Nubes de tormenta

Alexander Kent · Capítulo 12 de 20

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Nubes de tormenta

XII. Lealtades divididas

XII

LEALTADES DIVIDIDAS

Casi idénticos bajo la despiadada bruma provocada por el calor, los tres navíos de línea estaban tranquilamente fondeados a una distancia de un cable de tierra.

El comandante Thomas Herrick cruzó a la banda de babor del alcázar del Osiris y miró aquellas montañas tan poco familiares, el verde exuberante y los peñascos cortados donde parte del cabo se había desplomado en el mar. Siracusa se veía remota, incluso hostil, de manera que su imponente presencia, fondeados como estaban entre los apacibles movimientos de las pequeñas embarcaciones costeras, hacía que la impresión fuera el doble de intensa en la mente de Herrick.

Se mordió el labio y jugueteó con la idea de volver abajo otra vez. Pero la gran cámara de popa siempre parecía estar allí esperándole, como una trampa. Y por otro lado, estaba Farquhar. Levantó la vista hacia el Lysander y notó como la vieja añoranza y la desesperación le invadían para unirse a su constante preocupación.

Habían estado fondeados durante más de dos semanas. El comandante de la guarnición de Siracusa había estado a bordo del Lysander varias veces, acompañado en todas ellas por un voluminoso inglés de aspecto preocupado, John Manning, que era, según había entendido Herrick, uno de los últimos representantes oficiales de Su Majestad Británica en la isla, puesto que, aunque Sicilia no mostrara signos de ayudar a Francia, estaba igualmente empeñada en no mostrar una abierta amistad hacia el rey Jorge.

Herrick se movió inquieto por la cubierta, sintiendo sólo en parte el calor abrasador del sol que le daba en los hombros cada vez que salía de la protección de alguno de los toldos tendidos.

Cuando le explicaron la intención de Bolitho de buscar y contactar con un agente francés en Malta, ya era demasiado tarde para protestar. El Segura había sido tragado por la oscuridad y, desde aquel momento, Herrick había estado agitado y preocupado de forma continua. Y ahora habían pasado tres semanas enteras desde que el Segura se separara de ellos. No había rastro de la presa, ni tampoco información alguna del representante británico en Siracusa acerca de que hubiera entrado o salido del puerto de La Valetta.

John Manning estaba más preocupado por buscar razones para que los tres setenta y cuatro cañones permanecieran fondeados en un puerto que era oficialmente neutral. Se habían esgrimido ante las autoridades locales todos los motivos habituales, como los de efectuar reparaciones, hacer aguada y tomar provisiones. Y seguían sin tener noticias.

Bolitho debía de haber sido apresado por las autoridades maltesas.

Tenían aún más miedo a los franceses que los sicilianos, si la mitad de lo que había oído Herrick era cierto. O el agente enemigo podía haberle reducido y matado. Herrick miró hacia mar abierto hasta que sus ojos le lloraron. El sitio de Bolitho estaba allí, en un mundo que él entendía, donde era conocido, si no por contacto personal, al menos por su nombre por la mayoría de los hombres de la flota. Pensó de repente en Javal, y se dio cuenta de que rezumaba odio hacia él. No había ido a Siracusa para nada.

Se le había ordenado que, después de cruzar a través del estrecho de Mesina, se reuniera con la escuadra frente a Malta. Si no podía ser, y Bolitho siempre les había dado unas cuantas alternativas, debía fondear en Siracusa y esperar el desarrollo de los acontecimientos. ¿Quizá también él había sido atacado por una fuerza enemiga?

Pero si Javal estuviera allí, Farquhar no tendría otra elección que enviar a la Buzzard en busca del Segura y de su reducida dotación.

Herrick había visitado el Lysander varias veces sin ser invitado, para descubrir qué pretendía hacer Farquhar. Como siempre, se había encontrado

frente a un muro infranqueable, una conducta y una actitud que pocas veces dejaba de enfurecerle y confundirle. Farquhar era imperturbable. Si estaba atribulado por la ausencia de Bolitho, realmente lo disimulaba muy bien.

Las visitas a su viejo barco habían resultado más dolorosas por la evidente alegría de aquellos que habían corrido a recibirle. Leroux y el viejo Grubb, y Yeo, el contramaestre. En Gilchrist había visto el mayor cambio de todos desde que Farquhar había tomado el mando. Se le veía como un hombre que pendía de un hilo, alguien que raramente encontraba tiempo para descansar o estar tranquilo; era casi un extraño.

Bien distinto al primer teniente del Osiris, pensó amargamente. El teniente Cecil Outhwaite, un joven anodino de cerca de veinticinco años, tenía un aspecto muy parecido al de una rana, con poca frente, boca grande y ojos muy oscuros y límpidos. Mostraba un ligero ceceo al hablar y llevaba a cabo sus obligaciones como si todo el conjunto le aburriera. Outhwaite, como Farquhar, procedía de una poderosa familia, y la razón de que se hubiese convertido en un oficial de la Marina era algo que quedaba completamente fuera del alcance de la comprensión de Herrick.

Excepto por eso, los dos barcos eran totalmente diferentes el uno del otro. Fuera de las guardias, en el Lysander los marineros se divertían y encontraban tiempo para hacer bromas sobre su suerte bajo cualquier clase de circunstancias. En su actual barco no existía un estado de ánimo así. Al igual que Outhwaite, los marineros realizaban sus tareas con discreción, y cuando estaban abajo estaban tan silenciosos como monjes.

Herrick había intentado que disminuyera aquella enervante tensión, pero, como con el anterior comandante del Osiris, se había encontrado en todos los niveles con un muro indestructible. Farquhar había llevado el barco hasta el punto más alto de eficiencia, limpieza y buena apariencia, pero a la gente que hacía todo aquello posible no les había permitido nada.

Y aun así, y especialmente Outhwaite, mostraban un gran respeto hacia Farquhar.

