Nubes de tormenta

Alexander Kent · Capítulo 11 de 20

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Nubes de tormenta

XI. La carta

XI

LA CARTA

—¿Será todo por ahora, señor? —Moffitt, el secretario, miró a Bolitho con aire triste y su cuerpo enclenque se inclinó respecto a la cubierta.

—Sí. Gracias. —Bolitho se recostó en su silla y se aflojó el pañuelo de cuello—. Dígale a Ozzard que encienda algunas lámparas. —Volvió la cabeza hacia popa para mirar a través de los grandes ventanales la puesta de sol teñida de color naranja.

Un largo día más. Hacía dos semanas que había comprometido a sus barcos en su navegación hacia el sur y, a efectos prácticos, tenían todo el mar para ellos solos. Día tras día, aprovechaban los vientos suaves para navegar hacia el sudeste a lo largo de la costa italiana, para luego hacer bordadas hacia el oeste siguiendo las brumosas costas de Sicilia, que estaban a unas treinta millas por la amura de babor. Y aparte de unas pocas embarcaciones árabes con su extraño aparejo latino, no habían sido capaces de contactar con ninguna otra alma viviente. Habían avistado algunas velas aisladas, pero se habían escapado antes de que los lentos setenta y cuatro cañones pudieran acercarse lo suficiente para examinarlas.

Bolitho miró fijamente el escritorio vacío, preguntándose por qué se molestaba en dictar otro informe diario vacío a Moffitt. Era improbable que tuviera mucho peso, excepto como prueba adicional en su propio consejo de guerra.

Se preguntó qué estaría haciendo la Buzzard, y si habría tenido alguna suerte en su búsqueda de información acerca de los buques de guerra

franceses desaparecidos. O si, una vez fuera de la vista de su comodoro y desdibujándose sus requerimientos por la distancia, Javal se había ido a buscar ganancias para sí. Sabía que estaba siendo injusto con Javal, al igual que comprendía que era su propia desesperación la que lo provocaba.

Se levantó y caminó decidido hacia la puerta. Era una costumbre que tenía desde hacía tiempo, hasta donde le alcanzaba la memoria.

Contemplaba las puestas de sol para encontrar cierta tranquilidad, o las respuestas a sus dudas. Subió rápidamente por la escala de la cámara y luego por la de toldilla, dejando que el viento del noroeste jugueteara con su camisa para aligerar el calor y el anquilosamiento del día. Caminó hacia la banda de barlovento y se agarró a las redes de la batayola, observando la amplia franja de color cobre y oro que aumentaba en intensidad y contraste en el horizonte. Era precioso, incluso sobrecogedor, y no le sorprendía que aquello aún le conmoviera. Había contemplado el espectáculo de las puestas de sol desde toda clase de cubiertas, desde las heladas inmensidades del Atlántico hasta el abrasador resplandor de los Mares del Sur.

Bolitho vio el velacho del Nicator flameando y volviendo a tomar viento al cambiar su rumbo ligeramente a popa del Osiris. Qué apacibles debían de parecer los tres barcos, si hubiera habido alguien para verlos pasar. Nada delataba la vida abarrotada del interior de sus redondeados cascos o los trabajos de reparación de los daños del temporal, que todavía seguían. Cambios de guardias, ejercicios de maniobra y de tiro, comer y dormir. Era su mundo; el de todos ellos.

Y aun así, incluso tras un día completo con esas actividades, probablemente idéntico al anterior y a los precedentes, aquellos hombres podían encontrar todavía tiempo para escapar los unos de los otros a su manera: labrando huesos y construyendo modelos, diseños complicados hechos con cabos y trozos de metales; era difícil comprender cómo unos objetos tan delicados y elegantemente trabajados podían salir de las manos de los marineros británicos. También elaboraban cajas de rapé, muy apreciadas en la cámara de oficiales por los oficiales con menos experiencia, confeccionadas con trozos de carne salada trabajados y pulidos. Estas cajas eran tan duras y quedaban tan brillantemente pulidas

como la caoba, y decían mucho de la habilidad de sus creadores así como de su digestión bajo circunstancias normales.

—¡Ah de cubierta! ¡Tierra por la amura de sotavento!

Bolitho fue a la banda contraria y atisbo hacia el otro horizonte, ya de color púrpura intenso, mientras el cielo seguía al sol en retirada como un telón. Aquello sería una parte de Malta, pensó, y lo más probable era que fuera la isla de Gozo.

Bajo la barandilla de la toldilla, oyó gritar a un ayudante de piloto:

—¡Tú! ¿Cómo te llamas? Larssen, ¿no es así? —Hubo una respuesta farfullada y, luego, la primera voz prosiguió—: ¡Te lo he dicho, te lo he dicho y te lo he dicho! Mira la aguja y mira la orientación de las velas. ¡No te quedes ahí papando moscas hasta que el barco arribe bajo tus pies! ¡Dios, nunca llegarás a piloto, ni en cien años!

Esta vez se oyó otra voz. Bolitho reconoció el tono altivo del teniente Fitz-Clarence:

—¿Qué alboroto es ese, señor Bagley?

—No gran cosa. Sólo que el pobre viejo barco está tan lleno de extranjeros ¡que tengo que decírselo todo dos veces! —respondió el ayudante de piloto.

