Nubes de tormenta
XVIII. El fragor de la guerra
XVIII
EL FRAGOR DE LA GUERRA
Bolitho cruzó el alcázar a grandes zancadas con Herrick a su lado. Unas figuras, en su mayor parte en la oscuridad, se apartaron a su paso y oyó decir a Grubb:
—En viento con rumbo este cuarta al nordeste, señor.
Veitch, que era el oficial de guardia, se acercó hacia él y se llevó la mano al sombrero.
—La Harebell acaba de volver a hacer una señal, señor: «Barcos a la vista al noroeste». —Lanzó una mirada fulminante hacia la brigada de señales—. El señor Glasson y sus hombres han sido un poco lentos, y me temo que nos hemos perdido alguna de las banderas de la Harebell.
Bolitho asintió.
—Tengo pocas dudas de que los barcos que ha avistado Inch son patrullas a la cabeza de una fuerza más grande. De otro modo, se habrían acercado más. —Levantó la mirada hacia su gallardetón. Brillaba nítidamente bajo la nueva luz del sol, pero las vergas y los obenques más bajos estaban aún envueltos en una profunda oscuridad—. Muy bien. Haga una señal general a la escuadra: «Prepárense para el combate». —Sonrió a Veitch—. ¿Ha desayunado nuestra gente?
—Sí, señor. —Veitch miró a Herrick y balbuceó—: Alguien me contó algo acerca del presentimiento del comodoro respecto al día de hoy, señor.
Así que he hecho llamar a todos los hombres una hora antes.
Bolitho se frotó la barbilla.
—Ahora me voy a afeitar y a tomar algo de café, si es que queda. —
Oyó el chirrido de las drizas al salir disparada la señal hacia la verga y desplegarse al viento—. Espero que el Nicator esté al tanto y repita la señal a Javal.
Se dio la vuelta para ver la ágil silueta de la corbeta, pero ésta estaba de popa con sus gavias braceadas muy pálidas contra el cielo.
Dijo:
—Debemos desplegar nuestros barcos para obtener la mayor ventaja, Thomas. Ponga inmediatamente rumbo derecho al norte.
A través del mar de leva oyó el sincopado batir de los tambores y se imaginó a los marineros e infantes de marina del Nicator corriendo a sus puestos.
Herrick asintió.
—A la orden, señor. Será más prudente. Haré envergar la señal una vez el Nicator haya contestado la anterior.
—¡Lo ha hecho, señor! —La voz normalmente fuerte de Glasson sonó apagada.
Veitch espetó:
—¡Pues dígalo, señor Glasson! ¡O su rango nunca pasará de ser «en funciones»!
Bolitho ni siquiera oyó el breve intercambio. Estaba pensando, imaginándose la anchura de la flota enemiga, el control desde uno o varios buques insignia.
—Haga enviar la bolsa de despachos a la Harebell en el bote de la aleta, comandante Herrick —dijo. Titubeó—. Y todas las cartas que pueda haber para Inglaterra.
Resonaron gritos a lo largo de la cubierta y la dotación del bote se fue corriendo hacia popa, mientras Yeo, el contramaestre, les espoleaba con su potente voz.
Bolitho miró una vez más hacia su gallardetón. Estaba aún más colorido que antes, pero no había mucho viento. Su nuevo rumbo ayudaría en algo a la velocidad, pero todavía parecía que fuera a pasar un siglo antes de llegar a entablar combate con el enemigo.
Pascoe se apresuró hacia él, con la pesada bolsa bajo el brazo.
—¡El bote está listo, señor!
—Márchate, Adam. No te retrases, y dile al comandante Inch que vaya lo más rápido que pueda a buscar la flota.
Herrick preguntó:
—¿Cree que cogeremos el barlovento, señor?
—No estoy seguro. —Notó como su estómago se encogía. ¿Hambre?
¿Miedo? Era difícil de decir—. Pero si se trata de la fuerza que me imagino, será demasiado grande para saberlo.
Veitch se acercó a popa de nuevo.
—El bote ha salido, señor. Bogando como diablos.
—Gracias. —Sacó su reloj—. Puede ordenar zafarrancho de combate dentro de quince minutos, señor Veitch. Mientras tanto haga una señal general: «Gobernar al norte». Cuando lo hayan hecho, haga otra: «En línea de combate».
Se alejó mientras empezaban a sonar las pitadas y los hombres corrían a sus puestos para cambiar el rumbo. Podía dejar todo eso y mucho más a Herrick. Ahora.
Agachó la cabeza mecánicamente bajo la toldilla mientras Grubb gritaba:
—¡Preparados en las brazas!
La rueda estaba virando, las velas flameaban, retumbaban y escupían sobre los hombres que tenían debajo grandes gotas de la humedad que habían acumulado durante la noche.
En la cámara parecía que se estaba más fresco, y se sentó casi inmóvil mientras Allday le hacía un afeitado rápido y Ozzard le servía un café negro detrás de otro.
—Este era el último café que quedaba, señor —dijo Ozzard con pesar.
Oyó musitar a Allday:
—No importa. Cogeremos un poco a algún franchute, ¿eh?
Se oyeron más pisadas por encima de sus cabezas y el chirriar de los motones y el aparejo.
La voz de Veitch sonó, distorsionada por su bocina:
—¡Amarren ahí! ¡Haga firme esa braza, contramaestre!
Con la lámpara proporcionando solamente una tenue luz, la cámara se quedó muy oscura, y se imaginó el barco navegando derecho al norte y a los otros siguiéndole en línea a popa. Ya faltaba poco.
Hubo una repentina quietud, que fue rota a los pocos segundos por el batir de los tambores, fuerte y enervante, y supo que los pequeños tambores de Leroux estaban tocando justo encima de la lumbrera.
El casco tembló, y cada una de las cubiertas sumó sus propios ruidos al tirar abajo los mamparos y mover los cofres y bártulos innecesarios para el combate, mientras los cabos de cañón iban afanosamente de un lado a otro alrededor de sus dotaciones como madrazas.
Allday se apartó y secó la navaja de afeitar.
—Ocho minutos, señor. El señor Veitch está aprendiendo sus métodos.
Bolitho se levantó y esperó que Ozzard le trajera su mejor casaca.
—El comandante Farquhar hizo los honores la última vez —dijo. Sus miradas se encontraron—. Creo que está todo. —Sonrió—. Excepto el sable.
Ozzard les miró y se adelantó para ajustar el lazo de la coleta negra de Bolitho.
Bolitho se acordó de la sensación que le había dado Farquhar antes del combate de Corfú. Le había parecido como un actor.
