Nubes de tormenta

Alexander Kent · Capítulo 4 de 20

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Nubes de tormenta

IV. Los cautivos

IV

LOS CAUTIVOS

Richard Bolitho estaba de pie en la barandilla del alcázar contemplando la puesta de sol; teñía en gran parte el cielo de un color teja y resaltaba marcadamente la línea del horizonte por el oeste. El Lysander avanzaba cómodamente con el trinquete y las gavias, mientras su ancho casco apenas escoraba bajo el viento del oeste que les había seguido la mayor parte del día.

Miró fijamente el barco en toda su eslora, a través de estays y obenques y más allá de la grasienta columna de humo de la chimenea del fogón.

Podía justo divisar la diminuta silueta del velamen de la Harebell mientras avanzaba a la cabeza de su buque insignia, mientras sus vergas retenían, como cruces en alto, la luz del sol que se apagaba.

El resto de sus barcos había desaparecido hacia el sur aquella tarde y, bajo el mando de Farquhar, estarían en aquellos momentos dando más vela para dirigirse hacia su puesto, a lo lejos frente al punto de ataque del Lysander. Imaginó la carta marina en su mente, juntando los pedacitos de información que había convertido en una estrategia flexible, abierta. Casi podía visualizar la línea de la costa, las montañas de detrás de la bahía, el braceaje y los lugares donde no había nada de profundidad. Por otro lado, tenía otra lista de cosas que desconocía, cuestiones como qué estaba haciendo allí el enemigo, y si estaba allí por alguna razón que justificara arriesgar sus barcos.

La gavia de mayor se llenó y flameó ruidosamente cuando el viento cayó, y volvió a coger fuerza otra vez. El ayudante de piloto de guardia se relajó e hizo alguna broma con los timoneles, y en la banda de sotavento de cubierta, el teniente Fitz-Clarence modificó su pose vigilante.

Bolitho trató de no dejar que su mente se desviara de lo que tenía que hacer. Pero con el barco tan parado y sin preguntas que contestar ni problemas que resolver, era incapaz de contener su ansiedad.

Habían pasado dos días desde que había vuelto a bordo, y dos días más desde que Javal había tomado la goleta. A esas alturas ya debía de estar en Gibraltar, con vientos en contra o no, a menos que hubiera topado con el enemigo. Sería vendida en un tribunal de presas, puede que puesta al servicio del Rey. Los pocos miembros sobrevivientes de su tripulación serían enviados a un barco prisión o se les ofrecería un destino alternativo, el de enrolarse a bordo de un buque de guerra británico. Tras cinco años de conflicto, en cualquier barco del rey se oían una docena de idiomas y dialectos.

¿Y Adam? Caminó lentamente hasta la batayola y miró con atención al mar. La costa estaba incluso más allá del alcance de la vista de un vigía, y el cielo estaba ya tan oscuro que era difícil ver la línea del horizonte que momentos atrás relucía como cobre al rojo vivo.

Otro teniente había aparecido en cubierta y estaba murmurando con Fitz-Clarence; mientras, desde proa y más abajo del abultado casco, oyó una estridente pitada y las pisadas descalzas de los hombres de la siguiente guardia que se preparaban para hacerse cargo de la navegación del buque hasta medianoche.

Una insólita brisa aventó el mal olor de la cocina a popa y se dio cuenta de lo vacío que estaba su estómago. Pero sólo pensar en las gachas de harina de avena y en los trozos grasientos de carne hervida, sobras de la comida del mediodía, bastaba para que le repugnara la idea de comer algo.

Apareció Herrick a través de la escotilla de cámara y cruzó la cubierta.

—Le he dicho al señor Gilchrist que reúna a todos los oficiales y a los oficiales de cargo más antiguos en la cámara de oficiales tras las ocho

campanadas, señor. —Vaciló, tratando de adivinar el talante de Bolitho en la oscuridad—. Tienen muchas ganas de conocerle.

—Gracias, Thomas.

Se volvió ligeramente cuando un ayudante de contramaestre corrió por el pasamano de estribor, seguido por varios miembros de su guardia.

Un paje de escoba estaba inspeccionando la titilante lantía de bitácora y otro la ampolleta que estaba cerca. Dos rígidos infantes de marina se balanceaban suavemente en posición de firmes mientras sufrían una meticulosa revista por parte de su cabo. Qué negras parecían sus casacas rojas en la oscuridad, pensó Bolitho. Y aún más gracias a sus relucientes correajes y calzones. Eran los centinelas, uno para los aposentos de Herrick y otro para los suyos.

El piloto estaba murmurándole algo a un guardiamarina con cierto descontento. Este último parecía estar casi doblado por la mitad para escribir algo en su pizarra, con su lápiz resonando en la húmeda quietud.

El teniente recién llegado se apartó de la barandilla del alcázar y se llevó la mano al sombrero con formalidad.

—La guardia está a popa, señor Fitz-Clarence.

Este asintió.

—Releve la rueda, si es tan amable, señor Kipling.

Se oyeron más gruñidos y arrastrar de pies, y un timonel gritó:

—¡Rumbo este cuarta al nordeste, señor! ¡En viento!

Grubb dijo desdeñosamente y con voz bastante alta:

—¡Y así tiene que ser! ¡Estaré de vuelta en cubierta antes de que se le dé la vuelta a la ampolleta! —Sonó como una amenaza.

Bolitho se estremeció.

—Estoy listo, Thomas.

Oyó repicar la campana ocho veces en proa, y unas risotadas cuando un gaviero bajó deslizándose por una burda casi derribando a otro que estaba en cubierta.

