Nubes de tormenta
VIII. Tras el combate
VIII
TRAS EL COMBATE
Joshua Moffitt, el secretario personal del comodoro, se daba pequeños golpecitos con la pluma en los dientes y esperaba mientras Bolitho se recostaba en su silla del escritorio y tomaba otro sorbo de café.
Bolitho dejó que el café fuerte y negro explorara su estómago e intentó concentrar su mente en el informe que estaba dictando para el almirante. Si es que iba a ser mandado alguna vez. Si es que iba a ser leído alguna vez.
Sabía que Moffitt le estaba mirando, pero a aquellas alturas estaba casi acostumbrado a su extraña e impenetrable mirada. En el camarote podía oír a Ozzard, su repostero, preparándole el catre, con sus pisadas casi inaudibles sobre la cubierta, y se preguntó por el destino que había llevado a aquellos dos hombres a sus actuales puestos. Sería mejor para ambos si estuvieran al revés, pensó. Ozzard, que atendía sus necesidades diarias, desde prepararle el agua del afeitado a una camisa limpia, había sido, según contaban, el empleado de un abogado. Realmente, se notaba que tenía cierta educación, más que algunos de los oficiales. Moffitt, por otro lado, cuyas obligaciones incluían la cuidadosa redacción de todas las órdenes y despachos, la de anotar cada una de las señales personales y órdenes de Bolitho a los otros comandantes de la escuadra, venía de los barrios bajos.
Tenía el cabello gris y escaso y unos ojos de mirada vidriosa que asomaban en su cara apergaminada como los de un hombre cerca de la muerte. Allday había comentado con poca simpatía: «¡He visto bribones con mejor aspecto colgados de una horca!».
Por lo poco que había sido capaz de descubrir, sabía que Moffitt había estado en una cárcel para deudores, esperando el traslado a la nueva colonia penitenciaria de Botany Bay. Un esperanzado teniente con una orden judicial para fomentar el reclutamiento para la Marina de Su Majestad, como sustitutivo directo del traslado a la otra punta del mundo, se había presentado en la cárcel y, junto a varios otros, Moffitt había empezado una nueva vida. Su primer barco había sido un dos cubiertas de ochenta cañones en el que, en una breve escaramuza frente a Ushant, el secretario del comandante había muerto a causa de una bala perdida de mosquete. Moffitt había aprovechado bien la oportunidad y había conseguido otro cambio más en su vida asumiendo las obligaciones del hombre muerto. Transferido al Lysander en Spithead, no había dudado en ofrecerse como secretario de un comodoro, a menos que hubiera una persona más apropiada para el cargo o hasta que pudieran encontrarla. Las prisas por terminar todas las reparaciones y poner el barco a son de mar a tiempo para recibir el gallardetón de Bolitho habían permitido a Moffitt hacerse con el puesto sin apenas dificultades.
Bolitho miró su taza. Era fácil enviar a Ozzard a hacer más café. Era una de sus debilidades. Pero resistiría y trataría de alargar lo máximo posible su reserva de café.
Oyó el insistente ruido sordo de los martillos y de las sierras. El trabajo de reparar los daños seguía aún sin interrupción. Aquella era la mañana del cuarto día tras el combate. El Lysander, con la compañía de la corbeta y la presa, había continuado avanzando lentamente hacia el nordeste, con los marineros trabajando hasta que no había luz suficiente para seguir, con el fin de tenerlo preparado para luchar de nuevo cuando fuera necesario.
En su cabeza, podía visualizar la carta que había estado examinando antes de su escaso desayuno. Se habían visto obligados a mantener un avance muy lento. Las velas rifadas habían tenido que ser bajadas de la arboladura para ser reparadas o sustituidas por otras del pañol de velas. El botalón de proa había sido reconstruido casi por completo tras su fuerte colisión con el setenta y cuatro cañones francés, y coincidía con el informe
de Herrick en cuanto a las alabanzas a Tuke, el carpintero, por su energía y su perfeccionismo.
Con toda la razón, Herrick había dejado bien al teniente Veitch en su informe. El tercer teniente había estado a cargo de la artillería durante todo el combate y, más aún, había decidido, sin pedir permiso ni consejo, poner doble carga en algunos de sus cañones para ayudar en el ataque de las carronadas sobre uno de los barcos enemigos. La carga doble era arriesgada incluso en condiciones idóneas y con marineros experimentados. Pero Veitch se las había arreglado para mantener la cabeza clara y seleccionar tales hombres de los cañones que no estaban entablando combate, para conseguir el máximo efecto con aquel bombardeo. El guardiamarina Luce, el contramaestre Yeo, el mayor Leroux, todos habían sido mencionados por el comandante para la aprobación de Bolitho.
La otra cara de la moneda era que habían muerto trece hombres del Lysander, ya fuera en el combate o más tarde a causa de las heridas recibidas en él. El cirujano había informado de que había otros cinco que podían morir en cualquier momento, y diez más que casi seguro estarían sanos para el servicio si la suerte no les daba la espalda.