«No soporta a los idiotas, ya sabe». El cara de rana le había mirado con curiosidad. «¡Y también le sacan condenadamente de quicio los sinvergüenzas!».

El oficial de guardia espetó:

—¡Barco rodeando la punta! —Vio a Herrick y añadió con brusquedad

—: ¡Tome el nombre del vigía por no informar antes!

Herrick agarró un catalejo y corrió hacia la batayola. Durante unos momentos más, las gavias del recién llegado se movieron inertes sobre una cortina de bruma flotante, y entonces, cuando su botalón de foque y su beque quedaron a la vista, Herrick supo que era la corbeta Harebell.

Golpeó con el puño en la palma de su otra mano, y la vista se le empañó de tanto forzarla. Al fin. Su comandante, Francis Inch, haría cualquier cosa por Bolitho, y su pequeña corbeta era la más adecuada para buscarle.

—Ah, señor, veo que la ha avistado. —Outhwaite se unió a él junto a la batayola, con el sombrero inclinado sobre los ojos de manera desenfadada.

Era un bicho raro, pensó Herrick. Llevaba su cabello castaño sin brillo recogido en una coleta tan larga que la punta de la misma le llegaba hasta el cinto de su sable. Cuando la mayor parte de los oficiales seguían la nueva moda de la Marina de llevar el cabello más corto, al parecer Outhwaite intentaba seguir aferrado al pasado.

—La Harebell.

Herrick observó la repentina actividad a bordo del Lysander y la señal que flameaba sin ánimo desde su verga. Farquhar querría saber lo que estaba ocurriendo en otras partes, tan pronto como la yola de Inch pudiera llegar hasta el insignia.

—La Harebell ha fondeado, señor. —Outhwaite mostraba solamente un ligero interés—. Ha vuelto demasiado pronto de su misión para haber estado en Inglaterra, así que no sabremos como están las cosas en Londres,

¿eh?

Herrick no sabía qué eran las cosas de Londres, ni le importaba.

—Voy abajo, señor Outhwaite. Llámeme cuando el Lysander haga la señal para que los comandantes se presenten a bordo.

—A la orden, señor.

Outhwaite sonrió y se llevó la mano al sombrero. Sentía una admiración poco corriente por el comandante Herrick, un poco como el que su padre sentía por un guarda o un mozo de cuadra de pueblo. De confianza pero

pintoresco. Por ejemplo, en la manera tan evidente en que se preocupaba por la desaparición del comodoro. Outhwaite no podía imaginarse qué clase de experiencias y peligros debían de haber compartido en el pasado para crear un vínculo así, un vínculo que incluso no se había visto afectado por la orden de Bolitho del cambio de mandos.

Observó como el bote se abría del costado de la Harebell para bogar hacia el buque insignia, con el sombrero con galón dorado en su popa.

Herrick era un tanto diferente a Charles Farquhar, pensó. Este contemplaba la pérdida de un hombre como una oportunidad para su propio provecho.

Outhwaite asintió. Como debía ser.

Pero durante la mayor parte de la tarde, mientras Herrick estaba sentado o paseaba inquieto por la magníficamente equipada cámara de Farquhar, no llegó ninguna señal, ni tampoco ningún rumor acerca de lo que había traído la Harebell a Siracusa.

Con un catalejo había examinado la corbeta más de una vez a través del jardín, y había visto las grandes cicatrices de los trabajos de carpintería allí donde el mar había hecho todo lo posible para dificultarle las cosas, y los parches en sus velas cargadas como prueba de la determinación de Inch de no perder tiempo con sus despachos.

Lanzó una mirada a la lumbrera cuando oyó pisadas por encima de él.

¡Farquhar de los demonios! Ni siquiera aquel momento quería compartirlo con sus compañeros comandantes.

Sonó un fuerte golpeteo en la puerta y un guardiamarina se asomó y le miró.

—Disculpe, señor, pero el señor Outhwaite le envía sus respetos y…

Herrick se puso en pie.

—¿El buque insignia me ha hecho la señal al fin? —No se molestó en ocultar su sarcasmo.

—N-no, señor. —El guardiamarina le miró con cautela—. El comandante Farquhar viene hacia aquí.

Herrick agarró su sombrero.

—Subiré a cubierta.

Trató de imaginarse lo que estaba ocurriendo. Fuera lo que fuera, había hecho que al fin Farquhar actuara con rapidez.

Al cabo de poco, mientras las pitadas trinaban y los infantes de marina golpeaban las culatas de sus mosquetes presentando armas, Herrick escrutó el rostro bien parecido de Farquhar en busca de algún indicio. Pero tan sólo mostraba una leve sonrisa con las comisuras de sus labios.

Dijo bruscamente:

—A la cámara. —Y pasó rápidamente sin apenas una mirada a la tropa formada.

Ya en la cámara, se dio la vuelta y encaró a Herrick.

—La Harebell ha traído despachos de Gibraltar. —Recorrió la cámara rápidamente con la mirada—. Un poco de vino no nos vendría mal.

—Entonces, ¿no hay noticias del comodoro? —preguntó Herrick.

Farquhar le miró fijamente.

—¿He dicho que las hubiera? —Se encogió de hombros—. ¡Realmente, Thomas, es usted de lo más obstinado!

—Pensé que quizá la Harebell podría haber avistado…

—El comandante Inch ha traído noticias de cuestiones más apremiantes.

—Sonaba irritado por la interrupción de Herrick—. El almirante Lord St.

Vincent está bien informado. Aquella artillería pesada que capturamos debe de haberle convencido. Ha puesto al contraalmirante Sir Horacio Nelson al mando de una flota que será lo bastante poderosa y estará lo suficientemente preparada para entrar en el Mediterráneo y encontrar a los franceses de una vez por todas.