Oyó más gritos procedentes de la cubierta superior y el entrechocar de unos remos al ponerse al costado el bote.
Miró a Allday, preguntándose si estaría pensando lo mismo que él.
Estaban todos juntos, Herrick y Pascoe, Allday y él.
—Es la hora —dijo Bolitho.
Pasaron por la puerta del mamparo, y donde antes estaba la mesa del comedor y las elegantes sillas sólo se veía la cubierta despejada y las formas oscuras de los cañones y sus dotaciones que se alineaban bajo la toldilla y hacia la creciente luz del día.
Cruzó con grandes pasos junto al enorme pie del palo mesana e intentó no recordar la andanada que había destrozado la popa del Osiris en una avalancha sangrienta.
Algunas de las dotaciones de los cañones se volvieron para mirarle, y el blanco de sus ojos relucía junto a las portas cerradas en la penumbra.
Un hombre gritó:
—¡Tiene usted muy buen aspecto hoy, señor! —Encontraba coraje en la oscuridad e ignoró las severas amenazas de un oficial de mar—. ¡Apuesto a que no hay un marino con mejor pinta en toda la flota!
Bolitho sonrió. Conocía bien el acento. Era de Cornualles, como él.
Quizá incluso fuera un rostro que había visto de joven, ahora cerca de él para aquel encuentro.
Pasó junto a la rueda doble y los imperturbables timoneles, el piloto y sus ayudantes, y el guardiamarina de guardia, el pequeño Saxby. Siguió adelante, hacia el centro del alcázar.
Vio a Pascoe, con la cabeza y los hombros empapados por los rociones, hablando en un furibundo susurro con Glasson, quien se había hecho cargo de las señales del barco.
Pascoe se llevó la mano al sombrero ante Bolitho y dijo:
—Voy abajo, señor.
Bolitho asintió, consciente de que algunos de los marineros que había cerca les estaban mirando con curiosidad. El nuevo puesto de Pascoe era abajo en la cubierta de la batería inferior, con los grandes treinta y dos libras. Tenía como superior al teniente Steere, y a un guardiamarina para traer y llevar mensajes. Era realmente joven para las baterías principales del Lysander.
—Que Dios te acompañe, Adam.
—Y a usted —vaciló—, tío. —Lanzó una sonrisa hacia Herrick y bajó aprisa por la escotilla principal.
—¡Ah de cubierta! ¡Velas a la vista por la amura de babor!
Bolitho espetó.
—Suba a la arboladura, señor Veitch. Me gustaría tener una opinión firme esta mañana.
Miró al cielo, de color pálido y sin nubes, a las manchas rojas de los tiradores de infantería de marina y de los artilleros de los cañones giratorios de las cofas, a las grandes vergas y la jarcia alquitranada negra, un arma de
guerra viviente y llena de vida. La más compleja y exigente creación del hombre. Aunque bajo la tenue luz del sol el Lysander poseía una gran belleza, que ni siquiera su abultado casco y su tonelaje podían estropear.
Cruzó hasta la banda de babor y se agarró a la batayola, con sus coys ordenadamente apilados. La Harebell estaba ya dando la vuelta en una brusca virada, con sus velas flameando y dando su vela mayor y sus juanetes mientras la observaba.
A popa podía ver las líneas negras de los obenques de barlovento y el costado del Nicator, pero su silueta, como la del Immortalité, quedaba escondida detrás de la elevada toldilla del Lysander.
El mayor Leroux bajó con ligereza por una de las escalas de la toldilla y desenvainó su sable, llevándolo hasta su sombrero con una fioritura.
—He dispuesto a mis hombres como usted ha ordenado, señor. Los mejores tiradores donde no puedan ser estorbados por aquellos menos certeros. —Sonrió, con la mirada puesta en la lejanía—. Puede que los franceses esperen encontrarse con Nelson, ¿no?
Herrick le oyó y se rió.
—¡Nuestro valiente almirante deberá esperar su turno!
Veitch volvió a cubierta deslizándose por una burda con tanta soltura como un guardiamarina de doce años. Se limpió las manos en la casaca y dijo:
—Es la flota enemiga, señor. Parece que llevan rumbo al sudeste y que el grueso de la misma está a barlovento. Hay una segunda escuadra justo delante nuestro en un rumbo convergente, señor. Los he visto muy bien, y estoy seguro de que uno o más de estos últimos barcos estaban en Corfú.
Uno de ellos estaba pintado de rojo y negro. Acabo de verlo ahora mismo, más claro que el agua.
Bolitho miró a Herrick y se golpeó con el puño la palma de la mano.
—¡De Brueys mantiene su escuadra principal a nuestro oeste, Thomas!
¡Aún debe albergar esperanzas de encontrarse con nuestra flota!
Herrick asintió y dijo con amargura:
—¡Si supiera que ya se han ido de aquí!
Bolitho le agarró el brazo.
—¡El señor Veitch está en lo cierto! —Miró a los dos, deseando que comprendieran—. ¡De Brueys ha mantenido sus otros buques de aprovisionamiento al este de su flota, protegidos por sus líneas de combate!
—¡Entonces le aseguro que nuestra aparición estará provocando mucho revuelo! —Herrick se encaramó a los obenques de barlovento con un catalejo—. Sólo puedo distinguir algunas velas en el horizonte. ¡Pero puede ser que tenga usted razón, señor Veitch! ¡Los buques de guerra franceses están protegiendo sus cargamentos por el lado equivocado! —Y dijo con tono más apagado—: Pero tienen un montón de tiempo para reordenar sus defensas.
Bolitho jugó con la idea de subir a la verga del juanete de mayor para verlo por sí mismo.
—Sólo somos tres navíos, Thomas. Los franceses habrán avistado a la Harebell y puede que supongan que está a punto de transmitir nuestras señales a la flota principal.
Leroux dijo con calma:
—Pues entonces no me gustaría estar en la piel del comandante Inch.
Algunas de las dotaciones de los cañones habían dejado sus armas y estaban en los pasamanos para observar la lenta aproximación del enemigo.
Como los penachos de los cascos de la caballería coronando el azul intenso del amanecer, los mástiles y velas empezaban a hacerse cada vez más visibles, incluso para los hombres de cubierta; hasta que el horizonte desapareció detrás de sus velas.
—Una verdadera flota, Thomas.
Bolitho se inclinó el sombrero para evitar la luz en los ojos. Notaba el calor del sol en su mejilla derecha y el peso pegajoso de su casaca. Pronto haría más calor que ahora. En más de un sentido.