Bolitho empezó a deambular arriba y abajo por la toldilla desierta. Por supuesto, Bagley tenía razón. Como en muchos buques del Rey, el Lysander había congregado un buen número de marineros extranjeros en sus entrañas.

Suecos y españoles, hannoverianos y daneses. Había once negros y un canadiense que hablaba francés mejor que Farquhar.

Pensó de repente en el capitán americano, John Thurgood.

Habría dejado su carga y estaría realizando ahora el camino de vuelta.

La suya no sería la única vuelta a casa feliz. Los marineros españoles a los que Bolitho había mandado al bergantín-goleta desde la presa Segura harían llorar y reír a sus esposas y a sus madres cuando Thurgood los enviara a tierra en su propio país.

Se volvió a detener junto a la barandilla y miró hacia popa. Y el Segura estaba demasiado bien escondido entre los otros barcos para ser visto.

Suspiró. Había enviado a parte de su dotación a un bergantín-goleta

americano, y uno de sus botes se lo había entregado a unos pescadores franceses a cambio de información. Información que él había sido incapaz de transformar en resultados. ¿A causa de la tormenta, o porque no había conseguido aprovechar la situación completamente, haciendo así que la escuadra fracasara?

Unos pies resonaron en la escala y el guardiamarina de guardia se le acercó con cautela.

—¿Y bien, señor Glasson?

El guardiamarina se llevó la mano al sombrero.

—Con los respetos del señor Fitz-Clarence, señor. El vigía del tope ha avistado tierra al sudeste. El piloto ha confirmado que es Malta, señor.

—Gracias.

Bolitho le miró seriamente. Glasson tenía diecisiete años y había relevado a Luce como guardiamarina de señales tras su muerte. No había ningún otro parecido. Glasson era severo y tenía facciones angulosas, con una lengua y un sentido de la disciplina acordes. Sería un mal teniente, si vivía lo suficiente. Era extraño y lamentable ver cuántos de allí eran como Glasson, hombres que nunca aprendían de las espantosas historias de motines, cuando el poder del alcázar se convertía en una pequeña y aislada comunidad en un abrir y cerrar de ojos. En el período de entreguerras había tenido lugar el motín del Bounty, de Bligh, que había cautivado la imaginación de la nación. Los civiles siempre estaban ansiosos por juzgar los acontecimientos en los que ellos no estaban involucrados, y en los que no sufrían amenaza ni molestia alguna. Luego, sucedieron los grandes levantamientos en el Nore y en Spithead, ambos provocados por los agravios sufridos por los hombres de la flota y que venían de largo tiempo atrás. Y justo antes de salir hacia Gibraltar para izar su gallardetón en el Lysander, Bolitho había escuchado, indignado y consternado, la última prueba de lo que podía ocurrir cuando los hombres y sus recursos eran llevados más allá de sus límites. La fragata de Su Majestad Hermione había entrado en el puerto español de La Guaira y se había rendido al enemigo.

Sus oficiales habían sido asesinados de la manera más horrible y algunos de sus marineros leales habían sufrido su misma suerte. Los amotinados habían

ofrecido el barco al enemigo a cambio de su libertad. Bolitho no sabía mucho más del motín, sólo que la fragata había estado bajo el mando de un tirano. Mientras miraba fijamente a Glasson, que sentía como se esfumaba rápidamente gran parte de su seguridad en sí mismo bajo la mirada de su comodoro, se maravilló ante el hecho de que la lección siguiera sin ser aprendida.

—¿Cuáles son sus esperanzas para el futuro?

Glasson se irguió.

—Servir a mi Rey, señor, y obtener mi propio barco.

—Muy loable. —Bolitho añadió con sequedad—: ¿Ha aprendido algo de las obligaciones que ha desempeñado a bordo de nuestra presa?

El guardiamarina se relajó ligeramente.

—Los Dons que la tripulan son imbéciles. No saben nada, y su barco está en un estado asqueroso.

Bolitho no le escuchaba, estaba pensando en la carta y en el agente francés llamado Yves Gorse. Podía notar como la sangre le corría por el cerebro como fuego. ¿Y si el francés no supiera qué barco le iba a traer las instrucciones desde Tolón? Con las comunicaciones tan dificultadas, y siendo aún las intenciones finales de los franceses un secreto bien guardado, era probable que supiera poco acerca de la forma de entrega de dichas instrucciones.

Se volvió hacia Glasson.

—Mis saludos al capitán de bandera. Me gustaría que se reuniera conmigo aquí en la toldilla.

Farquhar llegó cinco minutos más tarde para encontrarse a Bolitho caminando a grandes zancadas de un lado a otro, con las manos a la espalda, como si estuviera en estado de trance.

—¿Ha tenido usted alguna nueva idea, señor? —insinuó Farquhar.

Bolitho se detuvo y le miró.

—Creo que quizá otros me la hayan dado. Estaba demasiado enfrascado en mis preocupaciones para prestar atención a lo evidente.

—¿Señor?

—He oído al ayudante de piloto, Bagley, reprendiendo a uno de los timoneles. Porque no le había entendido inmediatamente.

Farquhar frunció el ceño.

—Debe tratarse de Larssen, señor. Puedo sacarle del puesto.

—No, no. —Bolitho le miró de frente—. No era eso. Y también algo que Glasson acaba de decir acerca del Segura.

—Entiendo, señor. —Farquhar se había perdido—. Al menos, así lo creo.