Caminaron hasta la escotilla de la cámara y Herrick dijo:

—El hecho de que el viento haya rolado al oeste me hace pensar que el señor Grubb tiene razón. Será una tarea mucho más fácil de lo que pensaba

ir hacia la costa.

Bajaron por la escala y pasaron junto a un marinero procedente de la cámara de oficiales que llevaba un saco de galletas. Pegó su espalda contra la puerta de un camarote, temeroso de dificultar el paso o de tocar a su comodoro o a su comandante.

Bolitho vio la luz de la lámpara iluminando juguetonamente las culatas de los cañones más cercanos. Eran algunos de los veintiocho cañones de dieciocho libras del barco, que se las arreglaban para parecer totalmente en paz. Era difícil imaginárselos envueltos en humo y pólvora, lanzándose violentamente hacia dentro sobre sus palanquines mientras sus dotaciones enardecidas y enloquecidas por el ruido refrescaban sus ánimas para otra andanada.

Más hacia popa, vio el luminoso rectángulo de la puerta de la cámara de oficiales y, más allá, el movimiento de los oficiales del Lysander y de todos los que tenían hombres a su cargo que podían dejar sus obligaciones en cubierta.

Herrick se detuvo y dijo con aire vacilante:

—Parece que haya pasado mucho tiempo desde que la cámara de oficiales era mi hogar.

Bolitho le miró.

—Y el mío. Cuando tenía veinte años pensaba que la vida era más fácil cuando se ascendía a capitán. Pronto aprendí que era muy diferente. Y

ahora sé que cada peldaño de autoridad que se sube tiene sus inconvenientes, así como sus privilegios.

Herrick asintió.

—Más de lo primero que de lo último, en mi opinión.

Bolitho se colocó bien la casaca en un movimiento involuntario e inconsciente. Herrick no había mencionado a Adam ni nada acerca de la operación de captura de la goleta desde su vuelta a bordo. Pero supuso que no estaría lejos de sus pensamientos. Se acordó de cuando Pascoe había servido con Herrick como guardiamarina a bordo de su pequeño dos cubiertas, el Impulsive. Era extraño lo que había sentido entonces. ¿Quizá

celos? ¿Preocupación porque la confianza del chico en Herrick pudiera tornarse en algo más íntimo de lo que él mismo podía ofrecerle?

Todo le invadió de nuevo, como un demonio que hubiera estado esperando su momento. Como cuando había llegado a Gibraltar, que debería haber sido el momento de mayor orgullo de su vida en la Marina, al oír hablar de la acción de Adam en su defensa, arriesgándose al castigo y a quedar lisiado en un duelo prohibido.

Debía de haber algo muy arraigado en su familia, pensó amargamente.

Sin mucho entrenamiento ni esfuerzo, muchos de ellos habían demostrado una destreza poco habitual con el sable. Podía recordar con exactitud cuando estuvo cara a cara con un teniente francés a bordo de un buque corsario en las Indias Orientales. Cara a cara, los dos casi exhaustos, pero agarrándose ambos a la locura que sólo el combate puede amparar. Había sentido cierta pena por aquel hombre, había deseado que se rindiera, sabiendo, incluso mientras desviaba a un lado la hoja del otro para el golpe último y mortal, que no podía hacer nada para evitarlo.

—Bien, Thomas, vamos pues a ello —dijo de repente.

La cámara de oficiales del Lysander estaba abarrotada de hombres.

Mientras Herrick abría paso hacia popa, Bolitho volvió a recordar los días de su juventud como teniente más reciente en un navío de línea como aquél.

Entonces, se había preguntado por los hombres que vivían y soñaban en las cámaras que estaban encima de la de oficiales. Almirante o comandante, había poca diferencia para él en aquel entonces.

Lanzó una mirada a las caras expectantes que retrocedían para dejarle pasar. Algunas las reconoció vagamente por su trabajo en la cubierta superior. Otras, no las conocía de nada.

Las expresiones inmaduras de los tenientes contrastaban con las de los oficiales de cargo, que le sometían a un examen más discreto. La enorme figura de Grubb destacaba junto a Yeo, el contramaestre, y, apoyado contra el dieciocho libras de más hacia popa, estaba un hombre de mirada severa que supuso que era Corbyn, el condestable.

Las casacas rojas de los infantes de marina parecían eclipsar al desaliñado grupo de guardiamarinas, de los que había ocho o nueve

presentes, que se las arreglaban para mantenerse ligeramente apartados de todo el resto. Edgar Mewse, el contador, y Shacklock, el cirujano, completaban la reunión.

Gilchrist informó:

—Todos presentes, señor, excepto el cuarto teniente, el señor Kipling, que está de guardia. Y el guardiamarina Blenkarne, que la comparte con él.

Herrick se aclaró la garganta y dejó su sombrero sobre una mesa.

—Gracias.

Bolitho asintió.

—Siéntense, caballeros. Seré lo más breve posible.

Esperó impasible mientras se afanaban para coger sillas y cofres, los más cómodos para los más veteranos, hasta que a un pequeño puñado de guardiamarinas no les quedó más que la dura cubierta para sentarse.

Bolitho dijo:

—El comandante del insignia les habrá contado lo que vamos a hacer.

Lo básico del plan es que nos acercaremos a tierra pasado mañana con las primeras luces y destruiremos cualquier embarcación enemiga que no podamos tomar como presa.

Vio a dos guardiamarinas dándose pequeños golpes con el codo divertidos. Reconoció a uno de ellos como Saxby, con su gran sonrisa desdentada tan amplia como si le acabaran de prometer un mes de permiso con paga completa.

—Si tenemos el viento en contra, nos mantendremos a distancia y actuaremos en consecuencia. —Lanzó una mirada al estropeado rostro de Grubb—. Pero el piloto ha prometido la total colaboración de una autoridad superior a la mía.

