Nubes de tormenta

Alexander Kent · Capítulo 5 de 20

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Nubes de tormenta

V. La única salida

V

LA ÚNICA SALIDA

Bolitho se ajustó el sombrero con firmeza sobre la frente mientras la pesada lancha de treinta y cuatro pies del Lysander se hundía y se elevaba entre las encrespadas crestas de las olas y empapaba a sus ocupantes con sus rociones. Atisbo hacia popa, pero el barco se había perdido ya en la oscuridad, mientras que por ambas aletas pudo ver las salpicaduras blancas de los remos de los dos cúteres que se mantenían en sus puestos. A pesar de los cuidadosos preparativos, de los guiones de roble de los remos amarrados con trapos engrasados y de la meticulosa estiba de las armas y el equipo, la suma de los ruidos era considerable.

Fijó su atención a proa de la lancha y pudo apenas distinguir la silueta de la yola y la ocasional salpicadura fosforescente del marinero de proa que marcaba su avance con sondaleza y escandallo.

La yola estaba bajo el mando del ayudante de piloto más antiguo del Lysander, un hombre llamado Plowman, que había sido recomendado encarecidamente por el piloto. Bolitho pensó que si Grubb no podía tomar parte en persona en la incursión, entonces Plowman era la siguiente mejor opción. Grubb le había confiado con su voz profunda y sibilante que Plowman había servido en un mercante galés a lo largo de aquellas costas en tiempos mejores. «Al menos eso es lo que él dice, señor. ¡Imagino que haría algún trapicheo con los árabes!».

Negrero o no, Plowman estaba llevando la pequeña procesión de botes sobrecargados directamente a tierra sin la más mínima muestra de

vacilación.

Era extraño que cuanto más importante era el trabajo, más humilde era el hombre más necesario.

Notó como Gilchrist movía su huesuda figura a su lado y su respiración rápida y nerviosa mientras agarraba con fuerza su sable entre las rodillas.

Bolitho intentó no pensar en la posibilidad de un desastre, en que en esos momentos, allá en la oscuridad, les esperaban mosquetes y hojas de acero para matarles en los bajos. Quizá Gilchrist estaba pensando lo mismo.

Alguien perdió la palada en uno de los cúteres y oyó a Steere, el quinto teniente, decir nerviosamente:

—¡Con calma! ¡A una!

Los botes estaban tan cargados con los infantes de marina y con los remeros que se necesitaba mucho músculo para bogar. Las salpicaduras y crujidos resultantes, y los gruñidos e insultos eran lo mínimo que podía esperarse.

El proel dijo alzando la voz:

—¡La yola se ha detenido, señor!

Bolitho se inclinó hacia delante, dándose cuenta de repente de que las olas blancas e irregulares no provenían ya de los remos de Plowman sino del mar que rompía en la costa.

—¡Alto! —El patrón de la lancha se puso tenso junto a la caña del timón—. ¡Cuidado!

—¡No puedo ver absolutamente nada! —espetó Gilchrist.

Los dos cúteres estaban ciando vigorosamente, con sus cascos claros reluciendo en la oscuridad, cuando una ola les sumió en una danza.

Se oyó ruido de botas y el chirrido del metal cuando los infantes de marina se prepararon para bajar de los botes. Sólo con que a uno de ellos se le disparara el mosquete o tropezara y se cayera sobre el marinero que sostenía el tirafrictor de uno de los cañones giratorios montados en la proa de los botes, todo aquel sigilo no serviría de nada.

Bolitho contuvo la respiración, mientras veía surgir la yola de Plowman de la oscuridad y tocar la lancha sin apenas ruido. Se alargaron varios brazos para mantenerlas juntas, y tras unos pocos ruidos sordos y torpes,

apareció Plowman en popa, y susurró con sus dientes reluciendo en la oscuridad:

—Parece que hay una buena playa allá, señor. —Su respiración era regular, como si estuviera realmente disfrutando, recordando quizá cuando él y sus hombres perseguían cargamento vivo—. No es muy grande, pero por el aspecto del agua yo diría que estaremos más seguros aquí que yendo a tientas a la siguiente bahía.

—Estoy de acuerdo.

Bolitho trató de no pensar en el tiempo. Era como un reloj de arena mental, con sus minúsculos granos cayendo implacablemente.

—Entonces, les conduciré allí —añadió Plowman. Hizo ademán de volver a proa pero se detuvo cuando Bolitho dijo:

—Una vez en tierra, se hará usted cargo de los botes. Lo ha hecho usted bien, señor Plowman, lo tendré presente.

Plowman protestó:

—Podría poner a uno de mis muchachos a cargo de ellos, señor.

—No. Le volveremos a necesitar más tarde. ¡No quiero que la mano derecha del señor Grubb se pierda en España! ¡El piloto nunca me lo perdonaría!

Varios hombres se rieron entre dientes y Plowman suspiró:

—Eso es verdad, señor.

Quince minutos después, la yola primero y luego la lancha fueron lanzadas sobre la arena dura, y mientras los hombres caminaban a trompicones al costado de las embarcaciones con el agua hasta la cintura y los remos y las armas se movían en todas direcciones, Bolitho subió corriendo con Gilchrist la playa sable en mano.

Era el momento. Bolitho se detuvo junto a unas rocas desperdigadas, forzando la vista en la oscuridad e intentando captar algún sonido por encima del ruido del viento y del mar.