A medida que pasaban las horas y mientras el sol lucía con más intensidad y menos clemencia, los barcos enemigos adquirieron forma y personalidad. Veía las mesuradas líneas de los setenta y cuatro cañones franceses, todos dominados por un gran navío de primera clase, el barco más grande que Bolitho había visto nunca. Aquel sería el buque insignia del almirante De Brueys. Se preguntó qué estaría pensando el almirante francés
y qué le parecería a él y a sus oficiales la pequeña línea de barcos británicos. Se preguntó también si Bonaparte estaría allí con él, observando y despreciando su valiente gesto. Bonaparte era su única esperanza de verdad. De Brueys era un oficial valiente y con mucha experiencia y, de todos los franceses presentes, era el que probablemente mejor conocía la Marina enemiga. Su inteligencia y astucia eran bien conocidas y respetadas.
Pero, ¿estaría dispuesto Bonaparte a oír consejos ahora, con Egipto casi a la vista y sin nada más que tres barcos en su camino?
Dijo:
—Diga a sus infantes de marina que toquen alguna pieza, mayor. Esta espera destroza los nervios a cualquier hombre. ¡A mí me está pasando!
Momentos después, los jóvenes tambores y pífanos de la tropa entonaron The Old East Indiaman[7] marchando arriba y abajo por el alcázar y tropezando sólo ocasionalmente con algún palanquín o con la pierna de un marinero.
Tras algunas vacilaciones y con las sonrisas de complicidad de sus ayudantes, Grubb hurgó en su bolsillo y se unió a los pífanos con su pito de hojalata, que se había convertido en algo parecido a una leyenda.
—¡Ah de cubierta! ¡Fragata enemiga con rumbo derecho al sur, señor!
—¡Va tras la Harebell, señor!
Bolitho se puso las manos a la espalda al ver la creciente pira mide de velas de una potente fragata que viraba separándose de la interminable línea de barcos y salía tras la corbeta.
Inch tenía ventaja sobre ella. Con aquel viento flojo del sudoeste sería difícil que el comandante francés alcanzara la Harebell, y a menos que la inutilizara con un disparo largo de un cazador de proa, estaría a salvo a esa distancia.
Un cañón retumbó de forma apagada a través del agua relumbrante, y se levantó bajo la luz del sol una delgada y blanca cortina de agua en forma de aleta. Era un disparo muy corto y provocó Lina oleada de aclamaciones de los hombres de las cofas.
La cubierta se inclinó ostensiblemente, y uno de los tambores que marchaban por ella casi se cayó de narices.
Grubb se metió el pito en la casaca y gruñó:
—¡El viento está aumentando, señor! —Y hacia sus timoneles añadió
—: ¡Cuidado, monadas!
Bolitho miró a Herrick.
—Puede cargar y asomar los cañones cuando quiera.
Notó que el barco se elevaba y luego bajaba en el lento oleaje, levantando rociones a través del beque como si fueran cristales rotos.
Herrick colocó sus manos en forma de bocina:
—¡Señor Veitch! ¡Pase la voz: «Cargar y asomar»!
Leroux dijo a su teniente:
—¡Que Dios nos ampare, Peter, creo que los franceses mantienen su formación!
Nepean le miró con expresión ausente.
—Y eso seguramente nos llevará justo en medio del segundo grupo,
¿no, señor? Aquellos barcos de aprovisionamiento parecen estar también fuertemente protegidos. —Tragó saliva con dificultad y parpadeó intentando que las gotas de sudor no le entraran en los ojos—. ¡Caramba, señor, creo que tiene razón!
El mayor levantó la vista hacia la toldilla.
—¡Sargento Gritton! ¡Coloque a los mejores tiradores a ambos costados! ¡A esta velocidad creo que estaremos en medio del enemigo antes de que se den cuenta!
Bolitho oyó todo aquello, y el afanoso repiqueteo de los atacadores y los espeques, así como el estruendo de las pitadas mientras asomaban los cañones, y vio como quedaba un costado reluciente con las amenazadoras piezas de artillería y el otro aún en una penumbra de tonos violetas.
Bolitho pensó en Pascoe y en sus grandes responsabilidades, tres cubiertas bajo sus pies. Quería tenerle allí con él, aunque sabía que la cubierta inferior era probablemente más segura.
—¡Cañones asomados, señor!
Bolitho tomó un catalejo del guardiamarina Saxby y casi se le cayó sobre la cubierta. El chico estaba temblando descontroladamente,
intentando que no se le notara. Bolitho subió corriendo por una de las escalas de toldilla y apuntó el catalejo hacia popa.
Dijo bruscamente:
—Haga una señal al Nicator, señor Glasson: «Dé más vela».
Volvió al alcázar y dijo:
—No quiero que haya un espacio grande entre nosotros.
El comentario le hizo acordarse de Saxby y dijo con tono calmado:
—Coja este catalejo, muchacho, y vaya a la toldilla con los infantes de marina. Observe al Nicator por mí hasta nueva orden.
Herrick se secó la cara con un pañuelo.
—¿Le preocupa el joven Saxby, señor?
—No, Thomas. —Bajó la voz—. Me preocupa Probyn.
—El Nicator ha contestado la señal, señor. —Glasson sonaba ahora muy despierto.
Bolitho asintió y se subió encima de un nueve libras, apoyando una mano sobre el hombro desnudo de un marinero. Vio como los buques de guerra franceses rehacían su formación para proteger su desperdigado convoy de buques de aprovisionamiento, avanzando en un bordo diagonal hacia la amura de babor del Lysander.
Los contó cuidadosamente: cuatro navíos de línea. Eran superiores a su fuerza, pero no tanto. Detrás del desorden de buques de aprovisionamiento que se solapaban unos con otros vio las velas cuadras de una fragata pisándoles los talones a aquellos barcos tan importantes, como un perro pastor de Cornualles cuando un zorro iba tras las ovejas.
Miró más allá de Veitch sin verle. Como máximo tardarían una hora más. Para entonces el almirante francés sabría que no había más buques británicos cerca. Y entonces, ¿qué pasaría? ¿Se vengarían y destruirían la pequeña escuadra? ¿O seguirían hacia Alejandría por si se tratara de algún truco?
Bolitho vio algo rojo entre la formación enemiga y supo que era el buque de aprovisionamiento de Corfú. Veitch lo recordaría bien; tuvo mucho tiempo para observar aquel barco y sus otros compañeros dispersos mientras prendía fuego a la ladera para proteger al Osiris de los cañones. Y
llevaría más grandes cañones como aquéllos. Sin aquellas últimas piezas, De Brueys nunca se atrevería a fondear en el interior de la estrecha entrada del puerto de Alejandría; necesitaría de su protección para sus barcos y para el desembarco de tantos soldados y provisiones. Si aquello le era negado, lo haría en la bahía de Aboukir, tal como Herrick había dicho.