Probablemente, el enemigo había perdido muchos más, además de sufrir la humillación de ser ahuyentado por un solo barco. Pero por lo que se refería a los hombres, aquello era de poco consuelo. Tenían que aguantar semanas, quizá meses, sin más ayuda. Los músculos y los huesos eran más importantes que la estopa y las cuadernas de roble, y los hombres en sí, más importantes que todo lo demás. Intentó no pensar en su propio informe, todavía inacabado bajo el codo huesudo de Moffitt.
El secretario preguntó:
—¿Desea continuar, señor? —Su voz, como el hombre, era fina y algo irritante. Su registro en el libro de embarque decía que tenía treinta y ocho años. Parecía tener cerca de sesenta.
Bolitho le observó con aire grave.
—¿Dónde estábamos?
La pluma se movió a través de los papeles.
—«Durante la acción, el barco estuvo bajo control todo el tiempo y, sólo cuando se enredó con el aparejo del segundo buque francés, se vio privado de su arrancada». —Los ojos vidriosos se elevaron de nuevo—.
¿Señor?
Bolitho se levantó y fue hacia el jardín, con las manos en la espalda. No podía apartar la cara de Herrick de sus pensamientos. La cara que había puesto en el combate, al ver que la colisión era inevitable. Aquel había sido el momento. Destacaba incluso por encima del estruendo de los cañones, de los gritos atroces y de las resbaladizas manchas rojas de alrededor de la rueda. En aquellos momentos vitales Herrick había dudado. Peor que eso, en el momento en que los franceses habían tomado la iniciativa y la podían haber usado para atacar el barco por ambos lados, había tomado una decisión equivocada. Le parecía oír su voz, allí en la cámara. Su angustia al ordenar a Gilchrist que rechazara el abordaje. Y había sido la orden equivocada. Una acción defensiva a aquellas alturas podía haber quebrado la moral del Lysander y haber enfriado la buena disposición de los hombres a combatir, con la misma facilidad que si su bandera hubiera sido arriada delante de sus ojos.
Se obligó a sí mismo a pensar en Herrick como el comandante de su barco. No como Thomas Herrick, su amigo. En el pasado, habría despreciado a cualquier oficial superior que hubiera utilizado la amistad para encubrir el fracaso o la incompetencia. Pero ahora sabía que la cuestión no era tan sencilla, y que no estaba libre de prejuicio. Herrick casi le había suplicado que no abandonara el alcázar para unirse a la lucha de proa. Fuera por el cariño que le profesaba o por el deseo de tener su consejo y su resolución cerca, o por ambas cosas a la vez, el efecto podría haber sido completamente desastroso. Bolitho se había dado cuenta, aunque con posterioridad al combate, de que el comandante francés había permanecido a popa durante el tiempo en que los hombres del Lysander habían abierto a tajos un paso sangriento a través de sus hombres. Se preguntó cómo habría ido la lucha si el comandante francés se hubiera puesto al frente de sus hombres en la refriega mientras sus homólogos británicos se quedaban apartados en una relativa seguridad.
Apoyó sus manos en el alféizar, bajo el vidrio manchado de sal. Herrick no era cobarde, y no mostraría deslealtad en la misma medida que no traicionaría a su hermana. Pero allí arriba, en el alcázar; cuando se le había necesitado más, había fallado.
Bolitho dijo con tono cortante:
—Lo acabaré más tarde, Moffitt. —Se dio la vuelta y le pareció vislumbrar un rápido brillo de curiosidad en sus ojos—. Puede usted pasar a limpio lo que ya hemos hecho. —Aquello mantendría ocupado a Moffitt durante un buen rato y mientras tanto el informe estaría a mano.
Se oyó un golpeteo en la puerta del mamparo y Herrick entró en la cámara.
—He pensado que querría saberlo enseguida, señor. La Harebell ha hecho una señal indicando que ha avistado dos velas al este. —Sus ojos azules miraron brevemente a Moffitt—. Lo más probable es que sea el resto de la escuadra. —Y añadió con tono amargo—: Esta vez sí.
Bolitho vio que su mirada se posaba en las hojas del informe y sintió cierta culpabilidad, como si Herrick hubiera leído su mente, su duda persistente.
—Sí. ¿Cuál es nuestra situación estimada?
Herrick frunció el ceño.
—A las ocho campanadas fijamos nuestra estima aproximadamente a cuarenta millas al norte de la isla de Mallorca. Con el lento avance y los daños en las velas y el timón, ni siquiera el piloto hará una estimación más ajustada.
Bolitho miró a Moffitt.
—Puede irse. —Oyó a Ozzard salir del camarote.
Herrick preguntó:
—¿Cuáles son sus órdenes, señor?
—Cuando podamos reunir a nuestros demás barcos, tengo la intención de convocar una reunión de comandantes. —Se fue otra vez a los ventanales, viendo el reflejo de Herrick en el grueso vidrio—. Después de escuchar las explicaciones del comandante Farquhar sobre por qué ha esperado hasta este segundo punto de encuentro, diré lo que creo que
deberíamos hacer. Como comandante del buque insignia, debe usted asegurarse de que todos los barcos, desde el Lysander hasta la Harebell, comprendan mis normas de actuación con exactitud. Para mí, la iniciativa es un valioso sustituto de la obediencia ciega. Pero no toleraré maniobras egoístas ni la pura desobediencia.
