No hay apocalipsis

Michael Shellenberger · Capítulo 22 de 98

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No hay apocalipsis

El elefante en la habitación

patio de recreo, los bancos del parque o las sillas de jardín —dijo uno de los

científicos—, que se blanquean rápidamente con el sol.»[244]

Pero los grupos ecologistas han creído durante mucho tiempo que los desechos de poliestireno en el océano duran miles de años, si no más, porque las bacterias no pueden descomponerlos.

Por lo tanto, aunque el poliestireno representa un pequeño porcentaje del plástico global, su larga vida en la naturaleza se consideró una amenaza ambiental, una que se materializa en trozos de espuma de poliestireno flotando en las olas y las playas.

En un laboratorio, los científicos expusieron cinco muestras de poliestireno en agua de mar a la luz de una lámpara especial que imitaba los rayos del sol. Lo que descubrieron fue que la luz solar descompone el poliestireno en carbono orgánico y dióxido de carbono. El carbono orgánico se disuelve en el agua y el dióxido de carbono pasa a la atmósfera. Al final del proceso, el plástico desaparece. «Usamos varios métodos y todos llegaron al mismo resultado», dijo uno de los investigadores.

La misma propiedad molecular que hace que los microbios no puedan digerir las moléculas de poliestireno es la característica que las hace vulnerables a que sus enlaces se rompan con la luz solar. Los científicos dijeron que su estudio fue el primero en proporcionar una prueba directa de cómo y con qué rapidez descompone la luz solar el poliestireno: primero en microplásticos, luego en moléculas individuales y luego en sus bloques de construcción elementales. [245]

Una de las mejores noticias que surgieron del estudio fue que ciertos aditivos utilizados para dar forma a la flexibilidad, el color y otras cualidades del poliestireno pueden acelerar o ralentizar su desintegración bajo la luz solar en el agua. Ese descubrimiento abre la posibilidad de modificar la forma en que fabricamos los plásticos para ayudar a una

desintegración más rápida. [246]

El elefante en la habitación

Durante miles de años, los seres humanos de todo el mundo fabricaron joyas exquisitas y otros artículos de lujo a partir de los caparazones de las tortugas carey, como las que estudian Figgener y su tripulación en Costa Rica. Los artesanos calentaban las tortugas sobre un fuego, a veces vivas, para poder separar el mal llamado «caparazón de tortuga» de sus esqueletos. A veces, las tortugas marinas sin caparazón eran devueltas al mar.

Los científicos estiman que desde 1844, los humanos han matado a nueve millones de tortugas carey, alrededor de sesenta mil al año. Los seres humanos mataron tantas, que la drástica reducción de la especie alteró la función de los ecosistemas de los arrecifes de coral y praderas marinas de

todo el mundo. [247]

En todo el mundo, artistas y artesanos usaban calor para aplanar y moldear los caparazones de carey en varios artículos de lujo, como gafas, peines, liras, joyas, cajas y, al menos en Japón, anillos para el pene, fundas para el pene y condones.

El caparazón de tortuga se consideraba valioso en la antigua Roma.

Julio César se entusiasmó cuando, después de invadir Alejandría, una ciudad portuaria de Egipto, descubrió almacenes llenos de dicho material.

Continuó haciendo del caparazón de tortuga un símbolo de su victoria. [248]

Lo que tenía de especial el caparazón de las tortugas marinas no era simplemente que era suave y hermoso, sino también que era muy plástico, lo que antiguamente se refería a cosas que se forjaban o moldeaban fácilmente.

El caparazón de tortuga está compuesto por queratina, una proteína duradera que protege a las células del estrés y el daño. La queratina también se encuentra en las uñas, cuernos, plumas y pezuñas. El caparazón de tortuga es especial porque se puede pelar en láminas delgadas para crear revestimientos sin dejar de ser duro y resistente al agua. Cuando se rompe,

se puede incluso reparar mediante la aplicación de calor y presión. [249]

Al igual que el caparazón de tortuga, los colmillos de marfil de los elefantes eran apreciados por su belleza y plasticidad en la fabricación de artículos artísticos y de lujo, como peines, teclas de piano y bolas de billar.