Con un poco de suerte, Nelson les encontraría allí. Después de eso, estaría en manos del pequeño almirante.
Miró las cubiertas del Lysander con el corazón lleno de pesar. ¿Y qué sería de ellos? Lo habrían hecho lo mejor que habían podido.
Oyó varios estallidos y vio humo flotando hacia sotavento del dos cubiertas francés de cabeza. Algunas de las balas cayeron rebotando entre las pequeñas olas como peces voladores, pero muy lejos del Lysander.
Era una demostración de su furia, una señal de que los franceses estaban preparados y ansiosos de entrar en combate después de estar preparándose tanto tiempo tras sus cadenas y sus baterías de puerto.
Herrick dijo:
—¡Cazador de proa, señor Veitch! Pruebe una o dos balas de alcance.
El estallido del cazador de proa de babor provocó algunos vítores de aquellos que no podían ver la demostración de fuerza del despliegue enemigo.
En la cubierta superior, bajo el alcázar, los hombres estaban ya poniéndose sus pañuelos alrededor de las orejas y colocando sus alfanjes y hachas de abordaje al alcance de la mano.
Bolitho oyó decir a Glasson:
—¡Corto por medio cable! —Pero nadie le respondió.
El primer barco francés estaba avanzando decidido hacia la amura de babor del Lysander, ciñendo tanto como podía y con todas sus velas bien visibles en sus vergas fuertemente braceadas.
Bolitho aguzó la vista, calculando el tiempo y la distancia, calculando si colisionarían o si romperían la línea enemiga. Tenían que conseguir colocarse entre los buques de aprovisionamiento.
Una oleada de brillantes lenguas anaranjadas apareció en el primer barco, y esta vez la andanada controlada estuvo mejor dirigida. Notó como
el casco daba una sacudida y oyó el agudo aullido del hierro pasando por encima de la toldilla.
Pasando junto a los dieciocho libras y sus dotaciones inmóviles, Kipling, el segundo teniente, caminaba pausadamente con su sable desenvainado sobre el hombro como si fuera un palo.
—¡Tranquilos, muchachos! —Hablaba casi en voz baja, como si estuviera calmando a un caballo—. ¡Estad alerta y mirad al frente!
Bolitho vio como se desplegaba el trinquete del buque francés y tomaba viento rápidamente quedando bien terso en su verga, y parecía totalmente como si se hubiera largado en el bauprés y el botalón del Lysander.
Bolitho espetó:
—¡Arribe dos cuartas!
Movió ligeramente la cabeza hacia Herrick cuando los hombres de Grubb movieron el timón de arribada.
—¡Al enfilar el blanco! ¡Fuego!
* * *
De proa a popa, los cañones de babor del Lysander fueron abriendo fuego, recargando y volviendo a disparar mientras salía humo por las portas y las cureñas chirriaban al hacerlas rodar sus dotaciones de nuevo hacia atrás para la siguiente andanada.Bolitho apretó los dientes, notando como la cubierta daba una violenta sacudida ante el retroceso de los cañones. Le escocieron los ojos cuando apuntó su catalejo más allá de la proa, y vio las velas del buque francés estremeciéndose y rifándose por la descarga. Algunos de los cañones del Lysander no habrían podido tener enfilado al buque francés de cabeza, pero confiaba en que las balas más pesadas de los treinta y dos libras hubieran podido encontrar otros blancos a popa del mismo.
Herrick gritó:
—¡El comandante francés ha cambiado el rumbo, señor! —Soltó una maldición cuando el barco enemigo disparó su andanada irregular y a
destiempo, aunque certera. Unos grandes ruidos sordos hicieron temblar al barco y aparecieron dos grandes agujeros en la gavia.
Bolitho observó el movimiento de las vergas del enemigo, que expuso menos a su vista las velas al virar levemente hacia sotavento, para dar a las dotaciones de sus cañones una mejor oportunidad para disparar y para sacarle más partido al viento, cosa que al navegar tan de ceñida no habían podido hacer.
Bolitho dijo bruscamente:
—¡Cambie el rumbo otra vez a babor! ¡Rumbo norte cuarta al noroeste!
No había malgastado sus primeras andanadas. Había puesto lo bastante nervioso al comandante enemigo como para hacerle arribar para devolver el fuego. Le llevaría demasiado tiempo volver a maniobrar su barco para navegar tan de ceñida como antes.
Los hombres cazaban como locos las brazas, haciendo que las vergas crujieran y permitiendo que el sol vertiera más luz sobre las cubiertas brumosas por el humo.
—¡Fuego!
Los cañones de babor retumbaron hacia dentro, uno por uno, refrescando las dotaciones los cañones mientras gritaban como enloquecidos y recargaban.
Bolitho vio al segundo barco francés elevarse sobre la cascada de humo y supo que había cogido al primer barco desprevenido. A proa del segundo barco francés, que iba ya hacia su amura de babor, y oculto entre el humo de los cañones del Lysander, había un hueco entre los dos buques enemigos, el agujero en la línea.
—¡Largad el trinquete! —Bolitho oyó balas gimoteando por encima de su cabeza y vio elevarse columnas de agua a ambos lados del barco. La cubierta saltó con fuerza, y varios tramos de cordaje roto cayeron sobre las redes de combate—. ¡Aguante así, señor Grubb!
El mayor Leroux gritó:
—¡Listos, infantes de marina! —Sostenía su sable por encima de la cabeza—. ¡Por secciones, fuego!
Los estallidos más agudos de los mosquetes y el ruido hueco del cañón giratorio de la cofa de mayor debían de haber hecho darse cuenta por primera vez a los hombres de la batería inferior de estribor de lo cerca que estaba el buque de guerra francés. Y cuando el Lysander, aumentado su paño y lleno de viento, cruzó la popa del buque cabeza de línea, las dotaciones de los cañones vitorearon entrecerrando los ojos ante la luz del sol, y se apartaron a un lado dando tumbos al dar la pitada el teniente Steere para, seguidamente, dar paso a la hilera entera de cañones de treinta y dos libras en su rugido contra el enemigo.
Volutas pintadas, cristales y pedazos de madera volaron por encima del humo, y Bolitho se imaginó el horror que se apoderaría de los buques de aprovisionamiento al ver el mascarón de proa de feroz mirada del Lysander abalanzarse hacia ellos a través de la línea.
—¡Fuego!