—Entiendo, señor —dijo Herrick.
Bolitho se dio la vuelta para mirarle.
—¿Qué opina, Thomas? —Esperó, deseando que expresara su opinión
—. ¿Qué piensa realmente?
Herrick se encogió de hombros.
—Creo que Farquhar es mezquino y está lo bastante ansioso por ascender como para actuar según sus intereses siempre que sea posible.
—Entiendo.
Bolitho cruzó hasta su aparador de vino y lo tocó con las yemas de los dedos. Podía verla sonriéndole, oír su risa contagiosa mientras contemplaba cómo disfrutaba con el regalo. Tan cariñosa y tan generosa con su amor. E
imprudente, también, por su hostilidad hacia todo aquel que se atreviera a censurar su breve aventura.
—¿Es eso todo, señor? —Herrick le estaba observando detenidamente, con semblante cansado y adusto.
—No, Thomas. —Se volvió, aborreciendo la tensión de los rasgos de Herrick. Probablemente no había dormido más de una hora o dos seguidas desde el combate—. Esto no es todo.
Señaló hacia una silla, pero Herrick siguió de pie, como sabía que haría.
Maldijo interiormente. Ese era el problema. Se conocían el uno al otro demasiado bien como para que hubiera alguna clase de conflicto.
Dijo:
—Tengo que acabar mi informe para el almirante. Tarde o temprano tendré que enviarle un despacho con mi apreciación personal de la situación en esta zona. De él bien podría depender que se adoptara una estrategia totalmente nueva. Hay mucho más en juego que mi cabeza, y si me equivoco… Si Lord St. Vincent envía una gran flota al Mediterráneo y descubrimos demasiado tarde que los franceses se dirigen al oeste en lugar
de al este, puede que para unirse a sus escuadras de los puertos del golfo de Vizcaya, Inglaterra, y no simplemente un combate, estará perdida.
—Me doy cuenta de ello, señor. Es una enorme responsabilidad.
Bolitho le miró fijamente.
—¿Está siendo deliberadamente evasivo? ¡Sabe condenadamente bien lo que quiero decir! Es una misión importante, y no hay riesgo demasiado grande que nos exima de llevarla a cabo. Cuando envíe mi primer despacho al almirante, tengo que comunicarle también cuál es el estado de mi escuadra.
Herrick le miró con obstinación.
—Mientras el resto de la escuadra se hallaba donde quiera que fuera, señor, nuestra gente luchó y actuó mejor de lo que había creído posible. He reflejado esto en mi informe.
Bolitho negó tristemente con la cabeza.
—¿Y qué hay de usted, Thomas? ¿Qué tengo que poner por lo que a usted se refiere? —Observó como la tensión crecía en el rostro de Herrick
—. No estoy hablando de sus dotes marineras o de su comportamiento bajo el fuego enemigo, ni osaría hacerlo.
Herrick miró a lo lejos.
—Lo hice lo mejor que pude.
Bolitho vaciló, pero sabía que aquel, y sólo aquel, era el momento. Dijo con tono rotundo:
—Eso no fue suficiente. Y usted lo sabe.
Por encima de sus cabezas, llegó el tenue grito de un vigía:
—¡Ah de cubierta! ¡Vela por la amura de sotavento! —Así pues, los barcos de Farquhar, si es que eran ellos, estaban a la vista del Lysander.
—Si esto es lo que usted cree, señor, le sugiero que lo refleje en su informe —respondió Herrick. Bolitho le miró a los ojos.
—¡No sea tan condenadamente tonto! —Podía sentir como se le agolpaba la sangre en la cabeza y volvía la furia del combate—. ¡Estuvo lento, Thomas! Esperó demasiado antes de cada decisión. ¡Sabe tan bien como yo que en un combate a base de andanadas no hay tiempo para reflexiones!
Herrick observó su creciente ira con aparente calma.
—¿Se cree que no me doy cuenta de ello? —Se encogió de hombros con un movimiento de impotencia o desesperación—. Cuando perdí el Impulsive el año pasado, empecé a tener dudas. Acerca de mis fuerzas, de mi valor, si lo prefiere. —Miró a la lejanía—. Entré con el Lysander en esa bahía porque tenía que hacerlo, porque algo me llevaba allí, como en el pasado, cuando simplemente sabía que algo debía hacerse. Usted no hizo ninguna señal, pero en lo más profundo de mi ser sentí que usted estaba allí, aguardando, esperando que viniera. Quizá lo sentía de la misma manera que usted sentía lo de Adam Pascoe. Fue algo más profundo que la lógica.
Bolitho preguntó con calma:
—¿Y hace cuatro días?
Herrick le volvió a mirar.
—Miraba aquellos dos barcos. Hora tras hora vi como se acercaban, y me imaginé a sus hombres en sus puestos, atisbando hacia mí tras las bocas de sus cañones. Y cuando usted decidió atacarlos en solitario y tuvimos al segundo justo en nuestra proa, apenas pude hablar ni moverme. Oí mi voz dando órdenes. Pero detrás de aquello, estaba como una piedra. Como algo muerto. —Se enjugó la frente con la mano. Su piel estaba empapada de sudor—. No puedo hacerlo. Aquel combate del año pasado fue determinante para mí.
