Maggie ve la luz
Capítulo 2. 13
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Capítulo 2
No cruzamos una palabra en toda la noche. Quizá debí exigirle detalles: ¿quién era ella?, ¿desde cuándo? Pero ese no era mi estilo y después de todo lo que habíamos pasado últimamente no me quedaban fuerzas para luchar.
Ojalá me pareciera más a mis hermanas, unas artistas a la hora de expresar su dolor, expertas en dar portazos, aplastar teléfonos, lanzar objetos contra las paredes y gritar. El mundo entero tenía que enterarse de su rabia-decepción-hombre traidor-ratón de chocolate que faltaba en la nevera. Pero yo había nacido sin el gen de la diva, de modo que cuando la adversidad me alcanzaba, generalmente la guardaba en mi interior, donde le daba vueltas y más vueltas tratando de comprenderla. Mi desgracia era como esos pelos que crecen hacia dentro y se hacen un ovillo cada vez más grande bajo la piel. Sin embargo, todo lo que entra tiene que salir, y mi dolor salía invariablemente en forma de eczema en mi brazo derecho.
Barómetro infalible de mi estado emocional, esa noche me picaba tanto que me rasqué hasta hacerme sangre.
Me acosté antes que Garv y, para mi sorpresa, conseguí conciliar el sueño. ¿La conmoción, quizá? Transcurrido un tiempo indeterminado desperté y permanecí tumbada, mirando fijamente el manto de oscuridad. Debían de ser las cuatro de la madrugada. Las cuatro de la madrugada es el momento más desapacible del ser humano, cuando tenemos más bajo el ánimo. Es el momento en que la gente enferma muere. El momento en que la gente torturada se derrumba.
Tenía la boca pastosa y me dolía la mandíbula. Mis dientes habían estado rechinando otra vez. No me extrañaba que la muela siguiera reclamando mi atención en un último y desesperado grito de auxilio antes de que acabara de hacerla papilla.
Con una mueca de dolor, hice frente a la desagradable revelación: Garv y la mujer de las trufas. ¿Estaba realmente liado con ella?
Presa de dolor, acepté que probablemente lo estaba.
Había indicios. Visto con objetividad, debía concluir que decididamente lo estaba. No obstante, ¿no parece siempre diferente cuando es tu propia vida la que está en el punto de mira?
Había temido tanto que ocurriera algo así que casi me había preparado para ello. Sin embargo, ahora que parecía una realidad, me daba cuenta de que en absoluto estaba preparada.
A Garv se le había iluminado el rostro al ver «sus»
trufas... Había sido espantoso presenciarlo. Sin duda ocultaba algo, pero me resultaba demasiado doloroso aceptarlo y opté una vez más por la incredulidad. Si me estuviera engañando con otra, me habría dado cuenta, ¿o no?
Lo lógico habría sido preguntárselo directamente y poner fin a mis conjeturas, pero seguro que mentía como un cosaco. O peor aún, seguro que me decía la verdad. Sin venir a cuento, me asaltaron frases de una película de serie B. «¿La verdad?—Acompañada de un labio arrugado—. ¡No podrías SOPORTARLA!»
Mi cabeza seguía dando vueltas. ¿Sería una compañera de trabajo? ¿Era posible que yo la hubiera conocido en la fiesta de Navidad de su empresa? Hurgué entre los recuerdos de aquella noche en busca de una mirada sospechosa o un comentario con segundas, pero solo recordaba a Garv bailando el horá con Jessica Benson, una colega. ¿Podía ser ella? Aunque había estado muy simpática conmigo. Por otro lado, si yo me estuviera acostando con el marido de otra, probablemente también me haría la simpática...
Además de las mujeres con las que Garv trabajaba, estaban las novias y esposas de sus amigos y también mis
amigas. Me avergonzaba pensarlo siquiera, pero no podía evitarlo. De pronto ya no me fiaba de nadie y sospechaba de todos.
¿Y Donna? Ella y Garv se reían como locos y, para colmo, ella le llamaba doctor Amor. Sintiendo un escalofrío, recordé haber leído en algún lugar que los apodos eran una prueba irrefutable de que entre dos personas había tomate.
Con un leve suspiro descarté a Donna. Era una de mis mejores amigas. Me resultaba imposible creer que pudiera hacerme algo así. Además, por razones que solo ella conocía, estaba loca por Robbie, el excéntrico. A menos que fuera un pretexto, claro.