Pero no les dieron el alto, ni hubo ninguna oleada de destellos procedente de la oscuridad que reinaba encima de la playa. Y a cada valioso minuto que pasaba, más y más hombres chapoteaban en los bajos y se apresuraban hacia las posiciones asignadas. Los correajes crecían en

número, y cuando los cúteres, que habían estado esperando con cautela alguna señal de ataque, desembarcaron, la pequeña cala pareció estar llena de figuras silenciosas.

El mayor Leroux subió a grandes zancadas por la playa.

—Todos desembarcados, señor.

—Muy bien. Que se vayan los botes. Pase la voz al señor Plowman de que permanezca cerca de tierra durante una hora y luego vuelva al barco según lo acordado.

Observó como Leroux hacía señas a su ordenanza. Una hora. Debería bastar para saber si tenían alguna posibilidad de éxito.

Cuando los botes, con sus reducidas dotaciones, pasaron salpicando y se alejaron de la playa, Bolitho pudo sentir la incertidumbre que le rodeaba. A pesar de su código militar, los infantes de marina no eran animales terrestres. La idea de ser abandonados en territorio extranjero, sin una conexión con su barco y con el único estilo de vida que la mayoría de ellos comprendía, sería lo que más debía de ocupar sus mentes en aquel momento.

—Envíe a sus exploradores, mayor Leroux —dijo.

El infante de marina asintió.

—Necesitaremos también algunos buenos hombres para cubrir nuestros flancos.

Se fue aprisa, y en un abrir y cerrar de ojos, toda la partida de desembarco se puso en movimiento.

Era, en gran medida, como Grubb y Plowman habían descrito, aunque el camino que subía por el terreno de lo alto de la playa era más irregular de lo esperado. Los hombres maldecían salvajemente en la oscuridad, y de vez en cuando Bolitho oía a Nepean o a uno de sus sargentos exigiendo silencio bajo toda clase de amenazas.

Tras una hora de camino, Bolitho ordenó descansar, y mientras los infantes de marina se sentaban o se agachaban a ambos lados del camino, reunió a los oficiales.

—Empezará a amanecer dentro de cinco horas.

Vio al guardiamarina Luce quitándose algunas piedrecillas de un zapato y volvió a pensar en Pascoe. En aquella oscuridad tenían cierto parecido.

Habían sido, no, eran buenos amigos.

—Según mis cálculos, tenemos que cruzar un barranco y entonces estaremos muy cerca de la bahía. La carta describe el primer cabo como un terreno poco compacto y erosionado por el mar. Así que deduzco que cualquier batería defensiva que haya debe de estar montada en el cabo opuesto.

Gilchrist dijo irritado:

—Nunca podremos cubrir esa distancia antes de que el Lysander empiece su ataque.

—¿Qué es lo que ha dicho, señor Gilchrist? —Su tono de voz fue tan suave que Luce se puso el zapato y se quedó totalmente quieto para escuchar.

—Lo siento, eh, señor. —Gilchrist pareció desconcertado—. Era una opinión.

—Me alegra saberlo. —Miró a los demás—. Tenemos que hacernos con cualquier pieza de artillería que pudiera ser capaz de inutilizar al Lysander antes de que empiece el ataque. Bien puede ser que los españoles no estén preparados para recibir nuestra visita, pero la bahía será como un avispero una vez se haga el primer disparo.

Leroux se apretó el cinto del sable.

—Estoy de acuerdo, señor. Y cuanto antes lleguemos al barranco, mejor.

Bolitho miró a su alrededor, notando el polvo y la arenilla en su cara. El viento estaba aguantando. Era de esperar que la «Suerte» de Herrick hiciera lo mismo.

—Póngalos en marcha otra vez —dijo.

Leroux se alejó con grandes pasos y, tras susurrar unas cuantas órdenes, los infantes de marina se pusieron de nuevo en camino. En la oscuridad, sus correajes dibujaban una larga y ondulante serpiente de aspas.

Seguía sin moverse nada en la oscuridad circundante. Ni un solo perro vagabundo, ningún pescador confundido caminando a tientas hacia su bote

para prepararlo para el amanecer. Era como si toda la costa hubiera sido abandonada.

Y aún más extraño, Bolitho se dio cuenta de que era capaz de pensar sin interrupción, caminando con paso casi relajado junto a la sección intermedia de los infantes de marina. Pensó en las veces que había navegado frente a aquella costa en ambas direcciones. Ahora, estaba finalmente caminando por ella. Los nombres de la carta náutica cruzaron su mente como recuerdos. Cartagena, que estaba a menos de cuarenta millas; Alicante; Valencia; cada una tenía un hueco en su memoria. Y cinco años atrás, en aquella misma guerra, España había sido aliada de Inglaterra.

Se dio cuenta de que una orden susurrada se acercaba de boca en boca por la hilera, y cuando se adelantó vio a Leroux y a Nepean hablando muy concentrados con un cabo.

Leroux no malgastó palabras:

—Este es el cabo Manners, señor. Un buen explorador se mire como se mire. —Miró fijamente a Bolitho—. Va al frente de la patrulla de reconocimiento.

Bolitho mantuvo un tono calmado, aunque sabía que algo iba muy mal.

—¿Su avanzadilla ha llegado al barranco?

Leroux asintió.

—Explíqueselo al comodoro, Manners.

El dialecto del infante de marina fue como un sonido familiar. Manners explicó:

—El barranco está ahí tal como esperábamos, señor. Pero debe de haberse producido un gran desprendimiento. Es casi totalmente vertical, como el costado de una abadía. —Titubeó—. Yo trabajaba en una mina de estaño en Cornualles antes de alistarme, señor.

—Entonces sabrá de qué está hablando.

