Nubes de tormenta

Alexander Kent · Capítulo 1 de 20

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Nubes de tormenta

I. La escuadra

I

LA ESCUADRA

Bajo la protección del imponente y escarpado Peñón de Gibraltar, la variopinta colección de barcos fondeados tiraba de los cables y esperaba que amainara el inesperado temporal. A pesar de los retazos de cielo azul que se mostraban ocasionalmente entre las veloces nubes, el aire era frío y cortante, más propio del golfo de Vizcaya que del Mediterráneo.

En relación con su importancia estratégica, el fondeadero de Gibraltar estaba inusualmente desierto. Unos pocos buques de aprovisionamiento y algunos bergantines y goletas buscando abrigo o esperando órdenes componían el grueso de los barcos allí presentes, y no había más que tres grandes buques de guerra. Muy apartados de las variadas embarcaciones de la flota local, se hallaban fondeados tres navíos de línea de setenta y cuatro cañones, que en aquel mes de enero de 1798 eran todavía los barcos más comunes y los más adaptables en cualquier plan de combate.

El que estaba fondeado más cerca de tierra llevaba el nombre de Lysander sobre su amplia bovedilla, un nombre que encajaba con el mascarón de proa que miraba fija y airadamente hacia el frente desde debajo del bauprés. Era un magnífico mascarón de proa que representaba al general espartano de oscura barba, armado con peto y casco con penacho, tallado por Henry Callaway, de Deptford. Al igual que el resto de los grandes dos cubiertas, estaba bien pintado, con un aire a nuevo que ocultaba los largos once años que el barco llevaba al servicio del Rey.

Su comandante, Thomas Herrick, caminaba de arriba abajo y de un lado a otro del ancho alcázar, sin apenas pararse para atisbar hacia tierra. Si pensaba en el aspecto y en las condiciones de su barco, lo hacía con más ansiedad que orgullo. Los meses de trabajo en Inglaterra para poner el Lysander a son de mar y todo el agotador asunto de volverlo a poner en servicio y de reunir a los componentes de una dotación prácticamente sin experiencia se había desarrollado de forma ininterrumpida. Pertrechos y pólvora, agua y provisiones, armas y los hombres para manejarlas. Herrick se había preguntado más de una vez por los hechos que le habían llevado a ponerse al mando de su barco.

Y sin embargo, a pesar de los retrasos y de la exasperante lentitud de los hombres del astillero y de los proveedores de pertrechos navales, había visto cómo su barco pasaba de ser un caos desorganizado a ser una criatura viva y llena de vitalidad.

Hombres asustados llevados a bordo por las implacables partidas de leva, y otros que habían llegado por motivos tan variados como el patriotismo o simplemente a refugiarse en la Marina para evitar la horca, habían sido lenta y concienzudamente moldeados hasta conseguir algo que, aunque todavía estaba lejos de ser perfecto, podía ofrecer esperanza para el futuro. El primer temporal en el golfo de Vizcaya, mientras el Lysander avanzaba lentamente hacia el Sur en dirección a Portugal, había sacado a la luz algunos puntos débiles; demasiados marineros experimentados en una guardia y demasiados de tierra adentro en otra. Pero bajo la cuidadosa vigilancia de Herrick y gracias al esfuerzo de la mayoría de los oficiales de cargo profesionales que aún seguían en el Lysander, al menos se habían familiarizado con el formidable laberinto del aparejo y los rebeldes y traicioneros pliegues de las velas que llenaban su vida diaria en el mar.

Una vez fondeados bajo el Peñón, Herrick había esperado con creciente ansiedad aquel día. Habían llegado más barcos, que habían fondeado cerca del suyo. Los otros dos setenta y cuatro cañones, el Osiris y el Nicator, la fragata Buzzard y la pequeña corbeta Harebell ya no eran entidades separadas sino partes de un todo. Por orden del Almirantazgo, en Londres, se habían convertido en algo único: una escuadra en la que el barco de

Herrick portaría el gallardetón de comodoro, y sobre la que Richard Bolitho, en todas las circunstancias imaginables, ejercería su derecho al mando.

Cuando Herrick pensaba sobre todo aquello, le resultaba extraño. Sólo hacía cuatro meses que él y Bolitho habían vuelto a Inglaterra por aquellas mismas aguas. Tras un sangriento combate en el que el barco de Herrick había sido destruido y en el que habían puesto en fuga una escuadra francesa completa y apresado algunos de sus barcos, se habían presentado juntos ante el Almirantazgo. Todavía parecía como un sueño, un recuerdo de un pasado lejano.