Hubo risas y bromas a expensas de Grubb. Éste permaneció imperturbable en medio de ellos, pero Bolitho pudo ver el regocijo que su comentario le había causado. Sabía que Herrick le observaba. De entre todos ellos, él vería a través de su máscara sus esfuerzos para mostrar a los oficiales reunidos que su comodoro era un hombre que estaba más allá y por encima de toda desesperación interior.

Bolitho había perdido muchos buenos amigos en el mar. No había amistad más fuerte que una nacida en la exigente dureza de un buque de guerra. El mar y las enfermedades, el sable o la descarga de un cañón se habían llevado a muchos de esos rostros. No era de extrañar que aquellos hombres pudieran aceptar la ausencia de Pascoe. Apenas ninguno de ellos habían estado juntos el tiempo suficiente para conocer el dolor de una pérdida como aquélla.

Se dio cuenta de que se habían quedado en silencio, de que debía de haberse quedado varios segundos sin decir nada.

Casi con severidad, prosiguió:

—Para crear la máxima confusión posible, desembarcaremos a los infantes de marina del Lysander bajo la protección de la oscuridad.

Divisó al mayor Leroux, que estaba sentado con la espalda erguida y con los brazos cruzados junto a su teniente. Sólo se había encontrado con Leroux de manera formal, pero se había quedado impresionado. Siempre resultaba difícil cambiar el desprecio innato hacia los infantes de marina, los «bueyes», algo común entre las dotaciones de la mayoría de los buques.

Sus ideas rígidas acerca de la instrucción y su metódica disciplina en las peores situaciones contrastaba con la conducta más informal y bulliciosa del típico marinero. Bolitho se había tropezado con muchos oficiales de infantería de marina y, aunque rápidamente había llegado a respetar su lealtad y su destreza en el combate, raras veces se había encontrado con ninguno que hubiera mostrado mucha iniciativa. Nepean, el teniente de infantería de marina, por ejemplo, era realmente un ejemplo típico.

Impecablemente vestido y presto para responder a la llamada del deber a cualquier hora, sus ojos tenían la mirada vidriosa y vacía de los que son más felices obedeciendo que tomando decisiones.

Pero el mayor Jermyn Leroux era totalmente diferente. Alto y ancho de espaldas, tenía la apariencia exterior de un estudioso, a pesar de su porte militar. Bolitho había hablado con él en el alcázar acerca del entrenamiento y el reclutamiento de sus infantes de marina, pero Leroux no había presumido ni había sugerido ni una sola vez que podía ofrecer alguna cosa más allá de su alcance.

—Discutiré los detalles finales con usted mañana, mayor —dijo.

Leroux asintió. Su mirada era tranquila y bastante triste, y tenía la expresión de un hombre que se sentía extrañamente fuera de lugar.

—Sin contar a los infantes de marina que están enfermos o incapacitados por otras causas para el servicio, señor, puedo reunir noventa hombres —respondió.

—Eso será suficiente. —Bolitho se volvió hacia Herrick—. Cañones giratorios en los botes, y arpeos por si acaso necesitamos escalar alguna defensa. —No esperó ningún comentario y añadió—: Cuando el capitán Javal tomó la goleta fue necesario hacerlo con un gran sigilo. Esta vez quiero que nuestras fuerzas parezcan mucho mayores de lo que son en realidad.

Uno de los dieciocho libras que compartían la cámara de oficiales con sus ocupantes chirrió levemente en su aparejo cuando el enorme casco del Lysander bajó en picado en el seno de una ola. Bolitho oyó unos gritos apenas perceptibles de la guardia de cubierta y el crujido del timón bajo la bovedilla al corregir su dirección.

Dijo:

—Tenemos una libertad poco común para actuar como queramos en esta misión. No debemos perder la oportunidad de descubrir lo que está planeando el enemigo. Ni podemos dar la espalda a la ocasión de dañar su seguridad. —Miró a Herrick—. ¿Hay alguna pregunta?

Gilchrist se puso en pie, y su frente quedó parcialmente tapada por un bao.

—¿No habrá marineros en la partida de desembarco, señor?

—Los mínimos. —Bolitho mantuvo su tono tranquilo—. La bahía en la que tendrá que entrar el Lysander y que tendrá que cruzar puede estar bien defendida. Seguro que habrá alguna batería de alguna clase, aunque sólo sea artillería ligera. El capitán Herrick necesitará todos los hombres disponibles en las brazas y en los palanquines de los cañones, se lo puedo asegurar.

La perspectiva de la acción cruzó la cámara de oficiales como un viento en un campo de trigo maduro. Pero Gilchrist siguió en pie, con su figura huesuda algo inclinada ante la escora del barco.

—¿Entonces el mayor Leroux estará al mando general? —preguntó.

—No, señor Gilchrist. —Notó que Herrick se ponía tenso a su lado—.

Seré yo.

Gilchrist hizo un pequeño gesto que muy bien pudiera ser un encogerse de hombros.

—Sin duda es arriesgado, señor. —Lanzó una mirada a los demás oficiales como el que está seguro de tener una audiencia—. Todos nos apenamos al enterarnos de la eh… desaparición del señor Pascoe. La posibilidad de otra desgracia en su familia…

Bolitho se miró las manos. Era extraño que pudiera mantenerlas tan quietas cuando le apetecía agarrar a ese hombre y golpearle hasta dejarle sin sentido.

Replicó con calma:

—Si el capitán Herrick no tiene ninguna objeción le llevaré a usted conmigo a tierra, señor Gilchrist. Podrá ver por sí mismo dónde radica la importancia del riesgo.