Bolitho miró a lo lejos mientras su mente forcejeaba con aquel contratiempo.

—Podría intentar bajar con el arpeo y el cabo, señor —añadió Manners.

Bolitho negó con la cabeza.

—En la oscuridad de la noche sería mortal. —Miró a Leroux—. ¿Qué piensa usted?

—Nos llevaría horas. Incluso aunque pudiéramos hacerlo, los hombres estarían muy cansados para combatir después de eso —respondió el mayor.

—Y el Lysander estaría ya en la bahía.

Le invadió la desesperación. Había estado ciego, había sido demasiado estúpido por no contar con la posibilidad de una barrera insuperable como aquélla, que hacía que todos los otros preparativos fueran una pérdida de tiempo. Y de vidas. Había depositado su confianza en la escasa información de la carta y en su propio entusiasmo. Su mente se rebeló ante la palabra.

¿Por venganza?

—Tendremos que marchar rodeando el barranco, señor. —Leroux le miraba, compartiendo su ansiedad—. Sin embargo…

—Desde luego, mayor Leroux. La expresión sin embargo lo dice todo.

El teniente Nepean apuntó:

—Rodearemos cualquier defensa que haya en la bahía, señor, y asaltaremos la batería desde el interior.

Leroux suspiró.

—Pase la voz al sargento Gritton. Seguiremos a los exploradores como antes. —En voz más baja dijo a Bolitho—: No podemos hacer otra cosa en estos momentos.

Podía haber sido un reproche, pero no lo era.

La figura alta de Gilchrist salió de la oscuridad.

—He oído que el barranco nos corta el paso, señor.

—Así es. —Trató de ver su reacción—. Por lo que, después de todo, tendremos nuestra marcha forzada.

Vio a los infantes de marina caminando pesadamente otra vez, con los mosquetes colgados y cabizbajos, y la vista fija en las piernas del hombre que llevaban delante. La mayor parte de ellos no sabían dónde estaban, y menos aún lo que estaban haciendo. Confianza. La palabra le vino como en un grito. Era todo lo que tenían, y él se la había tirado por tierra.

Gilchrist dijo con voz apagada:

—Lo que me preocupa es lo que viene después, señor. —Dio media vuelta para tomar su posición en la siguiente fila de infantes de marina.

Leroux espetó:

—Este hombre me pone al límite de mi paciencia, señor.

Bolitho le lanzó una mirada.

—El capitán Herrick está satisfecho con su competencia.

Leroux arrancó un matojo de aulaga de un tajo con su sable curvado y replicó:

—No me gusta hablar de otros a su espalda, señor.

—¿Recuerda la expresión que ha utilizado antes, mayor? —Bolitho oyó cómo el sable curvado cortaba con rabia otra planta de aulaga—. ¿Sin embargo?

—Sé que el capitán Herrick ha servido con usted anteriormente, señor.

Toda la escuadra lo sabe. Es buena persona, y también justo. Es difícil ser cualquiera de las dos cosas en un navío de línea, eso lo sé por mi experiencia.

—Estoy de acuerdo con usted, mayor. Thomas Herrick es amigo mío desde la Revolución americana. Me ha salvado la vida más de una vez.

—Y usted la suya, por lo que dicen todos, señor. —Leroux lanzó una mirada rápida a su jadeante Mera de infantes de marina—. Tiene una hermana, señor, ¿lo sabía usted?

—Sí, significa mucho para el capitán Herrick. La pobre chica ha tenido que soportar mucho, esto también lo sé.

—Sí. Es inválida. La conocí una vez que fui a Kent en una misión del comandante, cuando estábamos reparando el Lysander. El ver una cara tan hermosa y tan traicionada por sus extremidades inútiles basta para romper el corazón de cualquier hombre. —Y añadió lentamente—: El señor Gilchrist ha pedido su mano en matrimonio.

Bolitho asió con fuerza la empuñadura de su sable y miró fijamente hacia la oscuridad hasta que sus ojos le dolieron. Había estado tan ocupado con sus propios asuntos que ni una sola vez había pensado en el mundo de Herrick. Herrick había empezado su servicio como un hombre pobre sin privilegios. Comparado con oficiales como Farquhar, o también consigo

mismo, todavía era pobre. Pero a lo largo de los años se las había arreglado para ahorrar, para aumentar sus magros inicios con primas de presa y con la prima por su ascenso a capitán de navío.

Leroux dijo:

—La madre del comandante Herrick murió justo antes de salir de Spithead. Así que, ya ve, señor, su hermana está ahora totalmente sola.

—No me lo dijo. —La mente de Bolitho retrocedió hasta aquellos primeros momentos, cuando embarcó en el Lysander en Gibraltar—. Pero puede que no le diera la oportunidad de hacerlo.

Se quedó en silencio, y Leroux se adelantó hacia sus exploradores, dejándole inmerso en sus pensamientos.

Herrick quería mucho a su hermana. Encontrarle un marido sería para él más importante que cualquier cosa. Incluso que su lealtad hacia él. Pensó, también, en la hostilidad de Gilchrist, y se obligó a sí mismo a preguntarse por qué querría casarse con una chica inválida. No podía encontrar respuesta a ninguna de las dos cosas.

Levantó la cabeza y miró las estrellas, tan frías y tan distantes de todos aquellos patéticos esfuerzos sobre la faz de la tierra.

