión.
—¿Cómo va la anorexia de Desiree? —pregunté, succionando las mejillas para imitar una delgadez extrema.
—Mucho mejor desde que empezó a tomar Prozac —
aseguró felizmente Justin.
Ya. Por un momento había pensado que la normalidad nos estaba haciendo una visita. Era evidente que me equivocaba.
Descorchamos vino e hicimos las presentaciones.
—¿A qué se dedica? —preguntó papá a Justin. Papá solo lograba relajarse con la gente cuando sabía en qué trabajaban. Era feliz en compañía de funcionarios locales.
—Soy actor, pero...
—¡Es cierto! —exclamó mamá—. Le he visto.
—¿De veras? —Era evidente que a Justin jamás le había ocurrido nada igual.
—Sí, en Space Hogs, ¿verdad? Le enviaron a ese planeta y aquella especie de planta con escamas se lo comió.
—Eh, sí. ¡Sí! —La cara de bollo de Justin se iluminó—.
Ese era yo.
—Me encantó su actuación, pero, si quiere que le sea sincera, creo que fue una estupidez que les enviaran a usted y al otro cabo a ese planeta. Cualquier persona con un poco de sentido común habría comprendido que no iban a durar ni cinco minutos con esa planta.
—¡Tiene usted toda la razón! El caso es que...
Mientras Justin explicaba lo del gordo prescindible a mamá, vi entrar a Mike y Charmaine. Dijeron que venían a comprobar cómo le iban las cosas a Emily en su casa recién purgada, pero yo sospechaba que habían venido a curiosear.
Papá se alegró mucho de que Mike trabajara en una compañía de seguros médicos, algo que yo ignoraba.
Siempre le había imaginado en un empleo más excéntrico, más etéreo. Emily presentó a Mike a mamá.
—Esta —dijo con dramatismo— es mamá Walsh. Y
este... —Emily se volvió hacia Mike, pero mamá la interrumpió con su sonrisa más encantadora.
—Ya sé quién es.
—¿De veras? —preguntó Mike.
—Sí. Tienes muchos amigos famosos —dijo mamá a Emily. Luego miró de nuevo a Mike—. Usted escribe libros de viajes, ¿verdad? ¿Y no tuvo su propia serie de televisión durante un tiempo? ¿Cómo se llama?
—Mike Harte —respondió cortésmente Mike.
—No, no. Empieza por W. Lo tengo en la punta de la lengua. ¿Cómo era?
—Mike Harte —repitió Mike con igual cortesía.
—¡No! Ya lo tengo. Bryson, Bill Bryson, ¿verdad?
—No, mamá Walsh.
—¿Está... está seguro?
—Muy seguro.
Se produjo un silencio incómodo y la cara de mamá adquirió un tono extrañamente morado. Solo se me ocurrió que estaba enrojeciendo debajo del bronceado.
—Lo siento, se parece mucho a él.
—No se preocupe —respondió Mike con suma amabilidad.
—¡Tengo una sorpresa! —exclamó Emily en un torpe intento de cambiar de conversación—. ¡Ha llamado Lara! —
Instintivamente hice una mueca de dolor, segura de que la mera mención de su nombre transmitiría psíquicamente a mamá que me había acostado con ella—. Doves, la película en la que Lara está trabajando, se estrenará mañana y estáis todos invitados.
Como es natural, la noticia provocó una gran excitación y contribuyó a olvidar lo de Bill Bryson.
—¿Habrá gente famosa? —quiso saber Helen.
—Puede. Pero ¿sabes quién estará allí? —aulló Emily, todavía en su papel de superanfitriona—. ¡Shay Delaney!
¿Te acuerdas de Shay Delaney, mamá Walsh?
—Por supuesto. —Mamá recuperó rápidamente su aplomo—. Era un chico encantador. Será un placer volver a verle.
Me lo tragué hasta el fondo. Me negaba a sentirlo, fuera lo que fuese que debía sentir. Ya tenía suficientes emociones que afrontar.
Mamá volvía a dominar el cotarro, y aunque estábamos en casa de Emily, era ella la que, actuando como una auténtica matriarca irlandesa, llenaba las copas de la gente y se aseguraba de que estuvieran a gusto. Pero cuando intentó llenar por segunda vez la copa de Charmaine, esta protestó.
—Ya he tomado una.
—Tómate otra—insistió mamá como hacen las mamas irlandesas—. No hay pájaro que vuele con una sola ala.
Charmaine ladeó la cabeza y repitió lentamente:
—No hay pájaro que vuele con una sola ala. Qué bonito.
Qué sabiduría.
¿Estaba siendo sarcástica?, me pregunté, pero no percibí maldad en ella.
—Perdone —se disculpó—, tengo que decírselo a Mike.
—Esa chica es todo dulzura —dijo mamá con recelo, mientras contemplaba la espalda esbelta de Charmaine y el balanceo de sus trenzas.
—Es una persona muy espiritual —expliqué.
—Oh, ¿es católica? —preguntó mamá, más animada.
—No. Ha dicho espiritual —corrigió Helen, que había seguido la conversación.
Estaba claro que mamá se había convertido de repente en objeto de gran interés para Mike y Charmaine, pues no paraban de mirarla.
Cuando Anna empezó a debilitarse por los efectos del jet lag y mamá la regañó diciendo «Levanta ese ánimo, eres
como un árbol sobre un pozo sagrado», Mike dio un codazo a Charmaine y ambos, maravillados, se repitieron el uno al otro: «Un árbol sobre un pozo sagrado».
Siguió una breve pero intensa conversación entre ellos.
Luego Charmaine propinó un empujoncito a Mike y dijo:
—Pregúntaselo.
—No, pregúntaselo tú —contestó él.
Sus cabezas se juntaron de nuevo y, tras otra pequeña charla, Mike dio un golpecito a mamá en el hombro.
—Debemos irnos. Hoy es nuestra noche de meditación.
—Parecía disgustado—. Pero ha sido un placer conocerla, mamá Walsh. Nos estábamos preguntando si, durante su estancia en Los Ángeles, le gustaría apuntarse a nuestras noches de narración de fábulas.
Por supuesto, mamá estaba encantada.
Sencillamente encantada. No obstante, tenía que fingir lo contrario, porque así se hacían las cosas en su mundo.
—Voy a estar muy ocupada. Tengo que ir a un estreno mañana por la noche y mi marido quiere que le acompañe el jueves. —Estaba haciendo muy bien lo de parecer importante e indulgente hasta que añadió—: A Disneylandia.
—Podemos buscar un día que a usted le vaya bien.
—¿Qué le parece el jueves por la noche, cuando vuelva de Disneylandia? —sugirió Charmaine.
—No puedo prometer nada —respondió solemnemente mamá— , pero haré lo posible.
—Esperaremos el jueves con impaciencia.