El resultado de aquella visita había sido de gran alcance. Para Richard Bolitho había representado el inmediato ascenso a comodoro, y para Herrick, el puesto de comandante de buque insignia. Su hasta entonces almirante había sido menos afortunado. Despachado a Nueva Gales del Sur para gobernar una colonia penitenciaria, la gran rapidez de su caída en desgracia había dado, de alguna manera, la medida del pequeño trecho que media entre la autoridad y el olvido.

La alegría del primer momento del nombramiento de Bolitho como comandante del buque insignia se había estropeado ligeramente por otro de los cambios de idea del Almirantazgo. En vez del barco de Bolitho, el Euryalus, el gran tres puentes de cien cañones que él había tomado como presa a los franceses, les habían dado el Lysander. Posiblemente, era más fácil de manejar que un gran navío de primera clase, pero Herrick sospechaba que otro oficial de mayor rango había reclamado para sí el antiguo buque de guerra francés.

Se detuvo en su pasear y recorrió con la mirada las ajetreadas cubiertas.

Había marineros trabajando en los pasamanos y junto a los botes; otros se balanceaban arriba, en la arboladura, entre el negro entramado de obenques y estays, drizas y brazas, asegurándose de que ningún cabo desgastado ni ninguna brizna rota de cáñamo recibieran al nuevo comodoro cuando subiera por el portalón de entrada. Los infantes de marina estaban ya formados. No tenía que preocuparse por el mayor Leroux. Estaba hablando

con su teniente, un joven bastante distraído llamado Nepean, mientras un sargento comprobaba los mosquetes y el aspecto de toda la tropa.

El guardiamarina de guardia debía de tener el brazo dolorido, pensó Herrick. Era muy consciente de la presencia de su comandante y, obedeciendo la última orden, tenía un pesado catalejo pegado al ojo para informar inmediatamente cuando el bote del comodoro desatracara del muelle.

Herrick levantó la mirada por encima de la borda hacia los otros barcos de la pequeña escuadra. Había tenido poco que hacer con ellos hasta el momento, pero sabía ya bastantes cosas acerca de sus diferentes comandantes. Desde la pequeña corbeta que dejaba regularmente al desnudo su forro de cobre al balancearse incómodamente en medio de la borrasca, hasta el dos cubiertas más cercano, el Osiris, todos parecían tener alguna clase de vínculo entre ellos. Como el comandante del Nicator, por ejemplo. Herrick había descubierto que había servido con Bolitho durante la Revolución americana, cuando ambos eran tenientes. Su reencuentro podría deparar satisfacción o alguna otra cosa, pensó. El capitán de corbeta Inch, de la Harebell, que se balanceaba vertiginosamente, había estado al mando de una bombarda en la antigua escuadra, allí en el Mediterráneo. Del comandante de la Buzzard, Raymond Javal, tan sólo había oído habladurías.

Parecía ser que tenía un carácter un tanto precipitado y estaba ávido de primas de presa; un típico aunque difícil capitán de fragata.

Dejó que su mirada se posara una vez más en el Osiris y trató de disimular su irritación. Era casi un buque gemelo del Lysander y su destino estaba en manos del capitán Charles Farquhar. Después de todos aquellos años, era como otro guiño del destino, que de alguna manera les había llevado a reunirse una vez más para servir bajo el mismo hombre, Richard Bolitho. Entonces había sido en la fragata Phalarope, en las Indias Occidentales, durante la lucha de los americanos por la independencia.

Bolitho había sido su comandante, Herrick su primer teniente y Farquhar uno de los guardiamarinas. Arrogante y de alta alcurnia, Farquhar nunca dejaba de provocar el resentimiento de Herrick. Y mirar al Osiris no lo disminuía. Su popa y su beque, ornamentados y recargados, mostraban un

generoso uso de pintura dorada como signo externo de la posición y la prosperidad de su comandante. Hasta el momento habían evitado encontrarse, excepto cuando Farquhar había informado de su llegada a Gibraltar.

Cualquier asomo de buen comienzo se había desvanecido cuando Farquhar le había dicho arrastrando las palabras: «Vaya, no parece que se haya gastado usted mucho en el viejo barco, ¿eh?». Había mostrado aquella irritante sonrisa de siempre. «¡A nuestro nuevo amo y señor no le va a gustar eso!».

De repente, la hilera inferior de portas negras del Osiris se abrió a lo largo del inclinado costado y, con una precisión perfecta, toda la batería de cañones de treinta y dos libras salió pesadamente bajo la pálida luz del sol.

Como si fueran uno. Algo parecido al pánico cruzó la mente de Herrick.

Farquhar nunca permitiría que su ambicioso cerebro se viera empañado por algún estúpido recuerdo o antipatía. Había mantenido la vista puesta sobre lo que más le importaba, que en aquel momento en particular era impresionar al comodoro. Resultó ser Richard Bolitho, un hombre al que Herrick quería más que a cualquier otro ser vivo. Pero si hubiera sido el mismo Satán, Farquhar habría estado preparado igualmente.