Muchas veces, en el pasado, cuando había servido bajo el mando de sus oficiales superiores, preocupándose e impacientándose, se había dicho a sí mismo que él podía hacerlo mejor. Pero ellos habían tenido flotas que mandar, grandes acontecimientos a los que enfrentarse. Le habían dado una pequeña oportunidad para mostrar su capacidad, para probar que ahora podía entrar a formar parte de aquel grupo de élite cuyas insignias ondeaban con orgullo para que todos las vieran y obedecieran.

Mientras escuchaba el cansino arrastrar de las botas de los infantes de marina que iban a su lado, supo que había fracasado.

* * *

—¿Qué puede ver ahora? —Pascoe hablaba en susurros mientras observaba al centinela de fuera de la tienda.

En la parte trasera de la misma, Allday estaba casi totalmente doblado mientras atisbaba a través de un pequeño agujero cortado con una cuchilla improvisada que había fabricado rompiendo una de las copas.

Allday levantó la mano para que callara. Desde la parte de atrás de la tienda podía ver un trozo de la playa que había bajo el campamento, el resplandor de las estrellas sobre el agua picada del mar y una luz de fondeo de uno de los barcos. No había luna, por lo que cualquier pequeña luz de un fuego o de una lámpara brillaba con extraordinaria intensidad, incluso desde tan lejos como el otro cabo.

Había pasado la medianoche, por lo que podía deducir, pero había habido una gran actividad dentro y alrededor del campamento, sin apenas descanso desde aquel toque de trompeta.

Ahora estaba todo más tranquilo, pero encima del cabo podía ver unos pocos puntitos de unas lámparas, y supuso que la batería estaría al completo con todos sus hombres, preparándose para el amanecer. Una luz roja titiló durante unos breves segundos y luego se apagó con la misma rapidez.

Notó sudor en el cuello y en el pecho. Era la puerta de un horno que se abría y se cerraba. Estaban calentando balas al rojo vivo para recibir al barco con fuego.

Se puso de cuclillas, y los dos se echaron en el suelo el uno junto al otro con las caras casi tocándose. Allday susurró:

—La batería está preparando balas al rojo vivo. Esta debe ser la razón de que tengamos un moro de caballería como centinela. Todos los Dons del campamento estarán como artilleros en aquellos malditos cañones.

La cara de Pascoe estaba pálida en la oscuridad.

—¿Qué podemos hacer?

Allday señaló hacia la entrada.

—Sólo hay un centinela, ¿no?

—Sí. Parece que creen que estamos suficientemente vigilados.

Allday sonrió a pesar de la creciente tensión.

—¡Y con mucha razón, señor Pascoe! No podemos hacer mucho daño poniéndonos a caminar, ¿no?

—Lo sé. —Sonó como un sollozo.

—Tranquilo. —Le tocó el hombro, notando la piel quemada por el sol

—. Si podemos provocar una explosión, de la manera que hemos hablado, podríamos conseguir que el barco no entrara.

Pascoe asintió con firmeza.

—¿Cómo podemos cruzar el campamento? Debe de haber una milla entera hasta el otro lado.

Allday miró la parte trasera de la tienda.

—Si hay más de un centinela, estaremos muertos antes de empezar. —

Dejó que sus palabras se apagaran—. Pero si acabo con éste antes de que grite pidiendo ayuda, uno de nosotros podrá ponerse su uniforme.

Pascoe reptó sobre su estómago hasta el faldón de entrada.

—Está sentado. —Volvió de nuevo, moviéndose como un cazador furtivo—. Creo que está dormido. Pero tenga cuidado. —Le tocó la muñeca

—. Podría haber más centinelas cerca.

Allday examinó su tosco cuchillo y dijo:

—Si me cogen antes de que pueda hacer nada, quédese quieto y haga ver que está dormido. Que no sepan que lo estamos haciendo juntos.

Pascoe mostró sus clientes.

—¡Váyase al infierno, Allday!

Allday sonrió.

—¡Eso es lo más probable que ocurra, señor Pascoe!

Pascoe se quedó junto a la entrada, intentando no oír el sonido uniforme que hacía Allday al rasgar la dura lona de la tienda. El centinela no se movió, y Pascoe tuvo la certeza de que alguien oiría el constante latido de su corazón contra sus costillas. El ruido cesó y lanzó una rápida mirada por encima del hombro.

—¿Sale ya?

Pero estaba solo.

Hincó una rodilla en tierra, aguantando la respiración mientras la sombra de Allday pasaba fugazmente por el lado de la tienda y caminaba sin hacer ni un ruido con los pies desnudos sobre la arena. Era como si se hubiera transformado en una gran y envolvente capa. En un momento ya estaba allí, cerniéndose sobre el soldado dormido. Se cernió lentamente

sobre él, y sus sombras se fundieron en una sola, provocando un ruido parecido a un breve bostezo.

Abrió más el faldón cuando Allday entró por la pequeña abertura arrastrando tras él al soldado inerte. Allday musitó entre dientes:

—No se le ocurra encender una lámpara. Tendrá que vestirse como pueda. Aquí, sáquele la casaca mientras yo le quito los calzones. Apesta como un cerdo. —Tanteó rápidamente en busca del cinto—. Ah, también tiene una pistola.

Pascoe notó la piel del hombre bajo sus dedos. Estaba húmeda y caliente, pero inmóvil.

—Creo que le he roto el cuello al bastardo.

Pascoe le miró fijamente y se quitó los calzones. Se quedó desnudo durante unos pocos segundos de indecisión antes de ponerse con dificultad los del soldado muerto. Sus propios calzones estaban casi totalmente hechos jirones, pero eran el último vínculo que le quedaba. Apretó los labios. Ya no había vínculo alguno.