Bolitho se levantó y caminó lentamente hasta los ventanales. Recordó la excitación de Herrick en el Almirantazgo cuando fue nombrado capitán de bandera, una alegría similar a la suya. No se habían preguntado nada sobre los peligros o los riesgos de su misión. Ni tampoco se habían planteado ni una sola vez su propia capacidad para llevarla a cabo.
—Está demasiado cansado para pensar como es debido —dijo.
—Por favor, señor. —La voz de Herrick era ronca—. ¡No muestre pena ni me humille con su comprensión! ¡Usted sabe lo que me está costando esto, por Dios santo, ahórreme pasar más vergüenza!
Se oyeron unas fuertes pisadas en el pasillo y Bolitho dijo:
—Váyase, me gustaría pensar. —Trató de encontrar las palabras, despreciándose a sí mismo por provocarle tanto dolor—. Su valor es
demasiado grande para mí como para abusar de él.
La puerta se abrió ligeramente y el guardiamarina Saxby asomó la cabeza en la cámara.
—¿Comandante? ¿Señor? —Sonrió nervioso al ver a Bolitho, mostrando el agujero entre sus dientes—. Con los respetos del señor Gilchrist, pregunta si podría venir usted a cubierta.
Al ver que Herrick permanecía en silencio, Bolitho preguntó:
—¿Algo va mal?
Saxby tragó con esfuerzo.
—N-no, señor. El primer teniente desea reunir a todos los hombres para que sean testigos de un castigo.
Herrick salió de su ensimismamiento y dijo con brusquedad:
—Voy, señor Saxby. —Lanzó una mirada a Bolitho—. Lo siento, señor.
Bolitho se quedó mirando durante largo rato la puerta cerrada. Había sido como ver los ojos de Herrick asomando tras una máscara extraña. Un prisionero. ¿Cómo lo había dicho? Como algo muerto.
Se dio la vuelta cuando Ozzard entró sigilosamente en la cámara por la otra puerta. Por encima de su cabeza y más allá del mamparo, oyó las pisadas de las botas de los hombres de Leroux en popa y los movimientos más apagados de la dotación congregándose para ser testigos del castigo.
—¿Puedo hacer algo, señor? —preguntó Ozzard con suavidad.
Bolitho levantó la vista hacia la lumbrera y oyó un golpe sordo serruchando fue aparejado el enjaretado para que el hombre fuera atado a él y azotado.
—Sí. ¡Cierre esa lumbrera! —Frunció el ceño—. No quería gritarle.
Caminó a grandes zancadas hasta el otro lado. El maldito Gilchrist y sus castigos. ¿Qué estaba intentado probar? ¿Y a quién?
—Su secretario está fuera —dijo con cautela Ozzard.
—Vaya a buscarle.
Moffitt volvió a entrar en la cámara, parpadeó ante la luz del sol reflejada y dijo:
—He acabado la primera parte, señor, y he pensado que…
—Espere. —Bolitho había elevado la voz, como para apagar el sonido del látigo sobre la espalda desnuda del hombre—. Quiero que escriba una carta.
Arriba, el redoble del tambor cesó, y el chasquido categórico del gato de nueve colas sobre la piel desnuda se coló de nuevo.
—Cuando desee, señor.
Moffitt, al igual que Ozzard, que estaba tarareando algo en voz baja en el camarote, parecía indiferente al lento e interminable ritual del castigo.
Mientras que él…
Bolitho espetó:
—Diríjala al capitán Charles Farquhar, comandante del Buque de Su Majestad Británica Osiris.
Apoyó la frente contra el vidrio calentado por el sol y bajó la mirada al agua espumosa que había bajo la bovedilla. Qué atrayente era. Fría. Limpia.
Detrás de él, oyó la pluma de Moffitt arañando el papel. Nunca titubeaba ante el redoble del tambor ni del chasquido del látigo.
Farquhar tendría una buena razón para estar fuera del puesto previsto.
De eso estaba seguro.
—¿Señor?
Apretó los puños junto a los muslos hasta que el dolor le calmó.
— A la recepción de esta orden hará usted todos los arreglos necesarios para dirigirse a bordo del buque insignia, realizando el transbordo inmediatamente. —Vaciló de nuevo—. Y en él se hará cargo del mando y las obligaciones inherentes al rango de capitán de bandera.
Esta vez, la pluma titubeó.
Y prosiguió:
— Su puesto actual será asumido por el capitán Thomas Herrick.
Caminó hasta la mesa y miró por encima del delgado hombro de Moffitt.
—Quiero dos copias inmediatamente. —Alargó el brazo y cogió la pluma. Notó como Moffitt la miraba, como desafiándola a que se moviera.
Casi con furia, escribió: «Firmado de mi puño y letra, a bordo del buque de Su Majestad Lysander. Richard Bolitho, comodoro».
Estaba hecho.
* * *
Habiéndose ya dispersado los hombres tras el castigo y con la confirmación de que los barcos avistados eran el Osiris y el Nicator, Thomas Herrick volvió a la cámara para informar.Bolitho estaba sentado bajo los grandes ventanales de popa, observando como eran braceadas con brío las vergas del Osiris y como las velas volvían a tomar viento mientras asumía su puesto a popa del Lysander.