Gilchrist se quedó mirándole fijamente, y luego a Herrick. Dijo con voz entrecortada:

—Gracias, señor, es un honor. —Se sentó sin decir nada más.

Herrick dijo:

—Si nadie más quiere aportar algo…

El teniente Fitz-Clarence se levantó y dirigió a Bolitho una mirada llena de determinación.

—¡Les daremos una lección, señor! ¡Por Dios que les aplastaremos! —

Estaba radiante de excitación. En su imaginación probablemente veía a Gilchrist ya muerto y a sí mismo como primer teniente.

Bolitho asintió hacia él.

—Bien dicho, señor Fitz-Clarence. Pero tome nota de esto. —Miró alrededor de la cámara de oficiales—. Tomen nota todos ustedes. Sea lo que sea lo que puedan pensar ustedes de los Dons, no se imaginen que son como los franceses. Cuando empezó esta guerra, la flota francesa estaba casi en las últimas por falta de buenos oficiales con experiencia. Demasiados de ellos fueron asesinados sin ningún sentido en la etapa del Terror,

simplemente para aplacar la cólera de la turba. Pero eso ya ha pasado y se ha terminado. Nuevos hombres con nuevas ideas reviven su flota. El puñado de oficiales más viejos que sobrevivieron a la guillotina son respetados de nuevo, y su celo será tremendo ahora que saben cuál es el precio del fracaso. Los ejércitos pueden luchar duramente bajo casi todas las condiciones conocidas por el hombre. Pero sin el dominio de las rutas marítimas, sin la parte vital de los suministros y repuestos, son como marineros abandonados a su suerte, a mitad de camino hacia la muerte.

Fitz-Clarence estaba aún de pie, pero su cara había perdido parte de su convicción.

—Bien, señor, aún confío en nuestro éxito —dijo de manera poco convincente.

Herrick esperó a que se sentara. Sus ojos azules estaban fijos en Bolitho.

—¿Le gustaría quizá venir a mi cámara?

—Gracias. —Bolitho cogió su sombrero—. Mi garganta está seca.

Caminó entre los silenciosos oficiales, consciente de que la atmósfera explotaría en suposiciones y excitación general una vez la puerta se cerrara tras él.

Fuera de la cámara de oficiales, Herrick dijo sin alzar la voz:

—Déjeme ir, señor. Se lo he pedido antes. Ahora se lo ruego.

Caminaron en silencio hasta la escala y de nuevo subieron hacia el siguiente grupo de camarotes.

Herrick abrió de golpe la puerta de sus aposentos e hizo un gesto a su repostero para que se fuera. Mientras Bolitho se sentaba en la mesa, abrió su aparador y sacó una botella de vino.

Bolitho le miró, viendo cómo se iban acumulando los argumentos en la mente de su amigo mientras se entretenía con las copas. Si cualquier otro setenta y cuatro cañones llevaba el gallardetón del comodoro, Herrick tendría la gran cámara de popa para él. Aunque pareciera extraño, era difícil imaginárselo allí.

—Bueno, Thomas. —Bolitho cogió una copa y la sostuvo ante una lámpara colgada de los baos—. Sé lo que está a punto de decir. Déjeme

hablar primero. —Sorbió el vino lentamente, escuchando cómo el agua se deslizaba contra el casco levantando rociones contra las portas cerradas—.

Usted cree que siento tan profundamente la desaparición de mi sobrino que estoy dispuesto a tirar mi vida por ello. Decir que no lo siento así sería mentir. Igualmente, sería falso por mi parte decir que mi educación, mi estilo de vida, me impedirían cometer un acto de tal vanidad. Al igual que usted, Thomas, he visto demasiados buenos hombres, demasiados buenos barcos y buenos ideales echados a perder a causa del engreimiento de quizá un solo hombre al mando. Juré que nunca permitiría que mis propios sentimientos causaran el sufrimiento de otros, y en general creo que he sido fiel a mi palabra.

Estaba de pie, recorriendo lentamente los pocos metros que medía de largo la cámara. Herrick se sentó en la culata de un nueve libras, con los ojos brillantes bajo la luz amarillenta mientras seguía con la mirada sus impacientes movimientos.

—Cuando mi esposa Cheney murió… —Se calló, consciente por primera vez de que estaba moviéndose por la cámara—. Basta de eso. Usted lo compartió todo conmigo. Me trajo la noticia de su muerte, una carga tremenda para cualquier hombre, y no digamos para un amigo.

Herrick le miró desconsolado.

—Sí.

—Supongo que Adam ha llegado a significar tanto para mí a causa de mi pérdida. Me dije a mí mismo que si caía en combate o moría por cualquier otra causa, él sería el beneficiario de todos los bienes de la familia Bolitho, bienes que habrían tenido que ir a parar a sus manos igualmente a través de circunstancias más felices. —Se encogió de hombros en un gesto de impotencia—. Uno nunca cree que el destino pueda llevarse a uno y dejar al otro atrás, Thomas.

Herrick movió su copa en círculos, buscando las palabras adecuadas.

—Por esto le pido que me dé la oportunidad de ir con los infantes de marina. —Se quedó callado al ver la negativa en los ojos grises de Bolitho.

—No. Pasado mañana desembarcaremos en una costa enemiga. No en una roca o una isla o en un puesto de avanzada en las Indias, sino en

Europa. ¿Cree que es correcto embarcar a nuestra gente en una operación así sin alguien al frente? —Puso una mano sobre el hombro de Herrick—.

Vamos, Thomas, sea sincero. ¿Acaso no ha habido muchas ocasiones en el pasado en las que usted ha vilipendiado a su oficial superior por dejar que fuera usted el que se llevara las bofetadas y cuchilladas mientras él se quedaba alejado del peligro? —Le zarandeó suavemente—. ¡Le he pedido que sea sincero!