El segundo buque de guerra francés, otro setenta y cuatro cañones, estaba cambiando de rumbo rápidamente, virando a babor y disparando mientras iniciaba la persecución del Lysander. Se empotraron algunas balas en el casco y otras silbaron por encima de las sudorosas dotaciones de los cañones, mientras del barco cabeza de línea francés llegaba la descarga menos potente de un guardatimones y unas pocas cargas de metralla. Varios infantes de marina habían caído, pero el sargento Gritton seguía manteniéndolos a todos juntos. Las baquetas subían y bajaban, apretando bien las balas en las ánimas de los mosquetes, después de lo cual, la fila escarlata volvía a la batayola para disparar una vez más.
Bolitho corrió a la banda de sotavento y atisbo entre el humo estirando el cuello. El primer barco francés había perdido su mastelero de gavia y se movía pesadamente a la deriva, sin aparato de gobierno o tan entrampado entre las perchas y el paño que arrastraba que estaba temporalmente fuera de control.
—¡Otra vez, señor Veitch! ¡Andanada completa!
Los cabos de cañón se desgañitaban para refrenar a sus dotaciones enloquecidas por el estruendo e incluso usaban sus puños para ello, mientras, uno tras otro, los cañones de estribor avanzaban pesadamente
hacia las portas, y los cabos levantaban sus ennegrecidas manos en dirección a su oficial.
—¡Fuego! —aulló Veitch.
Desde la batería inferior hasta los nueve libras del alcázar, pasando por los dieciocho libras, cada una de las bocas negras hizo su aportación en los estragos del bombardeo.
Bolitho observó como el humo se alejaba, e intentó ver al enemigo con los ojos llorosos y la boca tan seca como si la tuviera llena de arena.
El cielo había desaparecido, incluso el sol, y el mundo se reducía a una atronadora pesadilla de llamaradas y estruendos ensordecedores.
Notó que el casco se estremecía y oyó chillidos apagados que venían de muy abajo, donde había penetrado el hierro enemigo a través de una porta y se había partido en pedazos entre la abarrotada cubierta de baterías. Trató de no imaginarse a Pascoe yaciendo herido o mutilado y de no pensar en el horror que una bala grande podía provocar en un espacio tan reducido.
Vio una bandera que aportaba una pequeña mancha de color entre el humo, y se dio cuenta de que no había ningún mástil cerca de ella. Algunas de las dotaciones de los cañones empezaron a vitorear, y sus voces se oyeron extrañamente apagadas tras el estruendo de la andanada completa.
Observó con aire sombrío como el otro barco se mostraba a través de la humareda, con su popa y su aleta destrozadas y casi irreconocibles. Sólo seguía en pie su palo trinquete, y algún valiente arriesgaba su vida trepando a lo alto del mismo para colocar una nueva bandera tricolor en su tope.
Herrick gritó con incredulidad:
—¡El Nicator no nos sigue! —Se echó atrás cuando un hombre fue lanzado a sus brazos por el retroceso de un cañón, y su grito murió en su garganta. Herrick lo dejó sobre la cubierta con las manos manchadas de sangre. Cuando se recobró, dijo enfurecido—: ¡Probyn no va a ayudarnos!
Bolitho le lanzó una mirada y corrió a la banda de babor, buscando el resto de la línea enemiga, y vio que los dos que quedaban seguían en su rumbo original, mientras el que había virado en redondo para perseguir al Lysander todavía trataba de alcanzarles, y disparaba con sus cañones de más a proa contra su aleta.
—¡Dirija el fuego contra ése! —gritó Bolitho.
Hizo una mueca de dolor cuando unos hombres cayeron pataleando junto a dos de los cañones. Astillas y coys chamuscados saltaron por los aires hacia los botes del combés, y vio a un paje caer destrozado sobre la cubierta, casi decapitado por un afilado pedazo roto de la tablazón.
—¡Fuego! —El teniente Kipling seguía caminando arriba y abajo, pero su sombrero había desaparecido y su brazo izquierdo colgaba inservible en su costado—. ¡Dejen de aventar! ¡Fuera lanadas! ¡Cargad! —Se agachó para apartar a rastras a un hombre herido del paso de un cañón—. ¡Asomad!
Unos golpes secos y sordos a lo largo del pasamano y de las cubiertas hicieron que algunos hombres se agacharan, y Bolitho vio los vivos fogonazos que escupían los mosquetes de los tiradores de las cofas del enemigo.
—¡Fuego!
Hubo una ovación irregular cuando el mastelerillo del juanete de proa del enemigo se inclinó, recobró algo su posición y se hundió en el humo de sus propios cañones. Algunos de sus tiradores se habrían caído con él.
Pero el buque francés todavía seguía disparando, y Bolitho pudo notar las balas impactando en el costado y en la toldilla, y oyó el estrépito y el gemido del metal y los espantosos gritos.
Un guardiamarina cruzó corriendo la cubierta con los ojos clavados en Bolitho.
—¡Señor! ¡El Immor… Immor…! —Se dio por vencido—. ¡El barco del comandante Javal está cortando la línea, señor! ¡Con los respetos del señor Yeo, lo ha visto cruzando ante el bauprés del tercer franchute!
Bolitho le agarró por el hombro, notando como saltaba del susto cuando una bala se estrelló contra la barandilla del alcázar y alcanzó después a dos hombres de un nueve libras. Cayeron en una masa sangrienta a los pies del guardiamarina y fue entonces cuando Bolitho se dio cuenta de que era Breen, con su pelo pelirrojo casi negro por el humo.
—Gracias, señor Breen. —Aguantó su hombro con firmeza hasta que notó que parte de su terror había desaparecido—. Mis saludos al contramaestre. —Cuando el guardiamarina empezó a correr hacia la escala,
dijo—: ¡Tómese su tiempo, señor Breen! —Vio como sus palabras le hacían detenerse, calmándole—. ¡Nuestra gente está mirando hoy a sus «jóvenes caballeros»! —Vio que el chico sonreía.
—¡Puedo ver al Nicator, señor! ¡Todavía no ha entablado combate! —
dijo Herrick.
Bolitho le miró. Probyn estaba muy lejos. Podría concentrar su fuerza en los dos setenta y cuatro cañones franceses restantes, que estaban ahora disparándose con el Immortalité. O podría dar más vela y seguir al Lysander.
—Señal general: «Entrar en combate».
Se dio la vuelta cuando Herrick salió corriendo y miró fijamente por encima de la batayola. Vio las gavias del Nicator y sus coloridas banderas izadas en contestación a su señal destacando entre la humareda.
Bolitho tosió y sintió una arcada cuando le llegó más humo procedente de las portas.