Herrick miró a lo lejos. Eran buenas noticias, desde luego, o debieran haberlo sido. A Bolitho se le había dado la confianza que necesitaba para llevar a cabo ese plan. Pero ahora que la idea se estaba convirtiendo rápidamente en una realidad, Bolitho no estaba allí para participar de la recompensa que merecía.

Farquhar le miró fríamente.

—He escrito mi despacho para el almirante. La Harebell se hará a la vela tan pronto como haya hecho aguada.

Herrick le miró de frente, con una mirada sorprendida.

—¿Pero no va a dejar que se vaya la corbeta sin antes enviarla a Malta, no?

—Se equivoca.

—Pero-pero…

Farquhar espetó:

—Cuando usted era el capitán de bandera tuvo la oportunidad de poner en práctica sus ideales. Ahora es demasiado tarde para recelos. Así que no me culpe, comandante Herrick. ¡Si alguien le falló al comodoro, fue usted!

Herrick miró la cubierta y el mamparo, sin ver ninguno de los dos. Era cierto lo que había dicho Farquhar. Todo.

Farquhar añadió con calma:

—La escuadra se quedará aquí hasta que recibamos nuevas órdenes. He persuadido al señor Manning de que tenemos que realizar más

«reparaciones» vitales para nuestra supervivencia.

Herrick oyó las palabras, pero su significado no le llegó hasta al cabo de algunos largos segundos.

Exclamó:

—Pero no debería ignorar todo lo que el comodoro ha descubierto. Las presas que hemos tomado, la información que hemos conseguido, todo apunta hacia Corfú. —Oyó como su voz suplicaba, pero ya no le importaba

—. ¡No puede quedarse aquí sin hacer nada!

Farquhar se encogió de hombros.

—Rumores. No puedo permitirme el comprometer la escuadra. Cuando lleguen los primeros barcos de apoyo, tengo la intención de…

Herrick le miró a los ojos, indignado.

—Estará usted listo para recibirles. Para visitar a Nelson en persona, ¿es eso?

Farquhar frunció el ceño.

—¡Está yendo demasiado lejos! Sólo he venido aquí porque tengo la intención de devolverle el Lysander.

Herrick miró alrededor de la estupenda cámara. Era mucho más adecuada para un buque insignia de lo que nunca podría serlo la del Lysander.

Farquhar añadió:

—La Harebell trajo otras noticias, menos agradables. Mi padre, Sir Edward, murió dos días después de que yo saliera de Inglaterra.

Herrick no podía hacer otra cosa que mirarle fijamente, mientras en su mente el dolor se agudizaba. Ahora, Farquhar lo tenía todo. No había dolor en su cara, ni tristeza por la pérdida.

Al fin tenía el título, y todas las tierras y propiedades que éste conllevaba. Y cuando Nelson llegara al Mediterráneo, nombraría un nuevo comodoro para su escuadra, Sir Charles Farquhar.

—¿Se lo ha contado ya al comandante Probyn? —preguntó con voz ronca.

—Todo a su tiempo. —Farquhar estaba muy lejos, con la mirada puesta en Sicilia y aún más lejos—. Probyn se comporta como si la estupidez fuera una virtud. Debería usted saberlo. —Se movió hasta los ventanales de popa

—. He ordenado a mi criado que traiga mis cosas antes del anochecer.

Puede hacer usted transbordo al Lysander tan pronto como reciba mi orden por escrito. Eso le complacerá, ¿no?

—Tengo poco margen para estar complacido en este momento, Sir Charles.

Le observó para ver si había alguna reacción, pero Farquhar había ya adoptado el título y se había hecho a la idea de ostentarlo a las pocas horas de haber oído la noticia. Miró a lo lejos para que Farquhar no pudiera ver su repentina inquietud.

—Tengo un favor que pedirle. Y no es para mí una tarea fácil.

—¿Y bien?

—Creo que el comodoro tenía razón.

—Quizá. Ya lo veremos, algún día.

Herrick insistió:

—Podría usted destacar un barco. Si se va a quedar aquí bajo la protección siciliana, un barco menos podría ayudar a mantener el engaño de las reparaciones.

—Prosiga. —Farquhar le miró con calma—. ¿Y a dónde se dirigiría ese único barco, si se puede saber?

—Usted lo sabe, también, Sir Charles. A Corfú. Para descubrir qué están haciendo allí los franceses.

Farquhar dio unos pocos pasos hacia la mesa y miró con desagrado la carta náutica de Herrick y el montón de cálculos garabateados al lado de la misma.

—Por favor. —Herrick le miró con desesperación—. Nunca le he pedido nada. —Vaciló—. Se lo pido ahora.

—Muy bien. Sus órdenes serán actuar según su propia iniciativa.

—Gracias.

Las cejas de Farquhar se elevaron.

—¿Me lo agradece? Es su propia ruina lo que está pidiendo. Corfú no es importante. La gran batalla será frente a Tolón, o en las costas de Egipto. —

Negó tristemente con la cabeza—. Cuando yo era guardiamarina en la Phalarope, y usted finalmente su primer teniente, solía oír a los hombres hablar de usted. De cómo usted siempre les defendería. —Se dio la vuelta

—. Espero que haya quien le defienda a usted cuando llegue el momento.

Pero lo dudo.

Impaciente, golpeó con fuerza la puerta.

—¡Centinela! ¡Pase la voz para que venga el primer teniente!

Miró a Herrick de nuevo.

—Ahora vuelva a su precioso Lysander, antes de que cambie de idea.

Le enviaré sus órdenes inmediatamente.

Herrick asintió.

—Y si tiene la oportunidad, señor…

—Sí. Intentaré descubrir qué le ha pasado al comodoro, aunque… —No acabó la frase.

Outhwaite apareció en la puerta.

—¿Señor?

—El comandante Herrick va a volver a su propio barco.

El cara de rana le miró inexpresivo.

—¿Por orden de quién, señor?