Como remate de todo aquello, el guardiamarina de guardia gritó con excitación:

—¡Lancha abriéndose del muelle, señor!

Herrick se humedeció los labios. Parecían de ceniza.

—Muy bien, señor Saxby. Mis saludos al primer teniente, y dígale que ya puede llamar a los marineros.

* * *

Richard Bolitho caminó hasta los ventanales de la aleta de la amplia cámara y miró hacia los otros barcos. A pesar de la importancia del momento, de la solemnidad de ser recibido a bordo de su propio buque insignia por primera vez en su vida, no podía contener su excitación. Era

como el efecto del vino y de la risa, todo ello burbujeando en su interior, mantenido bajo control gracias a una última reserva.

Se dio la vuelta y vio a Herrick mirándole desde la puerta del mamparo.

Algunos marineros estaban ordenando cuidadosamente los cofres y cajas que habían sido izados desde la lancha. Podía oír a su patrón de lancha, Allday, gritándole enfadado a alguien para que tuviera cuidado.

—Bueno, Thomas, ha sido un buen recibimiento.

Cruzó con grandes zancadas la cámara con su arreglada cubierta de lona a cuadros blancos y negros y estrechó la mano de Herrick. Por encima de sus cabezas podía oír el ruidoso golpear de las botas de la guardia de infantería de marina que rompía filas, y el retorno de los sonidos familiares de la rutina habitual.

Herrick sonrió con torpeza.

—Gracias, señor. —Señaló hacia el equipaje—. Espero que haya traído todo lo que necesita. Parece que estaremos un tiempo lejos de casa.

Bolitho le escudriñó con aire serio. La fornida figura de Herrick, su cara redonda y afable y aquellos ojos azules eran casi tan familiares como los de Allday. Pero de alguna manera parecía distinto. Sólo eran cuatro meses, y aun así…

Pensó en todo lo que había ocurrido desde aquella visita al Almirantazgo y en las conversaciones con hombres tan veteranos y poderosos que aún no podía asimilar que el ascenso pudiera significar tanto.

Cada vez que había hablado de su inquietud acerca de los progresos de su nuevo buque insignia, había visto aquella mirada divertida en sus ojos. El almirante que le había dado su nombramiento, Sir George Beauchamp, lo había expresado con sus palabras: «Ahora tendrá usted que olvidarse de esa clase de cosas, Bolitho. De la marcha del barco debe ocuparse el comandante. El de usted es un cometido más exigente».

Finalmente, se había embarcado hacia Gibraltar en una rápida fragata, deteniéndose en la desembocadura del Tajo para entregar despachos para el buque insignia de la flota ocupada en el servicio de bloqueo. Allí le habían concedido audiencia con el almirante, el conde de St. Vincent, que había recibido dicho título a raíz de su gran victoria once meses atrás. El

almirante, conocido aún cariñosamente como «el Viejo Jarvy»[1] por muchos de sus subordinados, aunque sólo cuando estaban fuera del alcance de sus oídos, le había recibido hablándole de forma enérgica y directa:

«Tiene usted sus órdenes. Ocúpese de cumplirlas. Han pasado meses desde que supimos lo que los franceses estaban tramando. Nuestros espías en los puertos del canal de la Mancha informaron de que Bonaparte había visitado la costa muchas veces para hacer planes para invadir Inglaterra». Había mostrado su clásica risita mordaz. «Creo que mi medicina frente al cabo de San Vicente les enseñó a andarse con cautela en todo cuanto incumbe al mar. Bonaparte es un animal terrestre, un estratega. Desgraciadamente, no tenemos todavía a nadie que esté a su altura. A nadie en tierra, quiero decir».

Mirando hacia atrás era difícil calibrar cuánto había conseguido explicar y describir el almirante en aquella breve entrevista. Había estado en el servicio activo sin apenas interrupción, y aun así había sido capaz de resumir la situación en aguas inglesas y en el Mediterráneo mejor que cualquier jefe del Almirantazgo.

El almirante le había acompañado al alcázar y le había dicho con tono tranquilo: «Beauchamp es el hombre indicado para planear esta clase de misiones. Pero necesita oficiales en el mar para hacer realidad esas ideas.

