Maggie ve la luz

Marian Keyes · Capítulo 8 de 49

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Maggie ve la luz

Capítulo 8. 59

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Capítulo 8

Emily me recogió de la playa por la tarde. Cuando llegamos a casa seguía sin haber llamada de David Crowe.

Su desesperación invadió la casa.

—La falta de noticias son buenas noticias —dije.

—Te equivocas —replicó Emily—. La falta de noticias son malas noticias. Te ocultan las malas noticias y se cubren de gloria con las buenas.

—Entonces, llámale tú.

Emily soltó una risa amarga.

—Es más fácil obtener una invitación para el estreno de una película de Tom Cruise que hablar con un agente que no quiere hablar contigo.

Aun así, le llamó. Y no «estaba en su mesa en ese momento».

—Apuesto a que «estaría en su mesa» si le hubiera llamado Ron Bass —dijo Emily con pesar.

Supuse que Ron Bass era un guionista famoso.

—Siento una necesidad extraña pero apremiante de pillar una buena curda —prosiguió—. ¿Podría tu jet lag soportar una salida nocturna?

—¿En qué estás pensando? —¿Iba a tener que salir con una pandilla de chicas y bailar el «I Will Survive» como siempre les ocurría a las mujeres que acababan de separarse?

—¿Qué me dices de una cena en un sitio agradable?

—¡Estupendo! —El alivio de no tener que vérmelas con Gloria Gaynor hizo que mi entusiasmo resultara exagerado.

—Así me gusta. ¿Sabes una cosa? —dijo Emily con aire pensativo—. Lo que necesitas es soltarte el pelo. —Aunque Emily apreciaba a Garv, siempre pensó que me había perdido las tan necesarias juergas de juventud por haberme casado tan pronto—. Enloquece un poco mientras estás aquí.

—Ya veremos —dije evasivamente. Cielos, como si no lo supiera...

—Llamaremos a Lara. A Lara le gusta beber. Y a Connie. Y a Troy. Y a Justin.

Tras una rápida ronda de llamadas, Emily entró en su habitación y a los pocos minutos salió con ese aspecto suyo impecable. Bang, bang, bang, bang, como si fuera así de fácil. El vestido, los tacones, el bolso, el pelo sedoso y brillante, brillante, brillante.

Abrió su estuche de pinturas mágico y compartió conmigo algunos de sus conocimientos. Me untó una crema en los labios, «para que parezca que te ha picado una avispa». Me rizó las pestañas con un aparatito (creo que se llamaba rizador de pestañas). Por último sacó un tubito y dijo:

—Esto acabará con tus ojeras del viaje.

—No lo necesito —repuse con suficiencia—. Tengo mi Radiant Nosequé.

—Espera a probar esto. —Extendió un poco de crema sobre mis ojeras y enseguida noté que la piel se contraía.

—¿Qué es? ¿De qué marca es?—Estaba decidida a abalanzarme sobre un mostrador de cosmética y entregar la pequeña fortuna que sin duda costaba esta crema mágica.

—Es Anusol.

—¿Qué?

—Pomada para las hemorroides, a cinco dólares el tubo.

Va de miedo. Todas las modelos la usan.

¿Entiendes ahora cuando digo que Emily siempre está a la última?

Unos segundos de pinzas alisadoras en el pelo, un poco de aloe vera en el dedo anular —me había quemado el trocito de piel donde antes había estado mi alianza— y listas.

Emily se encaminó hacia la puerta envuelta en un coro de pequeños chasquidos. El tap-tap de los tacones, el plac

de la hebilla del bolso, el clic del mechero, el clac-clac de las uñas. La adoraba.

Íbamos a un restaurante del Sunset, dijo. El tal Troy no podía venir, y tampoco Connie, que estaba muy atareada con los preparativos de su boda, pero Lara y Justin sí podían.

—¿Están casados? —pregunté.

Emily rió.

—Qué va. Los dos están solteros.

—¿Solteros solteros?

—¿Cuántas clases hay?

—Los solteros divorciados.

Con una mirada compasiva, Emily aclaró:

—Son solteros solteros.

Mientras conducíamos, las palmeras se perfilaban en el horizonte. El sol empezaba a descender y el cielo mostraba diferentes tonos; azul claro en la base y más oscuro y luminoso arriba, donde las primeras estrellas brillaban como agujeros de alfiler en una tela.