Bolitho sonrió.

—El Segura. Lo hemos estado conservando con nosotros sin saber por qué. ¿Quizá por vanidad? ¿Como prueba de que no hemos fracasado del todo? Y mientras iba pasando el tiempo, nos hemos olvidado de que estaba ahí.

Farquhar le miró dubitativo, con los ojos resplandecientes bajo la puesta de sol.

—Es demasiado lento para ir a la descubierta, señor. Pensaba que estaríamos de acuerdo en esto.

Bolitho asintió.

—Seleccione una nueva dotación para la presa y reparta a los españoles restantes por la escuadra. Y dígale a un teniente de su elección que quiero que la dotación de la presa ¡sea lo más extranjera que pueda encontrar!

—A la orden, señor. —Ahora ni siquiera había sorpresa en él. Farquhar probablemente pensaba que la tensión y la responsabilidad al final le habían hecho enloquecer.

—Y quiero que se haga inmediatamente. Haga una señal a la escuadra para que fachee antes de que se vaya del todo la luz.

Farquhar hizo ademán de salir corriendo.

—¿Qué tendrá que hacer el teniente, si me permite la pregunta, señor?

—¿Hacer, comandante? —Se dio la vuelta para ocultar su súbita excitación—. Entrará con el Segura en Malta bajo bandera falsa, americana, creo. Y allí entregará una carta.

—¿Al agente francés? —exclamó Farquhar.

—Exacto. —Empezó a pasear—. Le sugiero que empiece enseguida.

Farquhar esperó unos momentos.

—Es un gran riesgo, señor.

—Ya me ha dicho usted eso anteriormente. Como lo hizo Thomas Herrick. ¿Nunca ha corrido riesgos?

Farquhar sonrió.

—Lo más probable es que los hombres deserten una vez estén en Malta.

Y que el oficial al mando sea prendido y posiblemente colgado. Los Caballeros de Malta son muy conscientes del peligro que conlleva contrariar a Francia. En el pasado han sido amigos nuestros. —Se encogió de hombros—. Pero el ejército y la marina francesa están mucho más cerca de lo que lo estaban entonces.

—Estoy de acuerdo. De ninguna manera utilizaría a un teniente con poca experiencia para cargar con la responsabilidad de esta misión.

Farquhar le miró con renovado interés.

—¿Pretende ir usted con el Segura?

—Pase lo que pase. Sí.

El guardiamarina Glasson había tenido razón en una cosa, decidió Bolitho. La presa, el Segura, no sólo estaba sucia, sino que además emanaba tantos olores de distinta antigüedad e intensidad que era difícil no tener arcadas cuando se estaba entre cubiertas.

Había oscurecido cuando la nueva dotación de la presa fue transportada a ella y se intercambió con los españoles que quedaban, y con dos buenos hombres en la rueda y el paño reducido al mínimo para la noche, el Segura fue abandonado a sus propios recursos.

Bolitho estaba sentado en la diminuta cámara masticando algo de cerdo salado y unas galletas duras como piedras que intentaba deshacer en parte de las abundantes provisiones de vino tinto del barco.

Farquhar había escogido al teniente Matthew Veitch para que le acompañara, y éste ya había demostrado que era tan bueno a bordo de un barco desconocido para él como lo había sido dirigiendo los dieciocho libras durante el combate contra los dos buques de guerra franceses. Con unos veinticinco años, Veitch aparentaba ser mucho mayor y tener más experiencia de lo que indicaba su edad. Era del norte de Inglaterra, de

Tynemouth, y su marcado acento, sumado a sus normalmente adustos rasgos, le hacían parecer demasiado serio para su edad. Pero podía borrarlo de golpe con una rápida sonrisa, y Bolitho se había dado cuenta de que a sus marineros les gustaba y de que le respetaban.

Plowman, el ayudante de piloto más antiguo, que había sido elegido de nuevo para unirse a la expedición, y el guardiamarina Arthur Breen, un pelirrojo de dieciséis años con la cara llena de pecas, completaban el grupo de autoridades superiores del buque.

Habían estado tan ocupados instalándose en su nuevo barco que las ya desdibujadas velas de los tres setenta y cuatro cañones se habían desvanecido en la creciente oscuridad antes de que ninguno hubiera encontrado tiempo para comentarlo.

Bolitho levantó la vista cuando Veitch entró en la estrecha cámara.

—¡Cuidado!

Pero era demasiado tarde. Veitch dio un grito ahogado cuando su cabeza se golpeó violentamente contra un bao.

Bolitho señaló hacia un cofre de marinero.

—Siéntese y cuide su cráneo. —Le acercó una botella de vino—. ¿Está todo en orden?

—Sí, señor. —Veitch tiró la cabeza hacia atrás y vació la copa de metal

—. Les tengo en pie de guardia. Eso les mantiene ocupados y asegura que no se nos eche encima alguna patrulla enemiga.