Farquhar sonrió controladamente.

—Mía.

Cuando Herrick hizo ademán de marcharse, añadió:

—Una cosa. Necesito un buen oficial de banderas. Me quedaré con su sexto teniente.

—Sí, señor.

Herrick suspiró. Al menos Pascoe se ahorraría aquello. Aunque sospechaba que el de Farquhar no era un simple gesto de confianza en el chico, sino más bien para demostrar su humanidad salvando a Pascoe de una muerte inútil.

Salió con grandes pasos hasta aparecer bajo la toldilla y luego bajo el sol. Las noticias de su partida ya empezaban a hacerse notar. Caras apesadumbradas y miradas de curiosidad le siguieron mientras se dirigía decidido hacia el portalón de entrada. Quizá le echaran de menos después de todo.

Outhwaite corrió hasta su lado.

—Le haré enviar toda su ropa y sus cofres, señor. Su patrón está ya en la lancha. —Le tendió la mano—. Dudo que nos volvamos a encontrar, señor.

Pero no me lo hubiera perdido por nada.

Herrick le escudriñó, de repente muy tranquilo.

—Ni yo. He aprendido mucho, que es de lo que se trata.

—¿Sí, señor? —Outhwaite estaba sorprendido.

—Sí. Acerca de la gente. Y principalmente acerca de mí mismo.

Se llevó la mano al sombrero con brusquedad y caminó hacia el portalón.

Outhwaite esperó hasta que el bote se abrió del costado y entonces espetó:

—Ponga a los hombres manos a la obra, señor Guthrie. No nos va a faltar trabajo.

Pensó en la cara de Herrick en aquellos últimos momentos. En cierta manera había esperado ver humildad, pero había encontrado sólo pena. Por él, quizá. Cuando miró el amplio alcázar, se quedó extrañamente preocupado. Ya no parecía el mismo sitio.

* * *

Herrick estaba inmóvil, junto a los ventanales de popa, mirando abajo, hacia el agua que se arremolinaba bajo la bovedilla. Podía ver las estrellas allí reflejadas, y apoyándose ligeramente en el alféizar podía divisar también el solitario farol de popa junto a su cabeza y la hilera de los ventanales iluminados de la cámara de oficiales que había bajo sus pies. El barco estaba inusitadamente silencioso, como si estuviera aguantando la respiración. Sólo había habido una interrupción de aquella tranquilidad, y eso había sido cuando él había vuelto a bordo, unas dos horas antes.

Una voz desconocida había iniciado el revuelo, y entonces, como a una señal, y a pesar del enojo de Gilchrist, el barco había cobrado vida con una ovación. El griterío había ahogado completamente las pitadas y también los tambores de los infantes de marina, e incluso el viejo Grubb se había quitado el sombrero, lo había agitado en el aire y había gritado, con su estropeado rostro enrojecido: «¡Hurra, muchachos! ¡El comandante ha vuelto!».

Se alejó de los ventanales y lanzó una rápida mirada al soporte vacío del sable del mamparo. Bolitho había sido reacio a llevarse el sable con él; Ozzard se lo había contado. Quizás había intuido algo. Un presentimiento.

Suspiró. Farquhar había cumplido su palabra, y el redactado de las órdenes del Lysander dejaba perfectamente claro de quién sería la culpa si Herrick actuaba incorrectamente. Se dijo a sí mismo que Farquhar tenía razón, que él hubiera hecho lo mismo. Pero la duda permanecía.

Hubo un golpeteo inseguro en la puerta. Era Pascoe, con su sombrero bajo el brazo. Incluso a la luz de una solitaria lámpara Herrick podía ver la tensión de su rostro y el brillo de sus ojos.

—¿Sí?

Pascoe dijo:

—El señor Manning está a bordo, señor. Viene con una dama. Han venido a despedirse del comandante Farquhar puesto que se van a Gibraltar

en la Harebell tan pronto como se levante viento.

Herrick asintió. No había nada de viento, y eso se sumaba a la sensación de inquietante desesperación.

Dijo con calma:

—Dígale a Ozzard que traiga más lámparas. Luego acompañe hasta aquí a las visitas. Les explicaré lo del comandante Farquhar.

Pensó de nuevo en sus órdenes. Firmado, comodoro en funciones.

—Me gustaría quedarme en el Lysander señor —dijo.

—Lo sé. —Le miró de frente—. Pero debe hacer transbordo al Osiris mañana al alba. Probablemente sea lo mejor. Me quedo más tranquilo sabiendo que al menos usted está aquí en caso de que…

—¿Va a ir a Corfú sólo para demostrar que usted cree que él tiene razón, señor? —preguntó Pascoe.

—Sí. Es todo lo que puedo hacer en este momento. —Cruzó hasta su lado y añadió—: Tenga cuidado, Adam. Ahora puede que muchos dependan de usted.

Los ojos de Pascoe se abrieron más.

—Habla como si él estuviera ya muerto.

—No estoy seguro de nada. Ya no. —Herrick miró alrededor de la tranquila cámara—. Pero de una cosa sí estoy seguro: la gente de Inglaterra que no comprende nuestro modo de actuar intentará desprestigiar su nombre. Es una costumbre habitual con los héroes de nuestro país, y su tío es un héroe, ¡nunca lo olvide! —Hablaba muy alto, pero ya no podía reprimir más sus pensamientos—. Conocí al padre de nuestro comodoro,

¿lo sabía? Su abuelo. Un hombre magnífico, descendiente de una familia con una gran tradición y honor. Tendrá que hacer mucho para estar a su altura, y muchos intentarán abrir brecha en sus defensas con la envidia y el odio. Así que, recuerde este día, Adam, y guárdelo como un tesoro.

Se dio la vuelta.

—Ahora traiga a esas condenadas visitas aquí.

Oyó como se alejaban las pisadas de Pascoe, y se dio cuenta de que su corazón latía al ritmo de las mismas.