Las operaciones de su escuadra el año pasado en el Mediterráneo nos revelaron muchas cosas acerca de las intenciones de los franceses. Su almirante, Broughton, quizás no entendiera su verdadera trascendencia hasta que fue demasiado tarde. Para él, quiero decir». Había lanzado a Bolitho una mirada sombría. «Debemos ser conscientes de lo que representa meter una flota de nuevo en esas aguas. Si dividimos en dos nuestras escuadras sin un buen motivo, pronto los franceses aprovecharán nuestra debilidad. Pero sus órdenes le dirán lo que tiene que hacer». De nuevo apareció aquella risita mordaz. «Yo quería a Nelson para este cometido, pero está todavía muy débil por la pérdida de su brazo. Beauchamp le eligió a usted para hacerle cosquillas a Bonaparte en su punto débil. Espero por el bien de todos nosotros que fuera una sabia elección».

Y ahora, después de todas las conversaciones y de la investigación a través de los informes para descubrir el verdadero valor de las incontables ideas sobre los motivos y objetivos del enemigo, él estaba allí, en su propio buque insignia. Más allá de los ventanales de grueso vidrio divisaba otros barcos, todos bajo el gallardetón en forma de rabo de gallo que habían desplegado en el tope cuando subió a bordo al son de los manotazos en las culatas de los mosquetes y del estruendo de los pífanos y tambores.

Y aún no podía creérselo. Sentía lo mismo que antes. Tan ansioso por hacerse a la mar como lo había estado en el pasado cada vez que se había incorporado a un nuevo barco.

Pero la diferencia pronto se mostraría de muy diversas maneras. Cuando Herrick era su primer teniente, había estado entre el comandante y la dotación. El nexo y la barrera. Ahora, Herrick, como comandante del insignia, estaría entre él y sus otros oficiales, su pequeña escuadra y todos los marineros a bordo de cada uno de los barcos. Cinco buques en total, con más de dos mil almas repartidas entre los mismos. Esa clase de consideraciones eran las que le devolvían a la realidad de su mando.

—¿Cómo está el joven Adam? No le he visto al subir a bordo —dijo.

Mientras lo decía vio cómo el rostro de Herrick se ponía tenso.

—Estaba a punto de decírselo, señor. Está con el cirujano. —Bajó la mirada—. Un pequeño accidente, pero, gracias a Dios, nada grave.

—La verdad, Thomas; ¿está enfermo mi sobrino? —replicó Bolitho.

Herrick le miró, con la mirada súbitamente airada.

—Una estúpida pelea con su homólogo del Osiris, señor. El sexto teniente de dicho barco le dirigió alguna clase de insulto. Fueron a tierra por sus respectivas obligaciones pero acordaron encontrarse y resolver la cuestión.

Bolitho se forzó a caminar lentamente hacia los ventanales de popa y a mirar fijamente el agua que se arremolinaba alrededor del timón.

—¿Un duelo?

Tan sólo pronunciar la palabra se llenó de rabia. Y de desesperación.

¿De tal palo tal astilla? No era posible.

—Más bien ánimos encendidos. —Herrick sonaba poco convencido—.

No quedó malherido, aunque según parece Adam salió mejor parado que el otro individuo.

Bolitho se dio la vuelta y le miró con tranquilidad.

—Le veré inmediatamente.

Herrick tragó con esfuerzo.

—Con su permiso, señor, me gustaría encargarme yo mismo del asunto.

Bolitho asintió lentamente, notando que había un gran abismo entre él y su amigo. Dijo con calma:

—Desde luego, Thomas. Adam Pascoe es mi sobrino, pero ahora es uno de sus oficiales.

Herrick trató de relajarse.

—Siento profundamente preocuparle tan pronto, señor. Por nada en el mundo quisiera hacerlo.

—Lo sé. —Sonrió con gravedad—. Ha sido una estupidez por mi parte inmiscuirme. Cuando era comandante de insignia, a menudo me contrariaba notar la mano de mi superior en mis propios asuntos.

Herrick miró alrededor de la gran cámara, impaciente por cambiar de tema.

—Espero que todo sea de su agrado, señor. Su repostero está preparándole comida, y he mandado a algunos hombres para que estiben sus cofres.

—Gracias. Me parece totalmente satisfactorio.

Se calló. Estaba pasando otra vez. Aquel tono formal. El ofrecimiento y la aceptación, cuando ellos siempre habían acostumbrado a compartirlo todo, a compenetrarse.

—¿Nos haremos pronto a la mar, señor? —preguntó de repente Herrick.

—Sí, Thomas. Mañana por la mañana si el viento sigue favorable. —

Sacó el reloj del bolsillo y abrió de golpe la tapa—. Desearía ver a mis oficiales… —Titubeó. Incluso eso había cambiado. Y añadió—: Ver a los demás comandantes tan pronto como sea posible. He recibido algunos despachos más del gobernador, y después de leérmelos me gustaría explicar

a la escuadra lo que vamos a hacer. —Sonrió—. No ponga esa cara de preocupación, Thomas. Es tan difícil para mí como para usted.