Bolitho escuchó los ruidos poco familiares del barco, el repiquetear del aparejo y los muy cercanos sonidos del timón al moverse. El Segura era un buque de forma redondeada, probablemente de origen holandés, cuando quiera que hubiera tenido lugar ese origen. Sus bodegas eran espaciosas para su tamaño y estaban repletas de carga y pólvora. Su velamen era austero y manejable con un mínimo número de marineros. De nuevo, eso le hacía estar casi seguro de que era de construcción holandesa. Bien aprovechado, tanto en espacio como en el tamaño de la dotación, sin duda había navegado por todas las costas, desde las que bordeaban el Báltico hasta las de África. Pero era viejo, y sus amos españoles habían dejado que se estropeara. Plowman ya había informado sobre la pobre calidad de su

firme jarcia y de los amantillos de botavara y de botalones de ala, algunos de los cuales los había descrito como «tan flacos como el dinero de un marinero».

Pero Plowman era la mano derecha de Grubb. Al igual que el piloto, no se contentaba con trabajos a medias.

Bolitho sonrió para sí mismo. Si Plowman estaba molesto, los marineros elegidos para formar parte de la dotación de la presa parecían justo lo contrario. Incluso a bordo del Lysander, mientras les hablaba brevemente antes de saltar a los botes, había notado sus sonrisas y los pequeños codazos que se daban unos a otros como muestra de la alegre aceptación de su inesperado papel. Por escapar del aburrimiento, por tener algo que hacer para romper la rutina diaria o puede que por el hecho de que cada uno de ellos hubiera sido elegido cuidadosamente, todo contribuía a crear aquella atmósfera despreocupada. La idea de que hubieran sido escogidos principalmente por su lengua extranjera aparentemente no se les había ocurrido.

Podía oír a alguien cantando una extraña y melódica canción, y un coro de voces de la guardia de abajo que se le unían. Había un olor poco corriente a comida en el ambiente húmedo de entre cubiertas, otra prueba más de su nueva identidad.

Veitch sonrió.

—Se han adaptado bien, señor. Ese que canta es Larssen, y el que ha sido destinado a la cocina es un danés, ¡así que sabe Dios qué vamos a comer esta noche!

Bolitho miró hacia la puerta cuando Plowman entró en la cámara. El ayudante de piloto dijo:

—He dejado al señor Breen con la guardia, señor. —Cogió el vino que le ofrecía Bolitho y lo miró con gratitud—. Bueno, gracias, señor.

Bolitho les lanzó una mirada de aprobación. Todos, incluido él mismo, llevaban un simple chaquetón azul; sería difícil encontrar un trío más desaliñado. Era una vestimenta típica, esperaba, de los incontables cientos de capitanes mercantes que navegaban bajo cualquier bandera y llevaban cualquier carga de la que pudieran sacar un beneficio.

—Mañana llegaremos a Malta. —Bolitho observó como Plowman prensaba tabaco negro en una pipa de arcilla alargada—. Yo soy el capitán

—sonrió con aire serio—, Richard Pascoe. Ustedes pueden mantener sus propios nombres. El señor Veitch será el primer oficial. El señor Plowman, el segundo. Mi patrón, Allday, hará el papel de contramaestre.

Plowman vaciló, y puso un gran bote de tabaco sobre la desvencijada mesa.

—¿Si quiere probarlo, señor? Es…, bueno, no está mal.

Bolitho cogió una pipa de una caja de madera de sándalo que estaba encima de la pequeña mesa de cartas y le dio otra a Veitch.

—¡Vamos a probarlo, señor Plowman!

Se puso serio.

—Yo iré a tierra con Allday y la dotación de un bote. Ustedes fingirán que se están preparando para abrir las escotillas. Pero estén preparados para cortar el cable y hacerse a la mar si algo va mal. Si eso ocurriera, pueden quedarse cerca de la costa durante dos noches más, donde les he marcado en la carta. Si aún sigue sin haber ningún rastro de mí, deberán ustedes reunirse con la escuadra en Siracusa. El comandante Farquhar actuará según lo previsto.

El aire se hizo visiblemente más espeso por el humo, y Bolitho dijo:

—Cojan más vino de la taquilla. Como nuestra gente de allí delante, me siento extrañamente sosegado. Al menos esta noche.

Se oyó el taconeo de unos zapatos por encima de sus cabezas y Veitch sonrió.

—El joven señor Breen está solo allá arriba. ¡Se siente todo un capitán de navío, sin duda!

Bolitho dejó que le invadiera el sopor. Pensó en Pascoe, en sus oscuros ojos ansiosos y suplicantes mientras le pedía que le permitiera ir con él.

Tocó el viejo sable que estaba apoyado contra la mesa. Quizá debería haberlo dejado en el Lysander. Si algo le ocurría a él, el sable probablemente desaparecería para siempre. De una manera un tanto extraña, le parecía importante que lo tuviera Pascoe. Algún día.

No vio a Veitch guiñar el ojo hacia Plowman, que se levantó y dijo:

—Es mejor que vaya a relevar al señor Breen, señor.

Veitch asintió.

—Y yo tengo que ir a proa para ver que todo esté bien.

Se puso en pie y se volvió a dar un golpe en la cabeza.

—¡Malditos sean esos constructores agarrados, señor! —Sonrió atribulado—. ¡Un navío de línea puede que esté abarrotado, pero mantiene la cabeza de un hombre sobre sus hombros!

Sólo una vez más, Bolitho se inclinó sobre su carta náutica y la estudió detenidamente bajo una lámpara que se movía en espiral. Se quitó el chaquetón azul y se aflojó el pañuelo de cuello, notando como unas gotas de sudor le bajaban por la espalda. Hacía un calor agobiante, y el vino no había aplacado su sed. Allday entró en la cámara.