La cámara se inundó de luz cuando Ozzard colgó más lámparas, y con un sobresalto se percató de que Manning estaba en la puerta de la cámara, con una dama vestida con una capa y capucha a su lado.

Manning dijo con fría formalidad:

—Lamento la intrusión, comandante. Parece ser que he malgastado tiempo y esfuerzo y que tendré que coger un bote para ir al Osiris.

Herrick trató de sonreír. Pero su cara parecía estar petrificada.

—Lo siento, señor Manning. —Era típico de Farquhar, por supuesto—.

Supongo que le habrían informado de los nuevos planes mañana por la mañana.

Manning escudriñó su rostro y contestó con sequedad:

—Desde luego, preferiría pensar que así iba a ser. —Y dirigiéndose a la dama, que había permanecido en silencio, dijo—: Iremos al Osiris ahora mismo. Tengo algunas cosas que tratar con el comandante Farquhar antes de que se vaya usted.

—No habrá viento antes del amanecer. Puede estar seguro de ello —dijo Herrick.

—Entiendo. —Manning parecía irritado—. Esta es mi hermana, por cierto, la señora Boswell.

La mujer se echó hacia atrás la capucha y mostró una breve sonrisa.

Manning prosiguió:

—Mejor nos vayamos, pues.

—Me voy en la Harebell, comandante Herrick, pero mi hermano se queda en Sicilia por el momento —dijo ella. Miró con tristeza a Manning

—. Aunque no puedo imaginarme cómo se las va a arreglar el pobre.

Él la fulminó con la mirada y entonces espetó:

—¿Vienes, Dulcie?

—No. —Dio unos pasos hacia el centro de la cámara, seguida por el susurro de su capa—. Ya tendré tiempo para cansarme de estrechos aposentos y de botes antes de llegar a Inglaterra otra vez. Y de todas maneras, ya he visto bastante al comandante Farquhar. —Dirigió una sonrisa a Herrick—. Desearía quedarme aquí hasta que hayas acabado con

tus asuntos, John. Si el comandante no tiene ningún inconveniente, por supuesto.

Herrick negó con la cabeza.

—No, Ma’am. Es un placer.

Era una mujer de aspecto muy agradable, con las mejillas saludables y los ojos vivarachos de alguien que se ha criado en el campo. Se preguntó qué estaría haciendo allí. Quizá su marido era como Manning, un hombre que servía al Rey sin llevar la casaca.

Manning chasqueó con la lengua y resoplando dijo:

—Ah, muy bien. Estaré de vuelta dentro de una hora.

Se hizo de nuevo el silencio, y Herrick se sintió como si fuera demasiado grande para estar en la cámara.

Ella le miró pensativamente y se soltó la capa antes de sentarse con soltura en una de las sillas.

—Así que usted es el comandante Herrick. He oído hablar de usted.

Uno de sus hombres me dijo que van a salir pronto. Espero que tengan un buen viaje.

Herrick la miró, deseando que le dejaran solo. Necesitando que ella se quedara.

—Sí, Ma’am. Las noticias corren con rapidez en los barcos. —Cambió de tema—. Según parece se marcha a Inglaterra, ¿no?

—Sí. Vivimos en… —Bajó la vista—. Bueno, mi marido murió hace dos años, así que vuelvo a Canterbury. Es algo que he temido de muchas maneras. Salí de allí para vivir con John. Nunca se ha casado, pobrecito.

Pero él insiste en que la guerra está cada día más cerca —suspiró—, así que debo irme a casa.

Herrick se sentó frente a ella.

—Pero, Ma’am, yo también soy de Kent. Mi casa está en Rochester. —

Sonrió con torpeza—. Aunque me temo que no sea tan bonita como debe de serlo la suya.

Ella le miró, con la piel muy pálida bajo la luz de la lámpara.

—Ese joven oficial que nos ha acompañado hasta la cámara… —Bajó la mirada—. No pude evitar oír lo que usted le decía.

Herrick se sonrojó.

— Ma’am, le pido perdón. —Recordó su enfado. Traiga a esas condenadas visitas aquí—. Si lo hubiera sabido…

—No, comandante, antes de eso. Estaba usted profundamente disgustado, como creo que también lo estaba ese chico tan bien plantado.

Herrick asintió lentamente.

—Es el sobrino del comodoro. Un joven magnífico.

Ella dijo con calma:

—He oído hablar de su comodoro. Estoy consternada. Tengo entendido que era muy apreciado.

—Sí, Ma’am. No hay nadie mejor, ni más valiente.

—¿No hay esperanzas?

—No muchas. Su hermano habría oído algo a estas alturas.

—Hábleme de usted, comandante. ¿Tiene familia en Inglaterra?

Y así fue como empezó todo: Herrick le explicaba su historia y sus recuerdos, mientras ella le escuchaba tranquilamente.

Cuando alguien gritó el alto y apareció un bote al costado, Herrick apenas pudo creerse que una hora hubiera pasado tan rápidamente. Se levantó con semblante preocupado.

—Si la he aburrido, Ma’am…

Ella le dio unos golpecitos suaves en la manga y le sonrió.

—Me gustaría invitar a su hermana, si puede ser, comandante. Eso nos ayudará a estar más entretenidas hasta… —Se abrochó la capa—. Hasta que usted vuelva otra vez a Kent. —Ella levantó la mirada y le miró a los ojos

—. Espero que no se olvide de nosotras.

Herrick le cogió la mano. Era pequeña y firme y le hizo sentirse de lo más torpe.

—No me olvidaré de su amabilidad, Ma’am. —Oyó como se acercaba la voz de Manning—. Me gustaría creer que podríamos vernos de nuevo, pero…

—Nada de peros, comandante. —Se apartó de él—. Ahora puedo comprender por qué a su comodoro se le echa tanto de menos. Con amigos como usted, debe de haber sido un gran hombre.