Por un breve momento Bolitho vio el antiguo brillo de calidez y confianza en los ojos de Herrick, al que podía volver a herir tan fácilmente.

—Me siento como un pie viejo en un zapato nuevo —replicó Herrick.

También sonrió—. No le defraudaré.

Se dio la vuelta y salió de la cámara y, tras una pausa prudencial, entraron por la puerta a grandes zancadas Allday y dos marineros que portaban una gran caja. Allday lanzó una rápida mirada alrededor de la cámara y pareció dar su aprobación.

Bolitho se relajó muy lentamente. Allday seguía siendo el mismo, y se sintió súbitamente agradecido por ello. Incluso su nueva chaqueta azul con grandes botones dorados, los pantalones de algodón chino de color beige y los zapatos de hebilla que Bolitho le había comprado para que mostrara su nueva categoría como patrón particular del comodoro hacían poco por ocultar su cuerpo robusto y su rudeza.

Bolitho se desabrochó el sable y se lo dio.

—Bien, Allday, ¿qué me dice de él, eh?

El hombre le miró con calma.

—Un barco bien pertrechado —vaciló al decir la siguiente palabra—, señor.

Incluso Allday se había visto obligado a cambiar sus hábitos. En el pasado, nunca le había llamado otra cosa que «comandante». Era un acuerdo improvisado, espontáneo. El nuevo rango había cambiado también aquello.

Allday le leyó el pensamiento y sonrió compungido.

—Siento eso, señor. —Fulminó con la mirada a los dos marineros que les miraban con curiosidad mientras aguantaban la caja—. Pero me acostumbraré. ¡Dentro de poco será Sir Richard, de eso no hay duda!

Allday aguardó hasta que los hombres se hubieron marchado y dijo con tono tranquilo:

—Supongo que ahora querrá que le dejen solo, señor. Me ocuparé de informar a su repostero sobre sus costumbres.

Bolitho asintió.

—Me conoce usted demasiado bien.

Allday cerró la puerta tras él y lanzó una fría mirada al centinela de infantería de marina que hacía guardia fuera de la cámara, tieso como el palo de una escoba. Murmuró para sí mismo:

—Mejor de lo que se imagina.

Una vez más en el alcázar, Herrick caminó lentamente hasta la batayola y miró fijamente hacia los otros barcos. Había sido un mal comienzo. Para ambos. Quizá todo estaba en su mente, como su aversión hacia Farquhar.

Evidentemente, a éste le importaba un comino él, así que, ¿por qué tenía que irritarse tanto?

Bolitho tenía el aspecto exacto que él sabía que tendría. La misma seriedad que en un momento podía tornarse en euforia juvenil. Su cabello era tan negro como siempre y su figura esbelta no era diferente, aparte de la evidente rigidez de su hombro derecho. Contó los meses, casi siete ya, desde que Bolitho había sido derribado por una bala de mosquete. Las arrugas en las comisuras de los labios eran un poco más profundas. ¿Dolor, responsabilidad? Un poco de cada, pensó.

Vio al oficial de guardia que le observaba con cautela y dijo, levantando la voz:

—Haremos una señal a la escuadra, señor Kipling. Que todos los comandantes se presenten a bordo cuando yo dé la orden.

Se los imaginó poniéndose sus mejores uniformes: Inch en su diminuta cámara, Farquhar en sus suntuosos aposentos, pero todos y cada uno se preguntarían, al igual que él mismo, ¿a dónde iremos?, ¿qué nos espera?; las preguntas clave.

Solo en su cámara, Bolitho oyó un ruido sordo de pisadas en la cubierta, encima de su cabeza, y, tras una vacilación momentánea, se quitó la casaca del uniforme con su solitario galón dorado y se sentó en el escritorio. Rasgó el gran sobre, pero aún dudaba acerca de si leer o no los despachos tan cuidadosamente escritos.

Seguía viendo el rostro inquieto de Herrick. Tenían casi la misma edad, y aun así Herrick parecía mucho mayor que él, con su cabello castaño

salpicado de escarcha. Era difícil no verle como su mejor amigo. Tenía que pensar en él como en un oficial de la Marina, como el comandante del buque insignia de una escuadra que hasta entonces nunca había actuado como una sola unidad. Una tarea de envergadura para cualquier hombre, y para Thomas Herrick… Intentó mantener a raya las repentinas dudas. Pensó en el origen humilde de Herrick, hijo de un empleado, y en su gran honestidad, que le había caracterizado como un hombre en quien se podía confiar bajo cualquier circunstancia imaginable. Todo ello podía dificultar su opinión general sobre él. Herrick era un hombre que obedecería cualquier orden lícita sin cuestionarla, sin consideración alguna hacia su propia vida o su perdición. Pero, ¿podría asumir el control de la escuadra si su comodoro muriera en combate?