—Le traeré algo para comer dentro de un momento, señor. —Arrugó la nariz—. ¡Este casco apesta como el mercado de Exeter!

—El calor no nos es de gran ayuda. —Bolitho tiró el compás de puntas sobre la carta—. Voy a salir inmediatamente a cubierta a respirar.

—Como usted desee, señor. —Allday le miró al pasar—. Haré que le avisen cuando su comida esté lista.

Miró alrededor de la desordenada cámara y se encogió de hombros.

Ciertamente era húmeda, sucia y maloliente, pero tras el sofocante calor del día, casi parecía fresca. Vio las botellas de vino vacías y sonrió. El calor del comodoro era probablemente un calor interno.

* * *

—Cargue el trinquete.

Bolitho se protegió los ojos del sol con la mano para examinar la desordenada extensión de fortificaciones de color arena que protegían todas las entradas al puerto de La Valetta. Durante su lenta aproximación, observando la salida del sol por detrás de las erosionadas defensas de Malta, había resultado difícil para algunos de los marineros no verla como otra cosa que una fortaleza.

—Mantenga ese rumbo. —El robusto cuerpo de Plowman se movió alrededor de los timoneles, sin dejar la pipa que llevaba en la boca.

Bolitho sabía que él, como la mayoría de los otros, encontraba dificultades para actuar de aquella manera tan informal y descuidada después de la rígida disciplina de un buque del Rey. Y en ningún otro momento sería más importante la apariencia del barco que cuando entrara en el puerto.

Bolitho pasó la mirada por la desarreglada cubierta. Los marineros se apoyaban en ambas amuradas, señalando diversos puntos, algunos con auténtico interés y otros fingiendo de forma teatral.

El guardiamarina Breen dijo:

—He oído hablar muchas veces de esta isla, señor. Nunca pensé que algún día la iba a ver.

Plowman sonrió.

—Sí. La Valetta fue llamada así en honor al Gran Maestre de los Caballeros de la Orden de Malta, que la defendió ante los turcos.

—¿Estaba usted aquí entonces? —Breen miró al ayudante de piloto con indisimulada admiración.

—Difícilmente podría haber estado, señor Breen. ¡Eso fue hace más de doscientos años! —Miró a Veitch y movió la cabeza—. ¡Iba a estar yo aquí!

La fortaleza más cercana se deslizaba ahora por el través, con su muralla superior llena de coloridas figuras. Era utilizada al parecer tanto como calle como de baluarte. Detrás de ella, Bolitho vio el agua resplandeciente que se abría para recibir al Segura. El puerto bullía de actividad con embarcaciones y diminutos botes a remo que bogaban sin parar desde los barcos a los muelles como escarabajos de agua. Había unas pocas goletas, algunos estropeados dhows árabes y faluchos, más comunes, con sus enormes velas latinas. Dos galeazas pintadas y con incrustaciones doradas se hallaban situadas junto a un tramo de escalones de piedra, como cosas del pasado. Podrían no haber parecido demasiado fuera de lugar cuando los romanos habían conquistado Inglaterra, pensó Bolitho. Los Caballeros de Malta las habían utilizado con gran éxito a través de los siglos para hostigar los puertos y los barcos turcos, y habían hecho mucho

para alejar la influencia de los mismos de Occidente, se suponía que para bien.

Pero ahora, el papel de Malta había cambiado otra vez. Se habían encerrado en sí mismos y en sus propios recursos, rebuscando en los barcos que entraban en el puerto o fondeaban por pura necesidad en un temporal o huyendo del ataque de los corsarios, para conseguir ingresos y comerciar.

—Prepare el ancla.

Bolitho caminó con grandes pasos hasta el pie del palo mayor para ver si les daban el alto. En realidad, despertaban poco interés, por lo que dedujo que el Segura no era el primer barco que entraba llevando la bandera americana.

Allday susurró:

—Dios mío, al señor Gilchrist le llevará un año hacer que estos muchachos vuelvan a saltar como marineros otra vez. —Esbozó una sonrisa al ver a uno de los hombres escupir deliberadamente en la cubierta y luego sonreír de manera un tanto tímida a sus compañeros. Un acto así le habría supuesto una docena de azotes en el Lysander.

—¡Listos para virar! —gritó Veitch.

Bolitho cogió un catalejo de latón y lo apuntó hacia el muelle de piedra más largo. Ya se veían barcas desatracando, cargadas hasta la regala de fruta, cestería y probablemente también de mujeres. Y es que a pesar de los principios y la orientación cristiana que regía en el interior de aquellos sólidos muros, sus virtudes se habían deteriorado hacía tiempo, y se insinuaba que incluso los propios caballeros procuraban más por el disfrute personal que por el cielo.

—¡Timón todo de orza!

El Segura escoró ligeramente sobre su sombra, con las velas llenas de parches que apenas se movían mientras se ponía proa al viento y su oxidada ancla salpicaba en el agua clara.

—Señor Veitch. Si permite que esos botes vivanderos se pongan al costado, le sugiero que se asegure de que sus ocupantes se quedan en ellos.

Puede dejar que unos pocos suban a bordo a la vez. De otra manera no podremos controlarles.

Veitch mostró una extraña sonrisa.