Herrick la siguió hasta el alcázar, donde su hermano estaba hablando con el mayor Leroux.

—¡El bote está listo, señor! —gritó Pascoe.

Herrick dijo con cierta brusquedad:

—Vaya con esta dama en el bote, señor Pascoe. Mis saludos al comandante Inch. Dígale que cuide de su pasajera.

Ella le tocó el brazo.

—¿Inch? ¿Otro amigo?

—Sí. —Herrick la guió pasando junto a las cureñas salientes de los cañones—. Estará en buenas manos.

Ella movió suavemente su codo en la mano que lo asía.

—No mejores que ahora, creo.

* * *

La pesadilla estaba alcanzando otro punto culminante. Figuras de color rojo fuerte saltaban, como llamas sólidas, entremezcladas con formas más toscas, a veces humanas y otras veces confusas y de lo más aterradoras.

Bolitho quería levantarse, gritar, escapar del movimiento que le invadía y le cercaba. En una ocasión, contra las masas de fuego líquido había visto a una mujer, con la cara lívida, haciéndole señas con los brazos mientras su boca pronunciaba palabras inaudibles. Al intentar llegar hasta ella, se miró y se dio cuenta de que no tenía piernas y de que el cirujano de un barco se reía ante su creciente terror.

De repente todo había desaparecido. Había silencio, y una oscuridad demasiado irreal para ser creíble, por lo que Bolitho sintió que tensaba los músculos y los miembros para resistir otra terrible pesadilla.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que podía sentir las piernas, los brazos y el sudor que corría por su cuello y sus muslos. Lentamente y con temor, como un hombre que volvía de entre los muertos, trató de reunir sus pensamientos, de separar la realidad de aquello que había estado sufriendo

desde… Forcejeó para incorporarse sobre los codos, mirando fijamente en la oscuridad. ¿Desde cuándo?

A medida que recobraba los sentidos, percibió el lento movimiento debajo de él, las sacudidas y la escora de un barco que navegaba. Los motones y el aparejo chirriaban, y sintió una nueva sensación, la del terror.

Recordó el retorno de la fiebre, los signos que sabía que estaban pero que se había negado a reconocer. La cara de Allday encima de él, surcada por una gran preocupación, unas manos que le llevaban y la oscuridad envolvente.

Movió la mano a tientas hasta sus ojos y pestañeó cuando los dedos los tocaron. Se había quedado totalmente ciego.

Una insuperable debilidad recorrió sus miembros, de manera que se desplomó sobre la litera exhausto. Mejor haber muerto, haberse sumido más profundamente en las inquietantes pesadillas de la fiebre hasta que hubiera acabado del todo. Pensó en la mujer desnuda, Catherine Pareja, que trataba de mantenerle con vida como había hecho anteriormente cuando había estado a punto de morir.

Con un grito ahogado, forcejeó hasta quedar sentado cuando un delgado hilo amarillo apareció en la oscuridad que le envolvía. Se hizo más grande aún y entonces vio un rostro desconocido bajo una lámpara en el pasillo que había al otro lado de la puerta.

El rostro se desvaneció y oyó que alguien gritaba:

—¡Está despierto! ¡Se va a poner bien!

Los siguientes minutos fueron los peores. Allday movía su catre para contrarrestar el movimiento del barco, el teniente Veitch alargaba el cuello para mirarle con la más amplia sonrisa que había visto nunca dibujada en su cara. El pelirrojo guardiamarina Breen cabeceaba como en una danza de alguna clase, y otros marineros abarrotaban la pequeña cámara parloteando en una docena de lenguas diferentes.

—Salgan de la cámara, muchachos —ordenó Veitch.

Allday hizo estirarse de nuevo a Bolitho y dijo:

—Me alegro de tenerle de nuevo con nosotros, señor. Dios, lo ha pasado muy mal, se lo puedo jurar.

Bolitho intentó hablar pero su lengua le parecía el doble de grande de lo normal. Se las arregló para decir con voz ronca:

—¿Cuánto tiempo he…? —Vio que Veitch y Allday intercambiaban rápidas miradas y añadió—: ¡Tengo que saberlo!

—Casi tres semanas, señor, desde que usted… —dijo con calma Veitch.

Bolitho trató de apartar a Allday a un lado pero no pudo. No le extrañaba que se sintiera débil y vacío. Tres semanas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con un susurro. Veitch dijo:

—Después de ser traído a bordo, pensamos que sería mejor quedarnos fondeados en La Valetta. Parecía lo suficientemente segura, y yo estaba preocupado, tenía miedo, si lo prefiere, de hacernos a la mar en su estado.

Allday se levantó lentamente, con la cabeza agachada entre los baos.

—Nunca le he visto tan mal, señor. —Parecía agotado—. Estábamos desesperados sin saber qué hacer.

Bolitho miró a uno y a otro, mientras parte de su preocupación dejaba paso al afecto. Durante tres semanas, mientras él había yacido impotente y confinado en su tormento particular, ellos se las habían arreglado como habían podido. Le habían cuidado, sin importarles lo que les pudiera ocurrir o lo que les pudiera costar el retraso. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz amarilla vio las profundas sombras de la cara de Allday y la barba que tenía. Veitch, también, parecía rendido, como un prisionero de un buque prisión.

—Estaba pensando sólo en mí —dijo. Extendió los brazos—. Cójanme las manos. Los dos.

Los dientes de Allday se veían blancos en su cara curtida.

—Dios bendito, señor Veitch, debe de encontrarse un poco mejor. —

Pero tuvo que apartar la mirada, quedándose extrañamente sin habla.

—Cuéntenmelo todo. Intentaré ser paciente y no interrumpir —dijo Bolitho.

Era una historia extraña la que le contaron Veitch y Allday. Extraña porque representaba una parte de su vida que se había perdido. Que ya nunca podría recuperar.