Resultaba extraño pensar que el anterior morador de la cámara del Lysander había caído en la batalla de St. Vincent. Su comodoro, George Twyford, había muerto con las primeras andanadas, y su comandante, el capitán John Dyke, estaba todavía ahora pasando un auténtico infierno en el hospital naval de Haslar, demasiado lisiado incluso para alimentarse por sí solo. Aquel barco les había sobrevivido a ellos y a muchos más. Miró alrededor de la ordenada cámara, con sus sillas bien talladas y su mesa de caoba oscura. Casi podía sentir como ellos le miraban.

Suspiró y empezó a leer las órdenes.

* * *

Bolitho saludó con un breve movimiento de cabeza a los cinco oficiales que estaban de pie alrededor de la mesa de la cámara y dijo:

—Siéntense, por favor, caballeros.

Observó cómo colocaban sus sillas en dirección a él, con sus expresiones dejando entrever una mezcla de placer, excitación y curiosidad.

Era un momento muy especial, y supuso que todos estaban compartiéndolo con él, si bien por razones diversas.

Farquhar no había cambiado. Esbelto y elegante, con la seguridad en sí mismo que ya había mostrado incluso siendo guardiamarina. Ahora era un capitán de navío de treinta y dos años, y la ambición brillaba en sus ojos igualando sus relucientes charreteras.

Francis Inch, cabeceando con su cara de caballo, apenas podía contener su radiante sonrisa de bienvenida. Como comandante de la corbeta sería una pieza vital para las tareas cercanas de la costa y de barrido al frente de la escuadra.

Raymond Javal, el comandante de la fragata, parecía más un francés que un oficial de marina inglés. Muy moreno y con un cabello abundante y graso, tenía las facciones tan concentradas que sus ojos hundidos parecían dominar totalmente su aspecto.

Miró al comandante del Nicator, George Probyn, y mostró una breve sonrisa. Habían servido juntos en el viejo Trojan cuando estalló la Revolución americana para cambiar la faz de la tierra. Aunque era casi imposible acordarse de cómo era en aquellos días. Estaba sentado encorvado, apoyado contra la mesa como un corpulento y desaliñado posadero. Alrededor de un año mayor que Bolitho, había dejado el Trojan de una manera muy parecida a la suya, para tomar el mando de un buque forzador de bloqueo apresado y llevarlo hasta el puerto amigo más cercano.

Sin embargo, a diferencia de Bolitho, cuya primera oportunidad le había proporcionado directamente el mando de un barco, Probyn había sido capturado por un corsario americano y se había pasado la mayor parte de la guerra como prisionero hasta que había sido objeto de un intercambio con un oficial francés. Aquellos decisivos años al principio de su carrera, evidentemente, le habían costado caro. Parecía incómodo y lanzaba rápidas y recelosas miradas examinando a sus compañeros comandantes para después bajar la vista hacia sus manos entrelazadas.

Herrick dijo con formalidad:

—Todos presentes, señor.

Bolitho miró hacia la mesa. En su mente estaba viendo las órdenes escritas. «Por la presente se le autoriza y se le ordena proceder con su

escuadra para determinar por cualquier medio a su alcance la presencia y el destino de una cantidad considerable de armamento…».

Empezó con calma:

—Como ustedes sabrán, el enemigo ha empleado mucho tiempo en intentar encontrar algún fallo en nuestras defensas. Aparte de nuestros éxitos en el mar, hemos sido capaces de hacer poco para detener el avance y la influencia francesa. A mi modo de ver, Bonaparte nunca ha cambiado su estrategia original, que era y aún debe de ser llegar a la India y hacerse con nuestras rutas comerciales. El almirante francés, Suffren, casi lo logró durante la última guerra. —Vio cómo los ojos de Herrick parpadeaban mientras le miraba, sin duda acordándose de cuando habían navegado juntos a las Indias Orientales y habían visto por sí mismos la determinación de su viejo enemigo para recuperar el terreno perdido en aquella precaria paz—. Hoy, Bonaparte debe saber que cualquier retraso en sus preparativos sólo nos dará tiempo para ganar fuerza.

Todos volvieron la mirada cuando Inch exclamó alegremente:

—¡Les daremos una lección, señor! —Sonrió hacia los demás—. ¡Como en otras ocasiones!

Bolitho sonrió, contento porque Inch, aunque ignorante de los hechos, no había cambiado, y agradecido porque su entusiasmado comentario había acortado algo la distancia entre el superior y los demás.

—Gracias, capitán Inch. Su optimismo le honra.

Inch movió la cabeza y se sonrojó de placer.