—A la orden, señor. Sería una combinación fuerte, ¿eh? ¡Una bodega llena de vino, algunos marineros británicos y las perversiones que están a punto de ofrecernos esos mercaderes!

Allday estaba ya reuniendo una guardia de ancla pequeña pero de apariencia aterradora. Cada uno de los hombres iba armado con un alfanje y con una pesada asta de madera.

—Arriad el bote.

Bolitho se enjugó la cara y el cuello. El calor era más sofocante en el puerto que bajo cubierta.

La primera embarcación estaba ya al costado, con el mercader y sus hombres de pie para mostrar sus mercancías, rivalizando unos con otros en diversas lenguas.

Veitch se acercó a popa de nuevo.

—Ya está, señor. Tengo dos cañones giratorios cargados con metralla y unos cuantos mosquetes escondidos bajo el castillo. He visto que las baterías del puerto miran hacia el mar, por lo que por el momento estaremos bien.

Bolitho asintió.

—La gente que construye las fortalezas cometen a menudo ese error.

Nunca esperan un ataque por la retaguardia.

Pensó en la carga que habían hecho en la ladera de aquella colina española, en el chasquido de los mosquetes y en los infantes de marina vitoreando como fieras mientras atacaban con sus bayonetas caladas.

—Menos mal.

—Los botes han sido arriados, señor.

Allday caminó con decisión hasta la amurada de al lado de los obenques del palo mayor cuando un pequeño hombre de piel oscura con un turbante, cargado con abalorios, botellas y dagas chillonas, intentó trepar a cubierta.

—¡Espera la orden, Mustafá! —Allday puso la mano ahuecada bajo la barbilla del hombre y le tiró al agua. Levantó un coro de risas y burlas de los compañeros del desafortunado vivandero, quienes probablemente

consideraban que el capitán de aquel barco, si bien era duro de corazón, al menos iba a ser justo con todos ellos.

Veitch siguió a Bolitho hasta la borda.

—Si viene a bordo un oficial, señor, ¿intento embaucarle?

Bolitho había estado en Malta anteriormente. Sonrió forzadamente.

—Déjese guiar por el señor Plowman. Sospecho que ha estado de visita aquí en otras misiones más bien poco ortodoxas. Puede que los oficiales de puerto decidan esperar a que muestre usted signos de descargar. Pero si vienen y le piden los papeles, dígales lo que le he explicado antes, que los tuvimos que tirar por la borda cuando un barco desconocido nos dio caza.

En la cámara encontrará una bolsa con monedas de oro para untarles bien.

Plowman sonrió ante la incertidumbre del teniente.

—¡Claro que sí, señor Veitch! ¡Los oficiales de puerto son iguales en todas partes, y con más y más barcos yanquis metiéndose en el Mediterráneo no querrán perder una nueva clase de comercio!

Bolitho pasó una pierna por encima de la borda.

—Y vigile a nuestra gente. Puede que haya espías franceses entre esos vivanderos. ¡Y no estaría mal que se lo dijera cuanto antes!

Bajó hasta la única lancha que quedaba del Segura.

—Ábrase del costado.

Mientras el bote se alejaba bogando, vio a uno de los mercaderes dar unos pequeños golpes en un montón de alfombras, y vio también como de debajo del mismo salía un brazo suave y regordete y las apartaba a un lado.

No era el brazo de un hombre. Con el capitán del Segura alejándose de allí, el comercio de verdad estaba a punto de empezar.

Allday murmuró:

—Encima de la escalera, señor. Dos oficiales de alguna clase.

Pero los oficiales les prestaron poca atención, sólo un cortés movimiento de saludo con la cabeza, y continuaron observando al barco recién fondeado, posiblemente calculando el momento correcto para presentarse a bordo.

Bolitho subió al caliente muelle de piedra y esperó a que Allday y el otro hombre subieran y se pusieran a su lado. El marinero era el sueco,

Larssen. Tenía una expresión alegre y confiada, y una de las espaldas más anchas que Bolitho había visto.

—Es por si tenemos algún pequeño contratiempo, señor —comentó Allday. Se calló y le miró—. ¿Está usted bien, señor?

—Por supuesto. No se preocupe —respondió Bolitho. Se dio la vuelta

—. Envíe el bote de vuelta al barco. Hemos de llamar la atención lo menos posible.

Oyó a Allday hablando con la dotación del bote e intentó no seguir tirando de la camisa para apartarla de su cuerpo. Estaba empapado de sudor y se sentía extrañamente mareado. ¿El vino? ¿Algo de lo que había comido la noche anterior? En su interior, otra razón más probable estaba ya tomando cuerpo e hizo un esfuerzo para disimular su repentina inquietud.

Era improbable, sin duda. Apretó los dientes, deseando que Allday acabara ya con el bote y le siguiera hasta alguna sombra. Pero no era imposible. Casi nueve años atrás, en los Mares del Sur, la fiebre casi le había matado. Había tenido unos pocos brotes de la misma desde entonces, pero hacía más o menos un año que no le ocurría. Casi maldijo en alto. No podía ser; de todos los momentos posibles, no debía pasarle ahora.

—Listos, señor —dijo Allday.

—Bien. Ahora, vamos a buscar esa dirección y a terminar con el asunto.

—Se tambaleó y tocó el hombro de Allday—. ¡Maldita sea!

Mientras se abría paso a través de un grupo de mercaderes que parloteaban, Allday le miró con una súbita y gran preocupación.

