Nubes de tormenta

Alexander Kent · Capítulo 14 de 20

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Nubes de tormenta

XIV. Un perro de caza

XIV

UN PERRO DE CAZA

Cualquier esperanza de una rápida travesía hasta Corfú o de que los vigías de Javal avistaran al Lysander por delante de la pequeña escuadra se vio truncada a los pocos días de levar anclas. El viento roló con violencia hacia el norte, y mientras todos los hombres trabajaban febrilmente para acortar vela, incluso el piloto del Osiris mostraba su sorpresa ante la intensidad y la velocidad del cambio. Bajando directamente desde el Adriático, el viento había transformado el azulado mar de fondo en una inmensa extensión de abruptas y violentas crestas, mientras, por encima de los tambaleantes topes de los mástiles, el cielo se convertía en una ininterrumpida masa de nubes.

Un día tras otro, los dos navíos de línea utilizaban su masa y su fuerza para capear el temporal, mientras, tras las portas cerradas de los cañones, sus dotaciones libraban su propio combate contra el mareante movimiento y aguardaban la llamada de «¡Todos a cubierta! ¡Gente a la arboladura a tomar rizos!», y pasaban a un combate más peligroso contra el viento, aferrándose a las vergas que se movían vertiginosamente y luchando por cada mortífero palmo de paño.

A Buzzard, incapaz de resistir tales sacudidas, se había avanzado para ir delante del temporal, de manera que para los dos barcos restantes parecía como si el mundo entero se hubiera confinado en aquel pequeño teatro de ruido y aguas torrenciales, puesto que la visibilidad había caído al cabo de

unas pocas horas, y era difícil distinguir la lluvia de los rociones o saber en qué dirección atacaría el viento más tarde.

Para Bolitho, los días interminables le hicieron sentirse más lejos de la lucha que llevaba a cabo el Osiris. Los rostros que se encontraba siempre que salía a cubierta eran poco familiares y las opiniones a gritos de los mismos no contaban mucho. También vio a Farquhar con otros ojos. En varias ocasiones había dado paso a demostraciones de ira que habían hecho temblar incluso al educado Outhwaite, y una vez había regañado a un ayudante de contramaestre por no golpear con suficiente fuerza a un hombre cuando protestaba por ser enviado a la arboladura en plena tormenta. El ayudante de contramaestre había tratado de explicarle que el hombre no era un marinero propiamente dicho, sino un ayudante de tonelero. Habían resultado heridos tantos hombres en el temporal que, al igual que los oficiales, el ayudante de contramaestre estaba intentando reunir todas las manos de más que podía.

Farquhar había gritado: «¡No se atreva a discutir! ¡Tenía que haber azotado al hombre! ¡Sabrá lo que es eso si vuelve a llevarme la contraria!».

El hombre había sido enviado a la arboladura, y había caído por la borda sin ni siquiera gritar al perder su agarre en las arraigadas de los obenques.

Bolitho se preguntaba cada horrible día cómo estaría arreglándoselas Herrick para capear el temporal, y dónde estaría.

Farquhar había dicho: «Si no fuera por este maldito tiempo, ¡habría alcanzado ya al Lysander!».

A lo que él había respondido: «Lo dudo». Bolitho no había podido más.

«El Lysander es un barco más rápido. Y está muy bien llevado».

Era injusto para Farquhar, pero había mostrado tanta indiferencia ante la posible suerte de Herrick que era todo lo que podía hacer para contener algún comentario más mordaz. Como si le remordiera la conciencia, una vocecilla persistente parecía repetirle: Fue una decisión tuya. Llevaste a Herrick demasiado lejos y demasiado pronto. Fue culpa tuya.

Y entonces, una semana después de salir de Siracusa, el temporal amainó y el viento roló al noroeste, pero cuando el cielo aclaró y el mar

recuperó su color azul oscuro, Bolitho supo que les llevaría varios días recuperar el terreno perdido. Tendrían que batallar a través del tiempo y la distancia que habían cedido al temporal.

A donde quiera que fuera en cubierta, se daba cuenta de que los oficiales de servicio procuraban evitar su mirada y se apartaban de su pasear solitario en la toldilla. Su buscada soledad le daba tiempo para pensar, aunque sin nueva información era como volver a arar la misma tierra sin tener nada que sembrar.

Durante la mañana del noveno día, estaba en la cámara estudiando su carta marina y bebiéndose una jarra de cerveza de jengibre, algo que Farquhar había almacenado en cierta cantidad para su uso personal.

Cómo se reiría Farquhar si, después de todo, no hubiera nada en Corfú para respaldar sus teorías. No daría muestras de ello, por supuesto, pero estaría ahí exactamente igual. No probaría simplemente que Farquhar había actuado correctamente sino también que era mucho más apropiado que él para estar al mando de aquella escuadra o de cualquier otra.

Sir Charles Farquhar. Era extraño que estuviera tan irritado por el título de aquel hombre. Quizá se estaba volviendo como Herrick. No, era algo más profundo que eso. Era porque Farquhar no se lo había ganado, y ya no le volvería a faltar nunca nada. Sólo tenía que mirarse el escalafón de la Marina para ver a dónde iban los ascensos. Pensó en las palabras de Pascoe y sonrió. Los «Nelsons» de este mundo ganaban sus recompensas e incluso títulos en el campo de batalla o aguantando la andanada de un enemigo. Su precario ascenso era a menudo admirado pero raramente envidiado por aquellos más afortunados que se quedaban en tierra.