Al día siguiente de su vuelta a bordo, un oficial se había acercado al costado y les había ordenado permanecer fondeados hasta que hubiera desaparecido cualquier rastro de fiebre. Veitch estaba preocupado ante el grave estado de Bolitho, pero no había pasado por alto el hecho de que dos de sus marineros hubiesen desertado. ¿Una coincidencia? No podía estar seguro. Pero desde aquel momento había hecho planes para salir del puerto antes de que les impusieran alguna restricción infranqueable. Durante varios días, el Segura había sido aparentemente ignorado, con una bandera amarilla de advertencia en el tope del palo mayor, mientras la moral de su pequeña dotación se derrumbaba y las provisiones disminuían cada vez más.

Mientras escuchaba su relato, Bolitho se preguntó si el agente francés, Yves Gorse, habría recibido alguna información de que los hombres de la dotación del Segura eran impostores. Teniéndoles allí fondeados, podría haber hecho todo lo posible para retrasarles mientras enviaba un mensaje a alguna parte para avisar de que los enemigos de Francia ya no estaban en Gibraltar ni frente a Tolón, sino dentro de Malta. Después de todo, podía hacer poca cosa más sin revelar su identidad como espía extranjero.

Allday retomó la historia.

—Después vinieron a bordo dos centinelas. El señor Plowman sugirió que era el mejor momento para irse. En tierra, cierta gente bajaría la guardia si desaparecía el problema.

Bolitho consiguió sonreír. Plowman, si era un antiguo negrero, sabría realmente de esas cosas.

—Una noche hubo una temporal, fuerte e intenso, y no demasiado a nuestro favor. Pero era entonces o nunca, dijo el señor Plowman, así que cortamos el cable y largamos velas.

—¿Y los centinelas?

Allday sonrió.

—Nos encontramos con un mercante genovés dos días después y se los entregamos. —Se puso serio otra vez—. Fue una buena cosa. Hablando con el mercader nos enteramos de que había un buque de guerra francés por allí cerca, una corbeta, por la descripción que hicieron. Buscándonos o

esperando contactar con el agente de Malta, no lo sabemos. —Golpeteó con la mano el arrugado catre y añadió con calma—: Teníamos cosas más importantes de las que ocuparnos.

Bolitho se pasó los dedos entre los cabellos.

—Traigan más luz. Debo levantarme. ¿Pero por qué tres semanas?

—Hemos estado escondidos en una pequeña bahía al sur de Sicilia. El condenado temporal, que casi nos arroja de nuevo a La Valetta, era duro, pero pasó enseguida. —Veitch no pudo reprimir un gran bostezo—. Así que fondeamos e hicimos lo que pudimos. Creo que estuvo a punto de morir, señor.

Breen entró en la cámara con otra lámpara. A diferencia de los demás, podía caminar erguido.

Bolitho bajó las piernas a la cubierta y dejó que Allday le ayudara a llegar hasta el espejo roto que había en el mamparo. Observó sus mejillas hundidas, la mirada febril y las asquerosas manchas de su camisa.

—No es necesario que le diga lo que tenía que haber hecho.

Veitch se encogió de hombros.

—No sabíamos qué había pasado entre usted y el francés, señor. —Y

añadió con tono grave—: Pero en cualquier caso, habría tomado la misma decisión. Su vida habría sido lo primero.

Bolitho escrutó a Veitch en el espejo.

—Se lo agradezco.

Allday dijo:

—Avistamos la corbeta un par de veces, pero no se acercó a nuestro pequeño fondeadero. —Miró detenidamente el extenuado semblante de Bolitho y explicó—: En estos momentos, señor, estamos navegando rumbo al norte, hacia Siracusa. El señor Veitch dijo que, con todas las calmas que habíamos tenido, era mejor navegar de noche. ¡Esta vieja barrica no está a la altura de una corbeta gabacha!

—Entiendo.

Se frotó la barbilla y se despreció a sí mismo por su repentina ocurrencia. Un afeitado y un baño parecían más valiosos que cualquier otra cosa.

Allday prosiguió:

—Fue ayer por la mañana. Yo estaba metiéndole en la boca a la fuerza un poco de brandy y usted me habló. Creo que entonces supimos que debíamos salir de la bahía. Un cirujano de verdad es lo que usted necesita ahora.

Bolitho hizo una mueca.

—La escuadra habrá salido hace mucho. Incluso sin mi nueva información, Farquhar habrá levado anclas.

—¿Tenía usted razón entonces, señor? —preguntó Veitch.

—Creo que todos lo sabíamos, señor Veitch. —Se acordó del fresco almacén de vinos y del sudor de su espalda pasando del fuego al hielo—.

Gorse dio a entender que los franceses tomarían Malta en su camino hacia Egipto.

—No me sorprende, señor. —Veitch sonaba cansado—. Por lo que pude ver en Malta, han dejado que la mayor parte de sus defensas se quedaran casi en ruinas.

—Con Malta en su poder y un considerable suministro de armamento y provisiones en constante aumento en Corfú para una invasión a gran escala, no hay nadie que detenga a los franceses. —Mostró una sonrisa cansina—.

Así que tenemos que enviar la información al almirante. En este horrible barco, si es necesario.

Veitch se dirigió hacia la puerta.

—Amanecerá dentro de una hora, señor. Con suerte, y contando con que este susurro de viento no nos abandone, llegaremos a Siracusa durante la guardia de tarde. —Se detuvo junto a la puerta—. Tengo que relevar al señor Plowman, señor.

Allday esperó a que se cerrara la puerta y entonces dijo:

—Tiene madera de buen oficial, señor.

—¿Cree usted eso?

—Sí. —Allday le ayudó a ir hasta una silla—. Tiene mejor carácter que algunos.

Bolitho le miró, contento de seguir donde estaba a pesar de la sensación de urgencia que le acuciaba. Simplemente observando a Allday podía saber

el esfuerzo que le habrían supuesto aquellos días y semanas. No habría podido dormir más que algunos minutos seguidos.