—Quiero a los dos comandantes a bordo inmediatamente —dijo con tono calmado.
—Sí, señor. —Herrick parecía cansado—. Ya he hecho la señal.
Fachearé cuando todos los barcos estén en el lugar adecuado. El Osiris desea comunicar algo inmediatamente.
Bolitho asintió. Farquhar tendría noticias para él. Noticias lo bastante importantes para explicar su ausencia en el punto de encuentro establecido en primer lugar. Bolitho no miró el sobre lacrado de su escritorio. Las nuevas que le daría a cambio a Farquhar le harían prestar especial atención.
—No he hecho ninguna anotación en el cuaderno de bitácora ni en mi propio informe de lo que me ha dicho antes —dijo. Vio que los hombros de Herrick bajaban—. Pero acepto su palabra, naturalmente. —Oyó el repiquetear de los motones y el quejido de la jarcia cuando el barco dio un fuerte balance con su reducido velamen, consciente de que en cualquier momento tendría que verse con los otros. Para empezar de nuevo. Prosiguió
—: Podría izar mi gallardetón en otro barco, Thomas. Pero recuerdo con demasiada claridad lo que ocurrió en una situación similar. La dotación entera se lo tomó como una afrenta personal, una falta de confianza del almirante en su capacidad. Entonces pensé que era injusto, al igual que ahora.
La voz de Herrick era ronca:
—Entiendo. No me hace ninguna gracia la perspectiva del fracaso y de lo que implicará. De igual manera, no protestaré contra algo que yo mismo he empezado. —Se encogió de hombros con impotencia—. Dados mis sentimientos hacia la Marina y hacia usted, me mataría yo mismo antes de arriesgar vidas o una causa para ocultar mis defectos.
Bolitho le miró con tristeza.
—No le estoy apartando del servicio.
Herrick exclamó:
—Entonces, ¿por qué ha decidido…?
Bolitho se levantó rápidamente.
—¿Qué quería que hiciera? ¿Eh? ¿Darle el mando a Gilchrist y enviarle a usted a casa? ¿Sustituirle quizá por Javal cuando no tenemos sino una sola fragata para toda la misión? —Miró a lo lejos—. Le estoy dando el Osiris, un barco bien pertrechado y con una dotación muy bien adiestrada. —Oyó la inspiración de Herrick pero prosiguió implacablemente—: No tendrá que preocuparse por los asuntos de la escuadra por el momento, sino concentrarse en su barco. Lo que haga con él es cosa suya. Pero confío, por encima de todo, en que hará bien su trabajo. —Se volvió lentamente y se quedó impresionado al ver que Herrick estaba como antes, anormalmente tranquilo—. Farquhar asumirá sus actuales obligaciones hasta…
Herrick asintió.
—Si estas son sus órdenes, señor.
—¿Ordenes? —Bolitho hizo ademán de ir hacia él—. ¿Cree que quiero que se vea enfrentado día tras día a los oficiales y a los hombres que usted ha adiestrado y a los que ha mandado desde que se hizo cargo del Lysander? ¿Saber que cada hora les trae una duda, un miedo de que les va a fallar de alguna manera? —Negó con la cabeza—. Eso no lo haré. Ni lo que tampoco haré, ni puedo hacer, es poner en peligro la fuerza de la escuadra a causa de algo que es tan valioso para mí.
Herrick miró a su alrededor.
—Muy bien. Haré los preparativos para marcharme.
—No caerá ninguna infamia sobre usted, Thomas. Me encargaré de eso.
Pero preferiría verle como comandante de algún bergantín casi inservible
que con el corazón partido en alguna playa, privado de la única vida que ama y por la que se ha sacrificado tanto.
Herrick pareció momentáneamente confundido. Dijo:
—Farquhar. Nunca me ha gustado. Ni siquiera como guardiamarina, nunca me gustó de verdad. —Se volvió hacia la puerta—. No me imaginaba que esto acabaría de esta manera.
Bolitho cruzó la cámara hacia él y le tendió las manos.
—¡Nada ha acabado, Thomas!
Pero Herrick mantuvo sus manos en los costados.
—Ya veremos, señor. —Se marchó sin mirar atrás.
Allday entró en la cámara y, tras una ligera vacilación, cogió el sable de su sitio y lo examinó.
Bolitho se sentó en el banco de nuevo y le miró abatido.
—¿Entonces el comandante Herrick está fuera, señor? —Allday mantenía los ojos en el sable.
—No vuelva con eso, Allday. —Pero no había mala intención en su tono—. Ya he tenido bastante por un día. Para cientos de días.
Allday le miró, con los ojos muy claros bajo la luz reflejada.