Lo que realmente me convenció de que Garv no estaba liado con Donna era el hecho de que esta le había hablado de sus callos. De hecho, se había quitado la bota y el calcetín y le había plantado el pie en las narices para que viera lo asquerosos que eran, y si tienes una aventura apasionada con alguien no haces esas cosas. Ofreces misterio, sujetadores incómodos y piernas afeitadas las veinticuatro horas del día.
¿Y mi amiga Sinead? Garv era un encanto con ella. Pero apenas hacía tres meses que Sinead había puesto a Dave, su novio, de patitas en la calle. Seguro que estaba demasiado frágil para enrollarse con el marido de su amiga, e incluso para que un hombre normal se le insinuara. A menos que para Garv el atractivo de Sinead residiera en su fragilidad. Pero ¿acaso no tenía suficiente con la mía? ¿Por qué salir a buscar platos rotos cuando en casa tenía un montón de añicos?
De pronto advertí que Garv también estaba despierto.
Lo delató su falsa respiración profunda. Eso significaba que podíamos hablar, solo que en realidad no podíamos. Lo habíamos intentado durante meses.
No oí la inspiración que antecede a la palabra, por eso me sobresalté cuando la voz de Garv alteró el negro silencio.
—Lo siento.
Lo siento. No podría haberme dicho nada peor. Las palabras flotaron tenazmente en la oscuridad, resonando en mi cabeza una y otra vez, cada vez más distantes, hasta que me pregunté si las había imaginado. Pasaron unos minutos. Sin ofrecer una respuesta, le di la espalda y, para mi sorpresa, volví a dormirme.
Esa mañana nos despertamos tarde. Tenía sangre fresca debajo de las uñas de tanto rascarme el brazo. El eczema había regresado con todo su ímpetu y, si esto seguía así, tendría que volver a dormir con guantes. Pero
¿iba a seguir así? Volví a sentir que caía.
Me entretuve con duchas y cafés y cuando Garv dijo
«Maggie» y trató de detener mi incesante ajetreo, le evité y, sin mirarle a los ojos, repuse: «Llego tarde».
Salí de casa llevándome a cuestas la sensación de vacío de las cuatro de la madrugada.
Pese a haber evitado a Garv, llegué tarde al trabajo. El contrato no estaba en la mesa de Francés a las nueve y media. Mi jefa suspiró «Oh, Maggie» con un tono que indicaba no-estoy-enfadada-contigo-sino-decepcionada. Ese tono tenía como objetivo llegar a donde no llega una bronca y hacerte sentir avergonzada. No obstante, agradecí que no me gritara, una reacción, me temo, muy diferente de la que Frances esperaba.
Me sentía confusa y al mismo tiempo curiosamente tranquila, como si hubiese esperado una catástrofe y me produjera un extraño alivio que finalmente se hubiera cumplido. Puesto que ignoraba cómo comportarme en esta clase de situaciones, decidí imitar a mis colegas y sumergirme de lleno en el trabajo. ¿No era extraño que después de tan espantosa conmoción siguiera funcionando con normalidad? Fue entonces cuando me percaté de que
no paraba de boicotear el doble clic de mi ratón porque la mano me temblaba.
Logré concentrarme durante unos segundos en una cláusula del contrato, si bien en ningún momento me abandonó la sensación de que algo iba realmente mal. A lo largo de los años, como todas las parejas, Garv y yo habíamos tenido nuestras peleas, pero ni con la más encarnizada de ellas me había sentido así. La peor de nuestras riñas comenzó con un forcejeo sobre el color de una falda y desembocó en un amargo empate con acusaciones de daltonismo y susceptibilidad.
(Garv: ¿Que tiene de malo que sea marrón?
Yo: ¡Todo, pero no es marrón, es morada, jodido daltónico!
Garv: Oye, no es más que una falda. Solo he dicho que me sorprendía que la compraras marrón.
Yo: ¡Pero es que no es marrón! ¡Es MORADA!
Garv: Estás sacando las cosas de quicio.
Yo: En ABSOLUTO. Jamás me compraría una falda marrón. No me conoces lo más mínimo.)
En aquel momento pensé que nunca se lo perdonaría.
Me equivocaba. Pero esta vez era diferente, de eso estaba espantosamente segura.