—Sin embargo, no tenemos información veraz acerca de cuál va a ser el primer movimiento de los franceses. El grueso de nuestra flota está operando desde el Tajo para abrir una brecha entre los franceses y sus aliados españoles. Pero el enemigo podría atacar Portugal a causa de nuestra presencia allí, o incluso podría volver a intentar invadir Irlanda. —

No podía disimular su amargura—. Tal como lo intentaron cuando nuestra Marina se encontraba acuciada por la desgracia que se extendió el año pasado en los grandes motines del Nore y de Spithead.

Farquhar se miró el puño de la manga y dijo:

—¡Deberíamos haber colgado a un millar de aquellos condenados, no sólo a un puñado!

Bolitho le dirigió una fría mirada.

—¡Quizá si se hubieran tenido en mayor consideración las demandas de nuestros hombres desde un primer momento, no se hubiera necesitado ninguna clase de castigo!

Farquhar sonrió y le miró.

—Estoy de acuerdo, señor.

Bolitho miró sus papeles desperdigados, dándose tiempo. Había saltado con demasiada facilidad ante la intolerancia mostrada por Farquhar.

Prosiguió:

—Nuestra primera obligación será examinar la marcha de los preparativos de los franceses en el golfo de León, en Tolón, en Marsella y en cualquier otro puerto en el que descubramos actividad enemiga. —Miró a cada uno de los presentes con seriedad—. Nuestra flota está desplegada al máximo. No podemos permitir que el enemigo la disperse de tal manera que pueda ser destruida pieza por pieza. Así mismo, no hay que tener una gran flota en un extremo del océano mientras el enemigo está en el otro.

¡Buscarlo, encontrarlo y llevarlo a combate, esa es la única manera!

Javal dijo con aspereza:

—Y la mía es la única fragata, señor.

—¿Es una observación o una queja?

Javal se encogió de hombros.

—Una enfermedad, señor.

Probyn le lanzó una rápida mirada.

—Es una enorme responsabilidad. —Miró a Farquhar—. Si nos encontramos con fuerzas superiores no tendremos apoyo. Farquhar le miró fríamente.

—¡Pero al menos sabremos que están cerca, mi querido George!

—¡Esto es un asunto serio! —dijo Herrick.

—Aparentemente. —Los ojos de Farquhar brillaron con intensidad—.

Así que, abordémoslo con seriedad.

Bolitho hizo que todos se volvieran hacia él al decir:

—Una cosa es cierta. Tenemos que trabajar juntos. No me importa qué es lo que ustedes puedan pensar acerca del valor de estas órdenes. Debemos interpretarlas y convertirlas en hechos que nos lleven a un final provechoso.

—Estoy de acuerdo, señor —asintió Farquhar.

Los demás permanecieron en silencio.

—Ahora, sean tan amables de volver a sus barcos y transmitir mis intenciones a su gente. Será un placer para mí tenerles a bordo esta noche para cenar conmigo.

Todos se pusieron en pie, planeando ya cómo reformularían aquellas palabras a sus propios subordinados. Al igual que Bolitho, cada uno de ellos, exceptuando a Inch, probablemente desearían estar solos en su propio barco para prepararse y hacerse a la idea de lo que fuera que les aguardara.

Pero tendrían poco tiempo para estar juntos, pensó Bolitho. Tenía que conocerles mejor a cada uno de ellos, de manera que cuando se desplegara una señal desde las vergas del Lysander, pudieran leer el pensamiento del hombre que la hacía.

Uno por uno, se despidieron. Probyn fue el último en marcharse, tal como Bolitho imaginaba. Dijo con cierto embarazo:

—Me alegro de verle otra vez, señor. Tiempo atrás compartimos buenos momentos. Siempre supe que tendría usted éxito, incluso que gozaría de fama. —Sus ojos recorrieron deprisa la cámara—. Yo he sido menos afortunado. Aunque no por culpa mía. Pero sin influencia… —No acabó la frase.

Bolitho sonrió.

—Facilita enormemente mi cometido el hecho de estar en compañía de viejos amigos.

La puerta se cerró y Bolitho caminó lentamente hacia el aparador de vino de caoba maciza que se había traído de Londres. Estaba maravillosamente trabajado, mostrando en cada una de sus ensambladuras y en su acabado el buen hacer de un artesano.

Todavía lo estaba mirando cuando Herrick volvió tras ver desde la borda cómo los otros comandantes partían en sus respectivos botes y dijo suspirando:

—Creo que ha ido bien, señor. —Vio el aparador y dio un pequeño silbido—. ¡Esto si que es bonito!

Bolitho sonrió.

—Es un regalo. Diría que más útil que muchos otros, Thomas.

Herrick lo examinó cuidadosamente y dijo:

—Tengo a su sobrino fuera, señor. Me he ocupado de su insensatez con algunos trabajos suplementarios para que tenga entretenida su mente inquieta. He pensado que le gustaría verle.