Dejamos atrás gasolineras con luces de neón, moteles que ofrecían camas de agua, carteles en español, letreros de comida mexicana, quiroprácticos y casas con muchos números. No era posible que hubiera veintidós mil casas en esa calle, ¿o sí?

—Es posible —aseguró Emily—. Sunset mide unos treinta kilómetros.

Sunset. Se refería a Sunset Boulevard. Voy en coche por Sunset Boulevard, pensé, sintiéndome como en una película.

En un cruce de calles había un hombre sosteniendo un trozo de cartón raído en que se leía con letras grandes y torcidas: SE BUSCA ESPOSA. Mostraba hasta un número de teléfono. Lo más curioso era que el hombre tenía un aspecto muy presentable.

—Ahí lo tienes, Maggie —dijo Emily, señalándolo—. Que gane la mejor.

—Ya estoy casada —respondí instintivamente.

Con qué facilidad se olvida una.

Nos detuvimos frente a un gran hotel blanco y se nos acercó un grupo de jóvenes varones. Por un absurdo momento pensé que se debía a mis labios de picadura de abeja y mis pestañas riza das, pero resultaron ser aparcacoches.

—¿No me digas que les das las llaves del coche, te lo aparcan y al salir te lo traen? —Sabía que esas cosas ocurrían, pero nunca lo había visto en plena acción.

Siempre me ha estresado aparcar, así que me deshice en elogios por tan civilizada idea.

—Pero te lo cobran —me aclaró rápidamente Emily—, no lo hacen por amor al arte. Y hay que darle una propina al conductor. Bueno, ya hemos llegado.

Era un lugar concurrido y vibrante. Todo el mundo estaba moreno e impecable. Aun así, no me pidieron que me marchara, y me gustaron por eso.

En cuanto nos sentamos, Emily dijo:

—Por ahí viene Lara.

Vi a una mujer alta y rubia contonearse entre las mesas y en lo único que pensé fue en un campo de trigo mecido por el viento. Tenía un resplandor especial, como si se hubiera sumergido en almíbar dorado. Había muchas personas guapas en el restaurante, pero probablemente ella era la más hermosa de todas.

—¡Yujuuu! —exclamó cuando Emily nos presentó.

—Yuju —contesté. Yo habría dicho «Hola» o «Encantada de conocerte», pero estaba deseosa de encajar.

Llegó el camarero. O debería decir más bien que se alzó el telón. Me habían contado que todos los camareros de Los Ángeles eran actores en paro, y aquel Adonis era tan bello y de aspecto tan moderno que tenía que ser actor.

—Hola, señoritas —nos deslumbró—. Me llamo Deyan.

Esta noche soy su servidor y les daré hasta que les duela.

—¿Quién es? —Lara le miraba atónita—. ¿Kevin Kline en In & Out o ese tipo de Will and Grace?

«Oh, no, otra vez tú», fue la mirada alarmada de Deyan.

—Es mi interpretación de Jack en Will and Grace —

admitió a regañadientes.

—¡Lo sabía! —Lara estaba feliz—. ¿Sabes una cosa, Deyan? Esta noche no estoy de humor para Jack. Sírvenos a lo... —Nos miró a Emily y a mí—. ¿A quién queremos? Decid un actor. ¿Arnie? ¿Ralph Fiennes?

—A mí me gusta Nicolás Cage —confesé.

—¿Qué te parece? —preguntó Lara a Deyan.

—¿Qué película? —inquirió malhumorado.

—¿ Corazón salvaje? —sugerí—. ¿ City of Angels?

Deyan calló y se abstrajo. Creí que le habían disgustado mis sugerencias, pero entonces su cuerpo se tornó desgarbado.

—Dabuten, nena—dijo, arrastrando las palabras.

Había pillado el encanto de los párpados caídos de Nic a la perfección.

No fue hasta que me oí reír cuando me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no encontraba algo gracioso.

—¿Qué os sirvo, preciosas? —preguntó lentamente.

—Vodkatini con Gray Goose, sin hielo y cuatro aceitunas

—dijo Lara.

—Martini de manzana con Tanqueray y hielo troceado

—pidió Emily.