A la hora de comer, por mucho que lo intenté, no conseguí ingresarme en la montaña de trabajo urgente acumulado en mi mesa, así que fui a la calle Grafton en busca de consuelo, que se tradujo, una vez más, en gastar dinero. Sin una pizca de entusiasmo compré una vela aromática y una imitación barata, entre comillas, de un bolso Gucci. Pero ni una cosa ni otra consiguieron llenar el vacío. Luego me detuve a comprar calmantes para la muela, y una mujer con bata blanca y cara anaranjada se interpuso en mi camino para decirme que si compraba dos productos de Clarins —siendo uno de tratamiento facial—, me obsequiaban con un regalo. Desganada, me encogí de hombros y dije:
—Vale.
La mujer no daba crédito a su buena suerte, y cuando me aconsejó los productos más caros —sueros en frascos diminutos—, volví a encogerme de hombros y dije:
—De acuerdo.
Me gustaba la idea del regalo, la encontraba sumamente reconfortante, pero cuando lo abrí en el despacho me pareció mucho menos atractivo de lo que insinuaba la fotografía: una sombra de ojos de un color muy raro, un mini-mini-mini tubo de maquillaje, cuatro gotas de crema para los ojos y un dedo de perfume avinagrado.
Después de la decepción llegó el remordimiento, que fue creciendo a medida que se alargaba la tarde. Tenía que dejar de gastar dinero. Así pues, en cuanto llegó el momento razonable de marcharme, regresé a la calle Grafton para tratar de devolver el bolso —no podía devolver los productos Clarins porque ya había abierto el regalo—, pero se negaron a reembolsarme el dinero y me dieron un vale. Y antes de llegar al coche mi mirada se posó en unas chanclas de flores amarillas y, como si el cuerpo me abandonara, me descubrí en el interior de la zapatería tendiendo mi tarjeta de crédito.
Esa noche fui a una fiesta del trabajo e hice algo que no acostumbro hacer en las fiestas del trabajo: me emborraché. Y la pillé de verdad, tanto que en uno de mis innumerables regresos del lavabo tropecé con Stuart Keating y le embestí. Stuart trabajaba en otro departamento y siempre había sido amable conmigo.
Todavía recuerdo su cara de sorpresa cuando me abalancé sobre él. Luego nos besamos, pero apenas unos instantes antes de obligarme a desembragar. ¿Qué demonios estaba haciendo?
—¡Lo siento! —exclamé y, horrorizada conmigo misma, regrese a la fiesta, recogí mí chaqueta y me marché sin
despedirme de nadie. Frances me observaba desde el fondo de la sala. Su expresión era indescifrable.
Cuando llegué a casa, Garv me estaba esperando con los nervios de punta, como un padre inquieto. Intentó hablar conmigo, pero mascullé con voz gangosa que necesitaba dormir y corrí a la habitación, mientras él me pisaba los talones. Dejé la ropa en cualquier sitio y trepé hasta la cama.
—Bebe un poco de agua —dijo Garv, y oí el ruido de un vaso al tocar la mesita de noche.
Pasé del vaso y de él, pero justo antes de sumergirme en el piadoso olvido del sueño recordé que no me había quitado las lentillas. Demasiado cansada y borracha para ir hasta el cuarto de baño, las dejé caer en el oportuno vaso, prometiéndome que por la mañana las limpiaría con la solución. Mas al llegar la mañana, de seca tenía la lengua encolada al paladar. Alargué instintivamente una mano hacia el vaso y bebí el agua de un trago. Solo cuando la última gota descendía por mi garganta me acordé de las lentillas. Me las había bebido. Otra vez. La tercera en seis semanas. Eran de las desechables, pero aun así...
Al día siguiente, para seguir con mí buena racha, perdí el trabajo.
No fue exactamente un despido, pero no me renovaron el contrato. Era de seis meses y dado que desde mi regreso a Dublín ya me lo habían renovado cinco veces, pensé que se trataba de una mera formalidad.
—Cuando empezaste a trabajar aquí —dijo Frances—, nos tenías muy impresionados. Eras trabajadora y responsable.
Asentí con la cabeza. Esa era yo, cuando tenía un buen día.
—Pero desde hace seis meses tu nivel de trabajo y dedicación ha bajado en picado, llegas tarde, te vas pronto...
Yo escuchaba con cierto asombro. En realidad siempre había sabido que las cosas no iban bien, pero creía que me las había ingeniado para mostrar al mundo una imagen de normalidad.
—... has estado distraída y te has tomado diez días de baja por enfermedad.