Luego se puso la casaca y el cinto. Allday tenía razón. Nunca hubiera podido meter su robusta mole en el uniforme de aquel hombre.

Oyó a Allday moviéndose por la tienda, el gorgotear del vino, y se preguntó cómo podía beber en un momento como aquél. Dio un pequeño grito ahogado cuando las manos goteantes de Allday le tocaron la cara, el cuello y debajo del cuello abierto de su casaca.

Allday dijo en tono grave:

—Tengo que oscurecerle el rostro lo máximo posible, ¿entiende? Dios le ayude si le ven a la luz del día. ¡No creo que hayan visto nunca un soldado de caballería con la cara roja!

Colocó el fez sobre la cabeza de Pascoe y arregló cuidadosamente el pañuelo de cuello para ocultar la mayor parte posible de su rostro.

Pascoe cogió el mosquete y lo inspeccionó. Afortunadamente era uno nuevo, probablemente francés.

—Estoy listo.

Allday arrastró el cadáver dejándolo a un lado y lo cubrió con un trozo de lona.

—Bueno, ahora áteme una cuerda alrededor de las muñecas en la espalda. Esto tiene que parecer apropiado y veraz. —Sonrió—. Cuidado, no demasiado fuerte.

Se miraron el uno al otro en silencio.

Entonces, Pascoe dijo:

—Si me cogen vivo…

Allday negó con la cabeza.

—No lo harán. Ni a mí tampoco.

Fuera de la tienda, casi parecía que hacía frío, y las oscuras sombras de las tiendas y terraplenes se mostraban irreales y amenazadoras.

Allday se preguntó qué harían los centinelas con los esclavos y prisioneros durante la noche. Si todo iba bien, tendrían un brusco despertar donde quiera que estuvieran.

Era todo tan fácil. Caminaron rápidamente por la cuesta que bajaba desde las tiendas de los oficiales hasta un camino a medio acabar, lleno de baches, que Allday supuso que conducía hacia el muelle nuevo. Los rescoldos de un fuego brillaban con un color rojizo junto a un carro suelto, y entre las grandes ruedas pudo ver varias figuras durmiendo.

Oía las pisadas de Pascoe cerca de él por detrás, así como el regular golpeteo de su mosquete contra la cadera al llevarlo colgado al hombro.

Algo se movió en un montón de madera apilada y susurró entre dientes:

—¡Cuidado, señor Pascoe!

Pascoe se descolgó el mosquete y le apretó con fuerza el cañón en la espalda, alejándose lo más rápido que pudo. La sombra dijo algo y luego se rió antes de volver de nuevo a la oscuridad.

—¡Bien hecho, pero espero que vigile el dedo del gatillo! —murmuró Allday.

Continuaron en línea recta, usando el margen oscuro que se veía bajo las estrellas y que les indicaba el camino hacia el cabo. Allí ya no había lámparas. Los hombres de la batería debían de estar descansando junto a sus piezas; tenían poco que temer.

Allday se detuvo y notó que Pascoe se paraba inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

Allday dijo en voz baja:

—Hay alguien delante de nosotros. Justo en nuestro camino.

—No podemos detenernos aquí. Estamos en un espacio abierto —

susurró Pascoe.

—Sí. —Algo de la figura que estaba de pie en su camino le preocupaba a Allday—. Solo ríase si le dice algo. Intentaré lanzarme sobre su espalda al pasar junto a él.

Pero el solitario vigilante no les dio el alto, ni se volvió cuando pasaban a su lado. Estaba atado a un poste, con las enormes cuencas de los ojos vacías y oscuras sobre los dientes al descubierto. Allday permaneció en silencio, y reconoció en él al jinete de más edad que le había golpeado con su látigo.

Pascoe expresó lo que él también estaba pensando:

—Si hacen esto con uno de los suyos…

Tras unos minutos más, Allday dijo:

—Creo que sería mejor que descansáramos aquí y nos situáramos.

Estaban casi al lado del agua y la arena aparecía llena de pisadas de las idas y venidas del gran número de pies que habían cargado las barcazas y los barcos fondeados.

La silueta del más cercano, un bergantín, parecía resaltar, pensó Allday.

El amanecer estaba más cerca de lo que había pensado. Pensó en la tarea que se habían propuesto llevar a cabo y se estremeció.

Dirigió su atención hacia el cabo. Dos montículos, separados por una distancia de cerca de un cable, desfiguraban su perfil plano. Así que había dos baterías. Era poco probable que hubiera más de un polvorín. El capitán español había dado a entender que ya tenían bastante que hacer aquellos días como para realizar otros trabajos.

—Tomaremos la del interior, si le parece.

Pascoe asintió.

—La que tiene el horno. —Asintió de nuevo—. Es más probable que el polvorín esté allí. ¡No querrán perder demasiado tiempo cuando lleven las balas enrojecidas a un cañón ya cebado!

Allday observó su silueta. Podría haber sido el comodoro el que lo hubiera dicho.

—Creo que puedo ver un camino. Lo seguiremos. Si nos equivocamos, daremos media vuelta y probaremos por cualquier otro sitio. —Pascoe añadió con firmeza—: Será una muerte rápida.

Pero la dirección elegida era la correcta. El camino se ensanchaba tras una curva al principio del cabo, e incluso para los pies llagados de Allday resultaba más suave.

Al abrigo del mar una vez más, todo estaba mucho más tranquilo. Se oían otros ruidos: el crujir de la hierba reseca por la sal, el relinchar lejano de caballos atados y el persistente ulular de alguna ave rapaz en busca de su presa.