Bolitho caminaba nerviosamente alrededor de la cámara y oía a los hombres trabajar en cubierta y en las vergas, por encima de la misma, ayustando cabos y reaparejando. Después de un temporal, todos los trabajos eran doblemente esenciales. Sonrió otra vez. Aquellos más afortunados que se quedaban en tierra. En el fondo sabía que lucharía todo lo posible para evitar un cargo en el Almirantazgo o en algún ajetreado puerto.

Volvió a la carta y la miró detenidamente una vez más. Corfú era una isla alargada y delgada que parecía estar a punto de engancharse

ajustadamente a la costa griega. Para un barco a la vela había un acceso estrecho por el sur, de unas diez millas de ancho; por el norte, el paso era aún más difícil, y podía llevarles a la autodestrucción en caso de que los franceses hubieran situado baterías de costa en el elevado terreno que daba a dicho acceso. Aunque la isla estaba separada de la costa por lo que era en la práctica un pequeño mar particular, de unas veinte por diez millas de tamaño, los dos verdaderos peligros eran los estrechos canales del norte y del sur. Además, el único fondeadero franqueable estaba en la costa este, por lo que cualquier clase de sorpresa por allí era imposible. Herrick también lo sabría. Era obstinado y decidido, pero no era tonto, y nunca lo había sido.

Pensó de repente en la joven viuda, la señora Boswell. Era extraño que nunca se hubiera imaginado a Herrick casado, pero era la persona perfecta para él. Ella no se quedaría sin hacer nada dejando que otros le pisaran abusando de su buen carácter. Ella nunca le hubiera dejado admitir que no podía detentar el cargo de comandante de buque insignia.

Bolitho irguió la espalda y se maravilló ante el hecho de que pudiera plantearse esas cosas. Tenía dos barcos y podía ser que no encontrara jamás al Lysander. Pero, pasara lo que pasara, estaba a punto de penetrar en las defensas enemigas en una extensión de mar que era casi desconocida para él, más allá de sus cartas y de los datos de navegación disponibles.

Se oyó un golpeteo en la puerta y el centinela alzó con cautela la voz:

—¡Guardiamarina de guardia, señor!

Era el pelirrojo Breen.

—¿Y bien, señor Breen? —Bolitho le sonrió. Era la primera vez que hablaba con él desde que habían sido rescatados por la Harebell.

—El comandante le envía sus respetos, señor. El vigía ha avistado una vela al noroeste. Está demasiado lejos para reconocerla.

—Entiendo.

Bolitho lanzó una mirada a la carta. Incluso contando con su deriva y la pérdida de tiempo durante el temporal, no podían estar tan equivocados en sus estimaciones. El beque del Osiris estaba apuntando aproximadamente hacia el nordeste, y con suerte avistarían la cadena de montañas más altas

del extremo sur de Corfú antes del anochecer. La Buzzard había corrido el temporal, y aunque Javal se reuniría de nuevo con la escuadra rápidamente, e incluso podría aparecer aquel mismo día, vendría del sur y no del noroeste, que era donde había aparecido aquel recién llegado.

—¿Le gusta estar temporalmente destinado en la santabárbara del Osiris? —preguntó.

El chico miró a lo lejos, hacia la elevada silueta del Nicator que les seguía a unos tres cables por popa.

—N-no mucho, señor. Me tratan bien, pero…

Bolitho le miró seriamente. Al igual que los tenientes, la mayor parte de los guardiamarinas de aquel barco eran de buena familia. Farquhar había evidentemente escogido con gran cuidado su cámara de oficiales y sus guardiamarinas. Era bastante común que un comandante se llevara al mar a un chico como guardiamarina, quizá el hijo de un viejo amigo, o como algún favor especial. Farquhar parecía haber cogido la costumbre de hacerlo a lo largo de su carrera.

Breen pareció pensar que Bolitho esperaba que añadiera algo.

—Sigo pensando en el marinero, señor, Larssen. Pero ahora ya estoy bien. S-siento haber actuado de aquella manera.

—No lo sienta. Un sable debe doblarse un poco. Si se hace demasiado rígido se partirá por la mitad cuando más se le necesite.

Se preguntó por qué estaba tratando de salvar a Breen de lo inevitable.

Les llegaba a todos tarde o temprano. Recordó sus propios sentimientos tras un combate cuando era un joven teniente. Los cañones disparaban tan seguido y el combate era tan feroz que no habían tenido tiempo para tratar a los muertos, incluso a los heridos, con cuidado o respeto. Los cadáveres, tanto amigos como enemigos, habían sido lanzados por la borda, y los heridos habían sumado sus gritos al estruendo de la lucha. Cuando cesó el fuego y los barcos se separaron flotando a la deriva, demasiado dañados como para reclamar la victoria o reconocer la derrota, el mar había aparecido cubierto de cadáveres flotantes. Puesto que el viento había caído durante el combate, como si se hubiera acobardado por su ferocidad, se

vieron obligados a verlos durante dos días enteros. Era algo en lo que pensaba a menudo y que nunca podría olvidar.

—Tome un poco de cerveza de jengibre —dijo con calma.

Pobre Breen, con sus manos arañadas y su camisa mugrienta, parecía más un colegial que un oficial del Rey. ¿Pero quién en su ciudad o en su pueblo había visto Malta? ¿Cuántos habían estado en un combate naval? ¿Y

cuántos conocerían alguna vez cuál era la verdadera importancia del poder naval, y de los hombres y la madera que lo hacían posible?

Farquhar apareció en la puerta con un catalejo en la mano y miró fríamente al chico.

Se dirigió a Bolitho:

—La vela ha cambiado el rumbo, señor.

—¿No es el Lysander?

—Demasiado pequeño. —Farquhar saludó con un breve movimiento de cabeza a Breen cuando éste se marchó deprisa—. Un bergantín, según el vigía del tope. Es un buen marinero, suele acertar.