—Ha hecho usted bien, señor. —Sonrió con tristeza—. Yo sólo soy un marinero ordinario que, si no fuera por usted, estaría trabajando en la arboladura o siendo castigado por alguna u otra falta insignificante. Pero soy un hombre, y aprecio a quienes sirvo, y… —pareció no saber qué decir
— y le compadezco. —Desenvainó cuidadosamente el viejo sable y sostuvo la hoja alineada hacia el sol, estudiando aparentemente su filo—. El comandante Herrick es un buen hombre. En otro barco encontrará otra vez su sitio. —El sable se introdujo en su vaina con un ruido seco—. Pero si no lo hace, igualmente creo que la cubierta de un buque insignia no es lugar para él, señor.
Bolitho le miró fijamente. Había ocurrido a menudo en el pasado, pero nunca había necesitado más el apoyo de Allday. En su barco, y por supuesto en toda su pequeña escuadra, no había un hombre con el que pudiera realmente compartir sus miedos, sus dudas. Al pasar de la cámara de
oficiales a la cámara, y más tarde, al recibir su propio gallardetón, había dejado atrás esos lujos para siempre.
Allday añadió con calma:
—Cuando fui apresado por la partida de leva para ir a su barco, planeé escaparme a la primera oportunidad. Sabía perfectamente cuál era la pena por desertar, pero estaba decidido a hacerlo. Entonces, en la batalla de las Saintes, cuando toda la protección divina había sido apartada a un lado por el rugido de los cañones, miré a popa y le vi a usted. Y fue entonces cuando supe que había algunos comandantes a los que les importaba la gente como yo, los pobres tipos de quienes se esperaba que aclamaran al Rey y al país cuando navegaban hacia la línea enemiga.
Bolitho dijo sin alzar la voz:
—Creo que ya ha dicho muchas cosas.
Allday observó su cabeza baja con cierta desesperación.
—Y usted nunca se ve a sí mismo, ¿no, señor? Se preocupa por el comandante Herrick o por las posibilidades que tenemos contra este o aquel enemigo, pero nunca se para a pensar en sí mismo. —Se puso tenso cuando Ozzard entró silenciosamente por la otra puerta, con la casaca y el sombrero de Bolitho en la mano—. Pero ahora está dicho y hecho. —Observó como Bolitho se levantaba, con la mirada vacía mientras extendía los brazos para ponerse la casaca—. Y creo que va a ir muy bien.
Bolitho notó el cinto del sable alrededor de su cintura. Allday lo había entendido mejor de lo que lo haría la mayoría. Había adivinado su intención quizá desde el momento de la admisión de Herrick.
Dijo:
—Subiré ahora a cubierta para recibir a los otros. —Y para decir después adiós a Herrick—. Y gracias por… —Miró el familiar rostro de Allday—. Por recordármelo.
Allday le vio salir de la cámara con paso decidido y le pasó el brazo por el hombro a Ozzard.
—¡Por Dios, no me pondría en su lugar ni por una docena de mozas y un océano entero de ron!
Ozzard hizo una mueca.
—Yo no creo que aceptara la oferta, no.
En cubierta, la tarde todavía era clara y el sol brillaba con fuerza. El mar estaba picado con vivas cabrillas que iban acompanadas de un mar de fondo con olas alargadas y superficiales. Los tres navíos de línea, con sus velas flameando en confusión mientras facheaban para arriar y recibir los botes, habrían alegrado el corazón de Bolitho en cualquier otro momento. Ahora, mientras estaba en la toldilla y observaba las dos lanchas acercándose rápidamente hacia el costado del Lysander, con los infantes de marina ya formados en el portalón de entrada para recibir a los dos comandantes, experimentó una profunda sensación de pérdida.
Vio a Herrick junto a la barandilla del alcázar, en la banda de sotavento, con su sombrero calado hasta los ojos y cerca de su primer teniente, Gilchrist, con los brazos cruzados y las piernas separadas para compensar el movimiento del barco. De la acción del combate quedaban ya pocas señales: algunas manchas más claras de tablazón, donde el carpintero y sus ayudantes habían hecho un buen trabajo, y pintura reciente para tapar otras cicatrices y piezas sustituidas. Por encima de las atareadas cubiertas, también las velas habían sido cuidadosamente remendadas, y resultaba difícil imaginarse el humo, recordar el estruendo del combate.
Lo que Herrick estaría pensando en aquel momento apenas se atrevía a imaginárselo. Debía de estar muy orgulloso de la manera en que su dotación se había comportado en el combate y en las agotadoras reparaciones posteriores. Sólo unos meses antes, la mayor parte de aquellos marineros que corrían por la cubierta estaban trabajando en tierra, en granjas, en pueblos, con destreza o sin ella, sin ni siquiera pensar en la posibilidad de acabar en un buque del Rey.
Lamentarían ver partir a su comandante. Herrick les resultaría familiar especialmente a los hombres nuevos, de alguna manera principiantes como él. Si aquello provocaba alguna contrariedad, ésta se dirigiría hacia su comodoro. Si era necesario, él mismo se ocuparía de ello, pensó con denuedo. El nombre de Herrick era demasiado valioso para que fuera dañado por sus actos, correctos o incorrectos.
El primer bote se enganchó en los cadenotes del palo mayor.
Era Farquhar, naturalmente. Apareció por el portalón de entrada, tan elegante y tan arreglado como si acabara de salir de su sastre de Londres. Se quitó el sombrero en dirección al alcázar y pasó con calma la mirada por las tambaleantes filas de infantes de marina con sus relucientes bayonetas. Su cabello era muy rubio y lo llevaba recogido en una coleta en la nuca, brillando como oro pálido sobre el cuello de su casaca.