—¡Señor Glasson! ¡Diga a sus hombres que mantengan ondeando esa señal pase lo que pase!
—¡Glasson está muerto, señor! —gritó Herrick.
Se hizo a un lado cuando unos infantes de marina levantaron al teniente en funciones, apartándolo de los cañones. Tenía el ceño fruncido en una mueca enfurruñada y con la boca abierta como si estuviera a punto de reprender a los infantes de marina que le llevaban.
—¡Yo me ocuparé de las señales, señor!
Bolitho se volvió y vio que Saxby le miraba fijamente. Se había olvidado completamente de él.
—Gracias. —Intentó sonreír, pero su cara estaba rígida e inmóvil—.
Quiero que se vea la señal y también nuestra bandera. ¡Aunque tenga que amarrarlas al bauprés!
Oyó un coro de gemidos, y el mayor Leroux gritó desde la toldilla:
—¡El comandante Javal está enfrascado en un duro combate, señor! ¡Su palo mesana ha caído y parece que está intentando aferrarse al otro barco para abordarlo!
Bolitho asintió. Los franceses debían haber reconocido el barco de Javal como uno de los suyos. Tratarían de recuperarlo el primero. Era algo instintivo.
Dijo:
—¡Más vela, Thomas! ¡Dé los juanetes! ¡Quiero meterme entre los buques de aprovisionamiento!
Un marinero cayó desde una verga alta y se quedó tendido sobre las redes de combate con una mano atravesándolas. Los muertos alargando la mano hacia los vivos.
Pero otros respondían a las órdenes, y ya con más vela, el Lysander aumentaba la distancia con el dos cubiertas francés que iba tras él.
Herrick se enjugó su cara mugrienta con la manga y sonrió.
—¡Siempre ha sido un barco rápido, señor! —Agitó en el aire su sombrero, con la desesperación del combate en la mirada—. ¡Vamos, muchachos! ¡Démosles fuerte!
Otra hilera de alargados destellos brotó del casco del Lysander, y con los cañones de la batería inferior totalmente atravesados hacia popa, los cabos de cañón del teniente Steere alcanzaron con varios disparos más al enemigo. El barco francés había perdido todos sus mastelerillos, y su castillo era un caos de perchas y cordaje rotos. Varias de sus portas estaban negras y vacías, como ojos ciegos, donde los cañones habían saltado por los aires y sus dotaciones yacían muertas o heridas.
Pero todavía estaba siguiéndoles, con su botalón de proa a la altura de la aleta de babor del Lysander como si fuera un colmillo, y a una distancia de menos de ochenta yardas de la misma.
Los tiradores de Leroux disparaban sin descanso, con sus caras serias por la concentración, mientras su espigado sargento escogía los objetivos que consideraba más importantes.
Pero los franceses estaban también muy ocupados, y el aire que había encima de la toldilla cobraba vida con las balas de sus mosquetes. Las astillas saltaban de la tablazón o se incrustaban con un ruido sordo y violento en los compactos coys de la batayola. Aquí y allá caía un hombre de un cañón o de los obenques, y el tronar de los cañones se estaba
haciendo insoportable. En el camino del Lysander había varios buques de aprovisionamiento, dos de ellos enganchados tras colisionar en su prisa por escapar. Kipling estaba en el castillo, en medio de sus cañones, aullando a las dotaciones de las carronadas y alentando a todos los que tenía a su alrededor. Los cañones de más a proa de las dos cubiertas estaban ya sumándose al estruendo reinante, y los buques de provisiones enredados fueron cañoneados, ardiendo con la rapidez de la hierba seca al contacto de una antorcha.
Veitch aulló salvajemente a través de su bocina:
—¡Señor Kipling! ¡Apunte sus cañones a estribor!
Señaló con la bocina a la vez que un marinero le tocaba el brazo a Kipling para captar su atención. A través de la densa humareda, mostrando sus distintivas cintas pintadas de rojo, estaba el cargado buque de aprovisionamiento de Corfú, con sus vergas muy braceadas y su vela trinquete en viento y bien llena mientras viraba para evitar a sus compañeros en llamas.
—¡Al enfilarlo! ¡Fuego!
Bolitho caminaba como si estuviera en trance, gritando y dando aliento, sin saber si sus hombres le reconocían o si tan sólo oían sus palabras. A su alrededor, los hombres manejaban sus cañones, disparando y muriendo.
Otros yacían gimiendo y tapándose las heridas. Algunos simplemente estaban sentados mirando a la nada, con sus mentes quizá destrozadas para siempre.
Toda la luz del día parecía haberse desvanecido, aunque en su cabeza algo aturdida Bolitho sabía que no era más tarde de las ocho o las nueve de la mañana. Resultaba doloroso respirar, y el poco aire que había parecía haber sido arrojado por los cañones, como si hubiera sido calentado por las abrasadoras bocas de los mismos antes de llegar a sus pulmones.
Una ráfaga de metralla entró por encima de la batayola, y vio a Veitch girar sobre sí mismo, cogiéndose el brazo por el codo y haciendo una mueca de dolor mientras la sangre le bajaba por el antebrazo y le caía sobre la pierna.
Un marinero intentó ayudarle a ir hasta la escala, pero Veitch gruñó:
—¡Véndemela, hombre! ¡No dejaré la cubierta por esta herida!
Los cañones del Lysander estaban disparando por ambos costados a la vez, buscando las borrosas siluetas que aparecían y se desvanecían entre la espesa humareda, y con el estruendo de sus andanadas Bolitho pudo oír el impacto de los disparos alcanzando sus blancos y derribando mástiles, velas y hombres en una avalancha devastadora.
—¡Allá va! —gritó Herrick, señalando por el costado.
El buque de aprovisionamiento de franjas rojas estaba escorando ostensiblemente, con el casco perforado por varias balas pesadas. El peso de su carga hizo el resto. Las grandes piezas de artillería de sitio empezaron a moverse desbocadas en sus bodegas, y aunque no se oyó ningún ruido por encima del estruendoso ruido de los cañonazos, Bolitho creyó oír el mar entrando a raudales en su casco, mientras su dotación se esforzaba por alcanzar la cubierta superior antes de que se fuera al fondo.
Totalmente superada en potencia de fuego, la fragata francesa que había estado intentando conducir el rebaño de buques de provisiones lejos del combate salió de entre el humo, con sus cañones escupiendo llamaradas y su cubierta escorada bajo el impulso de su paño. Cruzó ante la proa del Lysander, y sus balas de hierro atravesaron el beque y la vela trinquete, derribando a una carronada de su cureña de corredera y matando al teniente Kipling.