—El capitán, ¿no está bien? —preguntó Larssen.

Allday le agarró el brazo con fuerza.

—Escuche, y escuche bien. Si es lo que yo creo que es, estará fuera de combate dentro de una hora. Quédese conmigo y haga lo que yo hago,

¿entiende?

El sueco se encogió de hombros.

—Sí, señor, ¡señor Allday!

Afortunadamente, la dirección no estaba lejos de las escaleras del puerto. De hecho, la casa de paredes blancas estaba pegada a una de las fortalezas más pequeñas como si le sirviera de apoyo, y en un gran balcón

Bolitho pudo ver el extremo de un gran catalejo apuntado hacia el fondeadero como si fuera un gran cañón.

Palpó con la mano bajo el chaquetón para asegurarse de que su pistola estuviera suelta y lista para ser sacada. Estaba corriendo un gran riesgo.

Quizás aquel agente ya conociera el destino del barco al que se le había confiado aquella carta para él. El convoy al que la Buzzard había dado caza, con el que navegaba ese barco, podría haber arribado a Malta, pasar la información de la captura y seguir hacia su destino.

Pero aún lo creía improbable. Una carta de tanta importancia, si es que así era, habría sido llevada por una de las fragatas francesas de escolta y luego enviada a tierra con un bote, probablemente de noche.

Dijo bruscamente:

—Vamos. Tendremos que darnos prisa.

La parte de abajo de la casa estaba llena de botas de vino y montones de paja para empaquetar botellas. Unos pocos trabajadores malteses bajaban rodando botas vacías por una rampa hacia una bodega, y un hombre de aspecto aburrido con una camisa con volantes y calzones de color mostaza estaba escribiendo en un libro de contabilidad sobre otra bota.

Levantó la mirada, con ojos recelosos.

—¿Sí? —Podía ser casi cualquier cosa, desde griego a holandés.

—Sólo hablo inglés. Soy el capitán del barco americano que acaba de fondear —dijo Bolitho.

El hombre no respondió enseguida, pero no había duda alguna en su mirada, ninguna muestra de incomprensión.

Entonces, dijo:

—Americano. Sí. Entiendo.

Bolitho carraspeó e intentó mantener la voz firme:

—Deseo ver a M’sieu Gorse.

De nuevo, aquella mirada fija. Pero no hubo ningún grito de alarma ni los ayudantes del hombre echaron a correr. Finalmente, contestó:

—No estoy seguro de poder concertarle una visita.

Allday dio un paso adelante, con cara de pocos amigos.

—¡Si el capitán dice que quiere verle, no hay más que hablar, amigo!

¡No hemos hecho todo este camino con una maldita carta sólo para que nos hagan esperar!

El hombre mostró una sonrisa forzada.

—Tengo que ser cauteloso. —Miró con elocuencia hacia el puerto—.

Séanlo también ustedes.

Cerró el libro y les hizo señas en dirección a unas estrechas escaleras de piedra.

Bolitho miró a Allday.

—Quédese aquí con Larssen. —Tenía la boca completamente seca y el paladar ardiendo como la arena caliente. Negó con la cabeza con súbita impaciencia—. ¡Sin discusiones! ¡Si las cosas se ponen mal ahora, uno tendrá las mismas posibilidades que tres! —Intentó sonreír, para tranquilizarle—. Le llamaré enseguida si fuera necesario.

Se dio la vuelta y siguió al hombre escaleras arriba. Pasaron por una puerta y entraron en una habitación alargada, un lado de la cual daba al puerto y a los barcos y casas que brillaban bajo el sol como un gran tapiz.

—¡Ah, capitaine! —Una figura blanca salió del balcón—. Albergaba ciertas esperanzas de que fuera usted.

Yves Gorse era bajo y voluminoso. Tenía una poblada barba negra, como para compensar su aspecto totalmente insulso y sus pequeñas y delicadas manos inquietas.

Bolitho le miró con calma.

—Habría llegado antes, pero fui perseguido por una fragata británica.

Tuve que tirar mis papeles por la borda, pero conseguí perder de vista al bastardo en un temporal.

—Entiendo. —Gorse señaló con una de sus delicadas manos hacia una silla—. Por favor, siéntese. ¿Se encuentra mal, capitaine?

—Estoy bien.

—Quizá. —Gorse caminó hasta la ventana y miró fijamente hacia el agua—. ¿Y se llama usted…?

—Pascoe. Es un apellido de Cornualles.

—Lo sé, capitaine. —Se dio la vuelta con sorprendente ligereza—. Pero no sé nada de ningún capitaine Pascoe.

Bolitho se encogió de hombros.

—En este juego tenemos que aprender a confiar unos en otros, ¿no?

—¿Juego? —Gorse se movía por la habitación—. Nunca lo ha sido.

Aunque su país es aún demasiado joven para apreciar los peligros.

Bolitho replicó enojado:

—¿Ha olvidado usted nuestra Revolución? ¡Creo recordar que se hizo unos cuantos buenos años antes que la suya!

— ¡Touché! —Gorse sonrió, mostrando unos dientes pequeños pero perfectos—. No quería ofenderle. Ahora, veamos esa carta. ¿Puede dármela?

Bolitho la sacó de su bolsillo.

—Ya ve, M’sieu, yo confío en usted.