Pasaron otra curva aún y se encontraron frente a una elevada puerta de madera. Estaba totalmente abierta y en la tenue luz de una lámpara colgada vieron algunos escalones toscos que llevaban hacia arriba del montículo, hasta un punto que debía de estar justo debajo de la primera batería.

—¿Tiene aquel látigo? —preguntó rápidamente Allday.

Pascoe buscó a tientas en su poco familiar cinto.

—Sí, ¿por qué…?

Calló cuando dos figuras se movieron ligeramente junto a la entrada.

Allday espetó:

—¡Úselo! ¡Rápido, o nunca alcanzaremos esa maldita puerta!

Los dos centinelas estaban armados y Allday vio el brillo de sus bayonetas en el resplandor amarillento. Y los dos eran de la artillería, por el aspecto de sus botas y sus calzones anchos.

Contuvo el aliento cuando el látigo le dio en el hombro.

—¡Más fuerte, por el amor de Dios!

Pascoe cogió aire y volvió a darle un latigazo, recordando con repentina claridad la manera en que los jinetes les habían flagelado. Impasiblemente y sin compasión.

Los dos centinelas les miraban con poca curiosidad. En aquel espantoso lugar era un espectáculo habitual.

Entonces se oyó el ruido de un mosquete cuando uno de ellos lo cogió del suelo y Allday saltó hacia delante, arrancándoselo de la mano al sorprendido centinela y dándole con la culata en la cara en un salvaje golpe.

Pascoe corrió junto a él, pero el segundo centinela ya había salido disparado como un loco y subía los escalones gritando desaforadamente.

Allday levantó el mosquete y disparó, y el hombre se dio la vuelta por la fuerza del impacto de la bala antes de caer y quedar, fuera de la vista.

Oyeron como su cuerpo rodaba por una bajada en una pequeña avalancha de tierra y piedras sueltas.

—¡Vamos! —Pascoe subió corriendo los escalones y cargó prácticamente con la cabeza contra un centinela que trataba de pasar por una entrada cerrada por una sólida puerta tachonada.

Allday estiró los brazos, le agarró por el cuello y le dio la vuelta fácilmente para luego dar con su cabeza contra la puerta. Esta se abrió hacia un estrecho pasillo, y mientras resonaban por encima de sus cabezas más gritos y ruidos de pisadas, Pascoe dijo casi sin aliento:

—Eche el cerrojo. —Elevó una lámpara—. Esto debe de llevar al polvorín.

—Está bastante seco. —Allday arrastró dos pesados barriles y los atrancó contra la puerta—. Cuidado con la lámpara. —Olisqueó—.

¡Apuesto a que se están preguntando qué demonios está pasando aquí abajo! —Montó el segundo mosquete.

Botas y mosquetes golpeaban la pesada puerta, y de repente se hizo el silencio.

Pascoe miró a su compañero.

—Allá vamos, pues.

* * *

El mayor Leroux le dio a Bolitho un pequeño catalejo de bolsillo.

—Dudo que pueda ver algo todavía, señor.

Bolitho se levantó sobre sus rodillas, sintiendo el dolor en sus extremidades y espalda por la larga marcha por tierra. Desperdigados por la hierba y las aulagas de la ladera de la colina podía ver los correajes y los calzones de los infantes de marina, que recobraban el aliento en el suelo en grupos desordenados.

El cielo estaba más pálido, al igual que las estrellas, no había ninguna duda de ello. Pero el horizonte y la tierra estaban aún entrelazados, y sólo gracias a la línea de la costa que contrastaba con la arena clara podía hacerse una idea certera de su posición. Estaban en una ladera, detrás del cabo y a su misma altura. En la pequeña lente podía ver los rudimentarios tajos donde el terreno había sido cavado para hacer terraplenes y empalizadas, así como el titilar ocasional de una lámpara solitaria que iluminaba un par de gruesas culatas de cañón, probablemente de veinticuatro libras, pensó.

Leroux estaba apoyado sobre los codos, chupando tranquilamente una piedrecita redonda.

—Hay que bajar esta escarpada pendiente y subir la siguiente hasta la empalizada, señor. Contando que no haya otra protección detrás, podríamos perder la mitad de nuestros hombres en una carga. —Lanzó una mirada a sus cansados infantes de marina—. La vida de a bordo les deja sin aliento en tierra. No son la infantería ni soldados del frente.

En alguna parte, a lo lejos, un perro ladró con repentino vigor. Era como el principio de un nuevo día.

Bolitho espetó:

—Esta mañana tendrán que actuar como soldados, mayor. Tenemos que atacar sin dilación, antes de que la trompeta dé la alarma a la guarnición.

Notó que los demás oficiales se le acercaban. Mantuvo la vista en dirección al mar, hacia las tres masas oscuras de los barcos fondeados.

Quizá pudieran silenciar la batería y luego abrirse camino hasta algunos botes. Todo por culpa de aquel barranco. Y de su ceguera.

Dijo bruscamente:

—Señor Steere, usted cogerá los marineros que quedan con nosotros y se dirigirá a la playa. El señor Luce le acompañará. —Movió levemente la

cabeza hacia Leroux—. Proceda. Mejor salir cuanto antes.

Leroux le tocó el brazo al sargento en la oscuridad. El hombre dio un salto como si hubiera sido alcanzado por una bala.

El mayor dijo abruptamente:

—Sargento Gritton, pase la voz: calar bayonetas. Pase revista rápidamente hombre por hombre. Cuando dé la señal, toda la línea avanzará a la carrera.

El infante de marina se colocó bien el sombrero.