Al asomar su bauprés por la amura de estribor, las dotaciones de los cañones de más a proa se agacharon junto a sus portas, con los ojos enrojecidos y escocidos y sus cuerpos ennegrecidos por la pólvora y brillantes por el sudor, que dibujaba surcos en ellos al caer, y observaron el avance de la fragata mientras esperaban la pitada del teniente Kipling.
El contramaestre, Harry Yeo, puso las manos alrededor de su boca a modo de bocina y bramó:
—¡Fuego!
Entonces, él también cayó sangrando y agonizando, y al igual que Kipling, no vio la orgullosa fragata convertida en un caos desarbolado por los grandes cañones.
Una violenta explosión agitó las velas como un viento cálido, y el humo se elevó momentáneamente por encima de los barcos en combate y permitió que la luz del sol explorara las cubiertas como la de una lámpara empañada.
El navío francés cabeza de línea iba todavía a la deriva hacia sotavento, y el agua de su alrededor estaba llena de restos y hombres muertos. El segundo estaba quedándose rezagado a popa del Lysander, enfilándoles solamente con un cazador de proa. Pero Bolitho vio el Immortalité y supo que debía de haber sido una santabárbara lo que había hecho explosión.
Javal había logrado aferrarse con uno de los buques de guerra franceses y, mientras el otro había intentado pasar por su popa y cañonearlo de punta a punta, se había prendido fuego. Una lámpara caída de su gancho, un hombre corriendo aterrorizado y encendiendo algo de pólvora por accidente; nadie lo sabría nunca. De la presa capturada quedaba poco que ver. No tenía mástiles y era un bosque de llamas que crecía y se extendía más a cada segundo que pasaba. El fuego había pasado al barco que tenía aferrado a su costado, y con sus velas casi reducidas a ceniza y su aparejo y su pasamano ardiendo con ganas, también estaba sentenciado.
Bolitho se enjugó los ojos, sintiendo el dolor que le invadía por Javal y sus hombres.
Entonces, cuando el humo se volvió a arremolinar hacia abajo, oyó gritar a Grubb:
—¡El timón, señor!
Cruzó la cubierta, ignorando los esporádicos ruidos sordos de las balas de mosquete junto a sus pies y mirando atentamente a los timoneles, que movían la gran rueda de lado a lado. Grubb añadió con voz sorda:
—¡El cazador de proa de ese cabrón se ha cargado los guardines del timón! —Señaló hacia el velacho—. ¡Estamos arribando!
Bolitho gritó:
—¡Traigan algunos hombres a popa! ¡Aparejen nuevos guardines! —
Vio a Plowman llamar a algunos marineros de los cañones más cercanos—.
¡Lo más rápido que puedan!
Herrick miró desesperado las velas flameantes.
—¡Tenemos que acortar vela inmediatamente!
—Sí, Thomas.
Trató de no pensar en el buque de guerra francés que les seguía. Un disparo con suerte había dado en el aparato de gobierno del Lysander, y ahora, mientras el viento le hacía caer suavemente a sotavento, estaba poniendo su popa hacia el enemigo. Sería otra vez lo mismo que con el Osiris. Se esforzó por no maldecir en alto. Excepto que esta vez no había ningún Lysander viniendo al rescate.
Por todos lados veía u oía el caos provocado entre los buques de aprovisionamiento. De Brueys podía tener soldados y artillería pesada a montones en su flota principal, pero nunca tendría un solo cañón de sitio como el que había enviado al Osiris a la muerte.
Entonces, como en aquel momento, el Nicator se había mantenido alejado. Retenido por un hombre tan amargado y tan retorcido por su odio que podía ver morir a su propia gente sin hacer nada para ayudar.
Llegaron más estallidos de abajo y se oyó un coro de gritos cuando el mastelerillo de juanete de mayor cayó astillado a través del humo, llevándose hombres y velas al agua por el costado con una potente salpicadura.
Mientras los marineros corrían con las hachas para deshacerse de él, Bolitho vio a Saxby corriendo hacia los obenques, con otro gallardetón alrededor de su cintura a modo de faja.
A la vez que halaba de la driza, gritó:
—¡He pensado que podría necesitar otro, señor! —Se reía y lloraba, y su miedo se había desvanecido entre el horror que le rodeaba. Más tarde, si sobrevivía, sería más difícil de soportar.
Bolitho miró detrás del chico, hacia las gavias y el beque del buque de guerra francés que se elevaban sobre la aleta de babor. Los cañones del Lysander disparaban una y otra vez hacia él, y notó la sacudida de la cubierta casi a la vez que oía a algunos de sus hombres aún capaces de vitorear al ver como sus disparos daban en el blanco.
Pero era inútil. El Lysander seguía balanceándose a merced del viento, con sus velas hechas jirones ondeando a través del humo y sus cañones apenas capaces de continuar disparando a falta de hombres que los
sirvieran. El humo se contorsionó y se tornó de color rojo cuando el primer hierro del enemigo se empotró en la toldilla, y Bolitho tuvo que agarrarse para no caer sobre cubierta. Varios infantes de marina y marineros cayeron agonizantes y muertos al paso de las balas.
El teniente Nepean bajó su sable y cayó ahogándose en sangre, y cuando Leroux llamó a su sargento, éste tampoco fue capaz de contestar, sentado, aguantándose el vientre, con los ojos vidriosos e intentando responder a su mayor como siempre había hecho.
Allday desenvainó su alfanje y se colocó velozmente a la espalda de Bolitho como escudo.
Hablando entre dientes, dijo:
—¡Una andanada más y creo que intentarán abordarnos! —Apartó a un infante de marina moribundo y apuntó con su alfanje a través del humo—.
¡Sólo hay un hombre al que desearía matar hoy antes que a cualquier gabacho!
Herrick pasó a su lado, con las manos a la espalda y el semblante muy sereno.
—El señor Plowman dice que les llevará por lo menos diez minutos más, señor —dijo.
Como si fuera una hora, pensó Bolitho.
Herrick miró a Allday.
—¿Y quién es ese al que quisiera matar?
—¡El maldito comandante Probyn, ese es!
El barco francés estaba apenas a unos pies de distancia de la aleta, aunque con tanto humo podía haber estado a cualquier distancia. Los cañones que enfilaban blanco estaban disparando balas contra la popa y la parte baja del casco del Lysander y, desde el bauprés y la verga de la cebadera, los tiradores disparaban hacia el alcázar con la mayor rapidez posible.
Bolitho gritó a Herrick:
—¿Cómo están los buques de aprovisionamiento?
Herrick mostró los dientes con furia.