Herrick esbozó media sonrisa.

—En algunas ocasiones.

—¿Algunas? —Bolitho le miró con repentino afecto—. ¡Por Dios, la de veces que he sido testigo de ello!

Herrick contuvo su sonrisa.

—Eso era diferente.

—Porque usted es usted, Thomas. Y yo soy el mismo hombre de entonces.

Herrick dejó su copa.

—¿Y el señor Gilchrist?

—Necesito un oficial de marina experimentado. —Su tono se endureció ligeramente—. Envió al joven Adam en aquel bote. Quizá porque tenía experiencia de combate a pesar de su edad. O puede que por otro motivo diferente, menos encomiable.

Herrick miró la cubierta.

—Esto último me resulta difícil de creer, señor. —Le miró de nuevo a los ojos, con sus rasgos más decididos de lo que lo habían estado desde que el barco había salido de Gibraltar—. Pero si descubro algo de cierto en ello, se va a enterar. —Sus ojos eran como los de un extraño—. Y pagará por ello.

Bolitho sonrió con gravedad.

—Tranquilo, Thomas. Quizá estoy hablando de forma precipitada. —Se fue hacia la puerta y oyó al centinela de infantería de marina juntando sonoramente sus botas—. Y haríamos mejor en concentrarnos en el futuro inmediato. ¡De otra manera, nos harán pagar por ello a todos nosotros!

* * *

Allday se apartó el pelo de los ojos y dijo con voz ronca:

—Parece que hemos llegado, señor Pascoe. —Sus labios estaban tan resecos por la sed que apenas podía hablar, y su cabeza y sus hombros se quemaban bajo el despiadado sol como lo habían hecho durante todo el día, y el día anterior.

Pascoe asintió y se apoyó contra él. Tras ellos, los cinco jadeantes marineros se tambaleaban como borrachos mirando sin entender nada hacia el borde del camino de la colina, al definido y resplandeciente horizonte de detrás. El mar una vez más.

La marcha forzada había sido una pesadilla, y mientras los soldados de caballería montada habían hecho el alarde de beber tanto como habían querido, se habían asegurado de que a sus prisioneros no se les diera apenas nada. Cuando dos campesinas arrugadas les habían ofrecido algo de agua junto al camino, los jinetes habían cabalgado hacia ellas de forma amenazadora, espantándolas y riéndose cuando una de ellas se cayó al suelo como un fardo descuidado.

Habían perdido a otro de los suyos, un marinero llamado Stokes. En el anochecer del día anterior, éste había estado sentado observando a los soldados mientras se preparaban para acampar y pasar la noche. Había sido incapaz de apartar los ojos de la gran bota de cuero de vino tinto peleón que iba pasando de mano en mano entre los soldados, y con su enloquecedora sed y el dolor de sus pies llagados, su aspecto revelaba un suplicio y una desesperación absolutas.

Tras murmurar algo entre ellos, los soldados de caballería le habían hecho señas para que se les acercara y, para sorpresa y envidia de los otros prisioneros, le habían ofrecido la bota de vino, haciéndole gestos y sonriéndole para que bebiera hasta saciarse.

Cuando, finalmente, se habían dado cuenta de lo que estaba ocurriendo, ya era demasiado tarde. Mientras Stokes bebía y bebía hasta hartarse con la

cara y el pecho empapados de vino, los soldados le espoleaban para que siguiera y, entonces, sujetándole, le siguieron echando vino en la boca abierta.

Muerto de hambre, reseco y ya aterrorizado ante el destino que podía aguardarle, en aquel instante Stokes había enloquecido. Corriendo, saltando y vomitando, y cayéndose por todas partes, daba lástima. Y cada vez que se caía jadeando en el suelo, ellos empezaban todo otra vez.

Aquella mañana, mientras los prisioneros eran liberados de sus cuerdas y empujados al irregular camino, habían visto a Stokes aún tumbado donde había caído por última vez, con el cuerpo rodeado por una gran mancha roja de vino seco, como si fuera sangre, y su cara cubierta de una máscara de moscas.

Cuando Pascoe había intentado llegar hasta él, se lo habían impedido a base de empujones y patadas. Ni uno solo de los soldados había ido ni tan siquiera a ver si Stokes respiraba todavía. Era como si se hubieran cansado del juego y sólo desearan seguir hacia su destino.

Allday se tapó el sol con la mano y miró detenidamente el mar azul tras la cuesta de la colina. Qué lugar tan árido era. Hacia el interior, montañas, y en aquella zona, todo subidas y bajadas entre barrancos pedregosos. Sus pies destrozados revelaban lo que habían caminado.

Un látigo restalló. Una vez más, empezaron a andar arrastrando los pies.

Mientras jadeaban subiendo la cuesta, Allday dijo entrecortadamente:

—¡Dios mío, barcos!

Pascoe asintió.

—¡Hay tres! —Agarró el brazo de Allday—. ¡Mire a toda aquella gente!

El camino que conducía a la playa y que se unía con otro en mejor estado estaba lleno de diminutas figuras en movimiento. Semejaban hormigas, que en la distancia parecían moverse sin objeto ni dirección. Pero a medida que se iban acercando, se hizo evidente que la actividad era muy ordenada. Había soldados armados y supervisores civiles cada cierto trecho, como rocas quietas en medio de la marea de hombres.

—Prisioneros —dijo Pascoe.

—Esclavos, más bien.

Allday vio los látigos que blandían los guardianes, y la manera de moverse, llena de miedo, de los harapientos prisioneros al pasar cerca de las figuras vigilantes.