—Sí, señor. —Por la poca emoción que demostraba, bien podría parecer que le hubieran ordenado limpiarse las botas.

Los hombres se movieron a todo lo largo de la ladera, y se oyó el entrechocar del acero cuando aparecieron las bayonetas brillando débilmente bajo la pálida luz.

Bolitho desenvainó su sable y dijo en voz baja:

—Haremos tanto ruido como podamos. Hoy es la mejor arma.

Giró en redondo cuando un disparo aislado retumbó entre las colinas como si rebotara.

Por un momento pensó que un piquete había avistado a sus infantes de marina o, peor aún, que sus oponentes les habían preparado una encerrona mientras ellos se disponían a iniciar su ataque a la batería.

—¡Allá abajo, señor! He visto un destello. Un hombre ha caído, creo —

gritó Nepean.

Se oyeron gritos apagados, y la lámpara solitaria de la batería empezó a moverse por el terreno plano de detrás del terraplén como si la llevara un espíritu.

Leroux susurró:

—No es una señal, por Dios. —Y añadió con amargura—: ¡Por todos los infiernos, mire qué confusión! ¡Nuestro ataque ya no será por sorpresa!

Bolitho podía ver incluso sin el catalejo del mayor las figuras que aparecían a lo largo del muro de la batería. La mayoría se veían muy pálidas, como si sólo estuvieran medio vestidas, despertadas de golpe por aquel misterioso disparo.

Replicó con brusquedad:

—No tenemos elección, mayor. —Se puso en pie de un salto y agitó su sombrero hacia los sorprendidos infantes de marina—. ¿Estáis conmigo? —

Podía sentir la locura subiéndole hasta la garganta como una bilis y los violentos latidos de su corazón contra las costillas como si quisiera liberarse.

Con algo parecido a un bramido, los infantes de marina se levantaron a trompicones de sus posiciones y mientras uno tras otro apuntaban sus mosquetes con la bayoneta calada hacia la batería, Leroux aulló:

—¡A la carga!

Bajando por la pendiente, gritando y vitoreando como enloquecidos, los infantes de marina pronto olvidaron su orden para mantener la velocidad.

Cada vez más rápido, corriendo sobre la hierba y las piedras, la ondulada línea de bayonetas brillaba más ahora que un tenue resplandor aparecía por encima del cabo.

Por todas partes los hombres tropezaban y se volvían a levantar tambaleantes para recoger sus mosquetes y correr detrás de sus aullantes compañeros.

Bolitho oyó unos pocos disparos, pero no sabía quién los hacía y hacia dónde. Notó que le costaba más mantener el ritmo, y se dio cuenta de que estaban subiendo en vez de bajar.

Gritó entre jadeos:

—¡Rápido! ¡Atacad la empalizada!

Algunos estallidos más fuertes llegaron desde arriba, y oyó a un hombre dar un grito ahogado y rodar cuesta abajo.

Pero varios infantes de marina se habían detenido más atrás y habían hincado la rodilla en tierra para apuntar por encima de las cabezas de los demás. Una bala pasó cerca de la cabeza de Bolitho y llegó un alarido de dolor desde el muro de la batería.

Leroux aullaba:

—¡Un camino! ¡Sargento Gritton, llévelos allá arriba!

Crac, crac, crac. La balas se incrustaban en la empalizada desde ambos flancos, y Bolitho oyó a lo lejos el clamor urgente de una trompeta.

Tenían que alcanzar aquel muro y abrir una brecha en él antes de que llegara ayuda desde el campamento. Todos habían oído los caballos. La caballería dispersaría a los cansados infantes de marina y les aniquilaría poco a poco.

Casi se cayó encima de un soldado tendido en el suelo junto a una entrada antes de ser empujado a un lado por un infante de marina aullador que cargaba al frente de la sección que iba delante. Su mente se tambaleó pero se aferró al extraño hecho de que la puerta estaba abierta y el centinela muerto.

Subió varios escalones, pasó una estrecha curva y vio a una media docena de españoles golpeando una puerta de madera con armas y puños, ajenos al parecer a la avalancha de infantes de marina.

Uno de ellos se dio la vuelta y todos los demás se apartaron de la puerta, agolpándose para intentar encaramarse a un muro a medio construir.

Gritando como fieras, los infantes de marina cargaron contra ellos, elevando y clavando las bayonetas mientras los gritos de terror quedaban ahogados por su propia demencia.

Bolitho gritó:

—¡Alto, infantes de marina! —Hacia Leroux, dijo entrecortadamente—:

¡Deténgales, por el amor de Dios! ¡Tenemos que entrar por esa puerta!

Unos disparos sonaron desde debajo de la batería y varios infantes de marina cayeron pataleando, y puesto que otros todavía seguían subiendo por los escalones, lo más probable era que en breves momentos no pudieran moverse ni escapar de los tiradores ocultos.

Vio al sargento Gritton con una gran hacha enmarcado en la puerta y oyó el potente ruido de la misma al clavarse en la madera tachonada.

Leroux disparó una pistola y se la dio a su ordenanza mientras un cuerpo rodaba sobre el muro y caía entre los aullantes infantes de marina.

—¡No se ha agachado a tiempo!

Disparó su otra pistola y soltó una maldición cuando la bala gimoteó inofensivamente hacia el cielo.

—¡Preparados, muchachos! —Gritton gritaba a voz en cuello—. ¡Se está abriendo!

Bolitho se abrió paso a empujones entre el grupo de hombres, consciente de que la puerta se estaba abriendo hacia dentro y que no era el hacha la que lo hacía, y que en los próximos segundos sus hombres podrían ser despedazados por una ráfaga de metralla.