—¡Hemos acabado con seis y puede que inutilizado otros tantos!
Bolitho se dio la vuelta para ver como un cuerpo era sacado a rastras de debajo de la toldilla. Era Moffitt, su secretario, y entre su escaso cabello gris se mostraba una pequeña mancha roja donde una astilla se le había clavado segándole la vida. Al igual que el padre de Gilchrist, había conocido el sufrimiento de la prisión por deudas y ahora estaba muerto.
Tuvo que forzar a sus palabras a salir:
—Le ordeno que arríe la bandera, Thomas.
Herrick se quedó mirándole fijamente, apretando la boca con fuerza.
—¿Arriar, señor?
Bolitho pasó junto a él, notando como Allday le seguía casi pegado a su espalda. Protegiéndole como siempre.
—Sí. Arríela. —Miró los cañones boca arriba, y la sangre, parte de la cual había llegado a salpicar los jirones de la vela trinquete—. Hemos hecho lo que nos proponíamos. No veré morir a otro hombre para salvar mi honor.
—¡Pero, señor!
Herrick vaciló cuando Veitch se acercó tambaleante para unirse a él, con su brazo empapado de sangre y la cara como de cera.
Veitch dijo entrecortadamente:
—¡Lucharemos con ellos, señor! ¡Todavía nos quedan algunos buenos hombres!
Bolitho les miró con aire cansado.
—Sé que ustedes lucharían. —Se volvió hacia el enemigo—. Pero entonces nuestros hombres morirían para nada.
Buscó a Saxby y le vio agachado junto a la amurada.
—¡Arríe la bandera! —gritó—. ¡Es una orden!
Los cañones se quedaron en silencio, y por encima del crepitar de un buque de provisiones en llamas y los gritos entremezclados de los heridos oyeron el principio de la aclamación de los franceses.
Están preparándose para saltar al abordaje. Bolitho envainó su sable y miró a los que estaban a su alrededor. Al menos salvarían sus vidas.
El humo volvió a levantarse ante el tremendo rugido de unos cañones, y Bolitho pensó por un momento que los franceses estaban asegurándose la
victoria con una última y mortífera andanada a bocajarro. Vio como algunos de los obenques del Lysander eran arrancados como si fueran malas hierbas cuando las balas pasaron con su alarido característico por encima de cubierta, y entonces se dio la vuelta al oír gritar desaforadamente a Herrick:
—¡Es el Nicator! ¡Está disparando al francés desde el otro costado!
A causa del humo y de los buques de aprovisionamiento a la deriva, algunos de los cuales contribuían con sus piras a la humareda que les envolvía, nadie había visto la lenta y cuidadosa maniobra de aproximación del Nicator. Todos sus cañones estaban disparando al barco francés que, atrapado entre las salvajes andanadas y la aleta de estribor del Lysander, no podía hacer nada para escapar.
—¡Diga a nuestra gente que se mantenga apartada de los pasamanos! —
dijo Bolitho.
Oyó como pasaban a través del aparejo por encima de ellos algunos de los disparos del Nicator.
Herrick señaló hacia Saxby, que estaba dando brincos alrededor de las drizas que sostenían el gallardetón de Bolitho. Ni éste ni la bandera habían sido arriados.
Se acabó enseguida. Cuando los aullantes marineros e infantes de marina del Nicator se lanzaron al abordaje sobre la cubierta del buque francés, la tricolor desapareció entre el humo.
Uno de los tenientes del Nicator se presentó a bordo unos quince minutos más tarde, mientras, aferrados entre sí, los tres barcos iban a la deriva hacia sotavento, trabajando juntos vencedores y vencidos para ayudar a los heridos.
El teniente miró a lo largo de las cubiertas del Lysander y se quitó el sombrero.
—L-lo lamento profundamente, señor. Hemos vuelto a llegar tarde. —
Observó a los infantes de marina heridos que estaban siendo bajados de la toldilla—. Nunca he visto luchar a nadie como a ustedes, señor.
Herrick preguntó con severidad:
—¿Y el comandante Probyn?
—Está muerto, señor. —El teniente levantó su barbilla—. Fue alcanzado por un tirador. Murió en el acto.
Un hombre gritó aterrorizado al ver que le bajaban al sollado, y Bolitho se acordó de Luce, y de Farquhar, y de Javal, y de tantos otros.
—¿Eso ocurrió antes o después de venir en nuestra ayuda? —preguntó Bolitho.
El teniente parecía desconsolado.
—Antes, señor. Pero estoy seguro de que…
Bolitho miró a Herrick. El Nicator había estado demasiado lejos como para ser alcanzado por una bala de mosquete. En una investigación sería difícil de explicar, e imposible de probar. Pero alguien, llevado por la vergüenza y la angustia, había disparado a Probyn mientras éste se quedaba mirando como el Lysander y el Immortalité luchaban sin apoyo.
Sonrió con gravedad al pálido teniente.
—Bueno, al final han venido.
El joven oficial se volvió cuando Pascoe apareció en el alcázar.
—Teníamos que hacerlo, señor.
Mientras Bolitho cruzaba la cubierta y le daba un fuerte abrazo a su sobrino, el desconocido teniente levantó la vista hacia un pedazo de cielo azul y hacia la señal de Bolitho, que todavía ondeaba en lo alto.
Dijo sin alzar la voz:
—Hemos visto la señal. «Entrar en combate». Eso ha sido suficiente.
Bolitho le miró. Se dirigió a Herrick:
—Sepárese del barco francés tan pronto como los hombres del señor Grubb hayan terminado con la reparación de nuestro aparato de gobierno.
Han combatido bien y no me interesa coger otra presa con De Brueys y su flota tan cerca.
Herrick se fue hasta la barandilla del alcázar y repitió la orden al teniente Steere, que había salido por la escotilla principal proveniente de la cubierta de baterías inferior.
Grubb apareció bajo la toldilla arrastrando los pies, con su estropeada cara mugrienta por el humo y la suciedad.
—¡Ahora ya responderá al timón, señor! ¡Está listo para navegar!
Herrick dijo en voz baja:
—No le oirá, señor Grubb. —Miró con tristeza hacia Bolitho—. Está mirando la señal y pensando en los que no pueden verla y que ya nunca la verán. Le conozco muy bien.
Mientras el piloto se marchaba hacia sus timoneles, Herrick le dijo a Pascoe:
—Ve con él, Adam. Puedo arreglármelas sin ti durante un rato. —Vio la cara de Pascoe y se vio impelido a añadir—: Ve y díselo. No lo han hecho por ninguna señal. Lo han hecho por él.
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