Miró hacia los barcos. Dos bergantines y un buque más grande, un transporte. Los tres fondeados cerca de tierra, y el agua que quedaba entre los mismos y un muelle de reciente construcción era un interminable ir y venir de botes de remos y barcazas. Unas hileras ordenadas de tiendas se alineaban en la ladera de la colina, y al otro lado de la bahía, destacando entre la hierba y la aulaga, pudieron divisar lo que parecía ser una batería, con la bandera de España ondeando y enrollándose en lo alto.

—Los barcos parecen muy cargados —murmuró Pascoe.

Se quedaron en silencio cuando el jinete de más edad se acercó hacia ellos a medio galope, con el látigo colgándole por la pierna y arrastrándolo por el camino. Señaló a los marineros y gritó una orden. Dos soldados desmontaron y con sus sables desnudos gesticularon hacia la primera hilera de tiendas. El látigo cerró el paso a Pascoe y Allday, separándoles del resto y al mismo tiempo apuntando hacia otra hilera más pequeña de tiendas.

Fuera de una de ellas, Allday vio a un oficial que les miraba, tapándose el sol de los ojos con la mano, mientras el jinete les conminaba a ir hacia él.

Allday dio gracias al cielo en silencio. El oficial podía ser español, pero era mucho mejor que sus captores.

El jinete desmontó e informó al oficial, quien, tras una ligera vacilación, caminó hacia ellos. Era muy delgado y llevaba una casaca blanca y calzones rojos. Cuando estuvo más cerca, Allday vio que su elegante uniforme y sus relucientes botas de caballería no lo eran tanto, y al igual que el hombre, mostraban signos de haber estado en aquel terrible lugar durante largo tiempo.

Caminó alrededor de ellos muy despacio, con su oscuro semblante pensativo, pero sin rastro alguno de emoción.

Se detuvo de nuevo frente a ellos y dijo con un esmerado inglés:

—Soy el capitán don Camilo San Martín, del Regimiento de Dragones de Su Muy Católica Majestad. —Su cara parecía la de un hombre sensible,

estropeada por una boca fina e incluso cruel—. Les estaría muy agradecido si me hicieran el honor de decirme cuáles son sus, eh, nombres y rango. —

Levantó una mano arreglada—. Pero antes de que empiecen, debo advertirles de que no mientan. Ese estúpido me ha contado cómo su patrulla les descubrió a ustedes y a sus marineros y cómo después de una gran lucha fue capaz de dominarles y traerles hasta aquí. —Pareció erguirse en su máxima estatura—. Estoy al mando de esta, eh, operación por el momento.

Allday exhaló lentamente cuando Pascoe respondió:

—Soy el teniente Adam Pascoe, de la Marina de Su Majestad Británica.

Los ojos del español miraron a Allday.

—¿Y éste? Entiendo que es un oficial, también. —Su boca se elevó ligeramente—. ¿De menor rango, quizá?

—Sí. —Pascoe se tambaleó pero mantuvo la voz firme—. Un oficial de cargo.

Allday encontró tiempo para maravillarse ante la rapidez mental de Pascoe después de lo que acababan de aguantar. El español parecía contentarse con la mentira. Si les separaban ahora, no habría oportunidad de escapar, si es que había alguna.

—Bien. —El capitán San Martín sonrió—. Es usted muy joven, teniente. Tengo razón, por lo tanto, al suponer que ustedes no estaban solos, que son de un buque inglés, ¿no es cierto? —Alzó la mano con el mismo gesto cansino—. Lo sé. Usted es un oficial y está obligado a guardar silencio. Eso lo respeto. En cualquier caso, la pregunta debe de tener una respuesta obvia.

Pascoe dijo con voz ronca:

—Mis hombres, capitán. ¿Podría ordenarles a sus soldados que se hicieran cargo de ellos?

El español pareció tomarlo en consideración.

—A su debido tiempo. Pero, por el momento, usted y yo tenemos cosas de las que hablar. —Señaló hacia su tienda—. Dentro. El sol es condenadamente inclemente hoy.

En el interior se estaba fresco, y cuando los ojos de Allday se acostumbraron a la sombra, se dio cuenta de que estaba caminando sobre

una espesa alfombra. Tras el irregular camino era como un bálsamo suave para sus pies destrozados y llenos de ampollas.

—Veo por su espalda que ha sido tratado con dureza durante el camino

—comentó San Martín. Se encogió de hombros—. Son salvajes ignorantes, pero buenos luchadores.

Un ordenanza trajo unas copas y las llenó de vino.

San Martín movió levemente la cabeza.

—Siéntense, si lo desean. Ahora son ustedes prisioneros de guerra. Les sugiero que saquen el mejor partido de mi hospitalidad. —Sonrió de nuevo

—. Yo fui una vez cautivo de los ingleses y me intercambiaron hace un año.

Aprendí a comprender a su gente, así como su lengua.

Pascoe empezó a decir:

—Debo insistir, señor…

No llegó más lejos. San Martín miró hacia el techo de la tienda y gritó:

—¡No me insista, teniente! —El súbito esfuerzo hizo que aparecieran unas gotitas de sudor en sus rasgos—. ¡No tengo más que decir una palabra y puedo hacerles desaparecer! ¿Qué les parece eso, eh? Esos animales que ha visto usted ahí fuera trabajando en el camino y en las defensas son criminales, los cuales si no fuera por la urgencia de estos trabajos estarían en el lugar que les corresponde, encadenados a los remos de una galera o pudriéndose en la horca. ¡Podría hacerles colgar con ellos, teniente! ¿Qué le parecería salvar la vida para ser encadenado a un gran remo, sentado sobre su propia porquería y viviendo hora tras hora al ritmo de un tambor y del restallido del látigo, eh? —Estaba casi a su lado—. ¡Tendría usted muy poco tiempo para insistir, eso se lo prometo!