—Lo mismo —mascullé—. El de manzana.

—¡Pequeña, eso está hecho!

Tengo que reconocer que esa Lara me tenía pasmada.

Cuando atisbé por primera vez su pelo ondulado con vetas melifluas y su cuerpo terso y dorado, enseguida me dije que si buscaras en el diccionario la palabra «bobalicona», aparecería al lado una foto de ella.

Pero además de hermosa era inteligente. No estaba segura de que eso fuera justo.

Al otro lado de la barra, Deyan se detuvo en seco, descendió como si fuera a apoyarse en una rodilla, frenó a treinta centímetros del suelo, se volvió hacia nosotras, nos señaló con un dedo y nos guiñó un ojo. Articuló con los labios algunas palabras, una de las cuales fue sin duda

«pequeña». Debía admitir que se estaba esmerando.

Regresó con las bebidas. Todavía metido en su personaje, dijo:

—Y los platos del día son...

Mi cerebro enseguida adquirió el estado de salvador de pantallas. No podía evitarlo. Quería saber cuáles eran los platos del día, pero el acto de mantener la mirada fija en los ojos de otra persona durante mucho tiempo minaba mi capacidad de escucha. Era inevitable.

—... bla, bla, bla con salsa bla...

—Oooh —murmuré mientras asentía con la cabeza, todavía atrapada en ese espantoso contacto ocular.

—... bla, bla, bla servido con bla, bla y bla.

—¿Alguien le ha escuchado? —preguntó Lara cuando Deyan se hubo marchado—. Yo siempre me quedo out nada más empezar.

Dichosa de no ser la única, exclamé:

—Es como cuando alguien me da indicaciones sobre cómo llegar a un lugar. Toda la energía se me va en asentir con la cabeza y parecer atenta.

—¡Bingo! —dijo Lara (gran cumplido en Estados Unidos de América)—. A mí me pasa lo mismo. Siempre pillo el principio, «Gire a la derecha», pero luego hacen un revoltillo con las palabras y solo me entra una de cada veinte.

—Segundo semáforo —dije.

—Izquierda en Doheny. ¿De dónde la has sacado? —

Lara me señaló mientras miraba a Emily—. ¡Es genial!

Su efusiva cordialidad era exagerada, pero en cualquier caso me ayudó a sacudirme, en parte, mi sensación de

imperfección. ¿Quién o qué era esta Lara? Por lo visto trabajaba en una productora.

—¿Una productora de cine?

Me miró pasmada, como diciendo «¿Hay otras clases de productoras?», antes de asentir con la cabeza.

—Sí, de cine. Una productora independiente.

—Eso significa —intervino Emily— que hacen películas inteligentes.

—Pero poco dinero —bromeó Lara.

—¿Mucho ajetreo esta semana? —preguntó Emily.

—No. Las próximas dos semanas las pasaré organizando la fiesta del estreno de Doves, pero ahora me estoy dando una tregua.

—Yo voy sobrada de treguas —suspiró Emily.

Yo escuchaba atentamente. Lo de «tregua» parecía querer decir «descanso». Una de la razones por las que me gusta venir a Estados Unidos es porque aprendo lo último en argot antes de que este llegue a Irlanda. Que yo sepa, fui la primera nativa que utilizó la expresión nobrainer, que adquirí en un viaje a Nueva York para ver a Rachel.

Es como ver las grandes películas seis meses antes de que lleguen a los cines de Irlanda.

—Probablemente el resto de mi vida se convierta en una tregua eterna. —Emily se estaba poniendo quejica—.

Jodido agente.

—¡Solo han pasado tres días! —le riñó Lara—. Dale una oportunidad.

—Cinco días. Desde el viernes pasado.

—Tres días laborales. Eso no es nada. ¿Cómo te va con el nuevo guión?

—Mal, muy mal.

—Porque tienes la autoconfianza por los suelos. Mira, por ahí viene Justin.

Justin no era lo que se dice guapo. Llevaba gafas, tenía unos rizos negros cortos y apretados, y estaba más bien fofo. Seguramente solo estaba un par de kilos por encima

de su peso óptimo, pero como todo el mundo en Los Ángeles era tan delgado, él, en comparación, parecía gordo.