Bolitho le observó mientras estrechaba la mano de Herrick. Qué distintos eran; siempre lo habían sido. El tío de Farquhar, Sir Henry Langford, había sido el primer comandante de Bolitho. A la edad de doce años había embarcado en el ochenta cañones Manxman, aterrorizado y sobrecogido. Catorce años más tarde, Langford, entonces ya almirante, le había dado el mando de una fragata. Su sobrino había sido destinado a la misma como guardiamarina. Ahora, Farquhar, de treinta y pocos años y capitán de navío, estaba de nuevo con él. Si sobrevivía a la guerra ascendería a un alto rango y posición, tanto en Inglaterra como en la flota.
Bolitho nunca lo había dudado, al igual que Herrick nunca lo había aceptado.
Salieron más pitadas de los pitos de plata, y vio a George Probyn, del Nicator, cruzando el portalón de entrada con su descuidado aspecto.
Al otro lado del alcázar, Pascoe estaba de pie con Luce junto a la brigada de señales, y Bolitho supuso que él mismo debía de haber tenido un aspecto parecido cuando, como teniente, había sido testigo de las idas y venidas de aquellos seres distantes e inalcanzables.
Suspiró y se fue hacia la escala para dirigirse a su cámara.
Herrick dijo:
—Si me acompaña a mis aposentos, comandante Probyn. El comodoro desea hablar con el comandante Farquhar.
Las cejas de Farquhar se elevaron ligeramente.
—¡Caramba! Cuánta formalidad, ¿no, comandante Herrick?
Herrick le miró fríamente.
—Sí.
Bolitho observó a Farquhar cuando entró con paso resuelto en la cámara con mirada vigilante, probablemente preguntándose cuál iba a ser la
reacción del comodoro, percibiendo también algo de gran calado a su alrededor. Pero por encima de todo, parecía seguro de sí mismo.
—Tengo mi informe, señor.
Bolitho señaló hacia una silla.
—Enseguida. Nuestro ataque, como bien se habrá dado cuenta, tuvo éxito. Tenemos una buena presa y hundimos otro buque español en la bahía.
Hace cuatro días nos encontramos con dos navíos de línea franceses y entablamos combate con ellos. Desistimos de la acción después de inutilizar ambos buques. Nuestras pérdidas fueron pequeñas, en comparación.
Farquhar sonrió con tranquilidad. Ya no parecía tan seguro.
Dijo:
—Seguí sus instrucciones, señor. La Buzzard informó del avistamiento de un convoy de unas cinco velas, y les dimos caza. Bajo aquellas circunstancias…
—Actuó usted correctamente. —Bolitho le miró con semblante serio—.
¿Les atrapó?
—El comandante Javal se las arregló para causarles daños a dos, señor, pero sólo consiguió que facheara uno. Desafortunadamente, fui incapaz de llegar a la escena a tiempo pues había perdido mi mastelerillo de juanete de mayor en un temporal. El Nicator se puso a la cabeza y, debido a cierto malentendido en las señales, disparó media andanada sobre el barco francés, que empezó a hundirse.
—¿Y después?
Farquhar sacó un sobre del interior de su elegante casaca.
—Mi oficial de abordaje logró salvar esta carta de la caja fuerte del capitán antes de que el barco volcara y se fuera a pique. Está dirigida a Yves Gorse, que aparentemente reside en Malta. Contiene instrucciones para Gorse, para que haga los preparativos necesarios para hacer aguada. —Dejó la carta sobre la mesa empujándola hacia el otro extremo—. Para buques mercantes en ocasiones determinadas o algo así. Creo que la carta está escrita en alguna clase de código secreto, pero el capitán del barco es tan imbécil que no he podido sacarle nada. Pero el pequeño convoy había salido de Marsella. Una corbeta francesa les escoltaba por esas aguas, no por
nuestra amenaza, sino por los piratas berberiscos y similares. —Estaba dejando lo más importante para el final—. Mi primer teniente consiguió descubrir una cosa, señor. Tengo a varios franceses en mi dotación, y uno de ellos le dijo a mi segundo que había oído asegurar a uno de los supervivientes que la carta había sido llevada a bordo de su barco ¡por orden del mismísimo almirante De Brueys!
Bolitho le miró. De Brueys era quizá el mejor y más capacitado almirante de la Marina francesa. De todas las Marinas, en realidad.
—Hizo usted bien. —Bolitho se frotó los muslos—. El tal Gorse puede ser un espía o un agente de alguna clase. Quizá los franceses pretendan atacar Malta.
—¿O Sicilia? —Farquhar frunció el ceño—. Se dice que Bonaparte tiene ciertos planes respecto a dicho reino. Están en paz, pero probablemente piensa, al igual que yo, que en guerra no puede permitirse el lujo de mantener la neutralidad.
—Puede ser. —Bolitho trató de no pensar en Herrick—. Nos dirigiremos a toda prisa hacia Tolón y Marsella. Siguiendo lo que usted ha descubierto, podremos determinar el alcance de esos preparativos.