Gritton vociferó:

—¡Disparad, muchachos! ¡Acabemos con esos bastardos!

Entonces, otra voz, más potente incluso que la del sargento, gritó:

—¡Quieto ahí, sargento Gritton! ¡Alto el fuego, maldita sea!

Bolitho notó como era llevado casi en volandas a través de la puerta en una marea de infantes de marina que maldecían y aullaban, y cuando irrumpieron en un pasillo de roca viva toscamente tallada y se abrieron en abanico a ambos lados, miró las dos figuras que estaban inmóviles bajo una solitaria lámpara.

—¡Es uno de los nuestros! ¡Dispare a ese soldado, Gritton! —dijo jadeando.

El «soldado» tiró al suelo su mosquete y cuando dos infantes de marina le agarraron por los brazos, gritó con voz quebrada:

—¡Soy yo!

Bolitho apartó a un lado a los infantes de marina y agarró al joven por los hombros.

—¡Debo de estar soñando!

—¡Entonces nosotros también, señor! —gritó Allday. Leroux estaba de nuevo a su lado.

—¡Este es el polvorín principal, señor! —Miró el rostro manchado de Pascoe—. ¿Han…?, quiero decir, ¿iban ustedes a…?

Pascoe dijo con voz ronca:

—Planeamos volar el polvorín. El comandante de este lugar sabe que hay un barco cerca. —Miró a Allday, y le flaquearon de repente las fuerzas

—. Y sabíamos que sería el Lysander.

Allday asintió con una sonrisa de oreja a oreja en su mugriento rostro.

—¡Lo que no sabíamos era que veríamos a los bueyes esta hermosa mañana!

Bolitho trató de poner orden en los pensamientos que se le agolpaban en la cabeza. Podía ser que fuera demasiado tarde para hacer algo, pero ya no se veía todo tan negro, tan imposible como unos momentos antes.

—Mayor, coja algunos hombres y vaya a la batería. Dígales a sus tiradores que disparen con cuidado. Dudo que encuentren mucha oposición.

No creo que tengan mucho interés en disparar hacia aquí con la posibilidad de salir ellos también volando por los aires. —Miró a Pascoe y a Allday—.

Tal como estaban ustedes a punto de hacer.

Allday dijo:

—Una cosa, señor. Hay una segunda batería en la parte de fuera de la punta del cabo. Creo que éste es el único polvorín, pero…

Calló cuando el pasillo se estremeció ante una súbita explosión.

También se oyeron aclamaciones y el ruido esporádico de fuego de mosquete.

Bolitho asintió.

—Eso ha sido un cañón de la otra batería, creo.

Pascoe hizo ademán de seguirle cuando salió corriendo detrás de los infantes de marina, y Bolitho dijo:

—No, Adam. Tú ya has corrido con la mayor parte del peligro. Quédate aquí con estos infantes de marina heridos hasta que sepa lo que vamos a hacer.

Mientras corría por el poco iluminado pasillo, pasando junto a grandes cajas de balas, barriles de pólvora y parihuelas para llevar las enormes balas hasta el horno, se puso a pensar en lo que había ocurrido. Pascoe y Allday habían sobrevivido. No sólo eso; estaban allí, con él, aunque cómo lo habían conseguido ni se lo podía imaginar. Si se hubieran vuelto a la playa al encontrarse el barranco infranqueable o hubieran llegado al campamento quizá unos minutos más tarde, ellos habrían hecho saltar por los aires el polvorín y la batería, y también a sí mismos. Notó que le escocían los ojos por la emoción. Hacer ese sacrificio, una acción tan temeraria, sin ni siquiera esperar a ver si finalmente estaba entrando el barco en la bahía…

Ellos habían sabido que era el Lysander, eso había sido suficiente.

Otro gran estallido hizo que se filtrara polvo por el techo de vigas, pero se tomó su tiempo para envainar el sable y serenarse, cuando Leroux, sin sombrero y con sangre encima de un ojo, bajó corriendo algunos escalones y gritó:

—El Lysander está a la vista, señor. La otra batería ha abierto fuego sobre él, pero también nos han alcanzado aquí con una bala. —Suspiró pesadamente—. Escuche a mis muchachos. Sus vivas merecen la pena.

Bolitho se estremeció cuando otro estallido retumbó alrededor del polvorín.

—Gire algunos de los cañones para apuntar hacia la otra batería. Creo que hay balas enrojecidas.

Leroux subió delante los escalones, con su casaca de nuevo de color rojo bajo un rectángulo de luz apagada del cielo.

Bolitho sintió el aire salado en su cara y observó a los infantes de marina que, triunfantes, corrían a través de las defensas a la vez que disparaban hacia la otra batería. Ignoró el gemido de las balas que pasaban cerca y miró fijamente la gran pirámide de velas que parecía estar emergiendo del agua.

El setenta y cuatro cañones entraba muy despacio en la bahía, con la parte más baja del casco aún envuelta en una profunda sombra. Herrick estaba entrando, tal como sabía que haría. Ninguna batería en el mundo impediría su intento de llevar a cabo el plan de ataque, ni le amedrentaría en su propósito de rescatar a la partida de desembarco.

Un cañón abrió fuego desde la otra batería y apretó los dientes cuando una elevada columna de agua se levantó violentamente al costado del casco del barco. Demasiado cerca. Espetó:

—¡Déles prisa a sus hombres, mayor! ¡Dígales que el mar es su única salida!

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