—Lamento el retraso, chicas. —Su voz era demasiado fina para un hombre—. Desiree está muy deprimida y no quería dejarla sola.

Supuse que Desiree era su novia, pero resultó ser su perra. Emily me dijo que Justin era actor.

—¿Es posible que te haya visto en algo?—le pregunte.

—Puede. —No pareció tomarse la pregunta demasiado en serio—. Me dan papeles de tipos gordos prescindibles.

Por ejemplo, cuando aterrizan en un planeta y un nativo con cara de pocos amigos se carga a un miembro de la tripulación, ese soy yo, el nativo. O el policía que muere en un tiroteo.

—No te quejes —dijo Emily—. Te sale el trabajo por las orejas.

—¡Es cierto! —exclamó Justin—. En Planet Movie se necesitan tipos gordos para explotarlos a base de bien. ¿Y

bien? —preguntó a Emily—. ¿Cómo fue la cena a ciegas del sábado?

—No me hables —gimió Emily—. El caso es que llegué y Al, el tipo que me habían asignado, no estaba nada mal.

—Mala señal —bromeó Lara.

—Me contó que trabajaba en la donación de órganos y decidí que tenía que enamorarme de él. Este hombre salva vidas, pensé. Entonces le pedí que me hablara de su trabajo.

—Craso error en esta ciudad —me comentó Lara—. Le pides a alguien que te pase la jarra de agua y te obsequia con un monólogo de diez minutos sobre lo estupendo que es.

Emily asintió con la cabeza.

—El trabajo de Al consiste en personarse en los accidentes de tráfico para comprobar los órganos de las víctimas, así que se pone a hablarme de un accidente en

concreto. El hombre había sido, agarraos, decapitado. «La cabeza había salido disparada treinta metros», me cuenta Al. «No la encontraron hasta el día siguiente. Había ido a parar al jardín de una casa. La encontró el perro.»

—Puaj —mascullaron Lara y Justin.

—Me dio la impresión de que disfrutaba en exceso contándome esa parte —prosiguió Emily—. Tuve que ir al lavabo y cuando regresé, estaba diciendo a toda la sala:

«EL PERRO LA ENCONTRÓ EN EL JARDÍN». No obstante, congenié mucho con Lou, otro tipo. Le di mi número de teléfono, pero no me ha llamado. —Inopinadamente sobria, declaró—: No consigo tener una relación y nadie quiere mi trabajo. Soy el mayor fracaso que he conocido en mi vida.

—No es cierto —la consolé. Tragué saliva y me obligué a decirlo—. Yo estoy a punto de divorciarme. No se me ocurre un fracaso mayor.

—Por lo menos has estado casada —repuso Emily—.

Aunque ahora mismo me contentaría con un poco de sexo.

Gracias al chapucero aumento de pene de Brett, llevo casi cuatro meses sin acostarme con un hombre. ¿Y tú, Maggie?

—No tanto. —Me daba vergüenza hablar de eso delante de Lara y Justin. Ya había sido bastante duro revelar que me estaba divorciando.

—Pues yo —comentó Lara con expresión radiante—

llevo ocho años sin acostarme con un hombre.

Tenía que ser una broma. Se hizo el silencio y esperé el chiste final. Más que nada porque esa mujer era lo más. Si ella no conseguía ligar, ¿qué podían esperar las demás?

—¿Lo dices en serio?

—Totalmente.

Había oído hablar de mujeres como Lara. Emily había dicho que en Los Ángeles las había a miles. Mujeres espectaculares, inteligentes y sin excesivas neuras, pero heridas por tantos hombres capaces de conseguir a todas las mujeres que desearan en esta ciudad, que habían decidido tirar la toalla y bloquear sus emociones.

—Pero ¿porqué?

—Soy gay.

Gay. Lara era lesbiana. Era la primera vez que conocía a una lesbiana de carne y hueso. Por lo menos, que yo supiera. Conocía a un montón de hombres gay, pero lo de Lara era nuevo para mí y no supe qué decir. ¿Felicidades? Y

un cuerno, ¿eres demasiado atractiva?

—Lo siento —se disculpó Lara con una carcajada—. Me he pasado.

—¿Entonces no eres gay? —De repente volví a sentirme cómoda.

—Sí lo soy.