—Su presa, señor, ¿qué contiene? —preguntó Farquhar.
—Pólvora y balas de cañón. Y forraje.
—¿Forraje?
—Sí, también me preocupa. Todos los preparativos franceses y españoles son para un ataque a gran escala. Se funden todos en alguna clase de estrategia. Pero el forraje… No suena a ataque local. Suena a caballería y artillería pesada, y todos los hombres y caballos necesarios.
Los ojos de Farquhar brillaron.
—Ese barco también llevaba forraje. —Miró alrededor de la cámara—.
Lo siento, señor, pero, ¿no deberíamos esperar a los demás? Nos ahorrará tiempo.
Bolitho miró el sobre lacrado.
—Esto es para usted, comandante Farquhar. —Caminó hacia popa y miró a los otros barcos, oyendo el rasgar de un cuchillo cuando Farquhar abrió el sobre.
Farquhar dijo en voz baja:
—Estoy desconcertado, señor.
Bolitho se dio la vuelta y le escrutó pensativamente.
—Ha sido una decisión difícil.
—¿Y el comandante Herrick, señor? —La cara de Farquhar era como una máscara—. ¿Está enfermo?
—No está enfermo. —Y añadió de manera cortante—: Lleve a cabo los arreglos necesarios inmediatamente. Quiero que la escuadra se ponga en marcha antes del anochecer.
Farquhar estaba todavía mirándole, con la carta en la mano.
—No sé cómo agradecérselo, señor.
Bolitho asintió.
—Evidentemente, usted cree que he hecho la elección acertada.
Farquhar tenía los ojos azules. Pero no eran como los de Herrick, y con la luz del mar eran como el hielo.
—Bien, ya que lo pregunta, señor, sí lo creo.
—Entonces encárguese de que los asuntos de la escuadra muestren algún signo de ello. —Le miró a los ojos—. El comandante Herrick es un buen oficial.
Las cejas se movieron de nuevo.
—¿Pero?
—No hay ningún pero, comandante Farquhar. Quiero que muestre sus virtudes en un buque bien entrenado, en el que no tenga contacto personal alguno todavía. Estará bien ocupado. Creo que será bueno para él y para la escuadra.
Farquhar sonrió.
—Mi primer teniente se llevará una sorpresa. También será bueno para él. —No explicó qué quería decir.
—El primer teniente de este barco es el señor Gilchrist. Le sugiero que vaya a conocerle sin dilación.
Esperó ver algún indicio de algo en Farquhar, pero éste simplemente comentó:
—¿Gilchrist? No creo conocerle. —Se encogió de hombros—. Pero,
¿por qué debería uno molestarse en conocer a esa gente?
—Le agradecería que mantuviera sus apreciaciones personales lejos de esta entrevista.
Farquhar se puso en pie.
—Desde luego, señor. Debe usted saber que no siento ninguna animadversión hacia el comandante Herrick, aunque me doy perfecta cuenta de su hostilidad hacia mí. —Mostró su sonrisa de labios apretados
—. No puedo imaginar el motivo de la misma.
Bolitho vio a Ozzard rondando por la puerta.
—Acompañe a los demás comandantes hasta aquí, Ozzard. Luego puede traer algo de vino. —Intentó hablar de manera desenfadada, como si no estuviera atribulado, afectado.
Ozzard inclinó la cabeza, con la mirada puesta en Farquhar.
—Sí, señor.
Bolitho cruzó hasta un jardín y contempló las pequeñas cabrillas que se acercaban desde el horizonte. Cada nueva noticia y cada rumor, por inconsistente que fuera, les hacía adentrarse cada vez más en el Mediterráneo. Y todas las veces sería decisión suya. Una carta encontrada en la primera presa les había llevado a una bahía en la que se habían destruido barcos y hombres. Ahora, el hallazgo casual de Farquhar les iba a llevar aún más hacia el nordeste, hacia los puertos de la Marina francesa.
Piezas de un rompecabezas, todas dispuestas sobre una carta náutica y con el ruido de fondo de la arena de una ampolleta cayendo implacablemente.
La puerta se abrió y Bolitho se dio la vuelta para ver entrar en la cámara a Herrick y a Probyn. Esperó hasta que estuvieron sentados y entonces hizo una seña a Ozzard, señalando hacia el aparador del vino.
En aquel momento, sonó un golpe en la puerta y Gilchrist se asomó. Vio a Herrick y dijo:
—Siento importunar, señor, pero deseo hablar con el capitán de bandera.
La voz de Farquhar le hizo volverse.
—Soy yo, el capitán de bandera, señor Gilchrist. ¡Tenga la bondad de no olvidarlo! —Hubo un incómodo silencio y añadió—: ¡Y tenga también la bondad de no entrar nunca en los aposentos del comodoro sin mi permiso!
La puerta se cerró y Farquhar se inclinó hacia un lado de la silla para mirar el aparador de vino.
Su tono de voz fue totalmente normal otra vez:
—Una buena obra de ebanistería, señor. Conozco bien el trabajo de su autor.
Bolitho lanzó una mirada a Herrick, pero él estaba ya fuera de su alcance.
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