Allday vio cómo el soldado que llevaba la botella de vino temblaba sin control. Evidentemente, estaba acostumbrado a los violentos arrebatos de su superior.

Continuó en un tono más calmado:

—Su barco, o quizá barcos, están en nuestras aguas para causarnos algún daño. —Esbozó una lenta sonrisa—. A su comandante, ¿le conozco?

No esperó a una respuesta y salió dando grandes zancadas de la tienda.

—No sabe lo de la goleta —susurró rápidamente Pascoe.

—Al infierno con la goleta, señor Pascoe. ¿Qué le va a decir?

Antes de que pudiera responder, el capitán español estaba otra vez de vuelta. Con gran cuidado dejó un lazo de cuerda muy resistente en la mesa y dio un paso atrás para estudiarla detenidamente.

—Verán ustedes que está unida por ambos extremos. —Su tono era muy práctico—. Hay dos nudos grandes en ella, aquí y aquí. —Lo señaló con el dedo—. Un círculo de dolor. Nuestros inquisidores lo encontraron de alguna utilidad para obtener confesiones de culpabilidad en las Américas, creo. —Miró con dureza a Pascoe—. Si yo le colocara esto alrededor de la cabeza, cada uno de los nudos coincidiría con sus ojos. Al retorcer la cuerda desde atrás, apretando cada vez más, me han asegurado que el dolor es insoportable. —Cogió la cuerda y se la lanzó al ordenanza—. Y, por supuesto, el punto álgido llega cuando los dos ojos son arrancados de sus cuencas. —Espetó una orden a su ordenanza, que salió casi corriendo de la tienda—. Como si fueran uvas.

—¡No dejará que esos diablos lo usen con nuestros muchachos! —

exclamó Allday con voz ronca.

—¡Ya se lo he dicho! —La cara de San Martín mostraba emoción—.

Son ustedes prisioneros de guerra. Serán tratados como tales mientras estén bajo mi autoridad. —Se sentó. Su pecho se movía penosamente—. Ahora, bébanse el vino.

Allday dejó caer su copa cuando un terrible alarido retumbó en la tienda. Cuando Pascoe hizo ademán de dirigirse hacia la entrada, aparecieron dos pistolas en las manos de San Martín como por arte de magia.

—¡Quieto! ¡No es uno de sus condenados marineros! Sólo es un prisionero. ¡El efecto será el mismo después de que hayan visto su dolor!

La mirada de San Martín permaneció tan quieta como sus dos pistolas mientras escrutaba el rostro horrorizado de Pascoe. Los terroríficos chillidos continuaron durante lo que pareció una eternidad, pero cuando cesaron, el sonido persistió en la tienda como una maldición del infierno.

San Martín volvió a ponerse las pistolas en el cinto y dijo:

—Los marineros hablan mucho; iré ahora mismo. No intenten salir de la tienda o haré que les maten. —Cogió su sombrero y le dio un golpe a la pluma amarilla para quitarle el polvo—. Cuando haya hablado con los marineros, sabré cosas acerca de sus barcos, y probablemente también muchas otras cosas más.

La tienda pareció sumirse en un gran silencio cuando se fue.

Pascoe se dejó caer en la alfombra y no pudo contener unas desagradables arcadas.

—Tiene razón.

Allday contempló su desesperación y el estremecimiento de sus hombros llenos de ampollas mientras trataba de controlarse.

—Nadie sino un loco se quedaría sin hablar tras ser obligado a ver esa tortura.

El capitán español, fiel a su promesa, volvió al cabo de una hora. Se sentó en la punta de un cofre y dijo con calma:

—Uno de sus hombres estaba muy dispuesto a hablar conmigo. —

Sonrió con tristeza—. No esté tan atribulado, teniente. Los míos habrían vendido mi alma al diablo si hubieran estado en la misma situación. —

Adoptó un tono formal—. Sus barcos han estado en estas aguas durante más de una semana, ¿no es así? Navegan por aquí para espiar a los franceses, nuestros aliados. Estas cosas no son de mi incumbencia. Mis órdenes son estar al mando de estos perros hasta que la bahía esté adecuadamente defendida. —Con el borde de la copa de vino se dio unos golpecitos en la barbilla—. He descubierto una información que puede ser útil para aquellos que están mejor situados para usarla. Sus buques capturaron un barco español. —Su boca se torció con repentina furia—. ¡Esos estúpidos que les trajeron aquí estaban tan embriagados con su victoria que permitieron que nos robaran un barco delante de sus narices!

Allday pensó en la cuerda con nudos y casi pudo sentir compasión hacia el jinete de más edad que llevaba el látigo.

Como para confirmar sus pensamientos, San Martín espetó:

—¡No volverá a ocurrir otra vez!

Se calmó de nuevo haciendo un esfuerzo.

—No importa. Para ustedes la guerra se ha acabado. Haré que les lleven a un lugar más, eh, seguro donde puedan ser recluidos de manera acorde con su rango. —Les miró de forma apagada—. Haré que les traigan algo de comida.

Estaba evidentemente desinteresado en las cuestiones relativas a los barcos, ya fueran amigos o enemigos, ahora que se había ocupado de sus prisioneros.

Dos soldados armados le escoltaron hasta una tienda cercana y, poco después, el mismo ordenanza trajo una cesta de pan y fruta y una gran jarra de barro de vino peleón.

Pascoe dijo con amargura:

—Entonces, se acabó, Allday. No volveremos a ver Inglaterra en mucho tiempo. —Miró a lo lejos—. Si es que la volvemos a ver.

Allday se había situado junto al faldón de entrada de la tienda, con mucho cuidado de no ser visto por el centinela de fuera.