Farquhar parecía estar bajo control ahora que el temporal había pasado.

Quizá jugaba a esperar, quedándose a cierta distancia para ver qué iba a hacer Bolitho.

Bolitho caminó hacia los ventanales de popa abiertos y se asomó, y vio las pequeñas burbujas de las aguas de alrededor del timón. El cielo estaba despejado, y el horizonte a popa del grueso casco del Nicator se veía muy definido y vacío. El bergantín vería más de sus dos barcos que ellos de él.

—Diga a los vigías que estén alerta. Envíe los catalejos a la arboladura, también.

—¿Cree que el bergantín era francés, señor? —Farquhar parecía curioso

—. Poco daño puede hacernos.

—Puede que sí. En Falmouth, el marido de mi hermana tiene una gran granja y propiedades. —Miró impasible a Farquhar—. También tiene un perro. Cada vez que un cazador furtivo o un vagabundo se acerca a sus tierras, el perro le sigue, pero nunca le ataca o le ladra. —Sonrió—. ¡Hasta que el extraño está cerca de su presa!

Farquhar miró la carta marina, como si esperara ver algo en ella.

—¿Nos está siguiendo, señor?

—Es posible. Los franceses tienen muchos amigos aquí. Estarán deseosos de pasarles información que pudiera mejorar su suerte una vez la bandera tricolor haya ampliado sus «propiedades».

Farquhar dijo con inquietud:

—Pero suponiendo que sea así, los franceses no pueden saber cuál es el tamaño de nuestras fuerzas.

—Verán que no tenemos fragatas. Si yo fuera un almirante francés, para mí desde luego constituiría una información muy valiosa. —Se fue hacia la puerta, mientras del fondo de su mente emergía una idea—. Traiga al maestro velero, ¿quiere?

En el alcázar, varios hombres se detuvieron para mirarle antes de volver a sus quehaceres con renovado vigor. Probablemente pensarían que estaba trastornado a causa de la fiebre. Bolitho dejó que el viento suave le refrescara y sonrió para sí. Todavía llevaba su camisa española y había declinado ponerse la ropa de repuesto de Farquhar. La suya estaba aún a bordo del Lysander. Se la pondría cuando encontrara a Herrick. Y le encontraría.

—¿Señor? —El maestro velero estaba a su lado, mirándole con una mezcla de cautela e interés.

—¿Cuánto paño de sobra tiene, de ese que no sirve para hacer nuevas velas y cosas así?

El hombre miró nerviosamente a Farquhar, quien le espetó:

—¡Dígaselo, Parker!

El maestro velero se puso a detallar una larga lista de pertrechos y de pedazos, punto por punto, y Bolitho se quedó impresionado de que retuviera tanto en su memoria.

—Gracias, eh, Parker. —Se fue hacia el pasamano de estribor y miró a lo largo del mismo en dirección al castillo—. Quiero una pieza de paño cosida y amarrada a lo largo de cada una de las batayolas de los dos pasamanos del barco. Trozos de coys, pedazos sobrantes que haya estado guardando para reparar toldos y mangueras de ventilación. —Le miró con calma—. ¿Puede hacerlo?

—Bueno, esto, señor, creo que podría arreglármelas si… —Miró a su comandante buscando apoyo.

Farquhar preguntó:

—¿Con qué propósito, señor? Creo que si este hombre supiera lo que necesita, y yo también, de paso, le resultaría de ayuda.

Bolitho les sonrió.

—Si unimos el castillo al alcázar de esta manera y luego pintamos el paño del mismo color que el casco con cuadrados negros a intervalos regulares —se asomó por la borda para señalar hacia las portas de los dieciocho libras—, podemos transformar al Osiris en un tres cubiertas, ¿eh?

Farquhar movió la cabeza de lado a lado.

—Por todos los demonios, señor, eso dará el pego. A cualquier distancia pareceríamos un navío de primera clase, ¡seguro! Los gabachos empezarán a preguntarse cuántos somos.

Bolitho asintió.

—Cerca de la costa, podríamos tener alguna oportunidad. Pero no podemos afrontar un combate en mar abierto hasta que no hayamos descubierto cuál es la verdadera fuerza del enemigo. Dudo que los franceses tengan muchos navíos de línea por aquí. De Brueys los reservará para la flota y para proteger sus transportes. Pero tengo que saberlo.

—¡Ah de cubierta! ¡Vela por la aleta de babor!

Bolitho dijo:

—Nuestro fuego fatuo otra vez. Tan pronto como anochezca empezaremos con el disfraz. Podemos cambiar el rumbo durante la noche y así escaparnos de nuestro curioso amigo.

Otro aviso hizo que miraran hacia lo alto.

—¡Ah de cubierta! ¡Vela por la amura de sotavento!

—¿Tenemos compañía? —Bolitho alentó al maestro velero con un suave golpe en el pecho con el puño—. Ponga a sus ayudantes a trabajar, Parker. ¡Puede que sea el primer hombre en la historia que construya un buque del Rey con pedazos de paño!

Vio a Pascoe trepar rápidamente por los obenques de barlovento para unirse al vigía que había avisado del último avistamiento. Su ascenso se

veía dificultado por un gran catalejo que llevaba colgado del hombro, pero subía por los flechastes con la facilidad de un gato.

Momentos después, gritó:

—¡Es la Buzzard, señor!

—Ya era hora —murmuró Farquhar.

—Haga una señal a la Buzzard. Que se coloque a la cabeza de la escuadra —dijo Bolitho.

—No estará a distancia de señales hasta dentro de un buen rato, señor.

Tendrá que arañar cada palmo del camino barloventeando en contra del viento —replicó Farquhar.