Gorse abrió la carta y la leyó en un rincón soleado. Bolitho trató de no mirarle, de no buscar alguna señal de que Gorse se hubiera dado cuenta de que la carta había sido lacrada de nuevo. Gorse, sin embargo, parecía satisfecho. No, aliviado era una palabra más apropiada.

—Bien. Ahora quizá quiera tomar un poco de vino, mejor que la porquería que debe de llevar usted. ¿A dónde se dirige?

Bolitho cerró los puños en sus bolsillos para controlar sus miembros.

Notaba que le estaban temblando tanto que seguramente Gorse se había dado cuenta. Aquel era el momento. Si intentaba contestar a Gorse de manera evasiva o trataba de engañarle más, el hombre lo sabría inmediatamente. Gorse era un agente enemigo de confianza. Su tapadera de vinatero y proveedor de buques habría sido cuidadosamente construida durante muchos años, lo que significaba que no querría volver a Francia, un país muy diferente del que era cuando salió mucho tiempo atrás. Muchos de sus colegas vinateros habían exhalado su último suspiro con la cabeza gacha y mirando hacia una cesta ensangrentada, esperando que cayera la guillotina.

Malta se encontraba en una posición difícil, como un centinela en la puerta entre el Mediterráneo oriental y el occidental. Su trabajo reuniendo

información para Francia le resultaría muy útil a Gorse, especialmente cuando la flota saliera de Tolón, como debía de estar haciendo.

Finalmente, respondió:

—A Corfú, por supuesto. No hay cambios. Pensaba que mi amigo John Thurgood habría fondeado aquí con su Santa Paula. Tenía el mismo destino, como bien sabrá usted.

Gorse sonrió con modestia.

—Sé muchas cosas.

Bolitho trató de relajarse, de encontrar consuelo en que su mentira era aceptada. Pero se encontraba mucho peor, y sabía que su respiración se estaba acelerando. Por su cabeza cruzaban visiones, como partes de una pesadilla. Las playas de arena clara y las palmeras meciéndose en Tahití, y más allá, en las otras islas. Imágenes discordantes de hombres muriendo de manera horrible de fiebre, y el resto, juntos y llenos de terror y desesperación.

Se oyó a sí mismo preguntar:

—La carta, ¿traía buenas noticias?

—Sí, capitaine. Aunque los malteses puedan pensar de otra manera cuando llegue el momento. —Parecía preocupado—. De verdad, debo insistirle que descanse. No parece estar usted nada bien.

—Fiebre. Hace mucho tiempo. Vuelve otra vez —dijo Bolitho. Tenía que hablar con frases cortas—. Pero estaré listo para zarpar.

—Pero no hay prisa. Puede usted descansar… —Una expresión de alarma recorrió su rostro—. A menos que sea peligroso para los demás…,

¿lo es?

Bolitho se levantó y se apoyó en el respaldo de la silla.

—No. Llame a mis hombres. Me encontraré mejor a bordo de mi barco.

—Como desee. —Chasqueó los dedos en dirección a alguien que estaba situado al otro lado de la puerta.

Incluso a pesar del mareo, Bolitho advirtió que Gorse había estado preparado para matarle; había dispuesto hombres fuera de su vista para ese propósito por si fracasaba en su intento de convencerle.

Consiguió preguntar:

—¿Desea que lleve alguna carta a Corfú, M’sieu?

—No. —Gorse le miró preocupado—. Mis próximas cartas llegarán por conductos más directos.

Allday apareció en la habitación, con el sueco a su espalda.

—Su capitán está enfermo —espetó Gorse.

Bolitho notó que Allday le agarraba del brazo.

—¡Tranquilo, señor! ¡Pronto estará usted bien!

Bajaron la empinada escalera y salieron de nuevo a la implacable luz del sol. Más que ayudándole, le estaban llevando, y vagamente se dio cuenta de las sonrisas que dirigían los paseantes malteses a los tres marinos que habían salido tan tambaleantes de un almacén de vino.

—¡Adelántese, Larssen, y haga señales al bote! —rugió Allday. Y

añadió bruscamente—: ¡Si no está usted en el muelle cuando lleguemos allí, le buscaré hasta encontrarle, aunque me lleve toda la vida!

Bolitho notó que le llevaba a una zona de sombra. Su cuerpo chorreaba de sudor, pero, a diferencia de la vez anterior, estaba helado, de modo que no podía dejar de temblar.

Dijo entrecortadamente:

—Debemos… seguir… adelante. —Era inútil. Sus fuerzas se desvanecían rápidamente—. Tengo que… decírselo… a la… escuadra. —

Entonces se desmayó.

Cuatro marineros, guiados por Larssen, subieron corriendo desde el puerto y miraron a Allday con sorpresa.

Allday espetó:

—¡Rápido, llevadle al bote! —Se sacó el chaquetón y envolvió a Bolitho con él—. ¡Y no os paréis por nadie!

Pareció que había un trecho interminable de agua entre el muelle y el barco, y durante cada uno de los metros del trayecto Allday sostuvo a Bolitho pegado a su cuerpo, con los ojos puestos en las velas cargadas del Segura, deseando que estuvieran más cerca.

Por lo que a él respectaba, la escuadra, los franceses y todo el maldito mundo podían hacer lo que quisieran. Si algo le ocurría a Bolitho, ninguna otra cosa importaría.

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