Podría haber saltado de la silla y echado un discurso sobre las razones por las que había estado distraída y dónde había pasado los diez días de baja. No obstante, permanecí sentada con el rostro impasible. Eso era asunto mío y de nadie más. Paradójicamente, pensé que Frances debería haber notado que algo me ocurría y haber sido más tolerante conmigo. Sospecho que he tenido momentos más lúcidos.
—Queremos gente que se interese por su trabajo.
Abrí la boca para replicar que yo me interesaba, pero entonces comprendí, asombrada, que en el fondo me traía sin cuidado.
—... y muy a mi pesar debo comunicarte que nos es imposible renovarte el contrato.
Hacía muchos años que nadie me despedía. De hecho, la última vez tenía diecisiete años y estaba haciendo de canguro para unos vecinos. Había metido furtivamente a mi novio en la casa después de acostar a los niños porque una casa sin adultos era una tentación demasiado grande. Pero el horrible niño, de nombre Damián, me vio sacar a mi novio de la casa. Nunca lo olvidaré, en lo alto de la escalera, con aquella expresión tan malvada. Los padres no volvieron a solicitar mis servicios. (Francamente, casi me alegré.)
Desde entonces nadie había vuelto a despedirme. Yo era una buena trabajadora, no tanto como para ganar el premio al mejor empleado del mes, pero sí razonablemente responsable y productiva.
—¿Quieres que me vaya? —pregunté débilmente.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Ahora sería un buen momento.
Por extraño que parezca, fue la pérdida de mi trabajo lo que finalmente me decidió a dejar a Garv. No entiendo muy bien por qué, pues lo cierto es que no resulta fácil dejar a alguien, por lo menos en la vida real. En la ficción todo parece más sencillo: si no ves claro vuestro futuro juntos, lo lógico es largarse. Así de sencillo. O si él tiene un lío, serías una idiota si te quedaras.
Sin embargo, en la vida real sorprende lo mucho que las cosas conspiran para mantenernos juntos. Pensamos vale, está claro que ya no nos hacemos felices el uno al otro, pero me llevo tan bien con su hermana y él cae tan bien a mis amigos que nuestras vidas están demasiado entretejidas para poder escapar. Y además, esta es nuestra casa. ¿Y ves esos lupinos del jardín? Los planté yo. (Bueno, plantarlos, lo que se dice plantarlos, no. Lo hizo un viejo muy raro llamado Michael, pero yo fui el cerebro de la operación.)
Dejar a alguien es una odisea. No solo estaba despidiéndome de una persona, sino de toda una vida.
La conmoción de perder el trabajo me convenció de que todo lo demás se estaba desmoronando. Una vez abierta la puerta a un desastre, las posibilidades de que se produjeran otros parecían infinitas, y pensaba que no tenía más remedio que aceptar la vida tal como venía. ¿Que he perdido un trabajo? ¿Por qué no ir a por todas y perder también un matrimonio? El nuestro había recibido tantos golpes durante los últimos meses que, en cualquier caso, ya solo quedaba de él el nombre.
Cuando Garv regresó del trabajo, yo estaba en el dormitorio volcada en un intento patético de hacer las maletas. No entiendo cómo hay gente que consigue escapar furtivamente a medianoche. La mayoría de las personas (si son como yo) acumulan demasiadas cosas.
Garv me miró y tuve la impresión de estar soñando.
Parecía sorprendido. O quizá no.
—¿Que haces?
Era mí entrada para la dramática despedida que la gente pronuncia en la ficción. ¡Te dejo! Lo nuestro ha TERMINADO.
En lugar de eso, bajé la cabeza y dije entre dientes:
—Creo que es mejor que me vaya. Hemos hecho lo posible y...
—Ya. —Garv tragó saliva—. Ya. —Entonces asintió con la cabeza y eso fue lo peor, su resignación. Por lo visto estaba de acuerdo conmigo.
—He perdido el trabajo.
—Cielos. ¿Cómo ha sido?
—He estado distraída y me he tomado demasiados días de baja.
—Qué cabrones.
—Lo sé. —Suspiré—. El caso es que no creo que pueda con la hipoteca de este mes, así que te lo daré de mi cuenta de Cosas Bonitas para Señoritas.
—Olvídalo. Yo me haré cargo.
Entonces se hizo el silencio y quedó claro que la hipoteca era lo único de lo que pensaba hacerse cargo.
Quizá debería haberme enfadado con él y la mujer trufa. Quizá debería haberle despreciado por no prometerme ardientemente que no me dejaría ir, que lo nuestro tenía solución.
Pero lo cierto era que, en aquel momento, quería marcharme.