El antiguo escultor griego Fidias creó una estatua de diez metros de Atenea,

hija de Zeus y diosa de la guerra, con oro y marfil. Se exhibió durante

muchos años en el interior del Partenón. [250]

En la Edad Media, el marfil se usaba para hacer ataúdes, copas y mangos para espadas y trompetas. La demanda de marfil aumentó considerablemente en el siglo XIX, cuando el material se empezó a utilizar a escala industrial. A los estadounidenses, particularmente, les encantó.

Desde la década de 1830 hasta la de 1980, una de las plantas de procesamiento de marfil más grandes del mundo estaba en Essex, Connecticut. Procesó hasta el 90 por ciento de todo el marfil importado a Estados Unidos. [251]

Las preocupaciones por la escasez de marfil aumentaron poco después de que terminase la guerra civil estadounidense. «Los comerciantes de marfil manifiestan una alarma considerable por el temor a que las existencias de elefantes se agoten en unos pocos años —informó The New York Times en 1866— y, por tanto, los arroje a la quiebra.» El reportero calculó que se mataban veintidós mil elefantes cada año sólo «para abastecer a los establecimientos de cubiertos de Sheffield, Inglaterra, con

mangos para los cuchillos y otros cubiertos hechos allí». [252]

La demanda de bolas de billar de marfil ya había superado la oferta disponible. «Para algunos artículos hechos de marfil, como las bolas de billar, no se ha encontrado aún ningún material sustituto —informó el Times

—. Un gran comerciante de material de billar ha ofrecido una recompensa de varios cientos de dólares a cualquier persona que produzca un material con el que se puedan fabricar bolas de billar tan duraderas y más baratas

que las de marfil. Hasta el momento, nadie ha respondido.»[253]

Siete años después, en 1873, un reportero del Times estaba desesperado por que se encontrase un sustituto viable para el marfil. «¡Piensa en el silencio que habrá en la tierra, a menos que podamos conseguir marfil para fabricar las teclas de nuestros pianos!» El reportero calculó que la demanda de marfil de Estados Unidos acabó en la matanza de quince mil elefantes.

[254] Más tarde, un reportero del Times estimó que las importaciones británicas dieron como resultado la muerte de ochenta mil elefantes al año.

[255]

El aumento de precios había animado a los empresarios a buscar alternativas. «El alto precio del marfil, además de su propensión a deformarse y encogerse, ha llevado a numerosos esfuerzos para encontrar un buen sustituto del material.» Entre ellos se incluían dientes de morsa e hipopótamo, y la albúmina de palmeras cultivadas en los Andes, que ya se utilizaba para hacer rosarios, juguetes y crucifijos.

En 1863, al norte del estado de Nueva York, un joven llamado John Wesley Hyatt se enteró de la oferta de una recompensa de 10.000 dólares del fabricante de bolas de billar para cualquiera que pudiera crear un sustituto adecuado del marfil y comenzó a experimentar en el cobertizo de su patio trasero con varios materiales. Seis años después, había inventado el celuloide a partir de la celulosa del algodón.

En 1882, The New York Times advirtió sobre el aumento de precios.

«Durante el último cuarto de siglo, el precio del marfil ha aumentado constantemente y ahora se vende a más del doble de lo que costaba hace veinte años.»[256] Europa y Estados Unidos consumían alrededor de novecientos mil kilos de marfil al año o, en otras palabras, unos 160.000

elefantes.

«Hace poco se escuchó a un prominente comerciante de marfil, que es pesimista sobre el tema de la escasez de dicho material, declarar que estaba convencido de que eventualmente el marfil llegaría a ser tan raro que en las generaciones venideras un anillo de marfil sería considerado como uno de los obsequios más costosos que un pretendiente rico podría poner en la mano de su prometida.»[257]

Algo similar ocurrió con el carey. Después de que Japón se abriera al comercio exterior en 1859, los productos baratos fabricados en masa llegaron desde Europa. «A medida que Japón se industrializó siguiendo los patrones occidentales —señala un historiador—, los plásticos reemplazaron al carey en muchos de sus usos, incluida la producción de adornos para el

cabello.»[258]

Los peines fueron uno de los primeros y más populares productos de plástico. Durante miles de años, los humanos habían fabricado peines de concha de tortuga, marfil, hueso, caucho, hierro, estaño, oro, plata, plomo,