—Ella no puede ver la señal, comandante. Pero el otro barco sí podrá.

Su capitán sabrá que hay otro barco cerca, o puede que varios. Puede que eso le dé que pensar.

Bolitho se puso las manos en la espalda, y vio al contramaestre y a algunos marineros destapando la pintura, mientras otros arrastraban el paño por la cubierta superior.

Empezó a pasear lentamente a lo largo de la banda de barlovento, deseando que las gavias de la Buzzard se dejaran ver por encima del horizonte.

Ahora serían tres barcos en vez de dos. Dio gracias a Dios por la determinación de Javal en encontrarles. Tal vez la escuadra fuera débil, pero ya no seguirían ciegos.

Mientras el Osiris y su compañero avanzaban con lentitud hacia el nordeste y Javal maniobraba la fragata en sus incontables repiqueteos para unírseles, la borrosa mancha de las velas que delataban a su vigilante seguidor casi nunca quedaba fuera de la vista.

Durante toda la tarde, mientras el velero y sus ayudantes estaban sentados con las piernas cruzadas ocupando cualquier palmo libre de cubierta, con las cabezas inclinadas y las agujas y rempujos moviéndose y lanzando destellos bajo la luz del sol, Bolitho estuvo merodeando por la toldilla o visitando la cámara en un estado cercano al agotamiento.

En el último cuartillo de la guardia del mismo nombre, cuando el vigía gritó: «¡Tierra a la vista!», supuso que el bergantín persecutor estaría

satisfecho de comprobar que la escuadra, grande o pequeña, estaba en efecto dirigiéndose a Corfú.

Bolitho examinó la sombra púrpura de tierra a través del aparejo y los obenques, y se imaginó la isla en su mente. El comandante del bergantín había sido demasiado fiel a sus órdenes. Ahora, con la noche cayendo más rápidamente, tendría que quedarse a la expectativa y guardarse la información para sí mismo. Bajo circunstancias similares, Bolitho pensó que él se habría arriesgado a contrariar a su almirante y habría suspendido la persecución hacía tiempo. Habría sido de mayor utilidad para su almirante corriendo a informarle a su buque insignia que aguantando una larga noche frente a aquella peligrosa costa. La curiosidad había sido el punto débil del bergantín. No era mucho, pero podía ser decisivo.

Volvió a la cámara y encontró a Farquhar esperándole con Veitch y Plowman.

—Quería usted ver a estos dos, creo, señor —dijo Farquhar. Sonaba despectivo.

Bolitho esperó mientras un criado colgaba otra lámpara encima de la carta.

—Ahora, señor Plowman, necesito un buen voluntario para que reconozca el terreno por mí.

El ayudante de piloto miró la carta y las marcas que indicaban acantilados y profundas sondas a lo largo de la costa oeste.

Esbozó una lenta sonrisa.

—Sí, señor. ¡Le entiendo!

Farquhar preguntó bruscamente:

—¿Va a enviar hombres a tierra de noche, señor?

Bolitho no respondió inmediatamente. Miró a Plowman y sencillamente preguntó:

—¿Puede hacerlo? Si no fuera importante no se lo pediría.

—Me he enfrentado a cosas peores. Una vez, en África occidental… —

Suspiró—. Pero eso es otra historia, señor.

—Bien.

Bolitho le miró seriamente. Probablemente estaba pidiendo demasiado, enviando a Plowman y a otros a la muerte. Jugó con la idea de ir él mismo pero sabía que, de cualquier forma, sería inútil. No tenía nada que ver con el engreimiento, la desesperación ni la ansiedad. Se le necesitaría en el buque insignia, y muy pronto.

Se dirigió a Farquhar:

—Necesitarán un cúter y una buena dotación, que sea resistente. —Se volvió hacia Veitch—. Le pongo a cargo de la partida de desembarco.

Escoja a sus hombres cuidadosamente. Hombres acostumbrados al campo, que no se caigan de cabeza por un acantilado.

Vio como la gravedad del semblante del teniente dejaba paso a otra cosa: satisfacción, quizá orgullo porque se le ofreciera una tarea tan exigente y sin restricciones. Si Bolitho tenía dudas, eran sobre sí mismo.

Veitch ya había probado su valor y su capacidad.

Plowman estaba examinando todavía la carta marina.

—Este parece un lugar adecuado. —Puso un grueso dedo encima—. Y

habrá una buena luna esta noche. Podemos ir a vela hasta que estemos cerca y luego remar el resto del camino.

Bolitho dijo:

—Pueden tardar toda la noche. Pero mañana, intenten descubrir lo que está pasando. La isla tiene unas cinco millas de ancho en el punto que usted ha elegido, señor Plowman. Las montañas se elevan a unos trescientos metros o más. Desde allá debería ver suficiente para lo que nos proponemos.

Veitch dijo despacio:

—Puede que sea difícil esconder el cúter, señor.

—Haga lo que pueda. —Miró a uno y a otro—. Si no, tendrán que hundirlo donde desembarquen. Enviaré otro para recogerles después.

Farquhar carraspeó.

—Hay un hecho que debemos afrontar, señor. Puede que la partida entera sea hecha prisionera al poco de desembarcar.

Bolitho asintió con expresión grave. Así que hasta Farquhar estaba ya aceptando la realidad de su situación. El enemigo era real, no meras

sombras.

—Nosotros atacaremos por el sur al amanecer de pasado mañana. Si el señor Veitch puede investigar la situación de las baterías de costa y su fuerza, hará que nuestro trabajo sea menos difícil. —Sonrió ante sus tensos semblantes—. Aunque me temo que nuestra llegada no será bienvenida.

Veitch expiró ruidosamente.