Pasó su mano por el aparador, añadiendo:

—¿Puedo preguntarle quién le regaló este hermoso mueble, señor?

—La señora Pareja. Se acordará usted de ella, por supuesto —replicó Bolitho.

Se mantuvo bajo control cuando cierta alarma recorrió los ojos de Herrick.

Éste dijo con tono cansino:

—Sí, señor. La recuerdo muy bien.

—¿Qué ocurre, Thomas?

Herrick le miró.

—Con los barcos que van llegando de Inglaterra, señor, siempre vienen rumores, o chismes, si así lo prefiere. Ha habido comentarios sobre su encuentro con esa dama en Londres.

Bolitho le miró fijamente.

—Por todos los santos, Thomas, no pareces tú hablando así.

Herrick insistió:

—A causa de ello, su sobrino se batió en duelo con otro teniente. —Y

añadió con obstinación—: Ellos dicen que era una cuestión de honor.

Bolitho miró a lo lejos. Y él se había imaginado que era a causa del pasado de Pascoe, de su padre muerto, traidor y renegado.

—Gracias por decírmelo —dijo.

—Alguien tenía que hacerlo, señor. —Los ojos azules se mostraron suplicantes—. Usted ha hecho tanto por todos nosotros que no quisiera ver cómo todo se va al traste por una…

—Le he dado las gracias por decírmelo, Thomas, no por su opinión acerca de la dama.

Herrick abrió la puerta.

—Le diré que entre, señor. —No miró atrás.

Bolitho se sentó en el banco que había bajo los ventanales de popa y observó una barca de pesca avanzando con un solo remo bajo la bovedilla del dos cubiertas. El pescador levantó la vista de forma inexpresiva.

Probablemente trabajaría a sueldo del comandante español de Algeciras, pensó, tomando los nombres de los barcos. Pequeñas migajas de información que transmitiría por unas pocas monedas.

La puerta se abrió y Adam Pascoe entró en la cámara, con el sombrero bajo el brazo.

Bolitho se levantó y caminó hacia él, percibiendo algo parecido al dolor en la manera en que el joven mantenía el brazo separado de sus costillas.

Incluso en su uniforme de teniente parecía el mismo chico delgado que le habían enviado en un primer momento como guardiamarina.

—Bienvenido a bordo, señor —dijo.

Bolitho se olvidó del peso de su nueva responsabilidad, de su desacuerdo no deseado con Herrick y de todo excepto de aquel joven que había llegado a significar tanto para él.

Le abrazó y dijo:

—Te has metido en problemas, Adam. Siento que fuera por mis actos.

Pascoe le miró con gravedad.

—No le habría matado, tío.

Bolitho se apartó de él y sonrió con tristeza.

—No, Adam, pero él podría haberlo hecho contigo. Los dieciocho años son un principio, no un final.

Pascoe se apartó el cabello negro de la frente y se encogió de hombros.

—El comandante me ha ordenado algunas obligaciones de más por ello.

—Miró el hombro de Bolitho—. ¿Cómo está la herida, tío?

—Olvidada. —Le acompañó hasta una silla—. Como la tuya, ¿eh?

Sonrieron con complicidad mientras Bolitho escanciaba dos copas de vino tinto. Se dio cuenta de que el cabello de Pascoe estaba cortado al

nuevo estilo, sin coleta alguna en la nuca como la mayoría de los oficiales de la Marina. Se preguntó qué clase de marina habría cuando algún día ondeara al viento el gallardetón de su sobrino.

Pascoe bebió un poco de vino.

—En la escuadra dicen que este mando habría sido para Nelson si no hubiera perdido su brazo. —Le miró de manera interrogante.

Bolitho sonrió. Había pocos secretos en la flota.

—Quizá.

Pascoe asintió con mirada distante.

—Un gran honor, tío, pero…

—¿Pero qué?

—También una gran responsabilidad.

Herrick reapareció en la puerta.

—¿Puedo preguntarle a qué hora desea que los demás comandantes estén a bordo, señor?

Miró a uno y a otro y se sintió extrañamente conmovido.

Entre los dos distarían unos veinte años, aunque parecían hermanos.

—Se lo dejo a su elección —replicó Bolitho.

Cuando Herrick se hubo marchado, Pascoe preguntó con sencillez:

—¿Pasa algo entre tú y el capitán Herrick, tío?

Bolitho le tocó el brazo.

—Nada que pueda dañar nuestra amistad, Adam.

Pascoe pareció contento.

—Me alegro.

Bolitho alargó la mano hacía la licorera.

—Ahora, cuéntame qué has estado haciendo desde la última vez que te vi.

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