—Nada se ha acabado todavía —respondió. Y añadió con tono grave—: Tiene que dar gracias por una cosa. Ese marinero bocazas que ha hablado con el Don es uno de los hombres del capitán Javal. En nuestra partida de desembarco todos lo eran.

Pascoe levantó la vista hacia él.

—¿En qué cambia eso las cosas?

Allday se acercó desde la entrada y sirvió un tazón de vino.

—Cualquier hombre del Lysander habría sabido que es usted el sobrino del comodoro. —Vio que su comentario hacía mella—. ¿Qué cree que habría hecho el Don con esa información? ¿Eh? Puede que le utilizara como moneda de cambio en una negociación.

Pascoe le miró fijamente.

—Lo siento. No lo había pensado.

—Ni tampoco nuestro Dick… —Se calló y sonrió—. Discúlpeme, olvidaba cuál es mi sitio.

—Siga. Por favor.

Allday se encogió de hombros.

—He navegado con su tío mucho tiempo. —Su voz parecía venir de muy lejos—. Hemos visto y hecho muchas cosas juntos. Le he visto sentir dolor por los valientes muchachos caídos bajo sus órdenes. Le he visto caminar por la cubierta como en un sueño mientras saltaban astillas de la tablazón por los disparos de los tiradores intentando derribarle. —Sacudió la cabeza, avergonzado por traicionar un secreto muy bien guardado—. No arriesgaría a sus hombres ni siquiera por usted.

Pascoe se puso en pie con dificultad y se acercó a él.

—Por nosotros, querrá decir.

Allday sonrió.

—Ah, vaya, muy amable de su parte el verlo así. ¡Pero los patrones son más fáciles de conseguir que los lazos de sangre!

—Desearía poder hacer algo por él —suspiró Pascoe.

El grito de alguien que daba el alto hizo que Allday atisbara de nuevo a través del faldón de entrada.

—¡Un jinete entra a toda velocidad en el campamento, como si los duendes malignos de Exmoor le estuvieran pisando los talones!

—Déjeme mirar —dijo Pascoe.

Juntos observaron a San Martín, que estaba de pie delante de la tienda, con su oscura cabeza algo agachada, para aguzar la vista hacia un soldado de caballería que entre jadeos comunicaba a gritos su mensaje desde el camino de debajo de las tiendas.

—Ocurre algo —musitó Allday.

Pascoe le apretó el brazo.

—Entiendo un poco de español.

Allday se apartó para que Pascoe pudiera ver y oír mejor la escena.

—Un pescador ha avistado un barco, un barco grande —añadió con calma Pascoe.

Se miraron fijamente durante varios segundos. Allday dijo con voz sorda:

—Si es un barco solo, sabemos cuál será, ¿no es así, señor Pascoe?

Se volvieron hacia la luz del sol cuando San Martín gritó una sarta de órdenes que terminaron con el toque urgente de una trompeta.

Allday pensó en la batería del cabo y en el amargo golpe de mala suerte que había provocado que el pescador español enviara un aviso.

—Acaba de decir que desearía poder hacer algo, ¿no? —Vio que Pascoe asentía sin entender muy bien lo que le decía—. Pues entonces hagámoslo.

Puesto que si el Lysander o cualquier barco del Rey asoma ahora su proa en la bahía, será la maldita última cosa que haga en este mundo, ¡de eso no hay duda!

La voz de San Martín se oyó muy cerca y Pascoe dijo rápidamente:

—Tomemos un poco de vino. —Colocó un tazón lleno de vino en la mano de Allday—. ¡Siga hablando!

Allday se bebió de un trago el vino, casi atragantándose.

—Puedo recordarlo como si fuera ayer, cuando estaba en el viejo Hyperion y…

San Martín abrió de golpe el faldón y entró con grandes pasos en la sombreada tienda.

—Bien. —Miró el vino y el pan—. Bien.

—La trompeta, señor, ¿significa peligro? —preguntó Pascoe.

San Martín le escudriñó detenidamente.

—No tiene importancia. Para usted. —Se movía por la tienda como un animal enjaulado—. Iba a embarcarles hoy, pero tendré que esperar hasta mañana. Les voy a enviar a Tolón. El almirante francés tiene más tiempo que yo para ocuparse de esta clase de asuntos.

Allday dijo con aire grave:

—Así es la guerra, señor.

San Martín le miró durante un largo momento.

—Cabalgar en una buena montura en la batalla es la guerra. Estar al mando de esta miserable chusma no.

Se detuvo en la entrada.

—Probablemente no les volveré a ver.

Esperaron a que sus pisadas dejaran de oírse y Allday dijo:

—¡Le doy gracias a Dios por ello!

Pascoe se pasó los dedos por el cabello, lleno de polvo y arenilla.

—Mantendrá los barcos aquí hasta mañana. —Estaba pensando en alto

—. Por lo que nuestro barco debe de estar muy cerca.

Allday observó cómo el cálido viento hundía hacia dentro el lateral de la tienda.

—Si el viento aguanta tal como está ahora, señor Pascoe, el Lysander estará en la costa enseguida.

—¿Está seguro de que es el Lysander? —El joven le miró seriamente.

—¿Y no lo está usted?

—Sí —asintió.

—Entonces, calculo que será esta noche o al alba. —Allday bebió otro trago de vino—. Así que haríamos mejor en poner nuestras cabezas a pensar en alguna manera de advertirles de que no entren.

Recordó lo que Pascoe había dicho antes: «No volveremos a ver Inglaterra en mucho tiempo». Si lo hacían, fuera lo que fuera lo que pudieran hacer para avisar al barco, y fuera cual fuera el resultado de su sacrificio, una cosa era cierta: ambos lo pagarían muy caro.

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