—Lo haremos lo mejor que podamos, señor. Esperemos que los franceses no tengan ninguno de sus nuevos cañones en la costa.

—Dudo que tengan alguno. —Bolitho se imaginó el gran cañón haciendo añicos su pequeña fuerza antes de que ni siquiera se dieran cuenta

—. Están reservándolos para algo más importante para Bonaparte.

Veitch y Plowman salieron de la cámara para reunir a sus hombres y coger las armas, y dijo:

—Me gustaría ver a mi oficial de banderas. Mañana pondremos rumbo hacia el norte con nuestro nuevo disfraz, pero mantendremos a la Buzzard, a barlovento. Puede que Javal tenga alguna oportunidad de coger a ese bergantín o a cualquier otro espía si está en el lugar adecuado. Un barco más bajo nuestra bandera sería bien recibido.

De repente se vio a sí mismo en Spithead, esperando al bote que le iba a llevar a la fragata. Hasta Gibraltar, hasta el Lysander y todas aquellas incontables horas y millas navegadas desde entonces. Hasta allí, una pequeña cruz en la carta. Se estremeció a pesar del ambiente cargado. Era casi simbólico. Y ahora era cuando más necesitaba a Herrick, su lealtad y su entrega. Se preguntó qué pensaría Farquhar sobre todo aquello, lo que pensaría realmente. ¿Lo vería como una oportunidad para añadir fama a su nueva posición? ¿O lo vería sólo como un final para todas sus esperanzas?

Le quitaban importancia al peligro. Siempre lo hacían en un primer momento. Pero estaba pidiendo mucho de cada uno de los hombres.

Demasiado. Cuando se entraba en combate, las causas y los grandes ideales contaban muy poco; lo que contaba era la velocidad a la que se podía disparar y recargar, la fuerza que se tenía para resistir las espantosas visiones y sonidos.

Se sacudió el persistente abatimiento.

—Bien, comandante Farquhar. —Notó que salía de sus propios pensamientos—. Haremos esto juntos, y si uno de nosotros cae, el otro seguirá con ello. De cualquier forma, tiene que hacerse.

—Sí. —Farquhar miró alrededor de la silenciosa cámara—. Ahora puedo verlo.

* * *

Pocas horas después del amanecer, las gavias del bergantín aparecieron otra vez, coronando el horizonte, pero el barco procuró mantenerse bien apartado por barlovento. O su capitán había conseguido enviar un mensaje a tierra en bote durante la noche o estaba ansioso por saber más de los barcos de Bolitho.

Bolitho se aseguró de que su acompañante espía tuviera mucho en lo que centrar su atención, para lo cual Pascoe y su partida de señales izaron varias banderas sin significado, que fueron contestadas con la misma energía por el Nicator y la Buzzard. Luego, tras hacer una señal auténtica de que los otros comandantes se presentaran a bordo para deliberar sobre su situación, Bolitho jugó su otra carta. Con las velas en facha, el Osiris se colocó proa al viento, mostrando su costado y su imponente nueva altura sobre el agua al lejano barco.

Cuando Javal llegó en su yola, exclamó con admiración: «Pensaba que estaba viendo visiones, señor. O que Lord St. Vincent había llegado con su buque insignia. ¡Desde mi yola parece totalmente un primera clase!».

Probyn fue menos entusiasta: «Una idea original, lo admito. ¡Pero no podemos disparar con paño pintado!».

Una vez más en la gran cámara, Bolitho miró a sus comandantes. Javal parecía cansado y tenso tras su larga lucha contra el mar y el viento, pero por lo demás tenía una expresión despreocupada. Farquhar tenía la boca apretada y estaba pálido, pero sin un solo pelo ni un botón dorado fuera de su sitio. Probyn estaba tan desaliñado y tan resentido como siempre. Su mirada reaccionaba con lentitud y sus mejillas estaban más rojas de lo que

uno podía esperar solamente por el viento. Había bebido más de lo habitual.

Era extraño, pero Bolitho se dio cuenta de que había olvidado cuánto solía beber Probyn cuando ambos eran tenientes. Más de una vez había hecho una guardia o un servicio por él cuando el primer teniente le había dicho:

«Encárguese de ello, Dick. El pobre George está borracho otra vez».

Esperó a que todos ellos tuvieran una copa del vino de Farquhar en la mano y entonces dijo con calma:

—Mañana, caballeros, haremos nuestra jugada. Espero recoger al señor Veitch y a su partida esta noche. Lo que él me cuente puede alterar nuestra táctica, pero no podrá posponer un ataque.

Probyn dijo cabizbajo:

—¿Qué pasa si él no vuelve?

—Que estaremos a ciegas.

Pensó en Veitch, allá afuera en Corfú. Los lugareños, si tenía la suficiente mala suerte de tropezar con ellos, podrían tomarles por franceses.

No estaba seguro de si eso era bueno o malo. Veitch había demostrado ser un hombre inteligente y de gran rapidez mental. Bolitho se aseguraría de que su nombre estuviera el primero para un pronto ascenso si sobrevivía otra noche en la isla. Había jugado con la idea de decírselo de antemano, pero había decidido no hacerlo. Una promesa así podía hacer demasiado prudente a un hombre ambicioso.

—Hemos dado muestras de estar preparando un ataque. El enemigo aún no sabe cuál es el tamaño de nuestra fuerza, pero ahora que seguramente creerán que tenemos un tres cubiertas apoyándonos, deberán decidir su propio plan de defensa. O de ataque.

Probyn dejó su copa vacía sobre la mesa con un golpe y miró de manera elocuente al repostero, y preguntó:

—¿Por qué no esperar, señor? Observar y esperar, hasta que obtengamos más apoyo. —Miró a Farquhar por el rabillo del ojo—. Si el Lysander hubiera estado aquí, entonces habría dicho otra cosa.