Allday dijo alegremente:

—Lavé la camisa de un Don que encontré en una taquilla y Larssen le ha dejado bien limpios los calzones. —Se volvió hacia la luz de la lámpara, con una navaja de afeitar en la mano—. Así que ahora, señor, le dejaremos un poco más presentable, ¿no?

Más tarde, cuando un resplandor rosado se asomó a través de la mugrienta lumbrera de la cámara, Bolitho se levantó con su camisa española puesta y se miró detenidamente en el espejo.

Allday estaba limpiando la navaja en un trozo de bandera.

—Usted lo sabe, señor, y yo lo sé, pero los muchachos creerán que está usted exactamente igual que antes.

La navaja se detuvo en el aire cuando una voz gritó:

—¡Ah de cubierta! ¡Vela por la amura de barlovento!

Allday alargó el brazo y le cogió el suyo a Bolitho.

—¡Tranquilo, señor! ¡El señor Veitch es capaz de arreglárselas solo!

Bolitho le miró seriamente.

—El señor Veitch se las ha tenido que arreglar solo demasiado tiempo.

Y usted también. —Forcejeó con el pitido de sus oídos—. Ayúdeme a subir a cubierta.

Para ser un barco tan pequeño, parecía haber una gran distancia hasta la cubierta.

El mar parecía estar muy en calma, y la inminente salida del sol le daba un extraño tono rosa al agua, más allá de la cual los confusos salientes de tierra asomaban inquietantes. Bolitho se agarró a la borda y tomó grandes bocanadas de aire. Tras el ambiente de la cámara, parecía vino. Levantó la vista hacia las inertes velas flameantes. Apenas había el suficiente viento para mantener el rumbo. Saludó con un movimiento de cabeza a Veitch y a Plowman, ya que no osaba fiarse de su voz ni de su aliento. Cuando el sol saliera de verdad vería más claramente la costa siciliana por babor y sería capaz de determinar su situación.

Se puso rígido cuando la luz rosada iluminó un pequeño cuadrado de vela, muy alejado por la amura de babor. La luz incierta hacía que pareciera estar a una gran distancia, pero pronto la misma se acortaría como por arte de magia.

Se dio la vuelta y miró a Veitch.

—¿Uno de los nuestros, quizá?

Veitch cerró su catalejo de golpe.

—No, señor. ¡Es otra vez esa misma maldita corbeta!

Bolitho percibió la amarga desesperación de su voz. Después de todo lo que habían hecho él y los demás, la corbeta estaba todavía con ellos, esperando como un lucio voraz entre un indefenso patito y los juncos más cercanos.

Pensó en el armamento del Segura y desechó cualquier acción basada en él. Dos o tres cañones giratorios y los mosquetes de los hombres; la comparación no era muy ventajosa para ellos.

—¿A qué distancia estamos de tierra? —espetó. Se sorprendió ante la fuerza de su voz.

—A dos leguas, señor. No más de eso, según mis cálculos. —Plowman le miró dubitativo—. El agua es muy profunda por aquí, y esperaba poder navegar más cerca de la costa, ¡si no fuera por este maldito viento! Disculpe la expresión, señor.

Deseó poder pasear arriba y abajo y poner en orden sus pensamientos, pero sabía que las fuerzas le fallarían al instante.

Estaban a seis millas de tierra. Igual que si fueran seiscientas.

Oyó decir a Breen con voz temblorosa:

—Con toda esa pólvora almacenada ahí abajo, ¡saltaremos por los aires al primer disparo!

Bolitho se volvió y le miró.

—¡Bien dicho, señor Breen! —Se acercó algo tambaleante a la rueda y se agarró a ella—. Allday, haga arriar el bote.

—Ya está en el agua, señor. —Allday le miró preocupado con ojos escrutadores en la penumbra rosada—. Va remolcado bajo la bovedilla.

—Bien, bien. —Tenía que seguir hablando para alejar el mareo que se cernía de nuevo sobre él—. Apareje un mástil y velas en él y trasládelo hasta el costado de sotavento, de manera que el buque francés no lo vea.

—Nunca podríamos dejar atrás a una corbeta, señor —exclamó Veitch.

—No lo pretendo. —Mostró sus dientes en un intento de sonreír—.

Prepare una mecha larga y colóquela en la bodega de la pólvora. —Vio la cara de incredulidad de Veitch pero se apresuró a seguir—: Dejaremos que la corbeta nos aborde y entonces nos largaremos con la lancha.

Plowman carraspeó.

—Pero supongamos que los gabachos no se aferran a nosotros, señor…

Puede que envíen un trozo de abordaje en vez de hacer eso. —Lanzó una significativa mirada a Veitch, como para indicarle que pensaba que la fiebre todavía atenazaba a Bolitho como antes.

Bolitho le cogió el catalejo y lo apuntó por la borda. La corbeta francesa se veía ahora con mayor nitidez. Tenía el barlovento y estaba largando sus juanetes para sacar todo el provecho posible.

Devolvió el catalejo y dijo lentamente:

—Tendremos que esperar a ver qué hacen, señor Plowman. Ahora, coja esa mecha y dese prisa con ello.

Cuando Allday hizo ademán de marcharse, le cogió del brazo y le preguntó:

—Cuándo grité durante la fiebre, ¿llamaba a alguien?

—Sí, señor. —Allday miró hacia donde salía el sol—. Llamaba usted a Cheney, señor. Su esposa.

Bolitho asintió.

—Gracias.

El guardiamarina Breen corrió tras Allday y musitó nerviosamente:

—¿Pero no estaba muerta la esposa del comodoro?

—Sí. —Se detuvo encima de la lancha que cabeceaba suavemente y miró hacia Bolitho, que seguía junto a la rueda—. Y es una pena.

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