Bolitho observó como Probyn vaciaba otra copa de vino.

—No sabemos lo suficiente como para esperar. Cualquier día, el enemigo podría intentar salir de Corfú, y si sus fuerzas son como creo que

son, no tendríamos esperanza alguna de detenerles. —Vio que Probyn no estaba convencido y añadió—: Por otro lado, la flota francesa puede estar incluso en estos momentos navegando en esta dirección para escoltar sus valiosísimos buques de provisiones. —Dio unos golpes en la carta con su copa—. Cogidos con la costa por sotavento, o peor, arrinconados en la parte este de la isla, ¿qué posibilidades tendríamos entonces?

Sostuvo la mirada a Probyn, deseando que aceptara el razonamiento aunque no lo aprobara, puesto que la parte del capitán George Probyn podía ser la más importante de todas. Al día siguiente, ya a sólo unas horas, el Nicator podía ser el único superviviente.

Dijo con tono calmado:

—El Osiris forzará la entrada por el canal del sur al amanecer. Los buques de aprovisionamiento estarán fondeados en cualquier parte a unas quince o veinte millas subiendo por la costa, y una vez entre ellos, estaremos todos muy ocupados. —Vio como aparecía una sonrisa en el semblante duro de Javal—. Creo que los franceses se ven a sí mismos en una posición fuerte. Sabrán que venimos y llevarán los cañones que tengan a la costa para impedir nuestra aproximación.

Javal asintió.

—Sí, tiene sentido. Un tres cubiertas será visto como una verdadera amenaza.

Bolitho pensó en Grubb y deseó que estuviera allí. El piloto del Osiris parecía bastante capacitado, pero carecía de los conocimientos y la filosofía de Grubb sobre los hábitos del tiempo. Había sido ayudante de piloto en un buque de la carrera de Indias antes de enrolarse en un barco del Rey, y se había pasado el tiempo apreciando el valor de un rápido pasaje frente a una mala navegación en base a los bienes que se estropeaban.

Si bien dependía en gran parte de lo que pudieran hacer sus barcos mañana, el viento casi tenía la misma importancia.

Lo apartó de su mente y le dijo a Probyn:

—Usted se irá al anochecer. Navegará hacia el norte. Cuando llegue el momento, entrará por el canal de arriba, espero que sin oposición. Los defensores pensarán que la verdadera amenaza es la nuestra, por el sur. Si

«doña Suerte» —vaciló, viendo los ojos azules de Herrick iluminarse ante su expresión talismán favorita—, nos acompaña y el viento aguanta, golpearemos fuerte al enemigo, y donde sea mejor para nuestra causa.

Todos se levantaron, conscientes de que había terminado.

—Vayan con Dios —añadió Bolitho.

Salieron en fila y en silencio, y Bolitho oyó a Farquhar gritar a alguien para que avisara a los botes de los comandantes.

Allday entró en la cámara por la otra puerta y preguntó:

—¿Puedo buscarle una casaca de uniforme por alguna parte, señor? —

Sonaba más preocupado por el aspecto de Bolitho que por la perspectiva del combate.

Bolitho caminó hasta los ventanales de la aleta y vio la lancha de Probyn bogando con fuerza mientras se alejaba. Pensó en su barco, el Osiris, y en los hombres que lo llevarían subiendo por aquel canal.

Lucharían y, si era necesario, morirían. No era un barco feliz. Frunció el ceño. Nicator, juez de la Muerte. De repente, sintió un escalofrío.

—No importa, Allday —contestó—. Mañana los hombres tal vez miren hacia popa, como usted insiste que hacen durante el combate. —Vio que asentía—. Quiero que me vean más como uno de ellos que como alguien con un uniforme opresivo. A este barco le falta calidez. Muestra todos los signos de la disciplina y la eficiencia, pero… —Se encogió de hombros.

—Lucharán bien, señor. Ya lo verá —dijo Allday.

Pero Bolitho no podía deshacerse de su presentimiento.

—Si algo pasara —no se dio la vuelta, pero sintió que Allday se ponía en tensión—, he hecho algunas previsiones para usted en Falmouth.

Siempre tendrá un hogar allí, y no le faltará nada.

Allday no pudo contenerse. Caminó a grandes zancadas hacia el jardín y exclamó:

—¡No pienso escuchar nada más, señor! No ocurrirá nada; nada puede ocurrir.

Bolitho se dio la vuelta y le miró.

—¿Lo impedirá usted?

Allday le miró desconsolado.

—Si puedo, sí.

—Lo sé. —Suspiró—. Quizá, igual que Thomas Herrick, haya llegado yo a este puesto antes de tiempo, después de todo.

Allday señaló:

—El cirujano tenia razón, señor. Su herida no está del todo curada todavía, su salud se ha visto resentida por la fiebre más de lo que usted cree.

—Y añadió de manera significativa—: Y el cirujano del comandante Farquhar no es un carnicero; es un médico de verdad. ¡El comandante Farquhar se cuidó bien de ello!

Bolitho sonrió con gravedad.

—Diga al señor Pascoe que venga a popa. Tengo algunas señales que preparar.

De nuevo solo, se sentó ante la mesa y miró su carta marina sin verla.

Pensó en Catherine Pareja, y se preguntó qué estaría haciendo en Londres.

Dos veces viuda, aunque con más vida en ella que en la mayoría de las jóvenes recién liberadas de los brazos de sus madres, no había hablado ni una sola vez de matrimonio. Ni tan sólo una insinuación. Algo parecía mantener la idea apartada, un acuerdo tácito.

Se desabrochó la camisa española y examinó el diminuto guardapelo que colgaba de su cuello. Kate ni siquiera había mostrado nunca resentimiento por ello. Lo abrió cuidadosamente y miró detenidamente el pequeño mechón de cabello color castaño. La luz del sol que entraba por los ventanales de popa dio en él y brilló tan intensamente como el día que la había conocido. La futura esposa de un almirante: Cheney Seton. La chica que había conquistado y con la que se había casado. Cerró el guardapelo y se volvió a abrochar la camisa. Aquello nunca cambiaría. No le extrañaba haber gritado su nombre.

Pascoe entró en la cámara, con el sombrero bajo el brazo y un libro de señales en una mano.

Bolitho le miró, disimulando su súbita desesperación lo mejor que pudo.

—Ahora, Adam, vamos a ver qué otras ideas podemos inventar, ¿eh?

* * *

—¡Rumbo nordeste cuarta al norte, señor! ¡En viento!

Bolitho oyó al piloto susurrar algo a sus timoneles pero se apresuró hacia la batayola, ahora llena de coys cuidadosamente colocados y de color visiblemente claro bajo la luz de la luna.

Farquhar se acercó e informó:

—El viento es constante, señor. Estamos a unas veinte millas al sudoeste de la isla. La Buzzard está a barlovento, pueden distinguirse sus gavias en el reflejo de la luna.

—¿No se ven signos de ningún bote?

—Nada. He enviado el otro cúter a vela hace tres horas. Veitch no ha hecho ninguna señal con una lámpara o un disparo de pistola, si es que lo ha visto.

—Muy bien. ¿Cuánto cree el piloto que podemos seguir en este bordo?

—Una hora más como máximo, señor. Llegado ese momento, tendré que llamar al cúter, y entonces estaré listo para virar. De otro modo, estaremos demasiado cerca para fachear, y si continuamos dando otro gran círculo estaremos mucho más lejos del canal del sur de lo que pretendo estar cuando llegue el amanecer.

—Estoy de acuerdo. —Bolitho añadió a su pesar—: Otra hora, pues.

Farquhar preguntó:

—¿Está usted seguro que hizo bien en enviar al Nicator al canal del norte, señor? Será un desastre si Probyn no se mete a tiempo.

—El canal es estrecho, lo sé, pero con el viento a favor el Nicator será capaz de arreglárselas.

—No me refería al canal o al peligro, señor. —La cara de Farquhar quedaba en la sombra, y sus charreteras brillaban a la luz de la luna sobre la casaca—. Tengo que admitirlo, no me fío del comandante del Nicator.

—Cuando vea cómo dependemos de su apoyo, comandante Farquhar, cumplirá con su deber.

Se acordó del semblante enrojecido de Probyn, de su actitud reacia. De su cautela. ¿Pero qué podía hacer? Si las cosas ocurrían como él había predicho, el Osiris se llevaría la peor parte, y necesitaría de la mayor tenacidad. No podía pedir a Javal que se lanzara con su frágil barco a las fauces de un bombardeo, aunque su parte del ataque ya era bastante mala de todas maneras. Sin el apoyo del Lysander, tendrían que dejar el factor sorpresa al Nicator. No había otra manera. Se preguntó si Farquhar se estaría maldiciendo ahora por haber dejado que Herrick se fuera sin ayuda, por no actuar como una escuadra contra el enemigo cuando creía estar al mando general de la misma.

—¡Ah de cubierta! ¡Luz por la amura de barlovento!

Bolitho corrió hacia el pasamano de babor y atisbo por encima del paño pintado.

Oyó espetar a Farquhar:

—¡La señal, Dios mío! ¡Señor Outhwaite! ¡Fachee, si es tan amable, y prepárese para izar los botes a bordo!

El barco cobró vida con los marineros que corrían sin vacilar como fantasmas bajo la misteriosa luz de la luna hacia las drizas y brazas.

Alguien gritó de júbilo cuando, primero un cúter y luego el segundo, chocaron contra el costado, y los hombres bajaron como pudieron hasta ellos para echarles una mano.

Navegar a vela y bogar en los remos debía de haber sido un trabajo desconcertante para las dotaciones, pensó Bolitho.

Esperó junto a la barandilla del alcázar, cogiéndose las manos a la espalda para impedir que su impaciencia le llevara abajo al portalón de entrada con los demás.

Vio una robusta figura cojeando hacia popa y la reconoció al instante.

—¡Señor Plowman! ¡Venga aquí!

El ayudante de piloto se apoyó contra la batayola y trató de recobrar el aliento.

—Me alegro de estar aquí, señor.

Movió los brazos hacia la costa invisible, y Bolitho vio que su mano estaba envuelta en un vendaje manchado de la sangre que lo traspasaba

como si fuera petróleo.

—Tuvimos que pasar inadvertidos, incluso cuando vimos el otro bote esperando cerca de la costa. El lugar estaba lleno de piquetes. Tropezamos con uno de ellos y hubo un poco de lucha. —Examinó su puño vendado—.

Pero acabamos con ellos.

—¿Y el señor Veitch? —Esperó lo inevitable.

Pero Plowman dijo:

—Está bien, señor. Le he dejado en tierra. Me ordenó que les buscara y le informara.

Incluso la luz de las lámparas de la cámara parecía demasiado fuerte tras el extraño paisaje lunar de cubierta, y Bolitho vio que Plowman estaba sucio de pies a cabeza, y su cara y brazos arañados por las rocas y la aulaga.

—Beba algo. —Bolitho vio a Farquhar, a su primer teniente y luego a Pascoe entrar en la cámara—. Lo que usted quiera.

Plowman suspiró agradecido.

—Entonces me gustaría tomar un trago de brandy, si no es mucho pedir, señor.

Bolitho sonrió.

—Se merece un barril. —Esperó en silencio, observando la expresión de Plowman mientras se bebía una copa entera del brandy de Farquhar—.

Ahora cuénteme las nuevas.

Plowman se secó la boca con la manga.

—No son buenas, señor. —Negó con la cabeza—. Hicimos lo que usted dijo, y el señor Veitch se sorprendió mucho ante lo que vio. Justo como nos dijo que sería, sólo que aún en mayor número.

—¿Barcos? —preguntó bruscamente Farquhar.

—Sí, señor. Treinta o más. Bien cargados, también. Y hay un navío de línea fondeado frente a la costa, un setenta y cuatro cañones. Y dos o tres barcos más pequeños. Una fragata y un par de corbetas, como la franchute que nos cargamos con el Segura.

Farquhar dijo en voz baja:

—¡Qué hallazgo! ¡Una pequeña armada, nada menos!

Plowman le ignoró.

Pero esto no es todo, señor. Han subido un par de esos nuevos cañones al cabo. —Se inclinó pesadamente sobre la carta y señaló con su dedo pulgar—. Aquí. Por un momento pensamos que estaban descargando todos los barcos, pero simplemente estaban transportando esas dos beldades a tierra. Nos encontramos con un pastor al amanecer. Uno de los muchachos se ganó algo su confianza, hablaba un poco su idioma. A la gente del lugar no les gustan los gabachos. Le han chupado la sangre a la isla, y a sus mujeres también, por lo que parece. De todas maneras, dijo que los barcos están preparándose para salir. Hacia Creta o alguna otra parte, para esperar más barcos.

—De Brueys. —Bolitho le miró seriamente—. ¿Por qué se ha quedado allá el teniente Veitch? —Ya sabía la respuesta.

—El señor Veitch me ha dicho que él creía que usted iba a atacar, señor.

Ha dicho que no iba a dejar que el Nicator entrara solo. —Frunció el ceño

—. Si no hubiera sido por este puño sarnoso, me habría quedado allí con él.

—Su vuelta es de un gran valor para mí. Y se lo agradezco —dijo Bolitho.

Veitch lo había visto claro desde el principio, que sin más barcos no podían mantener contacto con el Nicator, ni podían alcanzarle antes del amanecer y del momento del ataque.

Plowman añadió con aire cansado mientras Bolitho le rellenaba la copa:

—El señor Veitch ha dicho que intentaría ayudar, señor. Se ha quedado con tres voluntarios. —Esbozó una sonrisa triste—. Todos tan locos como él, si me perdona el atrevimiento, señor, y esto es todo lo que puedo contarle.

Su cabeza bailaba de pura fatiga y Bolitho dijo con tono tranquilo:

—Dígale a Allday que le acompañe a la enfermería para que le curen la mano. Y encárguese de que las dotaciones de ambos botes sean recompensadas de alguna manera.

Miró sus caras: Farquhar, con el ceño fruncido; los límpidos ojos de Outhwaite observándole con silenciosa admiración, y Pascoe, con su cabello oscuro cayéndole sobre un ojo, como si él también tuviera una cicatriz que ocultar.

Bolitho preguntó:

—Bien, comandante Farquhar, ¿qué opina de esto?

Este se encogió de hombros.

—Si no fuera por el Nicator, le aconsejaría que se retirara, señor. No tiene sentido anteponer su honor a la pérdida de una escuadra. Decidimos correr el riesgo de pensar que los franceses mantendrían su tan valiosa artillería estibada en sus bodegas, y confiamos en que utilizaran armamento más «convencional». —Lanzó una breve mirada a los hombros caídos de Plowman. Se había quedado dormido de agotamiento—. Pero si individuos como este Plowman y el teniente Veitch están dispuestos a tirar sus vidas por el escobén, ¡supongo que yo haré lo mismo!

Miró con calma a su segundo.

—Siga las instrucciones del comodoro, señor Outhwaite. Una comida caliente y una ración doble de ron para todos los hombres. Después, puede apagar los fogones de la cocina y hacer zafarrancho de combate. Nuestra gente dormirá junto a sus cañones esta noche. —Miró a Bolitho—. Si es que pueden dormir. Ahora, si me disculpa, señor, tengo que escribir algunas cartas —dijo Farquhar, despidiéndose con un breve movimiento de cabeza.

Bolitho miró a Pascoe.

—Desearía que estuvieras en cualquier otro barco, Adam. En cualquier sitio menos aquí.

Pascoe le miró con ojos escrutadores.

—Estoy contento, señor.

Bolitho fue hasta los ventanales y observó el resplandor plateado del mar que, como una seda ondulada, cambiaba sus dibujos constantemente.

Pensó en Farquhar escribiendo sus cartas. ¿A su madre? ¿Al Almirantazgo?

—En el cajón de mi escritorio de Falmouth, Adam, hay una carta. Es para ti.

Notó que Pascoe se ponía a su lado y vio su reflejo en el grueso vidrio.

En aquella extraña oscuridad parecían hermanos.

—No digas nada. —Levantó un brazo y lo pasó por sus hombros—. La carta dice todo lo que tienes que hacer. El resto lo decidirás por ti mismo.

—Pero, tío. —La voz de Pascoe sonaba temblorosa—. ¡No debes hablar así!

—Son cosas que hay que explicar. —Se volvió y le sonrió—. Tal como una vez me fueron explicadas a mí. Y ahora —expulsó el dolor de sus pensamientos—, tenemos que ayudar al señor Plowman a ir abajo.

Se dieron la vuelta y vieron que Plowman ya se había ido.

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